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viernes, 4 de noviembre de 2016

Los poemas elegidos, Carlos Germán Belli






Los poemas elegidos

ANTONIO ORTEGA  Babelia El Pais 
Poesía. Hace tiempo que la obra de Carlos Germán Belli (Lima, 1927) es reconocida como una de las más significativas de la poesía contemporánea. Instaura un lenguaje nuevo y orgánico, sin parangón ni antecedente en las poéticas de su tiempo. Su angustia existencial, el amor y una esperanzada mirada, se expresan en una escritura ardientemente física. Su originalidad nace de una alquimia verbal que, a medio camino de la experimentación vanguardista, se apropia de la tradición de la poesía clásica para afirmar en excelente calco, pues "en resumidas cuentas es igual / plagiar el ayer o plagiar el hoy", los dones y desasosiegos del ser humano. Con ironía y sarcasmo se enfrenta al malestar del hombre contemporáneo que, explotado y marginado, sumido en la condición vegetativa de la existencia, protesta por su condición frente a árbitros inaccesibles, "entre el suelo y el elevado cielo". El trabajo alienante, la fatiga y la rutina, la apelación platónica a la liberación cibernética, la degradación del universo, son referentes centrales de un mundo poético que, junto a las metáforas obsesivas y reiteradas de su imaginería verbal, son símbolo de una humanidad extenuada. Es en este lenguaje sabiamente dislocado, que el poeta ha descrito como un "híbrido textual deliberado", combinación de estrofas y formas tradicionales manipuladas por la cotidianeidad del habla, que su concepción vital adquiere un rostro reconocible: "Sí juntos no nacimos en el agua, / juntos sí nos enlazarán los fuegos / de las redes de eléctricos mil hilos / conectados al cabo de las cuerdas, / que nos sostienen a ambos en el aire, / como al planeta de celestes cintas". Una misteriosa semántica multiplicada en intertextualidades y mundos paralelos, gracias a un poderoso arsenal métrico y retórico, al uso de un léxico arcaizante que no es incompatible con el empleo de una terminología tecnológica y científica que da cabida a genes, átomos y robots, al bolo alimenticio o al hada cibernética, en un mundo "ayer, hoy y mañana igual". Francisco José Cruz ofrece, en Los poemas elegidos, una selección personal que, teniendo en cuenta reiteraciones y correspondencias, muestra la variedad formal y temática de una obra tan coherente y fascinante como la de Belli. Al lector le queda la promesa de una meta anunciada, los sobresaltos de una lectura en la que reconocemos nuestra propia indigencia histórica, pues "la escritura se cuaja entre los linos, / o sensitiva va / como ligeros céfiros girando, / u ondas de pez o nave, / y todo el universo es un gran lecho,/ donde se escribe y el amor se hace".

Acción de Gracias
No, no sé bien si me veré en los altos
de una farmacia frente al Mar del Sur,
en una noche de Setiembre tibio;
en cambio amanecido a las orillas
de una laguna en medio del desierto,
exactamente nueve meses antes
(que Huacachina así se llama el punto);
no se cual sera la visión postrera,
pero si estoy seguro que me iré
dandote, madre mía, eternas gracias
por haberme alumbrado en este mundo,
que aunque no hubiera sido un ser humano,
Si no piedra, o pescado, o vegetal,
ser tu vástago me bastara a mí.

domingo, 1 de mayo de 2016

José Watanabe entrevista


Documental: José Watanabe, El Guardián del Hielo from lamula on Vimeo.

El otro día en un almuerzo, conversaron con él, una de las amigas lo había conocido mucho y nos contó cosas de su vida diaria, como este video en el hablan sobre él, su madre, sus amigos. Un poeta peruano que me gusta mucho.

martes, 23 de febrero de 2016

Poema de Eduardo Chirinos


Poema de Eduardo Chirinos, poeta peruano
A manera de homenaje



PUERTA DE ATOCHA-ESTACIÓN DE LOS DESAMPARADOS
Váca mi estómago, váca mi yeyuno.
César Vallejo
1
Paradojas del movimiento. En el interior del tren
el paisaje se percibe desde la quietud. Todo
lo sólido se desvanece en el aire, deja partículas
de polvo, su estela multicolor en la retina.
En el exterior, en cambio, el paisaje es inmóvil.
El tren perfora la quietud como una aguja en la
arteria, como la sangre que circula en un cuerpo
inerte pero todavía vivo. Y el sol. El sol benéfico
que arde en los metales, en la memoria que
agradece la llegada del tren. Y me adormece.

2
Ahora, por ejemplo, veo paisajes con vacas.
¿Por qué el tren me hace pensar en paisajes
con vacas? Del soporte de fierro cuelgan bolsas
como ubres. Están conectadas a mi cuerpo y mi
cuerpo, callado, las recibe. Miro sin entusiasmo
las ubres de las vacas. Su leche rosada y salina
que ha de llegar hasta mí. Una enfermera entra
a la habitación y pide mi boleto. Las vacas pastan
en las laderas de los Andes, vuelan por los tejados
de Madrid, aterrizan sin alas a orillas del Jocko.
Yo bebo su leche, palpo las ubres que cuelgan del
soporte de fierro. Siempre de pie, junto a mi cama.


3
Estación de los Desamparados, mayo de 1973.
Todo está en orden: el sol, el río, los asientos
numerados. Domingo familiar en las afueras
de Lima. Escucho la algarabía del tren, su
insistente y frágil traqueteo. ¿Quién hace
tanta bulla? Quiero descansar, pero tampoco
quiero que se vayan. Me hace bien tanto
alboroto, tanto laberinto. La enfermera
me pide mi boleto. No lo tengo, pregúntele
a mis padres, tal vez esté escondido entre
las sábanas. El tren partió con media hora
de retraso. Miro las aguas del río. Ellas
también viajan, pero en sentido contrario.
Conforme suben se tornan más limpias,
más violentas, menos habladoras.

4
Silencio. Lo que necesito es silencio. Cierro
los ojos, acomodo la cabeza en la almohada
y trato de dormir. Pero no puedo. En cada
estación los ambulantes ofrecen sus productos:
bolsitas de cancha, de camote frito, de maní
tostado. Artesanía barata para turistas pobres.
La enfermera me trae la comida en una bandeja
de aluminio. Dice que volverá en dos horas.
Se llama Eulalia como la santa del pueblo,
como la marquesa de Darío que ríe y ríe y ríe.

5
Estación de Atocha, septiembre de 1986.
Frente a nosotros viaja una familia de gitanos.
El compartimento es pequeño y huele mal.
Aquí no hay cante jondo, ni romance con luna,
ni sangre de cuchillos. Con una navaja el padre
corta un queso. La niña duerme en faldas de la
madre, el niño me ofrece revistas pornográficas
por tres duros. El destino se aleja a la velocidad
del tren, se adentra en la noche, se hunde sin
piedad en la pupila del lobo. Me aferro a los
barrotes de la cama (“váca mi estómago, váca
mi yeyuno”). En la próxima estación se bajan
los gitanos. Y yo debería irme con ellos.

6
Imagina un tren que parte de una estación
cualquiera. Imagina que en cada estación el
tren se multiplica. Que lo que fue al comienzo
un tren solitario y reluciente son ahora miles
circulando sin control. Invadiendo lentamente
y en silencio cada vía sana y libre de tu cuerpo.

7
Infiernillo es rojo y da miedo. Estoy hablando
de mi primer viaje en tren (Lima-Jauja, 1967).
Atrás quedó Desamparados, la cuesta amable
de Chosica, Matucana, San Mateo. Mejor no
mires, advierte mi madre. Estelas de sal en los
rieles podridos de la Oroya (3,700 m.s.n.m.).
El tren perfora la montaña y la divide en dos
en tres, en cuatro. La enfermera pregunta
si he comido ancas de rana. Hace tiempo me
arrodillé ante la Señora de los Desamparados,
me preguntó si leía revistas pornográficas.
No supe contestarle. Me perturban los ojos
del niño gitano, su insoportable olor a queso.
Mejor no mires, advierte mi madre. Abajo
camiones pequeñitos transportan minerales
a una fundición. Me siento mareado. Mejor no
mires, advierte mi madre. Mejor no mires.
8
Eulalia entra a la habitación y pide mi boleto.
Volteo nerviosamente los bolsillos, reviso una
y otra vez la billetera, rebusco entre las sábanas.
Si no lo encuentro tendré que bajarme en la
próxima estación. No te preocupes, me dice
un pasajero. Ahora ya eres uno de los nuestros.

9
El tren es una mancha que enturbia la pureza
del paisaje. Perfora la quietud como una aguja
en la arteria, como la sangre que circula en un
cuerpo inerte, pero todavía vivo. Y el sol. El sol
benéfico que arde en los metales, en la memoria
que agradece la llegada del tren. Y me despierta.

Un poema de Eduardo Chirinos

El equilibrista de Bayard Street - A manera de homenaje. Un poema de Eduardo Chirinos>

Camina de puntas el equilibrista de Bayard Street, ...
evita el abismo la mirada y arranca de cuajo toda pretensión,
¿de qué sirven el heroísmo, la grandeza, el entusiasmo?
Poca cosa es la vida para el equilibrista de Bayard Street,
poca la indulgencia de llegar al otro lado y repetir cien veces
la misma operación.

Una mujer lo observa sin asombro,
tras la ventana acaricia el cabello de sus hijos
y turba con su canto los oídos del equilibrista de Bayard Street
Los vecinos lo ignoran, beben latas de cerveza, conversan
hasta altas horas de la noche,
¿quién repararía en tan inútil prodigio?
Sólo los niños señalan con el dedo al equilibrista de Bayard Strccf
ellos lo admiran, contienen la respiración y aplauden hasta
espantar a los gatos.
Una iglesia presbiteriana es el orgullo de Bayard Street;
fue construida a principios de siglo y tiene torre y campanario.
Fija la mirada avanza hacia la iglesia el equilibrista de
Bayard Street.
Su esposa ha preparado una pierna de pollo, ensalada de
tomates y un plato de lentejas,
con suerte harán el amor esta noche y tendrán un instante de
feroz alegría.
Es muy joven la esposa del equilibrista de Bayard Street;
es ella la encargada de tensar la cuerda, la que mide la
distancia entre la ventana y la torre, la que tiene
rostro de heroína de novela de amor.
A nada le teme el equilibrista de Bayard Street,
pero hace varias noches que no duerme;
dicen que soñó que sus zapatillas colgaban de la cuerda
mientras los niños esperaban que se despanzurrara de una
vez el equilibrista de Bayard Street.
Lee todo en: El equilibrista de Bayard Street - Poemas de Eduardo Chirinos http://www.poemas-del-alma.com/eduardo-chirinos-el-equilibr…

domingo, 21 de junio de 2015

Eielson y el mar

de Jorge Eduardo Eielson poeta peruano.
 

                                                          Poema en A mayor

                                                          Estupendo Amor AmAr


                                                                   el  mAr

                                                         y vivir solo de Amor

                                                             y mAr

                                                 y mirAr siempre el mAr

                                                              con Amor

                                                         magnifico morir

                                                   Al pie del mAr de Amor

                                                   Al pie del mAr de morir

                                                                   morir

                                                pero mirAndo siempre el

                                                                 mAr

                                                          con Amor

                                                       como si morir

                                                 fuerA sólo no mirAr

                                                             el mAr

 
                                                 o dejAr de AmAr.


domingo, 31 de mayo de 2015

Vendedora de claveles: un poema de Washington Delgado

GLOBE TROTTER

Sobre arenas tan interminables como el día
imaginando nubes, palmeras, aguas, noches de luna
he caminado por los desiertos, toda mi vida.

Bajo luces de neón, atravesado
por el estruendo de los automóviles,
implacablemente gobernado por señales rojas y verdes,
he caminado por los desiertos, toda mi vida.

A menudo soñé con dulces samaritanas
y siempre he despertado en un autobús:
ajadas oficinistas me rodeaban, muertas de sueño, encadenadas
a una vida polvorienta y sin una gota de agua
en el corazón. Con insaciable sed
he caminado por los desiertos, toda mi vida.

Sin cesar he subido las escaleras del hotel.
Nunca vi la palmera ni el manatial soñado
ni el arco iris de la paz ni la paloma del perdón.
Angeles despiadados me miraban sin verme,
me preguntaban por mi nombre y mis señas,
me echaban el humo en la cara
y me indicaban con desdén
el camino del paraíso que nunca era un paraíso
sino las mismas arenas, el desierto
por donde he caminado, toda mi vida.

Si entraba en el salón vetusto
el viejo inquisidor se atragantaba,
lanzaba al aire el humo, el café, la sonrisa
y me preguntaba por Mariena.
¿Mariena, Mariena? ¿Quién es Mariena?
Suspendida está en el aire, lejos de este desierto
y yo nunca la he visto.
Vivirá en su isla rosada, en su casa pequeña,
en su granja con gansos y conejos o se habrá ahogado
en las aguas azules del mar Mediterráneo.
Ese oasis no me sirve,
el viejo inquisidor se marchó hace tiempo y me ha dejado
una angustia inútil, un nombre
que he de llevar a cuestas para nada
mientras camino por los desiertos, toda mi vida.

Las estrellas de los policías brillan y tintinean,
los estudiantes pasan con libros o muchachas bajo el brazo,
la niebla ligera se levanta para que duerma en la calle
esta primera noche primaveral del año.

De buena gana leería una novela de Voltaire,
conversaría con mis viejos amigos,
tomaría un café, fumaría un cigarro.
En el arenal interminable todo es un sueño tan desesperado
como la niebla, las palmeras y la dulce samaritana.
He caminado por los desiertos, toda mi vida
y nunca me acompañó nadie.

A veces se dibujan ante mis ojos historias de fantasmas:
aposentados en lujosos palacios ahuyentan
a los escopetados compradores durante el día,
en la noche alimentan y consuelan a las pobres gentes.
Otras veces son ladrones: después de años de cárcel y miseria
roban con fortuna una casa opulenta
y disfrutan los goces de la vida
o reparten limosnas a la puerta del templo.

En la soledad del arenal no hay palacios ni opulentas casas
ni pobres gentes ni fastidiosos compradores
ni puerta ni templo ni limosna
ni goces de la vida.
Toda mi vida he caminado por los desiertos
y ahora estoy triste.

Una vendedora de claveles canta o llora en mi oído.
¿qué haría yo con un clavel en el desierto?
He caminado solo y sin equipaje toda mi vida,
estos claveles son también un desesperado sueño
aunque la melodiosa vendedora me contemple con lastimados ojos
como si ella fuera el fantasma y yo la pobre gente
llegada en la gran noche a las puertas del palacio lujoso.
He caminado por los desiertos, toda mi vida
y nunca llegué a ninguna parte.

domingo, 10 de noviembre de 2013

El mandarín, hermoso poema de Marco Martos




El mandarín, en su víspera

Más que la enfermedad que lo acompaña como una sombra,
son los demás los que le avisan al mandarín de su muerte:
-¿Quién se hará cargo de la escuela de Xilografía?
-¿Quién pintará los aguafuertes?
- El papel de pólvora ¿quién lo fabricará?
-¿Cómo encenderemos nuestros castillos de fuegos artificiales?
- Lo ignoro, como lo ignoran todos los mandarines de la corte.
-¡Quédate con nosotros!
-Aunque lo quisiera, no podría.
Me parezco al polvo a orillas de las aguas del tiempo.
Tengo que transcurrir, irme.
Mezclarme con las corrientes del río Amarillo
y tal vez mañana volver en el canto de un pájaro
o en el silencio absoluto de una noche de estrellas.

Le comento: Creo en esa transformación tras la muerte y qué bellamente descrita.