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martes, 4 de abril de 2017

¿Qué es la sabiduría? según José Luis Sanmpedro

José Luis Sampedro Sáez fue un escritor, humanista y economista español que abogó por una economía «más humana, más solidaria, capaz de contribuir a desarrollar la dignidad de los pueblos».(Wikipedia).

domingo, 2 de octubre de 2016

Una casa para siempre por Enrique Vila Mata

Una casa para siempre por Enrique Vila Mata  




De mi madre siempre supe poco. Alguien la mató en la casa de Barcelona, dos días después de que yo naciera.
El crimen fue todo un misterio que creí dar por resuelto el día en que cumplí veinte años, y mi padre, desde su lecho de muerte, reclamó mi presencia y me dijo que, por desconfianza a los adjetivos, estaba aproximándose al momento en que enmudecería radicalmente, pero que antes deseaba contarme algo que juzgaba importante que yo supiera.
-Incluso las palabras nos abandonan -recuerdo que dijo-, y con eso está dicho todo, pero antes debes saber que tu madre murió porque yo así lo dispuse.
Pensé de inmediato en un asesino a sueldo y, pasados los primeros instantes de perplejidad, comencé a dar por cierto lo que mi padre estaba confesando. Cada vez que pensaba en el hacha ensangrentada sentía que el mundo se hundía a mis pies y que atrás quedaban, patéticamente dibujadas para siempre, las escenas de alegría y plenitud que me había hecho idealizar la figura paterna y forjar la imagen mítica de un hombre siempre levantado antes de la aurora, en pijama, con los hombros cubiertos por un chal, el cigarrillo entre los dedos, los ojos fijos en la veleta de una chimenea, mirando nacer el día, entregándose con implacable regularidad y con monstruosa perseverancia al rito solitario de crear su propio lenguaje a través de la escritura de un libro de memorias o inventario de nostalgias que siempre pensé que, a su muerte, pasaría a formar parte de mi tierna aunque pavorosa herencia.
Pero aquel día de aniversario, en Port de la Selva, se fugó de esa herencia todo instinto de ternura y tan sólo conocí el pavor, el terror infinito de pensar que, junto al inventario, mi padre me legaba el sorprendente relato de un crimen cuyo origen más remoto, dijo él, debía situarse en los primeros días de abril de 1945, un año antes de que yo naciera, cuando sintiéndose él todavía joven y con ánimos de emprender, tras dos rotundos fracasos, una tercera aventura matrimonial, escribió una carta a una joven ampurdanesa que había conocido casualmente en Figueras y que le había parecido que reunía todas las condiciones para hacerle feliz, pues no sólo era pobre y huérfana, lo que a él le facilitaba las cosas, ya que podía protegerla y ofrecerle una notable fortuna económica, sino que, además, era hermosa, muy dulce, tenía el labio inferior más sensual del universo y, sobre todo, era extraordinariamente ingenua y servil, es decir, que poseía un gran sentido de la subordinación al hombre, algo que él, a causa de sus dos anteriores infiernos conyugales, valoraba muy especialmente.
Había que tener en cuenta que su primera esposa, por ejemplo, le había mutilado, en un insólito ataque de furia, una oreja. Mi padre había sido tan desdichado en sus anteriores matrimonios que a nadie debe sorprenderle que, a la hora de buscar una tercera mujer, quisiera que ésta fuera dulce y servil.
Mi madre reunía esas condiciones, y él sabía que una simple carta, cuidadosamente redactada, podría parla. Y así fue. La carta era tan apasionada y estaba tan hábilmente escrita que mi madre no tardó en sentarse en Barcelona. En el centro de un laberinto de callejuelas del Barrio Gótico llamó a la puerta del, y ennegrecido palacio de mi padre, quien al parecer no pudo ni quiso disimular su gran emoción al verla allí en el portal, sosteniendo bajo la lluvia un maletín azul que dejó caer sobre la alfombra al tiempo que, con humilde y temblorosa voz de huérfana, preguntaba si podía pasar.
-Que aquel día llovía en Barcelona -me dijo padre desde su lecho de muerte-, es algo que nunca pude olvidar, porque cuando la vi cruzar el umbral me pareció que la lluvia era salvaje en sus caderas y me sentí dominado por el impulso erótico más intenso de mi vida.
Ese impulso parecía no tener ya límites cuando ella le dijo que era una experta en el arte de bailar la tirana, una danza medieval española en desuso. Seducido por ese ligero anacronismo, mi padre ordenó que de inmediato se ejecutara aquel arte, lo que mi madre, ansiosa de complacerle en todo y con creces, realizó encantada y hasta la extenuación, acabando rendida en los brazos de quien, sin el menor asomo de cualquier duda, le ordenó cariñosamente que se casara cuanto antes con él.
Y aquella misma noche durmieron juntos, y mi padre, dominado por esa suprema cursilería que acompaña a ciertos enamoramientos, tuvo la impresión de que, tal como había imaginado, acostarse con ella era como hacerlo con un pájaro, pues gorjeaba y cantaba en la almohada, y le pareció que ninguna voz cantaba como la de ella y que incluso sus huesos, como su labio inferior y sus cantos, eran frágiles como los de un pájaro.
-Y esa misma noche, bajo el rumor de la lluvia barcelonesa, te engendramos -me dijo de repente mi padre con los ojos muy desorbitados.
Un lento suspiro, siempre tan inquietante en un moribundo, precedió a la exigencia de un vaso de vodka. Me negué a dárselo, pero al amenazar con no proseguir su relato, por pura precaución ante el posible cumplimiento de la amenaza, fui casi corriendo a la cocina y, procurando que tía Consuelo no lo viera, llené de vodka dos vasos. Hoy sé que todas mi precauciones eran absurdas porque en aquellos momentos tía Consuelo sólo vivía para alimentar su intriga ante un cuadro oscuro del salón que representaba la coquetería celestial de unos ángeles al hacer uso de una escalera; sólo vivía para ese cuadro, y muy probablemente esa obsesión le distraía de otra: la constante angustia de saber que su hermano, acosado por aquella suave pero implacable enfermedad, se estaba muriendo. En cuanto a él, en aquellos momentos sólo vivía para alimentar la ilusión de su relato.
Cuando hubo saciado su sed, mi padre pasó a contar que el viaje de miel tuvo dos escenarios, Estambul y El Cairo, y que fue en la ciudad turca donde advirtió la primera anomalía en la conducta de su dulce y servil esposa. Yo, por mi parte, advertí la primera anomalía en el relato de mi padre, ya que estaba confundiendo esas dos ciudades con París y Londres, pero preferí no interrumpirle cuando oí que me decía que la anomalía de mi madre no era exactamente un defecto, sino algo así como una peculiar manía. A ella le gustaba coleccionar panes.
En Estambul, ya desde el primer momento, entrar en las panaderías se convirtió en un extraño deporte. Compraban panes que eran perfectamente inútiles, pues no estaban destinados a ser devorados sino más bien a elevar el peso de la gran bolsa en la que reposaba la colección de mi madre. Muy pronto, él protestó y preguntó con notable crispación a qué obedecía aquella rara adoración al pan.
-Algo tiene que comer la tropa -respondió escuetamente mi madre, sonriéndole como quien le sigue la corriente a un loco.
-Pero Diana, ¿qué clase de broma es ésta? –balbuceó desconcertado mi padre.
-Me parece que eres tú quien está bromeando esas preguntas tan absurdas -contestó ella con cierto aire de ausencia y esbozando la suave y soñadora mirada de los miopes.
Siete días, según mi padre, estuvieron en Estambul, y eran unos cuarenta los panes que mi madre llevaba en su gran bolsa cuando llegaron a El Cairo. Como era hora avanzada de la noche, él marchaba feliz sabiéndose a salvo de las panaderías cairotas, e incluso se ofreció a llevar la bolsa. No sabía que aquéllas iban a ser sus últimas horas de felicidad conyugal.
Cenaron en un barco anclado en el Nilo y acabaron bailando, entre copas de champán rosado ya la luz de la luna, en la terraza de la habitación del hotel. Pero horas después mi padre despertó en mitad de la noche cairota y descubrió con gran sorpresa que mi madre era sonámbula y estaba bailando frenéticas tiranas sobre el sofá. Trató de no perder la calma y aguardó pacientemente a que ella, totalmente extenuada, regresara al lecho y se sumergiera en el sueño más profundo. Pero cuando esto ocurrió, nuevos motivos de alarma se añadieron a los anteriores. De repente mi madre, hablando dormida, se giró hacia él y le dijo algo que, a todas luces, sonó como una tajante e implacable orden:
-A formar.
Mi padre aún no había salido de su asombro cuando oyó:
-Media vuelta. Rompan filas.
No pudo dormir en toda la noche y llegó a sospechar que su mujer, en sueños, le engañaba con un regimiento entero. A la mañana siguiente, afrontar la realidad significaba, por parte de mi padre, aceptar que en el transcurso de las últimas horas ella había bailado tiranas y se había comportado como un general perturbado al que sólo parecía interesarle dar órdenes y repartir panes entre la tropa. Quedaba el consuelo de que, durante el día, su esposa seguía siendo tan dulce y servil como de costumbre. Pero ése no era un gran consuelo, pues si bien en las noches cairotas que siguieron no reapareció el tiránico sonambulismo, lo cierto es que fueron en aumento y, de forma cada vez más enérgica, las órdenes.
-Y el toque de Diana -me dijo mi padre- comenzó a convertirse en un auténtico calvario, pues cada día, minutos antes de despertarse, los resoplidos que seguían a los ronquidos de tu madre parecían imitar el sonido inconfundible de una trompeta al amanecer.
¿Deliraba ya mi padre? Todo lo contrario. Era muy consciente de lo que estaba narrando y, además, resultaba impresionante ver cómo, a las puertas de la muerte, mantenía íntegro su habitual sentido del humor. ¿Inventaba? Tal vez y, por ello, probé a mirarle con ojos incrédulos, pero no pareció nada afectado y siguió, serio e inmutable, con su relato.
Contó que cuando ella despertaba volvía a ser la esposa dulce y servil, aunque de vez en cuando, cerca de una panadería o simplemente paseando por la calle, se le escapaban extrañas miradas melancólicas dirigidas a los militares que, en aquel El Cairo en pie de guerra, hacían guardia tras las barricadas levantadas junto al Nilo. Una mañana incluso ensayó algunos pasos de tirana frente a los soldados.
Más de una vez mi padre se sintió tentado de encarar directamente el problema hablando con ella y diciéndole por ejemplo:
-Tienes como mínimo una doble personalidad. Eres sonámbula y, además de bailar tiranas sobre los sofás, conviertes el lecho conyugal en un campo de instrucción militar.
No le dijo nada porque temió que si hablaba con ella de todo eso tal vez fuera perjudicial y lo único que lograra sería ponerla en la pista de un rasgo oculto de su carácter: ciertas dotes de mando. Pero, un día, paseando en camello junto a las pirámides, mi padre cometió el error de sugerirle el argumento de un relato breve que había proyectado escribir:
-Mira, Diana. Es la historia de un matrimonio muy bien avenido, me atrevería a decir que ejemplar. Como todas las historias felices, no tendría demasiado interés de no ser porque ella, todas las noches, se transforma, en sueños, en un militar.
Aún no había acabado la frase cuando mi madre pidió que la bajaran del camello y, tras lanzarle una mirada de desafío, le ordenó que llevara la bolsa de los panes turcos y egipcios. Mi padre quedó aterrado porque comprendió que, a partir de aquel momento, no sólo estaba condenado a cargar con la pesadilla del trigo extranjero, sino que además recibiría orden tras orden.
En el viaje de regreso a Barcelona mi madre mandaba ya con tal autoridad que él acabó confundiéndola con un general de la Legión Extranjera, y lo más curioso fue que ella pareció, desde el primer momento, identificarse plenamente con ese papel, pues se quedó como ausente y dijo que se sentía perdida en un universo adornado con pesados tapetes argelinos, con filtros para templar el pastís y el ajenjo y narguilés para el kif, escudriñando el horizonte del desierto desde la noche luminosa de la aldea enclavada en el oasis.
Ya su llegada a Barcelona, ya instalados en el viejo palacio del Barrio Gótico, los amigos que fueron a visitarles se llevaron una gran sorpresa al verla a ella fumando como un hombre, con el cigarrillo humeante y pendiente de la comisura de los labios, y verle a él con las facciones embotadas y tersas como los guijarros pulidos por la marejada, medio ciego por el sol del desierto y convertido en un viejo legionario que repasaba trasnochados diarios coloniales.
-Tu madre era un general -concluyó mi padre-, y no tuve más remedio que ganar la batalla contratando a alguien para que la matara. Pero eso sí, aguardé a que nacieras, porque deseaba tener un descendiente. Siempre confié en que, el día en que te confesara el crimen, tú sabrías comprenderme.
Lo único que yo, a esas alturas del relato, comprendía perfectamente era que mi padre, en una actitud admirable en quien está al borde de la muerte, estaba inventando sin cesar, fiel a su constante necesidad de fabular. Ni la proximidad de la muerte le retraía de su gusto por inventar historias. y tuve la impresión de que deseaba legarme la casa de la ficción y la gracia de habitar en ella para siempre. Por eso, subiéndome en marcha a su carruaje de palabras, le dije de repente:
-Sin duda me confunde usted con otro. Yo no soy su hijo. Y en cuanto a tía Consuelo no es más que un personaje inventado por mí.
Me miró con cierta desazón hasta que por fin reaccionó. Vivamente emocionado, me apretó la mano y me dedicó una sonrisa feliz, la de quien está convencido de que su mensaje ha llegado a buen puerto. Junto al inventario de nostalgias, acababa de legarme la casa de las sombras eternas.
Mi padre, que en otros tiempos había creído en tantas y tantas cosas para acabar desconfiando de todas ellas, me dejaba una única y definitiva fe: la de creer en una ficción que se sabe como ficción, saber que no existe nada más y que la exquisita verdad consiste en ser consciente de que se trata de una ficción y, sabiéndolo, creer en ella.


(*) Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es autor de una amplia obra narrativa, que le ha consagrado como uno de los más importantes y personales autores de su generación. Algunos de sus títulos son: ImposturaHistoria abreviada de la literatura portátilUna casa para siempreSuicidios ejemplaresHijos sin hijosRecuerdos inventadosLejos de VeracruzExtraña forma de vidaEl viaje vertical (Premio Rómulo Gallegos) y Bartleby y compañía (Premio Ciudad de Barcelona), además de los ensayos de El viajero más lento, y el El mal de Montano (Premio Herralde y el Medicis a mejor novela extranjera).

domingo, 28 de agosto de 2016

Je me souviens , yo me acuerdo





Anoche estuve leyendo algunos cuentos y artículos de Juan Bonilla. Estuve tan entretenida que decidí que este sería el autor escogido para el próximo martes de taller. 
Acá un artículo suyo sobre un tema que me gusta mucho, el tema de los recuerdos y en especial el de los Yo me acuerdos. 


«Je me souviens» (Yo me acuerdo) 
JUAN BONILLA




Hace años que colecciono ejemplares de ‘Je me souviens’, libro que Georges Perec publicó en 1978 y que se ha reeditado en muchas ocasiones desde entonces. Lo componen 480 anotaciones, que comienzan todas con las tres palabras del título (Yo me acuerdo). Las anotaciones no alcanzan nunca las 10 líneas, a la mayoría de ellas les basta un par de líneas. Pondré unos ejemplos: «Me acuerdo de que mi tío tenía un CV 11 con matrícula 7070 RL», «Me acuerdo de Zatopek», «Me acuerdo de Xavier Cugat». Es evidente que Je me souviens es un libro donde abundan los nombres propios, y en este sentido tengo una malsana curiosidad -que se quedará insatisfecha con toda seguridad- por ver una futura edición crítica de este título preparada por un minucioso especialista que se proponga anotarla y contar a sus lectores que Zatopek era un atleta o que Xavier Cugat era un músico. Casi se podría utilizar el libro de Perec para hacer un austero recorrido por lo que fue el siglo XX.

Perec se propone sólo enunciar el esqueleto de una serie de recuerdos: el resultado es una larga lista que literariamente es puro hueso, un esquema que solicita del lector que sea él el que ponga la carne si quiere hacerlo o, sencillamente, se conforme con el inventario que ha reducido la memoria del autor. Porque el lector de ‘Je me souviens’ es tratado por Perec como un distinguido colaborador, casi el coautor imprescindible para que el libro, tan aparentemente debido a la mera ocurrencia, cobre su sentido final. De hecho, en todas las ediciones que he visto de ‘Je me souviens’ el editor, a petición de Perec, agrega unas páginas en blanco invitando a los lectores a que contribuyan al experimento del autor, escribiendo sus propios «me acuerdo».

Hay que decir que, si decidimos que ‘Je me souviens’ no es más que una ocurrencia afortunada sin demasiada vitalidad literaria, tendremos que saber que la ocurrencia ni siquiera es de Georges Perec, sino de Joe Brainard, un pintor norteamericano que en 1970 publicó un cuaderno de 32 páginas titulado ‘I remember’, en 1972 publicó otro cuaderno de 70 páginas titulado ’More I remember’, y en 1975 recopiló todos sus «me acuerdo» en un volumen de 128 páginas. Brainard también se limitaba a enunciar recuerdos sin contarnos nunca qué era lo que recordaba de aquellas personas o cosas a las que recordaba.

Como en la mayoría de los casos de coleccionismo, he de decir que mi colección de ejemplares del libro de Perec no comenzó con el primer ejemplar que tuve, sino con el segundo o quizá con el tercero. Recuerdo que, después de leer el libro por vez primera, me dediqué a manchar una libreta con mis «me acuerdo»: cuando dispuse de más de 100, me acuerdo, elegí los 30 mejores para copiarlos en las páginas en blanco que se añadían al final en el libro de Perec. Es un ejercicio que recomiendo a todo escritor que presienta atravesar por una etapa de bloqueo. Pero mi colección de ‘Je me souviens’, como digo, habría de iniciarse meses más tarde, cuando encontré en el Mercat de Sant Antoni de Barcelona un ejemplar de una edición publicada en 1986.

Por supuesto, las páginas añadidas por el editor invitando al lector a sumar sus «me acuerdo» a los de Perec ya no estaban en blanco, sino ocupadas por una caligrafía microscópica con la que el anterior propietario del libro había escrito su batería de «me acuerdos». Estaban escritos en catalán, y compré el libro sólo para leer tranquilamente aquellos recuerdos de un lector anónimo que había querido contribuir al excelente proyecto de Perec. «Me acuerdo del primer perro que tuve, era ciego y diabético», «Me acuerdo del sonido del mar por la noche», «Me acuerdo de los muslos de un portero brasileño llamado Leao».

Yo no había tenido un perro ciego, pero conozco la música nocturna del mar y, de crío, el primer partido de fútbol al que mi padre me llevó fue un Barcelona-Palmeiras en el que Leao defendía la meta del equipo carioca. De aquella batería de «me acuerdos» de aquel lector anónimo, yo podía haber escrito casi la mitad y pensé que me bastaría con adquirir las experiencias enunciadas en los otros «me acuerdos» para ser él. Podía empeñar unas semanas en ese proyecto para convertirme en otro o, mejor dicho, para convertir a ese lector en mí, para añadir la memoria de otro a la mía: ¿no es al fin y al cabo eso la literatura? También pensé que lo que había pretendido Perec al invitar a los lectores a sumar sus listas de recuerdos a los suyos, era crear un país distinto, un lugar imaginario hecho con recuerdos reales, una cofradía de seres que alzan con sus líneas una ciudad invisible hecha de esqueletos de memoria. Confirmé estas intuiciones al hacerme con el tercer, con el cuarto, con el quinto ejemplar de ‘Je me souviens’, todos ellos heridos en sus últimas páginas por los recuerdos de sus lectores.

«Me acuerdo de que en los días de lluvia encendían las luces de las clases en el colegio, y eso me producía extrañeza», anotaba uno. Ese recuerdo también es mío, ese recuerdo lo tengo, no tendría que agregar ninguna experiencia a la mía para, en ese punto, ser ese lector anónimo que fue propietario del quinto ejemplar que adquirí del libro ‘Je me souviens’.

«Me acuerdo de que una noche me sentí morir, y sólo me preocupaba que mis padres no se llevaran la mala impresión del hedor de mi cadáver cuando me descubrieran por la mañana, así que me arrastré hasta el armario y apilé todas las pastillas de jabón que mi madre guardaba en los cajones para aromar la roma, y me cubrí con todas esas pastillas y me dispuse a morir tranquilo a sabiendas de que a la impresión terrible que sacudiría a mis padres cuando descubrieran mi cadáver no se agregaría la mala impresión del hedor que mi cuerpo desprendía».

Esa experiencia no la tengo aún, pero la próxima vez que me sintiera morir la adquiriría, de hecho llené los cajones del armario con pastillas de jabón. «Me acuerdo de las manos de mi madre», decía otro lector de Je me souviens, y ese lector podía ser yo. «Me acuerdo de las palabras del replicante de Blade Runner». Yo también. «Me acuerdo de ’La esfera y la cruz’, de Chesterton». Yo no, tengo que leerlo. Coleccionando ejemplares de ‘Je me souviens’, lo que hago es coleccionar experiencias que me faltan.

Georges Perec nos dio una lección con su libro tan aparentemente banal, tan poca cosa, tan abierto a colaboraciones de otros, tan interminable. Reduciendo su memoria a una pila de frases sin atractivo literario, nos enseñó que la literatura en esencia es eso: ofrecer memoria, invitar a hacer memoria, compartir recuerdos, añadir recuerdos a la bolsa donde guardamos todos los «me acuerdo» que son nuestra vibrante necrológica, que nos hacen ser quienes somos, criaturas que se diferencian apenas en el hecho de que uno se acuerda de los muslos de Leao y otro de las piernas veloces de Zatopek.

domingo, 19 de julio de 2015

Santoral por Manuel Vicent

Santoral por Manuel Vicent








Hasta hace poco existía el santoral de frutas y verduras. El calendario del año, más allá de la meteorología, lo marcaban las cosechas y estas iban unidas a una virgen, a un santo, a cualquier festividad religiosa. De niño, cuando en el mes de mayo llevaba flores a María, sabía que al volver a casa habría fresas y cerezas en la mesa. El mes de junio estaba dedicado al Corazón de Jesús; en las estampas veía aquella víscera sagrada de color dorado llameando y esa imagen me llevaba a pensar en los nísperos y albaricoques, que tenían una forma parecida. Las brevas llegaban inexorablemente por San Juan, las ciruelas amarillas y los melocotones rosados por San Pedro, los melones y sandías por Santiago Apóstol, los higos napolitanos por san Roque Peregrino a mitad de agosto, la uva moscatel con las vírgenes de septiembre, las peras limoneras en octubre con La Milagrosa y las naranjas mandarinas por Todos los Santos. La Candelaria traía las primeras habas y alcachofas, los espárragos silvestres germinaban en los barrancos anunciando la resurrección de Cristo el domingo de Pascua, los tomates y pimientos eran inseparables de la canícula, como los nabos se daban en Adviento y las castañas abrían la Navidad. El tiempo podía traer lluvias salvajes y duras sequías, nieves y sirocos infernales, pero todo iba bien para el espíritu si el calendario obedecía imperturbable al santoral de frutas y verduras que marcaba los meses y los días. Hoy se asiste a la locura de las semillas trasgénicas, un fenómeno que también comparten la política, la economía, la religión, el arte, incluso el cuerpo humano. La aldea global no solo atañe a los mercados financieros; también se manifiesta en los puestos de frutas y verduras, donde puedes comprar toda clase de productos en cualquier día del año sin saber quien los ha manipulado. Me pregunto si hay que tener previamente un alma transgénica, cultivada bajo plásticos en un invernadero, para tragar con todo lo que te echan, lo mismo en frutas que en ideas, fuera de tiempo. Si ya no hay un valor seguro al que agarrarse ni un maestro al que seguir, tampoco es tan raro que campe por los mercados la bacteria E.coli con tantas frutas y hortalizas sin un santo al que acogerse, sin una virgen que las pruebe primero. Del diario El País

 


domingo, 10 de mayo de 2015

Qué vida, por Juan José Millás

Qué vida. Juan José Millás

 

Qué vida

 
Telefoneé a mi amiga Maruja y descolgó el jefe de seguridad de unos grandes almacenes. Mi amiga se había dejado el móvil en un probador. Llamé a Maruja al fijo y le pregunté dónde tenía el móvil. En el bolso, supongo, dijo ella. Búscalo, dije yo. Lo buscó sin hallarlo, entonces le conté, riéndome, que lo tenía el jefe de seguridad de unos grandes almacenes.
Como notara al otro lado un silencio ominoso (qué rayos querrá decir ominoso) pregunté qué ocurría, y mi amiga me confesó que había robado una falda. Media falda en realidad, añadió, pues estaba rebajada. De repente, el móvil a secas se había convertido en el móvil del crimen. ¿Qué hacer? Telefoneé de nuevo al móvil de mi amiga y volvió a responder el jefe de seguridad. Mi amiga, dije, ha entrado en urgencias y está al borde de la muerte, de modo que me voy a acercar yo a recoger su móvil. ¿Y la falda?, dijo el jefe de seguridad. ¿Qué falda?, dije yo. La que ha robado su amiga, dijo él. Aquí, entre nosotros, dije yo, era una mierda de falda. Pues el móvil es una mierda de móvil, dijo él. Si le parece, dije yo, le devuelvo la falda de mierda, me devuelve la mierda de móvil y aquí paz y después gloria.
El jefe de seguridad dudó unos instantes, luego bajó la voz, como con miedo a que le escucharan, y dijo que en el fondo él admiraba a la gente como mi amiga. Yo jamás me he atrevido a robar nada, añadió, lejos de eso me dedico a detener a la gente que roba, por lo que me detesto, me odio, no sé cómo he llegado a esta situación, me gustaría devolverle personalmente el móvil a su amiga. Ya le digo que está en el hospital, dije yo. Pero sé que es mentira, dijo él. Total, que esa noche, al salir del trabajo, fue a casa de Maruja a devolverle el móvil. Le llevó también una blusa estampada que era la primera cosa que lograba robar. Y ahora salen juntos, qué vida.
EL PAIS, 04-IX-2009  Cortesía de ABRA taller de lectura.

domingo, 19 de abril de 2015

El escritor Juan Bonilla entrevistado por Daniel Heredia



Muy buena entrevista a Juan Bonilla , escritor español invitado de lujo al Festival de la palabra.  Con ideas claras el autor que yo conocía por "El que apaga la luz" y "El arte del Yo-yo", nos cuenta como se desenvuelve como escritor y periodista. Ganador de la primera edición de la  Bienal de Novela Mario Vargas Llosa con su obra. "Prohibido entrar sin pantalones".
"Prohibido entrar sin pantalones" es la obra con la que ganó Juan Bonilla.
 

domingo, 29 de junio de 2014

Una penélope moderna

 
De mi admirado Antonio Muñoz Molina este relato de una Penélope moderna y de la necesidad que tenemos de los cuentos.
 
Una historia antigua
En el corazón de cualquier relato está el misterio de lo que no llega a decirse
 
Cientos de miles de jóvenes en EE UU lucharon en las guerras de la última década, dejando a sus Penélopes detrás. / Reuters / Erik de Castro
Nos contamos historias a nosotros mismos para seguir viviendo”. Me acordé de esas palabras de Joan Didion conversando con una mujer que probablemente había leído muy poco o nada y que sin embargo era una excelente narradora y hablaba un español empapado de literatura: de novelas sentimentales, de boleros, de telenovelas. Es una mujer de casi sesenta años que no ha tenido mucha suerte en su vida, pero que la cuenta con esa extraordinaria desenvoltura narrativa del habla colombiana, en la que nunca falta el humorismo, y en la que la guasa amortigua o endulza hasta lo más cruel. Emigró a Nueva York cuando era muy joven. Tuvo un hijo con un hombre que desapareció en seguida. Con la esperanza de poder pagarse los estudios de Medicina, su hijo se alistó en el ejército cuando empezaba la invasión de Irak. Lo enviaron allí, y ella dice que le rezaba todos los días al Señor pidiéndole que se lo devolviera vivo y entero. “Dios mío, no me lo devuelvas quemado, o sin piernas, eso no”. Hablaba con él de vez en cuando por Skype y lo notaba trastornado por dentro, horrorizado de lo que veía. “Mamá, esto es el infierno”. Tenía 22 años y se había casado un poco antes de viajar a Irak, “con una gringuita rubia, linda, con los ojos azules”. El hijo la llamó cuando ya solo le quedaba una semana en la zona de guerra. Uno o dos días después de hablar con ella, el blindado en el que viajaba rebotó sobre una mina y murieron él y sus tres compañeros de patrulla.
‘La Odisea’ irrumpe por primera vez en la imaginación de alguien, no como una obra solemne, sino como una fábula
Años después de perder a su hijo, ella sigue extraviada en el mundo, en una rara viudedad que no le impide teñirse el pelo, arreglarse, vestirse con colores claros y oros, con una casi exuberancia muy habitual en esta zona entre colombiana e indostánica donde vive, Jackson Heights, en Queens. Tenía dolores muy fuertes de espalda y le dieron el disability, como ella dice, de modo que pudo jubilarse y cobra una pensión. Pasa temporadas largas en Colombia, en la ciudad querida de su origen, Pereira. A la entrada de su apartamento hay una estantería baja en la que se alinean ordenadamente zapatillas caseras, calzado de deporte, tacones. En medio del calzado femenino hay unos zapatos grandes masculinos que fueron de su hijo. Para seguir viviendo, esta mujer cuenta lo buen chico que fue siempre, lo estudioso en la escuela, siempre alejado de las malas compañías del barrio, resuelto a llegar a ser un buen médico.
 
  
Pero no quiere dar por terminada su vida. Sueña, dice, con encontrar a un hombre que la quiera de verdad, que le hable con dulzura al oído y, si hace falta, le cuente mentiras bonitas. “¿No es eso lo que nos gusta a las mujeres?”, dice medio en broma, entre la guasa y la melancolía, “¿que nos cuenten mentiras?”. Y entonces, ya empapada sin saberlo de literatura, nos cuenta que de joven vivió un gran amor, un verdadero amor, no con el padre de su hijo, sino antes, una vez que se fue a España con todos sus ahorros para buscar trabajo. Él era de Barcelona, pero se conocieron en Canarias. “Recorrimos en su carro las siete islas, una por una”. Terminaban de visitar una isla y embarcaban el coche para explorar la próxima. Buenos hoteles, restaurantes. Luego viajaron por toda la Península, durante un año entero. Dice el nombre y los dos apellidos, complicados y prometedores como los de un galán de telenovela. En vez de buscar trabajo, gastó con él todos sus ahorros, en plena felicidad, yendo a todas partes, comiendo y bebiendo muy bien, a veces demasiado, porque los españoles toman vino con todas las comidas, y además usan mucho el ajo, de modo que a ella le parecía a veces que le olía un poco a ajo el sudor.
“¿No es eso lo que nos gusta a las mujeres?”, dice medio en broma, “¿que nos cuenten mentiras?”
Volvió a Colombia enamorada y en quiebra. Habían planeado seguir viéndose, pero había demasiada distancia. “Y entonces no era como ahora, no había celulares, nada más que cartas, que tardaban tanto, y una llamada de teléfono costaba carísima”. Al hablar de él siempre dice su nombre y sus dos apellidos, como para confirmar la realidad administrativa de su existencia. Dice que sigue soñando con él. Sueña con él como era entonces, exactamente así. No lo sabe imaginar gordo, mayor, calvo, con el pelo blanco. Sueña que vuelven a encontrarse. Pero se queda pensativa y dice que ha pasado tanto tiempo que si lo viera quizá no lo reconocería. Su hermana, muy acostumbrada a sus historias, la mira con ironía y le dice: “Eres una Penélope”.
Pero ella no ha escuchado nunca ese nombre y no conoce la historia. Me veo cumpliendo la singular tarea narrativa de contar la espera de Penélope y el regreso de Ulises a Ítaca a una persona que la está escuchando por primera vez, y que me mira con una expresión muy atenta, con la curiosidad pura de saber qué sucede a continuación, asombrada y conmovida por la obstinación de los dos esposos a lo largo de 20 años, Ulises sobreviviendo a aventuras y naufragios, Penélope destejiendo de noche lo que ha tejido de día para prolongar la espera, el perro viejo y ciego que reconoce antes que nadie a su amo. La Odisea está irrumpiendo por primera vez en la imaginación de alguien, no como una obra literaria solemne, sino como una fábula, una más entre los relatos que nos contamos los unos a los otros a diario, o que nos contamos en silencio a nosotros mismos, fantaseando, mintiendo. Pero lo prodigioso y lejano resulta de inmediato familiar: hay un hijo que abandona muy joven la casa en la que se crio sin la presencia de un padre; hay un soldado que está punto de no volver de una guerra que no parecía terminar nunca; hay un hombre y una mujer que se encuentran después de haberse esperado y recordado tanto y ahora no se reconocen, porque han pasado 20 años. Para estar segura de que el recién llegado es Ulises, Penélope lo pone a prueba. Hay una sola cosa íntima que solo él puede saber. El reconocimiento indudable sucede en el secreto de la cámara nupcial. En la pesadumbre del relato surge un indicio de picardía que a nuestra interlocutora le hace sonreír, porque ni la soledad ni el luto le han apagado una crédula expectación de los placeres de la vida. Se pregunta qué prueba podría ponerle ella a su amante español si volviera a encontrarse con él, si lo mirara y no estuviera segura de reconocerlo, al cabo de una ausencia más larga ya que la de Ulises. Y comprende instintivamente que en el corazón de cualquier historia está el misterio de lo que no llega a decirse.

domingo, 8 de junio de 2014

El ojo de Dios por Rafael Argullol, escritor español

Ojo de Dios, oído del Diablo por Rafae Argullol, escritor español  del diario El País.

 
El verano pasado fui a comprar un coche. Les ahorro los detalles automovilísticos para explicarles por qué no lo compré. A mí me preocupaba la altura del volante. El vendedor, un hombre muy atento continuamente pegado a la pantalla del ordenador, me explicó que en el modelo de coche del que estábamos hablando la altura del volante era adaptable. De repente pareció encontrar lo que buscaba en la pantalla y dijo: "Como usted mide metro ochenta y siete...". Me quedé perplejo. Comenté: "¿Cómo sabe mi estatura?". El hombre, al inicio, no reaccionó. Luego, por fin, sacó los ojos de la pantalla y me miró desconcertado. Se hizo el silencio. Le repetí mi pregunta. El vendedor pasó del desconcierto a la desesperación, como si no estuviese acostumbrado a este tipo de preguntas por parte de los clientes. Contestó con ansiedad, señalando a su ordenador: "Lo dice aquí".
El resto de nuestra conversación duró 10 minutos, en los que no solo se frustró la venta de un coche sino que se aclararon algunos enigmas. Le pedí al vendedor que me dejara ver "lo que decía allí". Alegó débilmente el carácter confidencial de aquellas informaciones, aunque se derrumbó pronto al advertir que se trataba precisamente de mi confidencialidad, y no de la de ningún otro cliente. Balbuceó que estaba avergonzado, pero que no se trataba de un asunto de su establecimiento sino de algo que procedía de la empresa multinacional de la que él era un mero empleado.
Siempre había información relacionada con hipotéticos clientes y, como todos los ciudadanos eran hipotéticos clientes, en el ordenador había información sobre todos. Me senté a su lado y leí en la pantalla las cosas que me concernían. Eran muchas, tantas que incluían una operación en la espalda a la que me había sometido años atrás. De vez en cuando interrumpía la lectura para mirar a los ojos a mi interlocutor. El hombre estaba con la frente sudada pese a que el aire acondicionado de su despacho era potente. Finalmente, harto de leer informaciones que, naturalmente, ya sabía, junto con otras que apenas recordaba, me levanté de la silla y me despedí. El vendedor se disculpó con bastante torpeza, pero creo que con sinceridad.
Desde el despacho en el que había estado recluido para la frustrada compra de un coche hasta la puerta de salida de la concesionaria advertí varias cámaras de vigilancia que, con toda probabilidad, habían grabado mis movimientos. Era lo mismo que ocurría en cualquier local. Me había acostumbrado, como mis conciudadanos, a que las lentes aéreas siguieran mis pasos. En esta ocasión reparaba en su presencia porque mi ánimo había sido golpeado por lo sucedido en el despacho del vendedor. Esos ojos de cristal me agredían singularmente. ¿Pero mañana me acordaría de la violencia que ejercen sobre nuestra intimidad esos centinelas omnipresentes? Seguramente mi reacción sería tan sumisa como la de los otros ciudadanos.
Hubo un tiempo en que eso producía escándalo. A la salida de la concesionaria de automóviles hacía mucho calor. De pronto me vi buscando cámaras de vigilancia y me fue fácil localizar varias en plena calle. Vino a mi memoria un acontecimiento que conmovió al mundo en mis años de estudiante: el asesinato de Olof Palme. Al primer ministro sueco, si no recordaba mal, lo mataron en una calle peatonal de Estocolmo, a la salida de un cine al que había acudido, como siempre, sin escolta. A consecuencia del magnicidio, alguien, en el Parlamento de Suecia, planteó la posibilidad de instalar unas cámaras en la calle peatonal. La inmensa mayoría se opuso. Se alegó que la primera regla de una sociedad libre era preservar la intimidad de los ciudadanos. Eran otros tiempos, me dije mientras rememoraba la figura, por tantos conceptos ejemplar, de Olof Palme. Aún no disponíamos de Internet y de teléfonos móviles. Faltaba bastante para que el atentado de las Torres Gemelas de Nueva York, en 2001, impulsara una drástica cesión de libertad a cambio de una proclamada seguridad.
Estos días me he acordado de la truncada compra de un coche el verano pasado a partir del caso Snowden. Nuestra imaginación con respecto a las posibilidades del mal es siempre muy pobre cuando la comparamos con la intensidad que el mal, en la realidad, puede alcanzar. Antes de estar en el despacho del vendedor de coches nunca habría imaginado que alguien tuviese tanta información sobre mí para conseguir algo tan banal como venderme un coche. Después de conocer el sistema de espionaje universal desvelado por Snowden, todas las tramas de control concebidas hasta ahora parecen infantiles. Ya no se espía a individuos, entidades o instituciones; se espía, y de manera global, la intimidad misma de las personas. El ojo de Dios lo ve todo; el oído del Diablo lo escucha todo. Y lo peor es que los seres humanos ya no ofrecen resistencia, sea porque se sienten impotentes, sea porque han olvidado que es propio de un ser humano que aspira a la libertad ofrecer este tipo de resistencia.
Ni Aldous Huxley ni Georges Orwell, en sus negras profecías, llegaron a una percepción de este estilo. No pudieron prever, al menos en toda su extensión, la forma ni tampoco las consecuencias sobre la naturaleza humana. Es curioso que ni ellos, ni prácticamente ningún otro escritor, fuesen capaces de intuir los instrumentos técnicos decisivos del futuro. La imaginación, aunque sea potente, es siempre pobre. El ojo avasallador del Gran Hermano estaba concebido según un modelo clásico: un Dios todopoderoso controlaría hasta el anonadamiento a los hombres, si bien, desde el siglo XX de Stalin y Hitler, ya se presuponía que en el siglo XXI ese dios no vigilaría desde el Sinaí o el Olimpo sino desde estilizados rascacielos de poder.
Pero las profecías fallaron, o no advirtieron la hondura de lo profetizado, precisamente por aplicar un modelo clásico. Ni Huxley ni Orwell podían intuir que sería el propio hombre el que pondría en pie gigantescos engranajes de control, no bajo la amenaza de los dioses o por la aplicación de ideologías totalitarias, sino por el uso aniquilador de la propia intimidad de invenciones maravillosas como Internet o la telefonía móvil. Es verdad que la sed de control por parte de los poderes es insaciable, pero lo más inquietante es la complicidad con que los ciudadanos se prestan gustosa e insensatamente a saciar aquella sed.
Las revelaciones de Snowden son demoledoras fundamentalmente porque ponen de relieve esta complicidad. Por mucha que sea la histeria acusadora contra este agente secreto que se ha convertido en delator, lo que, en el fondo, se le reprocha a Snowden es que, consciente o inconscientemente, haya puesto al siglo XXI ante el espejo de sus propias aberraciones: abolición de la intimidad, apatía, sumisión. Aunque quizá no con el celo que han demostrado Obama y Cameron, ni con la magnitud de las cifras, ya estábamos advertidos del amor al espionaje masivo de la humanidad por parte de quienes se han convertido en nuestros centinelas frente a la amenaza terrorista; lo que ignorábamos es nuestra colaboración activa en el arrasamiento de la libertad individual gracias a las conversaciones, mensajes, cartas e imágenes que cedemos a empresas sin escrúpulos para que, transformados en pura mercancía, seamos impunemente encerrados en cárceles de sospecha.
La magnitud de las cifras no ofrece dudas: toda la humanidad es sospechosa. Incluso puede extraerse una conclusión más radical: toda la humanidad es casi culpable. Por eso debe ser acechada, controlada, vigilada. No es una idea reconfortante del ser humano. Pero aún lo es menos que los propios hombres, por estulticia o por servilismo, se presten alegremente como víctimas del sacrificio.
 
El País, 21/07/2013 

Argullol, escritor y filósofo español, habla sobre la literatura


Argullol, el viajero que disecciona los entresijos de la Literatura


domingo, 11 de agosto de 2013

Jose Luis Sampedro




“ Tenemos el deber de vivir la vida, de ser lo más que podamos en compañía de los demás, porque solos somos muy poca cosa”.
" Somos naturaleza. Poner al dinero como bien supremo nos conduce a la catástrofe."

"Deberíamos vivir tantas veces como los árboles, que pasado un año malo echan nuevas hojas y vuelven a empezar".

"Uno escribe a base de ser un minero de si mismo".

"Hay dos clases de economistas; los que quieren hacer más ricos a los ricos y los que queremos hacer menos pobres a los pobres".

"Siempre se puede, cuando se quiere".

"El niño siempre anda buscando. Entonces, si no se siente buscado, por fuerza pensará que el mundo falla y le rechaza".

"El tiempo no es oro; el tiempo es vida".

"La libertad es como una cometa. Vuela porque está atada".

"Porque es tocando fondo, aunque sea en la amargura y la degradación, donde uno llega a saber quién es, y donde entonces empieza a pisar firme".

"Qué importa mi boca cerrada, ¡cuando piensas con el alma te oyen!".


domingo, 16 de junio de 2013

Encontrar la estatua




Miguel Ángel creía que las estatuas están de antemano ocultas en el bloque de mármol, y que el trabajo del escultor no es inventarlas, sino encontrarlas. Así están las novelas en ls caras de los desconocidos, en nuestra propia cara y en nuestras pupilas cuando miramos un espejo, y lo que importa en la escritura no es eso que llaman la voluntad de estilo, sino el instinto de mirar. Antonio Muñoz Molina.

viernes, 15 de febrero de 2013

Deliciosa crónica


Antonia, la dominicana:

Después de un viaje tan largo el regreso tiene algo de convalecencia. El avión salió de Tel Aviv después de la una de la madrugada, y al cabo de doce horas de vuelo en las que la cabina estuvo casi siempre a oscuras y con las ventanillas bajadas aún seguía siendo noche cerrada. En un cielo negro invertido se extendía de pronto en todas direcciones la galaxia de luces de Nueva York, su parpadeo de constelaciones a cada momento más cercanas. Quien duerme poco o no duerme en un vuelo nocturno experimenta una duración agotadora que a partir de un cierto momento no alivia nada, ni la lectura, ni la música en los auriculares, ni una de esas películas sonámbulas de los aviones, ni el casi dormir con los ojos entrecerrados, un letargo en el que se mezclan recuerdos disgregados y ráfagas de sueños.

Según el reloj son las dos menos cuarto de la tarde. En los relojes del aeropuerto JFK, enorme y vacío a estas horas, son las siete menos cuarto de la mañana. El cerebro humano no sobrelleva bien estas discordias temporales. El oficial de inmigración compara la cara del pasaporte y la de la tarjeta de residencia con la que tiene delante en la ventanilla y se le ve lleno de dudas comprensibles. El cansancio extremo y la falta de sueño volverán borrosos los rasgos de una cara. Y cuantos centenares de ellas verá sucesivamente este hombre en su turno de noche, él también fatigado e hipnotizado por la repetición incesante, por la variedad incesante, caras de todo el mundo y de todas las condiciones y edades deteniéndose ante él con expresiones parecidas entre de alarma y de mansedumbre, apareciendo en repeticiones adicionales en las fotos de los documentos y en las que aparecen en la pantalla de su computadora.

Se hace de día sobre un paisaje de nieve sucia y cruces de carreteras y puentes y un taxista colombiano me cuenta con todo lujo de detalles cómo se prepara el plato estrella de la cocina de Cali, el sancocho de gallina. Pero como el trayecto es largo el taxista va tomando confianza y a la altura del puente Triboro ya estoy al tanto del gran amor tórrido que unos años atrás estuvo a punto de costarle su matrimonio, el cariño de sus hijos, su puesto de trabajo: una dominicana hermosa que se llamaba Antonia y que lo volvió loco, loco perdido, hechizado. Se mataba de trabajar y le daba todo su dinero, y su esposa mientras tanto lloraba por los rincones y rezaba para que él volviera. Cuando estaba a punto de dejarlo todo y de irse con aquella Antonia tentadora a Santo Domingo el Señor quiso que se le abrieran los ojos. Volvió a su esposa y cayó de rodillas pidiéndole perdón. Ella le hizo que se levantara: “Yo sabía que usted es bueno, papito, que no abandonaría a sus hijos”. La historia y el trayecto terminan a la vez. “Pero qué cuerpo hermoso tenía esa mujer”, me dice el taxista, quieto un momento y sonriendo cuando ha sacado mi maleta y la deja en la acera, en la mañana helada. “Se quitaba la ropa y uno la miraba y no sabía por dónde empezar”.



Antonia, la dominicana | Antonio Muñoz Molina
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domingo, 24 de junio de 2012

Lover Man



Antonio Muñoz Molina, el escritor español que vive mucho de su tiempo en New York, nombra a los músicos de Jazz que conoció hace ya muchos años, los he buscado y cuelgo algunos que me gustaron mucho.

sábado, 9 de junio de 2012

La caja de música

La semana pasada hicimos en ABRA, nuestro talle,r a Gustavo Martín Garzo escritor español de alta sensibilidad. El es también filósofo y escribe en los principales diarios de España. Este artículo comienza hablando de María Zambrano, filósofa y escritora que me gusta muchísimo y a partir de una declaración suya va a la relación entre la madre y el hijo, el nacimiento del lenguaje en cada niño, el encantamiento que realiza cada madre con el canto de sus palabras.

LA CAJA DE MÚSICA
(El País · 04/02/2007)







Poco antes de morir, en una entrevista para televisión, una periodista le preguntó a María Zambrano por las cosas que le hubiera gustado ser de pequeña. María Zambrano apenas necesitó pensar su respuesta: una cajita de música, un centinela y un caballero templario. El centinela y el caballero tenían que ver con su gusto por la filosofía, que era desvelo, estado de alerta, anhelo de conocer; la caja de música, con su amor a la poesía, que era misterio, atrevimiento, vocación nupcial. María Zambrano hablaba como el que se inclina sobre un arroyo de aguas claras que no dejan de renovarse y espera recibir de ellas algo desconocido. Por eso quería que, más allá de sus significados concretos, las palabras fueran canto, misterio, lo que tiene el poder de hechizar, como lo hace una pequeña caja que al abrirse nos entrega su música.

No estoy pensando en ese canto con que druidas, chamanes o hechiceros, en los claros del bosque, trataban de conjurar los males del mundo, sino en simples mujeres hablando. Mujeres que se inclinan sobre las cunas de sus recién nacidos y, locas de felicidad, hablan para ellos. Eso es el lenguaje, un don de la madre. Es así como los niños aprenden a hablar, escuchando a sus madres. Lo hacen desde antes de poder entenderlas, cuando siendo todavía muy pequeños escucharlas no debe de ser muy distinto para ellos a lo que es para nosotros sorprender el canto de los pájaros. Paseamos junto una arboleda y al escuchar el tamborileo del picapinos, la melodiosa cháchara de las currucas o el canto aflautado del mirlo, nos detenemos a escuchar. Y así es como los niños recién nacidos se comportan ante el parloteo de sus madres. Las sienten entrar en la habitación y antes de ver el milagro de su rostro flotando sobre la cuna se disponen a escuchar lo que vienen a decir-les. Eso es para ellos la palabra humana, el lugar donde el rostro de su madre va a aparecer. Pero hay una diferencia entre el niño y el paseante distraído del que antes hablé. El paseante sorprende el canto del pájaro como intruso, alguien que viniendo de fuera se detiene un momento en un mundo que no siendo el suyo enseguida tendrá que abandonar; mientras que el niño sabe desde muy temprano que las palabras que escucha le están destinadas. Sería como un pájaro que cantara solo para él, que se colara por la ventana y al verle esperando en su cuna empezara con sus trinos. Así es la madre para su niño, un pájaro que está loco de amor. “Canto, porque tú estás a mi lado”, le dice. Ese es el milagro de la palabra, que sólo nos busca a nosotros. Y eso es lo que siente el niño, que ese sonido mágico sólo se produce porque él está allí, que es un elemento más de esa relación misteriosa que tiene con su madre. Y es en el seno de esa relación como el niño va descubriendo que las palabras también dicen cosas, tienen un sentido. Entonces escucha a su madre decirle: “Si quieres que seamos felices, tienes que hacer lo que te pida”. El lenguaje que antes fue canto, es ahora petición, responsabilidad, búsqueda de un espacio que compartir con los otros. Tener una casa en la noche. Y si el niño acepta gustoso este cambio es porque, como en los grandes musicales del cine americano, todo esto su madre se lo pide cantando.