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domingo, 19 de junio de 2016

Antonio Muñoz Molina visita Bucarest

EL PAÍS
Bucarest
Llegar a esta urbe, para mí, es encontrarme por primera vez en una ciudad de la literatura, pero sobre todo asomarme a la vida de un amigo, Norman Manea
ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Imagen de la ciudad vieja de Bucarest.
En Bucarest, a la caída de la tarde, el aire fresco de mayo olía a tilos florecidos. La imaginación, por sí sola, no produce más que lugares comunes. Uno dice la palabra Bucarest y se imagina una capital de la Europa del Este, entre austrohúngara y comunista, con edificios masivos, deteriorados y severos, con un tiempo que suele ser de invierno gris. Pero Bucarest, cuando se llega desde el aeropuerto, en una tarde de sol, parece una ciudad del Levante, quizás de Grecia o Turquía, aunque poco a poco se vuelve francesa, La París de los Balcanes, como dicen los guías. Uno llega a Bucarest, como a tantos otros sitios, con su carga de lecturas y de expectativas literarias, que tampoco le sirven de mucho, porque casi nunca una descripción se parece a la realidad. Yo venía con mis lecturas, sobre todo las de los diarios de Mihail Sebastian y los libros de Norman Manea, y con el recuerdo de mis conversaciones con él, y también el de una novela rara y en parte fallida de Saul Bellow, El diciembre del decano. En los diarios de Sebastian está la Bucarest afrancesa y art déco de los años treinta que poco a poco se transforma en el escenario de una pesadilla; la hermosa ciudad de cafés y caminatas con amigos a altas horas de la noche sumergida de un día para otro en una negrura de disidentes y judíos perseguidos y delatores y pistoleros fascistas. Bellow, que estuvo en Bucarest hacia 1980, cuando todavía duraban las ruinas del terremoto de 1977, dibuja una ciudad de fachadas en ruinas, de marrones y grises que derivan al negro en anocheceres luctuosos a las tres de la tarde. Para Norman Manea, Bucarest es la ciudad del miedo en los años de Ceausescu, la capital todavía llena de bellezas pasadas de su primera juventud, la ciudad reconocida y a la vez extranjera a la que volvió después de muchos años de exilio.

De modo que llegar a Bucarest, para mí, es encontrarme por primera vez en una ciudad de la literatura y de los documentales históricos, pero sobre todo asomarme a la vida de un amigo. Con Norman Manea he estado muchas veces en Nueva York y algunas en Madrid, pero es solo ahora cuando voy a encontrarme con él en su ciudad, entre la gente que habla el idioma para mí impenetrable en que él escribe, en la cultura donde se formó y de la que eligió irse y a la que vuelve de vez en cuando, en parte con una gran efusión sentimental, en parte con desconfianza. Es aquí donde conoció la opresión irrespirable, la vigilancia policial, el chantaje del miedo, la claustrofobia de la tiranía. Pero también es aquí donde fue muy joven y donde fue descubriendo su vocación por la literatura y por la libertad de espíritu, donde conoció el amor y la amistad. Hemos venido a Bucarest para acompañar a Norman y a Cella, su esposa, porque él cumple 80 años y se le ofrece un homenaje. Norman tiene el pelo muy blanco y una piel muy pálida sin arrugas, una sonrisa de cordialidad y de burla. Acostumbrados a escucharlo hablar en inglés se nos vuelve extraña su voz en rumano. Aquí percibimos mejor que en ninguna otra parte la conexión entre su literatura y su biografía, entre las lealtades y las ataduras de su origen y la dimensión liberadora de su desarraigo.

Le complace que le contemos nuestra primera impresión favorable de su ciudad, el contraste con las expectativas sombrías. Bucarest, en mayo, es una ciudad de parques deslumbrantes, de bulevares muy anchos con avenidas de grandes arboledas y jardines fértiles que se desbordan sobre las verjas de villas unas veces recién pintadas y otras hundidas en el abandono. En Bucarest coexisten desordenadamente la belleza y la ruina, el esplendor vegetal y la nobleza afrancesada de la arquitectura y los barrios de bloques idénticos con fachadas agrietadas y ropa colgada en los balcones. Hay algo de París y de Buenos Aires en algunas perspectivas, y hay también algo que le hace pensar a uno en la vitalidad y la cochambre de Atenas o de Estambul, aunque en mi caso esta sea una comparación imaginaria.

Bucarest, en mayo, es una ciudad de parques deslumbrantes, de bulevares muy anchos con avenidas de grandes arboledas y jardines fértiles

Y de repente donde te encuentras es en otra de las ciudades en las que no has estado nunca, Pyongyang. Parece que el dictador Ceausescu, cuando visitó Corea del Norte, decidió copiar los espectáculos de masas y la magnificencia funeraria de las arquitecturas erigidas en honor de su amigo y correligionario Kim Il-sung. La ambición constructiva es otro de los variados delirios que comparten los déspotas comunistas y fascistas. A la mañana siguiente del homenaje a Norman el cielo se había vuelto bajo y gris y había una llovizna fría, y a nosotros nos venció la tentación morbosa o la curiosidad de visitar el Palacio del Pueblo, la sede ahora del Parlamento rumano, el edificio que Ceausescu y su esposa, Elena, decidieron que sería su mayor legado para la posteridad. De nuevo se ve un confrontado con la incompetencia de la imaginación: el horror literal de la realidad es insuperable. Uno ha visto fotos y documentales, ha leído descripciones: nada lo prepara para el encuentro con una monstruosidad que es al mismo tiempo aterradora y ridícula, amenazante como los edificios que diseñaba Albert Speer para Hitler o como un mausoleo de un sátrapa comunista y ridículo en la vulgaridad de su desmesura como el palacete de un narcotraficante en una urbanización de lujo.

Unidos a un grupo de turistas escuchamos las explicaciones de un guía que camina con destreza hacia atrás, sobre una alfombra roja que se pierde en las lejanías vaticanas de un corredor con candelabros y mármoles. El guía anda hacia atrás para mirarnos de frente mientras enumera de memoria, no sin cierto orgullo, cifras insensatas: este es el segundo edificio más grande del mundo después del Pentágono; el tercero más voluminoso, después del hangar de ensamblaje de cohetes en Cabo Cañaveral y del Templo de la Serpiente Emplumada de Teotihuacán, y por delante de la pirámide de Keops; es la única construcción terrestre visible desde la Luna; tiene 1.100 habitaciones; su gasto anual en electricidad es equivalente al de una ciudad intermedia.

Asomados a un balcón que da a una plaza enorme, a un círculo de edificios gigantescos e idénticos, a una avenida que se pierde en la bruma, el guía nos dice que para construir este entramado monumental y urbano se arrasó una quinta parte de la ciudad histórica, y se destruyeron 40.000 viviendas, expulsando sin miramientos a quienes las habitaban. Al final de la avenida estaba proyectado un momento ciplópeo dedicado a la victoria del socialismo. Rupert Murdoch quiso comprar el palacio por 1.000 millones de euros para convertirlo en un casino. Hay algo de lujo imbécil de casino en esta inmensidad de dorados, escalinatas y mármoles. La mayor parte de los 1.100 salones no se han usado nunca. Pienso en Norman Manea, un hombre frágil y solo que escribía para nadie en un cuarto sin calefacción de esta ciudad, que resistía sin humillarse, mientras decenas de miles de siervos trabajaban para levantar el palacio que el tirano no llegó a ocupar nunca.







domingo, 29 de junio de 2014

Una penélope moderna

 
De mi admirado Antonio Muñoz Molina este relato de una Penélope moderna y de la necesidad que tenemos de los cuentos.
 
Una historia antigua
En el corazón de cualquier relato está el misterio de lo que no llega a decirse
 
Cientos de miles de jóvenes en EE UU lucharon en las guerras de la última década, dejando a sus Penélopes detrás. / Reuters / Erik de Castro
Nos contamos historias a nosotros mismos para seguir viviendo”. Me acordé de esas palabras de Joan Didion conversando con una mujer que probablemente había leído muy poco o nada y que sin embargo era una excelente narradora y hablaba un español empapado de literatura: de novelas sentimentales, de boleros, de telenovelas. Es una mujer de casi sesenta años que no ha tenido mucha suerte en su vida, pero que la cuenta con esa extraordinaria desenvoltura narrativa del habla colombiana, en la que nunca falta el humorismo, y en la que la guasa amortigua o endulza hasta lo más cruel. Emigró a Nueva York cuando era muy joven. Tuvo un hijo con un hombre que desapareció en seguida. Con la esperanza de poder pagarse los estudios de Medicina, su hijo se alistó en el ejército cuando empezaba la invasión de Irak. Lo enviaron allí, y ella dice que le rezaba todos los días al Señor pidiéndole que se lo devolviera vivo y entero. “Dios mío, no me lo devuelvas quemado, o sin piernas, eso no”. Hablaba con él de vez en cuando por Skype y lo notaba trastornado por dentro, horrorizado de lo que veía. “Mamá, esto es el infierno”. Tenía 22 años y se había casado un poco antes de viajar a Irak, “con una gringuita rubia, linda, con los ojos azules”. El hijo la llamó cuando ya solo le quedaba una semana en la zona de guerra. Uno o dos días después de hablar con ella, el blindado en el que viajaba rebotó sobre una mina y murieron él y sus tres compañeros de patrulla.
‘La Odisea’ irrumpe por primera vez en la imaginación de alguien, no como una obra solemne, sino como una fábula
Años después de perder a su hijo, ella sigue extraviada en el mundo, en una rara viudedad que no le impide teñirse el pelo, arreglarse, vestirse con colores claros y oros, con una casi exuberancia muy habitual en esta zona entre colombiana e indostánica donde vive, Jackson Heights, en Queens. Tenía dolores muy fuertes de espalda y le dieron el disability, como ella dice, de modo que pudo jubilarse y cobra una pensión. Pasa temporadas largas en Colombia, en la ciudad querida de su origen, Pereira. A la entrada de su apartamento hay una estantería baja en la que se alinean ordenadamente zapatillas caseras, calzado de deporte, tacones. En medio del calzado femenino hay unos zapatos grandes masculinos que fueron de su hijo. Para seguir viviendo, esta mujer cuenta lo buen chico que fue siempre, lo estudioso en la escuela, siempre alejado de las malas compañías del barrio, resuelto a llegar a ser un buen médico.
 
  
Pero no quiere dar por terminada su vida. Sueña, dice, con encontrar a un hombre que la quiera de verdad, que le hable con dulzura al oído y, si hace falta, le cuente mentiras bonitas. “¿No es eso lo que nos gusta a las mujeres?”, dice medio en broma, entre la guasa y la melancolía, “¿que nos cuenten mentiras?”. Y entonces, ya empapada sin saberlo de literatura, nos cuenta que de joven vivió un gran amor, un verdadero amor, no con el padre de su hijo, sino antes, una vez que se fue a España con todos sus ahorros para buscar trabajo. Él era de Barcelona, pero se conocieron en Canarias. “Recorrimos en su carro las siete islas, una por una”. Terminaban de visitar una isla y embarcaban el coche para explorar la próxima. Buenos hoteles, restaurantes. Luego viajaron por toda la Península, durante un año entero. Dice el nombre y los dos apellidos, complicados y prometedores como los de un galán de telenovela. En vez de buscar trabajo, gastó con él todos sus ahorros, en plena felicidad, yendo a todas partes, comiendo y bebiendo muy bien, a veces demasiado, porque los españoles toman vino con todas las comidas, y además usan mucho el ajo, de modo que a ella le parecía a veces que le olía un poco a ajo el sudor.
“¿No es eso lo que nos gusta a las mujeres?”, dice medio en broma, “¿que nos cuenten mentiras?”
Volvió a Colombia enamorada y en quiebra. Habían planeado seguir viéndose, pero había demasiada distancia. “Y entonces no era como ahora, no había celulares, nada más que cartas, que tardaban tanto, y una llamada de teléfono costaba carísima”. Al hablar de él siempre dice su nombre y sus dos apellidos, como para confirmar la realidad administrativa de su existencia. Dice que sigue soñando con él. Sueña con él como era entonces, exactamente así. No lo sabe imaginar gordo, mayor, calvo, con el pelo blanco. Sueña que vuelven a encontrarse. Pero se queda pensativa y dice que ha pasado tanto tiempo que si lo viera quizá no lo reconocería. Su hermana, muy acostumbrada a sus historias, la mira con ironía y le dice: “Eres una Penélope”.
Pero ella no ha escuchado nunca ese nombre y no conoce la historia. Me veo cumpliendo la singular tarea narrativa de contar la espera de Penélope y el regreso de Ulises a Ítaca a una persona que la está escuchando por primera vez, y que me mira con una expresión muy atenta, con la curiosidad pura de saber qué sucede a continuación, asombrada y conmovida por la obstinación de los dos esposos a lo largo de 20 años, Ulises sobreviviendo a aventuras y naufragios, Penélope destejiendo de noche lo que ha tejido de día para prolongar la espera, el perro viejo y ciego que reconoce antes que nadie a su amo. La Odisea está irrumpiendo por primera vez en la imaginación de alguien, no como una obra literaria solemne, sino como una fábula, una más entre los relatos que nos contamos los unos a los otros a diario, o que nos contamos en silencio a nosotros mismos, fantaseando, mintiendo. Pero lo prodigioso y lejano resulta de inmediato familiar: hay un hijo que abandona muy joven la casa en la que se crio sin la presencia de un padre; hay un soldado que está punto de no volver de una guerra que no parecía terminar nunca; hay un hombre y una mujer que se encuentran después de haberse esperado y recordado tanto y ahora no se reconocen, porque han pasado 20 años. Para estar segura de que el recién llegado es Ulises, Penélope lo pone a prueba. Hay una sola cosa íntima que solo él puede saber. El reconocimiento indudable sucede en el secreto de la cámara nupcial. En la pesadumbre del relato surge un indicio de picardía que a nuestra interlocutora le hace sonreír, porque ni la soledad ni el luto le han apagado una crédula expectación de los placeres de la vida. Se pregunta qué prueba podría ponerle ella a su amante español si volviera a encontrarse con él, si lo mirara y no estuviera segura de reconocerlo, al cabo de una ausencia más larga ya que la de Ulises. Y comprende instintivamente que en el corazón de cualquier historia está el misterio de lo que no llega a decirse.

jueves, 6 de marzo de 2014

Antonio Muñoz Molina nos habla con sensatez

Unos recuerdos y un poco de Camus


El otro día estuve en Madrid con José Ramón Rekalde y María Teresa Castells. José Ramón habla con dificultad, después de todas las operaciones que ha tenido que sufrir, por culpa de aquel asesino que estaba esperándolo en la oscuridad a la puerta de su casa, y que le disparó un tiro en la cara. José Ramón habla con dificultad y con lucidez apasionada, con firmeza democrática y sin rencor. A María Teresa le debo, sin que ella lo supiera entonces, muchas horas de refugio en su librería Lagun de San Sebastián, cuando yo era soldado de Infantería, refugio contra los inviernos cantábricos y contra la intemperie de mi condición. Los escaparates de Lagun los rompían con igual saña los guerrilleros de Cristo Rey y los patriotas del hacha y la serpiente.

En febrero o marzo de 2003 Elvira y yo estuvimos en San Sebastián en una gran manifestación cívica contra el terrorismo. Al día siguiente, en cuanto llegamos a Madrid, estuvimos en la gran manifestación contra la guerra de Irak. Qué es eso de neutralizar unos crímenes comparándolos con otros.

Lo que dijo Camus con respecto a Argelia es perfectamente válido en cualquier situación: “Cada lado usa los crímenes de los otros para justificar los de los suyos”. “Es dañino e indecente condenar el terrorismo en compañía de gente cuya conciencia encuentra tolerable la tortura”. O viceversa.

Yo no quiero que ni los terroristas ni los violadores se pudran en la cárcel. La cárcel en un país democrático no está para que se pudra nadie, sino para castigar con justicia y mesura los delitos, y para ayudar en lo posible a la reinserción del delincuente. Lo que sí creo es que durante mucho tiempo a la democracia española le faltó firmeza, y en muchos casos todavía le falta, para defender a sus ciudadanos, del mismo modo que faltó generosidad y calor para las víctimas del terrorismo, y faltó y falta decencia política para apoyarlas por encima de la diatriba y el sectarismo. En lo más crudo de la guerra de Argelia, Camus seguía negándose a juzgar en bloque a las comunidades humanas: “No todos los franceses en Argelia son brutos sedientos de sangre, y no todos los árabes son fanáticos asesinos de masas”. “El 80 por ciento de los franceses de Argelia no son colonos, sino trabajadores y pequeños empresarios”. Por más que miro a mi alrededor, esté donde esté, no veo pueblos, ni razas, ni masas, ni bloques: veo personas, cada una distinta, y procuro juzgarlas por sus actos.

Aunque Camus también era escéptico sobre las posibilidades de hacerse entender en un clima de griterío: “Puede uno escribir cien artículos y todo lo que quedará de ellos será la interpretación distorsionada de sus adversarios”.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Un desahogo

Antonio Muñoz Molina, escritor español recientemente ganador del Premio Príncipe de Asturias, nos habla en una de sus columnas de la falta de agradecimiento, de la frescura de alguna gente que pide sin ninguna consideración.


Un desahogo


Igual que los enanos tienen un sexto sentido que les permite reconocerse entre sí, según Monterroso, los deudores llevan una lucecita que hace que se les descubra de noche y desde lejos, como la lucecita verde de los taxis.

Hace unos años, un pianista me pidió que le escribiera un texto para la contraportada de su nuevo disco. Es un buen pianista, y la música de ese disco me gustaba y me gusta mucho. Pero escribir algo digno requería mucho tiempo, escuchar con cuidado varias veces la grabación, documentarse para no escribir cualquier cosa. Yo tenía muchas tareas entre manos entonces. Literarias y no. Un escritor conocido no dedica su vida a ser escritor conocido. La dedica, como todo el mundo, a trabajar, a sobrellevar contratiempos y a veces malestares y enfermedades, a estar con su familia, a preocuparse por el trabajo o por la falta de trabajo de sus hijos, por la salud de sus padres mayores, etc. Como todo el mundo, ya digo.

El pianista insistió: sólo serían un par de folios. Esto del par de folios es frecuente oirlo. “Si para ti no es nada, un par de folios, eso lo haces en un rato”. Además, hablando francamente, la posibilidad de que el disco se publicara sería mayor si yo escribía esa presentación.

La escribí. Con mucho esfuerzo, y quitando tiempo de otras cosas, la escribí. Se la envié por fin al pianista. No se dio prisa en contestar. Cuando lo hizo fue muy breve: “Gracias. Se lo mando a la discográfica”. El hombre se ve que estaba ocupado. Me atreví a decirle que me sorprendía un poco su laconismo, dados el entusiasmo y la impaciencia que había mostrado antes por lograr mi colaboración. La respuesta fue rápida: “No imaginaba que tuvieras tanta necesidad de que te regalen el oído”. Yo había creído ser moderadamente acreedor, pero me equivocaba: era deudor, todavía.

Pasa el tiempo. Hay patrones que se repiten con fatalidad a lo largo de la vida. La directora de una revista fundada hace poco me pide una colaboración. Por supuesto no pagan. Pagan al impresor, pagan al transportista, pagan al distribuidor. Al que escribe es al que de entrada no se le paga. La directora tiene tanto interés por mi aportación como el pianista por su contraportada. Es el final de curso en Nueva York, y estoy muy agobiado. Pero me pongo y escribo unas páginas. Una tarde entera de trabajo.

La directora ni acusa recibo. Pasa el tiempo y no dice nada. Hasta hoy. Yo no pregunto, no vaya a ser que me sea una prueba de que quiero que me regalen el oído.

Y así con bastante frecuencia. Naces deudor o acreedor y te morirás así. Harás tres regalos uno tras otro y si por algún motivo no haces el cuarto habrás cometido un agravio. Y poco a poco descubres, porque tú también has recibido cosas muchas veces, que si hace falta generosidad para dar también hace falta generosidad para recibir.


domingo, 16 de junio de 2013

El hijo de la cautiva

Esta semana en ABRA vimos estos textos de cautiverio. Uno de Antonio Muñoz Molina y el otro de Borges. A disfrutarlos.


La dramática historia de Cynthia Parker está en el origen de la película 'Centauros del desierto'

Su hijo mayor se convirtió en el último caudillo guerrero de los comanches Cynthia Parker, con su hija en 1836 / Alamy


En 1836, cuando tenía nueve años, Cynthia Ann Parker fue arrancada cruelmente por primera vez del mundo al que pertenecía. Estaba jugando una mañana en el rancho que su familia había construido y fortificado en una zona del oeste de Texas, en el límite de las grandes praderas donde ningún colono blanco se había aventurado, habitadas por indios cazadores y guerreros y por manadas oceánicas de bisontes. Una banda de jinetes comanches se acercó a la entrada del rancho pidiendo comida y agua. A los pocos minutos había empezado la primera de las dos grandes matanzas a las que Cynthia Ann Parker asistió en su vida. Los hombres de la familia cayeron traspasados por lanzas y flechas. Todavía vivos los comanches les arrancaron las cabelleras y les cortaron los genitales antes de matarlos. A la abuela la clavaron con lanzas al suelo y la violaron repetidamente. A un bebé que no paraba de llorar se lo quitaron a la madre de los brazos y lo degollaron. Cynthia Ann Parker fue atada a la grupa de un caballo y arrastrada hasta que se hizo de noche. Vio cómo una tía suya de 17 años, también cautiva, era torturada y violada en medio de una gran danza de celebración en torno a una hoguera. Los comanches mataban a los bebés, pero adoptaban a los niños algo mayores. Al poco tiempo Cynthia Ann Parker había olvidado la lengua inglesa y hablaba y vestía como una niña comanche.

A partir de entonces empezó una leyenda. Mercaderes que trataban con los indios decían haber visto a una comanche rubia con los ojos azules que se apartaba asustada de ellos cuando le hablaban en inglés. Uno de los supervivientes de la familia, su tío James Parker, decidió buscarla y rescatarla y pasó más de diez años recorriendo los territorios inmensos en los que las patrullas militares se extraviaban queriendo encontrar el rastro de las bandas de comanches, los guerreros fulminantes y crueles que preferían atacar en la claridad de las noches de luna y que desde hacía casi dos siglos dominaban la facultad temible de pelear a caballo, aterrorizando por igual a las otras tribus indias y a las patrullas españolas que se atrevían a subir hacia el norte desde México. Diez o quince años después del rapto, algún viajero blanco se encontró con la que ya no recordaba llamarse Cynthia Ann Parker, ahora esposa de un jefe y madre de tres hijos. Su piel era ya tan cobriza como la de las indias y tenía el pelo oscurecido con grasa de bisonte. Ahora se llamaba Nautdah: la que ha sido dada, o aceptada, o acogida.



Mercaderes que trataban con los indios decían haber visto a una comanche rubia con los ojos azules

En 1860 su mundo se vio trastornado por segunda vez. Para entonces los comanches se batían lentamente en retroceso, sus territorios invadidos por centenares de miles de colonos, las manadas de bisontes gravemente diezmadas. El cólera y la viruela eran matarifes todavía más eficaces que los nuevos fusiles de repetición contra los que ya no podían nada los arcos y las flechas. Un día, antes del amanecer, los soldados atacaron un campamento comanche. Para entonces el hábito de arrancar las cabelleras y sacar las entrañas a los vivos igual que a los muertos se había extendido a todas las partes combatientes. Cynthia Ann Parker se vio en medio de una batalla en la que murió su esposo y en la que perdió de vista a sus dos hijos mayores. A la pequeña, Flor de la Pradera, todavía le daba el pecho. Entre las humaredas, los gritos, los relinchos de los caballos, los ladridos de los perros, la carnicería general, uno de los soldados redujo con dificultad a una india que huía con un bebé en los brazos y descubrió que tenía los ojos azules.

En una fotografía que le tomaron poco después no parece una mujer blanca: tiene la cara oscura, como quemada, el pelo liso y mal cortado, una expresión de recelo o de pánico, y le da el pecho abiertamente a su hija. La historia de la cautiva rescatada al cabo de veinticuatro años se publicó en todos los periódicos. La llevaron a un cuartel y las mujeres de los oficiales se encargaron de ponerle ropas de blanca, y al principio se dejaron engañar por su apariencia de docilidad. Pero en cuanto se descuidaron Cynthia Ann Parker estaba intentando huir con su hija y se arrancaba el vestido de algodón para ponerse de nuevo su ropa de comanche. La apresaron de nuevo, pero era inútil. Permanecía inmóvil, con su hija en brazos, con la mirada perdida. La niña contrajo unas fiebres y murió al cabo de algún tiempo. Cynthia Ann Parker no volvió nunca con los comanches ni se reintegró a la comunidad de los blancos. Vivió como un fantasma, doblemente extranjera.


La historia de la cautiva rescatada al cabo de veinticuatro años se publicó en todos los periódicos

Su historia, convertida en leyenda, es el origen de la película más hermosa de John Ford, The Searchers (Centauros del desierto). Pero la realidad es mucho más complicada y más áspera que la ficción, aunque también más sorprendente. Lo he sabido leyendo un libro del historiador americano S. C. Gwynne, Empire of the Summer Moon, que cuenta lo que está más allá de esos finales rotundos que nos gustan tanto en el cine y en las novelas. En las historias de la realidad no hay puntos finales. Mientras Cynthia Ann Parker se confinaba a sí misma en un silencio sin fisuras, su hijo mayor, que tenía 12 años cuando ella fue rescatada, o raptada por segunda vez, crecía hasta convertirse en el último caudillo guerrero de los comanches, Quanah Parker. En el final apocalíptico de una nación que había dominado a caballo durante dos siglos los territorios centrales de un continente tan ancho como un océano, Quanah Parker fue el último héroe, el más temerario y el más cruel, el que seguía resistiendo cuando la matanza metódica de treinta millones de bisontes, llevada a cabo en muy pocos años, dejó desiertas las grandes praderas, de modo que los comanches ya no tenían ni comida ni estiércol seco para encender hogueras ni pieles para hacer tiendas o prendas de ropa, ni tendones con los que tejer cuerdas de arcos.

Una historia así exige un crescendo trágico, un acorde definitivo a la altura de su despliegue épico. Pero resulta que, en un cierto momento, cuando comprendió que todo estaba perdido, y que continuar la guerra era condenar a su pueblo al exterminio, Quanah Parker se rindió honrosamente a sus antiguos enemigos, se instaló en una reserva y empezó una vida sedentaria y razonablemente próspera de ciudadano americano. Sin perder su apostura imponente el guerrero primitivo derivó en activista cívico, dedicado a los negocios y a la defensa de los derechos de los suyos. Se acostumbró a los sombreros flexibles y a los trajes a medida, pero no renunció nunca a su larga melena lisa de guerrero, ni tampoco al hábito comanche de la poligamia. Intentó averiguar el paradero de su madre, pero solo pudo visitar tristemente su tumba. A lo que nunca se rebajó fue a participar, como otros antiguos jefes, en el circo humillante de Buffalo Bill. Fue amigo del presidente Theodore Roosevelt, y su imagen atónita en movimiento se conserva en una película de 1908.

Encontrar la estatua




Miguel Ángel creía que las estatuas están de antemano ocultas en el bloque de mármol, y que el trabajo del escultor no es inventarlas, sino encontrarlas. Así están las novelas en ls caras de los desconocidos, en nuestra propia cara y en nuestras pupilas cuando miramos un espejo, y lo que importa en la escritura no es eso que llaman la voluntad de estilo, sino el instinto de mirar. Antonio Muñoz Molina.

martes, 19 de marzo de 2013

Himnos de alegría




Del Blog de Antonio Muñoz Molina

¿Por qué será mucho más frecuente la alegría en la música que en la literatura? En un concierto de jazz, después de una balada tristona viene siempre la explosión de una pieza rápida. En una sinfonía o en un concierto clásico el scherzo llega después del adagio, y cuando hay mucha tristeza casi siempre es una tristeza matizada de serenidad. Mozart o Haydn le enseñan a uno a intuir toda la profundidad que puede haber en la alegría. Bach y Duke Ellington se recrean en la variedad lujosa del mundo, aunque los dos pueden contar con igual hondura el dolor -el de la crucifixión de un inocente, el de la extenuación de la esclavitud. En el Credo de la Misa en si bemol de Bach, después del sombrío Crucifixus viene el Resurrexit

En el metro de Times Square, el otro día, en ese rincón de un vestíbulo en el que suelen ponerse grupos musicales, una explosión literal de alegría me golpeó mientras subía las escaleras, entre el gentío fatigado del final de la tarde: un cuarteto irlandés con dos guitarras, bajo y batería estaba haciendo una versión resplandeciente de una de las canciones más alegres que existen, el “Can’t Buy Me Love” de los Beatles. Alrededor de la música la gente se agrupaba como en torno a una hoguera. Terminó la canción y apresuré el paso para llegar al andén donde tenía que hacer un trasbordo, y justo cuando llegaba el tren estaba yéndose. Pero gracias a eso pude escuchar a un trío de músicos negros, dos trompetas, un trombón, que tocaban con extraordinarias sutilezas de contrapunto y con bastante guasa, todo hay que decirlo, alrededor del cubo de plástico donde la gente echaba dólares, otro de los grandes himnos de alegría, “It Don’t Mean a Thing If It Ain’t Got That Swing”. Aplaudíamos todos cuando llegó el siguiente tren. A unos cuantos viajeros se les quedó la sonrisa en las caras cansadas.




viernes, 15 de febrero de 2013

Deliciosa crónica


Antonia, la dominicana:

Después de un viaje tan largo el regreso tiene algo de convalecencia. El avión salió de Tel Aviv después de la una de la madrugada, y al cabo de doce horas de vuelo en las que la cabina estuvo casi siempre a oscuras y con las ventanillas bajadas aún seguía siendo noche cerrada. En un cielo negro invertido se extendía de pronto en todas direcciones la galaxia de luces de Nueva York, su parpadeo de constelaciones a cada momento más cercanas. Quien duerme poco o no duerme en un vuelo nocturno experimenta una duración agotadora que a partir de un cierto momento no alivia nada, ni la lectura, ni la música en los auriculares, ni una de esas películas sonámbulas de los aviones, ni el casi dormir con los ojos entrecerrados, un letargo en el que se mezclan recuerdos disgregados y ráfagas de sueños.

Según el reloj son las dos menos cuarto de la tarde. En los relojes del aeropuerto JFK, enorme y vacío a estas horas, son las siete menos cuarto de la mañana. El cerebro humano no sobrelleva bien estas discordias temporales. El oficial de inmigración compara la cara del pasaporte y la de la tarjeta de residencia con la que tiene delante en la ventanilla y se le ve lleno de dudas comprensibles. El cansancio extremo y la falta de sueño volverán borrosos los rasgos de una cara. Y cuantos centenares de ellas verá sucesivamente este hombre en su turno de noche, él también fatigado e hipnotizado por la repetición incesante, por la variedad incesante, caras de todo el mundo y de todas las condiciones y edades deteniéndose ante él con expresiones parecidas entre de alarma y de mansedumbre, apareciendo en repeticiones adicionales en las fotos de los documentos y en las que aparecen en la pantalla de su computadora.

Se hace de día sobre un paisaje de nieve sucia y cruces de carreteras y puentes y un taxista colombiano me cuenta con todo lujo de detalles cómo se prepara el plato estrella de la cocina de Cali, el sancocho de gallina. Pero como el trayecto es largo el taxista va tomando confianza y a la altura del puente Triboro ya estoy al tanto del gran amor tórrido que unos años atrás estuvo a punto de costarle su matrimonio, el cariño de sus hijos, su puesto de trabajo: una dominicana hermosa que se llamaba Antonia y que lo volvió loco, loco perdido, hechizado. Se mataba de trabajar y le daba todo su dinero, y su esposa mientras tanto lloraba por los rincones y rezaba para que él volviera. Cuando estaba a punto de dejarlo todo y de irse con aquella Antonia tentadora a Santo Domingo el Señor quiso que se le abrieran los ojos. Volvió a su esposa y cayó de rodillas pidiéndole perdón. Ella le hizo que se levantara: “Yo sabía que usted es bueno, papito, que no abandonaría a sus hijos”. La historia y el trayecto terminan a la vez. “Pero qué cuerpo hermoso tenía esa mujer”, me dice el taxista, quieto un momento y sonriendo cuando ha sacado mi maleta y la deja en la acera, en la mañana helada. “Se quitaba la ropa y uno la miraba y no sabía por dónde empezar”.



Antonia, la dominicana | Antonio Muñoz Molina
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domingo, 24 de junio de 2012

Lover Man



Antonio Muñoz Molina, el escritor español que vive mucho de su tiempo en New York, nombra a los músicos de Jazz que conoció hace ya muchos años, los he buscado y cuelgo algunos que me gustaron mucho.

jueves, 19 de enero de 2012

Un sol con uñas







Entonces me acuerdo de esa expresión que decía la gente cuando yo era niño: un sol con uñas. Un sol arisco de invierno que engaña un poco y en seguida saca unas uñas de gato.
Mi abuela Leonor usaba mucho esos giros y tenía una imaginación muy fértil para las comparaciones fulminantes. Mi madre me contó el otro día en el Puerto una que yo no recordaba. Cuando las patatas fritas a pelotón o a lo pobre quedaban para el día siguiente y se secaban un poco mi abuela decía que eran como “orejillas de muerto”.Antonio Muñoz Molina





Me encuentro con esta expresión en el blog de Antonio Muñoz Molina, y me encanta por lo original. Qué fascinantes son las expresiones inventadas por el hombre para precisar su pensamiento. A ver qué expresiones me mandan ustedes. Muchas cosas de las abuelas como el caso de Antonio, detrás de cada una de ellas hay una historia. Pequeñas frases, proverbios, refranes.  Y lo de las orejillas de muerto. ¿Qué les parece?



domingo, 2 de mayo de 2010

Sobre Cartier-Bresson








Las fotos invisibles de Cartier-Bresson
ANTONIO MUÑOZ MOLINA 01/05/2010 Diario El País


Durante casi treinta años, toda la última parte de su vida, Henri Cartier-Bresson no tomó ninguna fotografía. Probablemente, por un hábito antiguo de la mirada, siguió viendo a su alrededor fotos posibles, instantes en los que la realidad parecía organizarse de manera espontánea en una composición más armoniosa porque era casual. Se palparía los bolsillos del abrigo con un reflejo ya inútil para buscar su Leica y levantarla como se lleva un cazador la escopeta a la cara. Pero un momento después la imagen posible ya se había desvanecido, y él disfrutaría sin nostalgia de ese alivio profundo de no tener que hacer nada, de no vivir con el sobresalto de observar las cosas y no dejar que se perdieran. Después de casi medio siglo de recorrer el mundo se había convertido por fin en un jubilado sedentario, a una edad en la que todavía estaba fuerte y saludable, sesenta y tantos años, reverdecido por el amor de una esposa joven. En algunas de sus fotos tardías aparece ella, Martine: en una tiene las piernas flexionadas y desnudas, bajo una falda muy corta, y se parece a Catherine Deneuve en Belle de jour.


Henri Cartier-Bresson
Nacimiento: 22-08-1908 Lugar: París


En las salas gigantes del MOMA las fotos se suceden con un criterio tan sofisticado que produce mareo.
En 1975, jubilado de la fotografía y de las convulsiones del mundo de las que había sido testigo durante tanto tiempo, Henri Cartier-Bresson era un caballero distinguido que paseaba por París con un cuaderno de dibujo y un lápiz en vez de una cámara. Le gustaba decir que una foto era un dibujo instantáneo; ahora descubría con agrado que el dibujo equivalía a un acto reposado de meditación. Disfrutaba de la ironía de ser universalmente celebrado por un oficio al que ya no se dedicaba. El gran fotógrafo del siglo no tocaba nunca una cámara y no guardaba ninguna en su casa. Quienes entraban en ella para hacerle alguna entrevista ocasional miraban por las paredes o las repisas sin encontrar ninguna foto. En una habitación al fondo de un pasillo distinguían los rojos y los azules vibrantes de un cuadro de Matisse.

Pero en Cartier-Bresson siempre había habido una tendencia a la falta de énfasis y al despojamiento de toda apariencia de esfuerzo y de complicación que no serían ajenas a sus inclinaciones budistas. "Una mano de terciopelo, un ojo de halcón", decía. Frente al melodrama de tantos fotógrafos que se cuelgan del cuello cámaras y teleobjetivos y toda clase de artefactos como trofeos de guerra él iba tan ligero con su simple Leica como si no llevara nada, como si para obtener una buena foto sólo hiciera falta un cierto estado de alerta y contemplación y el fogonazo de la mirada. El arte moderno, heredero perpetuo de la egomanía del Romanticismo, se obstina en la proyección casi obscena del yo del artista sobre una realidad que ha de ser como arcilla maleable para las visiones o los caprichos de su talento. En Cartier-Bresson lo que hay muchas veces es la observación circunspecta de un haiku. Más que un autor que impone sobre el mundo su sombra prestigiosa y cada línea de las huellas dactilares de su estilo, el fotógrafo es un testigo que se hace a un lado y señala con el dedo, ofreciéndonos educadamente la posibilidad de ver algo, una escena o una presencia humana que suceden sin que las organice o las manipule nadie. Educado de muy joven en la severidad compositiva del cubismo y de los cuadros de Poussin, Cartier-Bresson se pasó más de la mitad de su vida ejercitando su mirada, usando el disparador de la cámara en lugar de los lápices y los pinceles, el aire mismo de la realidad en vez de la superficie del lienzo; ejerciendo no una técnica, sino una actitud. Nadie la ha explicado mejor que él mismo: "El reconocimiento simultáneo, en una fracción de segundo, de la significación de un hecho, así como de la precisa organización de las formas que le dan a ese hecho su expresión adecuada".

Contra una pared formidable llena de desconchones y rozaduras y manchas de humedad y de mugre un niño de cabeza pelona vestido con un mandil de niño pobre parece que salta en éxtasis mirando hacia el cielo. Al fondo de un laberinto de escaleras una esquina encalada da paso a un callejón por el que circula un ciclista como una centella vagamente borrosa. Un momento después ese niño español de 1933 ya no estará como suspendido en ese vuelo de felicidad, porque habrá caído al suelo la pelota hacia la que eleva los ojos, y que nosotros no vemos en la fotografía. Un segundo antes, un segundo después, la perspectiva cubista de las escaleras que bajan hacia la calle no habría sido misteriosamente completada por esa silueta del ciclista anónimo que no tardará más de un segundo en pasar. La contemplación es tan activa que no permite el letargo. La búsqueda de lo excepcional es una forma de alerta entre desapegada y alerta hacia lo cotidiano. Las familias de obreros que pasan un domingo del verano de 1938 comiendo y bebiendo al fresco de la orilla arbolada del Sena repiten sin saberlo con sus actitudes una coreografía de indolencia que viene de Seurat y de Manet y más allá de Poussin, una Arcadia francesa.

Nunca había visto más fotos juntas de Cartier-Bresson que en esta exposición inaugurada hace poco en el MOMA. Casi nunca me ha costado tanto mirarlas. La fotografía, por sus dimensiones, por la cercanía emocional que establece con el espectador, requiere espacios más confidenciales, no las salas inmensas que hay ahora en la sexta planta del museo, al final de un ascenso por las escaleras mecánicas que se le añadieron en su renovación de hace unos años, y que contribuyen a darle un tumulto como de centro comercial. Con su cafetería ruidosa y sus tiendas de diseño, con su restaurante tan pijo de nouvelle cuisine y sus exposiciones bullangueras y mediáticas de Tim Burton, de Marina Abramovic, de fuegos de artificio digitales, el MOMA se ha convertido en un lugar atractivo para casi todo, salvo para el disfrute sosegado del arte. Hay que contratar arquitectos estrellas para que los museos llamen la atención y salgan en los periódicos; hay que recaudar más millones que nunca para pagar las minutas de los arquitectos y el mantenimiento desmesurado de sus nuevos edificios; hay que organizar exposiciones lo bastante espectaculares como para que atraigan multitudes gracias a las cuales se multiplicará la recaudación y se disipará la sospecha siempre incómoda de elitismo.

Y por supuesto los comisarios se esforzarán en dejar también su propia huella en la disposición de las obras mostradas, casi siempre con un pretexto de originalidad que conduce directamente al embarullamiento. En las salas gigantes del MOMA las fotos de Cartier-Bresson se suceden con un criterio tan sofisticado que produce mareo, impulsándolo a uno a añorar casi achacosamente el anticuado orden cronológico. Qué impaciencia por volver a casa y buscar en un catálogo esas fotografías tan queridas; o por salir a la calle con la esperanza de descubrir en la realidad una de esas fotos invisibles que Cartier-Bresson seguiría viendo aunque ya no llevara consigo la cámara.


Henri Cartier-Bresson: The Modern Century. MOMA. Nueva York. Hasta el 28 de junio. www.moma.org.