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domingo, 14 de septiembre de 2014

La llave, un texto mío


                          La llave

 

  
Todas las tardes a las cinco y media, al final de la última clase cuando ya no me daba el cuerpo y todo lo que deseaba era llegar a mi casa a encontrarme con mis objetos familiares, con las voces de quienes amaba, con los perros que me daban vueltas y me lanzaban una lamida cariñosa sin pedirme nada a cambio, corría en busca de mi amiga P. para encontrar juntas el automóvil y pedirle a Luis su chofer que acelerase, que cruce de una vez las avenidas para alcanzar pronto el tiempo en el que seríamos libres para soñar o estirarnos o contemplar alguna estrella. Ya en el auto, intercambiábamos comentarios, hacíamos planes para la noche del viernes, nos adelantábamos a la fiesta que se nos tenía prometida en la que veríamos por fin a quien nos desvelaba y con quien pensábamos bailar durante toda la noche.

Ese miércoles, Pilou no estaba, tampoco Luis el chofer, mi clase había durado más de la cuenta y habían partido sin mí, o tal vez  P. se había sentido mal y había llamado para que la viniesen a buscar. Recuerdo que no pensé mucho antes de decidirme a caminar. No consideré que mi casa quedaba a unas cuarenta cuadras, allá, lejos, solo me lancé a un ritmo acelerado tratando de cortar camino, usar las avenidas que me llevarían pronto.

No tardó en oscurecer. Apuré el paso, justo cruzaba un bosque y los árboles retorcidos y la soledad del lugar causaron en mí una tristeza que no podía calmarse con lágrimas o suspiros, solo con velocidad. Ya estaba perturbada y mi corazón latía ansioso y apretaba los dientes para contener un grito de auxilio. Fue entonces cuando sentí que alguien me seguía. No voltee a confirmar mi sospecha, no cabía en mí ningún pensamiento, solo el cansancio, el impulso de seguir, el convencimiento de que en cualquier instante él me daría alcance y me haría daño con sus manos toscas y su fuerza.

La oscuridad era casi total cuando tropecé y empecé a correr, salí del bosque y me encontré en un terreno baldío,  me crucé con un pequeño gato ¿o se trataría de una rata? Ya me dolían las piernas y me reventaba la sien y atrás mío él acortaba la distancia y en lo sombrío de la noche no hallaba quien me ayudase hasta que di a parar en un estrecho callejón  en el que solo había una pequeña casa iluminada por un débil farol.

 Toqué con energía, lancé un grito y luego otro, —auxilio, ayuda, — pero la puerta permanecía muda y aunque forcejé y tiré, estaba ya condenada.


   

Sentí entonces el peso de la llave en el bolsillo,

en un instante la tomé entre los dedos y la metí en el ojo de la cerradura. Intenté de nuevo sujetando con las dos manos la
 
llave temblorosa. Conseguí abrir esa puerta
 
 
que me llevaría a la luz, al día, a la ausencia de miedos, a la posibilidad de hallar  una senda que me llevase hasta mis padres, al abrazo.