Mostrando entradas con la etiqueta escritora mexicana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta escritora mexicana. Mostrar todas las entradas

domingo, 29 de noviembre de 2015

Yo también me acuerdo

Yo también me acuerdo por Margo Glantz,escritora mexicana



Me acuerdo de cuando yo era niña: en el valle de México había varios lagos y la ciudad era de verdad transparente.

Me acuerdo caminando por las calles de Dallas en épocas de intenso calor: admiré la elegancia de las mujeres de entonces, con sus grandes sombreros a lo Greta Garbo, sus altos tacones y sus vestidos de algodón, como si estuviéramos en La rosa del Cairo de Woody Allen, dentro de la película, y no mirándola sentados en la sala, conviviendo con personajes desconocidos aunque románticos.



Me acuerdo que sólo tuve una muñeca en mi infancia.

Me acuerdo que cuando llegué por primera vez a Estambul, la legendaria Constantinopla, tuve la sensación de no haber salido de la Ciudad de México y de recorrer incesantemente calles idénticas a las de un barrio popular, la Lagunilla; las callejuelas de repente se abrieron y se transformaron en el Cuerno de Oro, una enorme perspectiva, la vista soberbia, el sol iluminando apenas el mar y entre el fondo brumoso del cielo la silueta de los innúmeros minaretes y las cúpulas de las mezquitas de la vieja ciudad; la visión me dejó suspensa, maravillada, y sin embargo en un acto malabar y súbito de conciencia ya estaba de regreso en París, llorando desesperada porque iba a dejar de ver el Cuerno de Oro, cosa que en verdad me sucedió como sucede en cualquier viaje, a pesar de que seguía contemplándolo, absorta, extasiada, en ese preciso instante, desde un recodo milagroso de la ciudad.


Me acuerdo cómo lloré cuando vi Lo que el viento se llevó.

Me acuerdo que Perec se acordaba de Cantinflas.

Me acuerdo que viajo como si fuera mi único destino.

Me acuerdo que a finales de 1954 llegué a Colonia con Paco López Cámara y nos alojamos en una pensión familiar que costaba cinco marcos, no tenía calefacción, pero sí una cama provista de uno de esos edredones rellenos de pluma de ganso –como los que transportaron en sus cofres de viaje mis padres desde Ucrania–, especiales para combatir el frío y pasar una buena noche, y a la mañana siguiente sacar tímidamente una mano para calibrar la temperatura; luego, haciendo malabarismos, tratar de vestirnos protegidos por el edredón, para después, bien abrigados, salir a caminar por la ciudad. De ese viaje me acuerdo también de la Catedral ennegrecida, con los vitrales rotos y enormes huecos entre las nubes que dejaban pasar un cielo igualmente tenebroso por el invierno y la huella de las bombas.

Me acuerdo que cuando estudiaba en París hubo una de esas crisis de petróleo que de pronto amenazan al mundo civilizado: se trataba esta vez de la crisis del Canal de Suez, quizá en 1956--; tiritábamos permanentemente de frío en ese período porque se interrumpió la producción de gas mazout, necesario para hacer marchar los radiadores. Me acuerdo también de un día en que frente a un quiosco leía los periódicos donde se daba la noticia de la invasión soviética a Hungría. Una dama produjo un aterrador y único comentario: “¡Zut, plus de beurre!”.

Me acuerdo que cuando tenía quince años leí sucesivamente Palmeras salvajes de Faulkner (traducido por Borges o por su mamá), Crimen y castigo de Dostoiewski y Madame Bovary de Flaubert. No he podido volver a leer ninguno de esos libros, no soporto su final infeliz.

Me acuerdo que se está acabando el año.

Me acuerdo cuando todavía se podía pasear a altas horas de la noche en mi ciudad.

Me acuerdo del temblor de 1985 en México. Pasé por una calle llena de escombros: un letrero prohibía tirar guijarros.

domingo, 8 de junio de 2014

Guadalupe Nettel en el Festival de la palabra




 Guadalupe Nettel en el Festival de la palabra

 

Cuando recibí la invitación para El Festival de la palabra en el centro cultural de la PUCP,  me alegró mucho saber que habían invitado a Guadalupe Nettel, escritora mexicana a la que había leído y que me había gustado mucho. Presentaba su libro: “El matrimonio de los peces rojos”. La Presentó y entrevistó  Carolyn Wolfenzon. Guadalupe acaba de ganar el Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero.  Guadalupe que tiene problemas en la vista, un lunar blanco en la cornea y poca visión, nos habló de su infancia, de cómo la molestaban las otras niñas porque llevaba un parche en el ojo y era muy tímida. Se mantuvo aislada soportando las burlas de sus compañeras. Gracias a que su madre le prestara libros de literatura fantástica,y tenebrosa, ella empezó a escribir y utilizó el arma vengativa de la literatura para crear historias en donde sus compañeras eran personajes de terror. Cuando la maestra le pidió que leyera en voz alta lo que había escrito, asustada de que sus compañeras se indignasen, se sorprendió de que al contrario, estuvieran felices de ser protagonistas y esto le abrió la puerta a la aceptación. Más bien las que no la habían molestado le pidieron: — ¿Y a mí cuando me vas a poner en tu cuento?

No debe haber sido muy fácil recibir de parte de su madre el cariñoso apodo de “Cucaracha”, y eso contribuyó a su identificación con los marginados, los outsiders. 

Cuando se mudó con su familia a Francia le tocó vivir en un lugar poblado por inmigrantes africanos, no existían los latinoamericanos, ni soñar con un  mexicano y a ellos los llamaban: “Los ingleses”.

Cuando le preguntaron pos sus miedos particulares.  Ella reconoció a la ceguera como su primer miedo.  La ceguera en miles de niveles, —dice,—lo oscuro que llevamos dentro.

Luego viene el divorcio de los padres, la prisión del padre.  Y cuando se le pregunta si no tuvo conflicto en escribir cosas tan íntimas, ella responde que la comedia es tragedia más tiempo. Y cómo había aprendido a reírse de todo aquello que antes la había hecho llorar tanto.

—La realidad es algo bien nebuloso y difícil de asir, —dice— los hechos no son tan verídicos como nos imaginamos. Unas gemelas idénticas tienen claves distintas para ver el mundo.  Escribir sobre la vida propia es hacer ficción.

También nos cuenta como siempre le han gustado los bestiarios, en especial los felinos y cómo tiene la costumbre de ver los reflejos de los animales en las personas que conoce.

Los animales sinuosos que se mueven sin hacer ruido, inquietantes, representan los cambios que se van gestando en la vida. Lo que sucede sin que salga a la luz.

En este último libro: “El matrimonio de los peces rojos”, los cuentos tienen en común la dificultad que tenemos los seres humanos para tomar decisiones.

“El hombre tiende a sobrerrazonar”— nos dice, y para ilustrar esta idea nos cuenta un cuento oriental,  una araña conversa con un ciempiés y  le pregunta cómo hace para caminar y coordinar tantos pies.  Entonces el ciempiés se pone a pensar y ya no puede caminar.

Ante la pregunta si se debe redefinir el rol del hombre dentro del matrimonio, ella nos dice: — No hay que definirnos ni redefinirnos. No hay que imponerle nada a los hombres, hay que vivir con espontaneidad.

Nos invitó a preguntarnos sobre la belleza, sobre lo que es normal o anormal. Y ella nos confiesa que para ella todo lo que escapa del canon es lo que hace más bella a la gente.  Es suficiente ser un ser vivo que emana algo. El canon no tiene nada que ver con la naturaleza.

— ¿Por qué no podemos apreciar eso en el hombre?  ¿Acaso no es eso lo que me conmueve del hombre? Su fragilidad, su profundidad que quisiera tapar.  Lo que ocultamos y lo que no quisiéramos que saliera a la luz.  Y tal vez si encontráramos lo que nos asusta, lo que nos miedo o vergüenza, nos conoceríamos y apreciaríamos más.

Salgo de la conferencia totalmente refrescada con las respuestas de Guadalupe, entusiasmada con la literatura que es capaz de dar sentido a  la vida, de organizarla, transformarla, hacerla propia y fascinante.  Y deseo leer ya este último libro de cuentos.

He leído  ya “Pétalos” y “El cuerpo en el que nací.

 

Enrique Vila-Matas, presidente del jurado del premio recientemente ganado por ella, dice: “Los cinco relatos destacan por la alta calidad de su prosa, impecable tensión narrativa y unas atmósferas en las que lo anómalo se aposenta en lo cotidiano.”

Guadalupe Nettel ha publicado tres libros de cuentos (Juegos de artificio, Les Jours fossiles, Pétalos y otras historias incómodas), un ensayo largo (Para entender a Julio Cortázar) y dos novelas (El huésped y El cuerpo en que nací) editadas ambas por Anagrama

domingo, 2 de junio de 2013

Escojo textos





Escojo textos. Cuando trabajé en una editorial seleccionando textos para los libros de lectura empecé. Ahora lo hago para nuestro taller ABRA. Cuento y poesía. En primer lugar me tiene que gustar a mi, y luego imaginar que también va a gustarles a los demás, por lo menos a la mayoría. Muchas veces tengo dudas, es tan personal la lectura. Cuando acierto me siento feliz. Transmitir el gusto por la lectura es un placer. Leemos los cuentos en voz alta, turnándonos, la voz de cada una da al cuento un tono especial, único. Hay que paladear las palabras, saborearlas. Para esta semana encontré un cuento bellísimo, de Guadalupe Nettel, una escritora mexicana. Te captura desde la primera frase, mantiene la intriga y termina de manera finísima y sugestiva, sorprendiendo. Estoy segura de que cuando lo leamos este martes en el taller el cuento adquirirá con la mirada de las participantes, otras dimensiones, veré nuevos ángulos, lo sentiré más cercano, aún más bello.

Guadalupe nos dice:
Me fascinan como reaccionan los seres humanos, su forma de resolver las encrucijadas que les pone la vida. La forma en la que asumimos o enfrentamos los momentos de tensión, de miedo, de dolor.