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viernes, 2 de marzo de 2018

Objetos


OBJETOS por Julio Ramón Ribeyro

¡Cuánto tienen que circular los objetos para encontrar en una casa el lugar que les conviene!!  En los pocos años que llevamos en la Place Falguiere, sillas, lámparas, cuadros, estantes, han sido protagonistas de un fatigante periplo, que los llevó de pieza en pieza y de rincón en rincón. Algunos, es verdad, se adaptan con facilidad y terminan por habitar pacíficamente con sus vecinos. Otros, los insociables, los réprobos, no encuentran posición ni lugar y transitan sin descanso de un espacio a otro, sin echar amarras en ningún sitio. Mal que bien, a regañadientes, terminan a veces por aceptar una equina y llevar ahí una vida que yo adivino plena de incomodidad y resentimiento.  Pero hay también los irrecuperables, aquellos que no transigen con nada y como castigo a su espíritu subversivo son recluidos en el fondo de un cajón o en la oscuridad de un sótano.
Objetos terribles, condenados, que deben estar tramando en silencio alguna venganza atroz.


domingo, 19 de noviembre de 2017

Si los gatos hablaran

Si los gatos hablaran de Julio Ramón Ribeyro, cuentista peruano. 
«A veces tengo la impresión de que mi gato quiere comunicarme un mensaje. La obstinación con que me observa, me sigue, se me acerca, se frota contra mí, me maúlla, va más allá que el simple testimonio de sumisión de un animal doméstico. Advierto en su mirada inteligencia, prisa, ansiedad. Pero nada podré recibir de él, aparte de estas señas enigmáticas. Entre él y yo no hay siglos, sino centenares de siglos de evolución y somos tan diferentes como una piedra de una manzana. Él, a pesar de vivir en nuestra época, sigue derivando en el mundo arcaico del instinto y nadie podrá comprenderlo sino los de su especie. Tendrán que transcurrir aún centenares de siglos para que la distancia que nos separa tal vez se acorte y pueda al fin entender lo que me dice, lo que seguramente no pase de un lugar común: hay una mosca, hace calor, acaríciame. Como cualquier ser humano, en suma»[4].


domingo, 24 de mayo de 2015

De Julio Ramón Ribeyro

 
De Julio Ramón Ribeyro
 

“Cada lector es como un ejecutante de una partitura.”
“No hay que buscar la palabra más justa ni la palabra más bella, ni la palabra más rara. Buscar solamente tu propia palabra. “
 
“Lo que he escrito ha sido una tentativa para ordenar la vida y explicármela, tentativa vana que culminó con la elaboración de un inventario de enigmas.”
 
“Si alguna certeza adquirí es que no existen las certezas.”
 
“Es penoso irse del mundo sin haber adquirido una sola certeza. Conocerse será siempre el problema de todos los hombres.”
“Escribir, más que transmitir un conocimiento es acceder a un conocimiento. El acto de escribir nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva o caótica. Muchas veces las conocemos o las comprendemos solo cuando escribimos. Otra de las formas de conocerse es a través del amor, a través  de la relación con una mujer. No solamente de conocerse sino de conocer. Siempre una relación amorosa  es un libro donde uno aprende una cantidad de cosas sobre sí mismo y sobre el mundo. Es como un puente que abre perspectivas que jamás había visto uno.”

 

domingo, 13 de julio de 2014

Los amigos de Julio Ramón

En estos días en los que se acaba de presentar una nueva edición de Los dichos de Luder de Julio Ramón, un texto suyo sobre los amigos:

Los amigos para Julio Ramón Ribeyro


"Cada amigo es dueño de una gaveta escondida de nuestro ser, de la cual sólo él tiene la llave e, ido el amigo, la gaveta permanece para siempre cerrada.

Alejarse de los amigos es así clausurar parte de nuestro ser. Yo habría sido diferente si hubiera continuado frecuentando a ciertos amigos de mi juventud.

Pero las circunstancias nos separaron y continuamos viajando cada cual por su lado y por ello mismo mutilados. De ahí que a cierta edad sea difícil hacer nuevos amigos.

Todas las facetas que ofrecía nuestra personalidad han sido ya copadas, ocupadas, selladas por las viejas alianzas. No hay superficie libre donde la nueva amistad pueda asirse.

Salvo que el nuevo amigo se parezca extremadamente al anterior y se valga de esta semejanza para penetrar por efracción al recinto secreto de la primera amistad. Pero por más afecto que nazca siempre será el imitador, el falsario, el que no accederá jamás a la cámara más preciada.

Cámara irrisoria, seguramente, que no guarda a lo mejor más que un montón de pedregullo, pero que a los ojos del amigo, del primero, convertían en lo que él quería ver: lo irremplazable."  

Julio Ramón  Ribeyro

sábado, 14 de junio de 2014

El amor a los libros de Julio Ramón Ribeyro

Acaban de presentar una nueva edición de Los dichos de Luder de Julio Ramón. Acá un texto suyo en el que nos habla de su pasión por los libros.

"El amor a los libros" por Julio Ramón Ribeyro
 
 
 
Alfredo González Prada cuenta que su padre, don Manuel, sentía por los libros un respeto casi religioso, al extremo que era incapaz de subrayarlos o trazar notas marginales. Se contentaba con redactar largas tiras de comentarios que añadía cuidadosamente al final de cada libro leído. Todo ello indica que don Manuel no amaba a los libros, sino que era un “respetuoso” lector.
En realidad, existe un amor físico a los libros muy diferente al amor intelectual por la lectura. Por lo general, el gran lector no ama los libros, así como el don Juan no ama a las mujeres. El gran lector coge los libros conforme caen en sus manos, los usa y los olvida. El amante de los libros, en cambio, los ama en sí mismos como cuerpos independientes y vivos, como conjunto de páginas impresas que es necesario no solamente leer, sino palpar, alinear en un estante, incorporar al patrimonio material con el mismo derecho que al bagaje del espíritu. El amante de los libros no aspira solamente a la lectura sino a la propiedad. Y esta propiedad necesita observar todas las solemnidades, cumplir todos los ritos que la hagan incontestable.
El amor a los libros se patentiza en el momento mismo de su adquisición. El verdadero amante de los libros no tolera que el expendedor se los envuelva. Necesita llevarlos desnudos en sus manos, irlos hojeando por el camino; meter los pies en un charco de agua, sufrir todos los trastornos de un primer encantamiento. Llegando a su casa, lo primero que hará será grabar en la página inicial su nombre y la fecha del suceso, porque para él toda adquisición es una peripecia que luego será necesario conmemorar. Con el tiempo dirá: “Hace tantos años y tantos días que compré este libro”, como se dice: “Hace tanto tiempo que conocí a esta mujer”.
Cumplido este requisito, el amante de los libros, cogerá el primer objeto que encuentre a su disposición -sea regla, tarjeta u hoja de afeitar- y comenzará a cortar las páginas del libro y lo irá leyendo progresivamente con vehemencia, con sobresalto; como se ama a una novia conforme se la va descubriendo. Y durante el proceso de la lectura no resistirá ninguna tentación. Lo cubrirá de caricias y rasguños. Las páginas se irán cubriendo de “ojos” admirados, de objeciones marginales a sus ideas atrevidas, de interrogaciones a sus párrafos oscuros. Y solamente así -después de haberlo hecho viajar en tranvía, después de haberse introducido con él a la cama- podrá decir que ha leído ese libro, que lo ha poseído, que lo ha amado.
Es por este motivo que el amante de los libros es intolerante con los libros ajenos. Leer un libro ajeno es como leerlo a medias. Si el libro es nuevo el lector necesitará observar cierta cortesía -forrarlo, probablemente- necesitará, además ser condescendiente con sus ideas, aceptar políticamente algunos puntos discutibles, combatir de continuo sus impulsos voraces y contentarse, por último, a dar aquí y allá un ligero toquecito a fin de no hacer ostensible, a ojos del propietario ese abuso de confianza. Si el libro prestado es viejo y releído la situación varía radicalmente.  El lector se enfrentará a él con la animosidad, con el escepticismo de quien se apresta recorrer una floresta yá explorada, de la cual se ha recogido sus más sabrosos frutos. Cuando más, se limitará a descubrir algún rincón oculto que pasó inadvertido al propietario y en el cual pondrá el regocijo de un verdadero hallazgo.
Por esta misma razón, el amante de los libros no puede frecuentar las bibliotecas públicas. El acto le parecerá tan humillante y pernicioso como visitar las casas de tolerancia. Los libros puestos a disposición de la comunidad son libros indiferentes, son libros fríos con los cuales no nace un acto de verdadero amor, no se crea una relación de confianza. Frente a ellos, solamente, podrá a veces practicarse algún acto de brutalidad, como arrancar una de sus páginas. Hay gente, sin embargo, que sólo lee en las bibliotecas públicas y eso revela, en el fondo, una profunda incapacidad para amar.
Un libro leído y amado es un bien irremplazable. Al gran lector no le pesará perder o regalar un libro suyo porque podrá adquirir otro idéntico. Para el verdadero lector no existen libros idénticos, por semejantes que sean. Cada libro es para él una amistad con todas sus grandezas y sus miserias, sus disputas y sus reconciliaciones, sus diálogos y sus silencios. Al releer estos libros -el amante es sobre todo un relector- irá reconociendo sus horas perdidas, sus viejos entusiasmos, sus dudas inútiles. Un libro amado es un fragmento de vida, Perdido el libro, queda un vacío en la memoria que nada podrá remplazar. Los verdaderos amantes de los libros inscriben su vida en ellos. Se podría adivinar el carácter de una persona, se podría incluso trazar su biografía, examinando no solo qué libros ha leído, sino cómo los ha leído.
El amor a los libros, como toda pasión violenta, está sujeto a una serie de arbitrariedades. A menudo, por atención al formato se es injusto, se es injusto con el contenido. Es frecuente tener a nuestra disposición durante muchos meses un libro sin que nos dignemos a abrirlo porque su encuadernación nos produce una viva antipatía. Un amigo me confesaba que durante mucho tiempo Stendhal le pareció un mal escritor, porque la edición de Rojo y Negro que tenía era una edición vulgar, mal vestida, plena de errores tipográficos. Pero le bastó ver la misma novela en una bella vitrina ataviada no se sabe para qué feria, para que de inmediato cobrara por ella una simpatía irresistible. La consiguió, naturalmente, y hasta la fecha –la novela- no la ha quitado de su cabecera.
Esto no quiere decir que el amante de los libros se deje seducir por el lujo. Para él, una edición áspera al tacto, una edición plebeya será tan inadmisible como una en papel Holanda. Hay libros que por su insolente belleza intimidan: su forro de piel, el oro que recarga su superficie nos indican de inmediato que debe tratarse de un libro caro, de un libro incómodo y difícil de usar, el cual no podremos, por ejemplo, poner en la mesa de un restorante sin que corra el peligro de mancharse. Despertaría, además, la codicia de nuestros amigos, y no faltaría uno que lo pidiera prestado por una noche y no lo devolviera jamás.
Un libro, para ser amado, necesita poseer otras y más delicadas cualidades. Necesita, en realidad, un mínimo de decoro, de gusto, de misterio, de proporción; en suma, aquellas cualidades que podemos exigir, discretamente, en una mujer. Por esta razón es que entre las mujeres y los libros existen tantas secretas correspondencias. Hay libros que terminan su vida solitarios, que jamás encuentran un lector. Hay lectores que jamás encuentran su libro.
Texto originalmente publicado en el Diario “El Comercio”, Lima, 14 de julio de 1957.  Tomado del libro “La Caza Sutil” pg.45-47; Editorial Milla Batres, 1976. Este libro reúne 21 artículos y ensayos de Crítica Literaria de Julio Ramón Ribeyro
 

sábado, 17 de octubre de 2009

Con Julio Ramón en Lima



En ABRA, nuestro taller,el otro día luego de que álguien trajese un pisapales antiguo que había pertenecido a su abuela, hablábamos del hermoso cuento "Ridder y el pisapapeles" de Julio Ramón Ribeyro. Recordé la primera vez que ví a mi admirado Ribeyro. Fue en el auditorio del Banco Continental, venía de París a dar una conferencia. Al cabo de unos días de su presentación le escribí a un amigo contándole:

De 1984.- Julio Ramón nos dio su visión pesimista del futuro de esta supuesta generación y sobre todo de sí mismo. Nos dejó con la miel en los labios. Estaba muy nervioso y no era para menos, un auditorio violento rompía las puertas por falta de espacio, tantas lectoras admiradoras desconocidas tan jóvenes, amigos que no veía hacía tiempo, por lo menos ocho años, la televisión, los fotógrafos irrespetuosos, su poca voz, su debilidad. Se sentía extraño y perturbado. Tuvieron que flanquearlo como si se tratáse de un político y una masa de gente pretendió pedirle autógrafo. Era demasiado. Confesó que sus cuentos sólo pagaban sus caprichos: discos, vino cigarrillos. Verlo de cerca produce más tristeza. (Extracto de Mis cartas)