
Dejarse llevar, esa es una de las claves, que te empuje el viento, que la casualidad o la circunstancia modifique tus planes, que sea otro el avión, otra la ciudad, otro el ánimo y el ritmo.
No tomar apuntes. No tener expectativas, no saber bien adónde se irá ni lo que nos espera. Llegar y ver esa luz, acostumbrarse a ella, ver el cielo tan azul y el agua sea del río o del mar que no te abandona.
Habíamos estado en Montevideo un par de veces pero solo de pasada.
Cuando cumplí 15 años viajé con mi mamá y entre otras paradas estuvimos en Montevideo, fui a un casino en Carrasco y aprendí que se puede perder la plata en minutos. Recordaba las casas de Punta del Este, la belleza del color del mar.
Alguna vez estuvimos en Uruguay con mis hijos mayores todavía chicos. Guardaba como fogonazos de recuerdos pero nada extraordinario. La memoria cada vez más oculta lo vivido quien sabe si para que volvamos a sorprendernos y podamos gozar con la novedad que se nos muestra tan hermosa.
Puedo decir entonces que es la primera vez que estoy en el Uruguay y voy bebiendo todo lo que me encanta y alzo los ojos para ver las casas antiguas que hablan de un tiempo vivido con absoluto esplendor.
La rambla nos hipnotiza, queremos ser esa pareja que pasea en la orilla del río, esos perros que se sumergen disfrutando de la alegría de mojarse y salir corriendo dejando que el viento le seque la piel.
Aún no ha amanecido pero desde la ventana del cuarto puedo ver la playa en penumbras anunciando el día.
Visitamos el mercado del puerto en donde comimos maravilloso.
Gozamos con la belleza de Punta del Este en invierno.




