domingo, 28 de agosto de 2016

Conversaciones de alto vuelo

Hay quienes prefieren estar en silencio durante el vuelo. Que al vecino de asiento no se le ocurra dirigirle la palabra. ¿Qué se harían con alguien que desea hablar con uno sin tener nada en común, que nos fastidie con preguntas o nos cuente su vida? Yo siempre he sido de las que disfrutan haciéndose amiga de quien el destino ha puesto a nuestro lado para pasar unas horas mientras volamos en el cielo, por encima de nubes, edificios y hombres. En esta oportunidad conocí a una americana "Una gringa" de corazón generoso que por casualidades del destino adoptó en el Cuzco a cuatro niños y que ahora tiene quince nietos a los que adora. Dos años menor que yo, viajando permanentemente entre Cuzco, Lima y Estados Unidos combina su trabajo con su adquirida familia. Sus nietos la despiertan mostrándole sus descubrimientos y le hacen caricias consiguiendo como toda abuela, olvidarse de los quehaceres, de las preocupaciones, para dedicarse solo a recibir el regalo del amor que ha sabido despertar en esos niños.
Si no hubiésemos conversado, si me hubiese sumergido en mi libro: "El país de las mujeres" de Gioconda Belli, que claro que está muy entretenido, me hubiera perdido de escuchar esta hermosa historia. Claro que vi una película: " El gran hotel Budapest", que no me gustó tanto como había imaginado, pero la felicidad de descubrir un ser humano, hacer amistad, encontrar puntos en común, recuerdos, personas, hizo que me sintiese feliz. Esto se los cuento para que cuando alguien les dirija la palabra en un avión, no contesten de manera seca, y volteen la cara, si no que piensen que tal vez, van a disfrutar del placer de la comunicación de las existencias

Katherine Linn Sage



Katherine Linn Sage (WoodburyConnecticut, 25 de junio de 1898 - AlbanyNueva York, 8 de enero de 1963), conocida como Kay Sage, fue una artista y poeta surrealista de Estados Unidos.

W. A. Mozart - KV 469 - Davidde penitente

Mujeres admirables, una película sobre la moda después de los 60

Je me souviens , yo me acuerdo





Anoche estuve leyendo algunos cuentos y artículos de Juan Bonilla. Estuve tan entretenida que decidí que este sería el autor escogido para el próximo martes de taller. 
Acá un artículo suyo sobre un tema que me gusta mucho, el tema de los recuerdos y en especial el de los Yo me acuerdos. 


«Je me souviens» (Yo me acuerdo) 
JUAN BONILLA




Hace años que colecciono ejemplares de ‘Je me souviens’, libro que Georges Perec publicó en 1978 y que se ha reeditado en muchas ocasiones desde entonces. Lo componen 480 anotaciones, que comienzan todas con las tres palabras del título (Yo me acuerdo). Las anotaciones no alcanzan nunca las 10 líneas, a la mayoría de ellas les basta un par de líneas. Pondré unos ejemplos: «Me acuerdo de que mi tío tenía un CV 11 con matrícula 7070 RL», «Me acuerdo de Zatopek», «Me acuerdo de Xavier Cugat». Es evidente que Je me souviens es un libro donde abundan los nombres propios, y en este sentido tengo una malsana curiosidad -que se quedará insatisfecha con toda seguridad- por ver una futura edición crítica de este título preparada por un minucioso especialista que se proponga anotarla y contar a sus lectores que Zatopek era un atleta o que Xavier Cugat era un músico. Casi se podría utilizar el libro de Perec para hacer un austero recorrido por lo que fue el siglo XX.

Perec se propone sólo enunciar el esqueleto de una serie de recuerdos: el resultado es una larga lista que literariamente es puro hueso, un esquema que solicita del lector que sea él el que ponga la carne si quiere hacerlo o, sencillamente, se conforme con el inventario que ha reducido la memoria del autor. Porque el lector de ‘Je me souviens’ es tratado por Perec como un distinguido colaborador, casi el coautor imprescindible para que el libro, tan aparentemente debido a la mera ocurrencia, cobre su sentido final. De hecho, en todas las ediciones que he visto de ‘Je me souviens’ el editor, a petición de Perec, agrega unas páginas en blanco invitando a los lectores a que contribuyan al experimento del autor, escribiendo sus propios «me acuerdo».

Hay que decir que, si decidimos que ‘Je me souviens’ no es más que una ocurrencia afortunada sin demasiada vitalidad literaria, tendremos que saber que la ocurrencia ni siquiera es de Georges Perec, sino de Joe Brainard, un pintor norteamericano que en 1970 publicó un cuaderno de 32 páginas titulado ‘I remember’, en 1972 publicó otro cuaderno de 70 páginas titulado ’More I remember’, y en 1975 recopiló todos sus «me acuerdo» en un volumen de 128 páginas. Brainard también se limitaba a enunciar recuerdos sin contarnos nunca qué era lo que recordaba de aquellas personas o cosas a las que recordaba.

Como en la mayoría de los casos de coleccionismo, he de decir que mi colección de ejemplares del libro de Perec no comenzó con el primer ejemplar que tuve, sino con el segundo o quizá con el tercero. Recuerdo que, después de leer el libro por vez primera, me dediqué a manchar una libreta con mis «me acuerdo»: cuando dispuse de más de 100, me acuerdo, elegí los 30 mejores para copiarlos en las páginas en blanco que se añadían al final en el libro de Perec. Es un ejercicio que recomiendo a todo escritor que presienta atravesar por una etapa de bloqueo. Pero mi colección de ‘Je me souviens’, como digo, habría de iniciarse meses más tarde, cuando encontré en el Mercat de Sant Antoni de Barcelona un ejemplar de una edición publicada en 1986.

Por supuesto, las páginas añadidas por el editor invitando al lector a sumar sus «me acuerdo» a los de Perec ya no estaban en blanco, sino ocupadas por una caligrafía microscópica con la que el anterior propietario del libro había escrito su batería de «me acuerdos». Estaban escritos en catalán, y compré el libro sólo para leer tranquilamente aquellos recuerdos de un lector anónimo que había querido contribuir al excelente proyecto de Perec. «Me acuerdo del primer perro que tuve, era ciego y diabético», «Me acuerdo del sonido del mar por la noche», «Me acuerdo de los muslos de un portero brasileño llamado Leao».

Yo no había tenido un perro ciego, pero conozco la música nocturna del mar y, de crío, el primer partido de fútbol al que mi padre me llevó fue un Barcelona-Palmeiras en el que Leao defendía la meta del equipo carioca. De aquella batería de «me acuerdos» de aquel lector anónimo, yo podía haber escrito casi la mitad y pensé que me bastaría con adquirir las experiencias enunciadas en los otros «me acuerdos» para ser él. Podía empeñar unas semanas en ese proyecto para convertirme en otro o, mejor dicho, para convertir a ese lector en mí, para añadir la memoria de otro a la mía: ¿no es al fin y al cabo eso la literatura? También pensé que lo que había pretendido Perec al invitar a los lectores a sumar sus listas de recuerdos a los suyos, era crear un país distinto, un lugar imaginario hecho con recuerdos reales, una cofradía de seres que alzan con sus líneas una ciudad invisible hecha de esqueletos de memoria. Confirmé estas intuiciones al hacerme con el tercer, con el cuarto, con el quinto ejemplar de ‘Je me souviens’, todos ellos heridos en sus últimas páginas por los recuerdos de sus lectores.

«Me acuerdo de que en los días de lluvia encendían las luces de las clases en el colegio, y eso me producía extrañeza», anotaba uno. Ese recuerdo también es mío, ese recuerdo lo tengo, no tendría que agregar ninguna experiencia a la mía para, en ese punto, ser ese lector anónimo que fue propietario del quinto ejemplar que adquirí del libro ‘Je me souviens’.

«Me acuerdo de que una noche me sentí morir, y sólo me preocupaba que mis padres no se llevaran la mala impresión del hedor de mi cadáver cuando me descubrieran por la mañana, así que me arrastré hasta el armario y apilé todas las pastillas de jabón que mi madre guardaba en los cajones para aromar la roma, y me cubrí con todas esas pastillas y me dispuse a morir tranquilo a sabiendas de que a la impresión terrible que sacudiría a mis padres cuando descubrieran mi cadáver no se agregaría la mala impresión del hedor que mi cuerpo desprendía».

Esa experiencia no la tengo aún, pero la próxima vez que me sintiera morir la adquiriría, de hecho llené los cajones del armario con pastillas de jabón. «Me acuerdo de las manos de mi madre», decía otro lector de Je me souviens, y ese lector podía ser yo. «Me acuerdo de las palabras del replicante de Blade Runner». Yo también. «Me acuerdo de ’La esfera y la cruz’, de Chesterton». Yo no, tengo que leerlo. Coleccionando ejemplares de ‘Je me souviens’, lo que hago es coleccionar experiencias que me faltan.

Georges Perec nos dio una lección con su libro tan aparentemente banal, tan poca cosa, tan abierto a colaboraciones de otros, tan interminable. Reduciendo su memoria a una pila de frases sin atractivo literario, nos enseñó que la literatura en esencia es eso: ofrecer memoria, invitar a hacer memoria, compartir recuerdos, añadir recuerdos a la bolsa donde guardamos todos los «me acuerdo» que son nuestra vibrante necrológica, que nos hacen ser quienes somos, criaturas que se diferencian apenas en el hecho de que uno se acuerda de los muslos de Leao y otro de las piernas veloces de Zatopek.

Sobre el sentido de la vida

Tres párrafos del artículo  “A pesar de los avances, la ciencia no va a resolver el sentido de la vida” de JOSEP MARÍA ESQUIROL | FILÓSOFO




Sí que hay un contraste con ciertos planteamientos románticos. Pero mi referente más cercano sería el del existencialismo o el de algunas divulgaciones del existencialismo, en las cuales se ha puesto demasiado énfasis en la idea de proyecto y por lo tanto de la realización personal y de éxito. Se insiste en que la vida es proyecto y, por tanto, se busca una realización, una expansión, una cierta aventura, lo nuevo, lo especial, lo singular. Y, desde luego, el éxito, conseguir lo que uno se propone. Frente a ello me parece muy necesario reivindicar la profundidad del gesto cotidiano. Hay cosas que no por repetirse son banales. En lo cotidiano hay mucha sedimentación, hay una riqueza que no puede menospreciarse…


El ser humano tiene necesidad de pensar porque el sentido de la vida, el sentido del todo, no está dado. Wittgenstein mismo hace casi un siglo decía que aunque la ciencia llegue a resolver los problemas relacionados con los orígenes del Universo o incluso las estructuras más básicas de la vida humana, notaríamos que respecto a lo esencial seguimos en la misma situación. Aunque la ciencia avance, que es obvio que está avanzando, hay algo que ella no resuelve y que no se va a resolver. Eso que he llamado el sentido de la vida no es algo que la ciencia pueda darnos como resultado de una teoría de la física. Kant decía que éste es el destino trágico de la razón humana.




Uno de los problemas del mundo académico actual consiste en una abstracción desmedida. Yo me propuse ya hace tiempo pensar recurriendo lo menos posible a lenguaje técnico, recuperar el lenguaje cotidiano. Lo profundo o grave puede decirse con el lenguaje coloquial. Que no es superficial, hay mucha riqueza ahí. Se trata de decir cosas profundas que en muchos casos pueden ser obvias porque esa abstracción terminológica no está desconectada de una pérdida de agudeza en nuestra mirada sobre las cosas más obvias. En mis clases, en conferencias, en cursos que doy, reivindico la evidencia, y advierto que eso llega a la gente: porque vivimos en un mundo en que lo más obvio, que a veces es muy interesante, pasa desapercibido.

De pérdidas y encuentros

Este artículo de Antonio Muñoz Molina,escritor español sobre perderse en las ciudades y encontrarse en determinados sitios, una plazuela que no habíamos visto nunca, me hizo sentarme a escribir estas tres pequeñas historias en donde  algo o  alguien  se pierde. Tengo en la memoria otras historias de pérdidas sin encuentro que tienen otro tono o perdidas con encuentro pero más desgarradoras que decidí guardar para otro momento. Acá está pues primero el artículo de Antonio y luego os míos.


Encontrarse, perderse/ Antonio Muñoz Molina



No sé qué me gusta más de ir por las ciudades, si encontrar sin dificultad el sitio que voy buscando o perderme en la búsqueda y encontrar entonces algo que no había previsto, pero que puede gustarme más aún. Ya sé que con Google Maps y con el iPhone perderse se ha vuelto un anacronismo. Pero hay anacronismos que tienen no sólo su encanto, sino también su utilidad. Hasta hace muy poco parecía que caminar por las ciudades era un anacronismo, comparado con la modernidad de ir en coche por ellas. Los urbanistas se pusieron en contra de que en las ciudades hubiera distancia abarcables a pie. Eso me recuerda al arquitecto Saenz de Oiza, al que le escuché una vez decir en una conferencia que ya estaba bien de sentimentalismos, que el porvenir de las ciudades era Los Angeles, porque había habido un tiempo en el que las ciudades tenían el tamaño de ir a pie, y luego el de ir a caballo, y que ahora tenían que adaptarse a la velocidad del coche, y santas pascuas. Y como decía Gila, el que no aguante una broma que se vaya del pueblo. También dijo una cosa estupenda: dijo que ahora-entonces- la gente se entera de la realidad viendo la televisión, no mirando por la ventana, como en el pasado lamentable, así que en la arquitectura contemporánea las ventanas carecían de toda importancia.
Pero me he perdido. Me ha pasado como con las calles de Amsterdam. Que unas veces me parece que ya he estado en un sitio -un canal, un puente, una torre puntiaguda de iglesia al fondo- y resulta que no he estado, y otras veces pienso que no sé dónde estoy y un pequeño detalle -una escultura, el letrero de una tienda- me advierten que sí sé donde estoy, pero que he cambiado de esquina, así que lo familiar me ha parecido distinto.
El resultado es un disfrute permanente. Disfruto de llegar a donde iba, con mi mapa y sin iPhone, y disfruto también de perderme. Hoy, por ejemplo, gracias a que me había perdido, he encontrado por fin algo que echaba de menos en la ciudad, y que me parecía un defecto grave: una buena heladería. Y como era tan buena y llevaba tanto tiempo sin tomar helados y me he comprado uno de cucurucho con dos bolas y hacía tanto calor he tenido que tomármelo a toda velocidad para que no se derritiera. Y gracias también a ese extravío he descubierto el extraordinario Westerpark, y cerca de él una barriada de viviendas sociales con una arquitectura contemporánea de mucha calidad, con imaginación y solidez, afortunadamente anacrónicas: tienen ventanas estupendas, están conectadas con el corazón de la ciudad por calles transitables a pie y carriles de bicicleta.
Y cuando ya estaba resignado a haberme perdido, he doblado una esquina y he encontrado lo que buscaba: una plazoleta que se llama Watertorenplein. Cerca de ella pasa un canal inundado de bambúes. Hay un depósito futurista de agua -por la indicación de un vecino deduzco que es la Watertoren del nombre-, unos bloques de viviendas con muchos jardines, unos edificios de ladrillo industrial como de principios del siglo pasado. Por el barrio se ven emigrantes musulmanes, probablemente marroquíes. Y me siento en un banco a descansar de la caminata y a ver pasar ciclistas y tranvías.

De pérdidas y encuentros:

Era 1970 y estábamos en San Francisco en una tienda de varios pisos. Subimos y bajamos por las escaleras mecánicas, cada uno se distrajo con lo que le gustaba y en una de esas me sentí perdida. No sabía si subir o bajar o quedarme quieta para encontrarnos. Me imaginaba que al día siguiente los titulares de los periódicos darían cuenta de que una joven peruana recién casada había sido abandonada en el piso seis de la tienda más grande de San Francisco, un rato estuvo bien para jugar a imaginar pero a la media hora estaba a punto de llorar. Ni siquiera recordaba el nombre de nuestro hotel. ¿Cómo nos encontraríamos? Alguien compasivo se quedo mirando mi cara compungida y solo atine a decirle: 
—“I lost my husband.” Como quien pierde un niño o un cachorrito. Que gusto tuve cuando nos encontramos y después de contarle la angustia que había sentido, me colgué de su brazo y no lo solté en toda la tarde. 
Al cabo de unos meses, el día de mi santo, supe que su desaparición había tenido un motivo, me había comprado un precioso pañuelo de la india que yo había dicho que me gustaba. Y como se trataba de esconder y encontrar puso mi regalo debajo de la pequeña mesa y yo lo encontré tras buscarlo en todos los rincones. Abrazo encantada. A nuestro regreso a Lima, cuando recién había dado a luz a mi hijo mayor, fuimos al matrimonio de mi mejor amiga. Tenía en la cintura el famoso pañuelo amarillo y verde y varias personas comentaros lo lindo que les parecía. Era un pañuelo con historia que debí mantener durante toda mi vida, pero al poco tiempo lo deje olvidado quién sabe dónde y se lo encontró quién sabe quién y seguro que todavía estará por ahí dando vueltas sin que jamás lo vuelva a encontrar.
Una amiga muy querida y su esposo estaban en el metro de New York con sus cinco hijos, todos chicos, porque no creían en el control de natalidad y habían ido naciendo uno tras otro. Cuando estaban por bajar en la estación que debían, los contaron y vieron que faltaba el más chiquito. Bajaron de todos modos, espantados y el esposo tomo el tren que iba hacia atrás y fue bajando en una y en otra estación. En la segunda vio que un policía lo tenía de la mano. Sonreía como si no hubiese pasado nada. Al esposo se le cayó el pelo en los siguientes días, todo, hasta el vello de brazos y piernas. Era el niño perdido y hallado en el metro.
Mi hija me dejo a Sarita, una poodle blanca a la que adoran, a cuidar por un fin de semana. Tuvo la precaución de ponerle al cuello una llave con nuestro número de teléfono. Pero no me dijo eso.
Estuve jugando un rato con ella. Mi esposo salió. Y yo me puse a escribir en la computadora terminando un cuento que no encontraba final. Entonces sonó el teléfono. 
—Señora usted tiene un poodle blanco? 
—Si. ¿Qué pasa? 
—Acá la tenemos, la hemos perseguido, estaba sorteando los carros, uno casi la atropella, se notaba que no estaba acostumbrada a pasear sola. —Por favor, le rogué, ¿me la trae? En este momento, saldré a la puerta, los espero afuera, le haré señales con la mano. Le di mi dirección y le dije, que si no venía, moriría mi hija, morirían mis nietos y moriría yo. 
El corazón de Sarita latía aceleradísimo. Llene a sus salvadores de agradecimientos y hasta de bendiciones. Había salido tras el carro de mi esposo sin que él se diera cuenta. Mantuvimos el incidente en secreto varias semanas. El cuento que escribía, lo rompí, tantas emociones en el mundo real me habían sacado de aquel mundo fantástico.





Tedsuya Wakuda





Tedsuya Wakuda, hace obras de arte 

Chef japonés que vive en Australia. 





Tedsuya Wakuda





Tedsuya Wakuda, hace obras de arte 

Chef japonés que vive en Australia. 





Dibujando


Amor a primera vista


Curioso 


Blanca y radiante  


Pepino 



Queta quiere conocer a Pepino 

domingo, 21 de agosto de 2016

Canciòn cantada, Federico Garcìa Lorca y dos canciones màs


* "Canción cantada" Federico García Lorca... por Lpetirrojo



* "Mi amante" Rafael Alberti - Vicente Monera por Lpetirrojo


* "Chanson d'automne" Paul Verlaine - Vicente... por Lpetirrojo

Saha Hadid, arquitecta









Edward Weston, fotògrafo




Fotògrafo norteamericano.  “Hacer de lo habitual, lo inusual”, 



Un poema de Antonio Colinas , premio Reina Sofía

UN POEMA DE ANTONIO COLINAS, premio Reina Sofía
Regreso a Petavonium»
Dejadme dormir en estas laderas
sobre las piedras del tiempo,
las piedras de la sangre helada de mis antepasados:
la piedra-musgo, la piedra-nieve, la piedra-lobo.
Que mis ojos se cierren en el ocaso salvaje
de los palomares en ruinas y de los encinares de
[hierro.
Sólo quiero poner el oído en la piedra
para escuchar el sonido de la montaña
preñada de sueños seguros,
el latido de la pasión de los antiguos,
el murmullo de las colmenas sepultadas.
Qué feliz ascensión por el sendero
de las vasijas pisoteadas por los caballos
un siglo y otro siglo.
Y en la cima, bravo como un espino, el viento
haciendo sonar el arpa de las rocas.
Es como el aliento de un dios
propagando armonía entre mis pestañas y las nubes.
Un águila planea lentamente en los límites,
se incendian las sierras de las peñas negras,
mas no veo las llamas,
las llamas que crepitan aquí abajo enterradas
bajo el monte de sueños aromados,
bajo la viga de oro de los celtas,
junto al curso del agua del olvido
que jamás —en vida— podremos contemplar,
pero que habrá de arrastrarnos tras el último suspiro.
¡Cómo pesan los párpados con la música del tiempo!
¡Cómo se embriagan de adolescencia perdida las
[venas!
Dejadme dormir en la ladera
de los infinitos sacrificios,
en donde arados y rebaños se han petrificado,
en donde el frío ha hecho florecer cenizales y huesos,
en donde las espadas han segado los labios del amor.
Dejadme dormir sobre la música de la piedra del
[monte,
pues ya sólo soy un nogal junto a una fuente ferrosa,
la vela que ilumina una bodega de mostos morados,
un trigal maduro rodeado de fuego,
una zarza que cruje de estrellas imposibles.
A partir de un espacio real como es el yacimiento de Petavonium, en el norte de Zamora, donde antaño se elevó una importante población romana, el poeta Antonio Colinas ha construido un «espacio mítico» merced a la reelaboración literaria de sus recuerdos de infancia, y también un «espacio arquetípico» en el que cualquier lector puede reconocerse.

El cazo de Lorenzo

Hace tiempo que no veía un dibujo animado tan precioso. Todos cargamos un cazo, totalmente identificada. No dejen de verlo.
Autora del cuento. Isabelle Carrier francesa. 

Las palabras película completa en español (the words)

El miedo y el mundo líquido, Zigmunt Bauman

Un ilustrador ruso : Gennedy Spirin La Sirenita