Desde Lima, un relámpago de azul-cielo o azul-mar en nuestra mente o en nuestro corazón que ansían la belleza. Cuentos, poesía, música, cine, reflexiones, teatro, viajes, fotografía, entrevistas, danza y más.
domingo, 26 de noviembre de 2017
domingo, 19 de junio de 2016
domingo, 8 de mayo de 2016
domingo, 11 de octubre de 2015
Ponette pelicula completa sub español
Film francés muy recomendable, protagonizado por la asombrosa y pequeña actriz Victoire Thivisol. Historia de la desolación y desamparo de una niña de cuatro años que tiene que afrontar la pérdida prematura de su madre, fallecida en accidente.
domingo, 29 de junio de 2014
Regalo sorpresa
domingo, 18 de agosto de 2013
Una reina delicada
( Clarice de niña).
Felicidad clandestina
Clarice Lispector
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:
-Vas a prestar ahora mismo ese libro.
Y a mí:
-Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?
Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.
jueves, 28 de febrero de 2013
Ser voluntaria: una gran experiencia
Recuerdo cuando trabajaba como voluntaria en el hospital de Neoplásicas, enfundada en un uniforme iba y venía y tenía ante mí infinitos incidentes que debía tratar de enfrentar, surgían palabras en mi boca que parecían venir de una persona que no era yo, voces de esperanza y de fe, pedía paciencia a quien necesitaba un médico con urgencia cuando aún no lo podían atender. Recuerdo una vez como convencí con argumentos decididos a una señora que quería postergar su operación mientras su hija no llegase de Piura, porque yo misma había escuchado decir al médico que debía operarse mañana sin falta, que era cuestión de vida o muerte. Entonces tenía me brincaba el corazón porque durante la jornada no podía sentir, no había espacio para darme ese lujo, solo hacía esforzada y trataba con toda mi alma de entregarme para bien de los demás. Cuando terminaba la mañana, cuando me sacaba el mandil y me sentaba en el auto para regresar a mi casa, recién podía sentir, podía separar los rostros, profundizar en alguno de ellos, detenerme en la mirada de ese niño, recordar lo que me había dicho alguna mujer. ¿Por qué fui a trabajar como voluntaria? Recuerdo que en ese tiempo, ¿porqué sería?, me sentía sin ánimo, nada me llenaba de alegría ni me entusiasmaba. Haciendo un análisis, pensé que el tiempo en el que había sido más feliz en mi vida, había sido el que había hecho trabajo social y pregunté dónde podía ayudar y me dijeron que se necesitaban voluntarias en ese hospital recién inaugurado. Me curé inmediatamente. Estar en contacto con el dolor me devolvió la sensibilidad y fue como si alguien le diese un baño de luz al mundo y las flores se volvieron hermosísimas, ¿has visto esa flor? —me escuchaba decir, y me volvió a gustar la risa de las personas, la música, el color del cielo, ir al mercado, mirarme al espejo, jugar con mis hijos, recibir una caricia. Claro que no era mucho lo que podía hacer, pero pronto aprendí que lo que importaba era estar ahí, sujetar la mano de una persona, escucharla, conseguir la sonrisa de un niño, tocar al otro. Claro que mi corazón se encogía especialmente con el dolor de los niños, con su preocupación por la preocupación de sus padres, si hay algo injusto, sentía, es un niño sufriendo, los niños han nacido para ser felices, para saltar, para disfrazarse, para gozar; y verlos en cama, delgaditos, temiendo que vengan a sacarle sangre, a someterlos a pruebas, a mirarlos como se mira algo extraño, eso no era lo que debía ser. Y cuando murió una niña a la que había visto llena de vida porque el tratamiento había fracasado, me dolió como si hubiese muerto una parte mía, la parte que mantiene la esperanza y cree en la lucha y en la ciencia. Conocí niños maravillosos que cuidaban a los demás, no parecían enfermos, tenían un espíritu generoso y sabio que yo admiraba como admiraba que los pacientes no desesperasen, no exigiesen, no empujasen al otro para ser atendidos, —que pase primero la señora, ella se siente mal, que pase el señor, está acá desde muy temprano,— eso era frecuente oír. También descubrí que casi todas las personas venían acompañadas, un hermano, un familiar, un vecino, alguien decidía acompañar a quien estaba mal, —qué bueno que están acompañados, — les decía, —qué alegría, no están solos, alguien los cuida. Había todo tipo de voluntarias, las que reemplazaban a las enfermeras y hacían trámites y buscaban historias clínicas, las que consolaban a los más enfermos, las que se convertían en maestros o payasos, yo pensaba que estábamos ahí para hacer aquello que no podía hacer el médico o la enfermera, para suavizar, para explicar, para mirar a los ojos, para llevarlos donde ellos no sabían adonde quedaba, para traducir palabras que no conseguían entender.
Algunas cosas me parecieron que funcionaban mal, me enteré que se perdía el instrumental médico, que algunos médicos no se comportaban con honestidad, noté que había funcionarios que guardaban las donaciones y las entregaban con cuentagotas. Mezquindades humanas que existen en todas las instituciones. Algunas asistentas sociales exigían que los pobres demostrasen su pobreza. No se podía luchar contra todo eso y en compensación veía que el hospital funcionaba, que había cada vez más pacientes, colas de pacientes que recibían atención, y médicos y enfermeras entregados batallando contra esa enfermedad que parece invencible. (de mis Crónicas)
viernes, 28 de diciembre de 2012
domingo, 13 de junio de 2010
El bello Cuzco
Visitar el Cuzco es siempre un privilegio. A una hora de Lima en avión se llega al Mágico Cuzco en donde todas las experiencias nos llenan el corazón de alegría y entusiasmo. La luz del Cuzco tan cálida y llena de vida, las fiestas que nos remiten a otra época y otra religiosidad. Llegamos para la procesión del Corpus Cristie en donde una multitud caminaba o bailaba tras las imágenes de la Catedral. Música y danza.
La plaza del Cuzco es bellísima y es fácil encontrar una mesa en uno de los restaurantes en segundo piso, ahí con un pisco souer de aguaymanto, de Coca, de maracuyá gozamos de la vista de la plaza. Una belleza.
Teníamos excelentes guías, una pareja de amigos que va muy seguido al Cuzco, que se está construyendo una casita en el Valle para tener un lugar en el que puedan gozar seguido con el contacto con la naturaleza, y hacer una vida diferente en el aire puro del Urubamba.
Ellos nos llevaron a una cueva ( un sótano) que contenía maravillosas yicllas antiguas de la mejor calidad, de Alpacas y Vicuñas.
Nos hospedamos en el Valle en una casa preciosa invitados por una amiga que fue una anfitriona increíble. La casa estaba construida y decorada como una casa serrana hecha de adobe, con adornos nuestros y con vista a un hermoso jardín que nos transmitía serenidad y alegría.Basta con salir a pasear en cualquier dirección para encontrar una aventura. Esta vez bajamos a ver los preparativos para la fiesta de la cruz. Estaban las dos cruces juntas, la del año que pasó y la de este año acompañadas por sus padrinos que nos convidaron de su vaso de Chicha de Jora para que brindemos con ellos. Tambien visitamos los nuevos y elegantes hoteles del Valle listos a ofrecer a los turistas todas las comodidades
En el Cuzco nos hospedamos en un hotel que se llama Niño, obra de una señora holandesa que da desayuno almuerzo y comida a muchos niños (900) y que a un precio cómodo hospeda a los clientes con buen gusto y gran amabilidad.
Niños del Cuzco
Músicos de Pisaj tocando el Pututo No puedo dejar de comentar las cosas ricas que comimos, ollucos al graten, trigoto, tabuleh de quinua, delicias inolvidables.


