
Tengo un diccionario filosófico de Fernando Sabater, gran divulgador de la filosofía. La primera palabra con la que comienza es con alegría.
Habla del júbilo vital, del joi de vivre, del desafío de la alegría.
Entiende la alegría no como la conformidad alborozada con lo que nos ocurre en la vida, sino con el hecho de vivir.
"No es la vida lo que amamos, dice Stevenson, sino el vivir."
A pesar de que le tocaron, como a todos los hombres malos tiempos (Borges habalndo de uno de sus anepasados) la alegría sobreviene. Nos invita a desborzar el camino por el que pasa la alegría y a defenderla contra sus peculiares roedores.
Es vano esperar de la realidad más de lo que puede dar pero la alegría obtiene de la realidad más de lo que puede razonablemente esperar.
La alegría, solo ella, merece ser llamada divina. Se manifiesta a pesar de todos los pesares propios o ajenos. No porque los ignore sino porque los vence.
"Los pesares provienen de aquello que en la vida sucede y la alegría de aquello que la vida es, del hecho de vivir.

La alegría es la esencia oculta de los mortales.
La persona que tiene mucha alegría es necesariamente buena: pero tal vez no sea la más lista, aunque consigue precisamente aquello que la más lista trata de conseguir con toda su listeza.
Nada e la vida ni en la muerte es obstáculo definitivo para la alegría.
Es unas ganas de decir "sí". Un asentimiento a la vida.
La palabra alegría viene acaso de aligerar, que es hacer perder peso.
Estar alegre, querer estarlo por encima de todo lo demás. Pierde su gravedad lo real sin dejar de serlo y ya no nos aplasta sino que nos impulsa, pese al abismo sin fondo sobe el que danzamos.
Felicidad, placer, alegría, son cómlices, son variables de un mismo asentimiento.
Dice Baltazar Graciían:
"Tomarse las cosas con filosofía no significa tomárselas con resignación ni tampoco con gravedad, sino tomárselas alegremente."
Habla del júbilo vital, del joi de vivre, del desafío de la alegría.
Entiende la alegría no como la conformidad alborozada con lo que nos ocurre en la vida, sino con el hecho de vivir.
"No es la vida lo que amamos, dice Stevenson, sino el vivir."
A pesar de que le tocaron, como a todos los hombres malos tiempos (Borges habalndo de uno de sus anepasados) la alegría sobreviene. Nos invita a desborzar el camino por el que pasa la alegría y a defenderla contra sus peculiares roedores.
Es vano esperar de la realidad más de lo que puede dar pero la alegría obtiene de la realidad más de lo que puede razonablemente esperar.
La alegría, solo ella, merece ser llamada divina. Se manifiesta a pesar de todos los pesares propios o ajenos. No porque los ignore sino porque los vence.
"Los pesares provienen de aquello que en la vida sucede y la alegría de aquello que la vida es, del hecho de vivir.

La alegría es la esencia oculta de los mortales.
La persona que tiene mucha alegría es necesariamente buena: pero tal vez no sea la más lista, aunque consigue precisamente aquello que la más lista trata de conseguir con toda su listeza.
Nada e la vida ni en la muerte es obstáculo definitivo para la alegría.
Es unas ganas de decir "sí". Un asentimiento a la vida.
La palabra alegría viene acaso de aligerar, que es hacer perder peso.
Estar alegre, querer estarlo por encima de todo lo demás. Pierde su gravedad lo real sin dejar de serlo y ya no nos aplasta sino que nos impulsa, pese al abismo sin fondo sobe el que danzamos.
Felicidad, placer, alegría, son cómlices, son variables de un mismo asentimiento.
Dice Baltazar Graciían:
"Tomarse las cosas con filosofía no significa tomárselas con resignación ni tampoco con gravedad, sino tomárselas alegremente."