Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Colinas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Colinas. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de diciembre de 2017

Antonio Colinas, poeta y poesía



"Dice Antonio Colinas: Si el hombre renuncia a la poesía, habrá renunciado a ser humano"


Poema inédito de Antonio Colinas
Una conversación a medianoche
Esta conversación que mantenemos
los dos en el jardín a medianoche
-mientras el pueblo duerme en el sueño de oro
de sus piedras-
es infinita.
Porque infinito es el firmamento
que nos respira
desde los álamos,
desde la soledad del peregrino
que pasa como un lobo
junto al heno de los establos,
hacia el aroma de los montes.
¿Y qué es la infinitud
en nosotros?
Acaso estas ansias que nos dicen
que, ya antes de nacer, pertenecimos
a una noche o a una luz eternas.
Pero ahora ¿qué va a ser 
de nuestros cuerpos,
qué de las manos, qué
de los labios y los ojos,
pues desde que nacimos aprendieron
a amar la Belleza, a seguir,
las leves huellas
de lo infinito?
Tras ellas seguirán
nuestras ansias
hasta que un día cerremos los ojos.
Noche: aliéntanos, respíranos,
mantennos a la espera
de lo hondo sublime,
extravíanos
y que sólo seamos
música de la fuente que murmura
allá en los jardines
del firmamento:
música
de tu música.

martes, 14 de febrero de 2017

Dónde lee Antonio Colinas.

Nos da curiosidad saber en donde leen las demás personas, si lo hacen sentados o recostados, en la biblioteca o en el café, en el metro o en la playa, pero más curiosidad nos da saber en dónde leen nuestros escritores favoritos. 

Acá un hermoso poema suyo 

Letanía del ciego que ve, de Antonio Colinas.
Que este celeste pan del firmamento
me alimente hasta el último suspiro.
Que estos campos tan fieros y tan puros
me sean buenos, cada día más buenos.
Que si en tiempo de estío se me encienden las manos
con cardos, con ortigas, que al llegar el invierno
los sienta como escarcha en mi tejado.
Que cuando me parezca que he caído,
porque me han derribado,
sólo esté arrodillándome en mi centro.
Que si alguien me golpea muy fuerte
sólo sienta la brisa del pinar, el murmullo
de la fuente serena.
Que si la vida es un acabar,
cual veleta, chirriando en lo más alto,
allá arriba me calme para siempre,
se disuelva mi hierro en el azul.
Que si alguien, de repente, vino para arrancarme
cuanto sembré y planté llorando por las nubes,
me torne en nube yo, me torne en planta,
que sean aún semillas mis dos ojos
en los ojos sin lágrimas del perro.
Que si hay enfermedad sirva para curarme,
sea sólo el inicio de mi renacimiento.
Que si beso y parece que el labio sabe a muerte,
amor venza a la muerte en ese beso.
Que si rindo mi mente y detengo mis pasos,
que si cierro la boca para decirte todo,
y dejo de rozar tu sangre ya sembrada,
que si cierro los ojos y venzo sin luchar
(victoria en la que nada soy ni obtengo),
te tenga a ti, silencio de la cumbre,
o a ese sol abatido que es la nieve,
donde la nada es todo.
Que respirar en paz la música no oída
sea mi último deseo, pues sabed
que, para quien respira
en paz, ya todo el mundo
está dentro de él y en él respira.
Que si insiste la muerte,
que si avanza la edad, y todo y todos
a mi alrededor parecen ir marchándose deprisa,
me venza el mundo al fin en esa luz
que restalla.
Y su fuego
me vaya deshaciendo como llama
de vela: despacio, muy despacio,
como giran arriba extasiados los planetas.

domingo, 21 de junio de 2015

La llama de Antonio Colinas

 


La llama

Hoy comienzo a escribir como quien llora.
No de rabia, o dolor, o pasión.
Comienzo a escribir como quien llora
de plenitud saciado,
como quien lleva un mar dentro del pecho,
como si el ojo contuviera toda
esa inmensa colmena que es el firmamento
en su breve pupila.
Me enciendo por pasadas plenitudes
y por estas presentes enmudezco.
Lloro por tener cerca una mujer,
por el agua de un monte
que suena entre cipreses en un lugar de Grecia;
lloro porque en los ojos de mi perro
hallo la humanidad, por la arrebatadora
música que quizá no merecemos,
por dormir tantas noches en sosiego profundo
bajo el icono y en su luz d oro,
y por la mansedumbre de la vela,
que sólo es eso, llama.
Comienzo a escribir y también la escritura
llora, porque respira y quema, porque pasa.
Qué gran gozo sentirme
yo mismo esa palabra que va ardiendo.
(Porque yo también ardo y también paso.)
Contemplo una llama muy quieta en la penumbra
de suaves jardines,
a la orilla de un mar calmo y antiguo,
y me voy encendiendo con la dicha
de saber que no existe otra verdad
que no sea esa llama, es decir,
la del amor que es don y que es condena.
Son llamas las palabras y son llamas los ojos,
que lloran sin llorar por el ser que yo fui
(aquel fuego cansado que temblaba
junto a otros jardines de otro mar)
y por el ser que ahora está mirando
fijamente una llama,
y que es, en soledad, la llama más gozosa.

domingo, 6 de mayo de 2012

En el centro del bosque a respirar

Me he sentado en el centro del bosque a respirar...



Me he sentado en el centro del bosque a respirar.
He respirado al lado del mar fuego de luz.
Lento respira el mundo en mi respiración.
En la noche respiro la noche de la noche.
Respira el labio en labio el aire enamorado.
Boca puesta en la boca cerrada de secretos,
respiro con la sabia de los troncos talados,
y, como roca voy respirando el silencio
y, como las raíces negras, respiro azul
arriba en los ramajes de verdor rumoroso.
Me he sentado a sentir cómo pasa en el cauce
sombrío de mis venas toda la luz del mundo.
Y yo era un gran sol de luz que respiraba.
Pulmón el firmamento contenido en mi pecho
que inspira la luz y espira la sombra,
que recibe el día y desprende la noche,
que inspira la vida y espira la muerte.
Inspirar, espirar, respirar: la fusión
de contrarios, el círculo de perfecta consciencia.
Ebriedad de sentirse invadido por algo
sin color ni sustancia, y verse derrotado,
en un mundo visible, por esencia invisible.
Me he sentado en el centro del bosque a respirar.
Me he sentado en el centro del mundo a respirar.
Dormía sin soñar, mas soñaba profundo
y, al despertar, mis labios musitaban despacio
en la luz del aroma: «Aquel que lo conoce
se ha callado y quien habla ya no lo ha conocido».



viernes, 29 de enero de 2010

Antonio Colinas y Blanca Andreu

Recitar el propio verso . Qué privilegio, poder leer nuestros propios versos ante un auditorio que escucha ensimismado porque el poeta habla, narra, cuenta,
lo mismo que uno alguna vez ha sentido. El tono de quien lee sus poemas es distinto al común hablar, es hablarse, decir lo que su corazón antes escondía.