Desde Lima, un relámpago de azul-cielo o azul-mar en nuestra mente o en nuestro corazón que ansían la belleza. Cuentos, poesía, música, cine, reflexiones, teatro, viajes, fotografía, entrevistas, danza y más.
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domingo, 4 de octubre de 2015
domingo, 19 de abril de 2015
¿Cómo promover la felicidad de los peruanos? | Un TED peruano
Los productores de TED viajan a diferentes países y convocan a personas que creen tener algo que decir, que aportar a los demás. Vinieron al Perú y entre otros escogieron a Jorge Yamamoto, investigador social y el ofreció esta interesante conferencia.
jueves, 6 de febrero de 2014
El joven que echaba chispas
El hombre que echaba chispas
Echaba chispas. Parecía un
cuchillo que al frotarse con otro lanza pequeñas partículas de fuego. No había
manera de esconder lo que le sucedía cuando montaba en cólera. Qué iba a hacer,
había nacido rabioso. A lo que más miedo le tenía era a causar un incendio.
Leía siempre en el periódico que el
incendio de esa casa hermosa que quedaba
en medio del bosque de San Isidro había empezado a arder por una pequeña chispa
que saltó del cordón del televisor. De alguna manera era un poder, tenía
capacidad para destruir, pero si bien era rabioso, en el fondo de su corazón
era un muchacho que quería el bien de los demás. Contradicciones que tenemos
las personas. Entonces, cuando sentía
que la rabia lo empezaba a invadir, se iba corriendo en busca de una ducha, o
una piscina o una manguera para mojarse íntegramente y apagar el fuego que ya salía
en chispas por todo su cuerpo como si fuese un fósforo o una luz de bengala. Si
hablaba algo, sus palabras normalmente eran hirientes, las chispas podían hacer
que la camisa de su interlocutor se prendiese y hasta podría ser acusado de
asesino. Y matar jamás era su intención.
Entonces subió a la parte más
alta de la montaña, se construyó una pequeña casita y se dedicó a meditar. Claro que le preocupaba que sus padres lo
estuviesen buscando pero más importante que todo era conseguir calmar su
cuerpo, dominarlo, acallarlo, enseñarle que el que juega con fuego, se quema. Felizmente
su madre le había enseñado a meditar, así que cruzó sus piernas, colocó sus
manos una sobre otra, cerró los ojos, se relajó y se puso a pensar en nada. De
rato en rato aparecía en su mente un caballo, la luna que giraba, una playa de
mar brava, gente que se le acercaba y ardía, pero él, repetía su palabra
mágica, su mantra, que en este caso era
Ummmmm y respiraba y expiraba para pacificar su espíritu. Varios animales vinieron a vivir con él.
Algunos gruñían y a él casi se le escapaban chispas de mal humor, pero repetía
el Ummmmmm y se sosegaba. Ovejas,
venados, lobos, y hasta un puma lo abrigaron en las noches de frío. Por la mañana tempranito muchos y distintos pájaros
lo saludaban y partían volando.
Pasaron tres meses antes de que
decidiera bajar de la montaña y
encontrarse con sus padres y con sus amigos. Llevaba una sonrisa de ilusión en
la cara en lugar de la cara agestada, y en vez de chispas, de su cuerpo salía
un aire fresco que aliviaba a cualquiera y las personas se sentían atraídas por él, que
si bien llevaba una larga barba, caminaba dichoso para encontrarse con sus
padres, a los que abrazó y besó porque los había extrañado mucho. Nunca más
montó en cólera, nunca más saltaron chispas de fuego de su cuerpo y fue cada
día más feliz.
martes, 24 de diciembre de 2013
El primer Taikonauta, un cuento oriental
El primer taikonauta
Para Matías
En el siglo XIV, Wan Hu era tan pobre, que solo tenía dinero.
Los antiguos libros cuentan que este acaudalado funcionario imperial de la Dinastía Ming, nunca fue feliz en la Tierra. Soñaba con las estrellas.
De niño, Wan Hu estaba convencido de que al caer la noche, un gran manto con agujeros cubría la Tierra. Las estrellas no eran más que los orificios a través de los cuales se colaba la luz. Sucedía que a la hora de dormir, los dragones corrían la cortina de su Reino y dejaban al Mundo Conocido en una completa oscuridad. Tan solo un farol quedaba prendido, la Luna.
Como luceros, los ojos de Wan Hu se perdían en el infinito, su corazón entraba en órbita y su mente aterrizaba en algún lugar difícil de imaginar para aquellos que nunca han contemplado el cielo. Desde entonces, Wan Hu soñaba con atravesar los orificios que algunos llamaban estrellas. Sonreía y parecía feliz.
Hasta que los problemas estallaron. Los maestros lo acusaron de vivir en la Luna y su padre lo obligó a poner los pies en la Tierra. Creyendo que con su actitud había defraudado y ofendido a sus mayores, prometió fervientemente que cambiaría. Sus ojos, nunca más le dieron cabida a las estrellas.
Con la vista al frente, y tras muchos años de estudio y preparación, los chinos cuentan que Wan Hu se convirtió en un alto y respetado funcionario imperial, acumuló seda y jade, bienes y concubinas, riquezas y placeres. Tenía el mundo a sus pies.
Pero a Wan Hu, poco le interesaba la Tierra. El brillo de sus ojos se había quedado desde hace muchos años en el lugar en donde habitan las estrellas. Nada parecía conmoverlo ni emocionarlo completamente. Hasta su sonrisa era fugaz.
Una noche de luna llena, decidió marcharse de este mundo.
Ante la sorpresa de todos, construyó su propia silla voladora. Amarró a las patas de su sillón preferido 47 tubos de bambú llenos de pólvora. Y ordenó a 47 sirvientes encender al mismo tiempo cada cohete cuando él diera la señal.
Cuentan los chinos que el día del despegue, Wan Hu lucía sus mejores atuendos de seda, un par de cometas para el aterrizaje y una sonrisa brillante en el rostro que iluminaba el planeta.
Tras el lanzamiento, cuando el humo se disipó, Wan Hu ya había desaparecido. Algunos creen que murió en el intento. Otros piensan que atravesó las estrellas. Aunque la mayoría está convencida de que tan sólo hizo un largo viaje para alcanzar su felicidad.
Kepei
柯裴
(Capítulo 23 de Correo de Seda)
De la serie "Cuentos para Matías"
Etiquetas:
cohete,
Cuento oriental,
Felicidad,
Patricia Castro Obando,
periodista y escritora peruana,
silla voladora
domingo, 7 de julio de 2013
La puerta de la felicidad
La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más.
Sören Aabye Kierkegaard
Curso de felicidad en Harvard
Cuantos cursos quisiéramos que dicten en la universidad. Cómo manejar el estrés, cómo hacer amigos, cómo mantener el ánimo a pesar de la adversidad, preparación para la enfermedad, preparación para la muerte, cómo dominar el tiempo, cómo acercarnos a nuestro cuerpo, cómo hacer muchas cosas a la vez y no morir en el intento y otros mil cursos que imaginamos a cada instante, cómo adaptarnos a la vida, cómo llenar el vacío que sentimos dentro y así seguimos imaginando. Entonces cuando recibí este correo que me hablaba de un curso de felicidad en Harvard me encanté. Ir a unas clases en las que examinemos nuestras vidas y nos dirijamos hacia la felicidad, qué alegría. Encontrarnos con otras personas que están en nuestra misma búsqueda. Felizmente que han surgido muchas escuelas libres paralelas a la universidad que nos enseñan en poco tiempo a danzar, a soñar, a interpretar nuestros sueños, a observar y mirar el mundo. Entonces tal vez dentro de poco las universidades tomen ejemplo de los cursos libres y los incorpore a su currículum, porque el estudiante necesita mucho más que teorías y conocimiento preciso, necesita entender el mundo y manejarse en él.
No dejen de visitarlo. http://www.slideshare.net/mmbrenes/mayor-felicidad-en-harvard-13143495
No dejen de visitarlo. http://www.slideshare.net/mmbrenes/mayor-felicidad-en-harvard-13143495
sábado, 13 de abril de 2013
domingo, 2 de septiembre de 2012
Inmensa alegría
Ayer tuve una de esas alegrías inesperadas, la felicidad de volar una cometa con mi nieta Rafaela, risas, intentos, gritos, carreras, la cometa sobre las ramas altas de un árbol, la cometa rota, otra vez volando, gritando, dale pita, suélt
ala, regresar a la infancia con mi papi que nos hacia cometas cos sacuaras y papeles de colores, la cola de trapo, llamo a Aldo y a Mario que ayuden, ellos tambien intentan, que gracioso, Rafaela está echada sobre el gras ya sin esperanza, más risas, llega Sybila y ayuda, un señor que dice estar leyendo a Trajano, dijo que no nos ayudaba que él ya habia pasado por esto, carreras y sonrisas. Que invento maravilloso la cometa que sube hasta el cielo y se deja mecer por el viento cumpliendo nuestro sueño, trayendonos inmensa alegría.
domingo, 3 de junio de 2012
Dialogo con uno mismo
Patricia Cuadra cuelga en su Facebook, a raíz de un cuento de Ana María Matute que colgué, esta crónica de infancia de Guillermo Giacosa, hermosa crónica.
Paganini y el ojo del pescado
Nunca, de niño, asocié los nombres. Alguna vez quedé fascinado junto a mi padre escuchando La Campanella, de Paganini, pero jamás se me ocurrió pensar que la localidad llamada 'Paganini’ fuera el mismo nombre que el del músico. Íbamos más frecuentemente a Paganini de lo que escuchaba La Campanella. Por eso, cuando oigo el nombre viene a mi memoria el chalet de mi tía y, luego, Paganini, su violín, su melena y algún compás que mi memoria nunca logra reproducir. Paganini, el lugar, está en las barrancas del Paraná, frente a ese río leonado (adjetivo de Borges) y sorprendente. Tan sorprendente que una vez, debido a lluvias en Brasil, las aguas se desbordaron trayendo trozos enteros de aquella tierra. Tan grandes eran que un mediodía vimos pasar un islote con dos jaguares como involuntarios pasajeros rumbo al Río de la Plata. Paganini no era la soledad de la pampa que yo amaba hasta la devoción ni tenía los caballos que me acompañaban en mis solitarios galopes hacia el poniente a la hora del ocaso. Pero me gustaba especialmente un tajo en la barranca que permitía bajar al río y experimentar ese diálogo silencioso que mi interior entablaba con la naturaleza. Digo diálogo a lo que en realidad era un monólogo hecho de emociones incontrolables que se chocaban entre sí pero del que siempre, curiosa característica que aún no me ha abandonado del todo, emergía vitalizado y feliz, incomprensiblemente feliz. Inexplicablemente feliz. Para algunos, con seguridad, absurdamente feliz. No para mi madre que sabía, por ese fantástico hilo de plata que nos unía, que yo regresaba de un país en el que aparentemente nada había pasado pero que, vaya a saber por qué, había encendido luces que otros no veían. Al: “¿Cómo te fue, Guillermito?”, descubría la historia que yo mismo me había contado y que estaba hecha de las piedras encontradas, de la nube con forma de murciélago, del pescador ciego al que su hijo guiaba, del olor insoportable de un cangrejo podrido sobre la arena, historias tan reales como imaginarias porque eso son en realidad las historias, un insumo de la realidad y luego los fuegos artificiales que ese insumo dispara en nuestro cerebro. No siempre eran bellas, claro está. A veces la intervención humana ponía una sombra oscura que me costaba asumir. Una mañana asistí, sentado en una piedra, a la ceremonia diaria de los pescadores bajando a tierra su resplandeciente carga plateada de cada jornada. Pero no fue una mañana cualquiera. Un hecho normal descompuso mis juegos con la realidad. Un pescador, que solía saludarme, atravesó con un alambre el ojo de un pescado vivo, luego lo unió a otro y a otro, y me dijo: “Chau, pibito” y me dejó a solas con el ojo destrozado del pescado buscando cómo huir de mi imaginación. Han pasado 62 años y el ojo sigue ahí. Ese día tan pronto me vio mi madre me acarició la cabeza y me dijo: “No todos los días las cosas salen bien”, y me mostró el nido de una calandria cuyos pichones reclamaban el almuerzo.
Paganini y el ojo del pescado
Nunca, de niño, asocié los nombres. Alguna vez quedé fascinado junto a mi padre escuchando La Campanella, de Paganini, pero jamás se me ocurrió pensar que la localidad llamada 'Paganini’ fuera el mismo nombre que el del músico. Íbamos más frecuentemente a Paganini de lo que escuchaba La Campanella. Por eso, cuando oigo el nombre viene a mi memoria el chalet de mi tía y, luego, Paganini, su violín, su melena y algún compás que mi memoria nunca logra reproducir. Paganini, el lugar, está en las barrancas del Paraná, frente a ese río leonado (adjetivo de Borges) y sorprendente. Tan sorprendente que una vez, debido a lluvias en Brasil, las aguas se desbordaron trayendo trozos enteros de aquella tierra. Tan grandes eran que un mediodía vimos pasar un islote con dos jaguares como involuntarios pasajeros rumbo al Río de la Plata. Paganini no era la soledad de la pampa que yo amaba hasta la devoción ni tenía los caballos que me acompañaban en mis solitarios galopes hacia el poniente a la hora del ocaso. Pero me gustaba especialmente un tajo en la barranca que permitía bajar al río y experimentar ese diálogo silencioso que mi interior entablaba con la naturaleza. Digo diálogo a lo que en realidad era un monólogo hecho de emociones incontrolables que se chocaban entre sí pero del que siempre, curiosa característica que aún no me ha abandonado del todo, emergía vitalizado y feliz, incomprensiblemente feliz. Inexplicablemente feliz. Para algunos, con seguridad, absurdamente feliz. No para mi madre que sabía, por ese fantástico hilo de plata que nos unía, que yo regresaba de un país en el que aparentemente nada había pasado pero que, vaya a saber por qué, había encendido luces que otros no veían. Al: “¿Cómo te fue, Guillermito?”, descubría la historia que yo mismo me había contado y que estaba hecha de las piedras encontradas, de la nube con forma de murciélago, del pescador ciego al que su hijo guiaba, del olor insoportable de un cangrejo podrido sobre la arena, historias tan reales como imaginarias porque eso son en realidad las historias, un insumo de la realidad y luego los fuegos artificiales que ese insumo dispara en nuestro cerebro. No siempre eran bellas, claro está. A veces la intervención humana ponía una sombra oscura que me costaba asumir. Una mañana asistí, sentado en una piedra, a la ceremonia diaria de los pescadores bajando a tierra su resplandeciente carga plateada de cada jornada. Pero no fue una mañana cualquiera. Un hecho normal descompuso mis juegos con la realidad. Un pescador, que solía saludarme, atravesó con un alambre el ojo de un pescado vivo, luego lo unió a otro y a otro, y me dijo: “Chau, pibito” y me dejó a solas con el ojo destrozado del pescado buscando cómo huir de mi imaginación. Han pasado 62 años y el ojo sigue ahí. Ese día tan pronto me vio mi madre me acarició la cabeza y me dijo: “No todos los días las cosas salen bien”, y me mostró el nido de una calandria cuyos pichones reclamaban el almuerzo.
Etiquetas:
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jueves, 23 de febrero de 2012
Felicidad junto al mar
Este verano mis momentos más felices han sido a una hora muy temprana en la orilla del mar de una playa desierta en donde acompañada de alguno de mis nietos, disfrutamos del mar, de la soledad, de la naturaleza entera que nos acoge. Encontramos tesoros, una maderita, un trozo de espuma que regala el mar, palos con los que dibujamos sobre la arena. Podemos bailar sobre nosotros mismos, correr tras las aves y tumbarnos cerca al mar para durante unos instantes ser parte de la belleza de la mañana.
martes, 4 de enero de 2011
La felicidad es como una pluma
La tristeza no tiene fin, la felicidad si.
La felicidad es como la pluma
que el viento va llevando por el aire
vuela tan leve
pues tiene vida breve
precisa que haya viento sin parar
La felicidad del pobre parece
a la gran ilusion del carnaval
la gente trabaja el año entero
por un momento de sueño
para hacer la fantasía
de Rey o de pirata o de jardinero
para que todo acabe el miercoles
Tristeza no tiene fin
Felicidad si
La felicidad es como una gota
de rocío en un petalo de flor
brilla tranquila
despues levemente oscila
y cae como una lagrima de amor
La felicidad es una cosa loca
y tan delicada tambien
tiene flores y amores
de todos los colores
tiene nidos de pajaitos
ella tiene todo bueno
y es ella tan delicada
que la trato siempre muy bien
Tristesa no tiene fin
Felicidad si
La felicidad es como la pluma
que el viento va llevando por el aire
vuela tan leve
pues tiene vida breve
precisa que haya viento sin parar
La felicidad del pobre parece
a la gran ilusion del carnaval
la gente trabaja el año entero
por un momento de sueño
para hacer la fantasía
de Rey o de pirata o de jardinero
para que todo acabe el miercoles
Tristeza no tiene fin
Felicidad si
La felicidad es como una gota
de rocío en un petalo de flor
brilla tranquila
despues levemente oscila
y cae como una lagrima de amor
La felicidad es una cosa loca
y tan delicada tambien
tiene flores y amores
de todos los colores
tiene nidos de pajaitos
ella tiene todo bueno
y es ella tan delicada
que la trato siempre muy bien
Tristesa no tiene fin
Felicidad si
jueves, 10 de diciembre de 2009
Tras la felicidad, la melancolía


Anoche fui a la Biblioteca Nacional invitada a escuchar una conferencia, conversación entreMario Vargas Llosa y Claudio Magris, escritor italiano al que yo conocí luego de leer a quien fuera su esposa Marisa Madieri, excelente escritora italiana a quien su esposo adoró. Había traducción instantánea pero era mucho más agradable escuchar su voz y el idioma tan hermoso, tan vivo, veloz y a la vez armonioso con el que el autor respondía a las preguntas formuladas.
Fue una noche muy agradable para mi, así no más no se tiene frente a una a un escritor de tamaña talla.
Ya en casa, enterada de que escribía una columna en el Corriere della sera, encontré un artçiculo sobre la felicidad. Ver el arículo completo aquí: http://www.ddooss.org/articulos/otros/ClaudioMagris.htm
Me interesó especialmente una historia recogida por Herodoto
que dice:
Solón tiene otra historia, que narra la suerte más feliz después de la de Tello. Versa sobre los dos hermanos Cleobis y Bitón, hijos de una sacerdotisa de Era. El día de la fiesta de la diosa, la madre tenía que asistir al templo con un carro para llevar a cabo el sacrificio pero no encontraban a los bueyes, así que los dos hermanos -que sobresalían en las lides atléticas- tomaron el yugo sobre las propias espaldas y jalaron el carro, con la madre y la parafernalia para el rito, durante un largo trayecto, hasta el templo. Después del sacrificio, la madre, conmovida por su piedad, pide a la diosa que los premie concediéndoles la mejor suerte posible que pueda tocar a un ser humano, la diosa promete concederlo. Cleobis y Bitón fueron festejados por el pueblo, participaron encantados en el banquete, en la fiesta, en los juegos y al final de ese día perfecto, mientras el sol se escondía en el cielo griego, se durmieron serenamente en el templo y nunca volvieron a despertar.
Despues de un día perfecto, tal vez solo cabe la muerte. La felicidad lleva intrínsica la melancolía.
Pero Solón -o por él, Herodoto- sabe que la felicidad consiste en estas cosas aparentemente pequeñas y diarias, cuando la magia de una atmósfera, de una situación, de una concordia las une en un encanto irrepetible, en el que todo se tiene y una mirada, una risa, una complicidad, una correspondencia misteriosa entre un color del mar y el timbre de una voz contienen y dicen la esencia del vivir. Y cuando una constelación tal termina -se trate de una historia de amor o de dos días de feliz vagabundeo- es siempre una muerte. Y, al menos por un instante, puede fácilmente envidiarse la suerte de Cleobis y Bitón, temer aquello que podrá venir después.
jueves, 15 de octubre de 2009
Cuento Sufi
Los cuentos sufíes parecen haber existido desde el comienzo de los tiempos, todos contienen una enseñanza y son muy fáciles de entender. Son el antecedente de las parábolas de Jesús y de los cuentos de las 1001 noches.
Acá cuelgo uno para que se animen a buscar más en internet.

El árbol de la felicidad.
Cuentan que hace muchos, muchos años un peregrino tras caminar durante infinitas jornadas bajo el implacable sol de India deseó en su corazón poder descansar a la sombra de un árbol que le diera cobijo. Y así fue que, de pronto, divisó a lo lejos un frondoso árbol solitario en medio de la planicie. Cubierto de sudor y tambaleándose sobre sus fatigados pies se encaminó alegremente hacia el árbol que hacia realidad su deseo. Al fin podré descansar, pensó, mientras se abría paso entre sus tupidas ramas que llegaban hasta el suelo. ¿Qué más podría desear? Tendiéndose sobre la tierra en su refugio vegetal trató de conciliar el sueño, pero el suelo estaba duro y mientras más el peregrino trataba de ignorarlo y descansar, más duro le parecía el suelo sobre el que estaba. -Si al menos tuviera una cama, pensó. Al momento surgió una imponente cama, con impolutas sábanas de seda, digna de un sultán. Brocados, lujosos tejidos de Samarkanda y las más suaves pieles cubrían el lecho. Y es que, sin saberlo, el peregrino había ido a sentarse bajo el mítico árbol de los deseos.Aquel árbol milagroso que es capaz de convertir en realidad cualquier deseo expresado bajo sus ramas.El hombre se acostó en el mullido lecho relajándose.-¡oh, qué a gusto me siento, lástima del hambre que tengo! –pensó-, y ante él apareció una espléndida mesa cubierta con la más sabrosa de las comidas, con ricos y variados platos exquisitamente preparados y servidos en la más extravagante de las vajillas. Sobre las más finas telas imbricadas de hilos preciosos se mezclaban oro, plata y finísimo cristal con las más exóticas frutas y lujuriosos postres. Todas estas maravillas tomaron forma ante sus asombrados ojos. Todo aquello con lo que siempre había soñado en las solitarias noches de su largo peregrinar estaba ahora ante él.El peregrino comía y comía con el temor de que tal prodigio desapareciera en el aire tan súbitamente como había aparecido. Pero, cuanto más comía, más comida aparecía. Y cada nuevo manjar era aún más sabroso y exquisito que el anterior. Finalmente dijo:-Ya no puedo más y en ese mismo momento la mesa con todas sus maravillas se desvaneció en el aire.Es maravilloso, pensó, mientras un sentimiento de felicidad le embargaba. No me moveré de aquí y seré por siempre feliz. Pero, de pronto, una idea terrible surcó su mente: -Claro que esta planicie es famosa por sus feroces tigres. ¿Qué sucedería si un tigre me descubriese? Sería terrible morir, después de finalmente haber encontrado el árbol de la felicidad. Fue la milésima de una fracción de segundo, pero bastó. Cumpliendo su deseo, en aquel momento surgió de la nada un terrible tigre que lo devoró.Y así, el árbol de la felicidad quedó solo de nuevo, y allí sigue esperando la llegada de un ser humano de corazón completamente puro, donde no resida miedo, ni desconfianza, sino sólo responsabilidad y conocimiento.
Acá cuelgo uno para que se animen a buscar más en internet.

El árbol de la felicidad.
Cuentan que hace muchos, muchos años un peregrino tras caminar durante infinitas jornadas bajo el implacable sol de India deseó en su corazón poder descansar a la sombra de un árbol que le diera cobijo. Y así fue que, de pronto, divisó a lo lejos un frondoso árbol solitario en medio de la planicie. Cubierto de sudor y tambaleándose sobre sus fatigados pies se encaminó alegremente hacia el árbol que hacia realidad su deseo. Al fin podré descansar, pensó, mientras se abría paso entre sus tupidas ramas que llegaban hasta el suelo. ¿Qué más podría desear? Tendiéndose sobre la tierra en su refugio vegetal trató de conciliar el sueño, pero el suelo estaba duro y mientras más el peregrino trataba de ignorarlo y descansar, más duro le parecía el suelo sobre el que estaba. -Si al menos tuviera una cama, pensó. Al momento surgió una imponente cama, con impolutas sábanas de seda, digna de un sultán. Brocados, lujosos tejidos de Samarkanda y las más suaves pieles cubrían el lecho. Y es que, sin saberlo, el peregrino había ido a sentarse bajo el mítico árbol de los deseos.Aquel árbol milagroso que es capaz de convertir en realidad cualquier deseo expresado bajo sus ramas.El hombre se acostó en el mullido lecho relajándose.-¡oh, qué a gusto me siento, lástima del hambre que tengo! –pensó-, y ante él apareció una espléndida mesa cubierta con la más sabrosa de las comidas, con ricos y variados platos exquisitamente preparados y servidos en la más extravagante de las vajillas. Sobre las más finas telas imbricadas de hilos preciosos se mezclaban oro, plata y finísimo cristal con las más exóticas frutas y lujuriosos postres. Todas estas maravillas tomaron forma ante sus asombrados ojos. Todo aquello con lo que siempre había soñado en las solitarias noches de su largo peregrinar estaba ahora ante él.El peregrino comía y comía con el temor de que tal prodigio desapareciera en el aire tan súbitamente como había aparecido. Pero, cuanto más comía, más comida aparecía. Y cada nuevo manjar era aún más sabroso y exquisito que el anterior. Finalmente dijo:-Ya no puedo más y en ese mismo momento la mesa con todas sus maravillas se desvaneció en el aire.Es maravilloso, pensó, mientras un sentimiento de felicidad le embargaba. No me moveré de aquí y seré por siempre feliz. Pero, de pronto, una idea terrible surcó su mente: -Claro que esta planicie es famosa por sus feroces tigres. ¿Qué sucedería si un tigre me descubriese? Sería terrible morir, después de finalmente haber encontrado el árbol de la felicidad. Fue la milésima de una fracción de segundo, pero bastó. Cumpliendo su deseo, en aquel momento surgió de la nada un terrible tigre que lo devoró.Y así, el árbol de la felicidad quedó solo de nuevo, y allí sigue esperando la llegada de un ser humano de corazón completamente puro, donde no resida miedo, ni desconfianza, sino sólo responsabilidad y conocimiento.
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