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sábado, 30 de agosto de 2014

Conversar durante el vuelo

Hay quienes prefieren estar en silencio durante el vuelo. Que al vecino de asiento no se le ocurra dirigirle la palabra. ¿Qué se harían con alguien que desea hablar con uno sin tener nada en común, que nos fastidie con preguntas o nos cuent...e su vida? Yo siempre he sido de las que disfrutan haciéndose amiga de quien el destino ha puesto a nuestro lado para pasar unas horas mientras volamos en el cielo, por encima de nubes, edificios y hombres. En esta oportunidad conocí a una americana "Una gringa" de corazón generoso que por casualidades del destino adoptó en el Cuzco a cuatro niños y que ahora tiene quince nietos a los que adora. Dos años menor que yo, viajando permanentemente entre Cuzco, Lima y Estados Unidos combina su trabajo con su adquirida familia. Sus nietos la despiertan mostrándole sus descubrimientos y le hacen caricias consiguiendo como toda abuela, olvidarse de los quehaceres, de las preocupaciones, para dedicarse solo a recibir el regalo del amor que ha sabido despertar en esos niños.
Si no hubiésemos conversado, si me hubiese sumergido en mi libro: "El país de las mujeres" de Gioconda Belli, que claro que está muy entretenido, me hubiera perdido de escuchar esta hermosa historia. Claro que vi una película: " El gran hotel Budapest", que no me gustó tanto como había imaginado, pero la felicidad de descubrir un ser humano, hacer amistad, encontrar puntos en común, recuerdos, personas, hizo que me sintiese feliz. Esto se los cuento para que cuando alguien les dirija la palabra en un avión, no contesten de manera seca, y volteen la cara, si no que piensen que tal vez, van a disfrutar del placer de la comunicación de las existencias.



Conociendo a un refugiado

 
Tenía grandes deseos de ir al Baltimore Museum of art del que había escuchado era maravilloso. Quedaba como a quince minutos de nuestro hotel. Subí a un taxi y el chofer me recibió con una maravillosa sonrisa. ...Era de Eritrea, un país Africano del que nada sabía. Conversamos durante el viaje, había estado un par de días en Lima en donde nadie le había podido hablar en inglés, así que con un librito algo aprendió. “Señorita bonita”, dije yo, y él lo repitió mostrándome otra vez su cautivadora sonrisa.
Me dejó en el museo, precioso edificio, hacía calor, pero antes de despedirse, me dejó su número de celular, por si quería que me recogiese. No demoré dos minutos en darme cuenta que el museo estaba cerrado, adiós la más grande colección de Matisse del mundo, adiós Pablo Picasso, Paul Cézanne, and Vincent van Gogh y todo lo demás que tanto me había tentado.
Una mujer del museo, me ayudó a llamar a Hermie mi amigo africano que no tardó en recogerme, con otros pasajeros que ya había recogido para ir al centro, pero ¿cómo abandonarme?
Cuando le conté a Mario, le pedí que lo llamáramos para que nos lleve al aeropuerto, y entonces ahí mismo lo llamamos para que nos de una vuelta y nos muestre la ciudad. La conversación con Mario, aparte de estar llena de chispa hablando de mujeres, nos dio más datos sobre Hermie (que significa Hermano, que viene de Hermes). Nos conto que era un refugiado, que toda su familia había huido, que se los obligaba a pelear con los Etíopes y que él había ido a Etiopía y pedido asilo. Nos contó que más de un millón de Eritreos vive en los Estados Unidos.
Nos contó que su país había sido colonia italiana y que por eso le era fácil el castellano.
El paseo que nos dio fue el que le hubiera dado a un familiar, nos mostró sus lugares favoritos de la ciudad pero sobre todo nos trató como un viejo amigo.
En cierto momento, Mario descubrió que Hermie tenía una estampita de Fry Martín de Porras.
—¿Quién es este santo? —Preguntó Mario, y él respondió que se la regaló una clienta porque a él le había gustado. ¿Coincidencias del destino? ¿Cómo así, de la noche a la mañana teníamos tanta cercanía con alguien del Africa, reíamos y conversábamos y hablábamos de nuestro Fry Martín? Nos enteramos que tenían un ciclista campeón y que en futbol eran tan malos como nosotros.
Antes vivió en D.C. pero era muy caro, acá en Baltimore está contento, es soltero, está todavía buscando pero no hay mujeres eritreas así que tal vez deberá esperar a que haya paz en su país para ir a buscar su pareja.
Nos despedimos en el aeropuerto. Quedamos en que si algún día viniese otra vez al Perú, nos llamaría. Habíamos compartido dos días, antes tan lejanos, ahora tan cerca.

Llegando a la casa, averiguo un poco y lo comparto con ustedes.

Este país posee una extensa costa en el mar rojo- Su nombre “Eritros” quiere decir “rojo”. Se independizó en 1993, lo que lo convierte en uno de los países más jóvenes del mundo.





Eritrea: La represión crea una crisis de derechos humanos
Los países receptores deben cesar la devolución de refugiados eritreos


 Soldados eritreos marchan en Asmara el Día de la Independencia del país en esta foto del 24 de mayo de 2007. Eritrea, a pesar de ser una de las naciones más nuevas y pequeñas de África, tiene uno de los ejércitos más grandes de la región. Pero esto es debido a que el servicio militar continúa por muchos años, a veces de manera indefinida, tanto para los hombres como para las mujeres.
(Londres) - La práctica extendida en Eritrea de detención y tortura de sus ciudadanos y su política de prolongar el servicio militar obligatorio están creando una crisis de derechos humanos y provocando que cada vez más eritreos huyan del país, señaló Human Rights Watch en un informe publicado hoy.
El informe de 95 páginas "Service for Life: State Repression and Indefinite Conscription in Eritrea" (Servicio perpetuo: Represión estatal y servicio militar indefinido en Eritrea) documenta las graves violaciones de los derechos humanos cometidas por el gobierno eritreo, que incluyen detención arbitraria, tortura, terribles condiciones de reclusión, trabajo forzoso y graves restricciones de la libertad de movimientos, expresión y culto. También analiza la difícil situación a la que se enfrentan los eritreos que logran escapar a otros países como Libia, Sudán, Egipto e Italia.
"El Gobierno de Eritrea está convirtiendo el país en una prisión gigantesca", señaló Georgette Gagnon, directora para África de Human Rights Watch. "Eritrea debe rendir cuentas inmediatamente por los cientos de presos ‘desaparecidos' y abrir sus cárceles al examen independiente", agregó.
Human Rights Watch instó a Estados Unidos y a la Unión Europea a que se coordinen con la ONU y la Unión Africana para resolver las tensiones regionales y garantizar que la asistencia al desarrollo otorgada a Eritrea esté vinculada con el progreso en materia de derechos humanos.
La UE aprobó recientemente un paquete de asistencia de 122 millones de euros para Eritrea, a pesar de la preocupación por el empleo de personas en el servicio militar o en prisión para los proyectos de desarrollo, una violación del derecho internacional.
El informe, que se basa en más de 50 entrevistas con víctimas eritreas y testigos de los abusos en tres países, explica que el gobierno eritreo utiliza un amplio sistema de centros de detención oficiales y secretos para encarcelar a miles de ciudadanos sin cargos ni juicio. Muchos de los presos están recluidos por sus creencias políticas o religiosas, otros por intentar escaparse del servicio militar indefinido o huir del país.
La tortura, el trato cruel y degradante y el trabajo forzado son habituales tanto para los que cumplen el servicio militar como para los presos. Las condiciones de detención son terribles: los reclusos suelen estar hacinados en celdas (a veces subterráneas) o en contenedores que alcanzan temperaturas abrasadoras durante el día y de congelación durante la noche.
Los que intentan huir corren el riesgo de recibir duros castigos y de que les disparen cuando crucen la frontera. El gobierno también castiga a los familiares de los que escapan o desertan del servicio militar con multas exorbitantes o penas de prisión. A pesar de estas duras medidas, miles de eritreos siguen intentando huir del país.
La mayoría de los refugiados escapan primero a los vecinos Etiopía y Sudán, desde donde viajan a Libia, Egipto y Europa. En los últimos años, cientos de eritreos han sido devueltos desde Libia, Egipto y Malta a Eritrea, donde han enfrentado detención y tortura a su llegada.

domingo, 30 de junio de 2013

El gusanillo de los libros


Leímos este artículo de Mario Vargas Llosa. Muy entretenido.

Mario Vargas Llosa 21 AGO 2005

Desde que comencé a publicar libros me han hecho decenas, acaso centenares de entrevistas, y todas las fui olvidando a medida que ocurrían. Menos una, que, con el tiempo ha ido cobrando proporciones míticas en mi memoria. Ocurrió hace unos veinte años, en el curso de un enloquecido viaje de diez días por los Estados Unidos, con motivo de la aparición de una de mis novelas en inglés. Saltaba de una ciudad a otra en vuelos que duraban a veces cuatro o cinco horas y en cada lugar me veía sometido a una vertiginosa ronda de ruedas de prensa, diálogos, firmas, charlas, almuerzos y cenas que en la noche me derribaban en la cama, no a dormir sino a desmayarme por apenas tres o cuatro horas de sobresaltadas pesadillas.

Pero las veinticuatro horas que pasé en Los Ángeles justificaron esa gira en la que casi dejo el pellejo. Comenzó al alba, cuando la encargada de pilotarme por las obligaciones del día me recogió en el hotel para llevarme al recinto de un college de un suburbio negro de la ciudad, donde, me explicó, había tenido que "refugiarse" el director del programa de radio que me iba a entrevistar. Se llamaba "El gusanillo de los libros" (no confundirlo con la "polilla", por favor). "Los programas dedicados a la literatura tienen la vida difícil en este país", precisó. Pero añadió que, pese a su apariencia paupérrima, "El gusanillo de los libros" era escuchado en toda California por la gente que visitaba librerías y compraba libros. Y que era un verdadero privilegio aparecer en él porque su editor era muy "discriminatorio" (palabra que en inglés es un elogio).

Sí, el local no podía ser más miserable. Un pequeño galpón oscuro, en un rincón perdido de un college de tercera o cuarta categoría, que dividía un cristal impulcro a un lado del cual estaba el técnico y su equipo de grabación y, al otro, el "gusanillo" en persona, sentado en una silla de inválido. Se trataba de un hombre joven, algo grueso, y que, pese a su limitación física, se movía con desenvoltura. Parecía muy serio. Me acurruqué como pude a su lado y me explicó que el programa, de una hora, consistiría en una primera media hora en la que él "contaría" mi libro a sus oyentes, ilustrando su relato con algunas lecturas, y que, en la segunda mitad, conversaríamos. Apenas comenzó a hablar quedé prendido de lo que decía y, casi inmediatamente, conquistado. Tenía la impresión de que hablaba de un libro ajeno, pero no porque traicionara en lo más mínimo mi historia, sino porque su síntesis más bien la embellecía, depurándola y reduciéndola a lo esencial. No hacía la menor crítica, no daba opinión personal alguna, se limitada a "contar" la novela con una neutralidad absoluta, desapareciendo detrás de los personajes y la historia, sustituyéndolos en cierto modo, con una destreza consumada y pequeños pero muy eficaces efectos -pausas, énfasis, cambios de tono- que enriquecían extraordinariamente aquello que contaba. No sólo había leído el libro de manera exhaustiva; había seleccionado de modo tan certero los fragmentos que me hizo leer que éstos, a la vez que ilustraban muy exactamente su relato, dejaban en el oyente una curiosidad afanosa sobre lo que vendría después.

El diálogo fue para mí tan sorprendente como la primera parte de su programa. Sus preguntas no incurrían en los inevitables lugares comunes ni se apartaban un segundo del libro que nos tenía allí reunidos. Más bien, me obligaban a retroceder a la época en que por primera vez tuve la idea de aquella ficción, a rememorar las experiencias que me la sugirieron, y, luego, al proceso que la fue plasmando en palabras, a las lecturas, ocurrencias, memorias de que me fui sirviendo a la hora de escribirla, y, por último, a revelar aquellas intimidades más secretas que, como ocurre casi siempre cuando uno escribe una novela, fueron apareciendo, atraídas misteriosamente por la imaginación para irrigarla, para dar apariencia de vida a los fantasmas.

Cuando terminamos lo felicité, le agradecí, le dije que me había hecho aprender mucho sobre mí mismo, y que era un fabuloso contador de historias. Quedó un poco intimidado con mi entusiasmo. Era un hombre modesto, que, por lo visto, no tenía la menor conciencia de su genialidad. Él creía que con su programa no hacía otra cosa que satisfacer su pasión de lector y ganarse -seguro que a duras penas- los frejoles, tratando de contagiar a sus oyentes el apetito por la literatura. Pero la verdad es que "El gusanillo de los libros" era mucho más que eso. Una variante contemporánea de la antiquísima tradición de los contadores de historias, los remotos ancestros de los escritores, aquellos fantaseadores que desde la noche de los tiempos han acompañado la marcha de la historia verdadera añadiéndole una historia fingida, inventada, mentirosa, indispensable para hacer más grata, o menos ingrata, la vida de los seres humanos.

Sólo que, "el gusanillo" de mi historia -es una vergüenza que no recuerde su nombre, o, acaso, nunca lo supe-, en vez de fraguar historias, las adaptaba, tomándolas de los libros que le gustaban y transformándolas en historias orales, como aquellas que narraban las hechiceras junto al fuego o cuentan todavía, en los pueblos antiguos, como Irlanda o las tribus indígenas del Canadá, de Estados Unidos, de México y Guatemala o de los Andes, los juglares ambulantes. Apenas pude conversar con él, porque mi implacable piloto me arrastró de inmediato a la segunda cita de la mañana. En el auto que nos regresaba al centro de Los Ángeles le dije que el programa del "gusanillo" me había parecido extraordinario. "Bueno, me comentó, sí, es importante aparecer en él. Pero se trata de una persona muy difícil. Muy independiente. Sólo habla de los libros cuando le gustan. Y, por principio, rechaza todos los best sellers, sin leerlos".

Pensé que con semejante política, mi admirado "gusanillo" se moriría de hambre o perdería pronto su programa. No fue así. Un buen número de años después, en New York, me lo volví a encontrar, otra vez frente a un micrófono, esta vez en un estudio refrigerado y elegante de Manhattan. En el tiempo transcurrido, "El gusanillo de los libros" había dado un salto espectacular. Por lo pronto, ya no sólo se oía en California, sino en todo Estados Unidos, donde un gran número de emisoras lo habían adoptado. Pero ni el formato, ni el rigor ni la originalidad con que su conductor lo llevaba, habían experimentado innovaciones. El "gus-anillo" seguía contando los libros que comentaba con la misma pericia hechicera que yo recordaba y sometiendo a su autor a un interrogatorio apasionante, a una verdadera catarsis creativa.

Pero, volvamos a Los Ángeles, a aquel día fastuoso e inolvidable. He olvidado lo que hice aquella mañana y aquella tarde, pero estoy seguro que debí responder muchas preguntas sobre "el realismo mágico", la "responsabilidad social del escritor" y cosas parecidas. Pero sí recuerdo que al anochecer firmé libros en una librería de Westwood, cuyo dueño, un californiano de origen alemán, me invitó luego a cenar. Intenté esquivar la cena, porque estaba agotado, pero él insistió y me alegro que lo hiciera pues fue una de las cenas más instructivas y fecundas que he tenido. Gracias a ella contraje una adicción a Mahler que me acompañará hasta que muera. El librero en cuestión era un apasionado de la música clásica y durante toda la cena, con una vehemencia inesperada y una enciclopédica sabiduría, me habló de las diez sinfonías del músico austriaco, comparando sus estructuras con las de las grandes novelas, las de Thomas Mann, las de Proust, las de Dos Passos o las de Faulkner, unas sinfonías en las que, decía, silbando o canturreando de pronto ciertos motivos, el tratamiento del tiempo era tan inventivo como lo es en las obras maestras literarias.

Sabía todos los pormenores de la gestación de estas sinfonías y todavía recuerdo el notable dramatismo con que evocaba -ni más ni menos que como lo hubiera hecho el "gusanillo" de la mañana- el verano de 1910, en que Mahler, ya enfermo del corazón, devastado con el descubrimiento de que Alma, su mujer, lo engañaba con el arquitecto Walter Gropius, y luego de un viaje a Holanda para consultar a Sigmund Freud a fin de que lo aconsejara sobre cómo salvar su matrimonio, se las arregló para componer la Décima Sinfonía, en apenas un par de meses. "Al mismo tiempo que cantos a la muerte, aseguraba, la paradoja de todas las sinfonías de Mahler es que la vida brota en ellas a chorros y nos hace sentir lo rica, lo variada, lo intensa y profunda que es aquella existencia que vamos a perder. Porque eso es Mahler: una anticipación atroz de la nostalgia de la vida que vendrá con la muerte".

No sé si su interpretación de Mahler era la correcta, pero no me importa nada. Para mí, lo que dijo fue tan contagioso como un virus mortífero. Apenas pude comencé a escuchar a Mahler con unos oídos y una cabeza sensibilizados extraordinariamente por sus palabras, y a leer biografías y testimonios sobre él y hasta a visitar los lugares donde nació, vivió y compuso.

Qué ingratitud no recordar el nombre del "gusanillo" ni el del librero de Los Ángeles. Pero, aunque sea tarde y mal, gracias a ambos por una jornada memorable.

sábado, 21 de junio de 2008

Decir al otro


Diálogo.- Dice el diccionario: Plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos.
Discusión o trato en busca de avenencia.
Diálogo de sordos: Conversación en la que los interlocutores no se prestan atención.

La palabra diálogo viene de la raíz "día" que significa lo que atraviesa las murallas, lo que orada el muro. También a lo largo y hasta. Un camino que nos lleva hasta el otro, hasta el descubrimiento de la verdad del otro.
Atravesar el espacio. Romper la distancia. Llegar a la esencia, a la verdad.
El diálogo es un esfuerzo perpetuo, una preocupación por la verdad. Un esfuerzo común. Es apertura en el sentido de abrir los significados.
San Bacilio dijo:
Dios nos dio el uso de la palabra para descubrirnos mutuamente las voluntades de nuestros corazones.
El diálogo es el camino para penetrar en el misterio del otro, la verdad, su verdad, nuestra verdad.
Decir al otro lo que pensamos no siempre es fácil. El otro debe tener la disposición para oírnos. Entonces debemos perseverar en nuestra voluntad de decir(nos) y recordar nuestra obligación de oír. De otro modo, será un diálogo de sordos, inútil que no nos llevará a ningún acuerdo.

La comunicación es lo que importa. Transmitir al otro nuestra verdad, ser escuchado, escuchar la verdad del otro, ponerse de acuerdo. Recuperar el diálogo. Usar las buenas maneras para decir lo que pensamos. Oír al otro.

El intelectual italiano Gianni Vattimo dice : "Como ya no hay nadie que pueda pensar que conoce toda la verdad, deberíamos ser más abiertos a la idea de que, si hay una verdad, es aquella que sucede en el diálogo. Yo siempre lo resumo así: no digamos que nos hemos puesto de acuerdo porque hemos encontrado la verdad, sino que hemos encontrado la verdad porque nos hemos puesto de acuerdo".