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jueves, 13 de julio de 2017

Sin ánimo de amar


Al borde de los cuarenta años logró concretar el gran anhelado objetivo de terminar con su vida. Osamu Dazai se arrojó al río atado a una mujer con una cinta roja, en 1948. Dejaba una obra singular, frenética y no bien vista por algunos maestros como Tanizaki y Kawabata, sobre todo, Indigno de ser humano, y también sus cuentos narrados por voces femeninas. Un relámpago que en la línea de Akutagawa atravesó con energía frenética la literatura japonesa.
 Por Juan Forn

Hacía un tiempo largo que no leía a un japonés que me moviera el amperímetro, ya me estaba cansando del minimalismo hierático cuando metí los dedos en ese enchufe llamado Osamu Dazai y recibí la descarga eléctrica que andaba añorando. Siempre que un autor o un libro me produce ese efecto, trato de descubrir dónde empezó a existir exactamente, y en el caso de Dazai fueron estas frases: “El antónimo de negro es blanco. Pero el antónimo de blanco es rojo, y el de rojo es negro. Podría seguir: el antónimo de delito sería miel, quizás” (en japonés, delito se dice tsumi y miel se dice mitsu). “Pero entonces me acordé de crimen y castigo, y supe que Dostoievski colocó juntas esas palabras no como sinónimos ni consecuencias, sino como antónimos: como el hielo y el carbón”.
Osamu Dazai era un forúnculo en la literatura japonesa. Tanizaki tenía prohibido que se lo mencionara en su presencia. Mishima dijo de él: “Por supuesto que soy capaz de identificar el talento de Dazai: él dejaba la piel por mostrar precisamente aquello que yo pretendía ocultar” (las malas lenguas dicen que Mishima escribió Confesiones de una máscara bajo el influjo de la obra maestra de Dazai: Indigno de ser humano). Incluso el benigno Kawabata dijo: “Siento profundo desdén por su viciosa materia literaria” y se negó a conceder al joven Dazai el premio Akutagawa (que coronaba una vez por década al mejor escritor japonés menor de treinta años). Dazai se limitó a contestarle públicamente: “Por lo general las personas no muestran su terrible naturaleza, pero son como una vaca pastando tranquila que de repente levanta la cola y descarga un latigazo sobre el tábano”.
Dazai era una rara clase de tábano. La palabra que mejor lo define seguramente es paria: el que siente que nació distinto a su clase, a su familia, a su entorno. El que siente la estafa esencial: que todo se puede actuar, y se pregunta si los demás pensarán así, y comprende que los demás también actúan, pero no saben -o se niegan a saber - que actúan. “Mi idea de alguien respetado consistía en una persona que había logrado engañar casi a la perfección a los demás. Yo, en cambio, había evitado con éxito que me respetaran”. ¿Cómo lo hizo? Con cuatro intentos de suicidios y un tenko. El primero fue a los diecisiete años, cuando aún estudiaba en el instituto (sobredosis de barbitúricos; no tomó los suficientes; sobrevivió y se graduó). El segundo fue dos años más tarde: su padre lo había desheredado por su vínculo con una geisha de bajo rango, él hizo un pacto suicida y se arrojó a las aguas de la bahía de Kamakura tomado de la mano de una mujer. La mujer no era aquella geisha. La mujer se ahogó, él fue rescatado por unos pescadores. “Desde que saltamos al agua hasta el último minuto creo que pensábamos en asuntos totalmente diferentes”, escribió después.
El tercer intento fue en 1933, luego de afiliarse a una célula clandestina del partido comunista. Más que los objetivos de aquel grupo político, lo atrajo el ambiente: “Ya conocía el alcohol, el tabaco, las prostitutas y las casas de empeño. El pensamiento de izquierda quizá parezca una combinación un poco rara con todo eso, pero yo le veía algo en común: me hacía sentir a salvo. Mis compañeros no lo veían así. Me daban ganas de decirles que yo no tenía nada que ver con ellos y escapar, pero como no me parecía digno, opté por matarme”. Esta vez decidió colgarse de una viga, pero despertó vivo: la policía lo había salvado y encarcelado, para que realizara su tenko, o “cambio de rumbo”, una práctica habitual en aquellos tiempos militaristas de Japón, que consistía en hacer una confesión y rechazo público de las ideas de izquierda. Según Dazai, aquel tenko fue su obra inaugural y su última voluntad. A la familia no le pareció suficiente y lo internó, primero en un hospital para tuberculosos y, cuando se hizo adicto a la morfina, en un psiquiátrico, donde se desgarraba la ropa y escribía en ella cartas que comenzaban invariablemente “Maldita esposa mía” (la idea la había tomado de una dama que, luego del segundo intento de suicidio de Dazai, le escribió cincuenta tankas, que comenzaban todos con el verso “Vive por mí”).
Dazai enfurecía a los puristas porque practicó toda su vida una rara clase de literatura del yo, o shishosetsu, género de larga prosapia en las letras japonesas. Se lo acusaba indistintamente de no ser fiel cronista de su propia biografía y también de no inventar nada, de enmascararse en sus personajes (en sus formidables cuentos narrados en primera persona por mujeres) y de carecer de personajes. Nadie fue más descarada y elegíacamente egocéntrico que él, y sin embargo las mujeres, los jóvenes y los descastados de Japón sienten hasta el día de hoy que habla de ellos. Lo que pasa con Dazai es que a algunos japoneses no les gusta lo que les muestra el espejo. En un cuento formidable en que hace hablar a un billete (sí, a un billete: money talks), para contar la historia de su país antes y después de la guerra, Dazai escribe: “Por aquel tiempo Japón se abandonó a la desesperación. Imagino que se podrán hacer a la idea de por qué tipo de manos pasé, por qué razón y qué clase de crueles conversaciones escuché mientras me intercambiaban, así que no voy a entrar en detalles”. En un cuento escrito en primera persona por una colegiala, le hace decir: “En mi corazón deseé que te ocurriera alguna desgracia, por tu bien”. Por su novela Shayo (traducida primero como El sol que declina y después como El ocaso), los japoneses comenzaron a usar esa palabra como sinónimo de miembro de la aristocracia que perdía sus privilegios.
Fueron legión las mujeres que lo amaron, que quisieron rescatarlo. Una de ellas dijo de él que hasta la felicidad le hería, como el algodón, y por eso se apresuraba a apartarse de ella antes de resultar herido. En una hermosa estampa que dejó de él su maestro y único protector, Masuji Ibuse, lo describe de la siguiente manera: “Allí estaba, tendido en el tatami, con la mejilla apoyada en la palma de la mano como si le doliera una muela y sin disimular en lo más mínimo su sombrío estado de ánimo, ese peculiar estado de ánimo, como si tuviera el cráneo lleno de vidrios rotos”.
Bebía, desde la mañana, shochu (el aguardiente más barato, conocido en la noche tokiota como matarratas) porque decía que eliminaba los microbios. “Bebía tanto como para tomar un baño, después me hacía unas caricias surgidas del infierno y después caía en un sueño fulminante”, dice en otro cuento con voz de mujer. No llegó a cumplir los treinta y nueve años: luego del cuarto intento, otra vez con pastillas, esta vez con su esposa (“Como hermanos, marchamos a Minakami. La misma noche de nuestra llegada lo hicimos. Sin embargo, a la mañana siguiente, Hatsuyo despertó. Yo también. Había vuelto a fallar”), logró por fin tener éxito: se arrojó al río Tama con una peluquera, atados uno al otro con un cinturón rojo. Sus cuerpos aparecieron, aún atados, seis días después, el 19 de junio de 1948, día de su cumpleaños.
El libro a leer de Dazai es, sin duda, Indigno de ser humano. Como El extranjero de Camus, como El santo bebedor de Roth, como Crónica de mi familia de Pratolini, como Los adioses de Onetti, es uno de esos libros que tocan un nervio instantáneo y que a la vez (descubrimos después) son mecanismos de relojería: se los puede estudiar escena por escena. De ahí aconsejo pasar a Colegiala, sus cuentos en voz de mujer. Después pueden seguir por donde quieran, y hay de sobra, pero con eso ya habrán sufrido en todo su esplendor esa descarga eléctrica llamada Osamu Dazai. Del diario El Pais


domingo, 8 de diciembre de 2013

Nadar de noche

¿Qué hay después de la muerte? Nos lo preguntamos todos. Las religiones nos dan sus respuestas, imaginamos mundos en forma de paraísos o como yo que me transformo en una gota de agua, en una hoja que vuela, en viento, en tierra, en luz. Este cuento de Juan Forn, escritor argentino, "Nadar de noche , que da título a uno de sus libros(emece) nos muestra el encuentro de un padre que ha muerto hace unos años con el hijo que ya es padre. Conversan con naturalidad, el padre va revelado como es ese otro mundo y el hijo descubre que su sumisión al padre ya no es necesaria. Tienen toda la noche para hablar y lo que ahí se dice no nos lo cuenta el autor, tenemos que imaginarlo. Entonces ¿Cuánto depende un hijo de la mirada de su padre? ¿Cuánto quiere agradarlo? ¿Hasta después de su muerte? ¿Tiene esto sentido? ¿En qué momento se mirarán de igual a igual?
(Dibujo de Paula Gastelo).


Era demasiado tarde para estar despierto, especialmente en una casa prestada y a oscuras. Afuera, en el jardín, los grillos convocaban empecinados y furiosos la lluvia, y él se preguntó cómo podían dormir en los cuartos de arriba su mujer y la beba con ese murmullo ensordecedor.

Tenía insomnio, estaba en pantalones cortos, sentado frente al ventanal abierto que daba a la terraza y al jardín. Las únicas luces prendidas eran los focos adentro de la pileta, pero la luz ondulada por el agua no conseguía matar del todo la sensación de estar en una casa ajena, el malestar indefinible con aquel simulacro de vacaciones.

Porque, en realidad, no estaba ahí descansando sino trabajando. Aunque el trabajo no implicase ningún esfuerzo en particular, aunque no tuviese que hacer nada, salvo vivir en esa casa con su mujer y su hija y disfrutar las posesiones de su amigo Félix, mientras éste y Ruth remontaban el Nilo y gastaban fortunas en rollos de fotos y guías egipcios sin dientes, a cuenta de una revista de viajes italiana.

Para calmarse, para atraer el sueño, pensó que no iba a pisar Buenos Aires en todo el mes. Viviría en pantalones cortos y sin afeitarse, cortaría el pasto, cuidaría la pileta, vería videos y escucharía música mientras su hija crecía delante de sus ojos y su mujer inventaba postres raros en la cocina. Y en todo ese tiempo quizá le dejaran algún mensaje mínimamente estimulante, o al menos catastrófico, en el contestador automático de su departamento.

Mientras tanto, a lo mejor Félix y Ruth decidían prolongar su viaje un mes más, o tenían un accidente, o se enamoraban los dos de un mismo efebo andrógino y analfabeto en Alejandría. Un mes podía ser mucho tiempo en algunos lugares; un mes podía ser casi una vida. Para su hijita, por ejemplo. Tenía que empezar a vivir al ritmo de ella, como le había dicho su mujer. Día por día, hora por hora, lentamente. Tenía que asumir la paternidad de una vez, como dirían Félix y Ruth, si es que no lo habían dicho.

Entonces oyó la puerta. No el timbre sino dos golpecitos suaves, corteses, casi conscientes de la hora que era. Cada casa tiene su lógica, y sus leyes son más elocuentes de noche, cuando las cosas ocurren sin paliativos sonoros. Él no miró el reloj, ni se sorprendió, ni pensó que los golpes eran imaginación suya. Simplemente se levantó, sin prender ninguna luz a su paso y cuando abrió la puerta se encontró con su padre parado delante de él. No lo veía desde que había muerto. Y, en ese momento, supo incongruentemente que ya se había hecho a la idea de no verlo nunca más.

Su padre tenía puesto un impermeable cerrado hasta arriba y el pelo tan abundante y bien peinado como siempre, pero totalmente blanco. Nunca habían sido muy expresivos entre ellos. Él dijo: "Papá, qué sorpresa", pero no se movió hasta que su padre preguntó sonriendo:

—¿Se puede pasar?

—Sí, claro. Por supuesto.

El padre cruzó el living a oscuras y el ventanal abierto y fue a sentarse en una de las reposeras de la terraza. Desde allá miró hacia adentro, lo llamó con la mano y tocó la reposera vacía a su lado. Él salió obedientemente a la terraza. Dijo:

—Dame el impermeable, si querés. ¿Te traigo algo para tomar?

El padre negó con la cabeza a ambas ofertas. Después se estiró todo lo que pudo y respiró hondo sin perder la sonrisa.

—Va a llover en cualquier momento —dijo—. Qué maravilla. ¿De día es así, también?

—Mejor. Para Marisa y la beba, especialmente.

—Marisa y la beba. Debes de tener un montón de cosas para contarme, ¿no?

Él sintió que se le aflojaba apenas la mandíbula. En los sueños en que volvía a verlo, su padre siempre estaba al tanto de todo lo que les había pasado a ellos en su ausencia.

—Sí, claro —dijo—. Supongo que sí.

—Por supuesto, no pretendo que me pongas al día con las noticias. Obviemos la política, el trabajo, el mundo en general, si es posible. Las cosas domésticas, me interesan. Tus hermanas, vos, Marisa, la beba. Esas cosas.

A él le sorprendió que mencionara la palabra domésticas. Y mucho más aún que hubiese nombrado a todos menos a su madre, pero no supo qué decir.

—Voy a servirme un whisky. ¿Seguro que no querés?

—No, no, gracias. A propósito, qué buena idea, las luces adentro de la pileta.

—No es mía —dijo él antes de entrar—. La casa, quiero decir.

Cuando volvió a aparecer, con un vaso bastante lleno, se frenó detrás de la reposera de su padre y sintió de golpe que todavía no se habían tocado.

—Yo creí —dijo, desde ese lugar— que vos veías todo lo que pasaba acá, desde donde estabas.

La cabeza de su padre se movió levemente a uno y otro lado, varias veces.

—Lamentablemente no. Es bastante distinto de lo que uno se imagina.

Él miró la pileta y tuvo la sensación de que no controlaba lo que decía ni lo que iba a decir.

—Si supieras la cantidad de cosas que hice en estos años para vos, pensando que me estabas mirando. —Y se rió un poco, sin alegría pero sin amargura, para vaciarse los pulmones no más. —O sea que no sabés nada de estos cuatro años. Qué increíble.

El padre se reacomodó en la reposera y lo miró de costado.

—A lo mejor hay cambios, adonde nos mandan ahora. Si te sirve de consuelo.

Él lo miró sin entender.

—Hubo un traslado. Voy a estar en otra parte, a partir de ahora. No sólo yo; muchos más. Las cosas allá no son tan ordenadas como se supone. A veces pasan estos imprevistos. Digo, que esté ahora con vos.

—¿Y por qué conmigo? ¿Por qué no fuiste a ver a mamá?

El padre miró un rato la luz ondulante de la pileta. Su cara cambió muy levemente, hubo un ínfimo matiz de tristeza en su inexpresividad.

—Con tu madre hubiera sido más difícil. Una noche no es tanto tiempo, y yo necesito que me cuentes todo lo que puedas. Con tu madre hablaríamos de otros temas. Del pasado, especialmente; de ella y yo, de muchas cosas buenas que vivimos los dos juntos. Y eso hubiera sido injusto de mi parte.

Hizo una pausa.

—Hay ciertas cosas que son técnicamente imposibles en mi estado actual: sentir, por ejemplo. ¿Entendés? En cierta medida, lo que soy esta noche es algo que no tendría valor para tu madre. Con vos, en cambio, es más simple, para decirlo de alguna manera. Siempre te ubicaste en una posición panorámica en cuanto a las emociones. Con tu madre, con tus hermanas, con vos mismo. En fin.

Hizo otra pausa.

—También pensé que podrías arreglártelas mejor con los sentimientos que te provoque esta visita. A fin de cuentas, yo nunca fui tan importante para vos, ¿no es cierto?

Él sintió algo que hacía mucho tiempo que no sentía. Una especie de sumisión y de necesidad de oponerse a esa sumisión. Supo de pronto que en los últimos cuatro años no había sido esto que era ahora, nuevamente: hijo de su padre. Fue hasta el borde de la pileta, se sacó los mocasines y se sentó con las piernas dentro del agua.

—Si no hubieras sido tan importante para mí, entonces no habría hecho las cosas que hice para vos, por vos, en estos años. ¿No se te ocurrió pensar eso?

—No.

Él quedó perplejo. La respuesta le había parecido tan rápida y brutal que sonó sincera. Y justamente por eso inverosímil. Cobarde. Casi injusta.

—Y ahora que sabés, qué —atinó a decir.

—Nada —contestó el padre.

Después se levantó, llevó la reposera hasta el borde de la pileta y se sentó con las manos en los bolsillos.

—Supongo que no cambia nada. Lo que hiciste, ya lo hiciste. Y me parece que no tiene sentido que te enojes ahora, con vos o conmigo, por eso. ¿No?

No sólo era inútil, además empezaba a sentir que no le era lícito, frente a la condición de su padre, cuestionar nada, ni permitirse esa belicosidad insólita. La necesidad de oponerse se desvaneció y sólo quedó la sumisión, no ya dirigida a su padre sino a un estado de cosas, a una abstracción obtusa e inabarcable.

—Es cierto —dijo—. Perdón.

Se quedaron callados un rato, hasta que él dijo: —De todas maneras, exageré un poco. No fueron tantas las cosas que hice pensando en vos.

El padre soltó una risita.

—Ya me parecía.

Un relámpago rajó en dos el fondo del cielo. Cuando sonó el trueno el padre se encogió y volvió a oírse su risita.

—Ya casi no me acordaba de estas cosas. Es notable cómo funciona la memoria, lo que conserva y lo que deja de lado.

—Los grillos —dijo él—. ¿Los oís? No me dejaban dormir. Por eso estaba despierto cuando llegaste.

Después de decir estas palabras dudó. ¿Los grillos? Pero lo pensó mejor y prefirió quedarse con la duda.

—Bueno —dijo el padre con voz muy suave—. A lo nuestro.

—¿Puedo preguntarte algo, antes?

La reposera crujió. Él hizo un esfuerzo para mantenerle la mirada a su padre.

—Como quieras. Pero ya sabés cómo es eso: una vez que te enterás, difícil que puedas borrártelo de la cabeza. No es una amenaza. Lo digo por vos, simplemente.

—Sí, ya sé —dijo él. Y preguntó, con voz insegura: —¿Todos van al mismo lugar? ¿No importa lo que haya hecho cada uno?

—Eso es algo que podría haberte contestado desde los veinte años, más o menos. Siempre sospeché que importaba más en vida que después. En cuanto a la otra pregunta, no es exactamente un lugar, adonde van. Pero sí: todos van al mismo, en la medida en que todos somos relativamente iguales. El modo de vida de tu vecino y el tuyo, por ejemplo, se diferencian tanto como tu estatura y la de él. Son matices, y los matices no cuentan. Digamos que hay, básicamente, sólo dos estados: el tuyo y el mío. Es bastante más complejo, pero no lo entenderías ahora.

—Entonces vos y yo vamos a encontrarnos de nuevo, en algún momento —dijo él.

El padre no contestó.

—¿Importa algo estar juntos, allá?

El padre no contestó.

—¿Y cómo es? —dijo él.

El padre desvío los ojos y miró la pileta. —Como nadar de noche —dijo. Y las ondulaciones de la luz se reflejaron en su cara. —Como nadar de noche, en una pileta inmensa, sin cansarse.

Él tomó de un trago el whisky que quedaba en el vaso y esperó a que llegase al estómago. Después tiró los hielos en la pileta y apoyó el vaso vacío en el borde.

—¿Algo más? —dijo el padre.

Él negó con la cabeza. Movió un poco las piernas en el agua y miró la base de la reposera, el impermeable, la cara blandamente atemporal de su padre. Pensó en lo reticentes que habían sido siempre en todo contacto corporal y le parecieron increíblemente ingenuos y artificiales aquellos abrazos en los sueños en que aparecía su padre. Esto era la realidad: todo seguía tal como había sido siempre, y recomenzaba casi en el mismo punto en que quedara interrumpido cuatro años antes. Aunque sólo fuese por una noche.

—Por dónde querés que empiece —dijo.

—Por donde quieras. No te preocupes por el tiempo: tenemos toda la noche. Hasta que termines no va a amanecer.

Él respiró hondo, largó el aire y supo que había entrado en la noche más larga y secreta de su vida. Empezó, por supuesto, hablando de su hija.

Habla Memoria

Habla, memoria

Por Juan Forn

Hay una historia entre Cézanne y Zola que siempre me fascinó: el padre de Zola muere, la familia llega a Aix-en-Provence en medio de penurias económicas, el niño Emile es encarnecido en la escuela, por nuevo, por pobre, por raro. Un solo compañero sale en su defensa, no le importa recibir una paliza de los demás por esa causa. El joven Zola le deja una canasta de manzanas en su puerta. Los dos muchachos se hacen amigos, leen a Virgilio, quieren ser artistas. Años después, cuando ya es un escritor de éxito, es Zola quien anima al tímido Cézanne a ir a París. Pero la amistad se malogra: Zola empieza a encontrar molestos los infortunios y las quejas de Cézanne, escribe una novela sobre un pintor incomprendido por su época y con eso hiere y aleja a su amigo. ¿Qué hace Cezanne entonces? Empieza a pintar sus famosas naturalezas muertas con manzanas: como devolviendo una por una aquellas de la canasta que el joven Zola le ofrendó en prenda de amistad, en los lejanos años de Aix.


Hay otra historia parecida, aunque más chiquita y con final opuesto, de otro de los impresionistas. El banquero y bon vivant Charles Ephrussi se fascina con una naturaleza muerta de Manet sobre un puñado de espárragos. Paga por el cuadro diez veces su valor, en un momento en que Manet no es todavía conocido y vive en la escasez. Al día siguiente llega a casa del banquero, y embalado toscamente, un cuadro precioso de un solo espárrago, con una nota que dice: “Creo que éste se cayó del puñado”. Quizá conozcan la historia, está en Proust. Es leyenda que los personajes de En busca del tiempo perdido están basados en gente que Proust conocía. Proust trabajó brevemente como secretario de Charles Ephrussi y le adjudicó algunos de sus rasgos a Charles Swann. Pero yo me enteré por otra vía de la historia de los espárragos, así como del episodio de las manzanas de Cézanne y Zola. Fue por un profesor de dibujo que tuve en sexto grado, un tipo que intentaba inútilmente abrir nuestras cabezas y se enfurecía cuando coloreábamos mariconamente nuestros dibujos para que no se nos gastaran los lápices: una vez me arrancó la hoja de la mano, se apropió de mi adorada caja de Caran D’Aches y fue consumiendo mis lápices y obligándome a sacarles punta y pasárselos de vuelta hasta que aquella hoja canson se convirtió en una masa vibrante, asombrosa, de color (hasta me pareció que pesaba el doble cuando me la devolvió) y mi caja de Caran D’Aches era una ruina.

Consiéntanme ahora otro viraje inesperado. Hay en Inglaterra un gran ceramista llamado Edmund DuWaal. Sólo hace piezas que puedan sostenerse en una mano y que parecen ideas platónicas más que objetos, aunque él es partidario ferviente de que esas piezas se usen, se toquen: cree que ciertos objetos conservan en sí el pulso de quien las talló, incluso el de quien las tuvo en su mano, como si emitieran “un murmullo existencial”. Durante sus largos años de estudio, el joven DuWaal recaló en Japón para estudiar el arte del laqueado. A lo largo de aquella estadía en Kioto, visitaba una vez a la semana a su adorado tío abuelo Ignatz, o Iggie, único hermano de la abuela de DuWaal, Elizabeth. El apellido de ambos hermanos era Ephrussi. La posesión más preciada del viejo Iggie, que vivía en Kioto junto a su joven amante japonés, era una colección de netsuke. Los netsuke son pequeñísimas piezas de marfil o madera talladas a mano que se usaban en el viejo Japón como borlas de las bolsas de tabaco o de dinero. Caben holgadamente en la palma de una mano. Cuanto más antiguas son, más historias cuentan.

El viejo Iggie tenía 264 piezas de netsuke. A lo largo de sus años en Japón no había sumado una sola pieza a su colección. La conservó tal cual la había recibido, y así iría a parar a manos de DuWaal cuando Iggie murió, en 1994. Durante aquellos almuerzos semanales en Kioto, Iggie le había contado distraídamente a DuWaal la historia de esa colección de netsuke, que era su manera de contar la historia familiar de los Ephrussi. Iggie había huido de Viena en 1938, por judío y por homosexual. Su hermana Elizabeth ya se había casado con un comerciante holandés llamado DuWaal y emigrado a Inglaterra, y fue la que posibilitó la huida de Iggie y del padre de ambos, Viktor. La madre su había suicidado “discretamente” cuando los Ephrussi perdieron todas sus posesiones a manos de los nazis. Al llegar a casa de su hija en Inglaterra, la única posesión que le quedaba a Viktor en el mundo era un reloj de bolsillo, de cuya cadena colgaba la llave de su biblioteca (los nazis le habían prendido fuego a los libros de esa biblioteca). La pérdida de su mujer y de su palacio en Viena fueron demasiado para él: no llegó a ver el final de la guerra. Cuando los aliados restituyeron el palacete a Elizabeth, ella descubrió que la doncella que los había criado a ella y a Iggie había permanecido como ama de llaves de la casa mientras albergaba a un jerarca de la Gestapo. Esa doncella recibió con lágrimas en los ojos a Elizabeth, la llevó a su humilde recámara y le mostró cómo había logrado ocultar en su colchón de paja las 264 piezas de netsuke que, en tiempos de gloria de la mansión, estaban en los aposentos de la señora de la casa.

Habían sido el regalo de bodas de Charles Ephrussi a Viktor, enviado desde París cuando Viktor se casó y se instaló a vivir en aquel palacio en 1913. Fue Charles quien inició a los impresionistas en el culto a lo japonés que estalló en Occidente a partir de 1870. Le llevó cuarenta años reunir aquellas 264 piezas. De cada par de netsuke que compraba, conservaba uno y le enviaba el otro a una dama casada, que era su amante. Cuando ella enviudó, la colección se unió. Cuando Charles estaba cerca de la muerte y su sobrino favorito le anunció que se casaba, le obsequió la colección. A Viktor le pareció tan incongruente con el resto de las obras de arte que albergaba la mansión que decidió ubicarla en los aposentos de su esposa, donde los niños Elizabeth e Iggie jugaban con los minúsculos netsuke mientras su madre se hacía peinar y enjoyar antes de cada velada. Sabiendo lo que significarían para Iggie, Elizabeth los hizo embalar y se los envió a Japón. Veinte años después, Iggie trató en vano de transmitir aquella historia al joven DuWaal. Pasaron otros veinte años, la colección volvió a surcar los mares, DuWaal escuchó finalmente el murmullo existencial de esas minúsculas piezas de marfil y se sentó a escribir la historia de su familia en un libro formidable (The Hare with Amber Eyes).

En un momento cerca del final describe lo que le produce tener esas desgastadas piezas de netsuke en su mano, lo que fueron para el bon vivant Charles y para el desafortunado Viktor y para el niño Ignatz y para el viejo Iggie, y no sé por qué a mí me hicieron acordar de repente, con nitidez total, en esa escena de mi niñez en que el profesor de dibujo depositó en mis manos mi venerada caja de Caran D’Aches con todos los lápices mochos y aquel dibujo perfectamente trivial, vuelto asombroso por la frenética, apasionada manera en que le había dado vida.