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jueves, 23 de febrero de 2017

¿Por qué escriben Octavio y Clarice ?

Octavio Paz dice:

“He escrito y escribo movido por impulsos contrarios: para penetrar en mí y para huir de mí, por amor a la vida y para vengarme de ella, por ansia de comunión y para ganarme unos centavos, para preservar el gesto de una persona amada y para conversar con un desconocido, por deseo de perfección y para desahogarme, para detener el instante y para echarlo a volar”.


Clarice Lispector dice:

"Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo : estoy de sobra y no hay lugar para mí en el mundo de los hombres.

Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días."

domingo, 13 de septiembre de 2015

La magnífica Clarice

La semana pasada tuvimos a la magnífica Clarice en Abra nuestro taller de lectura. Hicimos sus crónicas periodísticas.
Acá algunas frases suyas.

"Lo que es verdaderamente inmoral es haber desistido de uno mismo.”
“Quién sepa la verdad que venga. Y que hable. Escucharemos afligidos.”
“Creo que ahora tendré que pedir permiso para morir un poco. Con permiso, ¿eh? No tardo. Gracias.” ...
“Lo único que estropea la felicidad es el miedo”
"La forma del caballo representa lo mejor del ser humano. Tengo un caballo dentro de mí que raramente se expresa. Pero cuando veo a otro caballo entonces el mío se expresa. Su forma habla."

"Y fue tan cuerpo que fue puro espíritu."
Lo indecible me será dado solamente a través del lenguaje.
No se equivoquen: la sencillez sólo se logra a través del trabajo duro.
¡Quién sabe a qué oscuridad de amor puede llegar el cariño!
El futuro es mío en tanto vivo.
Al final, ¿Qué importa más: vivir o saber que se está viviendo?
Sólo mucho después iba a comprender que estar también es dar.
Escribir es tratar de entender, es tratar de reproducir lo irreproducible.
Yo misma puedo morir de ser ante mí. La soledad está mezclada en mi esencia.
“Hay cosas indestructibles que acompañan el cuerpo hasta la muerte como si hubieran nacido con él. Y una de esas es lo que surge entre un hombre y una mujer que viven juntos ciertos momentos.”
 

domingo, 10 de agosto de 2014

Estado de gracia

En Abra leímos un texto  de Clarice Lispector en el que se refiere al  Estado de gracia:

 
Quien ya conoció el estado de gracia reconocerá lo que voy a decir. No me refiero a la inspiración, que es una gracia especial que tantas veces les adviene a los que lidian con el arte. El estado de gracia del que hablo no se usa para nada. Es como si viniera tan solo para que se sepa que realmente se existe. En este estado, además de la tranquila felicidad que irradia de personas y cosas, hay una lucidez que sólo puede llamar leve porque en la gracia todo es tan, tan leve. Es la lucidez de quien no adivina más: sin esfuerzo, sabe. Sólo eso: sabe. No pregunten qué, porque sólo puedo responder del mismo modo infantil: sin esfuerzo, sabe. Y hay una bienaventuranza física que a nada se compara. El cuerpo se transforma en un don. Y se siente que es un don porque se está experimentando, en una fuente discreta, la dádiva indudable de existir materialmente.
 

 
En el estado de gracia se ve a veces la profunda belleza, antes inalcanzable, de otra persona. Todo, además, gana una especie de nimbo que no es imaginario: viene del esplendor de la irradiación casi matemática de las cosas y las personas. Se pasa a sentir que todo lo que existe -persona o cosa- respira y exhala una especie de finismo resplandor de energía. La verdad del mundo es impalpable.
 


 
No es ni lejanamente lo que imagino que es el estado de gracia de los santos. Ese estado jamás lo conocí y ni siquiera logro adivinarlo. Es sólo el estado de gracia de una persona común que súbitamente se vuelve totalmente real porque es común y humana y reconocible.
 



 
Los hallazgos en ese estado son indecibles e incomunicables. Y por eso es que, en ese estado de gracia, me mantengo sentada, quieta, silenciosa. Es como una anunciación. Y no estando precedida por los ángeles que, supongo, anteceden al estado de gracia de los santos, es como si el ángel de la vida viniera a anunciarme al mundo.
 



 
Después, lentamente, se sale. No como si se hubiera estado en trance -no hay ningún trance-, se sale lentamente, con un suspiro de quien tuvo el mundo tal cual es. También es un suspiro de saudade. Pues habiendo experimentado recibir un cuerpo y un alma y la tierra, se quiere más y más. Inútil querer: solo viene cuando quiere y espontáneamente.
 



 
No sé por qué, pero creo que los animales entran con más frecuencia en la gracia de existir que los humanos.
 



 
Sólo que ellos no lo saben, y los humanos lo notan. Los humanos tienen obstáculos que no dificultan la vida de los animales, como un raciocinio, lógica, comprensión. Entre tanto los animales tienen el esplendor de o que es inmediato y se dirige sin interferencias.
 



 
Dios sabe lo que hace: creo que está bien que el estado de gracia no se nos conceda con frecuencia. Si así fuera, tal vez pasaríamos definitivamente hacia el otro lado de la vida, que también es real pero nadie nos entendería jamás. Perderíamos el lenguaje en común.
 



 
También es bueno que no venga tantas veces como yo querría. Porque podría habituarme a la felicidad -olvidé decir que en estado de gracia se es feliz. Habituarse a la felicidad sería un peligro. Seríamos más egoístas, porque las personas felices lo son, menos sensibles al dolor humano, no sentiríamos la necesidad de ayudar a quienes lo necesiten -todo por tener en la gracia la compensación y el resumen de la vida.
 



 
No, incluso si de mi dependiera, no querría tener con mucha frecuencia el estado de gracia. Sería como caer en un vicio, me atraería como un vicio, me volvería contemplativa como los fumadores de opio. Y si apareciera más a menudo, estoy segura de que yo abusaría: empezaría querer a vivir permanentemente en gracia. Y esto representaría una fuga imperdonable del destino simplemente humano, que se hace con lucha y sufrimiento y es perplejidad y alegrías menores.
 



 
También es bueno que el estado de gracia dura poco. Si durara mucho, bien lo sé yo que reconozco mis ambiciones casi infantiles, acabaría intentando entrar en los misterios de la naturaleza. En lo que intentara por otra parte estoy segura de que desaparecería la gracia. Pues ella es dádiva y, si nada exige, se desvanecería si pasáramos a exigirle a ella una respuesta. Es necesario no olvidar que el estado de gracia es solamente una pequeña abertura hacia una tierra que es una especie de calmo paraíso, pero que no es la entrada a ésta, ni que da derecho a comer de los frutos de sus quintas.
 



 
Se sale del estado de gracia con el rostro límpido, los ojos abiertos y pensativos y, aunque no se haya sonreído, es como si el cuerpo todo viniera de una sonrisa suave. Y se sale mejor criatura de lo que entró. Se probó algo que parece redimir la conicidad humana, aunque al mismo tiempo se acentúan los estrechos límites de esa condición. Y precisamente porque después de la gracia la condición humana se revela en su pobreza implorante, se aprende a amar más, a perdonar más, a esperar más. Se pasa a tener una especie de confianza en el sufrimiento y en sus caminos tantas veces intolerables.

 
 


Hay días que son tan áridos y desérticos que yo daría años de mi vida a cambio de unos minutos de gracia.


Esto nos llevó a la palabra Epifanía usada por James Joyce:
La real academia de la lengua da dos acepciones de la palabra Epifanía:
1. f. Manifestación, aparición.
2. f. Festividad que celebra la Iglesia anualmente el día 6 de enero.


EPIFANÍA SEGÚN JAMES JOYCE


LA EPIFANÍA es una revelación, es una iluminación que ofrece al sujeto-personaje una visión simbólica y específica de su realidad.

ES EL DESCUBRIMIENTO DE UNA VERDAD ÍNTIMA,PERSONAL Y ESENCIAL de la que no se tenía
conocimiento anteriormente.Es un TOMAR CONCIENCIA DE UNO MISMO Y DE TU YO INTERIOR .

LA EPIFANÍA permite que caiga el velo de la costumbre, nos muestra la MEDIOCRIDAD DE LA VIDA
BURGUESA (O DE LA VIDA SIMPLEMENTE), CUESTIONA EL STATU QUO AFECTIVO Y EXISTENCIAL. La realidad social ,local, nacional, las identidades personales y nacionales son fuertemente puestas en tela de juicio. Es el descubrimiento doloroso de la naturaleza vulgar de la realidad urbana(tanto en Dublín como en cualquier otra ciudad)
La nota dominante es la melancolía, la inseguridad, la revelación de las mezquindades de la gente, el rompimiento
de los ideales, de las fantasías románticas que afectan a los sujetos más soñadores o frágiles.

La realidad se ve con desapego, con ironía, con distancia. ( Tomado del blog laentradacuestalarazon.blogspot.com

Repentina manifestación del espíritu.

viernes, 13 de enero de 2012

Un cuento de Clarice

La pasión humana, el deseo sexual, es algo que muy pocas personas pueden controlar. Habitan en nosotros y se manifiestan de todos modos. La madre Clara supo oír sus deseos y atreverse a vivir. Mejor que arder, de Clarice Lispector .Era alta, fuerte, con mucho cabello. La madre Clara tenía bozo oscuro y ojos profundos, negros. Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla amparada en el seno de Dios. Obedeció. Cumplía sus obligaciones sin reclamar. Las obligaciones eran muchas. Y estaban los rezos. Rezaba con fervor. Y se confesaba todos los días. Todos los días recibía la hostia blanca que se deshacía en la boca. Pero empezó a cansarse de vivir sólo entre mujeres. Mujeres, mujeres, mujeres. Escogió a una amiga como confidente. Le dijo que no aguantaba más. La amiga le aconsejó: -Mortifica el cuerpo. Comenzó a dormir en la losa fría. Y se fustigaba con el cilicio*. De nada servía. Le daban fuertes gripas, quedaba toda arañada. Se confesó con el padre. Él le mandó que siguiera mortificándose. Ella continuó. Pero a la hora en que el padre le tocaba la boca para darle la hostia se tenía que controlar para no morder la mano del padre. Éste percibía, pero nada decía. Había entre ambos un pacto mudo. Ambos se mortificaban. No podía ver más el cuerpo casi desnudo de Cristo. La madre Clara era hija de portugueses y, secretamente, se rasuraba las piernas velludas. Si supieran, ay de ella. Le contó al padre. Se quedó pálido. Imaginó que sus piernas debían ser fuertes, bien torneadas. Un día, a la hora de almuerzo, empezó a llorar. No le explicó la razón a nadie. Ni ella sabía por qué lloraba. Y de ahí en adelante vivía llorando. A pesar de comer poco, engordaba. Y tenía ojeras moradas. Su voz, cuando cantaba en la iglesia, era de contralto. Hasta que le dijo al padre en el confesionario: -¡No aguanto más, juro que ya no aguanto más! Él le dijo meditativo: -Es mejor no casarse. Pero es mejor casarse que arder. Pidió una audiencia con la superiora. La superiora la reprendió ferozmente. Pero la madre Clara se mantuvo firme: quería salirse del convento, quería encontrar a un hombre, quería casarse. La superiora le pidió que esperara un año más. Respondió que no podía, que tenía que ser ya. Arregló su pequeño equipaje y salió. Se fue a vivir a un internado para señoritas. Sus cabellos negros crecían en abundancia. Y parecía etérea, soñadora. Pagaba la pensión con el dinero que su familia le mandaba. La familia no se hacía el ánimo. Pero no podían dejarla morir de hambre. Ella misma se hacía sus vestiditos de tela barata, en una máquina de coser que una joven del internado le prestaba. Los vestidos los usaba de manga larga, sin escote, debajo de la rodilla. Y nada sucedía. Rezaba mucho para que algo bueno le sucediera. En forma de hombre. Y sucedió realmente. Fue a un bar a comprar una botella de agua. El dueño era un guapo portugués a quien le encantaron los modales discretos de Clara. No quiso que ella pagara el agua. Ella se sonrojó. Pero volvió al día siguiente para comprar cocada. Tampoco pagó. El portugués, cuyo nombre era Antonio, se armó de valor y la invitó a ir al cine con él. Ella se rehusó. Al día siguiente volvió para tomar un cafecito. Antonio le prometió que no la tocaría si iban al cine juntos. Aceptó. Fueron a ver una película y no pusieron la más mínima atención. Durante la película estaban tomados de la mano. Empezaron a encontrarse para dar largos paseos. Ella con sus cabellos negros. Él, de traje y corbata. Entonces una noche él le dijo: -Soy rico, el bar deja bastante dinero para podernos casar ¿Quieres? -Sí -le respondió grave. Se casaron por la iglesia y por lo civil. En la iglesia el que los casó fue el padre, quien le había dicho que era mejor casarse que arder. Pasaron la luna de miel en Lisboa. Antonio dejó el bar en manos del hermano. Ella regresó embarazada, satisfecha y alegre. Tuvieron cuatro hijos, todos hombres, todos con mucho cabello.