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domingo, 2 de mayo de 2010

Sobre Cartier-Bresson








Las fotos invisibles de Cartier-Bresson
ANTONIO MUÑOZ MOLINA 01/05/2010 Diario El País


Durante casi treinta años, toda la última parte de su vida, Henri Cartier-Bresson no tomó ninguna fotografía. Probablemente, por un hábito antiguo de la mirada, siguió viendo a su alrededor fotos posibles, instantes en los que la realidad parecía organizarse de manera espontánea en una composición más armoniosa porque era casual. Se palparía los bolsillos del abrigo con un reflejo ya inútil para buscar su Leica y levantarla como se lleva un cazador la escopeta a la cara. Pero un momento después la imagen posible ya se había desvanecido, y él disfrutaría sin nostalgia de ese alivio profundo de no tener que hacer nada, de no vivir con el sobresalto de observar las cosas y no dejar que se perdieran. Después de casi medio siglo de recorrer el mundo se había convertido por fin en un jubilado sedentario, a una edad en la que todavía estaba fuerte y saludable, sesenta y tantos años, reverdecido por el amor de una esposa joven. En algunas de sus fotos tardías aparece ella, Martine: en una tiene las piernas flexionadas y desnudas, bajo una falda muy corta, y se parece a Catherine Deneuve en Belle de jour.


Henri Cartier-Bresson
Nacimiento: 22-08-1908 Lugar: París


En las salas gigantes del MOMA las fotos se suceden con un criterio tan sofisticado que produce mareo.
En 1975, jubilado de la fotografía y de las convulsiones del mundo de las que había sido testigo durante tanto tiempo, Henri Cartier-Bresson era un caballero distinguido que paseaba por París con un cuaderno de dibujo y un lápiz en vez de una cámara. Le gustaba decir que una foto era un dibujo instantáneo; ahora descubría con agrado que el dibujo equivalía a un acto reposado de meditación. Disfrutaba de la ironía de ser universalmente celebrado por un oficio al que ya no se dedicaba. El gran fotógrafo del siglo no tocaba nunca una cámara y no guardaba ninguna en su casa. Quienes entraban en ella para hacerle alguna entrevista ocasional miraban por las paredes o las repisas sin encontrar ninguna foto. En una habitación al fondo de un pasillo distinguían los rojos y los azules vibrantes de un cuadro de Matisse.

Pero en Cartier-Bresson siempre había habido una tendencia a la falta de énfasis y al despojamiento de toda apariencia de esfuerzo y de complicación que no serían ajenas a sus inclinaciones budistas. "Una mano de terciopelo, un ojo de halcón", decía. Frente al melodrama de tantos fotógrafos que se cuelgan del cuello cámaras y teleobjetivos y toda clase de artefactos como trofeos de guerra él iba tan ligero con su simple Leica como si no llevara nada, como si para obtener una buena foto sólo hiciera falta un cierto estado de alerta y contemplación y el fogonazo de la mirada. El arte moderno, heredero perpetuo de la egomanía del Romanticismo, se obstina en la proyección casi obscena del yo del artista sobre una realidad que ha de ser como arcilla maleable para las visiones o los caprichos de su talento. En Cartier-Bresson lo que hay muchas veces es la observación circunspecta de un haiku. Más que un autor que impone sobre el mundo su sombra prestigiosa y cada línea de las huellas dactilares de su estilo, el fotógrafo es un testigo que se hace a un lado y señala con el dedo, ofreciéndonos educadamente la posibilidad de ver algo, una escena o una presencia humana que suceden sin que las organice o las manipule nadie. Educado de muy joven en la severidad compositiva del cubismo y de los cuadros de Poussin, Cartier-Bresson se pasó más de la mitad de su vida ejercitando su mirada, usando el disparador de la cámara en lugar de los lápices y los pinceles, el aire mismo de la realidad en vez de la superficie del lienzo; ejerciendo no una técnica, sino una actitud. Nadie la ha explicado mejor que él mismo: "El reconocimiento simultáneo, en una fracción de segundo, de la significación de un hecho, así como de la precisa organización de las formas que le dan a ese hecho su expresión adecuada".

Contra una pared formidable llena de desconchones y rozaduras y manchas de humedad y de mugre un niño de cabeza pelona vestido con un mandil de niño pobre parece que salta en éxtasis mirando hacia el cielo. Al fondo de un laberinto de escaleras una esquina encalada da paso a un callejón por el que circula un ciclista como una centella vagamente borrosa. Un momento después ese niño español de 1933 ya no estará como suspendido en ese vuelo de felicidad, porque habrá caído al suelo la pelota hacia la que eleva los ojos, y que nosotros no vemos en la fotografía. Un segundo antes, un segundo después, la perspectiva cubista de las escaleras que bajan hacia la calle no habría sido misteriosamente completada por esa silueta del ciclista anónimo que no tardará más de un segundo en pasar. La contemplación es tan activa que no permite el letargo. La búsqueda de lo excepcional es una forma de alerta entre desapegada y alerta hacia lo cotidiano. Las familias de obreros que pasan un domingo del verano de 1938 comiendo y bebiendo al fresco de la orilla arbolada del Sena repiten sin saberlo con sus actitudes una coreografía de indolencia que viene de Seurat y de Manet y más allá de Poussin, una Arcadia francesa.

Nunca había visto más fotos juntas de Cartier-Bresson que en esta exposición inaugurada hace poco en el MOMA. Casi nunca me ha costado tanto mirarlas. La fotografía, por sus dimensiones, por la cercanía emocional que establece con el espectador, requiere espacios más confidenciales, no las salas inmensas que hay ahora en la sexta planta del museo, al final de un ascenso por las escaleras mecánicas que se le añadieron en su renovación de hace unos años, y que contribuyen a darle un tumulto como de centro comercial. Con su cafetería ruidosa y sus tiendas de diseño, con su restaurante tan pijo de nouvelle cuisine y sus exposiciones bullangueras y mediáticas de Tim Burton, de Marina Abramovic, de fuegos de artificio digitales, el MOMA se ha convertido en un lugar atractivo para casi todo, salvo para el disfrute sosegado del arte. Hay que contratar arquitectos estrellas para que los museos llamen la atención y salgan en los periódicos; hay que recaudar más millones que nunca para pagar las minutas de los arquitectos y el mantenimiento desmesurado de sus nuevos edificios; hay que organizar exposiciones lo bastante espectaculares como para que atraigan multitudes gracias a las cuales se multiplicará la recaudación y se disipará la sospecha siempre incómoda de elitismo.

Y por supuesto los comisarios se esforzarán en dejar también su propia huella en la disposición de las obras mostradas, casi siempre con un pretexto de originalidad que conduce directamente al embarullamiento. En las salas gigantes del MOMA las fotos de Cartier-Bresson se suceden con un criterio tan sofisticado que produce mareo, impulsándolo a uno a añorar casi achacosamente el anticuado orden cronológico. Qué impaciencia por volver a casa y buscar en un catálogo esas fotografías tan queridas; o por salir a la calle con la esperanza de descubrir en la realidad una de esas fotos invisibles que Cartier-Bresson seguiría viendo aunque ya no llevara consigo la cámara.


Henri Cartier-Bresson: The Modern Century. MOMA. Nueva York. Hasta el 28 de junio. www.moma.org.

domingo, 15 de junio de 2008

Cartier- Bresson: un siglo de fotografías




Pienso que debemos estar atentos a todas las artes, las diferentes manifestaciones del espíritu, los distintos instrumentos que utiliza el hombre para expresarse. Cada manifestación artística es todo un mundo y el arte de la fotografía nos llena de gozo. Estamos por celebrar los cien años del nacimiento de Henry Cartier- Bresson uno de los fotógrafos más reconocidos del siglo pasado.

Borges-Cartier Bresson:
"A fin de cuentas, la foto en si misma
no me interesa
en absoluto.
Lo unico que quiero
es retener la realidad
una fraccion de segundo".





Del diario El País:
Centenario del fotógrafo francés Habla su viuda, la fotógrafa belga Martine Franck:
Henri Cartier-Bresson: Un siglo en fotografías
Fue el hombre que fotografió a Gandhi antes de morir, el primer fotógrafo que entró a la URSS post Stalin. Inmortalizó la liberación de París de 1945 y la caída del Kuomintang en China. Este año, Europa celebrará con exposiciones y simposios la obra del proclamado "padre del fotoperiodismo". Evelyn Erlij

El próximo 22 de agosto se cumplirá un siglo desde su nacimiento, y mientras en España se organizan muestras y homenajes en su honor, París se apronta para celebrar su centenario con un importante coloquio internacional sobre su obra.
Fueron cien años que alcanzó a vivir prácticamente en su totalidad: Henri Cartier-Bresson murió a la edad de 95 años, dejando como legado una vasta y variada colección de fotografías que registran algunos de los sucesos más conmovedores del siglo XX.Intuición, sensibilidad estética, capacidad de observación y humanidad. "Precisamente esas cualidades hicieron de su trabajo algo único. Ésas, más su mente abierta, libre de prejuicios, y sus ansias de libertad para expresarse", comenta desde París su viuda, la fotógrafa belga Martine Franck (Amberes, 1938), una de las personas que más lo conocieron, y con quien compartió sus últimas tres décadas de vida. Los presentó un amigo en común en 1967. Sería una de las pocas personas que lograrían fotografiarlo: el mito Cartier-Bresson consistiría, en parte, en ocultarse tras la cámara, evadir lentes intrusos y convertirse en un célebre desconocido.El misterioHasta el día de su muerte, el 3 de agosto de 2004, eran pocas las personas que reconocían su rostro de la misma forma en que identificaban su nombre. "Ser un fotógrafo conocido es una forma de poder, y yo no la deseo", confesó en una de las escasas conversaciones que mantuvo con un periodista . "Es un hecho que nunca buscó la fama, es verdad que nunca usó flash, y que sólo reencuadró tres fotografías durante su larga vida como fotógrafo", asegura Martine Franck cuando se le pregunta por la gran cantidad de mitos que hasta el día de hoy rodean la figura de su marido.Es que Cartier-Bresson trabajaba como un artesano: utilizaba el mínimo de recursos, fotografiaba con lente normal, no empleaba iluminación artificial y no montaba escenas como algunos de sus contemporáneos. No realizaba ningún tipo de efectos especiales con la cámara y no le interesaba alterar sus fotografías en el laboratorio. La composición geométrica era esencial, y lo fundamental, según él, era alinear la mente, el ojo y el corazón; captar aquel instante decisivo -concepto que dijo le pegaron a la piel como etiqueta-, y que él mismo definió como "el reconocimiento simultáneo, en una fracción de segundo, del significado de un hecho, y de la rigurosa organización de las formas que dan a ese hecho su propia expresión"."Lo que más admiraba de su trabajo era su originalidad y su falta de ideas preconcebidas", comenta su mujer, miembro de la agencia Magnum desde 1980. Ambos tenían en común la costumbre de fotografiar en blanco y negro para evitar la distracción del color y centrar su interés en la composición y la expresividad. No obstante, Franck aclara: "No hay duda de que Henri influenció mi manera de acercarme a la vida a través de la fotografía, pero yo trabajo de una forma muy distinta a la que tenía él, elaborando temas y volviendo al mismo lugar una y otra vez", en oposición a la espontaneidad que buscaba el fotógrafo francés en las imágenes que capturaba.Aunque Cartier-Bresson fue testigo de grandes hechos del siglo XX, algunas de sus fotografías más recordadas no son precisamente testimonios de eventos trascendentales para la humanidad, sino más bien escenas cotidianas protagonizadas por personajes desconocidos. "No diría que Henri entendía el fotoperiodismo como un ejercicio etnológico, ya que nunca trató de explicar los eventos o las situaciones", comenta su viuda, en respuesta a la denominación que algunos periodistas y teóricos de la fotografía han utilizado para describir su forma de practicar el oficio. "Él trabajaba más por instinto, guiado por su imaginación, por su fascinación por la gente y sus reacciones. Creo que su legado es, en parte, esa excepcional empatía que tenía por las personas", afirma desde la casa que compartió con su marido, ubicada a unos pasos del Jardín de las Tullerías.Es un hecho que no le atraía analizar las imágenes que tomaba. Su escaso interés en dar entrevistas no sólo se debía a que le parecían "interrogatorios de policía" (como alguna vez dijo), sino también por una particular reticencia a discutir sobre su trabajo. Según Cartier-Bresson, los registros fotográficos son capaces de hablar por sí solos, y la fotografía es algo simple: una acción inmediata que lucha contra el tiempo, un impulso que capta el instante y su eternidad."Son clásicos en los grandes artistas esta incapacidad y este rechazo a conceptualizar, teorizar y discutir su arte. Eso lo aburría, y lo entiendo. Además, él no era un intelectual", comenta su biógrafo, el periodista francés Pierre Assouline, autor de "Cartier-Bresson: El ojo del siglo" (ver recuadro). Por lo demás, tampoco creía que la fotografía fuese un arte en esencia. "No le interesaba el aspecto artístico. Son los galeristas, los historiadores del arte y los conservadores de museos quienes hicieron de la fotografía un arte", afirma Assouline.Su legado, hoy Martine Franck y su esposo se casaron en 1970, período en el que Cartier-Bresson decidió renunciar a la fotografía como oficio para dedicarse al dibujo y la pintura, disciplinas de donde provenía su afición por la composición, la geometría y la forma. La gran cantidad de imágenes que capturó durante los 40 años que trabajó como fotorreportero -sin olvidar los retratos y las fotografías de paisajes que tomó después de su retiro- obligó al matrimonio, junto a su hija Mélanie, a discutir el futuro de su herencia fotográfica."Decidimos crear la Fundación Henri Cartier-Bresson cuando me di cuenta de que su legado era demasiado inmenso para mantenerlo todo por mi cuenta", comenta su mujer. "Ambos teníamos una preocupación en común: que su trabajo permaneciese entero en Francia, para que no se vendiese o se dispersase a lo largo de los años. También nos importaba que su material se preservase en las mejores condiciones climáticas posibles. Él no quería un mausoleo o un museo sólo para sí mismo; al contrario. Por eso, se estipuló en nuestras leyes que la fundación se abriría a exhibir el trabajo de otros fotógrafos. Creamos, además, un premio que se entrega cada dos años para incentivar el trabajo de nuestros colegas". El organismo se convirtió en la primera fundación privada dedicada a la fotografía en Francia, y actualmente alberga sus archivos fotográficos completos, junto a sus dibujos, correspondencia y grabaciones de audio y video.Sin embargo, el legado de Cartier-Bresson a la historia de la fotografía no se limita a su mero material tangible, y Pierre Assouline así lo quiso expresar a través del título que le otorgó a su biografía. "Creo que hay muchos ojos del siglo", afirma Martine Franck. "Pero es verdad que Henri hizo que generaciones de fotógrafos estuviesen conscientes de que son los pequeños detalles los que hacen la historia".Ya lo dijo Hobsbawm en su "Historia del siglo XX" al referirse al arte de la cámara, el arte por excelencia del siglo pasado: así como el cine está en deuda con el surrealismo encarnado en Buñuel, también lo está el periodismo fotográfico en la figura de Henri-Cartier Bresson.Los libros sobre el fotógrafo"Cartier-Bresson: L'oeil su siecle"(Gallimard, 2001, E 7,51, amazon.fr)."Hablamos, nos escribimos, paseamos, viajamos juntos, pero nunca fue una entrevista en el sentido periodístico. Es por eso que funcionó", asegura el periodista Pierre Assouline, al referirse a la manera en que se acercó al fotógrafo para escribir la biografía. "Nos reunimos en el marco de una conversación. Nuestra amistad nació allí. A continuación, nuestro diálogo duró siete años, hasta su muerte, él sabiendo perfectamente que yo me serviría de todo eso para escribir su biografía", comenta. Actualmente, Assouline es productor de la cadena de radio France Culture y trabaja como crítico literario en Le Monde, donde escribe en el blog "La república de los libros". De su texto se desprende un retrato detallado de la vida y obra de Cartier-Bresson, profundizando en aspectos pocos conocidos como el gran interés que tuvo durante su juventud por el surrealismo, sus experiencias como prisionero de guerra y su devoción por el arte, en especial el dibujo."Un silencio interior. Los retratos de Henri Cartier-Bresson"

Opina un fotógrafo chileno

"La importancia de Cartier-Bresson no sólo está dada por la calidad de su trabajo, sino también por su profundo desarrollo de la intuición, que es la base del 'instante decisivo', y que está relacionado con una habilidad muy particular que los fotógrafos deben desarrollar", comenta Jorge Aceituno, presidente de la Sociedad Chilena de Fotografía y académico de la Universidad de Chile. "Tiene que ver también con la forma en que nos mostró el mundo desde su sensibilidad, y por la manera en que esto se conjugaba en imágenes magistrales que se han dado muy poco. Su formación artística, en la pintura y el dibujo, le abrió un universo gigantesco".Según el académico, Cartier-Bresson formó parte de una generación que vivió una etapa esencial del desarrollo de la fotografía. "Se trata de los primeros fotógrafos que adquieren las cámaras de 35 milímetros, en especial la Leica, que revoluciona la manera de hacer fotografía porque permite trabajar de forma más discreta, menos aparatosa y más rápida", explica Aceituno. "Además, en esa época las fotos eran un medio masivo de comunicación. Gracias a ellas y a la prensa, millones de personas tenían acceso al mundo"."La industria fotográfica siempre ha ido ofreciendo nuevas tecnologías, pero para el tipo de fotografía que hacía Cartier-Bresson bastaba con una cámara muy sencilla. No transgredir sus propios límites es algo que él se planteó y que hasta hoy tiene seguidores, incluso algo fundamentalistas", afirma Aceituno.

"El valor que el fotoperiodista no debe perder es la sensibilidad, y hoy son pocos los fotógrafos que como Cartier-Bresson mantienen ese espíritu".