domingo, 4 de diciembre de 2016

Al correr de la pluma 11






Esta semana estuve transportada a la Habana  porque estoy leyendo a Zóe Valdez, escritora exiliada de Cuba hace ya muchos años, que vive en París y no siente ninguna lástima por la muerte de Fidel.
Antes cuando leíamos  soñábamos con escuchar la música a la que hacían referencia los cuentos o la novela que estábamos leyendo. Ahora podemos llegar a ellos haciendo un clic con nuestro mouse.  Así llegué a los músicos cubanos famosos, que cantan apasionados boleros.
A veces nos preguntamos qué podemos regalar a alguien que queremos. No se nos ocurre nada. Tal vez habría que regalar lo que nos gusta a nosotros. Dar aquello que nos encanta imaginando que acertaremos.
Sigo todavía muy contenta con la publicación del libro de Chiara, mi hija menor. Lo terminé de leer y lo disfruté muchísimo, un sentido del humor original, historias verdaderas contadas con su propia voz, le deseo lo mejor, que persevere, que siga escribiendo y entregándonos sus artículos, sus historias, sus cuentos.
Debo prepararme para estos días de fin de año a los que les temo. El tráfico, la premura, la exigencia, las invitaciones muy agradables pero que se cruzan o no nos alcanza el tiempo.

Celebramos el haber estado juntas un año más en nuestro taller de lectura. ABRA es para mi el regalo de la vida, la felicidad de compartir, el encanto de estar  con personas encantadoras, originales, hermosas. Ha sido un muy buen año para  ABRA, tenemos dos “chicas” nuevas, fuera de serie. En Abra se aprende que cada persona es un universo, un mundo de ideas y pensamientos, de historias, de vivencias, distintas y maravillosas voces. 

Música cubana COMO FUE - BENY MORE

Bola de Nieve. Tu me has de querer

Estamos en la calle: entrevista a Chiara Roggero


Un orgullo que Chiara haya publicado su primer libro, me ha gustado mucho, admiro su sentido del humor, su audacia, su crítica a la sociedad en la que vive. Tiene su propia voz y escoge distintas maneras de contar.

Un cuento del escritor cubano Reinaldo Arenas

Con los ojos cerrados: cuento.


Reinaldo Arenas
A usted sí se lo voy a decir, porque sé que si se lo cuento a usted no
se me va a reír en la cara ni me va a regañar. Pero a mi madre no. A
mamá no le diré nada, porque de hacerlo no dejaría de pelearme y de
regañarme. Y, aunque es casi seguro que ella tendría la razón, no quiero
oír ningún consejo ni advertencia.

Por eso. Porque sé que usted no me va a decir nada, se lo digo todo. Ya
que solamente tengo ocho años voy todos los días a la escuela. Y aquí
empieza la tragedia, pues debo levantarme bien temprano -cuando el pimeo
que me regaló la tía Grande Ángela sólo ha dado dos voces -porque la
escuela está bastante lejos.

A eso de las seis de la mañana empieza mamá a pelearme para que me
levante y ya a las siete estoy sentado en la cama y estrujándome los
ojos. Entonces todo lo tengo que hacer corriendo: ponerme la ropa
corriendo, llegar corriendo hasta la escuela y entrar corriendo en la
fila pues ya han tocado el timbre y la maestra está parada en la puerta.

Pero ayer fue diferente ya que la tía Grande Ángela debía irse para
Oriente y tenía que coger el tren antes de las siete. Y se formó un
alboroto enorme en la casa. Todos los vecinos vinieron a despedirla, y
mamá se puso tan nerviosa que se le cayó la olla con el agua hirviendo
en el piso cuando iba a pasar el agua por el colador para hacer el café,
y se le quemo un pie.

Con aquel escándalo tan insoportable no me quedó más remedio que
despertarme. Y, ya que estaba despierto, pues me decidí a levantarme.

La tía Grande Ángela, después de muchos besos y abrazos, pudo marcharse.
Y yo salí en seguida para la escuela, aunque todavía era bastante temprano.

Hoy no tengo que ir corriendo, me dije casi sonriente. Y eché a andar
bastante despacio por cierto. Y cuando fui a cruzar la calle me tropecé
con un gato que estaba acostado en el contén de la acera. Vaya lugar que
escogiste para dormir -le dije-, y lo toqué con la punta del pie. Pero
no se movió. Entonces me agaché junto a él y pude comprobar que estaba
muerto. El pobre, pensé, seguramente lo arrolló alguna máquina, y
alguien lo tiró en ese rincón para que no lo siguieran aplastando. Qué
lástima, porque era un gato grande y de color amarillo que seguramente
no tenía ningún deseo de morirse. Pero bueno: ya no tiene remedio. Y
seguí andando.

Como todavía era temprano me llegué hasta la dulcería, porque aunque
está lejos de la escuela, hay siempre dulces frescos y sabrosos. En esta
dulcería hay también dos viejitas de pie en la entrada, con una.jaba
cada una, y las manos extendidas, pidiendo limosnas... Un día yo le di
un medio a cada una, y las dos me dijeron al mismo tiempo: Dios te haga
un santo. Eso me dio mucha risa y cogí y volví a poner otros dos medios
entre aquellas manos tan arrugadas y pecosas. Y ellas volvieron a
repetir Dios te haga un santo, pero ya no tenía tantas ganas de reírme.
Y desde entonces, cada vez que paso por allí, me miran con sus caras de
pasas pícaras y no me queda. más remedio que darles un medio a cada
tina. Pero ayer sí que no podía darles nada, ya que hasta la peseta de
la merienda la gasté en tortas de chocolate. Y por eso salí por la
puerta de atrás, para que las viejitas no me vieran.

Ya sólo me faltaba cruzar el puente, caminar dos cuadras y llegar a la
escuela.

En ese puente me paré un momento porque sentí una algarabía enorme allá
abajo, en la orilla del río. Me arreguindé a la baranda y miré: un coro
de muchachos de todos tamaños tenían acorralada una rata de agua en un
rincón y la acosaban con gritos y pedradas. La rata corría de un extremo
a otro del rincón, pero no tenía escapatoria y soltaba unos chillidos
estrechos y desesperados. Por fin, uno de los muchachos cogió una vara
de bambú y golpeó con fuerza sobre el torno de la rata, reventándola.
Entonces todos los demás corrieron hasta donde estaba el animal y
tomándolo, entre saltos y gritos de triunfo, la arrojaron hasta el
centro del río. Pero la rata muerta no se hundió. Siguió flotando
bocarriba hasta perderse en la corriente.

Los muchachos se fueron con la algarabía hasta otro rincón del río. Y yo
también eché a andar.

Caramba -me dije-, qué fácil es caminar sobre el puente. Se puede hacer
hasta con los ojos cerrados, pues a un lado tenernos las rejas que no lo
dejan a uno caer al agua y del otro, el contén de la acera que nos avisa
antes de que pisemos la calle. Y para comprobarlo cerré los ojos y seguí
caminando. Al principio me sujetaba con una mano a la baranda del
puente, pero luego ya no fue necesario. Y seguí caminando con los ojos
cerrados. Y no se lo vaya usted a decir a mi madre, pero con los ojos
cerrados uno ve muchas cosas, y hasta mejor que si los lleváramos
abiertos... Lo primero que vi fue una gran nube amarillenta que brillaba
unas veces más fuerte que otras, igual que el sol cuando se va cayendo
entre los árboles. Entonces apreté los párpados bien duros y la nube
rojiza se volvió de color azul. Pero no solamente azul, sino verde.
Verde y morada. Morada brillante como si fuese un arcoiris de esos que
salen cuando ha llovido mucho y la tierra está casi ahogada.

Y, con los ojos cerrados, me puse a pensar en las calles y en las cosas;
sin dejar de andar. Y vi a mi tía Grande Ángela saliendo de la casa.
Pero no con el vestido de bolas rojas que es el que siempre se pone
cuando va para Oriente, sino con un vestido largo y blanco. Y de tan
alta que es parecía un palo de teléfono envuelto en una sábana. Pero se
veía bien.

Y seguí andando. Y me tropecé de nuevo con el gato en el contén. Pero
esta vez, cuando lo rocé con la punta del pie, dio un salto y salió
corriendo, Salió corriendo el gato amarillo brillante porque estaba vivo
y se asustó cuando lo desperté. Y yo me reí muchísimo cuando lo vi
desaparecer, desmandado y con el lomo erizado que parecía soltar chispas.

Seguí caminando, con los ojos desde luego bien cerrados. Y así fue como
llegué de nuevo a la dulcería. Pero como no podía comprarme ningún dulce
pues ya me había gastado hasta la última peseta de la merienda, me
conformé con mirarlos a través de la vidriera. Y estaba así, mirándolos,
cuando oigo dos voces detrás del mostrador que me dicen: ¿No quieres
comerte algún dulce? Y cuando alcé la cabeza vi que las dependientes
eran las dos viejitas que siempre estaban pidiendo limosas a la entrada
de la dulcería. No supe qué decir. Pero ellas parece que adivinaron mis
deseos y sacaron, sonrientes, una torta grande y casi colorada hecha de
chocolate y de almendras. Y me la pusieron en las manos.

Y yo me volví loco de alegría con aquella torta tan grande y salí a la
calle.

Cuando iba por el puente con la torta entre las manos, oí de nuevo el
escándalo de los muchachos. Y (con los ojos cerrados) me asomé por la
baranda del puente y los vi allá abajo, nadando apresurados hasta el
centro del río para salvar una rata de agua, pues la pobre parece que
estaba enferma y no podía nadar.

Los muchachos sacaron la rata temblorosa del agua y la depositaron sobre
una piedra del arenal para que se oreara con el sol. Entonces los fui a
llamar para que vinieran hasta donde yo estaba y comernos todos juntos
la torta de chocolate, pues yo solo no iba a poder comerme aquella torta
tan grande.

Palabra que los iba a llamar. Y hasta levanté las manos con la torta y
todo encima para que la vieran y no fueran a creer que era mentira lo
que les iba a decir, y vinieron corriendo. Pero entonces, puch, me pasó
el camión casi por arriba en medio de la calle que era donde, sin darme
cuenta, me había parado.

Y aquí me ve usted: con las piernas blancas por el espatadrapo y el
yeso. Tan blancas como las paredes de este cuarto, donde sólo entran
mujeres vestidas de blanco para darme un pinchazo o una pastilla también
blanca.

Y no crea que lo que le he contado es mentira. No vaya a pensar que
porque tengo un poco de fiebre y a cada rato me quejo del dolor en las
piernas, estoy diciendo mentiras, porque no es así. Y si usted quiere
comprobar si fue verdad, vaya al puente, que seguramente debe estar
todavía, toda desparramada sobre el asfalto, la torta grande y casi
colorada, hecha de chocolate y almendras, que me regalaron sonrientes
las dos viejecitas de la dulcería.


Reinaldo Arenas nació en Holguín, Oriente, Cuba en 1943. Pasó su primera
infancia en el campo, hecho que lo marcó como escritor, según sus
propias palabras :El hecho de haber sido un niño aislado y haber crecido
en una granja, lejos de la gente y de la civilización y en condiciones
de pobreza, constituyó un factor motivador importante en mi formación de
escritor. En mis libros trato de comunícar mi felicidad y mi
infelicidad, mi soledad y mi esperanza.

La luna y el bastón, un cuento de Zoe.

 La luna y el bastón por Zoe Valdez 

bueno, he de contaros que mi familia es de origen gallego, (galicia españa), esto lo digo porque en argentina todos los españoles son gallegos, y quería especificar un poco más.
este cuento me ha recordado al menos la parte de las brujas y demás, a los cuentos que oía de niño, y por eso siento como un poco más de cercanía.
aquí os va el cuento, y espero lo disfrutéis.
Míguel.
Zoé Valdés (Cuba) La luna y el bastón
No es nada fácil ser nieto de unos abuelos imposibles. Sobre todo conociendo que a los abuelos les da la chochería de la vejez con cogerles un amor irracional a los hijos de sus hijos. Como si a través de ellos pudieran alargar su existencia; afanados en aferrarse a la vida sé encaprichan en los chicos con una venera-ción rayana en la demencia. Pepe Babalú había sido criado por los padres de sus padres. Es decir por el negro Dupont y la gallega Clemencia. Las primeras palabras que escuchó Pepe Babalú, en realidad, fue una discusión muy acalorada, a grito pelado. Apenas había transcurrido una hora de su nacimiento. Clemencia deseaba bautizarlo con el nombre de José, y Dupont se negaba contrariado justificando su negativa con el hecho de que ya él había escogido el nombre de Babalú, en honor de su santo Babalú Ayé, al cual él había prometido que si su nieto nacía varón, como era el caso, pues le pondría tal nombre.
-¿Y por qué no Lázaro? -preguntó Clemencia con los brazos en jarra haciendo alusión al nombre católico del santo.
-Porque ya le prometí que sería Babalú, no voy a contradecirlo -replicó Dupont.
-¿No te das cuenta de que se burlarán de él en la escuela? José Babalú suena a predestinado.
-¿Y qué? Tal vez lo sea, puesto que nació un 17 de diciembre. -Fecha dedicada al viejito milagroso.
-No voy a permitir ese nombre, no hay más que hablar... -cortó seca Clemencia.
-¡¿Qué te has creído, vieja bruja, que eres su dueña absoluta?!
-¡Tampoco lo eres tú! Preguntémosle a la niña... Es ella quien debe decidir. ¿Verdad, hija mía, que ese nombre no te gusta? -Clemencia se dirigió a la recién parida.
Mientras los abuelos discutían, las miradas de los padres del bebé iban de un rostro al otro como en un torneo de ping-pong, sin decir ni esta boca es mía. Por fin el padre se pronunció:
-Yo desearía... en fin... no sé qué tú piensas, Dulce, creo que... A mí me gusta mucho, yo le llamaría simplemente Javier.
-¡Ah, no, Javier no se puede achicar, no podré decirle Javierito, suena bobo! -protestó la
esposa-. Yo había pensado en Mauricio, era  algo que habíamos convenido de antemano.
-¿Por qué no Javier Mauricio? Además, Mauricio tampoco se puede achicar. ¿Te parece lógico llamarle «Mauricito, ven acá»? Por favor, ; Dulce, es lo más anodino que he oído -no estuvo de acuerdo el padre de la criatura.
-¡Qué dos nombres horribles! El mejor es José, como tu abuelo, Dulcita, hija, como mi padre, que en gloria esté.
-Yo les señalo que no sería bueno para el niño el hecho de que yo renunciara a la promesa que le hice a san Lázaro.
-Y yo insisto en que san Lázaro estará de acuerdo conmigo de que no hay por qué echarle a perder la infancia a un inocente con ese nombre tan ridículo. Además de que eso lo marca, ¡paf, religioso! Es como si a mí se me ocurriera ponerle «Cristo». Y tú sabes que yo soy tan creyente como tú, pero no es justo. Además, somos nosotros quienes vamos a estar lidiando con el bebé, ya que ustedes dos -dijo señalando a los padres- son científicos y apenas salen del laboratorio ese de ratones, y no llegan a la casa hasta las tantas de la noche; pues como seremos los abuelos quienes más responsabilidades tendremos con el crío, al menos debemos sentirnos a gusto, familiarizados, digo yo... En cuanto a ese nombretico de Babalú, no viene al caso, porque añado que como abuela que soy quedaré más tiempo a su cuidado, no me separaré de él. Por lo tanto, José es el nombre justo, corto, fácil, y honrará a mi padre, su bisabuelo. Dicho y hecho, se llamará José.
-José Babalú -rumió áspero Dupont. El padre salió a fumar un cigarro, y la madre se durmió extenuada. Clemencia reviró los ojos a su marido, sin embargo aceptó esta segunda opción mascullando algo entre dien-tes, seguramente una maldición gallega.
De más está decir que el José se transformó muy pronto en Pepe. Y al niño no le quedó más remedio que adaptarse al estrambótico apodo, que una vez matriculado en la escuela sus condiscípulos le endilgaron, Pepe Baba, o Pepe el Baba. Es cierto que Pepe le agradaba más, pero cuando su abuelo explicaba el origen de su segundo nombre, y las razones por las cuales lo había elegido, se sentía orgulloso de llevar el nombre de un santo milagroso y venerado. Pero con quien más conversaba era con la abuela Clemencia, pues daba pena verla horas y horas, sentada frente a una hoguera, detrás de la casa, en el patio, hablando sola, o mejor dicho, sola no, con el fuego. Mientras eso hacía, las manos acalambradas de la anciana acariciaban una moneda de plata, arrugada y con los bordes desiguales, desgastados por el tiempo.
-Es la luna de mi tierra, hijito. Mi padre, tu bisabuelo, la arrancó del cielo para mí. Sabes, yo nací muy lejos de aquí, en Ribadavia; antes de viajar a Cuba mi madre pidió que le trajera la luna. Él fue a buscarla, a su regreso mi madre había muerto, yo acababa de nacer. Él enterró a mamá, y una semana después se montó en un barco conmigo. Llegué a La Habana con sólo algunos días de nacida, no sé cómo pude resistir el viaje. De pequeña él me hablaba mucho de la luna de su tierra, y me la mostraba, digo, me enseñaba esta moneda, y lloraba por mi madre... Luego, al tiempo, se enamoró y se casó aquí con otra y tuve hermanos. Pero, a solas, él y yo siempre hablábamos de allá, de la ría, del fuego, de la luna. Sacaba del bolsillo la moneda, y de pronto, en la noche brillaban dos astros por igual. Entonces a mí me dio por acurrucarme en un rincón del patio, encender un fósforo y prender las yaguas, escuchaba que el fuego me decía cosas, y yo le respondía, así pasaba horas de horas. La mujer de mi viejo la cogió con insultarme, con cacarear que yo estaba embrujada, que no era normal como los otros chicos. Mi padre me observaba consternado, hasta que explicó ese algo dentro de mí que yo misma no comprendía, que yo no podía saber. «Tú eres meiga, hija», dijo. A partir de entonces me dejaron tranquila, mi madrastra no fastidió más, y yo seguí cantándole al fuego, escuchándolo sobre todo.
Pepe Babalú se encantaba con esas historias. Su abuela era maga, que era la traducción que él podía hacer de meiga, y esto, claro está, lo colocaba en una posición ventajosa respecto a sus compañeros de clase. En varías ocasiones Dupont llegaba fatigado del trabajo, y al escuchar las historias que su mujer contaba al niño, iba directo a la pila del fregadero, llenaba un cubo de agua, y desde la puerta de salida al patio lo lanzaba contra las llamaradas, apagando el hechizo. Pepe Babalú observaba cariacontecido, y Clemencia hacía muecas a sus espaldas.
-No hagas caso. Es un viejo loco y resentido. Es bueno, yo le quiero, pero es muy dominante.
-¡Loca y dominante eres tú! -exclamaba el abuelo desde el interior de la casa.
Es cierto que su abuela exageraba por momentos. Sobre todo aquella vez cuando se le metió entre ceja y ceja que su nieto asistiera a la Sociedad de Bailes Españoles, para que aprendiera a bailar la jota y la muñeira. Has-ta logró convencerlo e inscribirlo, pero Pepe Babalú prefería la parte culinaria de su abuela a la parte artística, hasta que ella misma se dio cuenta de que su nieto no tenía vocación de bailarín. O al menos de bailarín gallego, porque lo que era meterle la cintura a un buen guaguancó, eso sí, ay, que sí sí. Bastaba que escuchara a lo lejos un toque de tambor para que su cuerpo se descoyuntara en sandungueo y sabrosura, entonces era Dupont quien sonreía masticando de medio lado el mocho de tabaco. Cuando eso sucedía, el viejo sacaba su bastón. Un bastón que siempre se hallaba colgado detrás de la puerta, y con él seguía el ritmo de la música, tocando acompasadamente sobre la piel de chivo del fondo de un taburete. Chivo que rompe tambó con su pellejo paga. Clemencia no podía impedir echarse a reír al contemplar a su nieto, y se ponía, a la par que él, a mover el esqueleto como cualquier cuarterona de solar. Al punto Dupont se levantaba del sillón, colocaba un viejo disco en el tocadiscos y tomando a su mujer por la cintura se disponían a bailar un pasodoble. Luego, cuando el disco llegaba a su fin, montaba desde la calle el sonido de los tambores, y la pareja retomaba el remeneo de la rumba de cajón. Pepe Babalú se desternillaba de la risa viéndolos descuaja-ringados en danza frenética.
Pero una tarde Pepe Babalú regresó de la escuela muy acongojado. Apenas contaba ocho años y una maestra había explicado que en el tiempo de la colonia los negros eran esclavos y los españoles amos, y que estos últi-mos daban boca abajo a los primeros, y los explotaban y hasta los mataban cruelmente. Dijo: los españoles son malos. El niño apretaba con rabia la mano de su abuela, en el camino de regreso a casa, pero por nada del mundo se atrevió a reprochar lo que pensaba. Esperó a que su abuelo volviera del trabajo, tarde en la noche, pues esa semana el anciano doblaba el turno en la tabaquería. Pidió a Clemencia que lo dejara sentarse en el portal con Dupont, y ella asintió, pues debía preparar un dulce, el cual necesitaba reposar toda la madrugada a la luz de la luna llena. A la terrible pregunta del niño, el abuelo respondió:
-Ésa es una manera muy fea de explicar la historia. Mañana mismo iré a hablar con esa maestra. La historia es así, fue un pasado trágico, es cierto, pero tu abuela no tiene nada que ver con eso. Su padre vino de Es-paña, pero jamás maltrató a nadie, ni asesinó a nadie, más bien trabajó como una bestia. Hijo, nosotros somos un país mestizo. Indio, negro, español, chino, una sabrosa mezcolanza. ¡Qué estupidez!
Y entonces, a partir de ese día, su abuelo consiguió libros viejos de historia, o de pensadores de otras épocas, poetas del siglo pasado. Pepe Babalú pasaba mucho tiempo sumergido en la lectura. Sólo abandonaba los li-bros para escuchar fabulosos cuentos de meigas que narraba su abuela, o por otra parte violentas anécdotas de barracones descritas por los antepasados del abuelo.
Una noche Clemencia se puso muy mala, vomitó sangre, no quiso hablar nunca más con el fuego, desaparecieron los exquisitos dulces del fogón, los discos de gaitas o paso-dobles no fueron jamás extraídos del chiforrover. El abuelo no cesaba de mesarse las pasas, es decir, el pelo duro, planchado hacia atrás. A Pepe Babalú apenas lo dejaban entrar en la habitación donde ella reposaba, luego fue trasladada al hospital, y pasaron varias semanas sin que pudiera verla, hasta que volvieron a traerla, pero para nada estaba curada, al contrario, oyó que su madre dijo que se encontraba peor, mucho peor. Dupont condujo a su nieto al patio; la piel del anciano parecía ceniza, las lágrimas resbalaron por sus mejillas acartonadas.
-Pepe Babalú, no sé cómo explicártelo, pero...
-Ya lo sé, abuelo. Se nos muere. Abuela me ha hablado mucho de la muerte. He aprendido a conversar con el fuego. Me dijo que cuando no esté podré comunicarme con ella a través de la candela. No debemos temer.
-¡Dupont! -escucharon reclamar desde la habitación de Clemencia. Era su voz alterada por los últimos estertores-. ¡Dupont, tráeme la luna! ¡Dupont, la luna, tráemela, por favor!
-Anda, ve, abuelo, no la dejes sola tanto rato, acompáñala.
Asombrado, Pepe Babalú vio cómo Dupont, en lugar de atravesar el pasillo y entrar en el cuarto de la anciana, siguió de largo hasta la puerta principal de la casa, descolgó el viejo bastón de madera, y se perdió por los matorrales del Bosque de La Habana. Era raro, pero su abuela había cesado de gritar. Pepe Babalú sintió terror de que hubiera muerto. Decidió entrar en la casa; una vez junto al lecho donde descansaba el apergaminado cuerpo de Clemencia, pudo comprobar que ella respiraba aún, parecía como si durmiera plácidamente, como si todos los dolores se hubieran esfumado de su cuerpo. Al rato, el adolescente sintió una presencia inquietante en la casa, se dijo que era probable que alguien ajeno se hubiera colado, tal vez ladrones. Al salir del cuarto fue enceguecido por un reflejo blanquísimo; cuando pudo reabrir los párpados, divisó no sin dificultad que la luz gigante avanzaba hacia él; detrás de aquella forma redonda y luminosa pudo descubrir la silueta de Dupont. Traía, nada más y nada menos, que a la luna enganchada en la empuñadura del bastón. Atravesó el umbral del cuarto de la moribunda con la luna a modo de farol. La mujer sonrió, suspiró aliviada, al instante dejó de respirar y la sonrisa se congeló para siempre en el recuerdo de Pepe Babalú.
Algunos años después murió Dupont. Pepe Babalú se hallaba en África, en Angola, en medio de un combate. De súbito le vinieron a la mente las palabras de su abuelo antes de él partir a la guerra.
-La historia por momentos es bella a pesar de ser tan terrible, Pepe Babalú, no lo olvides. Cuando andes por aquellas tierras verás algo muy importante que nos está destinado a ti y a mí; se hallará escondido dentro de un árbol. Es mi prenda, no puedo describírtela porque yo mismo no sé qué forma tiene, pero tú sentirás el deseo de poseerla, y la traerás. No dejes de hacerlo.
El joven se encontraba muy cerca de su mejor amigo, al instante vio un árbol de color rojo vino. El árbol cogió candela inesperadamente, entonces interrogó al fuego, y éste respondió con la voz de Clemencia:
-La prenda de Dupont se halla entre aquellas ramas altas. ¡Búscala!
Pepe Babalú alertó a su amigo de que debía subir al árbol; el otro le desaconsejó que lo hiciera, pues sería peligroso: un bombazo podía caer encima, además el árbol estaba ya envuelto en llamaradas. Pero el muchacho no hizo caso y trepó casi a la velocidad de una pantera. En una especie de nido halló un objeto extraño, como una semilla gigantesca, algo muy semejante a un coco seco, pero no lo era con exactitud, sino más bien una suerte de luna polvorienta con pelos secos, del tamaño de una calabaza enana, con tres caracoles incrustados a manera de ojos y de boca. Ya se disponía a descender del árbol cuando divisó, allá abajo, el cuerpo destrozado de su compañero, su mejor amigo. De regreso a casa supo que Dupont había fallecido aproximadamente en el mismo momento en que él se había apoderado de la prenda.
En todos esos detalles piensa Pepe Babalú, y se le atraganta el buche de llanto en la garganta. Introduce su mano en el maletín, acaricia aquel amuleto africano, vuelve a cerrar el equipaje. Por la ventanilla del avión que ahora lo conduce a España, distingue la luna llena viajando junto a él, tan desigual en su redondez como esa moneda con la que juguetean sus dedos, su único dinero. Queda embelesado con la visión del astro, mientras cree escuchar lejana la voz de Clemencia leyendo en gallego versos de Rosalía de Castro, aclarando que ella había nacido junto a una ría, es decir un río hembra, que no es lo mismo, aunque se escriba casi igual. Y el hombre se pregunta qué dirá aquella gente cuando lo vean aparecer, a él, un mulato de ojos claros, chapurreando el gallego aprendido con abuela Clemencia. ¿Cómo serán sus primos terceros, hijos a su vez de los primos de su abuela? A juzgar por las cartas parecen simpáticos. Incluso ansiosos por conocerlo.
Zoé Valdés (Cuba)
Breve reseña sobre su obra
Entre las nuevas promociones de escritores latinoamericanos, la cubana Zoé Valdés ocupa un lugar indiscutible por la exuberancia de su estilo y por su prosa cálida y coloquial.
Nacida en La Habana en 1959, estudió Filología en la Universidad de la capital cubana.
Durante varios años fue miembro de la Delegación de Cuba ante la UNESCO desempeñándose como documentalista cultural. Posteriormente, trabajó en la oficina cultural de su Embajada en París.
A su regreso a La Habana, se dedicó a escribir guiones cinematográficos y fue subdirectora de la Revista de Cine Cubano de Arte e Industria Cinematográficos hasta 1994.
En la actualidad reside en París y se ha vuelta crítica con el sistema político de su país y profundamente anti-castrista.
Zoé Valdés se inició en la literatura con un libro de poesías, Respuestas para vivir, publicado en 1986. A Todo para una sombra (1986), también poesía, le siguió la novela Sangre azul (1993). Pero fue con La nada cotidiana (1995) que se dio a conocer a nivel internacional. La novela fue traducida al francés, alemán, italiano, portugués, inglés y griego. Con La hija del embajador (1995) obtuvo el Premio de Novela Breve Juan March y Te di la vida entera fue finalista del Premio Planeta en 1996. Tras Café nostalgia (1997) publicó en 1998 un libro de relatos, Traficantes de belleza, escritos entre 1988 y 1998.
La luna y el bastón pertenece a Traficantes de belleza, editado por Seix Barral.
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 Ahora estoy leyendo:Te di la vida enterera.

Un cuento de Navidad de Zoe Valdez

Arriba de la bola, por Zoé Valdés. Para mi magnífico cuento! 



Juré que esa noche iba a bailar hasta que me muriera. Juré olvidar y no estar triste. Es el juramento de Navidad. Hice esas vanas promesas mientras cepillaba mis dientes, refrescaba con agua helada mi rostro, y después depilaba mis cejas.
En el estudio al lado del mío, el francés tan parecido a Sherlock Holmes, el que sale cada mañana con su gabán gris y su pipa torcida por lo requemada que está, de seguro trataba de emparejar sus patillas. Siempre del lado de la oreja izquierda le chorrea sangre y falta más pelo que de la otra. No sé porqué no lograba borrar de mi mente las patillas del vecino Holmes, o como se llame. O sí sé por qué, necesitaba olvidar y quería bailar y que me dejaran tranquila, que nadie me hablara de nada ni de nadie conocido. Emborracharme con el baile y después caer redonda, como un lirón, era lo que anhelaba, despertarme al día siguiente con la paz de espíritu de que ya había pasado Pascuas y de que los días volverían a ser como antes, normalitos. Aunque tampoco me satisfacen los días comunes. Pero para mí, un día distinto es ese que nadie se da cuenta de que es diferente. Es un día mío. No regalado a los demás. Decidí llamar a Pachy, es el tipo ideal para olvidar, él mismo es el olvido parado en dos patas. Nunca recuerda un nombre, ni un rostro, ni una profesión, ni siquiera su cumpleaños ni su propio teléfono, y cuando consigue recordar de que llamando al doce, a informaciones, pueden confirmarle su número, entonces de paso pide la dirección, porque él sabe llegar a su casa, pero no le pregunten por sus coordenadas, ni siquiera por la calle que tiene un nombre enredadísimo, rue Beautreillis, ni la parada de metro, ¿para qué si él va a pie a todas partes? Llamé por teléfono a Pachy, aunque vive atravesando el patio, en mi mismo edificio, (por cierto, es un hotel particular del siglo diecisiete, casi frente por frente al inmueble donde murió Jim Morrison), pero lo hice no fuera a ser que no abriera la puerta cuando al observar por el ojo de la cerradura no se acordara de mí, y creyera que era una enviada de los Testigos de Jehová o del Reader's Digest para lo del 62 gran tiraje.
Perdió la memoria jugando parchís, por eso se autobautizó el Pachy, es así como nunca olvida su nombre. Porque él es de los que va por ahí haciendo mentalmente jugadas de parchís, y tú puedes anunciarle que se ha ganado la lotería y él sigue en su historia de que salió un doble seis y que podrá comerse a la ficha amarilla. Resultado, descolgó y contestó después de interrogar un minuto a su misma voz en el respondedor, y aseguró que sí, que me recordaba, pero estaba convencida de que no, aunque la noche antes habíamos bajado una botella de vino viendo una película de Alan Parker. En resumen que le pregunté, idiota yo, que si tenía alguna fiesta esa noche, y volvió a inquirir disgustado casi que por qué tendría él que tener un güiro, que se acordara no había ningún motivo de celebración. Entonces comenté que esa noche sería nochebuena. Y tuve que explicar mi idea de la nochebuena, creo que fui demasiado negativa, y se puso a llorar. Entonces dijo que no importaba quién yo era, que de todas maneras se trataba de un ser humano, y que me notaba tan a punto del suicidio que mejor organizábamos los festejos en su casa. En su casa no, refusé, no quería correr el riesgo de que lo olvidara. Entonces fue cuando ocurrió el milagro, en su mente culminó felizmente el partido de parchís, y eso garantizaba por lo menos dos o tres días de memoria intacta. Jubiloso gritó que acababa de ganarle a las amarillas, y ya se puso a parlotear, de lo más curado de la amnesia, y hasta se percató de que alguien había comprado un arbolito de navidad, cosa que ya sabía yo porque había estado sentada junto a las guirnaldas intermitentes la noche anterior. Colgamos los auriculares para no perder tiempo y poder invitar a todos los solos de París, de preferencia franceses, con lo cual podíamos caer en el peligro de que media ciudad se nos colara en la fiesta. Por si acaso me vestí y atravesé el patio para visitar a Pachy, desde que entré comencé a pegar papelitos adhesivos rosados, recordatorios de cena, no fuera a ser que se le metiera en el discoduro otra vez el tablero de parchís y se nos aguara el proyecto. Él se encargaría de comprar la bebida y yo de la comida, incluso de cocinarla. Con lo de la música no había problemas, teníamos una colección de discos hasta para hacer postre. Pero de postre brindaríamos casquitos de guayaba, aunque sin queso, no olvidar de que estamos en Francia, donde es un delito mezclar el dulce con el queso. Hicimos las llamadas pertinentes y, por supuesto, tuvimos que poner coto a la bandada de parisinos que aceptaba venir a festejar, aunque fingiendo desgano. Salí de la puerta A y crucé el patio en dirección al ala D, es decir, a la escalera de mi estudio. El Pachy vive en un ciento veinte metros cuadrados, por eso podíamos utilizar su espacio. En el camino me tropecé con Sherlock, la patilla izquierda ya no existía, encima había colocado una curita, la patilla derecha estaba llena de claros por los desafortunados recortes, pero aún se podía afirmar que era una patilla. Ni siquiera respondió a mi saludo nasal, por el contrario sopló su vieja pipa y mi pelo se contagió de la peste a picadura ensalivada. Antes de armarme del abrigo para ir a hacer las compras me tomé la temperatura, tengo esa manía, antes de enfrentarme con el frío necesito saber cuántos grados tiene mi cuerpo, así compruebo mi fortaleza o debilidad ante las agresiones físicas externas. Una vez en el exterior gané Saint-Antoine hacia la calle François Mirón, en donde existe un mercado llamado Israel en el cual se puede comprar frijoles negros, arroz basmati del auténtico, plátanos machos, malanga, yuca, guayaba y mango en todas sus variantes, ron y de todo lo humano y divino del Caribe y de todas las partes que los franceses suponen exóticas del mundo entero, no vayan a ir muy lejos, España ya es para ellos exótica, ¡con esos toros, y esas batas de lunares!

En el trayecto, evoqué mi última nochebuena en la Isla Aquella y se me erizaron los pelos y hasta los de mi abuela en su tumba. Esa vez también nos habíamos propuesto bailar para olvidar. Siempre habrá algo que olvidar, con lo mal que me cae imponerme olvidar. Lo contrario de Pachy. Pero en días como esos no queda más remedio. Recordé que inventamos celebrar con cualquier bobería, recolectamos bastante dinero, pudimos resolver lo necesario y hacer una cena digna. Lo demás, la alegría, la pondrían nuestros cuerpos. Había una razón especial para olvidar, a Roxana se le había ido el marido, quedó sola con los niños. No la había abandonado por otra, no, se había marchado a otro país. Igual que Jorge, otro amigo, el cabecilla del grupo, el que siempre estaba levantándonos la moral. Ninguno podía concebir un fin de año sin ellos. Esas ausencias nos destrozaban y decidimos dar una respuesta por encima del nivel, sobrepasarnos y animarnos diciéndonos que podríamos sobrevivir. En verdad, no comimos tanto, pero jodimos cantidad. Bailamos y brincamos hasta poder exprimirnos litros de sudor. Porque, claro, como de costumbre hacía calor. Los hijos de Roxana, de Loly y de Laura retozaron hasta que se rindieron en los sofás y en los sillones. Ya sabemos que en Aquella Isla no hay que invitar a nadie, la gente se invita sola, y de buenas a primeras teníamos a varios barrios colados en el fetecún. ¡Ah, la importancia de un barrio! ¡Ah, la categoría de pertenecer a un barrio! También se fueron sumando extranjeros, entre ellos un catalán que gozó hasta que se destripó, se llama Jordi, y es el director de un grupo de teatro famoso, hizo tantas fotos que, una de dos, o la Kodac le ofreció un crédito de por vida a la hora de revelar los rollos, o los rollos se los quitaron en el aeropuerto a la hora de largarse, por sospechoso.
Además vinieron algunos diplomáticos y periodistas de agencias a la captura de aventuras más que información sobre el estado de ánimo de la población. Porque el estado de ánimo de la población de Aquella Isla, para nadie es un secreto, nunca ha dejado de ser el mismo, el de la máxima recholata. La canción del momento enardecía con aquel estribillo: "No pares, sigue, sigue. No pares, sigue, sigue. No pares, sigue, sigue..." Y no paramos hasta el amanecer del primero de enero, es decir, estuvimos recholateando nueve días con sus noches. Y todo eso para aturdirnos, para olvidar. El día treinta y uno de diciembre hicimos el rito de la maleta, el cual consiste en que un grupo numeroso de personas se aferra a una maleta vacía, y a la señal de partida se debe dar la vuelta a la manzana, quiero decir recorrer las cuatro esquinas y volver al punto de salida. La caminata hay que hacerla a una velocidad increíble y bailando una semiconga al compás de una cancioncita que ya olvidé. Lógicamente, en el camino se va perdiendo gente, y el juego es intentar quedarse uno solo con la valija, y el que lo logre es el destinado a viajar en el próximo año. Es el que conseguirá viajar. Esa vez me quedé yo con ella. No niego que costó un esfuerzo enorme, a empujones limpios. Y mírenme aquí, paseándome por una calle del Marais, en busca de frijoles negros bajo un invierno a lo película de Truffaut. Este año, en la Isla Aquella, festejarán el deseo de olvidar mi ausencia, y a otro le tocará la maleta. Y así. Tan así...

Pasé todo el santo día cocinando recetas más retenidas en la memoria que en el paladar. Por fin con todos los ingredientes a la mano, una verdadera delicia descubrir los sabores, los olores y los colores de tantas lecturas antiguas. Pude ver a través del cristal de mi ventana al Pachy, en su cocina, preparando mojitos, daiquiris, ron collis, y un sinfín de bebidas y exquisiteces de picar. Cuando todos los platos estuvieron listos, bajé en varios viajes las cazuelas hirvientes. Dejé los plátanos para freírlos cinco minutos antes de la hora de comer. El Pachy estaba a un milímetro de la depresión porque se había puesto sentimental escuchando las canciones de las escuelas al campo, todo Silvio, todo Pablo, todo Serrat y todo Nino Bravo. ¡Coño, cambia esto tú, le dije, pon el cassette que nos mandaron de Aquella Isla, la canción del momento! No me acuerdo dónde lo puse, fue la respuesta. Regresé a mi cuarto, ya casi era la hora, me duché en dos ladrillos, todo el mundo conoce cómo son de mínimos los baños en París, te bañas como si estuvieras bailando un danzón. Me vestí con mi mejor ropita, imitación terciopelo, y mucho tul y adornos dorados, parecida a Campanilla, la de Peter Pan. Total, para entripar los trapos, pensé. Porque intuí que iba a sudar cubos con el bailoteo. A las nueve ya habían llegado los invitados, y se pegaron como babosas a las jarras de mojitos, daiquiris, ron collis, cuba-jajajá (es el nuevo nombre del cuba-libre), ponches y todo lo que pareciera bebida, comestible, o cosa para llevarse al estómago. El champán estaba destinado al brindis final, porque la tradición es la tradición. Y claro, muchos de los invitados vinieron con sus champanes favoritos, y hasta con sus confit de canard, muy con una etiqueta de fabricación artesanal, pero a mí nadie me jode, en lata de conservas. Por el aquello de que lo de los frijoles negros será muy extravagante, pero en nochebuena aquí se acostumbra a cenar esa cosa en lata que tiene un nombre tan parecido a confeti de canario, y que en realidad es muslo de pato. Tanto el Pachy como yo nos desvivíamos por ser atentos, generosos, simpáticos. Y ellos lo encontraban tan natural. Se supone que los del Trópico deben comportarse así. Yo no veía el divino minuto en que toda aquella sacralización de los alimentos terminara, para poder despetolarme bailando. Porque lo único que yo anhelaba era bailar, para olvidar. ¡Coño, dense cuenta, hacía un año y medio que no bailaba! Y que no olvidaba. Sola frente al espejo sí, pero eso de ripiarme con uno del sexo opuesto, nada de nada. Y Pachy no acababa de acordarse dónde carajo había puesto el cassette que nos habían enviado, grabado en directo del Palacio de la Salsa.

En eso llegó un amigo de Pachy, que no es cualquier amigo, es el pintor más grande del Marais y del mundo, Barceló, y después de descargar más comida, especialidad de su isla, nos pusimos a hablar de Mallorca y de otro amigo común. Le pregunté si sabía bailar y me respondió que a veces, pero que debía marcharse porque lo esperaban su familia y unos amigos y también comprobé que había leído a cantidad de escritores de mi isla. Eso me hizo un bien enorme, pero no me permitió que olvidara, todo lo contrario, recordé más. Mucho más. Entonces rogué, con las manos en posición de oración piadosa, sobre mis tules engrifados que por favor, tú que, al parecer, eres el único que posee memoria en todo este molote de gente, ayúdame a buscar un cassette de música bailable. Nos metimos por debajo de las sillas, de la cama, y de los muebles. Por fin, gritó eufórico, aquí en la oscuridad, junto al Eleguá, hay un cassette que brilla distinto, debe ser ése. Y me lo entregó como si me entregara el mayor trofeo de mi vida. Enseguida desapareció por la puerta al tenue resplandor de los faroles de la rue Beautreillis hacia su familia y sus amigos, aseguró él, pero yo sabía que se iba a sus pinceles. Como una loca busqué la grabadora, pero Pachy al borde del abismo, y ya empatado con una francesa, recordó, ¡menos mal que recordó algo! que la grabadora estaba rota. Pregunté si alguien sabía reparar ese artefacto, y se hizo un silencio sepulcral. Adiviné por las miradas de estupefacción que nadie conocía absolutamente nada sobre reparar grabadoras, ni ninguna cosa, aquí no se repara nada, se bota y se compra otra y ya está. En ese mismo instante de mi desolación sonó el timbre de la puerta y entró un muchacho y se presentó como cubano, reparador de grabadoras. Y todos exclamaron ¡ah!, hasta yo. Pero después supe que el asombro tenía más que ver con que llegara un cubano. Y me pregunté que de dónde habían pensado que seríamos el Pachy y yo, ya veía que no sólo el desmemoriado era él. Pero es que ese muchacho era cubano cubano, tan cubano que sabía reparar grabadoras y todo lo que se le rompiera por delante.
Al punto la grabadora estuvo arreglada, y mi alegría con ella. Y pregunté que quién de los presentes sabía bailar, a mala hora, porque todos respondieron que sí, que habían asistido a cursos de chachachá en diversas zonas del planeta. Y de pronto el chachachá me sonó a secta, o a psicoanalista, o a club de gym, o a consulta de vidente africano de los metros. Nada, que no hice mucho caso, e invité a bailar al Pachy, pero, tonta de mí, ¿cómo podía olvidar que él podría haber olvidado cómo se baila? Si tú empiezas yo te sigo, y de seguro me acuerdo, y lo otro sale solo, me alentó. Nada, que me embullé, y puse el cassette en el momento en que un murmullo especial sentenció que darían las doce de la noche, todo parecía indicar que debíamos entregarnos los regalos, besuquearnos cuatro veces en cada mejilla, brindar por el nacimiento -una vez más- del niño Jesús, la aparición del espíritu santo que no era tan santo porque preñó, aunque por obra y gracia (nunca he sabido el verdadero sentido de esa frase) a la virgen María, y de los reyes magos y la comitiva de santos, con la estrella de Belén y todo cuento.
Terminada la ceremonia de los regalos por fin fui a poner el villancico del desparpajo. La canción se titulaba La bola, y era lo que más se cantaba y bailaba en la Isla Aquella, el autor era el médico, de la salsa. Esto lo informé rigurosamente, digo, cartesianamente. Entonces se deshicieron en elogios a los progresos de la medicina de Aquella Isla, ¡había médicos graduados en salsa! ¿Salsa de qué? Hubo uno que preguntó. De tomate, respondió el Pachy a una neurona de su estado normal, el olvido. Y nadie entendió ni jota, ni jacomino, pero se sintieron muy solidarios, que es el estado anímico de nuestros invitados en fecha como el catorce de julio, el veinticuatro y el treinta y uno de diciembre. La música arremetió dentro de nuestros tímpanos con su letanía histérica de: "Hay que estar arriba de la bola arriba de la bola arriba de la bola. Porque hay que estar arriba de la bola arriba de la bola arriba de la bola...". Quise descoyuntarme, ponerme pa la maldá y olvidar, destornillarme en mi bailoteo, de hecho comencé a remenearme sola, sutilmente, tímida más bien. Ellos, los visitantes, me observaban como si estuvieran en un palco de la Ópera de París y yo fuera Maya Plisetskaya. Algunos, desenvueltos, para su opinión más bien desvergonzados, iniciaron unos rígidos pasos de un, dos, tres, chachachá, balbuceando el ritmo, triunfantes como niños que acaban de pronunciar la primera palabra. Los que comprendían el castellano preguntaron qué significaba esa metáfora tan sugestiva de hay que estarrrr arrrrriba de la bola, y esa frase que dura sólo medio segundo en nuestras bocas, en las de ellos permanecía una eternidad. Quise aclarar que la bola era algo inexplicable, sin sentido común, únicamente traducible al compás del baile, una metáfora más del sensualismo. Que la bola era todo y nada a la vez... Y que más bien era nada. ¡Ah, la nada, el vacío! Murmuraron. Uno señaló que podía referirse a la bola del mundo. Acepté haciéndome la metódica, a punto de convertirme en un Lévy-Strauss de la salsa. Entonces fue que sorprendí al reparador de grabadoras, gozándome tan cubano él, con su mirada sabrosona, y hasta se burlaba con ojos brillantes, risueños e irónicos, de mi intento por introducir la bola en los medios navideños galos. ¡Las bolas del arbolito! Creyó adivinar la francesa que había enganchado al Pachy, y recibió una turba de aplausos. Pachy, medio desvanecido en el suelo repetía entre vómito y vómito dirigiéndose a mí: No sabes cómo me acuerdo de todo, no sabes, me cago en ti y en tu música de mierda que me ha devuelto la memoria. Por eso tiré el cassette debajo del mueble, para no verlo ni oírlo nunca más. No sabía qué satanidad responderle y encogiendo los hombres canté "Porque hay que estar arriba de la bola arriba de la bola arriba de la bola...". El reparador de grabadoras vino hacia mí y... se puso arriba de la bola a estrujarse conmigo. Entonces fue escudriñado como a Nureyev. Pachy se incorporó y se unió a nosotros, le siguió la francesa, y luego, poco a poco, los otros... Y en una hora estaba todo el Marais revolcándose encima de la bola, Barceló con sus pinceles, artistas, escritores, judíos y gays, el alcalde y el adjunto, hasta los policías habían dejado la prefectura para desprestigiarse arriba de la bola. Y cuando todo el mundo estaba remeneándose arriba de la bola fue que pude escuchar el resto de la canción que dice: "Tú te fuiste, y si te fuiste perdiste. Yo no, yo me quedé, y ahora soy el rey, si te gusta bien, y si no también... Hay que estar arriba de la bola arriba de la bola...". No me dio gorrión la letra, porque los amigos, en aras de no herirnos a Pachy y a mí, nos habían contado por carta que esas palabras para nada tenían que ver con nosotros, mejor dicho con los dos millones de aquellos-lugareños que andamos desperdigados por ahí, sino que simplemente era la respuesta a otra orquesta de salsa que viajaba mucho. Que esa canción formaba parte de una polémica entablada desde hacía meses entre diversos grupos musicales. Obvié la anécdota, porque yo lo que quería era olvidar. Mientras me despetroncaba bailando imaginé la recholata que estarían sonando los amigos de Aquella Isla, con el objetivo, ellos a su vez, de olvidar mi ausencia, y de seguro jugarían a la maleta, y alguno lucharía como luché yo por quedarse con ella hasta el final, y tal vez nos veríamos muy pronto en algún lugar de este mundo, arriba de la bola arriba de la bola...

©Zoé Valdés.

Diciembre de 1996

Erik SATIE: Gnossienne No. 3


Uno de mis músicos favoritos!

Regalo del mar

Con nombres tan lindos como "Bosque encantado", "Rosas en el mar", "La Pavlova"," La victoria", "Velero de la esperanza", Helen Perea nos regala estas hermosas esculturas con los objetos que el generoso mar le entregó cada día de su visita a una playa del norte de nuestro país, y ella supo no solo recibirlos sino abrazarlos y crear con ellos objetos que nos transportan a ese mar, esa playa, esa orilla. Nos hace participes de su recolección y deseamos ser también mensajeros de las voces del mar. Se exponen en Dédalo de Barranco . 

Regalo del Mar

Estuve 4 meses en Los Órganos,  Piura
Recogí todas las maderas y conchitas que encontraba  en la orilla del mar.
Al encontrarme con todo este material tan especial comencé a juntarlas, haciendo que cada obra se inspirara en las formas
y texturas de la madera y el nácar.
Cada obra es única.












La maravilla del Barroco Ópera del Margrave, Patrimonio de la Humanidad | Destino Alemania

Ópera del Margrave, Patrimonio de la Humanidad Alemania

Huyendo de la crítica

Pere Borrell, Huyendo de la crítica

Vimos una vez en Amsterdam una exposición de cuadros en los que el marco formaba parte de la obra.   En este caso el marco es un marco falso, que nos engaña. Trampantojo. El niño parece querer huir de la crítica. Artista catalán. 

Un Trampantojo («trampa ante ojo») o en francés trompe-l’œil, («engaña el ojo») es una técnica pictórica para engañar a la vista consiguiendo una especie de 3D mediante perspectivassombrasefectos ópticos y simulaciones. Con la pintura se consigue una “substitución de la realidad”.
Uno de los trampantojos más populares de la historia del arte es  “Huyendo de la crítica” del catalán Pere Borrell, donde un niño con mirada de locura quiere salir del cuadro antes de que las críticas lo destruyan.
Un marco dorado ficticio hace de frontera entre el mundo real y la pintura y el chaval parece saltar a nuestra realidad. Esto hace cuestionarnos varios dilemas teóricos y filosóficos sobre qué es la realidad, y al mismo tiempo, nos deleitamos con la exquisita técnica y el ingenioso efecto. ( https://historia-arte.com/2015/12/07/huyendo-de-la-critica-de-pere-borrell/) 

Alfred Brendel - Schubert - Four Impromptus, D 935

Magnífico pianista!

domingo, 27 de noviembre de 2016

Al correr de la pluma 10

Al correr de la pluma 10 :

El jueves fue la esperada presentación del libro de Chiara que se llama: “Lo que pienso de…” Estuvo lindísimo. Sorpresivo, curioso y emocionante.  
La presentó Jerónimo Pimentel de Random House la editora, este es el primer libro que edita en el Perú. Luego habló   Alberto Goachet, gran amigo y publicista. Y Denisse Arregui también amiga y actriz que estuvo brillante. Fueron construyendo  una Chiara muy interesante,  original,  de mirada aguda.                       
La librería donde habían sacado los estantes puso sillas y todos atentos. Yo llevé temprano unas rosas rojas de nuestra parte y luego llegaron otras flores de un admirador anónimo y por último la bella Julia le entregó un hermoso ramo.      
Chiara estaba muy linda delante de su libro con distintas carátulas.    
En primera fila estaba la bella Julia a la que Chiara le dijo que estaba ahí para que ella más tarde ella hiciese también lo que quisiese en la vida. Lo que le gustase hacer.  Agradeció a su esposo Diego con  preciosas palabras que también  estaba en  primera fila y  la miraba encantado.
  Sus amigas de toda la vida eran la barra brava. ¡Ella les agradeció en primer lugar, que siempre en cualquier cosa que hiciese estaban ahí!     Si mañana se me ocurriese bailar ballet,  —dijo algo así, —ellas estarían ahí el día del estreno, fieles y maravillosas. 
Agradeció al artista que había diseñado las muy logradas carátulas.                                  
En su agradecimiento a nosotros, me hizo llorar,  entre otras cosas dijo que en nuestra casa yo era la dueña de las palabras y que de  su papi  había aprendido a decir lo que pensaba sin imponerse límites ni tener temores.
Aplausos, una copa de buen vino,  risas, firmas, fotos. Entre el público muchas caras amigas.  Conversación con Carola, la dueña de la librería Sur.  De ahí cruzamos a Osaka a seguir la celebración.   
Ya en la casa después de esta noche  memorable siento el corazón contento y tengo dos libros uno para mí, otro para regalárselo a alguien muy especial.



Chiara Roggero en la presentación de su libro en la librería Sur



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No pude elegir mejores amigos para un dia tan importante!
Gracias Alberto L. Goachet y Denise Arregui por su generosidad, por su mirada, por detenerse en mi libro!
Fue una noche preciosa!
* Para los que me han preguntado por el libro, por ahora solo se encuentra en la Libreria Sur, la próxima semana ya estará en todas las librerías menos en Crisol y en Wong a partir de las primeras semanas de diciembre. Gracias!