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domingo, 14 de septiembre de 2014

La perla y el rey.

Entrevista: Claudio Magris habla de su esposa Marisa Madieri

La perla y el rey

Suplemento Cultura
El autor de Danubio , uno de los intelectuales más importantes de Europa, viajará a Buenos Aires para presentar en la próxima Feria del Libro los textos de su esposa, Marisa Madieri, muerta en 1996: un volumen de memorias, Verde agua , y la fábula El claro del bosque (Editorial minúscula). En esta conversación el escritor triestino se refiere a la vida diaria y las ideas que ambos compartieron, así como al amor por la Mitteleuropa , que fue la materia de sus obras
 

Más allá del talento, de los premios numerosos y de la fama, hay gestos, en apariencia pequeños, que bastan para revelar la calidad de una persona. También bastan para revelar la naturaleza de la relación que une a dos seres, más allá de la distancia o de la muerte. "Si me espera cinco minutos, voy al hotel -está aquí cerca- y le traigo una foto de Marisa. Así podrá ver cómo era ella." Casi sin esperar a que yo le dijera que sí, Claudio Magris, con un entusiasmo juvenil, se levantó de la mesa a la que estábamos sentados en el primer piso del Café de Flore, en París. Menos de diez minutos después, estaba de vuelta. Con un orgullo inocultable en la mirada me tendió una fotografía de Marisa Madieri, su esposa, también escritora, muerta en 1996. Había algo desgarrador y, al mismo tiempo, luminoso en la sencillez con que ese hombre, uno de los intelectuales europeos más importantes de las últimas décadas, me ofrecía la visión de ese rostro tan querido por él. De ese matrimonio, hubo frutos de la carne y del espíritu: dos hijos, Paolo y Francesco, y libros que fueron el resultado de la convivencia y del diálogo entre los dos autores.
Magris es un germanista eminente cuyos ensayos y novelas han rescatado la tradición del mundo de los Habsburgo y evocado la trama compleja de la vida en las fronteras siempre cambiantes de Italia, del imperio austrohúngaro y de los Balcanes: Conjeturas sobre un sable , Danubio , Microcosmos , Utopía y desencanto iluminan desde una perspectiva inesperada y fascinante los hechos y las ideas que alteraron la existencia y la identidad de millones de seres acosados por la historia y la violencia. Magris viajará a Buenos Aires en ocasión de la próxima Feria del Libro, en el mes de abril. Originariamente la visita tenía como finalidad presentar los libros de Madieri, pero a último momento también se agregó la presentación de La exposición , pieza de teatro del propio Magris, basada en la vida del pintor triestino Vito Timmel, muerto en un manicomio.
La obra de Marisa Madieri es breve, poco más de trescientas páginas: Verde agua (1987), El claro del bosque (1992) y La conchiglia e altri racconti (La conchilla y otros cuentos, 1998, publicada póstumamente). La traducción española de Verde agua , aparecida en 2000, recién ha llegado a la Argentina en estos días, junto con la de El claro del bosque , editada a fines de 2002. Las dos obras fueron publicadas por Editorial minúscula y en Buenos Aires sólo se consiguen por ahora en la librería Guadalquivir (Callao 1012).
La simplicidad con que vivió y con que escribió Madieri, muy poco preocupada por que la conocieran más allá del círculo de la gente que quería y le interesaba, parece haberse contagiado a la divulgación de sus libros, confiada a editores y traductores muy serios (Valeria Bergalli, en España), conmovidos por la prosa llana y directa de la autora. Se trata de una obra cuyo reconocimiento lento, pero continuo, ha quedado librado a la recomendación de lectores alertas, cada vez más numerosos.
El exilio y el mar
En Verde agua , Marisa Madieri narra su niñez y adolescencia. Las memorias de aquellos años se entrelazan con comentarios, retratos y descripciones del momento en que la autora escribe su libro. Cada entrada está marcada con la fecha de escritura del fragmento. La primera anotación es del 24 de noviembre de 1981; la última, del 27 de noviembre de 1984.
"Conocí a Marisa cuando cursábamos el bachillerato en el mismo liceo", recuerda Magris. "Ella estaba, como lo cuenta en su libro, en lo que los muchachos llamábamos la división de los bacalaos, porque no había en todo ese grupo de chicas adolescentes una sola que tuviera las formas de una mujer. Pero no fue entonces cuando nos enamoramos. Nos volvimos a encontrar en 1962, en una fiesta. Yo ya vivía en Turín. Teníamos amigos comunes. Marisa ya no era un bacalao. Me gustó su rostro de pómulos altos, marcados, una huella de su origen húngaro. Los ojos eran oscuros y profundos. Tenía algo de selvático, pero también de clásico en la manera de mirar, de moverse, en su comportamiento y en sus rasgos. Ella se describe con mucha dureza. Y, sin duda, uno podía pensar en un primer acercamiento que era una mujer dura. Cuando empecé a frecuentarla, era como una ostra, cerrada. Después cambió. Los dos nos influimos mutuamente. Sin ella, yo habría sido un neurótico patético. Entre sus brazos, me convertí en un hombre, en un rey. Los dos nos inspiramos seguridad. Ella conquistó a mi lado un sentimiento de libertad y de expansión. Era muy valiente, pero también tímida y, junto a mí, aprendió a vencer esa timidez para defender en presentaciones públicas las causas en las que creía. Economizaba las palabras, era muy precisa. Hablar de Marisa me resulta muy difícil. Temo caer en la hagiografía. En sus juicios, era muy sobria. Detrás de la cerrazón inicial de Marisa, de esa frágil coraza, había un temperamento apasionado y mucho sentido del humor. La dureza provenía precisamente de lo que había debido superar en la infancia."
La ostra, de la que habla Magris, se abrió bajo el influjo de la atmósfera italiana y del carácter expansivo de su esposo, y dentro de ella había, como en los cuentos, una perla inestimable.
Marisa Madieri nació en Fiume en 1938. Cuando terminó la Segunda Guerra, la ciudad fue ocupada por los yugoslavos. Entre 1947 y 1948, a los italianos que todavía vivían allí se les exigió que adoptaran la ciudadanía yugoslava o que abandonaran el país. Los Madieri optaron por emigrar a Italia. Hasta que la partida se concretó, la familia debió padecer un año de marginación y de hostigamiento. Fueron desalojados de la casa en la que hasta entonces habían vivido. El padre de Marisa perdió su trabajo y fue encarcelado por haber escondido dos valijas de un perseguido político que había tratado de escapar. Este había sido capturado y, al ser interrogado, había mencionado las valijas en poder de Madieri.
En el verano de 1949, Marisa y su hermana Lucina, llevadas por la madre y la abuela paterna (que estaba enferma de cáncer), dejaron Fiume. En la cárcel, quedaba el padre, que se reuniría con ellas un tiempo después.
Cuando llegaron a Trieste, Marisa se sintió deslumbrada por la belleza de la ciudad y del mar, por la abundancia de diarios, de revistas, por la comida y las ropas que veía en las vitrinas de los negocios. Pronto comprendió que tendría acceso a muy poco de todo eso. Las Madieri, en calidad de refugiadas, fueron enviadas al campamento de Silos, especie de enorme depósito en el que se amontonaban quienes escapaban del régimen de Tito. Afortunadamente habían sido precedidas en el exilio por los Quarantotto, abuelos maternos de Marisa, y sus dos hijos, el tío Alberto y el tío Vittorio. El tío Alberto, con su esposa Ada, vivía en Venecia, mientras que el tío Vittorio vivía en Como. Para que las dos chicas no sufrieran la atmósfera opresiva de Silos, el tío Alberto se llevó a Marisa a Venecia y el tío Vittorio se fue con Lucina a Como.
"Marisa amaba a la familia de su padre y de su madre", continúa Magris, "pero la descripción que hace de ella en Verde agua no es nada dulzona." El retrato de la abuela Quarantotto es admirable desde el punto de vista literario, pero muestra con un humor shakesperiano todo el egoísmo de esa anciana, capaz de sacrificar a los suyos con tal de tener un papel protagónico. La abuela no quería abandonar el campo de refugiados, a pesar de que tenía dinero para ello -cuidadosamente oculto- porque con su voluntad de liderazgo se había ganado el papel honorífico de "alcaldesa" de Silos y se hacía fotografiar como una estrella junto a los funcionarios que visitaban el depósito. Marisa tampoco oculta las miserias de uno de sus tíos, Domenico. La madre de Marisa había prevenido a ésta y a su hermana que nunca se quedaran a solas con él. Durante mucho tiempo, Domenico había tenido escondida a su mujer en un altillo adonde él subía para violarla y pegarle. Por si fuera poco, se decía, con bastante fundamento, que también abusaba de sus hijas. Marisa cuenta todo eso sin emitir juicios, sin condenar, casi al pasar, como un hecho más de la vida cotidiana.
En Verde agua , Madieri quiso rendir tributo a la memoria de su madre, que había vivido tironeada entre el hombre del que se había enamorado, y con quien se habían casado, y su propia madre, la despótica abuela Quarantotto. Gracias al empecinamiento de la madre, Marisa y su hermana lograron estudiar, a pesar de que el padre, Gigio, estaba decidido a que, una vez terminada la escuela primaria, las chicas fueran a trabajar. Marisa cursó estudios en un colegio religioso. Su profunda inteligencia impresionó a las monjas del Instituto Capostrini. Una media beca de una entidad estatal, "la Posbélica", y la reducción del pago de la pensión mensual por parte de las monjas, le permitieron a Marisa continuar su educación. Más tarde el catolicismo aprendido por Madieri en esas aulas se depuró hasta convertirse en una celebración de la vida, que no intentaba ocultar las sombras de la existencia.
La crueldad de la naturaleza
"Marisa se consideraba italiana-prosigue Magris- pero al escribir Verde agua descubrió sus orígenes eslavos. No tenía una mentalidad política y mucho menos políticamente correcta. Su vida personal fue afectada desde la niñez por la historia. Su catolicismo y su fe en Dios eran muy especiales. En El claro del bosque , especie de fábula negra, cuenta los días de una margarita, Dafne. La naturaleza aparece allí en todo su esplendor, pero también en toda su crueldad. No es una narración edificante. El final, abrupto, puede parecer un acto de sadismo infligido al lector. Marisa escribió ese libro antes de enfermarse. Para imaginar cómo podía vivir una margarita, adoptaba comportamientos que, al principio, me resultaban extraños. Yo no sabía que estaba trabajando en ese libro y me asombraba sorprenderla, de pronto, tendida en el suelo, observando lo que la rodeaba. Quería ver la realidad desde la perspectiva de una margarita. En su corta existencia, Dafne conoce casi todo lo que puede conocer un ser vivo: el cariño de los padres, los celos, el amor, la envidia de los otros, la frivolidad, la belleza, el misterio del universo representado por la noche infinita y las estrellas. A Marisa le interesaba lo que podríamos llamar la vida menor: la vida de las otras especies, de los objetos cotidianos, pero también la de los seres anónimos que pasan su existencia a la sombra de otros tocados por la gloria, la fama, o la tragedia."
Antes de morir, Madieri estaba escribiendo La conchilla , una novela en la que un anciano recuerda a la mujer que amó. Ese texto, de una prosa bellísima, quedó incompleto, pero se publicó junto con una serie de relatos. La autora sabía entonces que se iba a morir, pero eso no alteró en nada su método de trabajo. "Tenía una actitud de gran sabiduría respecto de la muerte", dice Magris. "No quería morirse, pero no ignoraba que estaba condenada. La angustia no la llevaba a apurarse para terminar lo que había empezado. Era consciente de que si aceleraba la escritura de las obras que había comenzado iba a perjudicar lo que escribía. Ella, que creía en Dios, veía la experiencia de la muerte como un combate en el que, por designio divino, debía hacer todo lo posible para contrariar otra decisión de esa misma voluntad superior. Dios concedió a cada criatura la voluntad y el instinto de vivir; sin embargo también ha marcado el momento en que cada uno de nosotros debe abandonar este mundo. Marisa iba a morir, pero era su obligación, como ser humano, hacer todo lo posible por continuar viviendo."
Madieri vivía esa contradicción entre la fe, la razón y Dios con la serenidad y la lucidez de una creyente. Sabía que, como tal, debía librar un combate con el Ser Supremo. Decía: "No le voy a hacer las cosas fáciles. El -Dios- sabe lo que hace, pero yo debo luchar por mi vida precisamente por eso".
Pocos días antes de la muerte de Marisa, un amigo de Magris, el cardenal Silvestrini, que estaba de vacaciones y se encontraba de paso por Trieste, lo llamó por teléfono. Había perdido un avión y se encontraba varado en la ciudad. Le dijo al escritor que quería ver a Marisa antes de que muriera, pero no quería incomodarla si ella no estaba en condiciones de recibirlo. Magris le respondió que fuera a visitarla. Cuando el cardenal apareció en la puerta de la habitación de Marisa, ella le dijo: "Estamos listos si los que gobiernan la Iglesia no saben organizar sus vacaciones". Silvestrini se sonrió. Le preguntó cómo estaba y ella le contestó: "Lucho contra Su voluntad".
"Marisa y Silvestrini se trataban de usted -comenta Magris-. A ella no le gustaba la costumbre actual del tuteo que borra las diferencias entre las relaciones y crea muchas veces el espejismo de una falsa intimidad. Además, le recordaba el `tú´ político del 68. El cardenal le pidió permiso para tutearla. Ella le dijo: `Llegados a esta altura de la vida, creo que podemos permitírnoslo´.
El amor y el Danubio
"Era una mujer muy precisa en el lenguaje", recuerda Magris. "Esa precisión no tenía que ver sólo con el uso de la lengua, sino también con la moral. Le gustaba emplear la palabra justa. La precisión para ella era una cuestión ética más que estética. Recuerdo una vez en que un filósofo italiano vino a casa a comer. El huésped elogió un plato y dijo algo así como : `¡Qué bueno este plato de mariscos!´ Marisa le aclaró: `Son cefalópodos´. Esa claridad me resultaba de gran ayuda en mi propio trabajo. El afán de rigor la llevaba a distinguir de inmediato qué sobraba en mis textos. Los cortaba con una sabiduría maravillosa. Ella era la primera en leer lo que yo escribía. Ademas, colaboraba en las investigaciones que yo debía hacer para mis obras. No sólo buscaba datos, corregía fechas o nombres; además, sabía ver mucho mejor que yo los colores y los detalles. En cierto sentido, me enseñó a mirar. A ella le debo la idea de mi libro Danubio . En 1982, hicimos un viaje por Eslovaquia. Un día hermosísimo, estábamos en una colina desde donde dominábamos el río. Marisa me dijo que sería hermoso contar el Danubio como un museo. Y comprendí que tenía razón. El Danubio es un museo en el que se encuentran reunidas, preservadas, las razas, las religiones, las obras de arte, las lenguas oficiales, los dialectos, las literaturas que atestiguan los triunfos, las miserias, la felicidad y el dolor de los seres que habitaron en sus márgenes. Sentí en ese momento, contemplando ese curso de agua, que éramos como dos enamorados sentados ante una exposición. Delante de nosotros, se desplegaban los siglos. En ese libro, intenté salvar del olvido pequeñas historias, mostrar la fragilidad de la identidad de todo lo que tiene que ver con lo humano. Millones de hombres y mujeres que vivieron a orillas del Danubio no saben a qué país pertenecen, no saben qué tradición reivindicar. O cuando lo saben, esa identidad o esa tradición no es la que se corresponde con la documentación que poseen, con lo que les indican sus pasaportes. La gran historia le ha jugado una mala pasada a la pequeña historia de cada uno de ellos."
Marisa Madieri fue uno de esos seres. La ciudad en que nació, Fiume, hoy se llama Rijeka. Las migraciones del siglo XX la llevaron a Trieste, donde encontró a un hombre cuyos libros no son sino un intento de comprender y de salvar los hechos memorables de quienes han poblado esas tierras a menudo castigadas por la sed de poder. Los dos, Marisa y Claudio, estuvieron unidos no sólo por el amor recíproco, sino también por el amor a esas trágicas fronteras y a la belleza del mar, de los bosques y las montañas que fueron el majestuoso escenario de la ambición humana. Sin embargo, no hay nostalgia ni en los libros de ella ni en los de él. Dice el escritor: "No tengo nostalgia del pasado porque siempre he sentido, y Marisa coincidía conmigo, que en el presente está el pasado. El pasado no existe. Las cosas son". Los libros entrelazados y complementarios de ambos son un testimonio de esa fe y de ese amor. .
Por Hugo Beccacece De la Redacción de LA NACION París, 2003

jueves, 13 de febrero de 2014

Los niños brujos

Los niños Brujos

Por Mario Vargas Llosa  Para LA NACION


 LONDRES

En noviembre de 2003, el señor Agbo, guardián de un bloque de edificios municipales de Hackney, un suburbio de Londres donde viven muchos inmigrantes, encontró, encogida en una escalera, tiritando, a una niña de ocho años. Iba descalza, semidesnuda, llena de cicatrices, heridas e hinchazones, y paralizada por el terror. A lo largo de las semanas siguientes, con ayuda de psicólogos y trabajadores sociales, la policía consiguió reconstruir su historia.

La niña, procedente del Congo o de Angola, había sido sometida a torturas sistemáticas los quince meses precedentes, por su madre, su tía Sita Kisanga, y un amigo de ésta, Sebastián Pinto, desde que una noche un hijo pequeño de Sita se despertó llorando y jurando que la niña se le había aparecido en el sueño y amenazado con llevárselo volando de vuelta al Congo. La familia concluyó que la niña estaba poseída por un espíritu maligno, un ndoki, y debía ser exorcizada. La hicieron ayunar tres días y luego procedieron a tratar de expulsar al demonio que la habitaba. La abofeteaban, la azotaban, le frotaban en los ojos ajíes picantes, le punzaron todo el cuerpo y la cara con la punta de un cuchillo, y la tuvieron muchos días encerrada en una bolsa de ropa en la que la amenazaban con tirarla al río o desbarrancarla desde el balcón del edificio. Al final, como el ndoki se resistía a marcharse, la expulsaron del hogar a puntapiés. Los médicos de la policía detectaron cuarenta y tres heridas en el cuerpo de la criatura.

El caso de esta niña, que no puede ser nombrada por razones legales, es apenas la punta de un iceberg. Richard Hoskins, profesor de religiones africanas en el King´s College de Londres, que ha investigado muchos años este tema en el Congo y que asesora a la policía británica en éste y otros cinco casos de exorcismos contra "niños brujos" sometidos a torturas y crueldades en las comunidades de inmigrantes, ha revelado que centenares de niños de origen africano desaparecen cada año en Inglaterra sin que las autoridades consigan averiguar las razones de su desaparición.

En parte por falta de efectivos para efectuar una vigilancia cuidadosa en aquellas comunidades y en parte por prudencia, dada la extrema susceptibilidad que existe en todo lo que concierne a las creencias y costumbres de las minorías étnicas, las autoridades reconocen su impotencia para frenar lo que parece un fenómeno en el que centenares o acaso millares de menores son sometidos en Gran Bretaña a indecibles brutalidades para exorcizarlos de los malos espíritus.

Hace poco más de tres años, se encontró en el Támesis el torso mutilado de un niño africano. El caso Adam originó una investigación en la que, entre otras cosas, la policía descubrió que de 300 niños africanos llegados al aeropuerto londinense de Heathrow en un período de tres meses, sólo dos de ellos pudieron ser localizados. De los 298 restantes no quedaba la menor huella. Por otra parte, varias asociaciones de protección a la infancia han señalado que cada año el número de niños de origen africano que deja de asistir a las escuelas en que están inscritos sin que medie la menor explicación es de varios millares. El profesor Hoskins sostiene que esas desapariciones revelan, además de las prácticas religiosas violentas que pueden terminar en crímenes, la existencia de redes bien establecidas que trafican con menores inmigrantes, vendiéndolos como esclavos domésticos o sexuales.

Contrariamente a lo que a primera vista parecería, que el salvajismo de que hacen gala en las comunidades de inmigrantes los supuestos exorcistas ha sido importado con ellas del Africa, el profesor Hoskins asegura que no es así, que se trata de un fenómeno local, resultante de una perversa aleación de creencias y supersticiones primitivas y del fanatismo con que la miríada de iglesias evangélicas fundamentalistas informales se han implantado en el Reino Unido y reclutan prosélitos entre los inmigrantes.

De hecho, una de las torturadoras de mi historia, Sita Kisanga, pertenecía a una de estas microiglesias evangélicas de su barrio, llamada la Iglesia del Combate Espiritual, que promueve el exorcismo y cuyos pastores son todos exorcistas profesionales. Esta y otras congregaciones parecidas, surgidas de manera informal, como desprendimientos a menudo extravagantes y groseros de las iglesias protestantes tradicionales, para ganar una rápida aceptación entre los inmigrantes han incorporado a las doctrinas cristianas creencias y prácticas como la del ndoki y los rituales exorcistas cuya mezcla, según Hoskins, ha resultado explosiva. Según él, en las distintas comunidades étnicas que ha estudiado en el Congo muy rara vez se ejerce violencia contra los niños, y las ceremonias exorcistas, que abundan, suelen ser benignas.

No sé si esto es ciencia estricta o ciencia matizada por la corrección política, pero, en todo caso, lo que parece cierto es que la manera como esos grupúsculos evangélicos informales que, sin el menor control ni registro del Estado, operan en los barrios marginales de las grandes ciudades europeas, predicando doctrinas fanáticas y delirantes, producen a veces consecuencias tan trágicas como la que se abatió sobre la niña de Hackney.

La globalización es un estado de cosas que funciona en todos los sentidos y en todas las direcciones. Lleva las buenas ideas y los conocimientos más modernos por todos los vericuetos del planeta y, al mismo tiempo, permite que las supersticiones más crueles y estúpidas, y los prejuicios y convicciones más anacrónicas salgan de los pequeños reductos donde sobreviven y vayan a contaminar e infectar sociedades y comunidades humanas que parecían haber dejado atrás la barbarie y avanzado de manera irreversible en la ruta de la civilización.

Siempre que llego a Inglaterra, luego de semanas o meses, siento una gran satisfacción, como si una gran bocanada de aire fresco me aligerara los pulmones. Puede tener mil problemas que resolver y otras tantas cosas que criticarle, pero la sociedad británica sigue siendo, para mí, un modelo de civismo, de racionalidad, de sensatez y pragmatismo político, de un patriotismo sano y no deformado por taras nacionalistas. Es estimulante y grato comprobar que el taxista, la empleada de la tienda, el cajero del banco, el boletero del tren, o el peatón al que uno detiene para averiguar una dirección, en vez de volcar sobre el cliente o despistado preguntón todo su malhumor y su frustración maltratándolo con groserías, son amables, todavía humanos. Rápidamente diré que no conozco ninguna otra gran ciudad en el mundo que me haya parecido, como Londres, estar tan cerca de esa palabra de escurridizo significado: la civilización.

Pues bien, en la más civilizada de las ciudades, vaya usted a saber cuántos niños padecen en estos mismos momentos el mismo martirio que la niña de Hackney y cuántos otros, venidos como ella del Congo, Angola y tantos otros países africanos son prostituidos o vendidos como esclavos por mafias inescrupulosas que, además, gracias a esos tráficos, amasan formidables fortunas. El profesor Hoskins explica que este tráfico se ha visto facilitado por la expansión del sida, que sólo en el Congo ha dejado huérfanos a decenas de miles de niños que viven en las calles de las aldeas o en el bosque y que son presas fáciles de las mafias que, con el pretexto de protegerlos, les fabrican papeles, les procuran padres adoptivos y los traen a Europa, a veces por medios legales y otros ilegales, donde los convierten en mercancías. La barbarie pura en el corazón mismo de la civilización.

¿Tiene un remedio pronto esta pavorosa realidad? En lo inmediato, ninguno, por desgracia. Ni las autoridades están en condiciones de añadir a sus filas los miles de miles de detectives y agentes que se necesitarían para ejercer una vigilancia más estricta en todas las comunidades y hogares que practican el exorcismo de los niños poseídos por el ndoki ni las organizaciones de derechos humanos, protección a la infancia y ayuda al inmigrante cuentan con los medios, ni con la activa colaboración de los vecinos de los barrios marginales, para poner fin en un futuro inmediato a esa plaga secreta.

El remedio, si viene, vendrá en el futuro, dentro del marco de una política de integración del inmigrante que, a la vez que facilite la adaptación de éste a su nuevo ambiente y lo familiarice con los derechos y deberes inherentes a un ciudadano de una sociedad democrática, le proporcione la ayuda indispensable para que esa reconversión cultural se lleve a cabo sin desgarramientos ni traumas. Para que eso llegue a ocurrir, pasarán todavía muchos años.

Y, entretanto, seguirán ocurriendo muchas barbaridades en el seno de la civilizada Londres (léase Europa). La historia de la niña mártir de Hackney ha tenido un final feliz, menos mal. Se ha recuperado de todas sus heridas y ahora rehace su vida en el hogar de unos padres adoptivos que, según la policía, la adoran. Sus tres torturadores, su madre, su tía Sita Kisanga y Sebastián Pinto, que han sido encontrados culpables por el tribunal de Old Bailey que los juzgó, recibirán en estos días unas condenas que los mantendrán algunos años en la cárcel.

¿Debemos alegrarnos de que, al menos esta vez, se haya hecho justicia? La verdad, no hay nada de qué alegrarse. Se ha hecho justicia en la forma, sin duda, pero, en el fondo, no lo creo. Lo probable es que esos tres infelices estén totalmente aturdidos y sin comprender nada de lo que les ocurre. Es evidente que ninguno de los tres quería hacerle el menor daño a la niña que brutalizaron; sus golpes y ferocidades iban dirigidos contra el ndoki que se había instalado en ella, un ser que sin duda los hacía vivir en el terror y envenenaba cada segundo de sus vidas. Ahora, rumbo a los calabozos, debe decirse que el ndoki ya no sólo se ha metido en el cuerpecito de esa criatura, que ahora sus miasmas y ponzoñas impregnan todo lo que los rodea, Londres, Europa, el mundo entero.

domingo, 11 de agosto de 2013

Esta mujer que baila sin moverse

Los artículos de Tomas Eloy Martinez, escritor argentino tienen la capacidad de conmover. Acá nos presenta una mujer que vive en las estaciones de Metro de New York.

Esta mujer que baila sin moverse
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación

HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Al principio supuse que era el azar. Todas las veces que debo tomar en Penn Station el tren de las 17.24 que va de Nueva York a New Brunswick, una mujer calzada con zapatillas de ballet se abre espacio entre la muchedumbre que corre hacia el andén y, una vez allí, gira dos veces sobre sí misma, en puntas de pie, y se desvanece en la nada.
La mujer lleva abrigos pesados en invierno y batas largas de algodón en verano. Advertí de entrada que era uno de los escasos residentes fijos de la estación, y un agente del servicio de vigilancia me lo confirmó hace algunos meses. Después de la medianoche, le permiten tender su bolsa de dormir junto al quiosco de revistas o bajo el toldo de alguno de los restaurantes, y la despiertan a las seis de la mañana, antes de que llegue el inmenso flujo de empleados que viven en los suburbios.
El domingo 25 de febrero la vi repetir su danza ritual y me di cuenta de que ya no se trataba del azar sino de una laboriosa, inevitable rutina. No habría más de cincuenta personas esperando el tren de las 20.32. Cuando en el enorme tablero que domina el centro de la estación apareció el número del andén, ocho minutos antes de que el tren saliera, la marejada empezó a moverse con una lentitud de crepúsculo. De pronto vi que la mujer echaba a correr desenfrenada, ansiosa, como si le fuera la vida en eso. Calzaba las habituales zapatillas violetas de su baile, ahora desfiguradas por parches de otros colores, y sobre la falda escocesa de los inviernos llevaba un tutú de gasa, almidonado como una corola de Walt Disney. Descendió con saltos de arabesco por las escaleras que llevan a los laberintos del andén, repitió allí su pirueta y otra vez se desvaneció en la sombra.
Decidí perder el tren y subir a buscarla. Los personajes solitarios que tienen el privilegio de refugiarse en la estación jamás hablan con extraños y rara vez se comunican entre sí: lo hacen solo para pelearse por los espacios. La encontré al pie del tablero, observándolo con impaciencia, como si estuviera por viajar. En ese instante adiviné que no bien apareciera el número del andén, saldría corriendo y volvería a bailar. Tuve la absoluta certeza de que su danza se repetía a toda hora, antes de la salida de todos los trenes.
Fragmentos de una historia
Aunque la había visto infinitas veces, fue en esa tarde de domingo cuando la vi de veras por primera vez. Solo se sabe cómo son las personas y las cosas cuando uno las ve por segunda vez, pero para que revelen su naturaleza profunda, esa segunda mirada tiene que ser más inocente y asombrada aún que la primera. La contemplé sin disimulo. En Estados Unidos, eso puede ser peligroso, ofensivo. Mirar fijo es una manera de invadir la intimidad del otro, pero no me importaba. Me pregunté cuál sería su edad. Tal vez ni ella misma la sabe. Debe de andar entre los treinta y los sesenta, quizá mucho más, o menos. El pelo, largo y veteado de canas, está recogido sobre la nuca con uno de esos broches dentados de plástico. Le faltan las muelas, pero los incisivos y caninos están intactos y sin manchas. Aunque lleva las piernas siempre cubiertas por una malla gruesa de color ceniza, se nota que debajo hay un delta de várices. Me pareció un milagro que, aun ofendido por esos nudos y raíces, su cuerpo tuviera la valentía de bailar.
Me acerqué a ella con toda la delicadeza que pude y le pregunté si podía ayudarme a escribir una historia. "¿Qué historia?", dijo, a la defensiva. "Su historia -le respondí-. No he visto a nadie hacer lo que usted hace." Se echó a reír, mostrando sus encías desoladas. "Ay, ay -suspiró-. Entonces usted nunca se ha fijado en lo que hace aquí la gente, en la estación. Vea a su alrededor -me dijo, extendiendo los brazos-. Vea estos cientos de personas inmóviles, estudiando la pared negra del tablero a la espera de que aparezca el número de un tren, la señal de que ya pueden irse. Fíjese en lo que pasa cuando salen corriendo. Es un ballet, ¿no? Una coreografía, un teatro invisible." "Sí, es como un musical de Broadway -confirmé yo, por decir algo-. Una telenovela."
A regañadientes aceptó que comiéramos un sándwich en uno de los restaurantes de la estación. Eligió con cuidado el que prefería. "Allá no, porque no van a querer servirme -dijo-. En ese otro tampoco, porque ahí me regalan las sobras. Aquel tercero es el mejor. Es nuevo. Los del turno de la mañana me dan café pero los de la noche no me conocen." Cuando nos sentamos a la mesa, ella aprovechó para cambiarse las zapatillas de baile. Llevaba tres o cuatro en una bolsa de plástico, todas violetas, todas con rasgaduras y parches. Le dije mi nombre y le pregunté por el de ella. No me lo quiso dar. "Si escribe algo, llámeme sólo Rhina, la de Penn Station -dijo-. Fui bailarina, conozco el mundo, pero ahora no puedo moverme de aquí."
Durante los diez o quince minutos que duró el sándwich logré conocer fragmentos de su historia, pero son tan dispersos, tan difusos, que no se puede armar con ellos ningún cuadro. Su madre le enseñó a bailar alguna vez, en un pueblo de Georgia. Estuvo seis meses en el coro del New York City Ballet. Conoció a un hombre. Dejó el baile por él y luego también el baile la dejó a ella. La tarde en que debía regresar al New York City Ballet para su última oportunidad de trabajo, se cayó en la estación del subterráneo y se rompió el fémur izquierdo. Estuvo un par de días en el hospital y luego desembarcó en la calle. Descendió por las escaleras mecánicas de Penn Station en muletas, una mañana de agosto de 1998, y pidió amparo a uno de los guardias. Desde entonces no se ha movido de allí. Si se moviera, perdería su lugar, porque algún otro desvalido se lo arrebataría para siempre.
Ballet en la estación
Hace ya un año, cuando Rhina sintió que sus piernas eran otra vez ágiles, intentó dar algunos tímidos pasos de baile en el hall central de la estación. Por los parlantes se está difundiendo siempre música de Bach, de Vivaldi, de Corelli -la misma que los médicos usan en los quirófanos, porque la repetición infinita ya la ha tornado inocua-, pero por alguna distracción de las computadoras se oyó un fragmento de Cascanueces y Rhina decidió que si no bailaba en ese instante no lo haría nunca más. Apenas intentó algunos movimientos de gimnasia con los pesados zapatones de goma que llevaba entonces, los guardias le llamaron la atención y amenazaron con expulsarla. Entonces ella les hizo ver la inmensa marea de gente agitada que descendía hacia los andenes y les pidió permiso para hacer lo mismo. "Si eso es lo que se hace aquí, ¿por qué yo no puedo hacerlo?" Un oficial del Ejército de Salvación le consiguió las primeras zapatillas de baile. Un pasajero que hace viajes frecuentes a Princeton le regaló el segundo par. Encontró el tutú de gasa y el tercer par de zapatillas la noche del último Año Nuevo en un cesto de basura. La única ilusión de la vida de Rhina es montar alguna vez un ballet en el que cientos de personas, inmóviles ante el tablero negro con los horarios de los trenes, salgan corriendo de pronto en infinitas direcciones. "No necesito imaginar la coreografía -me dijo-. Eso ya está a la vista aquí, a cada instante. Tengo cientos de coreografías posibles, y todas, en el escenario de un teatro, serían inolvidables." Le pregunté por qué no huía de su refugio ciego, donde jamás ve la luz del día, y probaba suerte en el mundo. "Yo nací para el movimiento -me respondió- y solo en esta realidad que nunca se mueve me siento segura." En ese momento anunciaron el siguiente tren para New Brunswick y salí corriendo detrás de la marea de pasajeros, en busca de esa otra realidad que siempre se está moviendo. Afuera, en los campos por los que corría mi tren, había luz, mucha luz. Pensé que, sin embargo, todo lo que se veía era sombra y que tal vez la verdadera luz estaba en el pequeño, encerrado y repetido mundo de Rhina, la de Penn Station