Mostrando entradas con la etiqueta Octavio Paz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Octavio Paz. Mostrar todas las entradas

lunes, 3 de julio de 2017

Piedra de sol de Octavio Paz

Octavio Paz


Imagen relacionada

Piedra de sol (fragmento)



" un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:
                      un caminar tranquilo
de estrella o primavera sin premura,
agua que con los párpados cerrados
mana toda la noche profecías,
unánime presencia en oleaje,
ola tras ola hasta cubrirlo todo,
verde soberanía sin ocaso
como el deslumbramiento de las alas
cuando se abren en mitad del cielo,     
(...)
voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada,
tus pechos dos iglesias donde oficia
la sangre sus misterios paralelos,
mis miradas te cubren como yedra,
eres una ciudad que el mar asedia,
una muralla que la luz divide
en dos mitades de color durazno,
un paraje de sal, rocas y pájaros
bajo la ley del mediodía absorto,

vestida del color de mis deseos
como mi pensamiento vas desnuda,
voy por tus ojos como por el agua,
los tigres beben sueño en esos ojos,
el colibrí se quema en esas llamas,
voy por tu frente como por la luna,
como la nube por tu pensamiento,
voy por tu vientre como por tus sueños,

tu falda de maíz ondula y canta,
tu falda de cristal, tu falda de agua,
tus labios, tus cabellos, tus miradas,
toda la noche llueves, todo el día
abres mi pecho con tus dedos de agua,
cierras mis ojos con tu boca de agua,
sobre mis huesos llueves, en mi pecho
hunde raíces de agua un árbol líquido,

voy por tu talle como por un río,
voy por tu cuerpo como por un bosque,
como por un sendero en la montaña
que en un abismo brusco se termina,
voy por tus pensamientos afilados
y a la salida de tu blanca frente
mi sombra despeñada se destroza,
recojo mis fragmentos uno a uno
y prosigo sin cuerpo, busco a tientas,
(...)
porque las desnudeces enlazadas
saltan el tiempo y son invulnerables,
nada las toca, vuelven al principio,
no hay tú ni yo, mañana, ayer ni nombres,
verdad de dos en sólo un cuerpo y alma,
oh ser total...
(...)
amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro;
                                el mundo cambia
si dos se miran y se reconocen
(...)
sigo mi desvarío, cuartos, calles,
camino a tientas por los corredores
del tiempo y subo y bajo sus peldaños
y sus paredes palpo y no me muevo,
vuelvo adonde empecé, busco tu rostro,
camino por las calles de mí mismo
bajo un sol sin edad, y tú a mi lado
caminas como un árbol, como un río
caminas y me hablas como un río,
creces como una espiga entre mis manos,
lates como una ardilla entre mis manos,
vuelas como mil pájaros, tu risa
me ha cubierto de espumas, tu cabeza
es un astro pequeño entre mis manos,
el mundo reverdece si sonríes
comiendo una naranja,
                                el mundo cambia
si dos, vertiginosos y enlazados,
caen sobre la yerba: el cielo baja,
los árboles ascienden, el espacio
sólo es luz y silencio, sólo espacio
abierto para el águila del ojo,
pasa la blanca tribu de las nubes,
rompe amarras el cuerpo, zarpa el alma,
perdemos nuestros nombres y flotamos
a la deriva entre el azul y el verde,
tiempo total donde no pasa nada
sino su propio transcurrir dichoso
(...)
—¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?,
¿cuándo somos de veras lo que somos?,
bien mirado no somos, nunca somos
a solas sino vértigo y vacío,
muecas en el espejo, horror y vómito,
nunca la vida es nuestra, es de los otros,
la vida no es de nadie, todos somos
la vida —pan de sol para los otros,
los otros todos que nosotros somos—,
soy otro cuando soy, los actos míos
son más míos si son también de todos,
para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
la vida es otra, siempre allá, más lejos,
fuera de ti, de mí, siempre horizonte,
vida que nos desvive y enajena,
que nos inventa un rostro y lo desgasta,

hambre de ser, oh muerte, pan de todos. "

Escuchar la voz de Octavio Paz recitando este poema:
https://www.youtube.com/watch?v=H3YQUHOSyT0&feature=youtu.be


domingo, 24 de enero de 2016

Haikus

Haikus de Octavio Paz



Los que siguen son cinco haikus de Octavio Paz (1914-1998):


Hecho de aire
entre pinos y rocas
brota el poema.


Troncos y paja;
por la rendijas entran
Budas e insectos.


Esto que digo
son apenas tres líneas:
choza de sílabas.


Entretejidas
vocales, consonantes:
casa del mundo.


Sobre la arena
escritura de pájaros:
memorias del viento.

domingo, 1 de junio de 2014

Octavio Paz hubiera cumplido 100 años.




Mito y leyenda en vida, Paz fue un feliz aprendiz entre mortales. Como su poema La calle, donde recrea su curiosidad, su búsqueda y estar en el mundo: “Es una calle larga y silenciosa. / Ando en tinieblas y tropiezo y caigo / y me levanto y piso con pies ciegos / las piedras mudas y las hojas secas / y alguien detrás de mí también las pisa: / si me detengo, se detiene; / si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie. / todo está obscuro y sin salida, / y doy vueltas y vueltas en esquinas / que dan siempre a la calle/ donde nadie me espera ni me sigue, / donde yo sigo a un hombre que tropieza / y se levanta y dice al verme: nadie”. ( Diario El País, Madrid, Cultura, Octavio Paz, el poeta y pensador de la libertad)

jueves, 24 de octubre de 2013

Decir, Hacer, de Octavio Paz


DECIR, HACER

http://www.archive.org/download/alopbd/albalearning-decir_paz.mp3


A Roman Jakobson

Entre lo que veo y digo,
Entre lo que digo y callo,
Entre lo que callo y sueño,
Entre lo que sueño y olvido

La poesía.
Se desliza entre el sí y el no:
dice
lo que callo,
calla
lo que digo,
sueña
lo que olvido.

No es un decir:
es un hacer.
Es un hacer
que es un decir.

La poesía
se dice y se oye:
es real.

Y apenas digo
es real,
se disipa.
¿Así es más real?

Idea palpable,
palabra
impalpable:
la poesía
va y viene
entre lo que es
y lo que no es.

Teje reflejos
y los desteje.
La poesía
siembra ojos en las páginas
siembra palabras en los ojos.

Los ojos hablan
las palabras miran,
las miradas piensan.

Oír
los pensamientos,
ver
lo que decimos
tocar
el cuerpo
de la idea.

Los ojos
se cierran
Las palabras se abren.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Mi vida con la ola


Este texto está en el blog pero en una adaptación para teatro. Aquí la historia de amor que nos entrega Octavio Paz en su libro Arenas movedizas



Cuando dejé aquel mar, una ola se adelanto entre todas. Era esbelta y ligera. A pesar de los gritos de las otras, que la detenían por el vestido flotante, se colgó de mi brazo y se fue conmigo saltando. No quise decirle nada, porque me daba pena avergonzarla ante sus compañeras. Además, las miradas coléricas de las mayores me paralizaron.

Cuando llegamos al pueblo, le expliqué que no podía ser, que la vida en la ciudad no era lo que ella pensaba en su ingenuidad de ola que nunca ha salido del mar. Me miro seria: “Su decisión estaba tomada. No podía volver.” Intente dulzura, dureza, ironía. Ella lloro, grito, acaricio, amenazo. Tuve que pedirle perdón. Al día siguiente empezaron mis penas. ¿Cómo subir al tren sin que nos vieran el conductor, los pasajeros, la policía? Es cierto que los reglamentos no dicen nada respecto al transporte de olas en los ferrocarriles, pero esa misma reserva era un indicio de la severidad con que se juzgaría nuestro acto.

Tras de mucho cavilar me presente en la estación una hora antes de la salida, ocupé mi asiento y, cuando nadie me veía, vacié el depósito de agua para los pasajeros; luego, cuidadosamente, vertí en él a mi amiga.

El primer incidente surgió cuando los niños de un matrimonio vecino declararon su ruidosa sed. Les salí al paso y les prometí refrescos y limonadas. Estaban a punto de aceptar cuando se acerco otra sedienta. Quise invitarla también, pero la mirada de su acompañante me detuvo. La señora tomo un vasito de papel, se acerco al depósito y abrió la llave. Apenas estaba a medio llenar el vaso cuando me interpuse de un salto entre ella y mi amiga. La señora me miro con asombro. Mientras pedía disculpas, uno de los niños volvió abrir el depósito. Lo cerré con violencia.

La señora se llevo el vaso a los labios: -Ay el agua esta salada. El niño le hizo eco. Varios pasajeros se levantaron. El marido llamo al Conductor: -Este individuo echo sal al agua. El Conductor llamo al Inspector: -¿Conque usted echo substancias en el agua? El Inspector llamo al Policía en turno: -¿Conque usted echo veneno al agua? El Policía en turno llamo al Capitán: – ¿Conque usted es el envenenador? El Capitán llamo a tres agentes. Los agentes me llevaron a un vagón solitario, entre las miradas y los cuchicheos de los pasajeros. En la primera estación me bajaron y a empujones me arrastraron a la cárcel. Durante días no se me hablo, excepto durante los largos interrogatorios. Cuando contaba mi caso nadie me creía, ni siquiera el carcelero, que movía la cabeza, diciendo: “El asunto es grave, verdaderamente grave. ¿No había querido envenenar a unos niños?”. Una tarde me llevaron ante el Procurador. -Su asunto es difícil -repitió-. Voy a consignarlo al Juez Penal. Así paso un año. Al fin me juzgaron. Como no hubo víctimas, mi condena fue ligera. Al poco tiempo, llego el día de la libertad. El Jefe de la Prisión me llamo: -Bueno, ya esta libre. Tuvo suerte. Gracias a que no hubo desgracias. Pero que no se vuelva a repetir, por que la próxima le costara caro… Y me miro con la misma mirada seria con que todos me veían.

Esa misma tarde tome el tren y luego de unas horas de viaje incómodo llegue a México. Tome un taxi y me dirigí a casa. Al llegar a la puerta de mi departamento oí risas y cantos. Sentí un dolor en el pecho, como el golpe de la ola de la sorpresa cuando la sorpresa nos golpea en pleno pecho: mi amiga estaba allí, cantando y riendo como siempre. -¿Cómo regresaste? -Muy fácil: en el tren. Alguien, después de cerciorarse de que sólo era agua salada, me arrojo en la locomotora. Fue un viaje agitado: de pronto era un penacho blanco de vapor, de pronto caía en lluvia fina sobre la máquina. Adelgace mucho. Perdí muchas gotas. Su presencia cambio mi vida. La casa de pasillos obscuros y muebles empolvados se lleno de aire, de sol, de rumores y reflejos verdes y azules, pueblo numeroso y feliz de reverberaciones y ecos.

¡Cuántas olas es una ola o como puede hacer playa o roca o rompeolas un muro, un pecho, una frente que corona de espumas! Hasta los rincones abandonados, los abyectos rincones del polvo y los detritus fueron tocados por sus manos ligeras. Todo se puso a sonreír y por todas partes brillaban dientes blancos. El sol entraba con gusto en las viejas habitaciones y se quedaba en casa por horas, cuando ya hacia tiempo que había abandonado las otras casas, el barrio, la ciudad, el país. Y varias noches, ya tarde, las escandalizadas estrellas lo vieron salir de mi casa, a escondidas. El amor era un juego, una creación perpetua. Todo era playa, arena, lecho de sábanas siempre frescas. Si la abrazaba, ella se erguía, increíblemente esbelta, como tallo liquido de un chopo; y de pronto esa delgadez florecía en un chorro de plumas blancas, en un penacho de risas de caían sobre mi cabeza y mi espalda y me cubrían de blancuras. O se extendía frente a mí, infinita como el horizonte, hasta que yo también me hacia horizonte y silencio. Plena y sinuosa, me envolvía como una música o unos labios inmensos. Su presencia era un ir y venir de caricias, de rumores, de besos. Entraba en sus aguas, me ahogaba a medias y en un cerrar de ojos me encontraba arriba, en lo alto del vértigo, misteriosamente suspendido, para caer después como una piedra, y sentirme suavemente depositado en lo seco, como una pluma. Nada es comparable a dormir mecido en las aguas, si no es despertar golpeado por mil alegres látigos ligeros, por arremetidas que se retiran riendo.

Pero jamás llegue al centro de su ser. Nunca toque el nudo del ay y de la muerte. Quizá en las olas no existe ese sitio secreto que hace vulnerable y mortal a la mujer, ese pequeño botón eléctrico donde todo se enlaza, se crispa y se yergue, para luego desfallecer. Su sensibilidad, como las mujeres, se propagaba en ondas, solo que no eran ondas concéntricas, sino excéntricas, que se extendían cada vez mas lejos, hasta tocar otros astros. Amarla era prolongarse en contactos remotos, vibrar con estrellas lejanas que no sospechamos. Pero su centro… no, no-tenia centro, sino un vació parecido al de los torbellinos, que me chupaba y me asfixiaba.

Tendido el uno al lado de otro, cambiábamos confidencias, cuchicheos, risas. Hecha un ovillo, caía sobre mi pecho y allí se desplegaba como una vegetación de rumores. Cantaba a mi oído, caracola. Se hacia humilde y transparente, echada a mis pies como un animalito, agua mansa. Era tan límpida que podía leer todos sus pensamientos. Ciertas noches su piel se cubría de fosforescencias y abrazarla era abrazar un pedazo de noche tatuada de fuego. Pero se hacia también negra y amarga. A horas inesperadas mugía, suspiraba, se retorcía. Sus gemidos despertaban a los vecinos. Al oírla el viento del mar se ponía a rascar la puerta de la casa o deliraba en voz alta por alas azoteas. Los días nublados la irritaban; rompía muebles, decía malas palabras, me cubría de insultos y de una espuma gris y verdosa. Escupía, lloraba, juraba, profetizaba. Sujeta a la luna, las estrellas, al influjo de la luz de otros mundos, cambiaba de humor y de semblante de una manera que a mí me parecía fantástica, pero que era tal como la marea.

Empezó a quejarse de soledad. Llene la casa de caracolas y conchas, pequeños barcos veleros, que en sus días de furia hacia naufragar (junto con los otros, cargados de imágenes, que todas las noches salían de mi frente y se hundía en sus feroces o graciosos torbellinos) ¡Cuantos pequeños tesoros se perdieron en ese tiempo! Pero no le bastaban mis barcos ni el canto silencioso de las caracolas. Confieso que no sin celos los veía nadar en mi amiga, acariciar sus pechos, dormir entre sus piernas, adornar su cabellera con leves relámpagos de colores. Entre todos aquellos peces había unos particularmente repulsivos y feroces, unos pequeños tigres de acuario, grandes ojos fijos y bocas hendidas y carniceras. No sé por que aberración mi amiga se complacía en jugar con ellos, mostrándoles sin rubor una preferencia cuyo significado prefiero ignorar. Pasaba largas horas encerrada con aquellas horribles criaturas.

Un día no pude más; eche abajo la puerta y me arroje sobre ellos. Ágiles y fantasmales, se me escapaban entre las manos mientras ella reía y me golpeaba hasta derribarme. Sentí que me ahogaba. Y cuando estaba a punto de morir, morado ya, me deposito en la orilla y empezó a besarme, y humillado. Y al mismo tiempo la voluptuosidad me hizo cerrar los ojos. Porque su voz era dulce y me hablaba de la muerte deliciosa de loas ahogados.

Cuando volví en mi, empecé a temerla y a odiarla. Tenia descuidados mis asuntos. Empecé a frecuentar los amigos y reanude viejas y queridas relaciones. Encontré a una amiga de juventud. Haciéndole jurar que me guardaría el secreto, le conté mi vida con la ola. Nada conmueve tanto a las mujeres como la posibilidad de salvar a un hombre.

Mi redentora empleo todas sus artes, pero, ¿qué podía una mujer, dueña de un número limitado de almas y cuerpos, frente a mi amiga, siempre cambiante – y siempre idéntica a sí misma en su metamorfosis incesantes? Vino el invierno. El cielo se volvió gris. La niebla cayo sobre la ciudad. Llovía una llovizna helada. Mi amiga gritaba todas las noches. Durante el día se aislaba, quieta y siniestra, mascullando una sola silaba, como una vieja que rezonga en un rincón. Se puso fría; dormir con ella era tirar toda la noche y sentir como se helaba paulatinamente la sangre, los huesos, los pensamientos. Se volvió impenetrable, revuelta. Yo salía con frecuencia y mis ausencias eran cada vez mas prolongadas. Ella, en su rincón, aullaba largamente. Con dientes acerados y lengua corrosiva roía los muros, desmoronaba las paredes. Pasaba las noches en vela, haciéndome reproches. Tenía pesadillas, deliraba con el sol, con un gran trozo de hielo, navegando bajo cielos negros en noches largas como meses. Me injuriaba. Maldecía y reía; llenaba la casa de carcajadas y fantasmas. Llamaba a los monstruos de las profundidades, ciegos, rápidos y obtusos. Cargada de electricidad, carbonizaba lo que rozaba. Sus dulces brazos se volvieron cuerdas ásperas que me estrangulaban. Y su cuerpo verdoso y elástico, era un látigo implacable, que golpeaba, golpeaba, golpeaba.

Huí. Los horribles peces reían con risa feroz. Allá en las montañas, entre los altos pinos y los despeñaderos, respire el aire frió y fino como un pensamiento de libertad. Al cabo de un mes regresé. Estaba decidido. Había hecho tanto frío que encontré sobre el mármol de la chimenea, junto al fuego extinto, una estatua de hielo. No me conmovió su aborrecida belleza. Le eché en un gran saco de lona y salí a la calle, con la dormida a cuestas. En un restaurante de las afueras la vendí a un cantinero amigo, que inmediatamente empezó a picarla en pequeños trozos, que depositó cuidadosamente en las cubetas donde se enfrían las botellas.

domingo, 7 de octubre de 2012

El ramo azul

¿Qué tal si nos damos tiempo para leer un hermoso cuento de Octavio Paz?

El Ramo Azul por Octavio Paz





Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regados, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqué al ventanillo y aspiré el aire del campo. Se oía la respiración de la noche, enorme, femenina. Regresé al centro de la habitación, vacié el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedecí la toalla. Me froté el torso y las piernas con el trapo empapado, me sequé un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calcé. Bajé saltando la escalera pintada de verde. En la puerta del mesón tropecé con el dueño, sujeto tuerto y reticente. Sentado en una sillita de tule, fumaba con el ojo entrecerrado. Con voz ronca me preguntó:
-¿Dónde va señor?
-A dar una vuelta. Hace mucho calor.
-Hum, todo está ya cerrado. Y no hay alumbrado aquí. Más le valiera quedarse.
Alcé los hombros, musité “ahora vuelvo” y me metí en lo oscuro. Al principio no veía nada. Caminé a tientas por la calle empedrada. Encendí un cigarrillo. De pronto salió la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado a trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Sopló un poco de viento. Respiré el aire de los tamarindos. Vibraba la noche, llena de hojas e insectos. Los grillos vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto sistema de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas, frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería esa palabra de la cual yo era una sílaba? ¿Quién dice esa palabra y a quién se la dice? Tiré el cigarrillo sobre la banqueta. Al caer, describió una curva luminosa, arrojando breves chispas, como un cometa minúsculo.
Caminé largo rato, despacio. Me sentía libre, seguro entre los labios que en ese momento me pronunciaban con tanta felicidad. La noche era un jardín de ojos. Al cruzar la calle, sentí que alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero no acerté a distinguir nada. Apreté el paso. Unos instantes percibí unos huaraches sobre las piedras calientes. No quise volverme, aunque sentía que la sombra se acercaba cada vez más. Intenté correr. No pude. Me detuve en seco, bruscamente. Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce:
-No se mueva , señor, o se lo entierro.
Sin volver la cara pregunte:
-¿Qué quieres?
-Sus ojos señor –contestó la voz suave, casi apenada.


-¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme.
-No tenga miedo señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.
-Pero, ¿para qué quieres mis ojos?
-Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules y por aquí hay pocos que los tengan.
-Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.
-Ay, señor no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.
-No se le sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa.
-No se haga el remilgoso, me dijo con dureza. Dé la vuelta.
Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma la cubría medio rostro. Sostenía con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.
-Alúmbrese la cara.
Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. El apartó mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de los pies y me contempló intensamente.
La llama me quemaba los dedos. La arrojé. Permaneció un instante silencioso.
-¿Ya te convenciste? No los tengo azules.
-¡Ah, qué mañoso es usted! –respondió- A ver, encienda otra vez.
Froté otro fósforo y lo acerqué a mis ojos. Tirándome de la manga, me ordenó.
-Arrodíllese.
Mi hinqué. Con una mano me cogió por los cabellos, echándome la cabeza hacia atrás. Se inclinó sobre mí, curioso y tenso, mientras el machete descendía lentamente hasta rozar mis párpados. Cerré los ojos.
-Ábralos bien –ordenó.
Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de improviso.
-Pues no son azules, señor. Dispense.
Y despareció. Me acodé junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me incorporé. A tropezones, cayendo y levantándome, corrí durante una hora por el pueblo desierto. Cuando llegué a la plaza, vi al dueño del mesón, sentado aún frente a la puerta. Entré sin decir palabra. Al día siguiente huí de aquel pueblo.




lunes, 24 de enero de 2011

Dos Haikus de Octavio Paz

Luna reloj de arena
la noche se vacía
la hora se ilumina.


Sobre la arena
Escritura de pájaros
Memorias del viento.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Reflexiones: Había una vez



Había una vez, estas mágicas palabras siempre despiertan mi curiosidad y me concentro a escuchar esas palabras que traerán una historia de otro tiempo, en donde algun personaje se encuentre en alguna situación que lo haga soñar o desear, que lo mantenga prisionero o en donde se le abran las puertas para la aventura. Mientras escucho o leo el cuento me transformo en el personaje y sueño como él o sufro, o ansío. El artículo de Sergio Sinay nos explica la importancia de estas tres maravillosas palabras citando a tres personas a las que realmente admiro. Viktor Frankel psiquiatra austriaco autor de El hombre en busca de sentodo en donde narra sus experiencias en varios campos de concentración, Octavio Paz, escritor y pensador mexicano y Virginia Wolf, escritora inglesa.



Había una vez. Pocas palabras tienen el poder de estas tres. Pocas palabras abren de tal manera la mente y el corazón predisponiéndolos a recorrer mundos, escenarios, acontecimientos, a encontrarse con seres impensables y, aun así, posibles.
Pocas palabras, como estas tres, dan cuenta de la continuidad de la vida, de la sucesión de los ciclos, de la existencia de la memoria. Pocas palabras nos dicen, como éstas, que estamos hechos de tiempo, que fluimos, que somos parte de algo que es mucho más que la suma de sus partes.
No importa qué sigue después de "había una vez". Lo que afirman estas palabras es que la historia no empieza con nosotros, que no somos árboles sin raíces. Los árboles sin raíces no tienen cielo, tienen techo. El cielo es apertura, continuidad, totalidad. El techo es límite, final, interrupción. Cada vez más, hoy, las personas se decretan a sí mismas árboles sin raíces.
Cuanto más jóvenes, en general, menos le interesa a las personas de dónde vienen, creen de veras que su existencia y el mundo en el que viven habrían sido posibles sin la presencia previa de otros. Se ríen de quienes alguna vez vivieron sin teléfonos celulares o sin computadoras, sin IPods o sin MP3. No alcanzan a pensar que, para que estos artefactos de conexión fueran posibles, alguna vez alguien debió comunicarse con señales de humo, con tambores, con telégrafos, con cartas. Creen que la función de la existencia empezó cuando ellos abrieron los ojos y, del mismo modo, piensan que acabará cuando exhalen su aliento final. Reemplazan el "había una vez", testimonio de continuidad y de memoria, por el "fuiste", mutilador, empobrecedor y terminal.




Al inaugurar la Feria del Libro de Austria, en Viena, en 1977, el gran pensador y psicoterapeuta Víktor Frankl dio un bello y memorable discurso acerca de la posibilidad de la sanación por medio de la lectura. Y lo acompañó de casos en los cuales un libro, un texto, un relato (que acaso comenzaba con "Había una vez") habían salvado la vida de personas, las había alejado de ideas suicidas, les había permitido entender la necesidad de construir una vida con sentido.
En su libro Psicoterapia y Humanismo , dice Frankl: "Los escritores que atravesaron el infierno de la desesperación, que experimentaron la aparente carencia de sentido de la vida, pueden ofrecer su sufrimiento, por medio de la escritura, como un sacrificio en el altar de la especie humana. Sus revelaciones ayudarán al lector que sufra idéntico estado a superarlo".
Esa magnífica posibilidad requiere del "había una vez", porque "había una vez" significa que eso que fue ya no es, que ahora (cuando lo leemos o escuchamos) estamos en otro momento, pero que todo es narrable en tiempo pasado, que todo es recuperable y comprensible por medio de esa narración, y que el presente, a su vez, será la materia narrativa del futuro.
Que hay vida, que la vida es continuidad y que los vivientes somos, como las olas del mar, esencialmente agua. La ola es una forma específica y transitoria del mar, pero el mar, en tanto agua, es eterno.
Para entender esto, que puede sacarnos del ensimismamiento individualista, que puede despertarnos del sueño del puro presente sin raíz y sin para qué, que puede devolvernos la noción de que somos condición necesaria para dar sentido a la vida de los que fueron y dar materia a la vida de los que serán, es necesario recuperar el poderoso significado de estas tres palabras: había una vez.
Esta es una responsabilidad colectiva. Como especie tenemos un deber. El de narrarnos. Contarnos los unos a los otros, convertirnos por medio de la narración (oral, escrita, leída) en puentes que comuniquen nuestros universos personales y trasciendan en el universo que nos contiene a todos.


El escritor rumano Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz en 1986, lo sintetiza de un modo simple y hermoso: "Dios hizo al hombre porque adora los cuentos", escribe en The Gates of The Forest . No podemos, entonces, traicionar esa razón. En cierto modo, cada uno a su manera, cada quien con sus propias herramientas, hemos venido a este mundo a contar, a contarnos los unos a los otros.
Pero esto tiene un requisito previo. El de vivir, el de estar presentes en nuestra existencia, el de comunicarla con la de los otros. Aislados de nuestros semejantes, dopados por una conexión tecnológica que nos desconecta, ansiosos por correr al ritmo que nos imponen para no quedar "desactualizados", embotellados en minúsculas y empobrecidas existencias cercadas por el temor al "fuiste", queda muy poco para contar.
Si creemos que no hay narración anterior a nosotros y que no habrá otra posterior, si todo es sólo presente (sin la raíz del pasado y sin la fronda del futuro alzándose al cielo), entonces nada importa. Nada debe ser cuidado ni respetado. Nada nos ha sido legado, nada legaremos. Egoístas y aislados nos dedicaremos a consumir el mundo, a depredarlo, nos iremos quedando sin narración y sin palabras.




Octavio Paz escribió alguna vez estos versos:


"Soy hombre: duro poco/ y es enorme la noche / Pero miro hacia arriba:/ las estrellas escriben. /Sin entender comprendo: / también soy escritura/ y en este mismo instante/ alguien me deletrea".


Había una vez un poeta que se llamaba Octavio Paz, y está vigente y presente en esas y otras palabras. Pocas son tan poderosas como "había una vez". Abren el mundo, lo continúan, lo ratifican, confirman la vida. Son esenciales.
Después, hay muchas más. Nuestro idioma tiene aproximadamente 85 mil. No usamos más de mil. La mayoría de los jóvenes está hablando (cuando hablan, en lugar de simplemente emitir onomatopeyas) con no más de 300. Es necesario que empecemos a contar, a narrarnos, a convocarnos para seguir despertándonos con el "había una vez".
Hay mucho para decir, mucho para escribir, mucho para leer. Estamos a tiempo.




Virginia Wolf, que algo sabía de estas cosas, escribió en La Torre inclinada : "A veces he soñado que, al amanecer del día del Juicio Final, cuando los grandes conquistadores, legisladores y hombres de Estado acudan a recibir sus recompensas -las coronas, los laureles, las lápidas con el nombre indeleblemente grabado en mármol imperecedero- el Todopoderoso, cuando nos vea llegar a nosotros con nuestros libros bajo el brazo, se dirigirá a Pedro y le dirá, no sin cierta envidia: "Estos no necesitan recompensa. Aquí no hay nada que les podamos dar. Son los amantes de la lectura".
Los amantes del "había una vez". Los amantes de la memoria. Los amantes del fluir de la vida.

martes, 13 de octubre de 2009

Reflexiones: Había una vez por Sergio Sinay



Había una vez, estas mágicas palabras siempre despiertan mi curiosidad y me concentro a escuchar esas palabras que traerán una historia de otro tiempo, en donde algun personaje se encuentre en alguna situación que lo haga soñar o desear, que lo mantenga prisionero o en donde se le abran las puertas para la aventura. Mientras escucho o leo el cuento me transformo en el personaje y sueño como él o sufro, o ansío. El artículo de Sergio Sinay nos explica la importancia de estas tres maravillosas palabras citando a tres personas a las que realmente admiro. Viktor Frankel psiquiatra austriaco autor de El hombre en busca de sentodo en donde narra sus experiencias en varios campos de concentración, Octavio Paz, escritor y pensador mexicano y Virginia Wolf, escritora inglesa.



Había una vez. Pocas palabras tienen el poder de estas tres. Pocas palabras abren de tal manera la mente y el corazón predisponiéndolos a recorrer mundos, escenarios, acontecimientos, a encontrarse con seres impensables y, aun así, posibles.
Pocas palabras, como estas tres, dan cuenta de la continuidad de la vida, de la sucesión de los ciclos, de la existencia de la memoria. Pocas palabras nos dicen, como éstas, que estamos hechos de tiempo, que fluimos, que somos parte de algo que es mucho más que la suma de sus partes.
No importa qué sigue después de "había una vez". Lo que afirman estas palabras es que la historia no empieza con nosotros, que no somos árboles sin raíces. Los árboles sin raíces no tienen cielo, tienen techo. El cielo es apertura, continuidad, totalidad. El techo es límite, final, interrupción. Cada vez más, hoy, las personas se decretan a sí mismas árboles sin raíces.
Cuanto más jóvenes, en general, menos le interesa a las personas de dónde vienen, creen de veras que su existencia y el mundo en el que viven habrían sido posibles sin la presencia previa de otros. Se ríen de quienes alguna vez vivieron sin teléfonos celulares o sin computadoras, sin IPods o sin MP3. No alcanzan a pensar que, para que estos artefactos de conexión fueran posibles, alguna vez alguien debió comunicarse con señales de humo, con tambores, con telégrafos, con cartas. Creen que la función de la existencia empezó cuando ellos abrieron los ojos y, del mismo modo, piensan que acabará cuando exhalen su aliento final. Reemplazan el "había una vez", testimonio de continuidad y de memoria, por el "fuiste", mutilador, empobrecedor y terminal.




Al inaugurar la Feria del Libro de Austria, en Viena, en 1977, el gran pensador y psicoterapeuta Víktor Frankl dio un bello y memorable discurso acerca de la posibilidad de la sanación por medio de la lectura. Y lo acompañó de casos en los cuales un libro, un texto, un relato (que acaso comenzaba con "Había una vez") habían salvado la vida de personas, las había alejado de ideas suicidas, les había permitido entender la necesidad de construir una vida con sentido.
En su libro Psicoterapia y Humanismo , dice Frankl: "Los escritores que atravesaron el infierno de la desesperación, que experimentaron la aparente carencia de sentido de la vida, pueden ofrecer su sufrimiento, por medio de la escritura, como un sacrificio en el altar de la especie humana. Sus revelaciones ayudarán al lector que sufra idéntico estado a superarlo".
Esa magnífica posibilidad requiere del "había una vez", porque "había una vez" significa que eso que fue ya no es, que ahora (cuando lo leemos o escuchamos) estamos en otro momento, pero que todo es narrable en tiempo pasado, que todo es recuperable y comprensible por medio de esa narración, y que el presente, a su vez, será la materia narrativa del futuro.
Que hay vida, que la vida es continuidad y que los vivientes somos, como las olas del mar, esencialmente agua. La ola es una forma específica y transitoria del mar, pero el mar, en tanto agua, es eterno.
Para entender esto, que puede sacarnos del ensimismamiento individualista, que puede despertarnos del sueño del puro presente sin raíz y sin para qué, que puede devolvernos la noción de que somos condición necesaria para dar sentido a la vida de los que fueron y dar materia a la vida de los que serán, es necesario recuperar el poderoso significado de estas tres palabras: había una vez.
Esta es una responsabilidad colectiva. Como especie tenemos un deber. El de narrarnos. Contarnos los unos a los otros, convertirnos por medio de la narración (oral, escrita, leída) en puentes que comuniquen nuestros universos personales y trasciendan en el universo que nos contiene a todos.


El escritor rumano Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz en 1986, lo sintetiza de un modo simple y hermoso: "Dios hizo al hombre porque adora los cuentos", escribe en The Gates of The Forest . No podemos, entonces, traicionar esa razón. En cierto modo, cada uno a su manera, cada quien con sus propias herramientas, hemos venido a este mundo a contar, a contarnos los unos a los otros.
Pero esto tiene un requisito previo. El de vivir, el de estar presentes en nuestra existencia, el de comunicarla con la de los otros. Aislados de nuestros semejantes, dopados por una conexión tecnológica que nos desconecta, ansiosos por correr al ritmo que nos imponen para no quedar "desactualizados", embotellados en minúsculas y empobrecidas existencias cercadas por el temor al "fuiste", queda muy poco para contar.
Si creemos que no hay narración anterior a nosotros y que no habrá otra posterior, si todo es sólo presente (sin la raíz del pasado y sin la fronda del futuro alzándose al cielo), entonces nada importa. Nada debe ser cuidado ni respetado. Nada nos ha sido legado, nada legaremos. Egoístas y aislados nos dedicaremos a consumir el mundo, a depredarlo, nos iremos quedando sin narración y sin palabras.




Octavio Paz escribió alguna vez estos versos:


"Soy hombre: duro poco/ y es enorme la noche / Pero miro hacia arriba:/ las estrellas escriben. /Sin entender comprendo: / también soy escritura/ y en este mismo instante/ alguien me deletrea".


Había una vez un poeta que se llamaba Octavio Paz, y está vigente y presente en esas y otras palabras. Pocas son tan poderosas como "había una vez". Abren el mundo, lo continúan, lo ratifican, confirman la vida. Son esenciales.
Después, hay muchas más. Nuestro idioma tiene aproximadamente 85 mil. No usamos más de mil. La mayoría de los jóvenes está hablando (cuando hablan, en lugar de simplemente emitir onomatopeyas) con no más de 300. Es necesario que empecemos a contar, a narrarnos, a convocarnos para seguir despertándonos con el "había una vez".
Hay mucho para decir, mucho para escribir, mucho para leer. Estamos a tiempo.




Virginia Wolf, que algo sabía de estas cosas, escribió en La Torre inclinada : "A veces he soñado que, al amanecer del día del Juicio Final, cuando los grandes conquistadores, legisladores y hombres de Estado acudan a recibir sus recompensas -las coronas, los laureles, las lápidas con el nombre indeleblemente grabado en mármol imperecedero- el Todopoderoso, cuando nos vea llegar a nosotros con nuestros libros bajo el brazo, se dirigirá a Pedro y le dirá, no sin cierta envidia: "Estos no necesitan recompensa. Aquí no hay nada que les podamos dar. Son los amantes de la lectura".
Los amantes del "había una vez". Los amantes de la memoria. Los amantes del fluir de la vida.