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jueves, 13 de julio de 2017

Frases de Osamu Dazai





 
"Oh, quisiera escribirlo todo, volcarlo todo, sin guardar nada." 

"La adicción es tal vez una enfermedad del espíritu."

"Ahora no tengo ni la felicidad ni la infelicidad. Todo pasa. Eso es lo único que creo que es verdad en la sociedad de los seres humanos."

"Las flores de loto que crecían ahí habían empezado a marchitarse; sus truculentas carcasas atrapadas entre tallos alargados y vencidos, las estúpidas caras de la gente con una expresión de agotamiento total, todo brotaba al frescor de la tarde y me llevaba a pensar que el fin del mundo debía de andar cerca." 
" Si tenemos derecho a vivir, tenemos derecho a morir." 

Me pregunto si soy feliz. Desde pequeño me han dicho muchas veces que soy afortunado; pero mis recuerdos son de haber vivido en el infierno.

Creía en el infierno, pero me costaba mucho creer en el cielo. 

 Pese a que temía tanto a la gente, al parecer era incapaz de renunciar a ella.








Sin ánimo de amar


Al borde de los cuarenta años logró concretar el gran anhelado objetivo de terminar con su vida. Osamu Dazai se arrojó al río atado a una mujer con una cinta roja, en 1948. Dejaba una obra singular, frenética y no bien vista por algunos maestros como Tanizaki y Kawabata, sobre todo, Indigno de ser humano, y también sus cuentos narrados por voces femeninas. Un relámpago que en la línea de Akutagawa atravesó con energía frenética la literatura japonesa.
 Por Juan Forn

Hacía un tiempo largo que no leía a un japonés que me moviera el amperímetro, ya me estaba cansando del minimalismo hierático cuando metí los dedos en ese enchufe llamado Osamu Dazai y recibí la descarga eléctrica que andaba añorando. Siempre que un autor o un libro me produce ese efecto, trato de descubrir dónde empezó a existir exactamente, y en el caso de Dazai fueron estas frases: “El antónimo de negro es blanco. Pero el antónimo de blanco es rojo, y el de rojo es negro. Podría seguir: el antónimo de delito sería miel, quizás” (en japonés, delito se dice tsumi y miel se dice mitsu). “Pero entonces me acordé de crimen y castigo, y supe que Dostoievski colocó juntas esas palabras no como sinónimos ni consecuencias, sino como antónimos: como el hielo y el carbón”.
Osamu Dazai era un forúnculo en la literatura japonesa. Tanizaki tenía prohibido que se lo mencionara en su presencia. Mishima dijo de él: “Por supuesto que soy capaz de identificar el talento de Dazai: él dejaba la piel por mostrar precisamente aquello que yo pretendía ocultar” (las malas lenguas dicen que Mishima escribió Confesiones de una máscara bajo el influjo de la obra maestra de Dazai: Indigno de ser humano). Incluso el benigno Kawabata dijo: “Siento profundo desdén por su viciosa materia literaria” y se negó a conceder al joven Dazai el premio Akutagawa (que coronaba una vez por década al mejor escritor japonés menor de treinta años). Dazai se limitó a contestarle públicamente: “Por lo general las personas no muestran su terrible naturaleza, pero son como una vaca pastando tranquila que de repente levanta la cola y descarga un latigazo sobre el tábano”.
Dazai era una rara clase de tábano. La palabra que mejor lo define seguramente es paria: el que siente que nació distinto a su clase, a su familia, a su entorno. El que siente la estafa esencial: que todo se puede actuar, y se pregunta si los demás pensarán así, y comprende que los demás también actúan, pero no saben -o se niegan a saber - que actúan. “Mi idea de alguien respetado consistía en una persona que había logrado engañar casi a la perfección a los demás. Yo, en cambio, había evitado con éxito que me respetaran”. ¿Cómo lo hizo? Con cuatro intentos de suicidios y un tenko. El primero fue a los diecisiete años, cuando aún estudiaba en el instituto (sobredosis de barbitúricos; no tomó los suficientes; sobrevivió y se graduó). El segundo fue dos años más tarde: su padre lo había desheredado por su vínculo con una geisha de bajo rango, él hizo un pacto suicida y se arrojó a las aguas de la bahía de Kamakura tomado de la mano de una mujer. La mujer no era aquella geisha. La mujer se ahogó, él fue rescatado por unos pescadores. “Desde que saltamos al agua hasta el último minuto creo que pensábamos en asuntos totalmente diferentes”, escribió después.
El tercer intento fue en 1933, luego de afiliarse a una célula clandestina del partido comunista. Más que los objetivos de aquel grupo político, lo atrajo el ambiente: “Ya conocía el alcohol, el tabaco, las prostitutas y las casas de empeño. El pensamiento de izquierda quizá parezca una combinación un poco rara con todo eso, pero yo le veía algo en común: me hacía sentir a salvo. Mis compañeros no lo veían así. Me daban ganas de decirles que yo no tenía nada que ver con ellos y escapar, pero como no me parecía digno, opté por matarme”. Esta vez decidió colgarse de una viga, pero despertó vivo: la policía lo había salvado y encarcelado, para que realizara su tenko, o “cambio de rumbo”, una práctica habitual en aquellos tiempos militaristas de Japón, que consistía en hacer una confesión y rechazo público de las ideas de izquierda. Según Dazai, aquel tenko fue su obra inaugural y su última voluntad. A la familia no le pareció suficiente y lo internó, primero en un hospital para tuberculosos y, cuando se hizo adicto a la morfina, en un psiquiátrico, donde se desgarraba la ropa y escribía en ella cartas que comenzaban invariablemente “Maldita esposa mía” (la idea la había tomado de una dama que, luego del segundo intento de suicidio de Dazai, le escribió cincuenta tankas, que comenzaban todos con el verso “Vive por mí”).
Dazai enfurecía a los puristas porque practicó toda su vida una rara clase de literatura del yo, o shishosetsu, género de larga prosapia en las letras japonesas. Se lo acusaba indistintamente de no ser fiel cronista de su propia biografía y también de no inventar nada, de enmascararse en sus personajes (en sus formidables cuentos narrados en primera persona por mujeres) y de carecer de personajes. Nadie fue más descarada y elegíacamente egocéntrico que él, y sin embargo las mujeres, los jóvenes y los descastados de Japón sienten hasta el día de hoy que habla de ellos. Lo que pasa con Dazai es que a algunos japoneses no les gusta lo que les muestra el espejo. En un cuento formidable en que hace hablar a un billete (sí, a un billete: money talks), para contar la historia de su país antes y después de la guerra, Dazai escribe: “Por aquel tiempo Japón se abandonó a la desesperación. Imagino que se podrán hacer a la idea de por qué tipo de manos pasé, por qué razón y qué clase de crueles conversaciones escuché mientras me intercambiaban, así que no voy a entrar en detalles”. En un cuento escrito en primera persona por una colegiala, le hace decir: “En mi corazón deseé que te ocurriera alguna desgracia, por tu bien”. Por su novela Shayo (traducida primero como El sol que declina y después como El ocaso), los japoneses comenzaron a usar esa palabra como sinónimo de miembro de la aristocracia que perdía sus privilegios.
Fueron legión las mujeres que lo amaron, que quisieron rescatarlo. Una de ellas dijo de él que hasta la felicidad le hería, como el algodón, y por eso se apresuraba a apartarse de ella antes de resultar herido. En una hermosa estampa que dejó de él su maestro y único protector, Masuji Ibuse, lo describe de la siguiente manera: “Allí estaba, tendido en el tatami, con la mejilla apoyada en la palma de la mano como si le doliera una muela y sin disimular en lo más mínimo su sombrío estado de ánimo, ese peculiar estado de ánimo, como si tuviera el cráneo lleno de vidrios rotos”.
Bebía, desde la mañana, shochu (el aguardiente más barato, conocido en la noche tokiota como matarratas) porque decía que eliminaba los microbios. “Bebía tanto como para tomar un baño, después me hacía unas caricias surgidas del infierno y después caía en un sueño fulminante”, dice en otro cuento con voz de mujer. No llegó a cumplir los treinta y nueve años: luego del cuarto intento, otra vez con pastillas, esta vez con su esposa (“Como hermanos, marchamos a Minakami. La misma noche de nuestra llegada lo hicimos. Sin embargo, a la mañana siguiente, Hatsuyo despertó. Yo también. Había vuelto a fallar”), logró por fin tener éxito: se arrojó al río Tama con una peluquera, atados uno al otro con un cinturón rojo. Sus cuerpos aparecieron, aún atados, seis días después, el 19 de junio de 1948, día de su cumpleaños.
El libro a leer de Dazai es, sin duda, Indigno de ser humano. Como El extranjero de Camus, como El santo bebedor de Roth, como Crónica de mi familia de Pratolini, como Los adioses de Onetti, es uno de esos libros que tocan un nervio instantáneo y que a la vez (descubrimos después) son mecanismos de relojería: se los puede estudiar escena por escena. De ahí aconsejo pasar a Colegiala, sus cuentos en voz de mujer. Después pueden seguir por donde quieran, y hay de sobra, pero con eso ya habrán sufrido en todo su esplendor esa descarga eléctrica llamada Osamu Dazai. Del diario El Pais


domingo, 12 de octubre de 2014

Esperando, un cuento de Osami Dazai


Un cuento de Osamu Dazai: Esperando 
Compartimos con ustedes este cuento que hicimos ABRA nuestro taller de lectura, y otros más.

(Traducción y nota de Pablo Figueroa)

Todos los días voy a la pequeña estación de tren a buscar a alguien. Quién es ese alguien, no lo sé.

Siempre paso por ahí después de hacer las compras en el mercado. Me siento en una fría banca, pongo la cesta de las compras sobre mis rodillas, y miro abstraídamente hacia los molinetes. Cada vez que llega un tren, una multitud de pasajeros es escupida hacia afuera desde las puertas de los vagones. La muchedumbre avanza en tropel hacia los molinetes, y las personas, todas con la misma cara de enojo, sacan los pases y entregan los boletos. Luego, sin mirar hacia los costados, caminan precipitadamente. Pasan por delante de mi banca, salen hacia la plaza que está frente a la estación, y se van cada uno por su lado. Yo sigo sentada distraídamente. ¿Qué sucedería si alguien sonriese y me hablase? ¡Ay no, por Dios! La mera posibilidad me pone tan nerviosa que me estremezco de sólo pensarlo, como si me hubieran echado agua fría en la espalda. No puedo respirar. Y sin embargo, continúo esperando a alguien todos los días. ¿A quién podría ser que estuviera esperando? ¿A qué tipo de persona? Pero quizás lo que estoy esperando no sea un ser humano. Odio a los seres humanos. En realidad les tengo miedo. Cada vez que estoy cara a cara con alguien diciendo cosas como “¿qué tal, cómo está?”, o “¡cómo refrescó!”, saludando sólo para cumplir, siento que soy la persona más falsa del mundo. Me pone tan terriblemente mal que quiero morirme. Y las personas con las que hablo se ponen a la defensiva sin razón, me hacen vagos cumplidos, y comentan sentenciosamente impresiones que no tienen en verdad. Su cautela mezquina me hace sentir triste: el mundo es cada vez más repugnante y no puedo soportarlo. La gente intercambia tensos saludos desconfiando unos de otros hasta cansarse, y así pasa la vida.

A mí no me gusta encontrarme con gente. Por eso, a no ser que hubiera una razón excepcional, nunca visitaba a amigos. Lo más cómodo ha sido para mí estar en casa con mi madre cosiendo, las dos solas, en silencio. Pero finalmente estalló la guerra[1], y el ambiente se puso tan tenso, que empecé a sentirme culpable de quedarme en casa todo el día sin hacer nada. Me sentía angustiada y no podía relajarme en absoluto. Quería hacer una contribución directa trabajando tan duro como pudiese. Perdí toda fe en la vida que había llevado hasta ese momento.

No soporto quedarme en casa en silencio. Sin embargo cuando salgo me doy cuenta de que no tengo ningún lugar adonde ir. Así que hago las compras, y al regresar, paso por la estación y me siento distraídamente en la fría banca. Tengo la ilusión de que alguien venga, pero si esa persona realmente apareciera, ¿qué haría? La idea me da pánico, pero estoy resignada. Si eso sucede, voy a entregarle mi vida: estoy preparada y ese momento marcará mi destino. Estos sentimientos de resignación y fantasías impudentes se entretejen de una forma muy extraña. La sensación me agobia de un modo sofocante. El mundo alrededor se enmudece; la gente que va y viene en la estación aparece pequeña y lejana, como si estuviera mirando por un telescopio al revés. La sensación es vaga, como si estuviera soñando despierta, como si no supiera si estoy viva o muerta. ¡Ay! ¿Qué cosa estoy esperando? Acaso yo no sea más que una mujer obscena. Todo eso del estallido de la guerra, lo de sentirme angustiada, de trabajar duro porque quiero ser útil, quizás sólo sea una mentira, una excusa noble para tratar de encontrar una oportunidad de materializar mis fantasías indiscretas. Me siento aquí con mirada perdida, pero en el fondo, dentro de mí puedo ver cómo flamea la llama de mis deseos obscenos.

¿Pero, a quién diablos espero? No tengo en absoluto una idea clara, solamente una imagen vaga y confusa. Y sin embargo, continúo esperando. Desde el estallido de la guerra paso por aquí todos los días a la vuelta de las compras y me siento en esta fría banca a esperar. ¿Y si alguien me sonriera y me hablara? ¡Ay, no!, no es usted a quien estoy esperando. Entonces, ¿a quién? ¿Qué espero? ¿Un marido? No. ¿Un novio? No, para nada. ¿Un amigo? De ningún modo. ¿Dinero? Es ridículo. ¿Un fantasma? ¡Ay no, por favor!

Algo más apacible y alegre, algo maravilloso. No sé qué. Por ejemplo, algo como la primavera. No, no es eso. Hojas verdes. El mes de Mayo. El agua fresca y cristalina fluyendo a través de los campos de trigo. No, tampoco es eso. Ay, y sin embargo sigo esperando, con el corazón palpitante. Las personas pasan unas tras otras delante de mis ojos. No es aquello, ni esto. Con la cesta de compras en mis brazos, me estremezco y espero con todo mi corazón. Le pido a usted por favor que no me olvide. Por favor no olvide a la chica veinteañera que viene todos los días a la estación y regresa a su casa sintiéndose vacía. Por favor recuérdeme, y no se ría de mí. No voy a decirle el nombre de la estación. Aunque no lo haga, usted me verá algún día.

 




[1] Se refiere a la Segunda Guerra Mundial (N.T.)

 

En 1948, cuando Osamu Dazai se encontraba en la cúspide de su carrera literaria, decidió quitarse la vida junto con su amante, una joven viuda con quien había sellado un pacto de amor suicida. Para ello la pareja eligió un pintoresco canal del río Tama en el apacible suburbio de Mitaka en Tokio. En esa época del año las frecuentes y turbulentas lluvias del monzón hacían que los niveles de agua en los canales subieran considerablemente. Los cuerpos fueron encontrados en un recodo del rio unos días más tarde, justo cuando Dazai hubiera cumplido treinta y nueve años.

La idea de quitarse vida no era en absoluto nueva para el escritor: lo había intentado sin éxito en variadas ocasiones. Profundos traumas personales, una fuerte dependencia del alcohol, y desórdenes psíquicos que fueron empeorando a lo largo del tiempo, hicieron que el deseo de muerte ocupara un lugar preponderante en los pensamientos de Dazai. Esta obsesión con el suicidio se fusiona en su ficción literaria con un agudo e irónico sentido de crítica a la sociedad, otorgándole un carácter inseparable de lo autobiográfico.

Nacido con el nombre de Shuji Tsushima en 1909 en una pequeña ciudad de Aomori en el norte de Japón, Dazai fue el décimo de once hermanos de una familia acomodada. Su padre se encontraba a menudo fuera de la casa y su madre sufría problemas de salud crónicos, con lo cual el niño fue criado por tías y sirvientes. Su afición por las letras comenzó desde pequeño y en 1930 decidió ingresar al departamento de Literatura Francesa de la Universidad Imperial de Tokio.

Su paso inconcluso por la academia estuvo permeado del tumultuoso estado de cosas de la época y de sí mismo. Dazai se sintió fuertemente atraído por los ideales del marxismo y por el incipiente Partido Comunista de Japón, y a menudo manifestó su sentido de culpa por “haber nacido en la clase social equivocada”. Durante esta etapa temprana escribió una cantidad de cuentos cortos, y la experiencia adquirida a través del paradigma comunista se haría patente a lo largo de su carrera.

Un posterior período de relativa calma llegaría cuando Dazai contrajo matrimonio con Machiko Ishihara en 1939. Fue durante estos años que escribió dos novelas enormemente exitosas tituladas El Ocaso (Shayo, 1947) e Indigno de ser humano (Ningen Shikkaku, 1948). Ambas obras expresan el profundo pesimismo del autor y su visión decadente del ser humano; las hondas heridas de una sociedad golpeada por la posguerra dejaban al desnudo la crisis de identidad y de valores de una cultura que parecía condenada inexorablemente a la autodestrucción.

Si bien Montse Watkins ha traducido al español las novelas arriba mencionadas, no disponemos aún de versiones en nuestra lengua del resto de los trabajos llevados a cabo por Osamu Dazai. Esta nueva traducción de un cuento corto titulado Esperando (Matsu, 1954) es apenas una colaboración a una tarea todavía por emprenderse.

 

Ozamu Dazai, un autor japonés

Las mujeres miserables de Osamu Dazai
Publicado en Lit Ar cor
Colegiala, Osamu Dazai
(Ed. Impediementa)
     Por Raquel Moraleja
  
Una chica joven, de familia pobre, se ve obligada a cometer un robo por amor. Una mujer mayor confiesa que una noche, muchos años atrás, se sintió fuertemente atraída por un hombre al que apenas conocía.
Un ama de casa narra su sufrimiento al descubrir que su marido tiene una amante. Una muchacha narra cómo empeoró su vida tras recibir un premio literario... Cuando recibí en casa el ejemplar de Colegiala, Enrique Redel, editor del sello independiente Impedimenta, me dijo que se trataba de "un libro magnífico", de una auténtica "delicia japonesa". La niña de la portada, inmóvil en su naif kimono floreado, con una mancha roja en sus labios mimetizados con el fondo níveo, me prometía que dentro se hablaba de mujeres como pocas veces había leído. Aún nacida dentro de una cultura, la occidental, que ha tardado siglos en devolverle a las mujeres el lugar equitativo en la sociedad que les era debido, no entiendes la abnegación por el silencio y el pudor de la mujer nipona, pero sí comprendes sus angustias, contradicciones e ilusiones. La niña de la portada podría ser feliz, pero se siempre ridícula, sucia y muy, muy miserable.
Leyendo todos los cuentos de Osamu Dazai (1909-1948), uno de los autores nacidos en el periodo Meiji japonés más conocidos junto a nombres como el Nobel Yasunari Kawabata (Mil grullas, Lo bello y lo triste) o Junichiro Tanizaki (Elogio de la sombra), no puedes evitar preguntarte -y dejo caer la bomba- hasta qué punto un hombre puede, no escribir a través de una voz femenina y conducirla y entenderla -que está claro que puede hacerse, y viceversa-, si no hacer suyos unos sentimientos y deseos y miedos que son únicamente femeninos porque así lo quiso la sociedad nipona. En esta edición de Impedimenta se agrupan catorce relatos del maestro del watakushi shoshetsu -estilo autobiográfico en primera persona-, cuyos protagonistas son siempre mujeres, casi todas jóvenes, que viven historias distintas pero que están unidas por un hilo invisible común. Antes, durante o inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, las mujeres de Dazai se avergüenzan de sus propios pensamientos y anhelos, que creen obscenos, terribles, deshonrosos, y preferirían morirse antes que verlos expuestos al público. Todas sienten un profundo sentido del ridículo y una incapacidad por adaptarse y sentirse felices en una sociedad a la que, por otra parte, deben respetar por encima de todo. Se sienten feas, saben que son feas, y les parece única y justa causa para su desgracia. Pecan -porque todas las mujeres son así, o al menos eso dice Dazai- de mentirosas, arrastradas, avariciosas, lujuriosas y mentirosas. ¿Hablaría así una mujer de sus congéneres, por muy de principios del siglo XX que sea?
Hay algunos comportamientos que al lector le parecerán los propios de un maníaco si antes no se ha adentrado en la historia de la Cultura japonesa. El giri (cumplimiento del deber) contra el ninjo (las pasiones humanas) conducen la antropología y el arte japonés. Sentimientos como el honor, la rectitud, la fidelidad, la benevolencia, la piedad filial y la vergüenza propia son heredados de la filosofía neoconfuciana de la época samurái. Las mujeres, invisibles y despreciadas en la ie -la familia-, durante el shogunato, ni siquiera recibían el amor de sus maridos, pues era deshonroso que estos caballeros mostrasen sus emociones en sociedad así que reservaban sus caricias para las prostitutas de los akusho (lugares perniciosos) creados a instancia del gobierno militar del siglo XVII. Sabiendo todo ésto, el lector podrá empatizar -que no simpatizar- más con las mujeres desgraciadas de los relatos breves, claustrofóbicos, delicados y desquiciados de Osamu Dazai. Por otra parte, habiéndose intentado suicidar varias veces desde los 19 años hasta finalmente conseguirlo a los 38 -siempre acompañado de mujeres a las que acababa de conocer y que sí morían en las tentativas de muerte a las que él sobrevivía-, repudiado por gran parte de su familia, casado y separado varias veces, padre no reconocido del hijo accidental que tuvo con una admiradora, enganchado a la morfina y paciente de una institución mental, se puede entender la autodestrucción que destilan estos relatos, que huelen a podredumbre y a crisantemo. Como me prometió Redel, y ahora yo os prometo, una auténtica "delicia japonesa".