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viernes, 13 de enero de 2017

Un cuento de Flavia Company

QUÉ HABRÁ SIDO DE MOYA

Por Flavia COMPANY

Yo estaba exenta. Él no. Moya tenía que rezar, ir a
clase de religión, ponerse de rodillas con los brazos en
cruz. Moya recibía golpes en las manos y en la espalda con
una regla larga de madera a la que se le habían borrado los
números. Porque no se sabía las respuestas. Y si salía a la
pizarra, don Jesús le pegaba con la mano abierta en la cabeza,
que rebotaba en la pared como un moscardón contra
un cristal, varias veces, mientras Moya sonreía mirándose
las puntas de los zapatos, o los calcetines azul marino de
uniforme, caídos alrededor de los tobillos.
Habíamos llegado aquel curso, desde el otro lado del
océano, y era impensable que yo me adaptara a las costumbres
del lugar. Mis padres estaban en contra de la violencia
y en contra de la religión, que según cómo se mire vienen
a ser lo mismo. Cuando supieron que don Jesús pegaba a
los alumnos y que los obligaba a rezar, mi padre se su-
bió al coche –la escuela estaba a solo tres manzanas, pero
él detesta caminar–, condujo hasta el edificio gris de tres
plantas, aparcó en la puerta, tocó el timbre, peguntó por el
maestro, se encerraron en el despacho de dirección y allí
solucionaron sus diferencias. Nunca supe cómo, pero el resultado
fue que me convertí en exenta y, por consiguiente,
en la alumna más odiada el colegio. No hay mejor diana
que las diferencias. Es fácil apuntar, es fácil dar.
Moya estaba en los antípodas de mi suerte. A él le tocaba
todo. Llegué a pensar que, por una peculiar ley de compensaciones,
le caía también lo mío. A lo mejor esa fue la
razón para que nos hiciéramos amigos.
Teníamos once años. Moya era el tonto de la clase. Cabeza
de rizos oscuros pegados al cráneo. Y el más alto.
Don Jesús le decía, lo que tienes de alto lo tienes de tonto.
Y yo era la lista. Y la más pequeña. Enfundada en mi pichi
azul minúsculo, con el pelo rubio hasta la cintura, liso y
bien peinado. Don Jesús decía que, para mí, no se habían
inventado notas que bastaran. Pero me hacía leer en voz
alta para reírse de mi acento con los de la clase.
La amistad entre Moya y yo parecía rara, por lo desigual.
Destacaba como el caracol que muchos años después vivió
aislado en los azulejos amarillos de la cocina de mi abuela.
Era rara y consistía en cosas como compartir el bocadillo
a la hora del patio, sentarnos juntos en las excursiones,
regalarnos canicas, esperarnos a la salida para comer pipas
que, una vez peladas y para que no nos riñeran, Moya se
guardaba en los bolsillos de la americana azul marino, que
quedaban abultados y húmedos.
El curso siguiente dejé el centro. Como es natural, mis
padres buscaron algo más acorde a sus ideas y principios,
un lugar en que no hubiera rezos ni castigos corporales.
Luego pasaron treinta años y las cosas que pasan en
treinta años.
Y llegó un día del libro y estaba yo firmando ejemplares
de mi novela El corrector cuando, de pronto, se acercó
un tipo envuelto en un traje azul claro y camisa blanca,
abierta hasta el tercer botón, un hombre de ceño fruncido,
ajado por el tiempo, que depositó con cierta brusquedad un
ejemplar sobre la mesa ante la que estaba sentada y dijo,
anda, échale una firma al primer maestro que tuviste en
España. Lo miré a los ojos, lo reconocí y lo vi el último
día de clase, junto a Moya, de nuevo incapaz de resolver
el análisis gramatical propuesto, Moya con la tiza entre
los dedos, como si fuera a escribir algo, con la cabeza
agachada muy cerca de la pizarra, esperando no se sabe
qué, y recordé a don Jesús acercarse a grandes zancadas y
propinarle un bofetón rabioso, como si se estuviera descargando
de alguna furia secreta, y a Moya dar contra la pared
y caer al suelo con un hilillo de sangre desde el oído hasta
la barbilla, y a Moya sonriéndome antes de cerrar sus ojos
achinados de pestañas cortas, sonriéndome a mí que me
sentaba por supuesto en primera fila y era la única que podía
comprenderlo, comprender lo que suponía ser la otra cara
de la moneda, a mí como si se despidiera. Cogí el ejemplar
que me presentaba el que a sí mismo se llamaba maestro,
lo abrí por la primera página y escribí: Qué habrá sido de
Moya. Firmé y se lo devolví.

domingo, 21 de agosto de 2016

Un poema de Antonio Colinas , premio Reina Sofía

UN POEMA DE ANTONIO COLINAS, premio Reina Sofía
Regreso a Petavonium»
Dejadme dormir en estas laderas
sobre las piedras del tiempo,
las piedras de la sangre helada de mis antepasados:
la piedra-musgo, la piedra-nieve, la piedra-lobo.
Que mis ojos se cierren en el ocaso salvaje
de los palomares en ruinas y de los encinares de
[hierro.
Sólo quiero poner el oído en la piedra
para escuchar el sonido de la montaña
preñada de sueños seguros,
el latido de la pasión de los antiguos,
el murmullo de las colmenas sepultadas.
Qué feliz ascensión por el sendero
de las vasijas pisoteadas por los caballos
un siglo y otro siglo.
Y en la cima, bravo como un espino, el viento
haciendo sonar el arpa de las rocas.
Es como el aliento de un dios
propagando armonía entre mis pestañas y las nubes.
Un águila planea lentamente en los límites,
se incendian las sierras de las peñas negras,
mas no veo las llamas,
las llamas que crepitan aquí abajo enterradas
bajo el monte de sueños aromados,
bajo la viga de oro de los celtas,
junto al curso del agua del olvido
que jamás —en vida— podremos contemplar,
pero que habrá de arrastrarnos tras el último suspiro.
¡Cómo pesan los párpados con la música del tiempo!
¡Cómo se embriagan de adolescencia perdida las
[venas!
Dejadme dormir en la ladera
de los infinitos sacrificios,
en donde arados y rebaños se han petrificado,
en donde el frío ha hecho florecer cenizales y huesos,
en donde las espadas han segado los labios del amor.
Dejadme dormir sobre la música de la piedra del
[monte,
pues ya sólo soy un nogal junto a una fuente ferrosa,
la vela que ilumina una bodega de mostos morados,
un trigal maduro rodeado de fuego,
una zarza que cruje de estrellas imposibles.
A partir de un espacio real como es el yacimiento de Petavonium, en el norte de Zamora, donde antaño se elevó una importante población romana, el poeta Antonio Colinas ha construido un «espacio mítico» merced a la reelaboración literaria de sus recuerdos de infancia, y también un «espacio arquetípico» en el que cualquier lector puede reconocerse.

sábado, 21 de noviembre de 2015

El viaje de la abadesa

En el colegio nos contaban sobre el viaje del niño Goyito, que de niño no tenía nada,  de Felipe Pardo y Aliaga, y como duraron los preparativos que duran seis meses. El viaje de la abadesa surge de un impulso y dura solo unos instantes. Lo interesante es su deseo de ver el mundo "su mundo" desde otro ángulo. ¿Cómo se veía el convento desde la casa de enfrente? 

El viaje por Cristina Fernández Cubas, escritora española.

Un día la madre de una amiga me contó una curiosa anécdota.

Estábamos en su casa, en el barrio antiguo de Palma de Mallorca, y desde el balcón interior, que daba a un pequeño jardín, se alcanzaba a ver la fachada del vecino convento de clausura. La madre de mi amiga solía visitar a la abadesa; le llevaba helados para la comunidad y conversaban durante horas a través de la celosía. Estábamos ya en una época en que las reglas de clausura eran menos estrictas de lo que fueron antaño, y nada impedía a la abadesa, si así lo hubiera deseado, que interrumpiera en más de una ocasión su encierro y saliera al mundo.

Pero ella se negaba en redondo. Llevaba casi treinta años entre aquellas cuatro paredes y las llamadas del exterior no le interesaban lo más mínimo.
Por eso la señora de la casa creyó que estaba soñando cuando una mañana sonó el timbre y una silueta oscura se dibujó al trasluz en el marco de la puerta. “Si no le importa”, dijo la abadesa tras los saludos de rigor, “me gustaría ver el convento desde fuera”. Y después, en el mismo balcón en el que fue narrada la historia se quedó unos minutos en silencio. “Es muy bonito”, concluyó. Y, con la misma alegría con la que había llamado a la puerta, se despidió y regresó al convento.
Creo que no ha vuelto a salir, pero eso ahora no importa. El viaje de la abadesa me sigue pareciendo, como entonces, uno de los viajes más largos de todos los viajes largos de los que tengo noticias.
¿Por qué largo? Porque le tomó toda una vida decidirse a realizarlo.  ¿Qué la hizo cambiar de opinión? ¿Qué sucedía en el mundo interior de la abadesa?

domingo, 4 de octubre de 2015

El lo difuminó para mis ojos

Poemas de Amalia Bautista


SFUMATO

Tan áspero era el mundo, tan hiriente,
que él lo difuminó para mis ojos.
Tan profundo era el corte que me hacían
las aristas de todo lo real,
que él decidió limarlas.
Tanto daño me hacía el movimiento
de la vida voraz,
que él lo detuvo en un instante.


Un preciado regalo contra el mundo,
contra la realidad, contra la vida,
contra la lucidez
y contra mi tristeza.
EL BAÑO

¿Quieres que nos bañemos
juntos una vez más?
Podemos ser de nuevo un par de cuerpos
húmedos y asombrados,
y comprobar que no me duele
que el agua nos separe.
Sentir que sólo el agua se interpone
entre tu piel y yo,
como desde el principio de los tiempos,
y esa certeza sea dulce
y tibia y luminosa.
Como nunca lo ha sido.
IDA Y VUELTA

Cuando nos dirigimos al amor
todos vamos ardiendo.
Llevamos amapolas en los labios
y una chispa de fuego en la mirada.
Sentimos que la sangre
nos golpea las sienes, las ingles, las muñecas.
Damos y recibimos rosas rojas
y rojo es el espejo de la alcoba en penumbra.


Cuando volvemos del amor, marchitos,
rechazados, culpables
o simplemente absurdos,
regresamos muy pálidos, muy fríos.
Con los ojos en blanco, más canas y la cifra
de leucocitos por las nubes,
somos un esqueleto y su derrota.
Pero seguimos yendo.
EL PUENTE

Si me dicen que estás al otro lado
de un puente, por extraño que parezca
que estés al otro lado y que me esperes,
yo cruzaré ese puente.
Dime cuál es el puente que separa
tu vida de la mía,
en qué hora negra, en qué ciudad lluviosa,
en qué mundo sin luz está ese puente,
y yo lo cruzaré.
Amalia Bautista, Poeta
























domingo, 30 de agosto de 2015

Gonzalo Torrente Ballester

Sustanciosa conferencia del escritor español Gonzalo  Torrente Ballester.


Ver aquí el video:
http://www.rtve.es/alacarta/videos/imprescindibles/imprescindibles-gonzalo-torrente-ballester/988394/


Algunas frases suyas:
“Las puertas del espíritu se abren allí donde acaban de cerrarse las de la razón.” La saga/fuga de J. B.

“Todo hombre, aun el más racionalizado conserva en el fondo del alma un poso al que la razón no llega.”La saga/fuga de J. B.
 

“El tiempo está hecho de la sustancia del hombre. Nace con nosotros y con nosotros muere. […] el tiempo no es más que una secreción de la vida.”La saga/fuga de J. B.

“Las malas lenguas no se ceban con los hombres oscuros.”La saga/fuga de J. B.

“El presente se destruye solo […] y el futuro no se detiene más que con la muerte.”La saga/fuga de J. B.
 

“Lo menos a que puede aspirar un moribundo es a llevarse consigo la verdad de su vida”. “- Lo que se llevan los moribundos son las ganas de no morir.”La saga/fuga de J. B.

“Las cosas cuando se hacen, no se dicen, […] el que las anda proclamando es porque no las hizo nunca.”La saga/fuga de J. B.

“Las mujeres pobres se resignan […]; pero a las ricas les molesta no poder comprar con su dinero las gracias que la vejez les arrebata." La saga/fuga de J. B.

“El desprecio es más pecado que la fornicación.” Fragmentos del Apocalipsis.

“La anulación del tiempo beneficia al espacio. […] el espacio es circular y giratorio. Lo mismo que no se abarca el fin se nos escapa el principio, aunque yo, por algunos barruntos, me incline a creer en la nebulosa.” Fragmentos del Apocalipsis.

miércoles, 9 de julio de 2014

Un cuento de Paloma Días Mas

Esta semana en nuestro taller hicimos dos hermosos cuentos de la joven escritora española Paloma Días Más. Este es uno de ellos. El otro se llama La niña sin alas.  Hermosos cuentos, con un bello  lenguaje.  Acá pueden leer uno de ellos.

Tejiendocuentos: Cuento: En busca de un retrato: Un cuento de Díaz Mas Paloma -(España) Las baldosas coloradas de la entrada cuidadosamente bruñidas con cera, la deslumbrante escalerita de...

viernes, 28 de febrero de 2014

La oración del jorobadito

Busqué entre mis libros uno para prestárselo a una amiga . El autor: Gustavo Martín Garzo. El título: La princesa manca. Libro en donde los prodigios tienen lugar. Cuento fantástico basado en antiguas leyendas. Me gusta este escritor que siempre intenta devolvernos el placer de mirar la vida con ojos limpios. Entonces fui a la página de Gustavo Martín Garzo a ver sus últimos artículos que publica en el diario El País.  Este artículo que comienza con la historia del jorobadito, personaje que no ha existido en mi infancia, nos lleva a reflexionar ayudándose de Walter Benjamín. Hannah Arendt,al verdadero fin de la cultura, nuestro deseo de ser y de saber. Que lo disfruten.

La oración del jorobadito

La cultura no tiene que ver con el deseo de notoriedad, sino con el de ser y saber

           
 


En su libro Infancia en Berlín hacia 1930,Walter Benjamin recuerda la atracción que de niño ejercían sobre él desvanes, sótanos, escaleras y otros espacios olvidados de las casas. Allí vivían esos personajes que, en los cuentos, se dedican a hacer todo tipo de faenas a los moradores del lugar. Uno de ellos era un hombrecillo jorobado que aparecía cuando menos lo esperabas provocando un sin fin de desastres. “El Torpe te envía saludos”, le decía su madre cuando rompía algo o tropezaba por las escaleras. Y, en efecto, bastaba que el malicioso personaje anduviera cerca de ti para que los objetos dejaran de estar donde los habías puesto, los platos y tazas escaparan de tus manos para hacerse pedazos contra el suelo, se te olvidara hacer los deberes o te mancharas la ropa que acababan de ponerte. Por su causa, escribe Benjamin, “el jardín se convertía en jardincillo, mi cuarto en un cuartito y el banco en un banquillo. Se encogían y parecía que les crecía una joroba que las incorporaba por largo tiempo al mundo del hombrecillo”
Por lo demás, a ese hombrecillo no le podías ver y se limitaba a “recaudar de cualquier cosa que tocaba el tributo del olvido”. Adorno dice que las citas de las que constantemente se sirve Benjamin en sus trabajos “son como bandidos que saltan al camino para robar al lector sus convicciones”. El hombrecillo es uno de esos ladrones. Por eso no elige cualquier momento para aparecer, sino aquellos en los que el niño se expone más: cuando va a la despensa a probar a escondidas el dulce que ha preparado su madre, cuando descubre su sexualidad, cuando roba algo. De forma que esas imágenes que el hombrecillo va acumulando de cada uno de nosotros componen la otra historia de nuestra vida (¿la verdadera?). “Cuando bajo a la bodega / para escanciarme vinito, / hay un jorobadito allí / que lo quita del jarrito. / Cuando voy a la cocina / para hacerme la sopita, / hay un jorobadito allí / que me rompe la marmita. / Querido niñito, te lo ruego, / reza también por el jorobadito”. Rezar por alguien que nos hace faenas, decirle que no deje de visitarnos, ¿no resulta extraño que una madre le pida a su hijo que haga algo así?
Hannah Arendt, en su libro Hombres en tiempos de oscuridad, nos recuerda que la vida de Walter Benjamin estuvo presidida por eso que suele llamarse mala suerte. Nunca tuvo un trabajo que le permitiera vivir con seguridad y, a pesar de ser un pensador brillante, su carrera académica fue un completo desastre. Amó a tres mujeres y fue incapaz de comprometerse con ninguna; era judío, pero siempre tuvo problemas con los suyos; no tuvo una residencia fija y su obra más importante, El libro de los pasajes, es apenas una colección de citas o fragmentos que no llegaría a concluir. Nada le salió como lo planeaba. Incluso su muerte parece acaecida bajo el signo del perverso hombrecillo, pues si llega a Port Bou un día antes o un día después, hubiera podido emigrar a Estados Unidos como quería.
La vida de Franz Kafka transcurrió por derroteros semejantes. Sus indecisiones amorosas, sus problemas con el judaísmo, su obsesión por la escritura, por sacar adelante una obra que sin embargo nunca completa, que le relaciona con los márgenes, con lo más escondido y olvidado, habla de su incapacidad para vivir en el mundo y aceptar sus compromisos. Kafka quiere sustraerse al poder, luchar contra la ley opresiva del padre. Quiere, como sus personajes, hacerse cada vez más insignificante, cada vez más liviano y callado para poder escapar. De ahí su amor por los animales pequeños, por los espacios minúsculos, por los seres deformes y perseguidos; por todo lo que vive en los intersticios, en la frontera, abierto a un mundo prehumano. Su amor por los objetos inútiles, los insectos, los ratones, los perros; su concepción del escritor como alguien que debe desaparecer para llevar a cabo su obra. El inquilino de la vida desfigurada, le llamó Walter Benjamin.

Filosofía y literatura desaparecen de los planes, sustituidas por adoctrinamiento
Nuestro tiempo ha dado la espalda a ese mundo desfigurado y ha dejado de pedir al jorobadito que lo visite. En su ausencia, se crean Institutos de la Felicidad, se escriben manuales de autoayuda, se fundan seminarios de risoterapia y talleres de cómo educar a los bebés. El mundo se ha poblado de psicólogos, expertos en técnicas de relajación y charlatanes que hablan sin descanso de la necesidad de ser positivos, de no dejarse llevar por la melancolía y de la inutilidad del sufrimiento. Según ellos, la cultura debe ser lo más parecido a una fiesta de cumpleaños infantil, un espacio de diversión y juegos interminables. Pero “divertirse”, escribe Adorno, “significa siempre que no hay que pensar, que hay que olvidar el dolor, incluso allí donde se muestra. La impotencia está en su base. Es, en verdad, huida, pero no, como se afirma, huida de la mala realidad, sino del último pensamiento de resistencia que esa realidad haya podido dejar aún”.
Hace unos meses, y tras hablar de la lectura en un instituto, una chica levantó la mano y me preguntó atribulada qué pasaba si a alguien no le gustaba leer. Comprendí que se refería a ella misma, y que sufría al sentirse excluida de aquella vida de la que yo había hablado con tanto entusiasmo. Me bastó con ver la expresión de su rostro al decir aquello para saber que el jorobadito la visitaba. Era él quien se las arreglaba para que no le gustara leer, para hacer que le creciera una joroba. No todos los que leen reciben esa visita, ni mucho menos. Para que sea así tenemos que quedarnos sin voz, como le pasaba a aquella chica tan triste. Todos los grandes personajes de la literatura, los personajes, por ejemplo, de las obras de Dostoievski o de Faulkner, son como ella. Todos cargan algo, todos hacen cosas que no deben y sufren a causa de su joroba. ¿No es eso lo que nos sucede con nuestra sexualidad? ¿No es el sexo la joroba del cuerpo: su botín y su culpa?
“Perdemos al ganar. / Y, al saberlo, tiramos / nuestros dados de nuevo”, escribe Emily Dickinson en uno de sus poemas. ¿Qué tiene que ver esto con la concepción de la educación y la cultura como ganancia, rentabilidad o bien de consumo? En los planes de estudio desaparecen las asignaturas, como la filosofía y la literatura, que hablan del jorobadito y su pandilla y se sustituyen por otras que solo buscan adoctrinar a los niños. Todo se reduce a un interminable y tedioso culto a los exámenes, la autoridad y la eficacia. Sin embargo, la verdadera cultura no tiene que ver con el deseo de éxito o de notoriedad, sino con el deseo de ser y de saber. El verdadero lector no busca en los libros lo que le halaga o confirma, sino lo que le niega y disloca: busca lo que no tiene.
Leer es tirar los dados de nuevo. “Las músicas oídas son dulces, pero / más dulces son las no oídas”, escribe John Keats en su poema Sobre una urna griega. Leer es rezar al jorobadito para que aparezca y lo ponga todo patas arriba. No dar nada por hecho, ni siquiera que la cartera que dejamos al acostarnos en la mesilla vaya a estar por la mañana en el mismo lugar. Porque ¿acaso somos dueños de algo? ¿Lo somos de nuestras vidas y deseos? Un mundo abierto, poblado de encuentros inesperados y locas canciones, un mundo sin cosas es lo que nos promete el jorobadito. Por eso es importante que lo recemos cada noche, aun sabiendo que su visita nos complicará la vida. Tal gentuza es la verdadera pandilla de nuestro ángel de la guarda.
Gustavo Martín Garzo es escritor.

jueves, 13 de febrero de 2014

José Julio Perlado en Lisboa

 
 
 
Estos días que paso en Lisboa subo en el tranvía hacia lo alto de la ciudad, viajo enfrente de una muchacha tan absorta en el cristal de su ventanilla que no se ha dado cuenta de que a mi lado viaja Pessoa. Vamos los tres sentados, en este tranvía semivacío, ascendiendo las empinadas calles. Oigo el rumor de las palabras de Pessoa que me va diciendo:
-Yo voy fijándome lentamente, ¿sabe usted?, de acuerdo con mi costumbre, en todos los detalles de las personas que van delante de mí. ¿Usted no lo hace? Para mí, los detalles son cosas, voces, frases. En este vestido de muchacha que va frente a nosotros, descompongo el vestido en la tela de que se compone, el trabajo con que lo han hecho – pues lo veo como vestido y no como tela – y el bordado leve que rodea a la parte que da la vuelta al cuello se me separa de un torzal de seda, con el que se bordó, y el trabajo que fue bordarlo. E inmediatamente, como en un libro elemental de economía política, se desdoblan ante mí las fábricas y los trabajos: la fábrica donde se hizo el tejido; la fábrica donde se hizo el torzal, de un tono más oscuro, con el que se orla de cositas retorcidas su sitio junto al cuello; y veo las secciones de las fábricas, las máquinas, los obreros, las modistas; mis ojos vueltos hacia dentro penetran en las oficinas, veo a los gerentes procurar estar sosegados, sigo, en los libros, la contabilidad de todo esto; pero no es sólo eso: veo, hacia allá, las vidas domésticas de los que viven su vida social en esas fábricas y en esas oficinas…Todo el mundo se despliega ante mis ojos sólo porque tengo ante mí, debajo de un cuello moreno, que al otro lado tiene no sé qué cara, un orlar irregular verde oscuro sobre el verde claro de un vestido.
Toda la vida social yace ante mis ojos.- sigue diciéndome Pessoa – ¿A usted no le pasa?
Más allá de esto – continúa el poeta -, presiento los amores, las intimidades, el alma, de todos cuantos trabajan para que esta mujer que esté delante de nosotros en el tranvía, lleve, en torno a su cuello mortal, la trivialidad sinuosa de un torzal de seda verde oscura en un tejido verde menos oscuro.
Me aturdo - prosigue al fin Pessoa -. Los asientos de este tranvía, de un entrelazado de paja fuerte y menuda, me llevan a regiones distantes, se me multiplican en industrias, obreros, casas de obreros, vidas, realidades, todo.
Bajamos los dos del tranvía en lo alto. ¿Estoy de verdad en Lisboa? ¿No será que no me he movido de mi cuarto y he imaginado que viajaba aquí con Pessoa, que los dos veíamos a esta muchacha que no existe, que el poeta me hablaba? ¿No será que nunca he estado en esta ciudad y que jamás he subido por estas calles?
Pero entonces, ¿ese tranvía que se va, ese hombre de las lentes y del negro sombrero que escapa…?
 
Mi nombre es José Julio Perlado, escritor y profesor.- Doctor en Filosofía y Letras.-”La muerte en la obra literaria de José Gutiérrez Solana” (Tesis Doctoral inédita). -Redactor-Jefe de “La Estafeta Literaria”(1958-1962), corresponsal en Roma del Diario “Madrid” y del “Diario de Barcelona” (1963-1965), corresponsal en París del Diario “ABC” (1968-1970), Premio de Novela “Ateneo de Santander”, Profesor Titular de la Facultad de Ciencias de Información de la Universidad Complutense de Madrid (1973- 2003).
He impartido Cursos de creación literaria a escritores mexicanos en el Tecnológico de Monterrey (México) y en la Universidad de Villahermosa en Tabasco (México).
Durante 14 años he dirigido Cursos de Escritura Creativa en la Universidad de Madrid.
 

domingo, 11 de agosto de 2013

Más allá no hay Monstruos

Hace unas semanas hicimos este cuento de la escritora española Ana Rossetti de su libro Una mano de Santos, espero se den un tiempo para leerlo porque es muy lindo.

MÁS ALLÁ NO HAY MONSTRUOS


Algo que yo no puedo hacer es darte todo el pan que puedas tocar y ver.
Pero tu parte es esta palabra. Te doy el alimento del que yo mismo vivo.
San Agustín
Hace muchos, muchos años, darle nombre a un bebé era un acto muy solemne. Se consultaban los horóscopos y se pedía consejo a los ancianos. Cada nombre sugerido se inscribía en una lista y se buscaba su significado en los diccionarios etimológicos. Los diccionarios etimológicos son como exploradores que rastrean las palabras hasta dar con sus orígenes. Se consideraba necesario saber, cuando se llamaba a alguien, qué se le estaba llamando exactamente.
Cuando nació la princesa de esta historia, y fueron a inscribirla en el registro real, la reina sorprendió a todos diciendo que quería llamarla con un nombre que, en su idioma, significa Poema.
-¿Qué nombre, por favor? -dijo el escribano respetuosamente, pues le parecía no haber oído bien.
-Poema -repitió la reina.
-¿Estás segura? -quiso cerciorarse el rey, que, después de pasar largas horas con sus ministros, le había asignado un nombre bien diferente.
-Sí -aseguró la reina-. Un poema transforma la manera de ver el mundo. A partir del nacimiento de esta niña todos los momentos de mi vida estarán señalados por la felicidad o por la preocupación y nada volverá a ser igual, pues me he convertido en madre.
En eso la reina llevaba razón, y todos los que tenían hijos así lo comprendieron y desde entonces la princesa se llamó Poema. La princesa Poema era una niña tremendamente alegre. Siempre estaba inventándose juegos. Sus juguetes favoritos eran las palabras; con ellas no se aburría jamás. Les probaba olores, sabores, colores como si fuesen vestidos, tratando de averiguar cuáles les favorecían.
Se pasaba las horas muertas preguntándose: ¿a qué sabe «mariposa»?, ¿y «púrpura»?, ¿y «estrella»?, ¿a qué huele «corazón»?, ¿a qué huele «nube»?, ¿a qué huele «tristeza»?, ¿qué color tiene «ayer» o «dulzura» o «mamá»?
También se empeñó en jugar a los desafios. Enfrentaba nombres con adjetivos. Lo más normal era que la mayoría de los participantes estuviese tan igualada que terminaba en empate, bueno, peor que empate, es decir que entre «rosa» y «blanca», por ejemplo, que resultase «rosa-blanca» o «blanca-rosa» daba lo mismo. Llegó incluso a sospechar que entre algunos nombres y adjetivos hay una especie de pacto mediante el cual se derriban el uno al otro por turnos y así ninguno se enfadaba. Eso era como tener la partida amañada y, además de tramposo, no es nada emocionante.
Quizás este juego no había sido una buena idea, pensaba la princesa Poema. Sobre todo porque no siempre la contienda se producía. A veces, porque eran entre ellos tan incompatibles que ni siquiera merecía la pena el combate. ¿Qué objeto tenía que «madera» arremetiese contra «cristalina», o «agua» contra «encerada»? Tanto unos como otros quedaban destrozados desde el primer asalto. Otras veces era porque, ante la superioridad de algunos nombres, ciertos adjetivos estaban de más.
-¿Con qué se puede calificar «cielo»? -preguntaba la princesa Poema.
-Con «azul» -le respondían invariablemente.
-No, no vale -se impacientaba ella-: si dices «ojos del color del cielo», todo el mundo sabe que son azules. ¿Y «miel»? -continuaba indagando.
-Con «dulce» -le decían todos.
-Tampoco sirve. Dentro de «miel» está ya «dulce». «Miel» puede prescindir de «dulce» y, sin embargo, seguir significando «dulce». Pero «dulce», si no fuese acompañada de «miel», no tendría por qué referirse a «miel».
-¡Qué lío! -se desconcertaba la gente-, ¿para qué te mareas la cabeza con esas bobadas?
-¿Y «escarcha»? -seguía interrogando la princesa.
-Con «fría».
-No, no -se decepcionaba la princesa-. Llamar «fría» a la escarcha no es calificarla, es no tener imaginación.
-¡Y a ti qué más te da! -se extrañaba la gente.
Pero, a la princesa Poema, eso le hacía cavilar mucho y esforzarse por juntar montones y montones de palabras para ver las correspondencias que había entre ellas. Observó entonces que, del orden de las palabras, dependía que su corazón se tambalease de alegría o de desasosiego. Y es que en las palabras, como en el billar, las carambolas sólo son posibles según la colocación.
Por eso, se aficionó a agrupar palabras y se maravillaba al comprobar que si las disponía de una manera sonaban distinto a si las disponía de otra. A veces encajaban todas muy bien y, al pronunciarlas, parecía que se movían como si, en vez de hablar, estuviera cantando. Sin embargo, había algunas, quizás bonitas en sí, que las pusiese donde las pusiese le desbarataban todo el efecto. Eso le parecía muy misterioso y no entendía el porqué, pero se acostumbró a apreciar por igual tanto la palabra que se sacrificaba como la que permanecía: hay palabras que deben silenciarse para que resalten las otras. No, no era cuestión de ganar o perder, ésa había sido su equivocación: buscar el triunfo de una sola palabra en vez de conseguir la armonía de varias.

La princesa Poema regalaba sus juegos de palabras a los demás. Del que más orgullosa estuvo durante mucho tiempo fue de esta retahíla: Rata-Reta-Rita-Rota-Ruta, porque es muy dificil encontrar cinco palabras con una sola letra distinta y que tengan significado las cinco. Y cualquiera puede comprobarlo. Mata-Meta-Mita-Mota-Muta podría servir, lo que pasa es que «mita» es una palabra quechua y eso no lo sabe todo el mundo, y la princesa Poema ni siquiera sospechaba que existiese Perú.
Los mapas de entonces terminaban en Finisterre al norte y en las columnas de Hércules al sur con esta inscripción pavorosa: «Más allá hay monstruos». Se desconfiaba de todo lo que se desconocía. Había vigías permanentes en las costas para controlar las intenciones de los barcos que se acercaban y los puentes estaban custodiados. Hasta las ciudades se cerraban con llave.
Pero volviendo a la princesa Poema y a sus juegos y a sus regalos tan raros: ella era más bien una niña solitaria pues, aunque siempre estaba dispuesta a compartir sus inventos y a que los demás la ayudasen a averiguar nuevas posibilidades, no todo el mundo encontraba divertido lo que proponía.

Convencida de que entre las palabras no funcionaban los torneos, se aplicó a sus sorprendentes e imprevisibles combinaciones. Por ejemplo, entre la palabra «verde» y la palabra «luna». Si «luna» precedía a «verde» el resultado sería: «luna-verde», y eso sonaba a disparate. Pero, si se adelantaba «verde», lo de «verde-luna» parecía auténtico y verdadero. Como si siempre hubiera sido así y no pudiera ser de otra manera.
Este nuevo juego le encantaba.
-¿A que no sabes una cosa? -decía de repente a alguien-: que no es igual «plata-rápida» que «rápida-plata».
-No sé. Me da lo mismo.
-No. No da lo mismo. «Plata-rápida» suena a «plata fácil de conseguir» y «plata» sólo quiere decir «plata». O «dinero», como mucho. En cualquier caso, es «plata que viene». Pero «rápida plata» es justo «plata que huye», y «plata» puede ser «torrente» o «mercurio» o «pez» o «guadaña» o «espuela», incluso «rayo». ¿No te gusta más «rápida-plata»?
-Yo prefiero moneda, sea o no de plata, en mano que cien estrellas volando.
-¡Es verdad! «Rápida-plata» puede ser también un cometa. Gracias -decía la princesa, contentísima-. ¿Quieres que te regale un acertijo a cambio?
-Bueno.

Ésa era, más o menos, la respuesta común. Pero lo que significaba podía expresarse literalmente así: «¡Cómo se nota que no tienes más preocupación que la de emplear vanamente tu ociosidad!».
-¿O mejor un trabalenguas? -insistía la princesa, deseosa de ofrecer algo que despertara más entusiasmo.
-Lo que sea estará bien.
-¿Y un retruécano? -añadía la princesa cortésmente.

La gente aceptaba estos obsequios espontáneos sin tomarlos muy en serio. Nadie toma en serio lo que no le supone un provecho inmediato, pues enseguida piensa que no le sirve para nada. Sin embargo, casi sin darse cuenta, muchos empezaron a

preguntarse: ¿a qué sabe «espada», a qué huele «amigo», de qué color es el trino del jilguero? ¿Por qué no es lo mismo «hombre-menudo» que «menudo-hombre», ni «cierta-noticia» que «noticia-cierta»?

Desde luego, la reina había acertado en una cosa: la presencia de la princesa Poema todo lo cambiaba y todo lo invadía.
Sucedió que la princesa se puso muy enferma. Poco a poco se fue volviendo blanca, casi translúcida. Parecía que la sangre se le había escapado del cuerpo. Y hasta las palabras la habían abandonado.

Sus padres, muy afligidos, buscaban el remedio hasta debajo de las piedras. Publicaron bandos ofreciendo enormes recompensas a cambio de, un poco de esperanza. Cada día acudían a palacio físicos con fórmulas y charlatanes con ensalmos, pillos con triquiñuelas y curanderas con ungüentos, hechiceras con sortilegios y personas misericordiosas con plegarias. A todos se les atendía por igual. Pero la princesa Poema se iba debilitando cada día. Parecía una flor de cera.

Unos le recomendaban baños fríos, otros paños calientes; unos le prescribían alimentos para fortalecerla, otros el ayuno para purgarla; unos el sol, otros la oscuridad; unos la inmovilidad, otros el ejercicio. Unos aseguraban que, de tanto pensar, se le había derretido el cerebro, y le recetaban toda clase de sesos comestibles, desde los de cordero hasta los de las nueces. Otros decían que la había poseído el demonio y recurrían incluso a métodos violentos para arrancarlo, para obligar al cuerpo de la princesa a que lo expulsara de sí. Otros, por el contrario, sostenían que el Ángel de la Muerte la reclamaba para su imperio subterráneo y procuraban con sacrificios, ruegos y promesas conseguir ahuyentarlo o sobornarlo o engañarlo o conmoverlo.
-Quemad constantemente alrededor del lecho de la princesa Poema hojas del árbol de la Vida -decía el sabio mayor-: el humo será como un muro que la protegerá.

-Prometedle que la princesa, de ahora en adelante, se consagrará a su servicio -recomendaba el ministro plenipotenciario.
-Que los orfebres fundan en oro y piedras preciosas una imagen perfecta de la princesa, vestidla con sus más ricas galas y rogadle al Ángel de la Muerte que se la quede a cambio -sugería el tesorero real.
-Cortadle el pelo a raíz, pero volved a colocárselo perfecta-mente en su sitio, así cuando venga a arrebatarla sólo se llevará sus trenzas -discurrió su dama de compañía.
La princesa Poema se sometía a toda clase de pruebas y de desvaríos sin ningún interés en curarse y sin voluntad para resistirse. Lo cierto es que entre todos la estaban torturando sin procurarle alivio alguno.
-¿Cómo puede ser -se angustiaba la reina viéndola consumirse día a día- que mi Poema, que ha tomado forma en mis entrañas, que pertenece a lo más profundo de mi corazón, se me escape así de las manos?

-Sólo nos queda intentar una cosa -dijo por fin el rey-. Sabes que sólo nos queda una cosa.

-Sí, por favor -suplicó la reina-, no tenemos ya nada que perder, pero no por eso debemos darlo todo por perdido.
-Entonces, sea -decidió el rey.

Y desde aquel momento todo se dispuso para que la princesa Poema partiera a tierras enemigas. Porque no es imposible ningún milagro ni ningún precio demasiado costoso ni ningún peligro demasiado temible ni ninguna empresa lo suficientemente arriesgada para los soñadores o los desesperados. Y, desde luego, las emociones no saben calcular.

A la mañana siguiente, a la par que el sol, salió del palacio la princesa Poema en una carroza blindada y escoltada por un destacamento de soldados. A duras penas la comitiva consiguió abrirse paso hasta las murallas de la ciudad, e incluso, en más de una ocasión, la carroza estuvo a punto de volcar, pues todo el mundo quería despedir a la princesa.

Por fin se detuvieron frente a las puertas, que eran enormes por altas, por largas y por anchas. Entonces el rey y la reina se acercaron al capitán de la expedición para hacerle las últimas recomendaciones y cerciorarse de que no olvidaría ningún encargo.

A pesar de la muchedumbre congregada reinaba un silencio tan absoluto que podía sentirse las lágrimas deslizándose por cada par de mejillas. Hasta las palomas mensajeras dejaron de arrullar dentro de la jaula que las transportaba.

-Te confiamos lo más querido que tenemos -dijeron el rey y la reina-. Protégela, complácela y haz lo que ella te pida, es lo que más firmemente te ordenamos.

Hubieran querido añadir: «Y, por encima de todo, tráenosla pronto sana y salva», pero no todos los deseos pueden ser órdenes, y el rey y la reina conocían los limites de su poder.

Luego se dirigieron a la carroza para bendecir a la princesa y darle muchos besos y susurrarle palabras de cariño y de aliento, pues no sabían cuánto tiempo pasaría hasta que la volvieran a ver. Si es que volvían alguna vez a verla.

-Escríbenos -dijeron el rey y la reina a la princesa-. Mándanos, de vez en cuando, una paloma. No nos dejes demasiado tiempo sin tus noticias.

En esa súplica había mucho dolor, pues ni el rey ni la reina, por su parte, podían prometerle a la princesa correspondencia alguna, puesto que las palomas mensajeras son incapaces de ir a donde nunca han ido: sólo saben volver a casa.

Fueron unos minutos densos como siglos pero veloces como un relámpago. Era difícil la separación, pero también era preciso ponerse en marcha enseguida.

El rey dio la orden y los cerrojos se descorrieron chirriando. Se desatrancaron las puertas y se abrieron pesadamente. El paisaje de abril relumbró al final del empedrado y el cortejo se adentró en él.

Las puertas de la ciudad se cerraron con un siniestro estruendo y los vecinos subieron a las almenas de las murallas para ver cómo los soldados, cercando estrechamente la carroza, se alejaban y se empequeñecían hasta que los engullía el horizonte. No se movieron de allí hasta que desapareció la última nube de polvo tras el último caballo, y entonces todos los corazones se sintieron atenazados por los garfios del pánico y muchos se desmayaron. Sabían que, detrás de la linea del horizonte, acechaban inimaginables terrores: feroces bestias, gigantescas plantas carnívoras, hombres perversos y mujeres maléficas entregados a toda clase de vicios y de crímenes. Por lo menos eso era lo que siempre se había dicho.

Pero también se decía que en lo más recóndito de esas tierras salvajes había un manantial prodigioso. Ojalá fuera cierto. Ojalá la princesa Poema, defendida por sus fieles guerreros, pudiera llegar hasta sus aguas milagrosas y curarse. Y regresar.

El cortejo avanzaba a buen paso por la campiña, que, como aún estaba mojada de rocío, parecía envuelta en papel de celofán transparente.

-Princesa -dijo uno de los soldados-, ¿no ves cómo sobresalen los lirios silvestres entre la hierba?

-Son morados y brillan como amatistas -añadió su compañero, apartándose para no estorbarle a la princesa la visión.

-Están rayados de amarillo -dijo un tercero.

-Como por vetas de azufre.

-Parecen lanzas -reflexionó el capitán.
-Lanzas curvadas como las cuchillas de las alabardas -porfió otro.
-Rizadas como medias lunas puntualizó el tambor mayor.
-Sin embargo, son suaves como lenguas de fuego, como llamas de gas -dijo el cochero deteniendo la carroza.
-¡Como las barbas de los gallos! -concluyó el portaestandarte.

Pero la princesa no mostró interés alguno. Ni siquiera cuando, por orden del capitán, se destacaron dos soldados en avanzadilla para cortar una brazada de lirios y adornar con ellos la carroza. Eran muy hermosos los lirios que le trajeron. La princesa Poema tomó uno de ellos, frío aún por el amanecer, y lo contempló largamente. Pero las palabras «amatista», «azufre», «alabarda» y «lengua» rebotaban contra él sin adherirse, sin representarse, sin reflejar el temblor de las joyas, las venas de la tierra, las picas sobre hoces de lunas o las llamas caracoleando; sin que el lirio se convirtiera instantáneamente en significado o en emblema. Como si el lirio estuviese vacío y mudo.

Al terminar el día, el capitán tendió pluma y papel a la princesa, pero ella no acertó a escribir nada.

-Pon al menos la fecha -la animó el capitán, por si acaso eso la ayudaba a arrancarse.

Pero qué va.

-¿No sabes qué día es? ¿Quieres que lo escriba yo? -siguió insistiendo.

Y nada. Entonces el capitán no tuvo más remedio que hacerse cargo. «Sin novedad», fue el mensaje que enrolló en la pata derecha de la paloma. Y la soltó. Al menos consiguió que, antes de echarla a volar, la princesa le diera un beso en cada ala.

Hasta tres palomas regresaron al palacio en los días siguientes con el mismo billete de vuelta: «Sin novedad». Pero el cuarto día fue un día distinto.

El campo estaba igual de verde, los lirios aparecían en igual proporción, continuaba el río abriéndose paso entre el ramaje para seguir paralelamente el sendero; pero bajo la maraña de la hierba, entre un lirio y otro, entre una onda y otra del río, justo en el punto en que la rama de un castaño se entrelazaba con la rama de otro castaño, serpenteaba el trazo invisible de la línea de demarcación.

Las mariposas, las libélulas, los mosquitos, las nubes, la brisa, el olor húmedo del polen, el croar de las ranas también cruzaron con ellos la frontera. Seguían siendo los mismos a un lado y a otro de la frontera.

Sin embargo, había algo diferente, sólo una cosa, pero que le daba un vuelco a todo para que, aunque todo pareciese igual, dejara de corresponderse con lo acostumbrado: al traspasar la frontera, automáticamente ellos se transformaron en intrusos, en enemigos, en extraños; en los márgenes de lo decretado, en la perturbación de la norma, en el escándalo de las rutinas, en el blanco de los disparos, en la captura de los guardianes. Ellos ya no eran ni ciudadanos ni dueños: eran los monstruos que venían del otro lado, de las tierras temibles, impías, crueles y bárbaras. Ellos, ahora, eran el peligro desconocido para los otros.
El esplendor del cortejo se replegó bajo un caparazón de cautela. Los escudos se apretaron unos contra otros formando una piña impenetrable: una compacta fortaleza erizada de picas y alabardas que avanzaba bajo el amable sol de abril. De un momento a otro podrían ser divisados por algún vigía, apresados por alguna patrulla, sorprendidos por cualquier ataque: todos sus sentidos estaban alertados y sus músculos en tensión. El alegre trote de los caballos y el despreocupado rodar del carruaje aminoraron el paso. Cesaron las conversaciones, las melodías silbadas, las voces de mando y las bromas: una máscara de atención y gravedad cayó sobre cada rostro, se afilaron las miradas y se aguzaron los oídos. De pronto, el entrechocar de los escudos, las bisagras de las armaduras y los cascos de la caballería parecían producir un estrépito insoportable. La princesa Poema, pese a su indiferencia, a su entendimiento dormido y a sus sentimientos acorazados, percibió esa variación.

Se aproximaban a las puertas de la ciudadela que siempre había sido enemiga. Se hallaban ya a un tiro de flecha de la muralla cuando la princesa Poema, incorporándose sobre sus mullidos almohadones, ordenó:

-¡Rendid armas!
-¡Princesa! -exclamó el capitán.

Desde las atalayas, los guardianes de la ciudadela observaron cómo un escuadrón de soldados enemigos se detenía respetuoso e inclinaba sus lanzas en homenaje. Atónitos, devolvieron las flechas al carcaj y bajaron los arcos.

La princesa Poema pidió que plegaran la capota del carruaje y, alzándose majestuosamente, se dirigió al capitán:

-Ordena a tus hombres que se despojen de sus armaduras y las dejen aquí.

-¡Princesa! -exclamó el capitán escandalizado.

Desarmarse es como darse por vencido y, por lo visto, para cualquier hombre en general y cualquier militar en particular, eso resulta muy humillante. Pero más humillante, más cobarde le resultaba a la princesa Poema no poder adentrarse, deslumbrarse, absorberse en lo desconocido, a causa de tantas precauciones. No quería armas para defenderse, pues estaba dispuesta a conocer. Tampoco necesitaba armas para arrebatar, pues no tenía miedo a pedir.

-Ordena que toquen a retirada -prosiguió la princesa Poema.

-¡Princesa! -exclamó, de nuevo, el capitán.

El capitán sabía, y así lo explicó, que si la expedición abandonaba a la princesa no podía presentarse impunemente ante los reyes. Ni él, personalmente, podría encontrar reposo en ningún sitio si faltaba a su deber de custodiarla.
-Tu principal deber consiste en obedecerme -le recordó la princesa Poema-: lo juraste.

-¡Princesa...! -exclamó una vez más el capitán, pero como si dijera: «¡vaya encerrona!», pues se sintió atrapado en un dilema.

La princesa se mantuvo firme. Y los soldados, una vez amontonadas las armas restallantes como en una hoguera, retornaron silenciosos a sus caballos, aguantando las ganas de llorar, pues no sabían si era más noble quedarse, desobedeciéndola, o atender a sus deseos y abandonarla. Pero no soportaban serle desleales.

La princesa Poema, comprendiendo el conflicto en que se hallaban los soldados, escogió una paloma, la más veloz, para que los precediera y exculpara.

«A los reyes, mis padres: Certifico que el capitán, a cuya custodia me encomendasteis, no conoce otra voluntad que la del deber, ni más sentimiento que el de la lealtad, que ha adiestrado a sus hombres en la obediencia a ciegas y en la única decisión de cumplir órdenes sin vacilaciones ni dudas.

»Fiel a su juramento de complacerme en todo, vuelve con la escolta según mis deseos para que lo recompenséis por lo heroicamente que ha cumplido su cometido más allá de los dictados de su corazón...»


La princesa Poema, antes de atar el mensaje a la patita coral de la paloma, lo leyó en voz alta para tranquilizarlos. Pero no era el miedo a las represalias lo que aguijoneaba a los guerreros sin dejarlos marchar en paz. Era que, por primera vez en sus vidas, buscaban razones para convencerse de que se sentían seguros por no tener que elegir. «El que obedece no se equivoca», les habían enseñado. «¿El que obedece no se equivoca?», se repetía ahora en un lugar desconocido de su mente. «Y qué es la obediencia, qué es la equivocación.»

Sin embargo, la disciplina se impuso y continuaron su camino hacia la frontera, con las manos bien firmes en las bridas y cantando himnos para no distraerse con vanos y desazonadores interrogantes. Sólo el cochero, que, como no tenía montura,

iba muy rezagado, volvió atrás la cabeza y pudo ver que la carroza era un cesto de lirios silvestres y, erguida sobre ellos, con el vestido ondeando, agitándose a sus espaldas como las melenas blancas de los caballos de tiro, la princesa Poema esperaba.

Y ésta fue la última imagen de la princesa Poema, tal como el cochero se la describió a los reyes para que la guardaran cuidadosamente entre los repliegues del desconsuelo.

Y siguieron sucediéndose los días, con sus zozobras y esperanzas. Tanto si se fiaban de los presentimientos desalentadores como si desconfiaban de ellos, o si en los pronósticos imparciales de las estrellas encontraban motivos ya fuere de ánimo o de congoja, lo cierto es que, en ningún momento, obtenían ni calma ni resignación. Día y noche se turnaban los vigías atisbando, en la linea del horizonte, en el vuelo de las palomas o en el retumbar de la tierra, el anuncio de una embajada. En los confines del reino aguardaba incesantemente una escolta de honor cuyo capitán detenía a aquellos que cruzaran la frontera. Se sometía a exhaustivo interrogatorio en busca de noticias a todos los que venían, y se importunaba con ruegos y mensajes a todos los que se marchaban.

Así transcurrió lo que quedaba de la primavera. Y el verano. Y el otoño. Y el invierno. Así empezó otro año su declive.

En el reino, sin la princesa Poema faltaba esa sorpresa que atrae la atención hacia la magia de lo cotidiano, esos juegos instantáneos como chisporroteos de bengalas que, aunque no son aún poesía, la ayudan a intuir el secreto de las cosas. Y el reino fue sumiéndose en algo más terrible que la supresión de las palabras, pues no era el silencio lo que se había instalado en ellos, sino la imposibilidad de representar lo que no puede expresarse.

Y llegó, nuevamente, el 9 de abril. Poco a poco, la luz del día iba intensificándose avivando la incertidumbre. Y los corazones del rey y la reina estaban tan alborotados por la desesperación que, cuando todo el reino se sacudió por el galope que se aproximaba, no lo oyeron. O, mejor, no lo identificaron. Pensaban que era el insoportable estruendo de la angustia. Pero el galope era de alegría.

Los vigías, sin embargo, distinguieron enseguida, en el jinete que a tanta velocidad se acercaba, a la princesa Poema, y rápidamente fueron a abrir las puertas de la ciudad y avisar a los reyes y a izar las banderas para el recibimiento.

La princesa Poema entró en la ciudad entre vítores, redobles de tambores y cabriolas de niños y niñas cubiertos de cascabeles. De cada balcón se colgaron guirnaldas de bienvenida y se lanzaron cohetes aunque, como era de día, no lucieron nada. Pero todos estaban muy contentos.

El rey y la reina se precipitaron escaleras abajo y, sin cuidarse en absoluto del protocolo, apenas descabalgó la princesa la abrazaron los dos a la vez.

-¿Cómo es que vienes sola? -indagó el rey cuando se repuso de la emoción.

-Había una guardia de honor esperándote -dijo la reina.

-Para volver a casa sólo se necesita un caballo rápido -respondió la princesa.

Al día siguiente, sometieron a la princesa a un riguroso examen médico. Estaba rebosante de salud, había recuperado las palabras antiguas, había aprendido otras muchas y los doctores, aunque reticentes en admitir prodigios, firmaron el alta unánimemente.

-¡Qué bien! -dijo su dama de compañía al saber la noticia-: ¡ya podemos jugar de nuevo!

-Tienes que enseñarnos otra vez -le pidieron ilusionadas sus camareras-: hemos perdido práctica.

Pero para la princesa Poema el lenguaje ya no era un simple pasatiempo, ni cautivarse con la elegancia de su melodía, ni ensayar con la belleza de sus palabras: era penetrar en la conciencia de sus signos. Pero no sabía cómo hacer. Aun cuando sus experiencias le habían proporcionado herramientas valiosas, desconocía las instrucciones de uso. Incluso, con las palabras de su idioma familiar, no encontraba una ruta correcta. Cruzaba palabras con los demás, pero no acertaba a llegar a un acuerdo.

-Princesa, ¿es cierto que esos salvajes roban niños para comérselos crudos?

-Eso mismo se dice de nosotros entre ellos.

-¡Qué ignorantes! ¿Y tú qué les contestabas?

-Pues poco más o menos lo mismo que me contestaban ellos a mí para rebatirme.
-Ah, pues yo ni siquiera les hubiera dejado abrir la boca sin partirles los dientes.

-A alguno de allí también le hubiera agradado hacerme una cosa por el estilo en vez de escucharme.

-Son unos bestias.

-Princesa, habrás sufrido mucho entre esos malvados.

-Los médicos dicen que estoy completamente curada.

-¿Quieres decir que son más sabios que nuestros sabios esos infieles?

-No entiendo por qué los llamas así.

-Porque lo son. No adoran al Dios verdadero.

-No adorarán al nuestro, pero al suyo bien que lo respetan.

-Son nuestros enemigos y debemos exterminarlos.

-Dios prohibe matar.

-Dios está de nuestra parte.

-En los campos de batalla, unos combaten con espadas en forma de cruz y otros con cimitarras como medias lunas. Esto no significa nada: cada cruz y cada media luna tiene sus mártires y sus asesinos.

-Contigo no se puede hablar.

-Princesa, debes ser más prudente. No se puede escuchar por igual a la verdad y al error.

-Yo sólo escucho a la gente.

-Pues vas lista si haces caso a todo el mundo, porque cada uno te dirá una cosa.

-Pero es la única manera de llegar a una conclusión.

-Las cosas son como son y basta.

-Si en la oscuridad se pierden cinco personas y una dice que se ha encontrado con una serpiente, otra que con un sable, la tercera que con un muro, la cuarta que con un tronco de árbol y la quinta que con una cuerda, ninguna ha mentido; pero hasta que no conoces toda la información no comprendes que estás ante un elefante.

-No quieras saberlo todo. Eso no te puede traer sino disgustos y quebraderos de cabeza.

Ciertamente, atender tanto a lo que nos conviene como a lo que no con interés y paciencia es una lección dura de aprender. La princesa Poema estaba confusa porque no podía hacerse con palabras que la ayudaran; y los demás estaban defraudados y recelosos. No les gustaba que hubiera cambiado.

-No nos podemos entender con ella -se quejaban.

-No piensa como nosotros.
-Le han lavado el cerebro.

-Deberíamos observarla -decidieron.

La princesa Poema, ajena a esta conjura, iba todas las tardes a las mazmorras reales. Miraba a los prisioneros y les decía:

-No sois monstruos, ¿cómo nadie se da cuenta? No somos monstruos, ¿acaso lo sabéis? No somos peores que el peor de los vuestros, ni el mejor de vosotros lo es más que el mejor de nosotros. ¿Por qué no podemos entendernos? Por favor, ayudadme.

-Deberíamos avisar a la reina -concluyeron los consejeros del rey, una vez que estudiaron las transcripciones que les habían entregado los espías.

-Hija, me han dicho que prestas oídos a las insidias de esos perros rabiosos. ¿Es cierto eso?

-Según. Sólo el hecho de estar en prisión y que sean nuestros prisioneros es lo que te da derecho a considerarlos así. Existen pruebas sobradas de que lo son.

-También de que nosotros somos sus carceleros, sus opresores y sus tiranos.

-¿Es que no crees en la justicia?

-La justicia es algo misterioso. Más que juzgarlos, prefiero sufrir con ellos.

-Son los enemigos.

-Sí, mamá. Pero si ellos fueran los vencedores, estaríamos nosotros en sus cárceles y el rey sería reo de muerte. ¿Es justo que nos transformemos en despreciables por haber contado con menos tropa o habernos equivocado en la estrategia?

-¡Hija!

La princesa Poema en sus encuentros con los prisioneros había hecho muchos progresos en la lengua de ellos, y ellos también lo habían hecho en la de ella. Pero lo más importante es que estaba aprendiendo a «comprender», es decir: a recibir los reflejos de los otros y contenerlos e incluirlos en su corazón.

Cada día se esforzaba para llevarles lo que ellos más pudiesen necesitar. Conseguir adivinarlo era su tarea. Los espías podían verla, al atardecer, corriendo hacia las mazmorras con el rostro encendido de alegría y el delantal abultado misteriosamente.

Decididamente, la princesa Poema era una renegada y una traidora.

Había que rendirse a lo evidente y obrar en consecuencia: denunciarla al rey.

-Señor -dijeron los consejeros al rey-, sabemos que su hija emplea las provisiones destinadas a nuestros pobres y a nuestros huérfanos para socorrer a los prisioneros.

A la tarde siguiente, la detuvieron cuando iba a su visita diaria y la condujeron ante el rey.

El salón del trono ofrecía un aspecto imponente. Allí estaban los nobles caballeros, los altos mandatarios y los consejeros reales. El rey, con voz firme, le ordenó que se acercara.

-Se te acusa de que desvalijas las despensas reales para proveer a nuestros enemigos.

-Papá, lo único que necesitan son palabras para decir por ellos mismos lo que nadie, jamás, ha podido decir por nadie. Te aseguro que de esas palabras se sufre un hambre más terrible que el hambre de pan.

-¿Qué llevas entonces en el regazo? Enséñamelo.

-Es sólo una rosa, papá -respondió la princesa.

Un murmullo de incredulidad recorrió la sala.

-Dámela -dijo el rey-: la luciré junto a mi cetro para acallar las habladurías. Los señores son testigos.

-Es la Rosa de la Poesía. No puedo consentir que la exhibas como adorno ni que la asocies a tu vara de mando, papá.

Gritos de indignación recorrieron los estrados. El maestro de ceremonias la golpeó con su vara.

-¡Insolente! Arrodíllate ante el rey.

El rey tenía los ojos brillantes y era incapaz de contener su pena.

-Hija mía, ¿por qué no quieres desmentir a tus calumniadores?

-Porque la mentirosa es ella. Ninguna rosa abulta tanto -dijo una voz anónima.

-¡Eso! -corearon muchos-: hay que arrebatársela.

-Deteneos -dijo el rey, pero no pudo hacerse oír.

Todos se precipitaron contra ella como aves rapaces. La derribaron, la golpearon, rasgaron sus vestidos.

Efectivamente, de su delantal cayó una rosa. Una rosa traspasada por innumerables rayos: la Rosa de los Vientos, con todas las direcciones desde las que se pueden mirar las cosas, pues la realidad no tiene una única manera de mostrarse. Y todos se apartaron confundidos.

El rey pudo acercarse a la princesa. La alzó, la consoló y, respetuosamente, le devolvió la Rosa para que la siguiera apretando contra su pecho.

-Hija -le dijo el rey con ternura-, estoy orgulloso de ti como padre pero, como soberano obligado a gobernar entre las más contradictorias opiniones, tengo algo que pedirte.

-Sí, papá -contestó la princesa.

-Quiero que tu Rosa sea patrimonio de todos. Que esté expuesta en las torres, en los cruces de caminos, en los estandartes del reino, como enseñanza de que, por muy opuestas que sean las direcciones, siempre hay un centro de verdad adonde converger.

-Gracias, papá -dijo la princesa, alargándole la Rosa de la Poesía.

Poesía, según el diccionario, quiere decir «fuerza de invención, fogoso arrebato, sorprendente originalidad y osadía...». Por eso, no se debe temer alterar la razón para que se exprese lo intuido; ni penetrar más allá de lo que los sentidos captan para reconocer lo esencial; porque más allá no hay monstruos, sino una mirada distinta para comprender mejor el misterio.

Poema en árabe se dice qasída. Casida es el nombre de una princesa musulmana, hija del rey de Toledo y cuya vida transcurrió a mediados del siglo XI. Ella también socorría a los cristianos prisioneros y cuenta la leyenda que, sorprendida por su padre, los alimentos que había recogido en su delantal para ellos se le convirtieron en rosas. El nombre de la rosa representa a esas palabras indispensables e insustituibles que tan claramente significan por ellas mismas que es imposible definir qué significan.

La princesa Casida enfermó gravemente y ningún físico de la corte conseguía curarla, y como llegara la fama de cierta laguna milagrosa cerca de Briviesca, su padre no dudó en dejarla ir a tierras enemigas. Una vez allí, Casida despidió a su escolta y se sometió a la acción benéfica de las aguas. Los habitantes de los contornos recibieron con fervor a la princesa musulmana pues, como pudieron comprobar, su presencia ahuyentó a las alimañas, a las heladas, al granizo y a los forajidos que asaltaban a los viajeros. Allí se le edificó un santuario y, todavía hoy, cada 9 de abril, acuden los vecinos en romería para venerarla. La llaman santa Casilda.

Éste es otro ejemplo de que más allá no hay monstruos, de que no es peligroso asomarse al exterior y de que ni el diablo ni el ángel han logrado aún firmar un contrato exclusivo con ningún pueblo, raza, religión o cultura, por más que lo lleven intentando. Aunque las batallas que libran entre ellos a todos nos conciernen.

En el siglo XIII, el rey poeta Alfonso X el Sabio fundó en Toledo la Escuela Real de Traductores, con el fin de que el pensamiento y la ciencia no fueran patrimonio de un solo idioma y pudieran difundirse entre todos los pueblos.




viernes, 23 de mayo de 2008

De El Jardín dorado




Dice Gustavo Martín Garzo en su última novela: "El jardín dorado"que publica Lumen, aborda la historia del minotauro desde un punto de vista inédito: el de la mirada femenina de Ariadna, la hermana del monstruo en su laberinto, emparentada con otras contadoras de historias como Sherezade.

Ariadna dice: No es verdad que la vida nos pertenezca. No somos dueños de ella, porque en cada uno de nosotros resuenan las vidas de los demás. Somos los ecos de esas vidas, el entrecruzarse de los caminos que recorremos con nuestros propios pies y de los caminos que siguen los que amamos. Es eso lo que significa el laberinto: todos los caminos en uno.