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domingo, 24 de mayo de 2015

De Julio Ramón Ribeyro

 
De Julio Ramón Ribeyro
 

“Cada lector es como un ejecutante de una partitura.”
“No hay que buscar la palabra más justa ni la palabra más bella, ni la palabra más rara. Buscar solamente tu propia palabra. “
 
“Lo que he escrito ha sido una tentativa para ordenar la vida y explicármela, tentativa vana que culminó con la elaboración de un inventario de enigmas.”
 
“Si alguna certeza adquirí es que no existen las certezas.”
 
“Es penoso irse del mundo sin haber adquirido una sola certeza. Conocerse será siempre el problema de todos los hombres.”
“Escribir, más que transmitir un conocimiento es acceder a un conocimiento. El acto de escribir nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva o caótica. Muchas veces las conocemos o las comprendemos solo cuando escribimos. Otra de las formas de conocerse es a través del amor, a través  de la relación con una mujer. No solamente de conocerse sino de conocer. Siempre una relación amorosa  es un libro donde uno aprende una cantidad de cosas sobre sí mismo y sobre el mundo. Es como un puente que abre perspectivas que jamás había visto uno.”

 

domingo, 5 de octubre de 2014

Los enormes beneficios de leer despacio

 
 
Los promotores de la lectura lenta buscan recuperar los hábitos de leer que imperaban antes de que la irrupción de Google, los smartphones y las redes sociales
Una vez a la semana, los integrantes de un club de lectura de Wellington, Nueva Zelanda, llegan a una cafetería, compran algo para beber y apagan sus teléfonos celulares. Se sientan cómodamente y leen en silencio durante una hora.
El objetivo no es hablar de literatura, sino escapar de los dispositivos electrónicos y leer en forma ininterrumpida. Se hacen llamar el Club de la Lectura Lenta y están a la vanguardia de un movimiento conformado por amantes de los libros que extrañan las costumbres de la era predigital.
Los promotores de la lectura lenta buscan recuperar los hábitos de leer que imperaban antes de que la irrupción de Google, los smartphones y los medios sociales empezara a fracturar nuestro tiempo y capacidad de atención. Muchos de ellos confiesan que acogieron el concepto tras darse cuenta de que ya no podían terminar de leer un libro.
“Ya no estaba leyendo novelas de ficción como antes”, dice Meg Williams, gerente de marketing de 31 años de un festival anual de arte que inició el club de lectura. “Estaba muy triste por haber perdido algo que me gustaba muchísimo”.
Quienes practican la lectura lenta mencionan una serie de beneficios, como una mayor capacidad para concentrarse, una disminución de los niveles de estrés y una mejor habilidad de escuchar y relacionarse con otras personas. El movimiento evoca el resurgimiento de otras labores tradicionales y que toman tiempo, como la “comida lenta” y tejer a mano, pasatiempos que sirven como una forma de contrarrestar un estilo de vida cada vez más acelerado.
Los beneficios de leer desde una edad temprana hasta avanzada la adultez han sido documentados. Un estudio realizado el año pasado entre 300 personas de la tercera edad y publicado en la revista especializada Neurology mostró que hacer actividades que desafían la mente de manera regular, como la lectura, desaceleraba la pérdida de la memoria en los últimos años de vida de los participantes.
Otro estudio publicado en la revista Science indicó que la lectura de literatura ayuda a entender los estados mentales y creencias de otras personas, una destreza considerada crucial a la hora de desarrollar relaciones. Además, una investigación publicada en Developmental Psychology en 1997 señaló que la capacidad de lectura durante el primer año escolar estaba estrechamente ligada a los logros académicos en el penúltimo año de educación secundaria.
No obstante, los hábitos de lectura han declinado en los últimos años en Estados Unidos. En una encuesta divulgada este año, cerca de 76% de los estadounidenses mayores de 18 años manifestaron que leyeron menos de un libro en los últimos 12 meses, una caída frente a 79% que respondió lo mismo en 2011, según el centro de estudios Pew Research Center.
Los intentos por reanimar el interés en la lectura han surgido en múltiples lugares. Grupos en Seattle, Brooklyn, Boston y Mineápolis han organizado las llamadas fiestas de lectura silenciosa, que ofrecen cómodas sillas, vino y música clásica.
Diana La Counte, del condado de Orange, California, formó hace unos años lo que denomina un grupo de lectura lenta virtual. Sus miembros comentan sobre un libro seleccionado en Internet, principalmente en Facebook. “Cuando descubrí que pasaba más tiempo leyendo Twitter que un libro, sabía que había llegado la hora de tomar cartas en el asunto,” asevera.
Las pantallas han cambiado nuestra forma de leer desde la secuencia linear de izquierda a derecha de antaño a una desordenada búsqueda de palabras e información importante.
Un estudio llevado a cabo en 2006 sobre el movimiento de los ojos de 232 individuos que veían una página web mostró que leían en forma de F. Pasaban rápidamente por la primera línea del texto, pero sólo llegaban a la mitad de los renglones siguientes. Después de un tiempo, hacían un movimiento vertical hacia la izquierda y hacia el final de la página.
Los científicos dicen que nada de esto es positivo para nuestra capacidad de comprensión. Leer un texto intercalado de enlaces genera un menor entendimiento que la lectura de un texto simple, como varias investigaciones han demostrado. Un estudio de 2007 en el que participaron 100 personas halló que una presentación multimedia que combinaba palabras, sonidos y fotos en movimiento generó un menor nivel de comprensión que un texto sin ningún adorno.
La lectura lenta representa un regreso al antiguo patrón linear y continuo, en un ambiente tranquilo y carente de distracciones. Sus partidarios recomiendan reservar entre 30 y 45 minutos del día para sentarse cómodamente lejos de los celulares y las computadoras. Muchos recomiendan tomar notas ocasionales para profundizar la compenetración con el texto.
Algunos de los proponentes más radicales de esta tendencia dicen que los libros impresos son superiores, en parte porque son más visibles en una casa y nos sirven de recordatorio de que hay que leer. Pero la mayoría sostiene que los lectores electrónicos y las tabletas funcionan igual de bien, en especial si se desconectan de la web.
Abeer Hoque, quien ha asistido a algunas fiestas de lectura silenciosa en Brooklyn, Nueva York, contempla leer un libro en su teléfono la próxima vez, pero planea desconectar la llegada de correos electrónicos y notificaciones de medios sociales, para no distraerse.
Cuando Williams, la gerente de marketing, que estudió literatura en la universidad, convocó a la primera reunión de su club de lectura en Wellington, dio consejos conducentes a una lectura productiva y cuadernos para anotar palabras y pasajes favoritos de la obra. Antes de comenzar cada reunión, el grupo respira lentamente durante algunos minutos y trata de despejar la mente antes de abrir el libro, como en una clase de yoga.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Libros que me han marcado


Mi amiga Fernanda Rodríguez Briz, de Argentina me nomina para que haga una lista de los 10 libros que más me han marcado. Tremendo problema pero igual hago una lista y la coloco en FB. Acá en mi blog en donde las reglas las pongo yo, añado los libros que se quedaron y que me costó enorme esfuerzo quitar.

 
Siete noches Jorge Luis Borges.

La piel de Zapa de Balzac

Madame Bobary  de Flaubert

La suerte está echada de Jean Paul Sartre

Novela con Cocaina M. Aguéev

Retrato de un matrimonio Nigel Nicolson

Las HERMANAS MAKIOKA - JUNICHIRO TANIZAKI.

Lo bello y lo triste de yasunari kawabata

La casa de las bellas durmientes Yasunari Kawabata

“La hija del sepulturero” de Joyce Carol Oates.

 “Los zapatos italianos” de Henning Mankel.

 “Historia de un amor maravilloso” de Carl Joham Wolguen, otro sueco.

 “El abanico de seda” de Lisa See

 “El lector” de Bernard Schlink

Verde agua” de Marisa Madieri

domingo, 18 de agosto de 2013

Una reina delicada

Clarice es una de mis escritoras favoritas, vuelvo a ella para seguir siempre encontrando un mundo distinto, intenso, tierno y curioso. Acá uno de sus cuentos:
( Clarice de niña).

Felicidad clandestina

Clarice Lispector


Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.

Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".

Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.

Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.

Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.

Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.

Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.

Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.

Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.

Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!

Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:

-Vas a prestar ahora mismo ese libro.

Y a mí:

-Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?

Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.

¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.

Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.

domingo, 7 de abril de 2013

Se aprende si...


Me despierto con gran ímpetu este lunes en el que no tengo urgencia de salir, me dispongo a ordenar papeles y entonces encuentro uno que me gusta. ¿De quien es? resulta que es mío. Es un texto en el que respondo a ciertas preguntas sobre nuestro Taller ABRA de lectura y escritura. Comparto unos extractos.




Se aprende si disfrutas, si te entusiasman, si muestras lo que enseñas como si fueran pepitas de oro, valorándolas. Mientras se aprende hay que reír, si los alumnos ríen entonces la cosa va por buen camino. Creo en un aprendizaje participativo. La voz de cada uno es importante. Y los trabajos realizados y entregados son recibidos con gran alegría. Creo en el estímulo y hago lo necesario para crear un espacio en donde el resto de las preocupaciones desaparezca para dedicarnos con toda el alma a lo que estamos abocados.

Promuevo la lectura, realizamos lecturas en voz alta, comentarios sobre el tema, vemos con detalle la manera en la que ha sido compuesto el texto. Usualmente vemos narrativa, especialmente cuentos y algunas veces poesía. También comentamos artículos periodísticos que nos muevan a la reflexión y a encontrar mejores herramientas para nuestra vida.
Desde niña he tenido la vocación de compartir aquello que me impresiona o descubro. He buscado alumnos entre los niños del barrio, personas que trabajaban en casa, y ya más tarde en un colegio; un centro de audición y lenguaje; clases particulares y por fin el taller que ya lleva 12 años
Mi abuela fue mi maestra, ella me enseñó a escribir. Estuve en un colegio de monjas y tuve algunas que nos transmitían con pasión sus materias. También tuve una profesora en la universidad, ella es argentina y nos enseñaba a Borges, y gozaba en la clase, se convertía en personaje, era una actriz fabulosa


Ofrecer material de alta calidad que coincida con los intereses de los participantes.
Adaptar mis intereses a los intereses de los demás.

Simpatía, calidez, amistad, ayuda si es necesaria.

Tener el convencimiento de que crecemos como personas en la medida en la que accedamos a mayores conocimientos. Creo que la curiosidad es la mejor de las cualidades y poder responder a las preguntas fundamentales que viven en nuestro interior una necesidad urgente. Aprender de los demás, de sus vidas, de su manera de enfrentar las dificultades o vivir en situaciones complicadas, nos hace más de lo que somos, afinando nuestro ser.

Las tareas son sugeridas, invito a los participantes a realizarlas, les anuncio que sentirán alegría al ejecutarla aunque les demande esfuerzo. Depende de ellos hacerla. Si la hacen son aplaudidas, si no, no pasa nada. Siempre estoy haciendo bromas respecto a lo encantada que sería si hiciesen con más frecuencia la tarea. Para nada creo que se puede obligar a alguien a hacer lo que no desea hacer o no se siente capaz de hacer.

Definitivamente hay personas más creativas que otras, dependerá de la infancia, de los genes, qué se yo, pero que puede estimularse la creatividad, se puede. Hay que poner reglas que permitan expresarse sin ningún temor, aceptar todas las ideas, aunque parezcan locas, el miedo es el enemigo número uno de la creatividad. Aprender por medio de experimentos lo que sucede si mezclamos esto con aquello, si nos permitimos jugar.
Para ser creativos hay que ser libres, entonces tenemos que luchar por acceder a la libertad, que nada te coaccione, que nadie te subvalorice, que seas apreciado en tus capacidades y por tu identidad.

Felizmente tengo una voz que puede imponerse a las de los demás. Con mi voz, sin decirlo, pido que regresemos al tema, regreso a él. Si conversan mucho, digo el nombre de una de las parlanchinas y ella inmediatamente dice, perdón. Tenemos unos momentos de recreo para que puedan conversar de sus propias cosas no referidas al tema de la clase, para que intercambien detalles, datos, amistad.

Cada cual procesa los conocimientos con su nivel. Muchas veces defino alguna palabra que seguro muchos conocen pero alguna no. Cada uno es lo que es.

Tengo muchos ejemplos de colaboración entre los miembros del taller que van más allá del tema del día o la literatura. Son colaboraciones de persona a persona, muchas veces algunas de los participantes cuenta en voz alta aquello que le ha pasado y que le preocupa o le hace sufrir, y los demás le ofrecen palabras de consuelo y comprensión.
La lectura comunitaria es un magnífico ejercicio. Se deja de ser yo para ser un nosotros. (No es un coro pero si una canción compartida, nuestras voces una tras otra, cuentan una historia).

Ninguna máquina puede reemplazar una persona, un maestro, una mirada, una caricia, una palabra con sentimiento, su voz.

Entusiasmo, alegría, capacidad de atender a varias personas a la vez, una historia personal rica en experiencias, optimismo, capacidad para comunicar sus experiencias, necesidad de aprender.

viernes, 1 de octubre de 2010

Aprovechando el tráfico

En la Avenida javier Prado, a hora punta, me doy permiso para leer mietras avanzan los carros. Es un ejercicio un poco difícil pero con un poco de práctica se consigue avanzar a paso de polka y leerse algunos párrafos del libro que hayamos sacado para que nos acompañe en la aventura de cruzar la ciudad. En esta ocasión le toca a Haruki Murakami que ha escrito un libro que se llama "De qué hablo cuando hablo de correr" en donde reflexiona sobre la influencia de este deporte en su vida y en su obra. De la maratón dice: un deporte imposible de practicar si uno no se recita mantras a sí mismo para autoestimularse durante la carrera. Nos cuenta que había un corredor que decía que desde que empezaba a correr y luego durante toda la carrera, no hacía más que rumiar una frase que le había enseñado su hermano, que también era corredor: "El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional." Entonces yo pienso, si estamos condenados a vivir sumergidos en una maraña de carros, debemos entretenernos en él. Leer, no olvidar algunas galletitas o una bebida, escuchar música o las entrevistas que nos ofrece el radio. Entonces, tenemos que encontrar la mejor manera de vivir esta etapa que Dios quiera sea temporal en donde estamos condenados a permanecer atrapados por el tráfico. Hoy por ejemplo escuché una muy buena entrevista de Raúl Vargas al pintor carlos Revilla en su programa: Peruanos en su salsa. Me entretiene, imagino el lugar en donde se produce la conversación ( la casa del artista) y disfruto escuchando esas palabras que hacen referencia al mundo de la pintura, al surrealismo, a su musa,los pintores que admira, los lugares mágicos del Perú de los que está enamorado: el desierto y la selva.La soledad del pintor y su entusiasmo por el mundo de color en abundancia de América Latina.
Cuando llego a la casa encuentro que la entrevista está en internet, entonces la copio para que ustedes puedan verla y oírla. Me sigue dando vueltas la frase de Murakami, creo que podemos aplicarla a nuestra vida, tomar las riendas y resistirnos a sufrir o ser víctimas, eso sí depende de nosotros.




Acá cuelgo unos videos de algunos de los artistas a los que hace referencia Carlos Revilla en sue entrevista.

Lucas Cranach:


Lucien Freud ( nieto de Sigmund)


Albert Durero:

martes, 10 de agosto de 2010

Imaginación y lectura


¿Pero qué tiene que ver la imaginación con la lectura? se preguntarán ustedes. Mucho, en verdad, mucho. En un famoso discurso, el doctor José Sarukhán, uno de nuestros más eminentes biólogos, aseguró que corríamos mucho más peligro dejando de leer que dejando de producir libros (aunque esto último condujera a lo primero). Trataba de señalar que a pesar de que tuviéramos todos los libros del mundo, el peligro radicaba en no leerlos, y afirmo que estaba demostrado que leer era el mejor ejercicio para el cerebro. Yo he parodiado muchas veces esta afirmación, diciendo que el exrector de la Universidad Nacional dice que leer es como poner a las neuronas a hacer aerobics. Más allá de la broma, creo que es una afirmación trascendente, de la que podríamos concluir que un grupo de lectores ejercita sus facultades cerebrales mucho más que uno de no lectores. Entre estas facultades, me parece, la de “imaginar” ocupa un lugar predominante. Quien lee está mucho más capacitado para imaginar su mundo que quien no lee. La lectura lleva a los individuos, hombres o mujeres, a imaginar soluciones a sus problemas. Vamos, los lectores son más creativos que los no lectores. La expresión “soluciones imaginativas” se refiere precisamente a esto, a la necesidad de imaginar nuevas respuestas para viejos problemas. Sealtiel Alatriste


martes, 13 de octubre de 2009

Reflexiones: Había una vez por Sergio Sinay



Había una vez, estas mágicas palabras siempre despiertan mi curiosidad y me concentro a escuchar esas palabras que traerán una historia de otro tiempo, en donde algun personaje se encuentre en alguna situación que lo haga soñar o desear, que lo mantenga prisionero o en donde se le abran las puertas para la aventura. Mientras escucho o leo el cuento me transformo en el personaje y sueño como él o sufro, o ansío. El artículo de Sergio Sinay nos explica la importancia de estas tres maravillosas palabras citando a tres personas a las que realmente admiro. Viktor Frankel psiquiatra austriaco autor de El hombre en busca de sentodo en donde narra sus experiencias en varios campos de concentración, Octavio Paz, escritor y pensador mexicano y Virginia Wolf, escritora inglesa.



Había una vez. Pocas palabras tienen el poder de estas tres. Pocas palabras abren de tal manera la mente y el corazón predisponiéndolos a recorrer mundos, escenarios, acontecimientos, a encontrarse con seres impensables y, aun así, posibles.
Pocas palabras, como estas tres, dan cuenta de la continuidad de la vida, de la sucesión de los ciclos, de la existencia de la memoria. Pocas palabras nos dicen, como éstas, que estamos hechos de tiempo, que fluimos, que somos parte de algo que es mucho más que la suma de sus partes.
No importa qué sigue después de "había una vez". Lo que afirman estas palabras es que la historia no empieza con nosotros, que no somos árboles sin raíces. Los árboles sin raíces no tienen cielo, tienen techo. El cielo es apertura, continuidad, totalidad. El techo es límite, final, interrupción. Cada vez más, hoy, las personas se decretan a sí mismas árboles sin raíces.
Cuanto más jóvenes, en general, menos le interesa a las personas de dónde vienen, creen de veras que su existencia y el mundo en el que viven habrían sido posibles sin la presencia previa de otros. Se ríen de quienes alguna vez vivieron sin teléfonos celulares o sin computadoras, sin IPods o sin MP3. No alcanzan a pensar que, para que estos artefactos de conexión fueran posibles, alguna vez alguien debió comunicarse con señales de humo, con tambores, con telégrafos, con cartas. Creen que la función de la existencia empezó cuando ellos abrieron los ojos y, del mismo modo, piensan que acabará cuando exhalen su aliento final. Reemplazan el "había una vez", testimonio de continuidad y de memoria, por el "fuiste", mutilador, empobrecedor y terminal.




Al inaugurar la Feria del Libro de Austria, en Viena, en 1977, el gran pensador y psicoterapeuta Víktor Frankl dio un bello y memorable discurso acerca de la posibilidad de la sanación por medio de la lectura. Y lo acompañó de casos en los cuales un libro, un texto, un relato (que acaso comenzaba con "Había una vez") habían salvado la vida de personas, las había alejado de ideas suicidas, les había permitido entender la necesidad de construir una vida con sentido.
En su libro Psicoterapia y Humanismo , dice Frankl: "Los escritores que atravesaron el infierno de la desesperación, que experimentaron la aparente carencia de sentido de la vida, pueden ofrecer su sufrimiento, por medio de la escritura, como un sacrificio en el altar de la especie humana. Sus revelaciones ayudarán al lector que sufra idéntico estado a superarlo".
Esa magnífica posibilidad requiere del "había una vez", porque "había una vez" significa que eso que fue ya no es, que ahora (cuando lo leemos o escuchamos) estamos en otro momento, pero que todo es narrable en tiempo pasado, que todo es recuperable y comprensible por medio de esa narración, y que el presente, a su vez, será la materia narrativa del futuro.
Que hay vida, que la vida es continuidad y que los vivientes somos, como las olas del mar, esencialmente agua. La ola es una forma específica y transitoria del mar, pero el mar, en tanto agua, es eterno.
Para entender esto, que puede sacarnos del ensimismamiento individualista, que puede despertarnos del sueño del puro presente sin raíz y sin para qué, que puede devolvernos la noción de que somos condición necesaria para dar sentido a la vida de los que fueron y dar materia a la vida de los que serán, es necesario recuperar el poderoso significado de estas tres palabras: había una vez.
Esta es una responsabilidad colectiva. Como especie tenemos un deber. El de narrarnos. Contarnos los unos a los otros, convertirnos por medio de la narración (oral, escrita, leída) en puentes que comuniquen nuestros universos personales y trasciendan en el universo que nos contiene a todos.


El escritor rumano Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz en 1986, lo sintetiza de un modo simple y hermoso: "Dios hizo al hombre porque adora los cuentos", escribe en The Gates of The Forest . No podemos, entonces, traicionar esa razón. En cierto modo, cada uno a su manera, cada quien con sus propias herramientas, hemos venido a este mundo a contar, a contarnos los unos a los otros.
Pero esto tiene un requisito previo. El de vivir, el de estar presentes en nuestra existencia, el de comunicarla con la de los otros. Aislados de nuestros semejantes, dopados por una conexión tecnológica que nos desconecta, ansiosos por correr al ritmo que nos imponen para no quedar "desactualizados", embotellados en minúsculas y empobrecidas existencias cercadas por el temor al "fuiste", queda muy poco para contar.
Si creemos que no hay narración anterior a nosotros y que no habrá otra posterior, si todo es sólo presente (sin la raíz del pasado y sin la fronda del futuro alzándose al cielo), entonces nada importa. Nada debe ser cuidado ni respetado. Nada nos ha sido legado, nada legaremos. Egoístas y aislados nos dedicaremos a consumir el mundo, a depredarlo, nos iremos quedando sin narración y sin palabras.




Octavio Paz escribió alguna vez estos versos:


"Soy hombre: duro poco/ y es enorme la noche / Pero miro hacia arriba:/ las estrellas escriben. /Sin entender comprendo: / también soy escritura/ y en este mismo instante/ alguien me deletrea".


Había una vez un poeta que se llamaba Octavio Paz, y está vigente y presente en esas y otras palabras. Pocas son tan poderosas como "había una vez". Abren el mundo, lo continúan, lo ratifican, confirman la vida. Son esenciales.
Después, hay muchas más. Nuestro idioma tiene aproximadamente 85 mil. No usamos más de mil. La mayoría de los jóvenes está hablando (cuando hablan, en lugar de simplemente emitir onomatopeyas) con no más de 300. Es necesario que empecemos a contar, a narrarnos, a convocarnos para seguir despertándonos con el "había una vez".
Hay mucho para decir, mucho para escribir, mucho para leer. Estamos a tiempo.




Virginia Wolf, que algo sabía de estas cosas, escribió en La Torre inclinada : "A veces he soñado que, al amanecer del día del Juicio Final, cuando los grandes conquistadores, legisladores y hombres de Estado acudan a recibir sus recompensas -las coronas, los laureles, las lápidas con el nombre indeleblemente grabado en mármol imperecedero- el Todopoderoso, cuando nos vea llegar a nosotros con nuestros libros bajo el brazo, se dirigirá a Pedro y le dirá, no sin cierta envidia: "Estos no necesitan recompensa. Aquí no hay nada que les podamos dar. Son los amantes de la lectura".
Los amantes del "había una vez". Los amantes de la memoria. Los amantes del fluir de la vida.