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domingo, 22 de noviembre de 2015

Siguiendo una vocación

  

 Siguiendo una vocación 





                                            (El origen de nuestro taller de lectura)

Cuando veo a un niño pequeño pienso que cuando crezca utilizará sus dones, que encontrará aquello que lo haga feliz, las personas que lo acompañen en su proyecto, que seguirá su vocación. Pues bien, alguien al verme de niña debió decir: tiene alma de maestra.
En una transversal de la calle Conquistadores en San Isidro había un callejón. Yo había escuchado la expresión criolla “Callejón de un solo caño”  y sí, había un solo caño en el que la gente se aseaba y lavaba su ropa. Íbamos ahí porque ahí tenía su taller un zapatero muy bueno, y también vivía Salinas, el viejo guardián de la laguna del Olivar a la que yo adoraba ir.  Eran cuartos muy precarios a los lados de un pasillo cubierto de ropa tendida, los techos eran hechos con trozos de madera de cajones de fruta, los cordones de luz cruzaban para encender un foco en cada cuarto. 


No sé con qué motivo durante un tiempo un par de veces  a la semana llevaba a los niños del callejón al bosque y ahí les contaba cuentos que iba inventando.
Las veces en las que visitaba a mis primas, les pedía que me dijeran que clase de cuento querían que les contara, no uno tradicional como la Cenicienta, sino por ejemplo, el de la niña que un día aprendió el idioma de las lombrices.
En el colegio permanecíamos en la iglesia por muchas horas, y yo cuando terminaba de observar los rincones, la luz que atravesaba los vitrales, las distintas imágenes y a mis compañeras que con la cabeza gacha, cubiertas con velo blanco, me daban la espalda, entonces, abría mi misal y escogía alguna de mis estampas y conversaba con el santo representado. -¿Qué le diría? ¿Le haría preguntas o le contaría lo que deseaba y sentía haciéndolo mi confidente?
En la clase ponía mis colores en orden de tamaño y les tomaba la lección. Me había convertido en maestra y ponía al color azul o al verde a recitar los nombres de los incas o a enumerara las partes de la flor.
Lastenia  que estaba a cargo de nosotros, se preocupaba de que nos vistiésemos, comiésemos, hiciésemos  nuestras tareas. Recuerdo que la sentaba al frente mío y le enseñaba la lección que yo tenía que aprender, le explicaba la leyenda de los hermanos Ayar o la hacía repetir los departamentos del Perú.  Mientras le enseñaba, también yo aprendía y al día siguiente podía dar una buena lección. Dócilmente Lastenia dejó que yo fuese su pequeña maestra.
La señora que vivía frente a mi casa me contrató para que ayudase a sus hijas con sus tareas, y luego fueron unas niñas colombianas, y después unas chicas que venían de España y debían saber historia del Perú.
Fui así aprendiendo a enseñar. A seguir una  vocación a la que he dedicado mucho tiempo de mi vida. Comunicar, buscar las palabras para aclarar ideas, imaginar frente a ellos, mostrar el gozo por aprender, por descubrir, la fascinación por las historias, por los cuentos.
Fui a ofrecerme al Centro para Audición y lenguaje para enseñar a los chicos a pintar. Sin tener método para enseñar a personas sordas ni saber dibujar  muy bien, me paré frente a la pizarra   y dibujé unos edificios altos y un pequeño perro. Con el apuro, olvidé ponerle ojos al perro y entonces una niña llamada Milagros se me acercó, me quitó la tiza y le puso dos grandes ojos a mi perro después de  darse un pequeño golpe en la cabeza con el puño y señalarme, diciéndome que cómo se me ocurría no ponerle ojos, golpeé imitándola mi cabeza, entendiendo perfectamente que para alguien que no oye, no tener ojos debe ser terrible.
Una amiga me llama y me ofrece dejarme su trabajo como maestra para niñas de primero y segundo de media en un colegio. Acepto de inmediato. Compensé el no haber estudiado  educación con la alegría de mi juventud, con el entusiasmo y la felicidad que me causaba haberme convertido en un abrir y cerrar de ojos en “maestra”. Imitando las estrategias de profesoras me desempeñé bastante bien, aunque tuviese que estudiar media hora antes la lección que tenía que dar. Mientras las demás profesoras se quejaban los lunes, yo  lucía radiante, llena de planes: las haría construir puentes colgantes y quipus y luego haríamos una exposición. Al cabo de unos años, en los jardines de la Universidad Católica me encontré con una de mis alumnas, ella me dijo: -Estudié historia por ti.- Orgullosa de haber sabido transmitir amor por nuestra historia, curiosidad por el pasado, la abracé. Ahora vive en Francia y es catedrática en la universidad.
Siempre me han interesado las noticias relacionadas con maneras diferentes de enseñar.  Creo que los maestros deben ser personas que contagien su pasión por el conocimiento, que compartan aquello que han aprendido, que muestren su humanidad, anécdotas de su propia vida y que muestren interés por la vida y las historias de sus alumnos. Que  sepan despertar preguntas, que den espacio para que puedan expresarse y crear.   Enseñar es intercambiar vidas, dar y recibir lo que nos sucede, lo que soñamos, aquello que nos hace sufrir o nos detiene en el cumplimiento de nuestras metas.
Con la Madre Mariana Cárrigan religiosa norteamericana de origen irlandés de la orden de Maryknoll colaboré en la construcción de un colegio para niños especiales en época del gobierno militar. Hicimos trámites,  nos adjudicaron  un terreno, obtuvimos donaciones de materiales, conseguimos maestros y se creó este Centro de Educación especial de Pamplona alta que sigue hasta hoy brindando atención a muchos niños. En ese tiempo a los niños de retardo y con problemas de audición, la madre Mariana añadió a niños lisiados que no podían transportarse a otros colegios y ella adquirió una camioneta que acondicionó para recogerlos, y pudiesen asistir al colegio. Muchas veces estuve con estos niños preguntándoles por lo que habían soñado la noche anterior, haciendo dibujos, preguntándoles de dónde eran sus padres, cómo se habían enamorado.
Desde chica tuve afición por recortar revistas, las imágenes que más me gustaban y artículos del periódico que hablaban de temas que me impresionaban. Conforme fui interesándome más por la literatura, los recortes fueron de escritores, entrevistas, cuentos que iba sacando de revistas y periódicos de otros países que me ingenié en conseguir. Sin saberlo, estaba formando mi archivo, el material de trabajo que sería de gran utilidad en el taller que tuve la suerte de iniciar.
Habiendo asistido a diferentes talleres de literatura acá en Lima pero también en Argentina, viendo que en Buenos Aires se realizaban talleres vecinales sin mayor pretensión, impulsada por un asalto que sufrí al salir de uno de mis talleres, comencé el mío. Alguien rompió con una bujía la luna de mi auto y me robó la cartera. Muy asustada, con vidrios en la boca, llorando, decidí que no regresaría más. ¿Qué haré sin mis clases?  -Hacer mi propio taller, me respondí. Puse avisos en el barrio y una amiga querida puso una nota en su revista. Las clases empezaron en el verano  de 1999 y yo temblaba imaginando que me harían preguntas que no sabría responder. -Les diré que no sé, -me dije, y en muy poco tiempo me sentí a mis anchas, feliz viendo lo contentas que estaban las participantes y la manera tan agradable que pasábamos esas dos horas cada martes.  Inventé mi propio método y con la complicidad de las alumnas logramos un espacio al que bautizamos como ABRA. Durante unos años fue un taller de lectura y escritura pero con el tiempo se ha convertido en taller de lectura aunque hacemos algunos ejercicios de imaginación y de creación. 
No sé quien disfruta más con el taller, si ellas o yo. Siento que es un regalo de la vida, algo fantástico que me ha sucedido. Nada es rígido, no tenemos un programa definido, cada sesión comienza y termina, vamos saltando por diferentes escritores, hombres y mujeres, latinoamericanos o europeos, orientales o norteamericanos.  Vamos directo a los textos, con alguna información sobre el autor y su ubicación histórica, buscamos  especialmente aprender las diferentes maneras en las que el hombre se comporta, enfrenta dificultades, ama, sufre, se relaciona, pelea, muere. Y luego de leer en voz alta el cuento, participando una a una en esta lectura, conversamos sobre lo que se nos ha mostrado y descubrimos cómo podemos tener puntos de vista tan distintos y cómo podemos sumar a nuestra opinión, la opinión de los demás. El nombre ABRA significa para mí  una grieta entre dos montañas por donde pasa la luz. Dejar de lado las inquietudes personales, la preocupación por el futuro, las incomodidades del tráfico y la delincuencia, para sumergirnos en otras vidas, saltar de la realidad a la ficción, alimentar nuestra realidad con la ficción, aprender, conocer cada vez un autor diferente, escucharlo responder entrevistas, explicar que es lo que lo hace escribir, hacer nuestra su originalísima manera de mirar el mundo y de vivir.




domingo, 11 de agosto de 2013

El viaje a Compostela

Juan Cruz escritor y articulista del diario El País, escribe sus sentimientos sobre el trágico accidente de Santiago de Compostela.
Por: Juan Cruz | 26 de julio de 2013
Es cierto lo que decía Brecht: hay que cantar también en los tiempos oscuros. Y lo que decía Vallejo, hay golpes en la vida tan fuertes, qué sé yo. Pero a veces la realidad de la vida no permite las palabras sino el sentimiento, lo que viaja por dentro, lo indecible, lo que sólo está en la mirada. Estos días ha sido y es tan impresionante el impacto de la tragedia de Santiago de Compostela que ningún alivio, ni siquiera la quimera de que aún sea tan solo una pesadilla, es capaz de hacer que el círculo concéntrico de la pena halle otro aposento que la rabia.
Esta mañana, en la televisión, una joven de veintiún años que cambió de tren en Orense y ya no siguió el viaje que la debía haber llevado a esa ruta nefasta en la que el tren descarriló decía que aún sentía en su cuerpo y en su ánimo la sensación de rabia por el destino de muchos de los que sí habían seguido. En cierto modo, a ella le tocaba, o le hubiera tocado ese destino, su trayecto natural concluía en Santiago, pero el azar de los billetes la detuvo en otra ciudad, y allí se quedó con sus amigos. Le quedaba un consuelo, que no era capaz de sacarla de su decaimiento, sin embargo: los amigos que había hecho en ese tren atroz se habían salvado.
Pero murieron tantos. Uno ya son tantos, y ochenta son tantísimos. Soy de una generación que ya contempló muchas catástrofes, algunas de ellas en las islas Canarias, donde, en el aeropuerto de Los Rodeos, se produjo en mi juventud un accidente aéreo que aún pone los pelos de punta en las estadísticas y en los corazones. Más adelante vivimos otros azares atroces, como aquella tremenda escena de la niña Omayra muriendo ante la cámara en el proceso de las inundaciones del Nevado del Ruiz colombiano. La vida es, en algún momento, catástrofe; el verano (recuerden Biescas) convoca muchas de estas distracciones terribles de la alegría, estas tristezas inconmensurables de las que no se libra nadie, desde Indochina a Galicia, desde Estados Unidos a la India. Y no vale la advertencia de la precaución; los precavidos son también víctima de la fuerza de la coincidencia, de ese inclemente efecto mariposa que no se sabe dónde pica la flor maldita de la muerte.
Por razones que tienen que ver con la pasión literaria por Álvaro Cunqueiro me tocaba este fin de semana viajar a Mondoñedo, y ahí iré, pasando por Santiago de Compostela. Ahora, mientras escribo, está a punto de salir el avión; la ruta es la más bella entre las rutas bellas de España; allí, como diría Gonzalo Torrente Ballester, da la vuelta el aire de la civilización occidental, por allí pasan historias de poetas y artistas, sacerdotes y santos, laicos maravillosos y civiles que han hecho de su paso por la tierra una celebración de la vida. Y está el Obradoiro, y la gran literatura gallega, y la música. Sin duda, todo eso alivia del dolor, o debería; pero no es cierto, el dolor está instalado, es el presente más nítido y más terrible.
Hay un instante en que el dolor humano es una pelota que cabecea sin destino sobre la pared oscura de lo que no tiene razón ni esperanza. Damos el pésame, cubrimos al otro de la habitual retahíla sentimental de las condolencias, pero sabemos que no basta. Manuel Rivas, el gran poeta, envió a sus amigos una fotografía, horas después de la tragedia, en la que se veía un nido vacío. Era su símbolo de desolación tras la tremenda conmoción vivida en su tierra y vivida en todas partes.
La imagen inolvidable –el por qué del suceso—del tren rompiéndose en pedazos en medio de una lluvia de llanto no tiene otro parangón que la imagen de esas personas que lloran desesperadas mientras buscan, en las listas y en los hospitales, el resquicio de una esperanza. Pero esa foto del poeta constituye una metáfora singular, esencial, de lo que es la desolación cuando no se puede decir.
El nido vacío, el centro del mundo de pronto despojado de un ser. Decía Rivas que cada persona es una nación; en medio de ese nido en el que habita cada uno de nosotros está nuestro mundo de afectos, la mano a la que nos agarramos cuando estamos solos. Y cuando se vacía el nido ya alrededor todo es estupor en los alrededores de nuestra vida. Brecht tenía razón, pero cuánta razón tenía sobre todo César Vallejo. Hay golpes en la vida tan fuertes, qué sé yo.

jueves, 28 de febrero de 2013

Ser voluntaria: una gran experiencia


Recuerdo cuando trabajaba como voluntaria en el hospital de Neoplásicas, enfundada en un uniforme iba y venía y tenía ante mí infinitos incidentes que debía tratar de enfrentar, surgían palabras en mi boca que parecían venir de una persona que no era yo, voces de esperanza y de fe, pedía paciencia a quien necesitaba un médico con urgencia cuando aún no lo podían atender. Recuerdo una vez como convencí con argumentos decididos a una señora que quería postergar su operación mientras su hija no llegase de Piura, porque yo misma había escuchado decir al médico que debía operarse mañana sin falta, que era cuestión de vida o muerte. Entonces tenía me brincaba el corazón porque durante la jornada no podía sentir, no había espacio para darme ese lujo, solo hacía esforzada y trataba con toda mi alma de entregarme para bien de los demás. Cuando terminaba la mañana, cuando me sacaba el mandil y me sentaba en el auto para regresar a mi casa, recién podía sentir, podía separar los rostros, profundizar en alguno de ellos, detenerme en la mirada de ese niño, recordar lo que me había dicho alguna mujer. ¿Por qué fui a trabajar como voluntaria? Recuerdo que en ese tiempo, ¿porqué sería?, me sentía sin ánimo, nada me llenaba de alegría ni me entusiasmaba. Haciendo un análisis, pensé que el tiempo en el que había sido más feliz en mi vida, había sido el que había hecho trabajo social y pregunté dónde podía ayudar y me dijeron que se necesitaban voluntarias en ese hospital recién inaugurado. Me curé inmediatamente. Estar en contacto con el dolor me devolvió la sensibilidad y fue como si alguien le diese un baño de luz al mundo y las flores se volvieron hermosísimas, ¿has visto esa flor? —me escuchaba decir, y me volvió a gustar la risa de las personas, la música, el color del cielo, ir al mercado, mirarme al espejo, jugar con mis hijos, recibir una caricia. Claro que no era mucho lo que podía hacer, pero pronto aprendí que lo que importaba era estar ahí, sujetar la mano de una persona, escucharla, conseguir la sonrisa de un niño, tocar al otro. Claro que mi corazón se encogía especialmente con el dolor de los niños, con su preocupación por la preocupación de sus padres, si hay algo injusto, sentía, es un niño sufriendo, los niños han nacido para ser felices, para saltar, para disfrazarse, para gozar; y verlos en cama, delgaditos, temiendo que vengan a sacarle sangre, a someterlos a pruebas, a mirarlos como se mira algo extraño, eso no era lo que debía ser. Y cuando murió una niña a la que había visto llena de vida porque el tratamiento había fracasado, me dolió como si hubiese muerto una parte mía, la parte que mantiene la esperanza y cree en la lucha y en la ciencia. Conocí niños maravillosos que cuidaban a los demás, no parecían enfermos, tenían un espíritu generoso y sabio que yo admiraba como admiraba que los pacientes no desesperasen, no exigiesen, no empujasen al otro para ser atendidos, —que pase primero la señora, ella se siente mal, que pase el señor, está acá desde muy temprano,— eso era frecuente oír. También descubrí que casi todas las personas venían acompañadas, un hermano, un familiar, un vecino, alguien decidía acompañar a quien estaba mal, —qué bueno que están acompañados, — les decía, —qué alegría, no están solos, alguien los cuida. Había todo tipo de voluntarias, las que reemplazaban a las enfermeras y hacían trámites y buscaban historias clínicas, las que consolaban a los más enfermos, las que se convertían en maestros o payasos, yo pensaba que estábamos ahí para hacer aquello que no podía hacer el médico o la enfermera, para suavizar, para explicar, para mirar a los ojos, para llevarlos donde ellos no sabían adonde quedaba, para traducir palabras que no conseguían entender.
Algunas cosas me parecieron que funcionaban mal, me enteré que se perdía el instrumental médico, que algunos médicos no se comportaban con honestidad, noté que había funcionarios que guardaban las donaciones y las entregaban con cuentagotas. Mezquindades humanas que existen en todas las instituciones. Algunas asistentas sociales exigían que los pobres demostrasen su pobreza. No se podía luchar contra todo eso y en compensación veía que el hospital funcionaba, que había cada vez más pacientes, colas de pacientes que recibían atención, y médicos y enfermeras entregados batallando contra esa enfermedad que parece invencible. (de mis Crónicas)

viernes, 15 de febrero de 2013

Deliciosa crónica


Antonia, la dominicana:

Después de un viaje tan largo el regreso tiene algo de convalecencia. El avión salió de Tel Aviv después de la una de la madrugada, y al cabo de doce horas de vuelo en las que la cabina estuvo casi siempre a oscuras y con las ventanillas bajadas aún seguía siendo noche cerrada. En un cielo negro invertido se extendía de pronto en todas direcciones la galaxia de luces de Nueva York, su parpadeo de constelaciones a cada momento más cercanas. Quien duerme poco o no duerme en un vuelo nocturno experimenta una duración agotadora que a partir de un cierto momento no alivia nada, ni la lectura, ni la música en los auriculares, ni una de esas películas sonámbulas de los aviones, ni el casi dormir con los ojos entrecerrados, un letargo en el que se mezclan recuerdos disgregados y ráfagas de sueños.

Según el reloj son las dos menos cuarto de la tarde. En los relojes del aeropuerto JFK, enorme y vacío a estas horas, son las siete menos cuarto de la mañana. El cerebro humano no sobrelleva bien estas discordias temporales. El oficial de inmigración compara la cara del pasaporte y la de la tarjeta de residencia con la que tiene delante en la ventanilla y se le ve lleno de dudas comprensibles. El cansancio extremo y la falta de sueño volverán borrosos los rasgos de una cara. Y cuantos centenares de ellas verá sucesivamente este hombre en su turno de noche, él también fatigado e hipnotizado por la repetición incesante, por la variedad incesante, caras de todo el mundo y de todas las condiciones y edades deteniéndose ante él con expresiones parecidas entre de alarma y de mansedumbre, apareciendo en repeticiones adicionales en las fotos de los documentos y en las que aparecen en la pantalla de su computadora.

Se hace de día sobre un paisaje de nieve sucia y cruces de carreteras y puentes y un taxista colombiano me cuenta con todo lujo de detalles cómo se prepara el plato estrella de la cocina de Cali, el sancocho de gallina. Pero como el trayecto es largo el taxista va tomando confianza y a la altura del puente Triboro ya estoy al tanto del gran amor tórrido que unos años atrás estuvo a punto de costarle su matrimonio, el cariño de sus hijos, su puesto de trabajo: una dominicana hermosa que se llamaba Antonia y que lo volvió loco, loco perdido, hechizado. Se mataba de trabajar y le daba todo su dinero, y su esposa mientras tanto lloraba por los rincones y rezaba para que él volviera. Cuando estaba a punto de dejarlo todo y de irse con aquella Antonia tentadora a Santo Domingo el Señor quiso que se le abrieran los ojos. Volvió a su esposa y cayó de rodillas pidiéndole perdón. Ella le hizo que se levantara: “Yo sabía que usted es bueno, papito, que no abandonaría a sus hijos”. La historia y el trayecto terminan a la vez. “Pero qué cuerpo hermoso tenía esa mujer”, me dice el taxista, quieto un momento y sonriendo cuando ha sacado mi maleta y la deja en la acera, en la mañana helada. “Se quitaba la ropa y uno la miraba y no sabía por dónde empezar”.



Antonia, la dominicana | Antonio Muñoz Molina
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jueves, 10 de enero de 2013

Llevo a Cortázar al penal de Santa Mónica



Hace unos años, en el verano fui al penal de Santa Mónica una vez por semana con el deseo de hacer un curso de comunicación creativa. El recuerdo de esos días lo tengo clarito en la mente, porque fueron días de muchas satisfacciones, de ver con nitidez el poder de la literatura, la alegría que lleva en sí, cómo sirve de partida para que cada quien empiece a contar su propia historia, a relacionarla con lo vivido.
Nos prestaron la biblioteca para poder reunirnos y pronto tuve dos grupos de “Chicas”, las nacionales y las turistas. (Así las llaman a las extranjeras que están presas en la mayoría de caso por haber sido burriers.)
Hablamos de animales y en un instante ya tenían puntos de contacto. Las ovejitas de la francesa que describía como si fuesen pequeñas nubes sobre un hermoso cielo azul eran muy parecidas si no idénticas a las de la chica de Huancavelica. Hablamos de zapatos y cada una tenía una pequeña historia en la que los zapatos eran el centro. Una tenía un hermoso vestido para su fiesta de quince y se antojó de unos zapatos, su madre no tenía dinero para comprarlos, pero ella insistió, era de verdad un antojo, al probárselos, el único par de ese modelo, le quedaba ajustado, pero igual, terca, salió de la tienda con la madre endeudada y los zapatos soñados. Todas nos reímos cuando confesó que no había podido bailar sufriendo por los malditos zapatos. Un cuento de Clarice Lispector, escritora brasilera que hablaba de sus zapatos rojos, había servido para que cada una de las participantes recordase un instante vivido intensamente.
Fue curioso como ante la duda de si el personaje de Clarice había sido violada o no (el texto es ambiguo), ellas, todas, afirmasen que claro que sí, que no existía la menor duda. Quien sabe sus experiencias les hacían ver el hecho desde un ángulo muy distinto a las “Chicas” del taller que tengo en casa, que la mayoría habían dicho que no, que solo había sido un desagradable manoseo.
Cuando vimos un cuento de Rulfo, el escritor mexicano: “Se oyen ladrar los perros”, fueron muy duras al juzgar al padre que había cometido un delito pero que ahora estaba desangrándose, trepado sobre el hijo que lo llevaba sobre los hombros, de noche, hasta el otro pueblo, a buscar al médico. “Para qué lo lleva, —decían, con todo lo mal que se ha portado.” Justo había matado a un hombre bueno del pueblo.
Un día no nos dejaron entrar a la biblioteca, que debo decir, estaba muy desordenada, con libros en el suelo, libros viejos que nadie quisiera leer, las “Turistas” pedían de vez en cuando algún libro en su idioma, pero no vi nada que se pareciese a la promoción de la lectura, a la lectura comunitaria o al aprendizaje de la lectura para las que sabían leer muy poquito o no comprendían muy bien. —“Hay una reunión”—nos dijeron y entonces, yo ya me retiraba con el sello en el hombro, luego de haber pasado por la inspección para ver si no traía un cuchillo o droga, que se le hace a todos los que ingresan, cuando vi que se movían como hormiguitas por el patio y en un dos por tres organizaron una mesa y una banca para que tengamos nuestro taller aunque sea bajo el sol. Yo siempre llevaba algo para rifar y quise comenzar sorteando unos naipes, pero ellas me dijeron que no, que de ninguna manera y de frente nos pusimos a leer un texto de Neruda. Una de las chicas peruanas lo sabía y se puso a recitar: " La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos. El viento de la noche gira en el cielo y canta.” Aplausos y risas, el romanticismo puro en plena cárcel de mujeres.
Cuando decidí hacer una clase de “Historias de Cronopios y de Famas.” de Cortázar tuve miedo de que fuese un tema difícil, pero lo estudié con detenimiento y realmente les encantaron. A la semana siguiente me sorprendieron: una peruana le pedía a una turista casi con desesperación: — ¡Préstamelo!— Ella tenía entre sus manos el pequeño libro de Cortázar que se había convertido en un objeto maravilloso, como que lo es, pero que hasta hace una semana no existía en sus mundos. Yo me emocioné.
El taller era también de escritura, pero para no hacer difícil la comunicación, decidimos contar nuestras historias de manera oral y claro que contaron.
Cuando se terminó el tiempo que yo había destinado para ir donde ellas, organizaron una pequeña fiesta y cada una me regaló algo, un muñeco hecho en su taller de costura, un dibujo, una fruta. Cada cual quiso mostrar que había apreciado esos momentos en los que la literatura había sido el detonante para la posible comunicación de nuestras existencias, que es así los pienso, la más humana de nuestras habilidades.








Una foto de Clarice Lispector:

domingo, 2 de diciembre de 2012

Viajando en taxi




Los últimos días he estado movilizándome en taxi. Toda una experiencia, desde descubrir lo eficientes que son algunas empresas que solo llamas, respondes sí, apretando el número 1, y el taxi está en la puerta de tu casa en diez minutos a lo máximo. Te esperará quince minutos libres de cargo si lo necesitas, y luego, como el mejor chofer del mundo, te llevará adónde tu corazón desee.
Hay una empresa que te ofrece las últimas revistas para que leas en el camino, una caja de la que puedes servirte caramelitos y si lo deseas puedes pedir que te pongan cierta clase de música y alguna fragancia especial. Lo malo que esta empresa no llegó puntual y éso, es lo fundamental.
Aprendí de un señor taxista que la principal cualidad que debe tener un chofer de taxi es la paciencia, con el tráfico y con el cliente. El tiene la política de no hablar hasta que el cliente habla porque podría desear estar en silencio pensando, o descansando o hablando por teléfono.
He conocido gente muy especial en estos viajes de la Molina a Miraflores o San Borja o San Isidro. Gente trabajadora, esforzada, con el espíritu que se necesita para crearse una vida de la cual poderse sentir orgullosos.
—Aprendí a trabajar desde muy chico—me dice el chofer, mi madre hacía unos tamales deliciosos y yo la ayudaba a vender. Ahí aprendí la amabilidad y la he seguido practicando toda mi vida y me ha sido de mucha utilidad. Le pregunto al pasajero por qué ruta quiere ir, y por ahí voy, para que se sienta contento. Trato al pasajero como si fuera mi padre o mi madre, mi hermana o mi hijo, lo trato como me gustaría que me trataran a mí.
Este chofer me contó que los sábados trabajaba corrido veinticuatro horas. Que había aprendido control mental y que lo hacía de manera ordenada y tranquila desde hace muchos años. No como en la noche, porque comer da sueño. A media noche me como un sublime y una coca cola. Camino cuando no tengo clientes y limpio el auto para mantenerme en movimiento. Tengo que pagar al banco 50 soles diarios por el préstamo que me hicieron para comprar mi carro, y esta es la manera que he encontrado para poder descansar el domingo y estar con mi familia. Duermo hasta las dos los domingos, almorzamos, estamos juntos y luego me acuesto temprano. Tengo dos hijos—y me enseña las fotos de una niña y un niño— y pienso en ellos todo el tiempo para cuidarme lo más posible.
—Mi padre me abandonó cuando tenía dos años, — me dice un taxita joven—me costó mucho vivir sin él. En el colegio me fastidiaban, me decían “elsinpadre”. Ahora estudio y trabajo. El dinero que mi padre da para mi educación se lo doy a mi madre. Yo no lo juzgo, cada uno hace lo que puede. — Este muchacho pertenece a la iglesia “Agua viva”, ahí ha encontrado amigos y personas a quien imitar. Me cuenta sobre su novia, que también trabaja con la que quiere hacer una linda familia.
Cada taxista es una persona con una vida digna de ser contada. Con varios de ellos he hablado sobre la revocatoria de Susana, sobre el terrorismo, sobre el deseo de los informales de seguir siendo informales, del caos del tráfico, de alguna película que yo había visto, pero esencialmente hemos hablado de la vida, de porqué somos como somos, de cómo podríamos ser mejores, cada uno me ha entregado un trozo de su historia personal y yo la he recibido con mucho gusto y admiración.
El fastidio de no poder manejar me ha traído como compensación la alegría de compartir mi tiempo con personas estupendas, con peruanos que no están dedicados a destruir, trampear, quejarse, pasar por encima de los demás, manejar sin respeto al próximo, me he encontrado con peruanos de primer nivel.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Una memoria de mi amigo José Carlos Huayhuaca

No pude asistir a la presentación del último libro de mi amigo José Carlos Huayhuaca llamado “Elogio de la luz, y otros amores”.José Carlos ha tenido la gentileza de mandarme una de sus memorias-ensayo que me ha encantado. El viaje iniciático de un muchacho que regresa a casa convertido en un hombre. Su lectura me ha dejado con mucho deseo de leer todo el libro, así que lo recomiendo y salgo a buscarlo a librerías.




Bajo el signo del Cometa
XVI
Mientras mi hermano mayor trajinaba afuera, por su cuenta y riesgo, yo estaba todo el tiempo “adentro”, a tiro de ojo de mamá. Aún mi padre, que entonces me parecía poco menos que un ogro, estaba pendiente de lo que hacía y lo que me pasaba. Pero él y yo tuvimos la mala suerte de no haber sido nunca amigos, y de que lo enfrentase todo el tiempo, en particular con el método de la resistencia pasiva o, peor aún, de la ignorancia olímpica. En cierto momento, la desavenencia causó que el ambiente del hogar se volviera, no solo ingrato sino irrespirable (o eso sentía yo). Entonces me escapé, esta vez físicamente, de la casa.
Contó, además, el ejemplo de los hippies, ya mencionados. Su trashumancia, su disponibilidad, su sentido de la aventura, fue sin duda un fuerte estímulo. Era a principios de 1970, cuando mi íntimo amigo Teo Paredes y yo decidimos viajar al sur “tirando dedo”, hasta Santiago de Chile y más allá, con solo una mochila a la espalda. El viaje fue preparado subrepticiamente, por lo menos de mi parte, ya que Teo no tenía el mismo tipo de problemas. Un buen día, simplemente desaparecí, y las reacciones que esto provocó en casa, ustedes las podrán imaginar sin mi ayuda. Posteriormente supe que me buscaron por todos lados, hasta que algún amigo no pudo callar el secreto, pero ya era demasiado tarde para intentar detenernos.
Por parte nuestra, desbordábamos de alegría y vitalidad y el team que conformamos tenía sus fortalezas balanceadas. Teo se atrevía a todo y yo era un buen estratega. Nos pusimos diversas reglas, que ya casi no recuerdo, salvo una, decisiva: no gastar un solo céntimo en desplazamientos, alimentos o techo. Tendríamos que buscárnoslas a como diera lugar. Claro que hicimos, con la anticipación debida, los contactos necesarios -de ninguna manera con parientes; solo con amigos, o amigos de amigos-, al menos respecto a las estaciones grandes: Arequipa, Tacna, Arica y demás. Pero en relación a las intermedias o a las inesperadas (¿hasta dónde nos “jalaría” cada vehículo que accediera a llevarnos?), todo dependería de nuestros recursos de supervivencia. Y así ocurrió. Por lo menos un par de veces, fuimos tratados a cuerpo de rey, con trago fino, piyamas de seda (¡gracias Ronnie Franco, ahí donde estés!), camas mullidas, ducha caliente y opíparos desayunos; otras, la mayoría, recurrimos a comisarías, puertas de tiendas que ya hubieran cerrado, algún rincón de los grifos o al puro descampado, apoyados en las mochilas, un poco deformes y que parecían sacos de papas, pues eran hechizas. En restoranes, mercados y similares, teníamos que seducir a la gente. Teo tocaba el rondín (Dylan era, siquiera en eso, un role model) y yo cantaba en francés, inglés, italiano y portugués; Teo era excelente contando chistes, de repertorio o improvisados (Lenny Bruce y los profesionales del one liner habrían levantado la ceja con interés), y yo recitaba (o más bien representaba) poemas cultos, que incluían a Vallejo, Darío, Sabines, Neruda y similares, pero sobre todo los sonetos bufos de Sofocleto, infalibles en los bares. Si no me equivoco, éramos dos muchachos con un charm casi irresistible: Teo, de un modo natural (lo conocíamos, debido a sus ocurrencias, como el “Loco Paredes”); yo, más bien gracias a mis dotes de actuación (no hay director de cine vocacional que no sea un actor eficiente), ya que en mi personalidad genuina soy, desde siempre, reservado hasta lo inescrutable.
Nos divertimos como locos la mayor parte del tiempo, hubo un sinfín de peripecias, pero también hambre y frío y sueño y miedo. Como nuestro atuendo era harto peculiar, y Teo llevaba el pelo hasta los hombros y la barba le comía la cara, en una ocasión, en un bar, un borracho de cuello y corbata (su rostro empolvado, curiosamente, como las señoras de la época, a quien alguien identificó como gerente de un banco local) nos comenzó a mirar feo. Segundos después despotricaba acusándolo a Teo de ser el hippie asesino de “la Sharon Táit” (trato de reproducir su peculiar pronunciación). En efecto, Teo, aunque mucho más alto, era idéntico a Charles Manson, cuyo close up figuraba en todas las primeras planas. El asunto se puso color de hormiga, y tuvimos que salir disparados, desperdigando las propinas. Lo peor, sin embargo, fueron las esperas de horas en carreteras desoladas, las cantimploras ya vacías, viendo con terror cómo el sol se ponía, sin que pasara un solo vehículo, o sin que los ocasionales quisieran recogernos. No voy a cansarles con una proliferación de anécdotas, salvo aquella que alcanzó, para nosotros, la categoría de prodigio.
Ya en el camino de regreso de este viaje que llegó a parecernos infinito (había durado un mes y medio), nos sentíamos extenuados cuando un granjero nos dejó en Moquegua, a eso de las 4 de la tarde. No teníamos ánimo de hacer monadas en ningún local a cambio de comida, así que permanecimos en la carretera, tirando dedo, con la sola aspiración de arribar a Arequipa cuanto antes, a casa de los Franco, donde sabíamos que nos devolverían a la vida. Las horas fueron pasando y nada. A las 11 de la noche, al borde mismo de la desesperación, fuimos a la comisaría a exponer nuestro problema. Al comisario de turno le bastó con mirarnos. Llamó a otro policía y salimos todos a la pista, donde detuvo, manu militari, a un camión, cuya caseta estaba ya llena, y simplemente le ordenó al chofer que llevara “a sus sobrinos” a Arequipa. No le besamos las manos porque no lo hubiera permitido. Nos instalamos en la tolva, colmada, hasta el borde superior de las barandas, de cajas de pescado congelado cubiertas con una gran tela como de carpa. Nos parecía estar sobre el techo de un tren en marcha, con nada de donde agarrarse, sin el menor tabique que nos protegiera del viento. Tras unas horas de viaje, la tela rezumaba agua, pues supongo que el calor de nuestros cuerpos causó una descongelación. Los dientes nos castañeteaban, a pesar de los guantes, los casacones de solapas levantadas, los sombreros embutidos hasta las cejas, y tuvimos que abrazarnos para no llorar de frío, ahí arriba, a la una o dos de la madrugada. No se cuánto tiempo tuve la cabeza gacha y los ojos cerrados, como si estuviera concentrado en el horror de contar, no los minutos, sino cada segundo, que se estiraba como un chicle antes de pasar de largo… En cierto momento, se me ocurrió levantar la mirada al cielo y me quedé inmóvil. Atiné a decir: “Loco, Loco, mira”. Tuve que insistir y sacudirlo; entonces Teo vio y se le descolgó la mandíbula: por encima y un poco delante de nosotros, refulgía un gran cometa de cabellera dorada y roja en medio del firmamento. Ni la Estrella de Belén hubiera podido competir con el astro que contemplábamos casi levitando, y cuya presencia nos acompañó por horas. No hubo más frío, no hubo más nada que el cometa, si acaso acompañado por la música imaginaria que oíamos en nuestro corazón. Era un milagro que no tratamos de explicar; era, simplemente, la bendición del Universo.

Habíamos estado, por pura casualidad, en el momento y en el lugar precisos -tal vez “a nivel mundial” (como dirían los locutores)- para que se viera en toda su magnificencia el cometa Bennett. Como durante el viaje no escuchábamos radio ni leíamos periódicos, no teníamos idea de lo que estaba ocurriendo en el mundo; de ahí la absoluta sorpresa y la sensación de milagro.

La vuelta al hogar fue dulcísima. Por fin me había dado real cuenta de lo privilegiado que era gracias mis padres, a los amigos, a los vecinos incluso y aún a la ciudad toda. Ocurrió que -como lo tuve claro después, no entonces- me había convertido en un adulto. Y lo había hecho del mejor modo posible, sin habérmelo propuesto: a través de un rito de pasaje, tan intenso, tan esencial como el de los jóvenes sioux de las praderas norteamericanas, o como el de los jóvenes cryptós de la antigua Esparta.

Como lo supe años más tarde, cuando me puse a estudiar antropología, el viaje cumplió con todos los requisitos de una genuina y dramática iniciación: me había apartado de la casa y de la abrigadora sociedad que conocía; había salido a lo abierto e indeterminado, enfrentando riesgos y demostrado coraje y recursos; me había reintegrado luego, pero con una nueva conciencia de mí mismo y de los demás, dispuesto a asumir responsabilidades. Los manuales que estudian estas cosas dicen que, tras tales pruebas, los jóvenes vuelven de su experiencia con un talismán o una marca en el cuerpo (como una cicatriz o un tatuaje). Yo traje la mía, no sin orgullo: un par de bigotes que, si bien ya desteñidos, ostento hasta el día de hoy.

Por fin estaba listo—aunque no supiera del todo para qué.

[1] Escribe Huayhuaca: “Una memoir, como las ‘memorias’, tiene que ver con la vida y los recuerdos de uno, pero, como la ‘memoria’ (esos reportes anuales de las empresas), se restringe a un período específico. Además, para escribirla no hay que ser alguien importante; cualquiera de nosotros, los peatones, puede dar ese tipo de testimonio sobre un aspecto de su vida, si lo siente retrospectivamente con cierto tipo de unidad interna y con algún grado particular de intensidad, y si es capaz de frasearla como una narración.”

viernes, 1 de octubre de 2010

Cronicas de viaje: Bodrum, Turquía




Desde la penísula de Bodrum, al sur de Turquía. Lugar de veraneo de lo turcos y ahora visitado por muchísmos turistas.
De Bodrum se dice: Nunca estás lejos del mar en cualquier lugar de la península de Bodrum, Bodrum se toma un punto de partida ideal para visitar los múltiples remansos de paz a lo largo de su hermosa costa.

La vista desde el hotel Salmakis:

El Salmakis visto desde el mar:

Los días que pasamos en Bodrum fueron tan intensos o tan calmados que no me di tiempo de escribir en mi diario. El hotel Salmakis resultó muy bueno, aprovechamos que nos daban desayuno y comida, nos bañamos en la playa solo el primer día, gozamos de la amplitud del cuarto pero el resto del tiempo nos dedicamos a pasear por otras playas especialmente nuestra elegida, la plataforma del Hotel Maki en Gulturbuco ubicada en una bellísima bahía.
Bañarse desde la plataforma en un agua transparente muy salada que te permitía flotar sin hacer ningun esfuerzo, era un placer que no nos podíamos perder.



Una historia de gatos:Quería recordar a un gatito negro con blanco del que me enamoré, estuvimos jugando en el Salmakis mucho rato, coqueteando, haciéndonos amigos y al fin cedió, se entregó a mi luego de esconderse bajo la mesa y sacar una pata, la cola buscando que lo tocase. Se dejó cargar y acariciar y yo estaba feliz sintiendo que entre mis habilidades tenía la de conquistar, que mi sabiduría, la combinación de mis movimientos, unos tan despacio, los otros rapidísimos, lo habían hecho pensar que era merecedora de su confianza y que sí, por qué no, aceptaba mi amistad. Me fui a dormir encantada con mi nuevo amigo. Toda Turquía está llena de gatos, vimos pocos perros, y en los restaurantes ellos se arrastran debajo de las mesas, silenciosos buscando que caiga algo del plato o que alguien sienta deseos de compartir la comida con ellos. Al día siguiente, lo primero que hice fue buscar a mi gatito blanco con negro, para reanudar nuestra amistad, quién diría que reposaba plácido y feliz, sobre las faldas de una señora alemana que le pasaba la mano por el lomo acariciándolo con suavidad. Al cabo de un rato me acerqué a la mesa y le comenté a la alemana lo desilusionada que estaba al descubrir que el gatito no era para nada mío, que era un experimentado seductor a pesar de su aparente juventud. La señora Alemana se rió y me lo ofreció para que yo lo acariciase pero orgullosa le dije que no y me contenté con mirarlo desde lejos descubriendo lo poco que sé de los animales y de lo equivocados que a veces estamos imaginando que poseemos cualidades por encima de los demás. En la noche volvió a pasear bajo mi mesa y le di un trozo de carne que a punta de lamidas desapareció.








Matrimonio turco :





En el Salmakis tuvimos la suerte de ver de cerca un matrimonio turco. Ya nos habían contado que los invitados regalaban a los novios joyas y dinero en efectivo pero una cosa es que te lo cuenten y otra cosa es verlo. Los invitados estaban congregados en unas mesas, las sillas con un gran lazo rojo, la música intentando algunos acordes como preparándose para lo esencial. La gente estaba vestida de manera desigual, había los muy elegantes y los que estaban con un gin y una camisa. Las chicas bien arregladitas, con peinados elaborados, apretaditas, dispuestas a conocer algún joven, moviéndose siempre en grupo, un poco regordetas, como recién salidas de la infancia. Llegó la novia, que resultó ser muy simpática caminado por un sendero de luces de fogueo que me parecieron peligrosos. El novio la recibió en el tabladillo y luego de una rápida ceremonia ante un notario o juez, luego de los aplausos de los invidtados, se lanzaron a bailar, era una pieza muy triste, seguramente romántica, una melodía muy lenta y lastimera, otras parejas salieron a bailar, tíos, primos y vecinos que languidecían abrazados como si en lugar de ser el comienzo de la fiesta fuese el final. Los invitados seguían llegando, acomodándose, algunos a gran distancia de lo que sucedía en la pista, la música empezó a animarse hasta que, como me había advertido un fotógrafo, todos se ponen a bailar, la novia con un brazo en alto, seductora, lo movía envolviéndolo y soltándolo saludando en cada mesa y con su ritmo y sonrisa invitándolos a bailar. El cierto momento el novio pareció reclamarla y la abrazó y la besó como diciendo ella es mía y en cierto momento comenzaron los fuegos artificiales en el cielo, la explosión de luces y sonidos, qué manera tan perfecta, pensé de decirle a la novia que la quería así como los rayos y los truenos, como si se tuviese la facultad de convertir la noche en día, la de acariciar las estrellas, la de competir con la luna, la de embobar a todos los invitados que tenían los ojos clavados en el esplendor de su amorosa demostración. Luego vino la entrega de los regalos, se formó una fila interminable de invitados que les iban entregando una pulsera, un anillo, un collar, un alfiler de oro, todos los regalos eran de oro, ella agradecía, besaba a quien le regalaba y seguía recibiendo y el novio también recibía dinero, monedas de oro con una cinta y un alfiler que colgaban indistintamente en la novia o en el novio. Imaginamos que al final de los saludos la novia estaría cubierta de oro, joyerías y dinero. Nos contaron que muchas veces venden todo a los pocos días y con ese dinero compran una tienda, o un automóvil, algo práctico para iniciar su nueva vida.







Peruanos en Gumusluk

: En Bodrum fuimos a una playa de pescadores llamada Gumusluk, en el camino recogimos a una señora que nos había indicado el camino hacia la playa, cuando se enteró que era peruana nos contó que en un intercambio que había hecho en Estados Unidos había sido íntima amiga de una peruana que recordaba con inmenso cariño luego de más de 40 años. La playita nos pareció encantadora sobre todo porque no están permitidos los hoteles grandes y todo está tal cual la dejaron los griegos porque esta parte de Bodrum perteneció a Grecia. Al frente de la playa se puede ver Kos, una isla griega. Nos entretuvimos un rato con las tiendas, comprando los ojos azules que espantan a los que pretenden echarte el mal de ojo, adornos para la casa de playa y buscando una camisa blanca de la que tenía antojo. Recorrimos los pequeños restaurantes que están casi sobre el mar, con sillas de colores y anuncios de platos todos de pescados y mariscos. Hay un pequeño muelle al que llegan embarcaciones chicas con su carga de pescados, que pesan y venden de inmediato. Encontramos a nuestra amiga, la que quiere tanto a los peruanos, bajo una sombrilla disponiéndose a meterse al agua, cosa que hace todos los días ahora que está jubilada, ella es muy feliz aquí en un lugar tranquilo lejos del bullicio de Estambul, nos dice. Le pregunto si alquilan toallas y me ofrece la suya con una amabilidad que me sobrecoge. Tumbados a la orilla del mar, con un par de perros que decidieron hacernos compañía, gozamos del sol y escuchamos una conversación ajena. Daban la impresión de ser un gigoló y una mujer un poco mayor entrada en carnes (así se dice a las gorditas). Hablaban en inglés. Resultó que ella era hija de una peruana, que había vivido su infancia en Pisco. Nos preguntó por el restaurante de uno de sus parientes allá, del que no teníamos ni idea y conversamos un rato. Hija de padre alemán, vivía en Berlín, era escenógrafa. Había hecho la escenografía de una ópera en Praga. El muchacho era turco, un turco buenmozo, delgado, lo que se dice pintón. Luego de varias remojadas, dejamos la playa para tomarnos una cerveza junto al muelle y comprarme unas pulseras de piedras color turqueza y coral.