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domingo, 8 de marzo de 2015

Frases de Sergio Pitol


frases de Sergio Pitol


 


Cada uno de nosotros es todos los hombres.

Todos los tiempos son en el fondo un tiempo único.

La inspiración es el fruto más delicado de la memoria.

Un escritor a menudo oye hablar sin escuchar una palabra.

Un libro leído en distintas épocas se transforma en varios libros.

La lectura es un juego secreto de aproximaciones y distancias. Es también una lotería.

Lo único que se puede hacer para seguir adelante es no dejarse llevar por el derrotismo y trabajar.

Si bien es cierto que vivimos tiempos crueles, también es cierto que estamos en tiempo de prodigios.

Todos, los castos como los lascivos, han aprendido que el sufrimiento es la sombra de todo amor, que el amor se desdobla en amor y en sufrimiento.

Uno, me aventuro a decir, es los libros que ha leído, la pintura que ha conocido, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas.

Un novelista es alguien que oye voces a través de las voces (...) Con ellas va trazando el mapa de su vida. Sabe que cuando ya no pueda hacerlo le llegará la muerte, no la definitiva, sino la muerte en vida, la hibernación, la parálisis, lo que es infinitamente peor.

Nadie lee de la misma manera. Me abochorna enunciar semejante trivialidad, pero no desisto: la diversa formación cultural, la especialización, las tradiciones, las modas académicas, el temperamento personal, sobre todo, pueden decidir que un libro produzca impresiones distintas en lectores diferentes.

El libro realiza una multitud de tareas, algunas soberbias, otras deplorables; distribuye conocimientos y miserias, ilumina y engaña, libera y manipula, enaltece y rebaja, crea o cancela opciones de vida. Sin él, evidentemente, ninguna cultura sería posible. Desaparecería la historia y nuestro futuro se cubriría de nubarrones siniestros. Quienes odian los libros también odian la vida.

Uno dice: "No sé, no me he dado cuenta de cómo ha pasado el tiempo". Y la verdad es que cuesta dar crédito a esa evidencia. Recuerde usted la experiencia del espejo a la hora de afeitarse: el rostro senil que se resiste a reconocer, los esfuerzos por revivir ciertos gestos con que treinta o cuarenta años atrás imaginaba fascinar al mundo. ¡Qué infinita fe de carbonaro para suponer que esas muecas que devuelve el espejo tengan alguna relación con las fotos de juventud! Hay un genuino resentimiento ante la injusticia cósmica por no haber una señal explícita de la aproximación del desastre. O tal vez la hubo y no logramos detectarla. Parecería que la metamorfosis de lo lozano a lo marchito nos hubiese ocurrido en estado de coma. En fin, la cosa es que uno se ha hecho viejo.

 

sábado, 14 de junio de 2014

La Pantera, cuento de Sergio Pitol

¿Se repiten nuestros sueños? ¿Qué nos quieren decir? ¿Aprendemos algo de ellos? ¿Podemos comunicar el mundo del sueño con el mundo diurno? Sergio Pitol hace que nos planteemos estas preguntas con su cuento:

 

La pantera

 
Ninguna de las magias que atravesaron mi niñez puede equipararse con su aparición. Nada de lo hasta entonces concebido logró confundir tan soberbiamente refinamiento y bestialidad. En las noches siguientes imploré, divertido, al final impaciente, casi con lágrimas, su presencia. Mi madre repetía que de tanto jugar a los bandidos acabaría por soñarlos. En efecto, al término de unas vacaciones la persecución y la infamia, el coraje y la sangre frecuentaron mis noches. En esa época ir al cine se reducía a disfrutar una sola película con ligeras variantes de función en función: el tema invariable lo proporcionaba la ofensiva aliada contra las huestes del Eje. Una tarde de programa triple (en que con indecible deleite vimos llover obuses sobre un fantasmagórico Berlín donde edificios, vehículos, templos, rostros y palacios se diluían en una inmensa vertiente de fuego; épicos juramentos de amor, penumbra de refugios antiaéreos en un Londres de obeliscos rotos y grandes in muebles sin fachada, y el mechón de Verónica Lake resistiendo impasible la metralla nipona mientras un grupo de soldados heridos iba siendo evacuado de un rocoso islote del Pacífico) consiguió que por la noche el fragor de las balas se internara en mi cuarto y que una multitud de cuerpos despedazados y cráneos de enfermeras, me lanzaran sobresaltado a buscar amparo en la habitación de mis hermanos mayores.
Con plena conciencia de sus riesgos inventé juegos artificiosos que a nadie divertían. Remplacé el consuetudinario antagonismo entre policías y ladrones o el nuevo, y con sagrado por el uso y la moda, entre aliados y alemanes por el de otros fieros y extravagantes protagonistas. Juegos donde las panteras sorpresivamente atacaban una aldea, cacerías frenéticas donde las panteras aullaban de dolor y furia al ser atrapadas por cazadores implacables, combates encarniza dos entre panteras y caníbales. Pero ni ellos, ni la frecuencia con que leía libros de aventuras en la selva hicieron posible que la visión se repitiera.
Su imagen persistió durante una temporada que no debió ser muy larga. Con indiferencia fui comprobando que la figura se volvía cada vez más endeble, que mansamente se difuminaban sus rasgos. El flujo atropellado de olvidos y re cuerdos que es el tiempo anula la voluntad de fijar para siempre una sensación en la memoria. A veces me apremiaba la urgencia de escuchar el mensaje que mi torpeza le había impedido transmitir la noche de su aparición. Aquel bello, enorme animal cuya negrura brillante desafiaba la noche trazó un elegante rodeo en torno a la alcoba, caminó hacia mí, abrió las fauces, y, al observar el terror que tal movimiento me inspiraba, las volvió a cerrar agraviado. Salió de la misma nebulosa manera en que había aparecido. Durante días no cesé de echarme en cara mi falta de valor. Me reprochaba el haber podido imaginar que aquella hermosa bestia tuviese intenciones de devorarme. Su mirada era amable, suplicante, su hocico parecía dispuesto más que para el regusto de la sangre para la caricia y el juego.
Nuevas horas se ocuparon de sustituir a aquellas. Otros sueños eliminaron al que por tantos días había sido mi constante pasión. No sólo llegaron a parecerme tontos los juegos de panteras, sino también incomprensibles al no recordar con precisión la causa que los originaba. Pude volver a preparar mis lecciones, a esmerarme en el cultivo de la letra y en el apasionante manejo de colores y líneas.
Triviales, alegres, soeces, intensos, difusos, torpemente esperanzados, quebrados, engañosos y sombríos tuvieron que transcurrir veinte años para alcanzar la noche de ayer, en que sorpresivamente, como en medio de aquel bárbaro sueño infantil, volví a escuchar el jadeo de un animal que penetraba en la habitación contigua. Lo irracional que cabalga en nuestro interior adopta en determinados momentos un galope tan enloquecido que cobardemente tratamos de cobijarnos en ese mohoso conjunto de normas con que pretendemos reglamentar la existencia, en esos vacuos cánones con que intentamos detener el vuelo de nuestras in tuiciones más profundas. Así, aun dentro del sueño, traté de apelar a una explicación racional: argüí que el ruido lo producía la entrada del gato que a menudo llegaba a la cocina a dar cuenta de los desperdicios. Soñé que reconfortado por esa aclaración volvía a caer dormido para despertar poco después, al percibir con toda claridad, cerca de mí, su presencia. Frente al lecho, contemplándome con expresión de gozo, estaba ella. Pude recordar dentro del sueño la visión anterior. Los años transcurridos sólo habían logrado modificar el marco. Ya no existían los muebles pesados de madera oscura, ni el candil que pendía sobre mi cama; los muros eran otros, sólo mi expectación y la pantera se mantenían iguales: como si entre ambas noches hubiesen transcurrido apenas unos breves segundos. La alegría, con fundida con un leve temor, me penetró. Recordé minuciosamente los incidentes de la primera visita, y atento y azora do permanecí en espera de su mensaje.
Ninguna prisa atenazaba al animal. Se paseó frente a mí con paso lánguido, describiendo pequeños círculos; luego, con un breve salto alcanzó la chimenea, removió las cenizas con las garras delanteras y volvió al centro de la habitación; Me observó fijamente, abrió las fauces y al fin se decidió a hablar.
Todo lo que pudiera decir sobre la felicidad conocida en ese momento no haría sino empobrecerla. Mi destino se develaba de manera clarísima en las palabras de esa oscura divinidad. El sentimiento de júbilo alcanzó un grado de perfección intolerable. Imposible encontrarle parangón. Nada, ni siquiera uno de esos contados, efímeros instantes en que al conocer la dicha presentimos la eternidad, me pro dujo el efecto logrado por el mensaje.
La emoción me hizo despertar, la visión desapareció; no obstante permanecían vivas, como grabadas en hierro, aquellas proféticas palabras que inmediatamente escribí en una página hallada sobre el escritorio. Al volver a la cama, entre sueños, no podía dejar de saber que un enigma quedaba descifrado, el verdadero enigma, y que los obstáculos que habían hecho de mis días un tiempo sin horizontes se derrumbaban vencidos.
Sonó el despertador. Contemplé con regocijo la página en que estaban inscritas aquellas doce palabras esclarece doras. Dar un salto y leerlas hubiera sido el recurso más fácil. Tal inmediatez me parecía poco acorde con la solemnidad de la ocasión. En vez de ceder al deseo me dirigí al baño; me vestí lenta y cuidadosamente con forzada parsimonia; tomé una taza de café, después de lo cual, estremecido por un leve temblor, corrí a leer el mensaje.
Veinte años tardó en reaparecer la pantera. El asombro que en ambas ocasiones me produjo no puede ser gratuito. La parafernalia de que se revistió ese sueño no puede atribuirse a meras coincidencias. No; algo en su mirada, sobre todo en la voz, hacía suponer que no era la escueta imagen de un animal, sino la posibilidad de enlace con una fuerza y una inteligencia instaladas más allá de lo humano. Y, sin embargo, debo confesar que las palabras anotadas eran sólo una enumeración de sustantivos triviales y anodinos que no tenían ningún sentido. Por un momento dudé de mi cordura. Volví a leer cuidadosamente, a cambiar de sitio los vocablos como si se tratara de armar un rompecabezas. Uní todas las palabras en una sola, larguísima; estudié cada una de las sílabas. Invertí días y noches en minuciosas y estériles combinaciones filológicas. Nada logré poner en claro. Apenas la certeza de que los signos ocultos están Corroídos por la misma estulticia, el mismo caos, la misma incoherencia que padecen los hechos cotidianos.
Confío, sin embargo, en que algún día volverá la pantera.
[México, mayo de 1960]

Entrevista a Sergio Pitol

La semana pasada hicimos a Sergio Pitol en nuestro taller de lectura ABRA. Acá una entrevista suya.
Entrevista a Sergio Pitol por Jorge Moch en La Jornada Semanal

-Por qué escribir como un oficio? ¿Por qué narrativa o ensayo y no poesía?

Mire, yo tuve una relación muy intensa con la literatura desde que empecé a leer, siendo muy pequeño, a una edad que a muchos les parecía increíble. Yo vivía en el ingenio de Potrero, mis padres habían muerto. La muerte de mi padre me dejó muy golpeado y casi inmediatamente después, la de mi madre me resultó peor, y todo eso yo creo que me debilitó físicamente...

¿A qué edad le sucedió todo esto?

No llegaba yo a los cinco años. Cuando yo tenía cuatro murió mi padre, y debo haber estado por los cinco cuando murió mi madre. Entonces, le decía, yo creo que eso me quebró la salud. Mi hermanita menor no resistió el golpe y a las dos o tres semanas murió también. Yo contraje un paludismo al que le llamaban consultivo, Malaria consultiva, tuve una salud terriblemente quebradiza, al grado que no pude hacer la primaria, no tuve una escolaridad regular, por las fiebres, por la debilidad. Mi vida durante años transcurrió en el confinamiento a una habitación, y mis experiencias al aire libre se limitaban a la terraza a la que a veces salía yo cuando estaba bien. En ocasiones, cuando no se presentaba la fiebre, iba yo al cine algunas noches. En Potrero había cine una vez a la semana. Esas eran mis salidas al aire libre; no tuve juegos, tan necesarios a esa edad, ni me fue posible hacer ejercicio, como mi hermano y nuestros amigos y compañeros. Entonces los libros fueron mi salvación. Recuerdo que en una ocasión unas tías mías pasaron por Potrero y me llevaron unos libros infantiles, de aventuras, libros de Julio Verne y de Jack London. El primer libro que leí, y que adoro, que todavía venero porque señaló para ese niño enfermo la entrada al mundo en el que se desarrollaría posteriormente mi vida, fue Dos años de vacaciones, de Julio Verne; ese libro era todo lo contrario, lo antitético a lo que era mi vida. Es la historia de un grupo de niños que van a hacer un viaje, premiados por la escuela con dos semanas en un barco alquilado por los padres de esos niños para recorrer un grupo de islas, no recuerdo bien si en los mares de Australia o Nueva Zelanda, pero el día que se suben los niños se desata una tormenta y no ha subido al barco la tripulación, ni siquiera el mismo capitán de la embarcación... Entonces esta tormenta se lleva a los niños que naufragan y llegan a una isla perdida, donde viven dos años y donde de alguna manera, muy elemental, reconstruyen la historia de la tecnología humana, desde la domesticación de animales y el cultivo de algunas plantas hasta hacer telas, casas, máquinas rudimentarias para poder vivir de modo confortable, pero en contacto perpetuo, ininterrumpido con la naturaleza. Entonces es de imaginarse que para un niño permanentemente azotado por la fiebre, que no puede salir, que no puede ir a la escuela, descubrir todas estas maravillas a través de esos otros niños literarios es una experiencia asombrosa.

Leí casi todo Verne, lo sigo leyendo con mucha pasión. En casi toda la obra de Verne hay niños o adolescentes, inmersos en aventuras y viajes. Así, con esas lecturas, pues viajé al corazón del África, a la Antártida, a las más remotas regiones de Siberia, la India, Turquía, al Amazonas, el Orinoco, Alaska, a México mismo, y todos esos viajes, por eso la colección se llama Viajes Maravillosos, me marcaron con sus paisajes inenarrablemente extraños, su gente, su fauna, el exotismo de lo remoto y los extraños medios también que se hacían, se hacen necesarios para llegar a esos lugares, como la nave para viajar a la luna, al centro de la Tierra o al fondo del mar. Todo esto me hizo vivir una realidad literaria, una realidad de la fantasía, mucho más fuerte que el mundo mismo. Cuando llegaban amigos de mi hermano de visita, o los amigos y las amigas de mi abuela, que hablaban sobre las cosas que les sucedía a ellos y de las cosas que pasaban en el pueblo y en la región, lo cotidiano, todo ello se me hacía tan plano y tan gris... me decía yo que qué había de atractivo en todo aquello, que era de una apabullante estupidez, de una grisura y un aburrimiento titánicos, cuando el mundo era y es mucho más interesante. 

Fui desde los cinco años un lector de tiempo completo y eso creo que me salvó la vida y me hizo la infancia una época floreciente, una infancia felicísima; me parecía terrible que mi hermano tuviera que ir a la escuela todos los días, que tuviera que montarse en un caballo, que tuviera que cumplir tareas, cuando hubiera podido estar como yo, disfrutando la vida de los libros. De Verne pasé a libros que podríamos llamar de adolescente, que me maravillaron; libros de Dickens, de Stevenson, que representó para mí casi la continuación de Verne, La isla del tesoro, por ejemplo, los libros de Twain, Huckleberry Finn, Tom Sawyer... todo esto mantenía el carácter fantástico, los elementos de la aventura y el triunfo final. Por eso, ya estando en Dickens, en Twain, en Stevenson, que son grandes estilistas, me fue muy fácil llegar a los libros de mi abuela, que eran la novela inglesa y la francesa del xix, entonces entré a la lectura de Balzac, de Stendhal; a los doce años o trece yo ya había leído los cinco volúmenes de Guerra y paz de Tolstoi.

¿Es entonces cuando nace en Sergio Pitol esa inclinación por la literatura de Europa Oriental?

Sí, sí. Por la literatura del xix, particularmente la rusa: Tolstoi, Dostoievski, Gogol. Acaba de salir mi último libro que es un viaje, un homenaje a la literatura rusa, y el último capítulo soy yo niño y mi conexión infantil con Rusia, con lo ruso. Ese es mi contacto inicial con la literatura. Pasando unos años recuperé la salud y pude ya hacer la secundaria, luego la prepa, pude irme al Distrito Federal. A los dieciséis o diecisiete años tenía una salud que podríamos llamar normal, y unas ganas enormes de vida, de viajes, de experiencias. Era también un poco snob, porque sentía que mis compañeros de la secundaria y la prepa y aún en la universidad eran más infantiles, no tenían ese bagaje; había cierta distancia, si no intelectual, porque algunos eran muy inteligentes, por lo menos de conocimiento.

¿Y el salto hacia la escritura?

Mi generación es la de autores nacidos en treinta y dos o treinta y tres, como Juan Vicente Melo, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, José de la Colina, Julieta Campos, Elena Poniatowska. Toda esta generación empezó a publicar muy joven, a los dieciséis, a los diecisiete. No sé qué había en el aire en esos años, aunque bueno, en el xix también se empezaba a publicar a esa edad, rondando los dieciocho, los diecinueve...

¿En qué momento supo usted que sería escritor?

Ya mayor. Debo haber tenido veinticuatro o veinticinco años, cuando ellos, mis compañeros de generación, ya tenían varios libros o ya habían estrenado obras de teatro. Tuve un momento revelador...

En El arte de la fuga habla usted del 57 como un año decisivo en su obra. ¿Es entonces que se da esta revelación?

En el 56 o 57, sí, con la publicación de mis cuentos en Los cuadernos del unicornio (dirigidos por Juan José Arreola). Empecé a escribir con una generación cronológicamente posterior a la mía, con los que fueron mis verdaderos compañeros de generación, de entrada a la literatura, que fueron José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis.

Seguí leyendo con mucha avidez, viendo teatro, asistiendo a muchas exposiciones; la cultura era algo muy cercano al medio donde me movía, y de hecho era un ambiente en el que me sentía muy cómodo, pero como espectador, no como creador. En una ocasión, en una especie de pequeña crisis sentimental me fui a pasar unos días a Tepoztlán, que entonces era todavía más bello que ahora, paradisíaco, aunque entonces era un lugar de muy difícil acceso, se tenía que ir por tren, atravesar las montañas, y el trayecto duraba horas, para llegar a ese pueblo sin luz eléctrica. Entonces alquilé una casa; me fui con mis libros, había decidido pasar una temporada haciendo ejercicio, paseos de montaña, leyendo. A los pocos días, la verdad que no sé ni cómo, si de inmediato o después de cierto tiempo, me asaltó el recuerdo de algunas conversaciones de mi abuela con sus cuñadas y sus amigas, y empecé a escribir un relato, tal vez para entretenerme en la soledad del campo, porque durante la semana no había nadie con quien pudiera yo conversar más allá de lo elemental. Me vino como una fiebre de escribir estas situaciones, de recrear esas historias de familia, transformándolas, dándoles forma de cuento. Después, en la Facultad de Filosofía y Letras tomé un curso como oyente con la dramaturga Luisa Josefina Hernández, que era sobre el estudio de la tragedia griega. Era algo así como Técnica dramática o El drama y sus mecanismos, no recuerdo bien; con ella repasamos las tragedias griegas. Luisa Josefina sostenía que el teatro del mundo entero está basado en la tragedia griega y que a ella vuelve continuamente. Había, decía, hay, Antígonas, Elektras, Edipos y Yocastas por todos lados, que seguían y siguen siendo nuevos, estando vivos. Uno de los ejercicios que nos puso Luisa Josefina y que a mí me gustó mucho era que escogíamos una tragedia, la que fuera, pero había que reescribirla situándola en México, en nuestro siglo, o sea desde el porfiriato hasta los años cincuenta. Luisa Josefina resultó reveladora, por su electricidad, su entusiasmo, la manera en que leía sus monólogos, la libertad con que se expresaba, que en aquella época no era algo común, no era normal expresar la pasión, la sexualidad, lo mucho que de truculento tiene el mundo helénico. Varias veces hice las notas, estructuré las escenas, establecí las características de los personajes y su situación, quién era fulano, qué hacía zutano, qué iba yo a poner en la novela, pero me resultaba prácticamente imposible hacerlos hablar, que hubiera un diálogo suelto, natural. Pienso que ahora es en lo que más soltura tengo en mis novelas, pero en aquel tiempo era imposible. Cuando terminaba de hacer todo el panorama de lo que iba a ser mi tragedia, la releía y me percataba de que era casi un cuento. Trataba de hacer los diálogos y los personajes se me acartonaban, se hacían como de palo, se desplomaban, entonces empezaba a hacer diálogos como "enterrados", que subyacían en la trama, y de esa manera fue como nacieron mis cuentos. Entonces advertí que tenía posibilidades narrativas, aunque si alguna vez pensé que haría carrera con las letras, que de ellas haría mi vida, había creído que escribiría teatro, que sería dramaturgo. En esa época escribí varios cuentos y los publiqué. Después pasaron años en que los libros fueron como un islote; seguía leyendo, trabajaba para editoriales; luego sería en la diplomacia. Tenía una vida que puedo calificar de sabrosa, interesante, divertida, muy cultivada, pero sin ganas de escribir, como que fue un periodo necesario por alguna extraña razón, hasta que en el 61 o 62 me fui de México y en Italia, estando un día en espera de alguien en un café, empecé de nuevo a escribir un cuento en un cuaderno que llevaba para tomar notas. A partir de ese momento supe que mi vida estaba ligada a la literatura, no sólo de manera pasiva, como lector, sino como escritor.

Dando por sentado que ya esa escritura contiene un trazo definido, propiciatorio de un estilo, ¿es valedera la fórmula de Faulkner de que antes de ser poeta hay que ser ensayista, antes de ello novelista, y antes de novelista, cuentista? ¿Qué vigencia cobran estos esquemas de género, en un medio tan abigarrado, tan cálido y a veces sofocante como el latinoamericano, a diferencia de la sobriedad del mundo sajón o teutón?

Yo no me había percatado de la existencia de esa fórmula. Lo que sí le puedo decir es que Faulkner intentó ser poeta, y francamente resultó mediocre y abandonó la poesía. Además hay que tener cuidado, porque Faulkner igual preconizaba que el escritor, y para ese efecto, cualquiera, debía someterse a todas las experiencias posibles, así sugería que el aprendiz de escritor se desempeñara durante algún tiempo como mesero en el burdel de peor ralea de la ciudad, para que viviera de cerca las más bajas o las más pintorescas pasiones, entre alcahuetes, prostitutas y viciosos... No. Yo creo que es cuestión de circunstancias muy personales, de antecedentes, de vocación. A lo mejor es hasta una cuestión de herencia, la inclinación a cierta manera de manifestarse artísticamente. Octavio Paz saltó desde el principio a la poesía y al ensayo, y diseñó una literatura particular, sí, pero para todo el mundo, también...

Y sí escribió novelas... ¿no ve que Vicente Fox afirmó haberlas leído todas?

Sí. [Ríe.] No sé qué esperar realmente de la política cultural del señor Fox...

Usted afirma que es necesario el antecedente clásico en toda literatura, al menos en el ámbito formativo. ¿Cómo explicar entonces a buena parte de la literatura del boom o de la onda, la obra de Parménides García Saldaña o el mismo José Agustín?

El caso de José Agustín es lo que decía de la inclinación natural a la literatura. Aunque comenzó a publicar muy joven, con el tiempo creció su avidez por el conocimiento. Sin duda es un escritor cultísimo, que fue nutriendo su obra de leer a los clásicos y a muchos otros autores. Experimentó, o debió hacerlo, esa avidez por la lectura. Por eso cada vez fue escribiendo mejor. Y creo que la mayoría de los escritores de ahora, en su momento cada quien, nos hemos empapado de la literatura de los clásicos y han formado parte importantísima sus obras de las nuestras. Pero no hay recetas. Quizá la mejor es leer mucho y conocer, adentrarse en la literatura del pasado para poder dar el salto a otras cosas. 

No hay procedimientos comunes, lo que para uno es veneno, para otro resulta necesario. La individualidad tiene que manifestarse. Yo les digo esto a los escritores jóvenes porque a veces, en los talleres, les enseñan a escribir como si hubiera formas absolutas. Hay ciertas cosas básicas, pero se me ocurre que algunos recursos que a Nabokov lo hubieran llevado al desastre, a Hemingway o a Dos Pasos les sirvieron enormemente para desarrollar su literatura.

¿Viajar es indispensable? Confieso que la pregunta lleva cierta malicia, por los títulos de algunos de sus libros...

Acuérdese de que también hay gente que no salió nunca de su pueblo o de su región. Viajar quizá mentalmente sí es indispensable, no ponerse límites, no cerrarse, no crearse formas aldeanas, sino concebir el mundo como amplio y diferente, saber que uno es un granito en ese inmenso mundo y que no hay nada eterno. Hay escritores que necesitan el movimiento, como Hemingway. Yo, por ejemplo, muchos escritores mexicanos, como Pellicer, que vivió veintiocho años viajando por el mundo; Paz, Fuentes, Monsiváis, Gutiérrez Vega, Poniatowska, García Ponce... Creo que es muy necesario, pero hay gente que no salió de su lugar de origen y que hizo libros fabulosos, como Emily Brönte, encerrada en un cuarto perdido en un páramo y escribe Cumbres borrascosas. El mismo Faulkner, que viajó un poco por la primera guerra mundial para después meterse de vuelta a su pueblo, y fuera de unos cuantos viajes a Los Angeles, por contrato de trabajo, regresaba siempre a ese Oxford Mississippi del que no salía y le era suficiente. Ahí tampoco hay reglas.

¿Veremos algún proyecto de narrativa que retome la gran novela satírica que se propuso escribir a finales de los cincuenta y que ha desarrollado a lo largo de su obra? ¿Existe la posibilidad de recuperar la narrativa después de los últimos ensayos que ha publicado?

Estos últimos libros que he escrito, por ejemplo, El arte de la fuga, que concebí como ensayo, cuando lo envié a las dos editoriales que me publican, una en México y otra en España (Era y Anagrama), sin ponerse de acuerdo entre ellos, después de leerlo lo metieron en sus colecciones de novela, porque está escrito con estructura narrativa. El viaje, que pensaba yo que iba a ser una crónica de mis viajes, a final de cuentas también se me convirtió en otra cosa, todavía mucho más libertaria que los otros libros que he escrito. Y no, no me propongo nada ya ahora en forma categórica, sino lo que vaya sintiendo por instinto, que quiera y que me motive a escribir.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Sueños y desvelos

El martes pasado hablamos acerca de los sueños en ABRA nuestro taller. Leímos los sueños de Sergio Pitol y de Manuel Vicent y hablamos acerca de los nuestros. Acá entrego un texto mío que pertenece a un grupo que llamo "Pequeños textos", que habla de sueños y desvelos míos y de mi familia.



De sueños y desvelos ( de Pequeños textos) Inédito

"Cierra bien la puerta, hermano, dice la vieja canción de cuna, cierra bien la puerta hermano, será larga la noche."

Amanezco como si hubiera sobrevivido a una batalla: el pelo revuelto, el dolor en la espalda, la mirada extraviada, ese cansancio de siglos, si me preguntan algo no consigo articular palabra ni expresar aquello que deseo como si todavía no perteneciese a este mundo, como si aún tuviese que obedecer otras reglas, comunicarme en otro lenguaje, aceptar otras dimensiones. La noche sin duda ha sido larga.

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Mi madre se desvelaba por las noches. En la oscuridad de su dormitorio convertía sus problemas en seres fantásticos. Alfiles y caballos de ajedrez vestidos de etiqueta, unos de blanco y otros de negro danzaban para ella una danza de muerte, se acercaban y alejaban ante sus ojos caballeros medievales con las bocas apretadas como si estuviesen cosidas se enfrentaban en una batalla en donde intentaban atravesarse con espadas de doble filo. Como si la hubiesen herido con la punta de una de las espadas, como si estuviese desangrándose, mi madre se despertaba en medio de la noche y rompía el silencio con un quejido que nos hacía acordar a los animales atrapados, sin escapatoria.
Mi padre la calmaba, escuchaba con paciencia los problemas que la atormentaban tratando de dar solución aunque sea aparente, a todos ellos. Aliviada mi madre recostaba la cabeza en la almohada y pronto dormía con aire feliz, como si estuviese asomada a la ventana de un tren. Si alguien la hubiese observado con detenimiento, hubiese podido ver en su rostro el paisaje que la llenaba de gozo.
Mientras, mi padre agobiado con los problemas trasladados por mi madre, sometido a esa ley que regía en su habitación: existía capacidad para que solo uno pudiese soñar, se disponía a presenciar la batalla, los caballos y los alfiles blancos y negros con las bocas cerradas herméticas, decididos a cruzar el cuerpo enemigo con la espada que mata.




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Cada paso que intento dar en mi sueño demora y mi imagen queda congelada mientras desde lo alto alcanzo a ver mis alargadas piernas que cruzan una ciudad entera temiendo aplastar a sus liliputienses habitantes, como esa ilustración que recuerdo de ese gato que caminó siete leguas enfundado en botas rojas.

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Una noche tras despertar a mi padre le anuncié que en esos instantes una tropa de soldados hacía añicos los vidrios de las ventanas de los altos de nuestra casa produciendo un estruendo que me aterrorizaba.
¿No escuchas los aviones que vienen dispuestos a bombardearnos Le pregunté.
Sin perder la seriedad, entre dormido y despierto, mi padre me respondió:
No te preocupes, ponte el casco y sigue luchando.
Corrí obediente a mi cama dispuesta a encasquetarme Y enfrentar la invasión de esos extraños , que si no se los detenía, llegarían otra vez hasta Cajamarca, causando iguales desgracias que las que mi abuela había relatado con ese tono terrible de voz que de más niña me había impresionado hasta las lágrimas al explicar los sufrimientos que había vivido durante la guerra con un país vecino-
Una vez en mi cama intenté inútilmente dormir ansiosa de representar mi papel de heroína de la patria. Al rato en la oscuridad de mi habitación pude ver la danza de los alfiles y caballos guerreros que ante mis asombrados ojos se desgarraban destrozándose.