domingo, 10 de diciembre de 2017

Vivaldi invierno Mari Silje Samuelsen

Los libros

“La escritura es la pintura de la voz". Voltaire.

“Los libros son el mejor viático que he encontrado para este humano viaje”. Michel Eyquem de Montaigne.


“La lectura es para mí algo así como la barandilla en los balcones”. Nuria Espert



Oración, María Bethania

Señor, que eres el cielo y la tierra, que eres la vida y la
muerte! El sol eres tú y la luna eres tú y el viento eres
tú! Tú eres nuestros cuerpos y nuestras almas y nuestro
amor eres tú también. Donde nada está tu habitas y donde
todo está - (tu templo) - acá está tu cuerpo.

Dame alma para servirte y alma para amarte. Dame vista para
verte siempre en el cielo y en la tierra, oidos para oirte
en el viento y en el mar, y medios para trabajar en tu
nombre.

Tórname puro como el agua y alto como el cielo. Que no haya
barro en los caminos de mis pensamientos ni hojas muertas en
las lagunas de mis propósitos. Hace que que yo sepa amar a
los otros como hermanos y servirte como a un padre.

Mi vida sea digna de tu presencia. Mi cuerpo sea digno de
la tierra, tu cama. Mi alma pueda aparecer delante de tí
como un hijo que vuelve al hogar.

Tórname grande como el Sol, para que yo te pueda adorar en
mí; y tórname puro como la luna, para que yo te pueda rezar
en mí; y tórname claro como el día para que yo te pueda ver
siempre en mí y rezarte y adorarte.

Señor, protégeme y ampárame. Dame que yo me sienta tuyo.
Señor, líbrame de mí.
O Eu Profundo
Fernando Pessoa 

" Prece " - Fernando Pessoa ( Na voz de Maria Bethânia )

El Maestro serie en Youtube



Está en You tube, la vi en TNT, buenísima serie!!!

Duke Ellington

Antonio Colinas, poeta y poesía



"Dice Antonio Colinas: Si el hombre renuncia a la poesía, habrá renunciado a ser humano"


Poema inédito de Antonio Colinas
Una conversación a medianoche
Esta conversación que mantenemos
los dos en el jardín a medianoche
-mientras el pueblo duerme en el sueño de oro
de sus piedras-
es infinita.
Porque infinito es el firmamento
que nos respira
desde los álamos,
desde la soledad del peregrino
que pasa como un lobo
junto al heno de los establos,
hacia el aroma de los montes.
¿Y qué es la infinitud
en nosotros?
Acaso estas ansias que nos dicen
que, ya antes de nacer, pertenecimos
a una noche o a una luz eternas.
Pero ahora ¿qué va a ser 
de nuestros cuerpos,
qué de las manos, qué
de los labios y los ojos,
pues desde que nacimos aprendieron
a amar la Belleza, a seguir,
las leves huellas
de lo infinito?
Tras ellas seguirán
nuestras ansias
hasta que un día cerremos los ojos.
Noche: aliéntanos, respíranos,
mantennos a la espera
de lo hondo sublime,
extravíanos
y que sólo seamos
música de la fuente que murmura
allá en los jardines
del firmamento:
música
de tu música.

De Corazón de hojalata

Corazón hipotético de Margarita Saona de su libro Corazón de hojalata

Y si este corazón no diera para más
que el agitado aliento
de doblar la esquina…
Si diera solamente para una vida
de muchos límites y de modesto alcance…
¿No sería esa todavía
una vida?
¿O sería apenas una vida a medias?
¿Habría que decirle entonces a mi corazón
que desafortunadamente ha fallado?
¿Será que no ha amado lo suficiente?
¿O será que siempre quiso amar de más?
¿O que se trababa amando algo que estaba
siempre más allá de lo evidente?
Dicen
que su ventrículo izquierdo bombea
apenas
y que su miocardio
es menos músculo
que dura cicatriz.
Pero mi corazón siente,
se agita,
mueve la sangre que me anima.
Y yo,
la que este fallido corazón alienta,
camino, escribo, leo, cocino, juego y quiero.
No sé,
es cierto, si sería capaz
de escalar montañas
ni si podría
defenderme de los oscuros embates
del destino.
Pero este corazón marcha
y yo sigo.
Y si determinaran
que este corazón no es ya
un suficientemente bueno corazón,
dicen,
habría que ordenar otro corazón a la medida.
El problema es
que ese otro corazón
anima ahora otra vida,
una vida supuestamente plena,
la de alguien que tal vez podría
escalar montañas
y enfrentar cualquier cosa
que el destino deparara.
Pero para que ese corazón
reemplazara
a mi fallido corazón
esa vida,
supuestamente plena,
tendría que dejar de ser
para que su corazón pasara
a animar la mía.
Y sé
que no se trataría
de un sacrificio
fríamente calculado,
de algo planeado
por conciencia alguna,
que sería el corazón venido
de una vida
accidentalmente segada.
Y aún así resulta extraño
concebir la hipotética circunstancia
y me pregunto
cuán fallido
tendría que estar mi fallido corazón
para que yo pudiera desear
uno nuevo
a cambio de otra vida.

La envidia


Un cuento de Rubem Alves, escritor brasileño. 


La envidia:
La envidia no mata, sólo destruye la felicidad... Examiné cuidadosamente las cuevas de mi memoria donde guardo mis recuerdos de infancia. No encontré ningún recuerdo infeliz. Encontré recuerdos de dolor, comenzando por el nombre de la ciudad donde nací, que en aquel tiempo se llamaba "Dolores de la Buena Esperanza". Parece que los habitantes tenían vergüenza de que los llamaran "dolientes" y trataron de librarse del dolor, dejando sólo "buena esperanza", olvidándose de que, a veces, la esperanza sólo se realiza a través del dolor, como es el caso del parto. Mi lista de dolores incluía dolores de dientes, dolor de quemaduras, dolor de caídas, de heridas, de barriga. Pero el dolor y la infelicidad son cosas diferentes. Hay dolores que son felices. ¿Las razones de mi felicidad? Parodiando a Drummond escribo: "Las Sin-Razones de la Felicidad". Razones para ser feliz no tenía. Mi papá había perdido todo. Vivíamos en una vieja hacienda que un cuñado le prestó. No tenía luz eléctrica: de noche encendíamos las lamparitas de queroseno con su llama roja, su mecha negra, y su olor inconfundible. No había agua en la casa: mi madre iba a buscarla a la mina con un bote de aceite vacío. No había regadera: nos bañábamos con una cubeta de agua que calentábamos en un fogón de leña. El techo no tenía cielo: de noche veíamos a los ratones corriendo en los vacíos de las tejas. Tampoco teníamos baño: lo que había era la clásica "casita" afuera. Yo no tenía juguetes. No recuerdo ni siquiera uno. Y, a pesar de todo, no puede encontrar ningún recuerdo infeliz. Era un niño libre por los campos, en medio de las vacas, caballos, pájaros y arroyos. Mejoramos de vida. Nos cambiamos de ciudad. La casa me pareció un palacio. Creo que alguien había arrojado un ladrillo dentro del excusado, y había dejado un enorme agujero en la losa. Hoy compraríamos luego otro nuevo. Para ese entonces mi papá no tenía dinero. Tuvo que buscar una solución inteligente compatible con la pobreza: coló una losa de cemento sobre el agujero. Por cinco años fue ese nuestro excusado, cuya tapa fue hecha de aglomerado de aserrín. Era, por tanto, cuadrada, en contraste con nuestra anatomía básica curva. La tapa de aglomerado dejaba siempre sus marcas en nuestro trasero. Cuando llovía era necesario usar todas las cazuelas, vasijas y jarras para atrapar el agua que caía por las goteras - tantas que no era posible controlar. El sótano era lleno de enormes y venenosos alacranes. A mi madre le picó uno de ellos. Cuando las hormigas se ponían a marchar los alacranes se ponían a correr, saliendo del sótano e invadían la casa. Hubo un día en que matamos once. Jamás escuché alguna queja de ninguno de nosotros. Aquella era nuestra casa. Muchas felicidades moraban dentro de ella. Ya podíamos darnos el lujo de una mesa de verdad, con cuatro pies sólidos. En la ciudad donde habíamos vivido antes la mesa era una puerta apoyada sobre un cajón: un sube-y-baja peligroso. Si alguien se apoyaba de un lado corría el riesgo de recibir una avalancha de frijoles en la cabeza. Aprendimos buenas maneras: ninguno apoyaba el codo sobre la mesa. Yo no sabía que éramos pobres. En medio de aquella pobreza éramos ricos. Mi papá compró un automóvil, un Plymouth de manivela. Compró también un radio, motivo de orgullo y felicidad: podíamos oír novelas y música como en México a Pedro Infante, Javier Solís, Chucho el Roto, etc. Juguetes que me compraron, creo que tuve cinco: una pelota, un camioncito de madera, un barquito de velas, un piano, una bolsa de canicas. Nosotros hacíamos los juguetes: papalotes, carritos, resorteras. Hacerlos era jugar. Yo continuaba siendo un niño libre y feliz. Luego mi papá mejoró de vida nuevamente. Nos cambiamos a Río de Janeiro. Fue cuando conocí la infelicidad. Mi papá, con la mejor de las intenciones, me inscribió en el Colegio Andrews, donde estudiaban los hijos de los embajadores extranjeros, de los médicos más famosos, las niñas más bonitas y consentidas de la ciudad. Fue inevitable: me comparé con ellos. La comparación en sí es una operación lógica indolora: B es menor que A. Pero cuando la comparación se hace entre personas, la B, parte menor, que tanto puede ser María como Juan, siente un profundo dolor. Ese dolor tiene el nombre de envidia. Me comparé y me descubrí pobre. Nada me quitaron. Continué teniendo las cosas que me habían hecho feliz. Sólo que, después de la comparación, se volvieron feas, maltratadas, motivo de tristeza y vergüenza. La envidia siempre hace eso: destruye las cosas buenas que tenemos. Me sentí pobre, feo, ridículo, humillado. Jamás invité a venir a mi casa a ningún compañero. No quería que vieran mi pobreza. Alberto Camus relata una experiencia parecida. Dice que su infelicidad comenzó cuando entró a la Preparatoria. Fue cuando él se comparó a los demás. Dicen que el pecado original fue el sexo. Yo digo que el pecado original fue la envidia. Ella fue la que hizo que Adán y Eva perdieran el Paraíso. Paraíso es lugar de delicias: ahí había todo para que cualquier ser humano fuera feliz. Ahí también estaba la serpiente, especialista en la envidia. Se rió de la felicidad de ellos. "- Ustedes piensan que son felices... Es que aún no han visto el mundo de los dioses, es mucho más bonito. ¿Lo quieren ver? Es fácil. Sólo coman este fruto mágico..." Y la malvada les dio a comer el fruto de la envidia. No les mintió. Ellos vieron realmente un mundo mucho más bonito - y en ese momento los frutos de los árboles del Paraíso se pudrieron, las hojas de los árboles cayeron, las plantas se marchitaron, las fuentes se secaron, y ellos se sentían feos: comenzaron a esconderse uno del otro. Eso no ocurrió nunca. Eso sucede todos los días. Mi casa es linda; yo la amo. Pero basta que yo visite a otra más rica, y la envidia aparece. Regreso y veo mi casa fea, pequeña, maltratada: ya no es posible amarla. Quiero otra. Eso está relatado en una antigua historia, "El pescador y su mujer" - cuya lectura aconsejo. La escuché una vez, y nunca se me olvidó. Esto que es verdad para la casa, también es verdad para la esposa, el marido, el trabajo, los hijos: la envidia los mete en un proceso de descomposición. Ya no es posible amarlos como antes. La envidia no mata, sólo destruye la felicidad. El envidioso es incapaz de ver con alegría las cosas buenas que posee. Sus ojos son malos. Basta que una cosa buena que se tiene, sea tocada por ellos, para que se pudra. Para esa enfermedad sólo hay dos remedios: uno dulce y uno amargo. El remedio dulce: usar el colirio de la gratitud para curar el mal de ojo. Ver las cosas buenas que se tienen y decir: "Qué bueno que están aquí. Estoy agradecido, agradecida a los dioses, porque ustedes me fueron dados." Entonces la casa, el marido, la mujer, los hijos, y todo lo demás que se tiene, vuelven de nuevo a su vida y a su belleza. Los que no hacen uso del remedio dulce, tarde o temprano se les aplicará el remedio amargo: cuando la desgracia toca a la puerta y se quiebra la taza de cristal, y se rompe el cuchillo de plata; lo que era recto queda torcido y lo que estaba vivo de repente muere. Cuando el dolor es mucho, las lágrimas no dejan que los ojos vean lo que tienen los demás. Y la envidia, de esta manera, muere. Pero entonces ya es demasiado tarde. Tradujo Jesús Ramírez Funes

Lírica en Japón

Wagner: Wesendonck-Lieder / Fujimura · Haitink · Berliner Philharmoniker

JS Bach 6 Suites for Violoncello Solo BWV 1007 1012,Nikolaus Harnoncourt...

Un angel tiene mucho de femenino

Un ángel tiene mucho de femenino. Suavidad, dulzura, disposición, las manos listas para ayudar, sin embargo es masculino. Hubo un tiempo en el que el culto a los Ángeles se volvió importantísimo, tanto que lo prohibieron. Hasta ahora a veces alguien te dice que tiene un ángel que lo cuida. Yo misma, cuando busco un lugar para estacionar el auto, digo: Ángel de la guarde, dulce compañía, no me dejes en medio de la vía! Y aunque no crean, aparece un lugar para mí. Y ustedes ¿creen en su Angel?

Cucarachones de guantes blancos

Cucarachones de guantes blancos ( Este cuento salió de una expresión que le oí decir a Luciana Proaño: “Del tiempo en el que las cucarachas usaban guantes blancos.” ).




Hubo un tiempo en el que las cucarachas usaban guantes blancos y caminaban en puntas de pie, delicadas se daban cita en los diferentes bares que iniciaban su trajín de medianoche.
Las cucarachas hacían brillar sus carteras y sus zapatos, alisaban con delicada saliva sus antenas y salían apenas escuchaban los primeros sonidos de la retreta. Porque la música comenzaba en el parque, uniformados los guardias cucarachones brindaban cada sábado música animada para los que paseaban entre los árboles y flores. 
En ese tiempo las cucarachonas andaban embracetadas entre ellas, es decir, cogidas del brazo, amables unas con otras, tal vez un tanto ingenuas pero siempre con ánimo alegre que invitaba a la risa y a la fiesta.
Las discotecas tenían fascinación por la música romántica y los disk jockeys escogían las canciones que despertaban el deseo de abrazarse, de poner la cabeza sobre el hombro del cucarachón que les correspondiese, esas canciones que tocan el alma y hacen vibrar de emoción y sentimiento.
Las discotecas estaban divididas en dos, una para el lado de las cucarachones y otro para las cucarachonas y la pista de baile estaba en el centro. Las cucarachonas se pintaban los labios, retocaban las cejas peinándolas con cuidado con sus peinecitos blancos y ponían la mirada en el vacío, los ojos bien abiertos como si estuviesen contemplando un océano de olas turbulentas o el desierto infinito, algunas enroscaban las patas en las sillas y otras apoyaban los codos cobre la mesa y las pequeñas manos sobre el rostro. Verdaderamente la música hacía pensar en el amor que no comienza ni termina, que es como un río de aguas mansas y todos estaban ya ansiosas esperando que se les acercase el pretendiente. No se sacaban los guantes aunque hiciese mucho calor porque los guantes eran la señal que advertía a los galanes que estaban dispuestas a encontrar alguien con quien rozar sus antenas, alguien a quien contarle sus historias que para cada quien era una bella historia.
Vamos a centrar la atención en esa cucarachona, la que ha escogido la mesa principal, la pegadita a la pista, que se ha sentado a escribir palabras sobre su cuaderno negro, que está escribiendo una carta a su posible galán practicando las bellas palabras que se dirán. Resplandor de la luna en un lago de aguas quietas, azul encendido sobre un corazón dormido, ramo de violetas, lluvia de alegría, mirada que me abre el cielo. Hablaremos en verso se decía, y se puso a practicar rimas. ¿Por qué te perdí por siempre En aquella tarde clara? Hoy mi pecho está reseco Como una estrella apagada. Le contaré que me gustan las rosas, las enredaderas que ofrecen racimos de olor y belleza.
Suena el violín, una música antigua que ella recuerda y su corazón late de prisa, Alguna vez hace muchos años en Madrid ella había bailado siguiendo las notas de esa canción, se le va la mente y aparece ahí una pareja de cucarachones bailando junto al río, enamorados se miran a los ojos, es un tango de Piazzola, el mundo se ha detenido para que ellos bailen y las campanas de todas las iglesias suenan como si el amor fuese posible. 
Luego del paseo por el parque, después de haberse lanzado miradas cada cucarachona escogía la discoteca de su gusto y se iba a sentar en el lado que le correspondía. Una pareja se desliza sobre la pista de baile, ella apoyando todo su cuerpo sobre él, los zapatos taco aguja. Las manos acariciando el cuello de su futuro amado. CBde R


Leonard Cohen - Dance Me to the End of Love



La editorial Lumen reedita novelas y poesía de Leonard Cohen que antes de ser compositor y cantante, fue escritor.  Ray Loriga los prologa.  "Lo que consigue Cohen, lo mismo que Proust, es devolver a cada cosa, a cada instante, el brillo que tuvo en el pasado"




 http://www.20minutos.es/noticia/3179709/0/leonard-cohen-aniversario-muerte-libros-lumen/

El afilador de cuchillos

La vida venía a nosotros por el oído, el afilardor de cuchillos tenía un sonido especial, subía y bajaba sus notas, como una escalera, se lo escuchaba desde lejos y otra vez a la calle para ver cómo movía con el pie la rueda, salían cuchillos y tijeras de la casa, se negociaba el precio, la piedra de esmeril va muy veloz y en contacto con el cuchillo va soltando pequeñas chispas de fuego. Mientras el cuchillo reluce y tú observas sin pestañear. Van llegando otros vecinos y tu ya debes entrar sin tener tiempo para decirle hasta luego al organillero viejo que quien sabe cuando regresará.


El organillero

Una de nuestras alegrías de la infancia, escuchar la llegada del organillero, salir a la calle corriendo, verlo dándole a la manizuela mientras el mono salta, va y vuelve, lleva un sombrerito de paja, a veces un chaleco, te enseña los dientes, se te queda mirando y tu mueres por hacerle una caricia, que te lo dejen cargar, se rasca una pulga, levanta la cola, la enreda, te da la espalda, mientras el organillero recibe tu moneda, abre el cajoncito y el monito saca un papelito rosado de niña, en donde la suerte te dice que serás feliz,muy feliz. Después de pedirle un rato, el organillero te deja que le des la mano, y esos deditos largos y nerviosos se dejan tocar por ti y tu sonríes de dicha.

Pregones de Lima



Recordamos algunas alegrías de nuestra infancia, entre ellas algunos pregoneros que alcanzamos a oír. venían a nuestro barrio humiteros, vendiendo tamalitos salados y dulces y acompañados por sus cajones cantaban con voz melodiosa sus deliciosos productos.  Mario mi esposo y su hermana Martha se acuerdan de uno que vendía Pavos y que gritaba: Pavo, que rico pavo. Alfajores, Revolución caliente!!!
Acá los hermanos Santa Cruz, Abelardo y Victoria nos cantan los preciosos pregones. Música negra