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domingo, 4 de diciembre de 2016

Un cuento de Navidad de Zoe Valdez

Arriba de la bola, por Zoé Valdés. Para mi magnífico cuento! 



Juré que esa noche iba a bailar hasta que me muriera. Juré olvidar y no estar triste. Es el juramento de Navidad. Hice esas vanas promesas mientras cepillaba mis dientes, refrescaba con agua helada mi rostro, y después depilaba mis cejas.
En el estudio al lado del mío, el francés tan parecido a Sherlock Holmes, el que sale cada mañana con su gabán gris y su pipa torcida por lo requemada que está, de seguro trataba de emparejar sus patillas. Siempre del lado de la oreja izquierda le chorrea sangre y falta más pelo que de la otra. No sé porqué no lograba borrar de mi mente las patillas del vecino Holmes, o como se llame. O sí sé por qué, necesitaba olvidar y quería bailar y que me dejaran tranquila, que nadie me hablara de nada ni de nadie conocido. Emborracharme con el baile y después caer redonda, como un lirón, era lo que anhelaba, despertarme al día siguiente con la paz de espíritu de que ya había pasado Pascuas y de que los días volverían a ser como antes, normalitos. Aunque tampoco me satisfacen los días comunes. Pero para mí, un día distinto es ese que nadie se da cuenta de que es diferente. Es un día mío. No regalado a los demás. Decidí llamar a Pachy, es el tipo ideal para olvidar, él mismo es el olvido parado en dos patas. Nunca recuerda un nombre, ni un rostro, ni una profesión, ni siquiera su cumpleaños ni su propio teléfono, y cuando consigue recordar de que llamando al doce, a informaciones, pueden confirmarle su número, entonces de paso pide la dirección, porque él sabe llegar a su casa, pero no le pregunten por sus coordenadas, ni siquiera por la calle que tiene un nombre enredadísimo, rue Beautreillis, ni la parada de metro, ¿para qué si él va a pie a todas partes? Llamé por teléfono a Pachy, aunque vive atravesando el patio, en mi mismo edificio, (por cierto, es un hotel particular del siglo diecisiete, casi frente por frente al inmueble donde murió Jim Morrison), pero lo hice no fuera a ser que no abriera la puerta cuando al observar por el ojo de la cerradura no se acordara de mí, y creyera que era una enviada de los Testigos de Jehová o del Reader's Digest para lo del 62 gran tiraje.
Perdió la memoria jugando parchís, por eso se autobautizó el Pachy, es así como nunca olvida su nombre. Porque él es de los que va por ahí haciendo mentalmente jugadas de parchís, y tú puedes anunciarle que se ha ganado la lotería y él sigue en su historia de que salió un doble seis y que podrá comerse a la ficha amarilla. Resultado, descolgó y contestó después de interrogar un minuto a su misma voz en el respondedor, y aseguró que sí, que me recordaba, pero estaba convencida de que no, aunque la noche antes habíamos bajado una botella de vino viendo una película de Alan Parker. En resumen que le pregunté, idiota yo, que si tenía alguna fiesta esa noche, y volvió a inquirir disgustado casi que por qué tendría él que tener un güiro, que se acordara no había ningún motivo de celebración. Entonces comenté que esa noche sería nochebuena. Y tuve que explicar mi idea de la nochebuena, creo que fui demasiado negativa, y se puso a llorar. Entonces dijo que no importaba quién yo era, que de todas maneras se trataba de un ser humano, y que me notaba tan a punto del suicidio que mejor organizábamos los festejos en su casa. En su casa no, refusé, no quería correr el riesgo de que lo olvidara. Entonces fue cuando ocurrió el milagro, en su mente culminó felizmente el partido de parchís, y eso garantizaba por lo menos dos o tres días de memoria intacta. Jubiloso gritó que acababa de ganarle a las amarillas, y ya se puso a parlotear, de lo más curado de la amnesia, y hasta se percató de que alguien había comprado un arbolito de navidad, cosa que ya sabía yo porque había estado sentada junto a las guirnaldas intermitentes la noche anterior. Colgamos los auriculares para no perder tiempo y poder invitar a todos los solos de París, de preferencia franceses, con lo cual podíamos caer en el peligro de que media ciudad se nos colara en la fiesta. Por si acaso me vestí y atravesé el patio para visitar a Pachy, desde que entré comencé a pegar papelitos adhesivos rosados, recordatorios de cena, no fuera a ser que se le metiera en el discoduro otra vez el tablero de parchís y se nos aguara el proyecto. Él se encargaría de comprar la bebida y yo de la comida, incluso de cocinarla. Con lo de la música no había problemas, teníamos una colección de discos hasta para hacer postre. Pero de postre brindaríamos casquitos de guayaba, aunque sin queso, no olvidar de que estamos en Francia, donde es un delito mezclar el dulce con el queso. Hicimos las llamadas pertinentes y, por supuesto, tuvimos que poner coto a la bandada de parisinos que aceptaba venir a festejar, aunque fingiendo desgano. Salí de la puerta A y crucé el patio en dirección al ala D, es decir, a la escalera de mi estudio. El Pachy vive en un ciento veinte metros cuadrados, por eso podíamos utilizar su espacio. En el camino me tropecé con Sherlock, la patilla izquierda ya no existía, encima había colocado una curita, la patilla derecha estaba llena de claros por los desafortunados recortes, pero aún se podía afirmar que era una patilla. Ni siquiera respondió a mi saludo nasal, por el contrario sopló su vieja pipa y mi pelo se contagió de la peste a picadura ensalivada. Antes de armarme del abrigo para ir a hacer las compras me tomé la temperatura, tengo esa manía, antes de enfrentarme con el frío necesito saber cuántos grados tiene mi cuerpo, así compruebo mi fortaleza o debilidad ante las agresiones físicas externas. Una vez en el exterior gané Saint-Antoine hacia la calle François Mirón, en donde existe un mercado llamado Israel en el cual se puede comprar frijoles negros, arroz basmati del auténtico, plátanos machos, malanga, yuca, guayaba y mango en todas sus variantes, ron y de todo lo humano y divino del Caribe y de todas las partes que los franceses suponen exóticas del mundo entero, no vayan a ir muy lejos, España ya es para ellos exótica, ¡con esos toros, y esas batas de lunares!

En el trayecto, evoqué mi última nochebuena en la Isla Aquella y se me erizaron los pelos y hasta los de mi abuela en su tumba. Esa vez también nos habíamos propuesto bailar para olvidar. Siempre habrá algo que olvidar, con lo mal que me cae imponerme olvidar. Lo contrario de Pachy. Pero en días como esos no queda más remedio. Recordé que inventamos celebrar con cualquier bobería, recolectamos bastante dinero, pudimos resolver lo necesario y hacer una cena digna. Lo demás, la alegría, la pondrían nuestros cuerpos. Había una razón especial para olvidar, a Roxana se le había ido el marido, quedó sola con los niños. No la había abandonado por otra, no, se había marchado a otro país. Igual que Jorge, otro amigo, el cabecilla del grupo, el que siempre estaba levantándonos la moral. Ninguno podía concebir un fin de año sin ellos. Esas ausencias nos destrozaban y decidimos dar una respuesta por encima del nivel, sobrepasarnos y animarnos diciéndonos que podríamos sobrevivir. En verdad, no comimos tanto, pero jodimos cantidad. Bailamos y brincamos hasta poder exprimirnos litros de sudor. Porque, claro, como de costumbre hacía calor. Los hijos de Roxana, de Loly y de Laura retozaron hasta que se rindieron en los sofás y en los sillones. Ya sabemos que en Aquella Isla no hay que invitar a nadie, la gente se invita sola, y de buenas a primeras teníamos a varios barrios colados en el fetecún. ¡Ah, la importancia de un barrio! ¡Ah, la categoría de pertenecer a un barrio! También se fueron sumando extranjeros, entre ellos un catalán que gozó hasta que se destripó, se llama Jordi, y es el director de un grupo de teatro famoso, hizo tantas fotos que, una de dos, o la Kodac le ofreció un crédito de por vida a la hora de revelar los rollos, o los rollos se los quitaron en el aeropuerto a la hora de largarse, por sospechoso.
Además vinieron algunos diplomáticos y periodistas de agencias a la captura de aventuras más que información sobre el estado de ánimo de la población. Porque el estado de ánimo de la población de Aquella Isla, para nadie es un secreto, nunca ha dejado de ser el mismo, el de la máxima recholata. La canción del momento enardecía con aquel estribillo: "No pares, sigue, sigue. No pares, sigue, sigue. No pares, sigue, sigue..." Y no paramos hasta el amanecer del primero de enero, es decir, estuvimos recholateando nueve días con sus noches. Y todo eso para aturdirnos, para olvidar. El día treinta y uno de diciembre hicimos el rito de la maleta, el cual consiste en que un grupo numeroso de personas se aferra a una maleta vacía, y a la señal de partida se debe dar la vuelta a la manzana, quiero decir recorrer las cuatro esquinas y volver al punto de salida. La caminata hay que hacerla a una velocidad increíble y bailando una semiconga al compás de una cancioncita que ya olvidé. Lógicamente, en el camino se va perdiendo gente, y el juego es intentar quedarse uno solo con la valija, y el que lo logre es el destinado a viajar en el próximo año. Es el que conseguirá viajar. Esa vez me quedé yo con ella. No niego que costó un esfuerzo enorme, a empujones limpios. Y mírenme aquí, paseándome por una calle del Marais, en busca de frijoles negros bajo un invierno a lo película de Truffaut. Este año, en la Isla Aquella, festejarán el deseo de olvidar mi ausencia, y a otro le tocará la maleta. Y así. Tan así...

Pasé todo el santo día cocinando recetas más retenidas en la memoria que en el paladar. Por fin con todos los ingredientes a la mano, una verdadera delicia descubrir los sabores, los olores y los colores de tantas lecturas antiguas. Pude ver a través del cristal de mi ventana al Pachy, en su cocina, preparando mojitos, daiquiris, ron collis, y un sinfín de bebidas y exquisiteces de picar. Cuando todos los platos estuvieron listos, bajé en varios viajes las cazuelas hirvientes. Dejé los plátanos para freírlos cinco minutos antes de la hora de comer. El Pachy estaba a un milímetro de la depresión porque se había puesto sentimental escuchando las canciones de las escuelas al campo, todo Silvio, todo Pablo, todo Serrat y todo Nino Bravo. ¡Coño, cambia esto tú, le dije, pon el cassette que nos mandaron de Aquella Isla, la canción del momento! No me acuerdo dónde lo puse, fue la respuesta. Regresé a mi cuarto, ya casi era la hora, me duché en dos ladrillos, todo el mundo conoce cómo son de mínimos los baños en París, te bañas como si estuvieras bailando un danzón. Me vestí con mi mejor ropita, imitación terciopelo, y mucho tul y adornos dorados, parecida a Campanilla, la de Peter Pan. Total, para entripar los trapos, pensé. Porque intuí que iba a sudar cubos con el bailoteo. A las nueve ya habían llegado los invitados, y se pegaron como babosas a las jarras de mojitos, daiquiris, ron collis, cuba-jajajá (es el nuevo nombre del cuba-libre), ponches y todo lo que pareciera bebida, comestible, o cosa para llevarse al estómago. El champán estaba destinado al brindis final, porque la tradición es la tradición. Y claro, muchos de los invitados vinieron con sus champanes favoritos, y hasta con sus confit de canard, muy con una etiqueta de fabricación artesanal, pero a mí nadie me jode, en lata de conservas. Por el aquello de que lo de los frijoles negros será muy extravagante, pero en nochebuena aquí se acostumbra a cenar esa cosa en lata que tiene un nombre tan parecido a confeti de canario, y que en realidad es muslo de pato. Tanto el Pachy como yo nos desvivíamos por ser atentos, generosos, simpáticos. Y ellos lo encontraban tan natural. Se supone que los del Trópico deben comportarse así. Yo no veía el divino minuto en que toda aquella sacralización de los alimentos terminara, para poder despetolarme bailando. Porque lo único que yo anhelaba era bailar, para olvidar. ¡Coño, dense cuenta, hacía un año y medio que no bailaba! Y que no olvidaba. Sola frente al espejo sí, pero eso de ripiarme con uno del sexo opuesto, nada de nada. Y Pachy no acababa de acordarse dónde carajo había puesto el cassette que nos habían enviado, grabado en directo del Palacio de la Salsa.

En eso llegó un amigo de Pachy, que no es cualquier amigo, es el pintor más grande del Marais y del mundo, Barceló, y después de descargar más comida, especialidad de su isla, nos pusimos a hablar de Mallorca y de otro amigo común. Le pregunté si sabía bailar y me respondió que a veces, pero que debía marcharse porque lo esperaban su familia y unos amigos y también comprobé que había leído a cantidad de escritores de mi isla. Eso me hizo un bien enorme, pero no me permitió que olvidara, todo lo contrario, recordé más. Mucho más. Entonces rogué, con las manos en posición de oración piadosa, sobre mis tules engrifados que por favor, tú que, al parecer, eres el único que posee memoria en todo este molote de gente, ayúdame a buscar un cassette de música bailable. Nos metimos por debajo de las sillas, de la cama, y de los muebles. Por fin, gritó eufórico, aquí en la oscuridad, junto al Eleguá, hay un cassette que brilla distinto, debe ser ése. Y me lo entregó como si me entregara el mayor trofeo de mi vida. Enseguida desapareció por la puerta al tenue resplandor de los faroles de la rue Beautreillis hacia su familia y sus amigos, aseguró él, pero yo sabía que se iba a sus pinceles. Como una loca busqué la grabadora, pero Pachy al borde del abismo, y ya empatado con una francesa, recordó, ¡menos mal que recordó algo! que la grabadora estaba rota. Pregunté si alguien sabía reparar ese artefacto, y se hizo un silencio sepulcral. Adiviné por las miradas de estupefacción que nadie conocía absolutamente nada sobre reparar grabadoras, ni ninguna cosa, aquí no se repara nada, se bota y se compra otra y ya está. En ese mismo instante de mi desolación sonó el timbre de la puerta y entró un muchacho y se presentó como cubano, reparador de grabadoras. Y todos exclamaron ¡ah!, hasta yo. Pero después supe que el asombro tenía más que ver con que llegara un cubano. Y me pregunté que de dónde habían pensado que seríamos el Pachy y yo, ya veía que no sólo el desmemoriado era él. Pero es que ese muchacho era cubano cubano, tan cubano que sabía reparar grabadoras y todo lo que se le rompiera por delante.
Al punto la grabadora estuvo arreglada, y mi alegría con ella. Y pregunté que quién de los presentes sabía bailar, a mala hora, porque todos respondieron que sí, que habían asistido a cursos de chachachá en diversas zonas del planeta. Y de pronto el chachachá me sonó a secta, o a psicoanalista, o a club de gym, o a consulta de vidente africano de los metros. Nada, que no hice mucho caso, e invité a bailar al Pachy, pero, tonta de mí, ¿cómo podía olvidar que él podría haber olvidado cómo se baila? Si tú empiezas yo te sigo, y de seguro me acuerdo, y lo otro sale solo, me alentó. Nada, que me embullé, y puse el cassette en el momento en que un murmullo especial sentenció que darían las doce de la noche, todo parecía indicar que debíamos entregarnos los regalos, besuquearnos cuatro veces en cada mejilla, brindar por el nacimiento -una vez más- del niño Jesús, la aparición del espíritu santo que no era tan santo porque preñó, aunque por obra y gracia (nunca he sabido el verdadero sentido de esa frase) a la virgen María, y de los reyes magos y la comitiva de santos, con la estrella de Belén y todo cuento.
Terminada la ceremonia de los regalos por fin fui a poner el villancico del desparpajo. La canción se titulaba La bola, y era lo que más se cantaba y bailaba en la Isla Aquella, el autor era el médico, de la salsa. Esto lo informé rigurosamente, digo, cartesianamente. Entonces se deshicieron en elogios a los progresos de la medicina de Aquella Isla, ¡había médicos graduados en salsa! ¿Salsa de qué? Hubo uno que preguntó. De tomate, respondió el Pachy a una neurona de su estado normal, el olvido. Y nadie entendió ni jota, ni jacomino, pero se sintieron muy solidarios, que es el estado anímico de nuestros invitados en fecha como el catorce de julio, el veinticuatro y el treinta y uno de diciembre. La música arremetió dentro de nuestros tímpanos con su letanía histérica de: "Hay que estar arriba de la bola arriba de la bola arriba de la bola. Porque hay que estar arriba de la bola arriba de la bola arriba de la bola...". Quise descoyuntarme, ponerme pa la maldá y olvidar, destornillarme en mi bailoteo, de hecho comencé a remenearme sola, sutilmente, tímida más bien. Ellos, los visitantes, me observaban como si estuvieran en un palco de la Ópera de París y yo fuera Maya Plisetskaya. Algunos, desenvueltos, para su opinión más bien desvergonzados, iniciaron unos rígidos pasos de un, dos, tres, chachachá, balbuceando el ritmo, triunfantes como niños que acaban de pronunciar la primera palabra. Los que comprendían el castellano preguntaron qué significaba esa metáfora tan sugestiva de hay que estarrrr arrrrriba de la bola, y esa frase que dura sólo medio segundo en nuestras bocas, en las de ellos permanecía una eternidad. Quise aclarar que la bola era algo inexplicable, sin sentido común, únicamente traducible al compás del baile, una metáfora más del sensualismo. Que la bola era todo y nada a la vez... Y que más bien era nada. ¡Ah, la nada, el vacío! Murmuraron. Uno señaló que podía referirse a la bola del mundo. Acepté haciéndome la metódica, a punto de convertirme en un Lévy-Strauss de la salsa. Entonces fue que sorprendí al reparador de grabadoras, gozándome tan cubano él, con su mirada sabrosona, y hasta se burlaba con ojos brillantes, risueños e irónicos, de mi intento por introducir la bola en los medios navideños galos. ¡Las bolas del arbolito! Creyó adivinar la francesa que había enganchado al Pachy, y recibió una turba de aplausos. Pachy, medio desvanecido en el suelo repetía entre vómito y vómito dirigiéndose a mí: No sabes cómo me acuerdo de todo, no sabes, me cago en ti y en tu música de mierda que me ha devuelto la memoria. Por eso tiré el cassette debajo del mueble, para no verlo ni oírlo nunca más. No sabía qué satanidad responderle y encogiendo los hombres canté "Porque hay que estar arriba de la bola arriba de la bola arriba de la bola...". El reparador de grabadoras vino hacia mí y... se puso arriba de la bola a estrujarse conmigo. Entonces fue escudriñado como a Nureyev. Pachy se incorporó y se unió a nosotros, le siguió la francesa, y luego, poco a poco, los otros... Y en una hora estaba todo el Marais revolcándose encima de la bola, Barceló con sus pinceles, artistas, escritores, judíos y gays, el alcalde y el adjunto, hasta los policías habían dejado la prefectura para desprestigiarse arriba de la bola. Y cuando todo el mundo estaba remeneándose arriba de la bola fue que pude escuchar el resto de la canción que dice: "Tú te fuiste, y si te fuiste perdiste. Yo no, yo me quedé, y ahora soy el rey, si te gusta bien, y si no también... Hay que estar arriba de la bola arriba de la bola...". No me dio gorrión la letra, porque los amigos, en aras de no herirnos a Pachy y a mí, nos habían contado por carta que esas palabras para nada tenían que ver con nosotros, mejor dicho con los dos millones de aquellos-lugareños que andamos desperdigados por ahí, sino que simplemente era la respuesta a otra orquesta de salsa que viajaba mucho. Que esa canción formaba parte de una polémica entablada desde hacía meses entre diversos grupos musicales. Obvié la anécdota, porque yo lo que quería era olvidar. Mientras me despetroncaba bailando imaginé la recholata que estarían sonando los amigos de Aquella Isla, con el objetivo, ellos a su vez, de olvidar mi ausencia, y de seguro jugarían a la maleta, y alguno lucharía como luché yo por quedarse con ella hasta el final, y tal vez nos veríamos muy pronto en algún lugar de este mundo, arriba de la bola arriba de la bola...

©Zoé Valdés.

Diciembre de 1996

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Navidad para Leila Guerriero

Navidad

24 DIC 2014 - 00:00 CET       
    

¿Por qué, cuando nos hacemos adultos, nos gusta tanto que ya no nos gusten cosas que antes nos gustaban mucho? Sucede con varios asuntos: con bandas de rock, con escritores, con bares, con playas. Lo declamamos, además, con orgullo: “¿Esa banda? ¡Pero si no hacen nada bueno desde 1982!”; “¿Ese bar? Deberías haberlo conocido hace 15 años”. Como si el hecho de que ahora nos generen desprecio las cosas que antes nos apasionaban —U2, Paul Auster— fuera señal inequívoca de que hemos devenido personas inteligentes y evolucionadas. El ejemplo más universal de este fenómeno es la Navidad. La irritación y el espanto que esta fecha produce en el adulto promedio parece la mejor garantía de que el susodicho ha dejado atrás —al fin— las torpes ilusiones de la infancia. Por estos días, la gente que me escribe se despide deseándome “que te sea leve con las fiestas” o “que pase rápido”. Yo agradezco, pero tengo un problema: la Navidad me encanta. Siento un placer infantil, completamente frívolo y del todo pagano ante la Navidad. Me gusta dar regalos, arreglar la casa, cocinar durante horas, sacar el mantel de las abuelas. De los ritos que en Occidente ya no tenemos, o que hemos decidido aniquilar, este se ha quedado conmigo y lo cultivo con esmero. Lo paso mejor, mal y peor, como todo el mundo, pero persisto, como quien ha decidido ser leal a sus héroes de infancia. Sospecho que lo que irrita y perturba de la Navidad —de las fiestas de fin de año en su conjunto— es que su reestreno serial, cada diciembre, nos recuerda que el tiempo pasa: que nos hacemos viejos, que los sueños se nos quedan en espuma. Habría que pensar, entonces, qué hicimos —o qué vamos a hacer— con el tiempo. Por ahora, y hasta tanto, feliz Navidad.

martes, 24 de diciembre de 2013

Dame Kiri Te Kanawa "Vocalise" Rachmaninoff y más



Hace poco pregunté en FB si les gustaba más el violín o el piano. Y las respuestas fueron más o menos parejas. Ahora le toca a la voz humana- Creo que es el intrumento de la música que más me gusta. Me comunica el dolor, sentimientos que no pueden ser traducidos a palabras, nuestro mundo interno desconocido.
Dame Kiri Kanawa Nació en Australia.
Sus óperas preferidas son las de Wolfgang Amadeus Mozart, Richard Strauss y Giuseppe Verdi. En 1981, Kiri Te Kanawa fue invitada a cantar durante el matrimonio del Príncipe de Gales y Lady Diana Spencer. Fue investida como Dame Commander del Imperio Británico en 1982 por la reina Isabel, y galardonada con La Orden de Nueva Zelandia en 1995. Recibió grados honoríficos de las universidades de Oxford, Durham, Dundee y Auckland, y es Honorary Fellow de Somerville College, Oxford.

Se retiró de los escenarios en 2004 (Vanessa de Samuel Barber en Los Angeles y Washington), aunque actúa esporádicamente en conciertos.






Y también una canción de Navidad. "O, Holly night.

La niña de los fósforos



Un cuento que les encantaba a mis hijos de niños, para que lo vean con sus niños en estos días de Navidad.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Recuerdos de Navidad


Quien sabe estos recuerdos sirvan para que ustedes en algún momento de esta celebración de Navidad, se den tiempo para recordar algunas anécdotas, pequeñas historias que hicieron que esa Navidad fuese mágica e inolvidable.

Desde que tengo memoria mi papá, que era ingeniero, era quien hacía la casa para alojar el nacimiento de Navidad. La hacía casi el último día pero ponía toda su creatividad y empeño en que fuese original y se convirtiese en el centro de nuestra fiesta. Una vez era super moderna con papeles laminados de colores brillantes, otras un modesto pesebre hecho con ramas cruzadas, y el que recuerdo con más intensidad, fue una carpa árabe clavada en el suelo del jardín. A la intemperie o dentro de la sala sus nacimientos eran para nosotros algo digno de celebrar. Esta va a ser la segunda Navidad en la que él no estará con nosotros y por eso fue para mí una alegría enorme ver en casa de mi hermano Jorge un nacimiento tan especial como a los que mi papá nos tenía acostumbrados. No había que preocuparse, mi hermano continuaría la tradición.

Subí a un taxi y me quejé de la Navidad, el tráfico, los peligros de la calle, el tiempo que no alcanza, y el taxista me dijo: — "La Navidad es la mejor época del año. Es el día en el que la familia se encuentra, se demuestra su cariño, se está con las personas que más se quiere. Es una maravilla la Navidad". Gran lección.

Esta mañana Nilda me contó como pasaría la noche del 24, cenarían en su casa pero a las 12 en punto saldrían a encontrarse con los vecinos y abrazarse con ellos. Es cierto que las casas son chiquitas y están una cerca de la otra, pero me pareció una costumbre digna de imitarse. Su tía, una vez acabada la cena pondría llave a la puerta para que no se escapen los muchachos y vayan por ahí a tomar y perderse. Mejor cuidarlos de antemano.

Cuando era chica salíamos al parque a cierta hora, un tío nos llevaba con la excusa de los cohetes. Al regresar, mi mamá nos decía que justo en esos instantes había llegado Papa noel por la chimenea y había dejado regalos para nosotros. La alegría de los regalos nos hacía olvidar la pena de no haber visto a ese personaje tan extraño y generoso que venía del polo norte volando en un carro jalado por renos.

Mario, me cuenta que podría jurar haber visto a Papa Noel una Navidad bajando en puntas de pie las escaleras de su casa.

Después de escuchar a los Parchis en la televisión cantando en el Puericultorio “¡Ven a mi casa esta Navidad!” Decidimos hacer los trámites para poder invitar a dos niños, un hombrecito y una niña a pasar el 25 en nuestra casa. Fue algo que ni nosotros ni nuestros hijos olvidaremos jamás. Primero los llevamos a pasear a la Punta, dimos un paseo en un bote y después estuvimos en casa jugando y conversando. Almorzamos en el jardín y pasamos una tarde muy especial.

Ya había publicado el blog y recibo estas hermosas reflexiones y recuerdos de mi amiga española Carmen Rico Coira, hubieran merecido página especial pero de lo que se trata es de que vayan y aquí están. Gracias querida Carmen.

"22-12-2012

A Casi todos los adultos la Navidad les resulta triste. A mi, no lo sé... Por un lado aún queda en mí algo de aquella niña que estiraba con la uña del pulgar los papeles de plata que envolvían algunas naranjas en Navidad. Las mejores naranjas de mesa que se vendían en la tienda de mis padres venían recubiertas con papeles de colores brillantes... Verdes, rojos, violeta.... Así eran por un lado y por el otro de pura plata. Los estiraba tanto que de tan finos, los envoltorios, al moverse sonaba una especie de musiquita. Y a veces de tanto estirarlos se me rompían...Yo, no era consciente de que era pobre. Era normal, como todos, como la mayoría de los niños que conocía. Y cualquier cosa que cambiase el ritmo era formidable... Y la Navidad También.

Además, guardaba unas virutas brillantes que traían las nueces y las avellanas. Y con todo ello y poco más... Quizá papel charol para recortar lunas y estrellas ,hacíamos una especie de adornos navideños. Pero Lo que en realidad me gustaba eran las bolas para colgar que vendían en La Celta... Las había de todos los tamaños y colores, pero siempre resultaban demasiado caras... Y las figuritas del belén... Que era como jugar a las casitas, pero más... Porque era todo un pueblo. Una comunidad, con sus buenos y sus malos. Con el río de plata... Los patos, los puentes, el musgo...las casitas por las colinas y un poco más allá , el desierto... Lo mejor. Con los tres reyes que traían regalos. Si, en ese tiempo era bonito... La imaginación volaba y se fabricaban castillos en el aire.

En la buhardilla de mi casa, encima de un viejo somier, a modo de tarima, mis vecinos armaban el Belén más bonito que jamás había visto. Quizá el único, salvo el del colegio, que siempre era muy sobrio y dejaba poco lugar a la imaginación. Ahora pienso que ya en aquel momento debía de ser antiguo. Eran figuras de barro pintadas. Grandes. Realmente grandes... A mi me parecía. Pero sobre todo, lo que nunca olvidaré eran los camellos con los reyes , precedidos de tres pajes y que cada día avanzaban un poco más en su camino de arena. Era milagroso ver como iban acercándose al oasis de palmeras. Aún cuando descubrí quienes eran en verdad los reyes, nunca pude averiguar de quién era la mano mágica que movía cada noche un poco aquel cortejo. Mis padres, no lo creo. Demasiado ocupados con su trabajo. Bastante hacían para procurarnos algún regalo para el día seis, como para dedicarse a esas pamplinas... Nunca lo descubrí, a pesar de que espié... Sobre todo a mi hermano, que sabía de lo emocionante que era para mí observar las huellas que dejaban los camellos en su periplo. También espié a la vecina y pregunté...

Luego me tocó organizar las navidades de mi hijo. Las de mis padres...y Ahora sigo la rutina porque no se trata de aguar la fiesta a nadie y las disfruto y las sufro por igual. Mucha gente se fue quedando en el camino. Natural...pero se extraña. Estos días resultan melancólicos por muchas cosas, pero también por la luz, o más bien por su ausencia, pero nos queda la esperanza de que cuando esto acabe y empecemos a gastar las hojas del nuevo calendario la promesa de los minutos ganados a la noche me produce una sensación un tanto eufórica y se agradece...

Y cuando esta mañana, al levantarme y ver el cielo, pensé... Vale la pena, también vale la pena vivir por ver un amanecer como este en diciembre... Así que aprovecho la imagen que capturó mi iphone de este cielo de colores para compartir contigo esta agradable sensación del solsticio de invierno.



Con todo el cariño." Carmen





Los grandes maestros celebran la Navidad

Un bello cuento de Navidad

El regalo de los Reyes Magos

O. Henry

Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.
Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.

Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.

Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".

La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.

Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.

Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.

La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.

Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.

Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.

-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.

-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.

La áurea cascada cayó libremente.

-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.

-Démelos inmediatamente -dijo Delia.

Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.

Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.

Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.

A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.

"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?."

A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.

Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".

La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.

Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.

Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.

-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!

-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.

-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?

Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.

-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.

-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.

Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.

Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.

-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.

Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.

Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.

Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:

-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!

Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:

-¡Oh, oh!

Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.

-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.

En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.

-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.






sábado, 17 de diciembre de 2011

Retirarse del mundanal ruido

En estos días previos a la Navidad, con tanto ajetreo, lo que mi corazón desea es permanecer tranquila, en silencio, sin salir a la calle. Un retiro. Si tuviese un bosque cerca y una ermita que feliz sería.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Origen del árbol de Navidad




Respecto al árbol de Navidad, en el norte europeo se fraguó esta leyenda. Durante la fría noche, un niño caminaba sobre hielos y nieve en busca de refugio. Lo recibieron en la casa de un viejo leñador, cuya mujer le sirvió una rica comida. En el curso de la noche, el niño se convirtió en un ángel vestido de oro: se trataba del Niño-Dios. Luego arrancó la rama de un pino y se la entregó a los ancianos como recompensa por su generosidad. Dijo que la sembraran en cuanto pasara el mal clima, prometiéndoles que daría frutos. En efecto, se desarrolló un árbol que daba manzanas de oro y nueces de plata. Por eso los adornos más comunes que se usan en esa región son manzanas o piedras pintadas. A mediados del siglo XVIII, en Bohemia se incorporaron las bolas de cristal. En el siglo XIX, el árbol se extendió por toda Europa y en el XX también se hizo popular en el continente americano. Marcos Aguinis de la Nación de Buenos Aires
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domingo, 13 de diciembre de 2009

Navidad con Enya

Imposible imaginar Navidad sin música. Hay quienes detestan los villancicos y quienes los adoran. En cada tienda, en cada árbol de navidad, en todas las casas suenan canciones que nos hablan de los pastorcitos, vamos pastores vamos, de las estrellas,de la sopa que le dieron al niño y se la tomó San José, de campanas que repican porque esta noche es noche buena y mañana Navidad.
Enya , de irlanda canta Venid y adoremos con toda su devoción.