Mostrando entradas con la etiqueta carta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta carta. Mostrar todas las entradas

domingo, 29 de noviembre de 2015

Carta de Roberto Benigni a Dante Alighieri


Roberto Benigni




"Querido Dante,

Ante todo espero que tú estés bien, que la piedra no te pese demasiado y te auguro que oigas el Gloria in excelsis Deo lo más pronto posible. Y también te quiero agradecer porque con tu Divina Comedia me has hecho enamorarme de la poesía, que es la cosa más bella del mundo. Me has hecho sentir el bien y el mal, me has hecho ir a la cama todo asustado, me has hecho llorar, me has llevado por todos lados, sobre el Océano Atlántico, a Lunigiana, a Jerusalén, a Monterrigioni. Me has hecho morir de la risa, aunque has escrito en una lengua dificilísima, misteriosa e incomprensible, que para entenderla, piensa, me la debí hacer explicar por mis abuelos analfabetos.

Has entrado en mi vida rápidamente, Dante, con una alegría y una potencia estrepitosas, como cuando conocí los damascos. Por eso, para mí Dante, tú eres parte de la naturaleza, como los damascos, el sol, la hierba. Y cuando me preguntan si eres moderno, es como si me preguntaran si es moderna la hierba. Poco después de leerte me has hecho dar un salto sobre la silla en serio. Me di cuenta que no era yo que te leía a ti, eras tú que me leías a mí como ningún otro nunca me había leído, con palabras antiguas y conmovedoras que han atravesado los siglos para posarse sobre nuestros labios.

Me has hecho probar esa sensación tremenda que como yo en el mundo estoy solamente yo, pero que era igual a ti. Y que tú y yo éramos iguales a todos. Cada cosa que siempre había sentido desde que nací, tú le has dado una forma memorable. ¡Cuánto te he querido, Dante! Entraba en tu libro como se entra en una farmacia: leía dos o tres tercetos en voz alta y mataba todos los virus…

(…)

Dicen que la Divina Comedia sea la obra más audaz del ingenio humano, que su enseñanza es tan profunda que puede haber descendido al pensamiento humano sólo por revelación, y que por la primera vez, en la historia del mundo, nos has hecho explorar la remota región de lo Eterno, “físicamente, corporalmente”…
Con la Divina Comedia nos has hecho entender…:

que Dios tiene necesidad de los hombres;
que cada vez que el hombre hace el mal, Dios retiene el respiro;
que no hay mal que no pueda ser consolado;
que cada uno de nosotros está aquí para completar y complicar el fresco;
que la poesía es canto y cuento;
que las mujeres son el ápice de la creación, el alivio del abismo;
que te has ocupado de este extraño regalo que hemos tenido en suerte: la vida;
que, luego de haberte leído, no se miran más las personas con distracción sino como cofres de un misterio, depositarias de un destino inmenso;
que el arte se debe interesar por la vida;
que la vida es mucho más de cuanto podamos entender, por esto resiste;
que ninguno es demasiado extraño para ser entendido;
que cada uno de nosotros es único, y hace la diferencia;
que se puede hablar de los otros cuando hablamos de nosotros;
qué cosa nos hace felices;
qué cosa amamos y odiamos en serio;
que todos nosotros estamos aquí por el sí de una mujer;
que estamos en crisis por el duro deseo de durar;
que nos has vuelto posible vivir en un mundo más grande;
que nos has vuelto el mundo menos extraño y enemigo;
que cada persona es el héroe de la propia historia, aunque sus días y sus noches no parezcan excepcionales a ninguno;
que los hechos del mundo no son el fin de la cuestión;
que en poesía se usa el mismo amor y el mismo número de palabras para describir los órdenes angelicales y el gesto de un sastre que con poca luz introduce el hilo en el ojo de una aguja;
que se puede hablar de tú al desconocido;
que el paraíso está colmado de la deslumbrante belleza del verbo ser;
que la vida es destino y viaje, conocimiento y amor;
que alguno no quita jamás la vista de nosotros, porque nos ama;
que la belleza nace terriblemente;
que el arte es un don...”


Roberto Benigni

domingo, 7 de abril de 2013

Carta de una poeta a su hija

Las cartas son un género literario que me gusta muchísimo. En ellas quien escribe dice cosas que no diría nunca, que siente pero calla y que en el espacio de la carta tienen cabida. El amor de una madre por su hija se manifiesta en una intensa entrega.

Anne convirtió la experiencia de ser mujer en el tema central en su poesía, es la figura moderna del poeta confesionalista, a pesar de que soportó críticas por tratar asuntos tales como la menstruación, el aborto y la drogadicción.

Anne Sexton le escribe a su hija:



Querida Linda,



Estoy a la mitad de un vuelo a St. Louis para dar una conferencia. Estaba leyendo una historia en el New Yorker que me hizo pensar en mi madre y, sin darme cuenta, sola, en el asiento, susurré: «Yo sé, madre, yo sé» –encontré una pluma, y pensé en ti– que algún día volarás sola a alguna parte, que quizás yo ya haya muerto, y desearás hablar conmigo.

Yo quiero hablar. (Linda, quizás no estés volando, quizás estés en la mesa de tu cocina tomando té, alguna tarde cuando tengas 40. En cualquier momento) y quiero decirte:

Primero, que te amo.

Dos, que nunca me decepcionaste.

Tres, yo sé. Yo estuve ahí alguna vez. Yo también tuve 40 con una madre muerta que todavía me hace falta.

Éste es mi mensaje para la para la Linda de cuarenta. No importa lo que pase, siempre serás mi pajarito, mi Linda Gray. La vida no es fácil. Es terriblemente solitaria. Yo lo sé. Ahora tú también lo sabes –en donde estés, Linda, hablándome. Pero yo tuve una buena vida –escribí infeliz– pero viví a capa y espada. Tú también, Linda –vive al límite. Te amo, mi Linda, a los cuarenta, y amo lo que haces, lo que encuentras, lo que eres. Sé tú misma. Pertenece a aquellos que amas. Háblale a mis poemas y a tu corazón –estaré en los dos: si me necesitas. Mentí, Linda. Yo también amé a mi madre y ella me amó a mí, ella nunca me sostuvo pero la extraño, tanto, que tuve que negar que alguna vez la amé –o ella a mí, ¡pero qué tonta, Anne! ¡Así es![1]