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domingo, 9 de octubre de 2016

Los árboles según Hesse

Lo que los árboles nos enseñan acerca de la vida y de la permanencia, por HermanN Hesse. 

“Cuando hemos aprendido cómo escuchar a los árboles, entonces la brevedad y la rapidez y la precipitación infantil de nuestros pensamientos alcanzan una dicha incomparable” afirmaba el genial escritor alemán.

Es difícil desasociar la sensibilidad artística de aquella que nos permite apreciar, y abrazar, el alma de la naturaleza. Incluso podríamos afirmar que la esencia primigenia de la estética, de las artes y de nuestras múltiples abstracciones en torno a la belleza, se origina en esa perfección retórica que pregonan las caídas de agua, las estructuras florales, los imperturbables desiertos o las intrigantes selvas.
Tomando en cuenta lo anterior, no debiera sorprendernos que Herman Hesse, el genial autor alemán, haya sido capaz de hilar un tributo literario a los árboles; esos pilares que irradian la más reconfortante sabiduría. Este fragmento fue tomado de su libro Wanderung: Aufzeichnungen (Berlin: Fischer, 1920; traducido al inglés como Wandering: Notes and Sketches y al español como El caminante).
En sus copas susurran el mundo, sus raíces descansan en lo infinito, pero no se pierden en él, sino que persiguen con toda la fuerza de su existencia una sola cosa: cumplir su propia ley, que reside en ellos, desarrollar su propia forma, representarse a sí mismos. Nada hay más ejemplar y más santo qué un árbol hermoso y fuerte. Cuando se ha talado un árbol y éste muestra al mundo su herida mortal, en la clara circunferencia de su cepa y monumento puede leerse toda su historia: en los cercos y deformaciones están descritos con facilidad todo su sufrimiento, toda la lucha, todas las enfermedades, toda la dicha y prosperidad, los años frondosos, los ataques superados y las tormentas sobrevividas. Y cualquier campesino joven sabe que la madera más dura y noble tiene los cercos más estrechos, que en lo alto de las montañas y en peligro constante crecen los troncos más fuertes, ejemplares e indestructibles.
Herman Hesse en Montagnola, 1919



Los árboles son santuarios. Quien sabe hablar por ellos, quien sabe escucharles, aprende la verdad. No predican doctrinas y recetas; predican indiferentes al detalle, la ley primitiva de la vida.
Un árbol dice: en mi vida se oculta un núcleo, una chispa, un pensamiento, soy vida de la vida eterna. Es única la tentativa y la creación que ha osado en mí la Madre Tierra. Mi misión es dar forma y presentar lo eterno en mis marcas singulares.
Un árbol dice: mi fuerza es la confianza. No sé nada de mis padres, no sé nada de miles de retoños que todos los años provienen de mí. Vivo hasta el fin del secreto de mi semilla, no tengo otra preocupación. Los árboles tienen pensamientos dilatados, prolijos y serenos, así como una vida más larga que la nuestra. Son más sabios que nosotros, mientras no les escuchamos. Pero cuando aprendemos a escuchar a los árboles, la brevedad, rapidez y apresuramiento infantil de nuestros pensamientos adquieren una alegría sin precedentes. Quien ha aprendido a escuchar a los árboles, ya no desea ser un árbol. No desea ser más que lo que es.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Frases de Clarice Lispector

Dos frases  de Clarice Lispector

"Voy a contarles un secreto: la vida es mortal.  Mantenemos ese secreto en mutismo cada uno frente a si mismo porque conviene, si no, sería volver cada instante mortal."

“La vida es para ser vivida intensamente como el amor, que tiene que ser experimentado hasta la última gota sin temor.

viernes, 3 de enero de 2014

Yo te bendigo vida


EN PAZ



Artifex vitae, artifex sui

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas noches de mis penas;
mas no me prometiste tú sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!


Amado Nervo
su verdadero nombre era Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo y Ordaz. Poeta y prosista mexicano. Perteneciente al movimiento modernista 1870/1919

domingo, 18 de agosto de 2013

Al abrigo

Todos guardamos un secreto es la tesis de este texto del argentino Juan José Saer. El mundo que ocultamos de los otros, el que alimentamos y sentimos solo nuestro. Descubrir un secreto ajeno varía totalmente nuestras seguridades, nuestros cimientos, nuestra vida.

Al abrigo

Un comerciante de muebles que acababa de comprar un sillón de segunda mano descubrió una vez que en un hueco del respaldo una de sus antiguas propietarias había ocultado su diario íntimo. Por alguna razón --muerte, olvido, fuga precipitada, embargo-- el diario había quedado ahí, y el comerciante, experto en construcción de muebles, lo había encontrado por casualidad al palpar el respaldo para probar su solidez. Ese día se quedó hasta tarde en el negocio abarrotado de camas, sillas, mesas y roperos, leyendo en la trastienda el diario íntimo a la luz de la lámpara, inclinado sobre el escritorio. El diario revelaba, día a día, los problemas sentimentales de su autora y el mueblero, que era un hombre inteligente y discreto, comprendió enseguida que la mujer había vivido disimulando su verdadera personalidad y que por un azar inconcebible, él la conocía mucho mejor que las personas que habían vivido junto a ella y que aparecían mencionadas en el diario. El mueblero se quedó pensativo. Durante un buen rato, la idea de que alguien pudiese tener en su casa, al abrigo del mundo, algo escondido --un diario, o lo que fuese--, le parecía extraña, casi imposible, hasta que unos minutos después, en el momento en que se levantaba y empezaba a poner en orden su escritorio antes de irse para su casa, se percató, no sin estupor, de que él mismo tenía, en alguna parte, cosas ocultas de las que el mundo ignoraba la existencia. En su casa, por ejemplo, en el altillo, en una caja de lata disimulada entre revistas viejas y trastos inútiles, el mueblero tenía guardado un rollo de billetes, que iba engrosando de tanto en tanto, y cuya existencia hasta su mujer y sus hijos desconocían; el mueblero no podía decir de un modo preciso con qué objeto guardaba esos billetes, pero poco a poco lo fue ganando la desagradable certidumbre de que su vida entera se definía no por sus actividades cotidianas ejercidas a la luz del día, sino por ese rollo de billetes que se carcomía en el desván. Y que de todos los actos, el fundamental era, sin duda, el de agregar de vez en cuando un billete al rollo carcomido.
Mientras encendía el letrero luminoso que llenaba de una luz violeta el aire negro por encima de la vereda, el mueblero fue asaltado por otro recuerdo: buscando un sacapuntas en la pieza de su hijo mayor, había encontrado por casualidad una serie de fotografías pornográficas que su hijo escondía en el cajón de la cómoda. El mueblero las había vuelto a dejar rápidamente en su lugar, menos por pudor que por el temor de que su hijo pensase que él tenía la costumbre de hurgar en sus cosas. Durante la cena, el mueblero se puso a observar a su mujer: por primera vez después de treinta años le venía a la cabeza la idea de que también ella debía guardar algo oculto, algo tan propio y tan profundamente hundido que, aunque ella misma lo quisiese, ni siquiera la tortura podría hacérselo confesar. El mueblero sintió una especie de vértigo. No era el miedo banal a ser traicionado o estafado lo que le hacía dar vueltas en la cabeza como un vino que sube, sino la certidumbre de que, justo cuando estaba en el umbral de la vejez, iba tal vez a verse obligado a modificar las nociones más elementales que constituían su vida. O lo que él había llamado su vida: porque su vida, su verdadera vida, según su nueva intuición, transcurría en alguna parte, en lo negro, al abrigo de los acontecimientos, y parecía más inalcanzable que el arrabal del universo.



Juan José Saer

sábado, 20 de julio de 2013

Al cumplir los 80




En estos días he cumplido años, fue más que una celebración patronal porque entre mi familia, mis amigas, las chicas del taller ABRA, las amigas artistas, tuve varios días en donde se me deseó muchas alegrías para este año que comienzo. Entonces en el diario El País encuentro este artículo de Oliver Sacks, neurólogo y escritor al que admiro y ahora tras leer su articulo admiro aún más. Está por cumplir ochenta años y eso le sirve como pie para analizar su vida y agradecer. Nos invita a amar y trabajar hasta el final. Acá su artículo.

Al cumplir los 80

No pienso en la vejez como en una época cada vez más penosa que tenemos que soportar de la mejor manera posible, sino en una época de ocio y libertad, liberados de las urgencias artificiosas de días pasados
Oliver Sacks

Anoche soñé con el mercurio: enormes y relucientes glóbulos de azogue que subían y bajaban. El mercurio es el elemento número 80, y mi sueño fue un recordatorio de que muy pronto los años que iba a cumplir también serían 80. Desde que era un niño, cuando conocí los números atómicos, para mí los elementos de la tabla periódica y los cumpleaños han estado entrelazados. A los 11 años podía decir: “soy sodio” (elemento 11), y cuando tuve 79 años, fui oro. Hace unos años, cuando le di a un amigo una botella de mercurio por su 80º cumpleaños (una botella especial que no podía tener fugas ni romperse) me miró de una forma peculiar, pero más adelante me envió una carta encantadora en la que bromeaba: “tomo un poquito todas las mañanas, por salud”.
¡80 años! Casi no me lo creo. Muchas veces tengo la sensación de que la vida está a punto de empezar, para en seguida darme cuenta de que casi ha terminado. Mi madre era la decimosexta de 18 niños; yo fui el más joven de sus cuatro hijos, y casi el más joven del vasto número de primos de su lado de su familia. Siempre fui el más joven de mi clase en el instituto. He mantenido esta sensación de ser siempre el más joven, aunque ahora mismo ya soy prácticamente la persona más vieja que conozco.
A los 41 años pensé que me moriría: tuve una mala caída y me rompí una pierna haciendo a solas montañismo. Me entablillé la pierna lo mejor que pude y empecé a descender la montaña torpemente, ayudándome solo de los brazos. En las largas horas que siguieron me asaltaron los recuerdos, tanto los buenos como los malos. La mayoría surgían de la gratitud: gratitud por lo que me habían dado otros, y también gratitud por haber sido capaz de devolver algo (el año anterior se había publicado Despertares).
A los 80 años, con un puñado de problemas médicos y quirúrgicos, aunque ninguno de ellos vaya a incapacitarme. Me siento contento de estar vivo: “¡Me alegro de no estar muerto!”. Es una frase que se me escapa cuando hace un día perfecto. (Esto lo cuento como contraste a una anécdota que me contó un amigo. Paseando por París con Samuel Beckett durante una perfecta mañana de primavera, le dijo: “¿Un día como este no hace que le alegre estar vivo?”. A lo que Beckett respondió: “Yo no diría tanto”). Me siento agradecido por haber experimentado muchas cosas –algunas maravillosas, otras horribles— y por haber sido capaz de escribir una docena de libros, por haber recibido innumerables cartas de amigos, colegas, y lectores, y por disfrutar de mantener lo que Nathaniel Hawthorne llamaba “relaciones con el mundo”.
Siento haber perdido (y seguir perdiendo) tanto tiempo; siento ser tan angustiosamente tímido a los 80 como lo era a los 20; siento no hablar más idiomas que mi lengua materna, y no haber viajado ni haber experimentado otras culturas más ampliamente.
Siento que debería estar intentado completar mi vida, signifique lo que signifique eso de “completar una vida”. Algunos de mis pacientes, con 90 o 100 años, entonan el nunc dimittis —“He tenido una vida plena, y ahora estoy listo para irme”—. Para algunos de ellos, esto significa irse al cielo, y siempre es el cielo y no el infierno, aunque tanto a Samuel Johnson como a Boswell les estremecía la idea de ir al infierno, y se enfurecían con Hume, que no creía en tales cosas. Yo no tengo ninguna fe en (ni deseo de) una existencia posmortem, más allá de la que tendré en los recuerdos de mis amigos, y en la esperanza de que algunos de mis libros sigan “hablando” con la gente después de mi muerte.
Las reacciones se han vuelto más lentas pero, con todo, uno se encuentra lleno de vida
El poeta W. H. Auden decía a menudo que pensaba vivir hasta los 80 y luego “marcharse con viento fresco” (vivió solo hasta los 67). Aunque han pasado 49 años desde su muerte yo sueño a menudo con él, de la misma manera que sueño con Luria, y con mis padres y con antiguos pacientes. Todos se fueron hace ya mucho tiempo, pero los quise y fueron importantes en mi vida.
A los 80 se cierne sobre uno el espectro de la demencia o del infarto. Un tercio de mis contemporáneos están muertos, y muchos más se ven atrapados en existencias trágicas y mínimas, con graves dolencias físicas o mentales. A los 80 las marcas de la decadencia son más que aparentes. Las reacciones se han vuelto más lentas, los nombres se te escapan con más frecuencia y hay que administrar las energías pero, con todo, uno se encuentra muchas veces pletórico y lleno de vida, y nada “viejo”. Tal vez, con suerte, llegue, más o menos intacto, a cumplir algunos años más, y se me conceda la libertad de amar y de trabajar, las dos cosas más importantes de la vida, como insistía Freud.
Cuando me llegue la hora, espero poder morir en plena acción, como Francis Crick. Cuando le dijeron, a los 85 años, que tenía un cáncer mortal, hizo una breve pausa, miró al techo, y pronunció: “Todo lo que tiene un principio tiene que tener un final”, y procedió a seguir pensando en lo que le tenía ocupado antes. Cuando murió, a los 88, seguía completamente entregado a su trabajo más creativo.
Mi padre, que vivió hasta los 94, dijo muchas veces que sus 80 años habían sido una de las décadas en las que más había disfrutado en su vida. Sentía, como estoy empezando a sentir yo ahora, no un encogimiento, sino una ampliación de la vida y de la perspectiva mental. Uno tiene una larga experiencia de la vida, y no solo de la propia, sino también de la de los demás. Hemos visto triunfos y tragedias, ascensos y declives, revoluciones y guerras, grandes logros y también profundas ambigüedades. Hemos visto el surgimiento de grandes teorías, para luego ver cómo los hechos obstinados las derribaban. Uno es más consciente de que todo es pasajero, y también, posiblemente, más consciente de la belleza. A los 80 años uno puede tener una mirada amplia, y una sensación vívida, vivida, de la historia que no era posible tener con menos edad. Yo soy capaz de imaginar, de sentir en los huesos, lo que supone un siglo, cosa que no podía hacer cuando tenía 40 años, o 60. No pienso en la vejez como en una época cada vez más penosa que tenemos que soportar de la mejor manera posible, sino en una época de ocio y libertad, liberados de las urgencias artificiosas de días pasados, libres para explorar lo que deseemos, y para unir los pensamientos y las emociones de toda una vida. Tengo ganas de tener 80 años.
Cuando me llegue la hora, espero poder morir en plena acción, como Francis Crick
Oliver Sacks es neurólogo y escritor. Entre sus obras destacan Los ojos de la mente, Despertares y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Su último libro, Alucinaciones, lo publicará próximamente Anagrama.
© Oliver Sacks, 2013
Traducción de Eva Cruz.

domingo, 30 de junio de 2013

El árbol de la vida


El árbol de la vida
Milan Rufus


¡Cuántas cosas tan diversas hay en el mundo!
Y todas ellas verdaderas maravillas.
¿Por qué las aves cuando cantan
levantan el pico hacia el cielo? ¿Por qué?
¿Quién lo sabe?

Así cantan siempre,
en verano, primavera y otoño.
En el árbol donde se albergan.

¿Acaso adivinaron de quién es su canción?
¿Y para quién es nos dirán algún día?

domingo, 25 de noviembre de 2012

¿Hay algún cambio en mi vida o todo sigue igual?


Cuentan que una persona se encontró con otra a la que no veía hacía años y le dijo: —Estás igualita. Avergonzada la que estaba idéntica, bajó la cabeza y se retiró a pensar qué le había pasado en su vida que no había cambiado. No habían cicatrices en su rostro, no se le habían dulcificado los ojos ni se mostraba más relajada como si por fin hubiese entendido que no podemos tomarnos la vida tan en serio, ni dramatizar, que debemos más bien agradecer cada día las sorpresas que nos trae la vida. Sin embargo, tememos los cambios, a lo que más tememos es al sufrimiento, y eso nuevo es desconocido y quién sabe nos traerá sufrimiento. ¿Por qué pensamos que el cambio sólo podrá traernos dolor? ¿Por qué no entusiasmo, alegría, amigos por descubrir, puertas que se abren, ideas más claras, nuevas sensaciones, otra parte de nosotros mismos que desconocíamos? Vencer la inercia, la flojera, el temor, desprenderse de la rutina, debe ser el primer movimiento para entrar en otro ambiente y sorprendernos. Sin importar la edad que tengamos, el dolor que nos incomoda, la lista de quehaceres que nos hemos impuesto, algunos inútiles o innecesarios. ¿Por qué no un paseo al centro de Lima, llamar a la amiga que no vemos hace mucho, ir al teatro, subir al Metropolitano o al tren eléctrico para ver la ciudad desde otro ángulo, sentarnos en una silla que no es la nuestra, comunicarnos con esa persona con la que estábamos resentidos “¿Para siempre?”, aprender algo nuevo, meternos a clases, cocinar comida de otro país, llevar a nuestros hijos a un restaurante que has descubierto, mostrar a los demás otra parte tuya, la que no conocen, la que tal vez tu misma desconoces?
Una escritora peruana narra el encuentro de varias compañeras de colegio y cuando una le pregunta a la otra a qué se dedica,esta contesta: ahí estoy limpiando la casa y todavía no termino.
Siguiendo el consejo de un médico oriental que me puso acupuntura, he empezado a nadar tres veces por semana, dos no sirve de nada, eso ha revolucionado mi rutina, me tomo un cafecito cuando salgo de nadar, me encuentro con otra gente, he resuelto que iré a Lima solo en las tardes que en las mañanas me quedaré por acá. Toda una movida a partir de un cambio. ¿Y tú, en qué piensas cambiar?


domingo, 1 de julio de 2012

Jeremy Irons contra a pena de muerte

Buscando videos sobre Jeremy Irons me encuentro con este en donde con su magnífico inglés se manifiesta en contra de la pena de muerte. Para quienes todavía dudan, sus palabras los pueden convencer.

lunes, 19 de julio de 2010

Una cuestión de principios

Me he propuesto no escribir post muy largos porque la gente ya tiene mucho por leer , sin embargo este artículo no puedo comprimirlo, ni extractarlo, me parece muy interesante y quiero compartirlo con ustedes. Espero les guste. Sergio Sinay es un columnista del diario La Nación de BSAS.



Una cuestión de principios
Por Sergio Sinay

Señor Sinay: he vivido 53 años de acuerdo con mis principios, llevando una vida sin logros trascendentes o exitosos. Sigo amando a mi esposo, a pesar de fuertes crisis de pareja; tengo un hijo que ya es mayor de edad, aunque no fue la naturaleza quien me lo envió; he dejado de practicar mi carrera de contadora por no primar lo económico, aunque ahora estoy replanteándomelo por necesidad, y estoy estudiando algo que difícilmente signifique una salida laboral, como es la carrera de acompañante terapéutica, tema que me interesa muchísimo. ¿Estaré honrando a la vida si con las capacidades que recibí no llego a hacer algo para los demás? María Inés de Vita
El filoso Groucho Marx (1890-1977), actor, escritor, feroz observador de las conductas humanas e integrante, con sus hermanos Harpo, Chico y Zeppo, de los inolvidables Hermanos Marx, ironizó así alguna vez: "Estos son mis principios; si no les gustan, tengo otros". Quien acomoda sus principios a las circunstancias puede sacar ventajas, pero acaso no encuentre respuestas satisfactorias a la pregunta que se hace nuestra amiga María Inés. Ella dice que vivió de acuerdo con sus principios; sin embargo, no se adjudica logros exitosos o trascendentes. ¿Qué es un logro exitoso? ¿El que puede medirse en cantidad de dinero o bienes acumulados? ¿Qué es un logro trascendente? ¿El que se cuenta según la cantidad de páginas o pantallas televisivas ocupadas con la propia imagen? ¿O por la fama o el poder adquiridos sea como fuere? ¿Los logros son tales solo si se pueden mostrar? Hay muchas personas que cambian sus principios con frecuencia, como sugería Groucho, y gracias a ello obtienen ganancias, puestos, figuración. Son, según las medidas convencionales, personas "exitosas". En términos puramente formales y exteriores, trascienden.
La verdadera trascendencia, sin embargo, transita otro camino. Consiste en ir más allá de uno mismo para dejar el mundo un poco mejor de como lo encontramos. El psicoterapeuta y filósofo estadounidense Sheldon Kopp (1929-1999) la definía así en Al encuentro de una vida propia: "Es el camino de las personas corrientes que llevan una vida cotidiana activa y hacen honor al poder superior que hay dentro de ellas relacionándose amorosamente con los demás". Ese poder superior no es algo mágico ni esotérico, nada que se exhiba como los efectos especiales de una película. Se trata de una cualidad propia e intransferible, una perla depositada en el interior de cada persona que sólo ella puede descubrir y ofrecer al mundo. "Con demasiada frecuencia llevamos una vida diseñada por otros", escribe Kopp. "Pero todos tenemos la libertad, el derecho y la responsabilidad de vivir nuestra vida." Esa elección definirá nuestra ética, es decir los valores y principios que respetaremos y el modo en que lo haremos.
En el relato de María Inés se adivina una serie de elecciones que fueron trazando un itinerario existencial. Y se la ve ante una nueva instancia de elección en donde para la decisión cuenta la presencia del otro, del prójimo cercano o mediato. Será un nuevo logro, sin duda, aunque no se atenga a los requisitos que una sociedad exitista y resultadista exige como prenda.
En mi opinión, la vida total se honra en cada vida individual, en la forma que cada persona elige para estar en el mundo. Cuando se habla de "la" vida se menciona una abstracción. Esta deja de serlo cuando la vemos manifestarse en su forma más concreta, encarnada en cada ser. Esto hace que cada quien sea necesario. Si se desgaja la propia vida del conjunto al que pertenece y al que de algún modo se debe, en ese malgasto (más allá de éxitos aparentes) se empobrece la existencia en su totalidad. "Poco importa si lo que tienes que hacer es insignificante. Hazlo tan bien como puedas. Pon en ello tanta atención y tanto cuidado como si se tratara de lo más importante que llevas entre manos", aconsejaba Gandhi. Y respondía con anticipación a la pregunta que hoy nos ocupa acerca de los modos de honrar la vida. En un evangelio apócrifo que imaginó Borges se lee: "Nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena, pero nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena". Es otra respuesta para la misma pregunta. Podría decirse, a la luz de estos pensamientos, que honrar la vida es una cuestión de principios. Se la enaltece eligiendo un camino y transitándolo con coherencia. Siempre que ese camino no nos aleje de nuestra pertenencia al mundo y de nuestros deberes hacia los otros.
sergiosinay@gmail.com

martes, 22 de diciembre de 2009

¿Y tu qué sientes?

Sentir la vida:
Durante un tiempo trabajé como voluntaria en la Maternidad de Lima. Algunas veces me topé con mujeres que habían tenido una pérdida. ( Algunas veces sus bebes estaban casi listos para nacer pero algo sucedía impidiéndolo). Ellas, conteniendo el llanto, me contaban lo que sentían. Recuerdo haberles dicho en nuestra conversación que sentir pena es tan válido como sentir felicidad, lo que importa es sentir, tener la capacidad para encogernos de dolor ante una pérdida, danzar de dicha o llenarse de ternura tras el gesto amoroso de alguien. ¿Quién nos habrá enseñado a esconder la tristeza?

Tengo este texto del poeta Venezolano Eugenio Montejo en su Geometría de las horas para compartirlo:

"El crimen contra la vida, decía Archibald, el peor de todos los crímenes, es no sentir."
No sentir el mundo, no sentir la vida en su múltiple misterio y en la simplicidad con que se manifiesta en todo tiempo, sin cesar, comporta, en verdad una mutilación cruenta. Sin embargo no habrá sólo que sentir sino que aprender a sentir, a deslinadr el verdadero sentimiento de la simple excitación, que es su más común y espurio sucedaneo.

"En el hombre cabalmente emotivo, advertía su padre a W.B. Yeats, el mínimo despertar del sentimiento, constituye una armonía en la que vibra cada cuerda de cada sentimiento. La excitación es propia de una naturaleza insuficientemente emotiva, la ordianria vibración de dos cuerdas solamente."

Aprender a sentir: esta sola tentativa, que no es nada pequeña, formaría mejor al joven poeta que todo el aprendizaje perseguido a través del conocimiento literario, las reglas, las modas, etc. Los manuales de preceptiva olvidan con frecuencia esta simple realidad sin la cual todo intento creativo queda en el aire. A través del sentir puede válidamente conquistarse el lenguaje que lo exprese; el sentimiento mismo, cuando es legítimo procrea su forma o la posibilidad de inventarla. Lo contrario en cambio es poco probable. ¿Cómo bajar de la red formal a la desnudez sentimental del mundo?

Sentir la vida:

Un poema no debería significar / Sino ser. Archibald MacLeish.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Mujeres fuera de serie


Una de estas tres podría ser Mrs Lilian Karsh


En 1970 en Wisconsin conocí A Mrs. Lilian Karsh ¿Qué edad tendría? ¿Setenta y pico? A mí me parecía una viejecita y su actividad me causaba gran admiración. Era profesora tanto de inglés como de piano, era voluntaria en el Hospital, era el miembro mayor de la barra del equipo de fútbol del estado, si veía a un hippie por la calle, lo convencía y lo llevaba a su casa para coserle los pantalones. Hacía su propia mermelada, su pan y en su pequeño jardín sembraba verduras. Ahora que pienso, ella es una de las mejores mujeres que he tenido la suerte de conocer en mi vida. Por sus clases no cobraba un centavo porque recibía una pensión de jubilación y no le parecía correcto. Sus hijos vivían en otros estados, ella vivía sola y tenía su casa como un anís. Su amabilidad y simpatía te hacían quererla de inmediato. Había sido una mujer muy hermosa, eso era fácil de descifrar en sus equilibrados rasgos. En una oportunidad, cuando ella no estaba ( seguro había ido a traerme un rico pedazo de bizcocho recién horneado) pude leer un formulario en el que Mrs. Karsh ofrecía a la entidad correspondiente, sus órganos tras su muerte.
¿Qué consejos me hubiera dado, si se los hubiese pedido? ¿Hubiese podido señalarme en qué consiste la felicidad? ¿Qué había aprendido ella durante su vida? Nunca le hice preguntas, tal vez porque en su sonrisa, en su modo suave, en sus ojos profundos, estaba escrita ya la lección.
Ahora me llega el correo de una amiga: Ana María I. con los consejos de una periodista norteamericana, ella sí se da el tiempo de contarnos: Para celebrar la llegada a mi edad avanzada escribí unas lecciones que me ha enseñado la vida. l
Escrito por Regina Brett, al cumplir 90 años, periodista del "The Plain Dealer", de Cleveland,Ohio, las comparto con ustedes.

La vida no es justa, pero aún así es buena

La vida es demasiada corta para perder el tiempo odiando a alguien.

Tu trabajo no te cuidará cuando estés enfermo. Tus amigos y familia sí. Mantente en contacto.

No tienes que ganar cada discusión. Debes estar de acuerdo en no estar de acuerdo.

Llora con alguien. Alivia más que llorar solo.

Cuando se trata de chocolate, la resistencia es inútil.

Haz las paces con tu pasado para que no arruine el presente.

No compares tu vida con la de otros. No tienes ni idea de cómo es su travesía.

Si una relación tiene que ser secreta, mejor no tenerla.

Respira profundamente. Eso calma la mente.

Elimina todo lo que no sea útil, hermoso o alegre.

Lo que no te mata, en realidad te hace más fuerte.

Nunca es demasiado tarde para tener una niñez feliz. Pero la segunda sólo depende de ti.

Cuando se trata de perseguir aquello que amas en la vida, no aceptes un "no" por respuesta.

Enciende las velas, utiliza las sábanas bonitas, ponte la lencería cara. No la guardes para una ocasión especial. Hoy es especial.

Sé excéntrico ahora. No esperes a ser viejo para serlo.

El órgano sexual más importante es el cerebro.

Nadie es renponsable de tu felicidad, sólo tú.

Enmarca todo supuesto "desastre" con estas palabras: "En cinco años, ¿esto importará?"

Perdónales todo a todos.

Lo que las otras personas piensen de ti, no te incumbe.

El tiempo sana casi todo. Dale tiempo al tiempo.

Por más buena o mala que sea una situación, algún día cambiará.

No te tomes tan en serio. Nadie más lo hace.

No cuestiones la vida. Sólo vívela y aprovéchala al máximo hoy.

Llegar a viejo es mejor que la alternativa... morir joven.

Todo lo que verdaderamente importa al final es que hayas amado

Sal todos los días. Los milagros están esperando en todas partes.

Si juntáramos nuestros problemas y viéramos los montones de los demás, querríamos los nuestros.

La envidia es una pérdida de tiempo. Tú ya tienes todo lo que necesitas.

Lo mejor está aún por llegar.

No importa cómo te sientas... arréglate y preséntate.

Cede.

La vida no está envuelta con un lazo pero sigue siendo un regalo.