Desde Lima, un relámpago de azul-cielo o azul-mar en nuestra mente o en nuestro corazón que ansían la belleza. Cuentos, poesía, música, cine, reflexiones, teatro, viajes, fotografía, entrevistas, danza y más.
domingo, 3 de julio de 2016
domingo, 24 de mayo de 2015
De Julio Ramón Ribeyro
domingo, 30 de noviembre de 2014
domingo, 5 de octubre de 2014
Los enormes beneficios de leer despacio
domingo, 7 de septiembre de 2014
Libros que me han marcado
domingo, 18 de agosto de 2013
Una reina delicada
( Clarice de niña).
Felicidad clandestina
Clarice Lispector
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:
-Vas a prestar ahora mismo ese libro.
Y a mí:
-Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?
Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.
domingo, 7 de abril de 2013
Se aprende si...
Me despierto con gran ímpetu este lunes en el que no tengo urgencia de salir, me dispongo a ordenar papeles y entonces encuentro uno que me gusta. ¿De quien es? resulta que es mío. Es un texto en el que respondo a ciertas preguntas sobre nuestro Taller ABRA de lectura y escritura. Comparto unos extractos.

Se aprende si disfrutas, si te entusiasman, si muestras lo que enseñas como si fueran pepitas de oro, valorándolas. Mientras se aprende hay que reír, si los alumnos ríen entonces la cosa va por buen camino. Creo en un aprendizaje participativo. La voz de cada uno es importante. Y los trabajos realizados y entregados son recibidos con gran alegría. Creo en el estímulo y hago lo necesario para crear un espacio en donde el resto de las preocupaciones desaparezca para dedicarnos con toda el alma a lo que estamos abocados.
Promuevo la lectura, realizamos lecturas en voz alta, comentarios sobre el tema, vemos con detalle la manera en la que ha sido compuesto el texto. Usualmente vemos narrativa, especialmente cuentos y algunas veces poesía. También comentamos artículos periodísticos que nos muevan a la reflexión y a encontrar mejores herramientas para nuestra vida.
Desde niña he tenido la vocación de compartir aquello que me impresiona o descubro. He buscado alumnos entre los niños del barrio, personas que trabajaban en casa, y ya más tarde en un colegio; un centro de audición y lenguaje; clases particulares y por fin el taller que ya lleva 12 años
Mi abuela fue mi maestra, ella me enseñó a escribir. Estuve en un colegio de monjas y tuve algunas que nos transmitían con pasión sus materias. También tuve una profesora en la universidad, ella es argentina y nos enseñaba a Borges, y gozaba en la clase, se convertía en personaje, era una actriz fabulosa
Ofrecer material de alta calidad que coincida con los intereses de los participantes.
Adaptar mis intereses a los intereses de los demás.
Simpatía, calidez, amistad, ayuda si es necesaria.
Tener el convencimiento de que crecemos como personas en la medida en la que accedamos a mayores conocimientos. Creo que la curiosidad es la mejor de las cualidades y poder responder a las preguntas fundamentales que viven en nuestro interior una necesidad urgente. Aprender de los demás, de sus vidas, de su manera de enfrentar las dificultades o vivir en situaciones complicadas, nos hace más de lo que somos, afinando nuestro ser.
Las tareas son sugeridas, invito a los participantes a realizarlas, les anuncio que sentirán alegría al ejecutarla aunque les demande esfuerzo. Depende de ellos hacerla. Si la hacen son aplaudidas, si no, no pasa nada. Siempre estoy haciendo bromas respecto a lo encantada que sería si hiciesen con más frecuencia la tarea. Para nada creo que se puede obligar a alguien a hacer lo que no desea hacer o no se siente capaz de hacer.
Definitivamente hay personas más creativas que otras, dependerá de la infancia, de los genes, qué se yo, pero que puede estimularse la creatividad, se puede. Hay que poner reglas que permitan expresarse sin ningún temor, aceptar todas las ideas, aunque parezcan locas, el miedo es el enemigo número uno de la creatividad. Aprender por medio de experimentos lo que sucede si mezclamos esto con aquello, si nos permitimos jugar.
Para ser creativos hay que ser libres, entonces tenemos que luchar por acceder a la libertad, que nada te coaccione, que nadie te subvalorice, que seas apreciado en tus capacidades y por tu identidad.
Felizmente tengo una voz que puede imponerse a las de los demás. Con mi voz, sin decirlo, pido que regresemos al tema, regreso a él. Si conversan mucho, digo el nombre de una de las parlanchinas y ella inmediatamente dice, perdón. Tenemos unos momentos de recreo para que puedan conversar de sus propias cosas no referidas al tema de la clase, para que intercambien detalles, datos, amistad.
Cada cual procesa los conocimientos con su nivel. Muchas veces defino alguna palabra que seguro muchos conocen pero alguna no. Cada uno es lo que es.
Tengo muchos ejemplos de colaboración entre los miembros del taller que van más allá del tema del día o la literatura. Son colaboraciones de persona a persona, muchas veces algunas de los participantes cuenta en voz alta aquello que le ha pasado y que le preocupa o le hace sufrir, y los demás le ofrecen palabras de consuelo y comprensión.
La lectura comunitaria es un magnífico ejercicio. Se deja de ser yo para ser un nosotros. (No es un coro pero si una canción compartida, nuestras voces una tras otra, cuentan una historia).
Ninguna máquina puede reemplazar una persona, un maestro, una mirada, una caricia, una palabra con sentimiento, su voz.
Entusiasmo, alegría, capacidad de atender a varias personas a la vez, una historia personal rica en experiencias, optimismo, capacidad para comunicar sus experiencias, necesidad de aprender.
viernes, 1 de octubre de 2010
Aprovechando el tráfico
Cuando llego a la casa encuentro que la entrevista está en internet, entonces la copio para que ustedes puedan verla y oírla. Me sigue dando vueltas la frase de Murakami, creo que podemos aplicarla a nuestra vida, tomar las riendas y resistirnos a sufrir o ser víctimas, eso sí depende de nosotros.
Acá cuelgo unos videos de algunos de los artistas a los que hace referencia Carlos Revilla en sue entrevista.
Lucas Cranach:
Lucien Freud ( nieto de Sigmund)
Albert Durero:
martes, 10 de agosto de 2010
Imaginación y lectura

¿Pero qué tiene que ver la imaginación con la lectura? se preguntarán ustedes. Mucho, en verdad, mucho. En un famoso discurso, el doctor José Sarukhán, uno de nuestros más eminentes biólogos, aseguró que corríamos mucho más peligro dejando de leer que dejando de producir libros (aunque esto último condujera a lo primero). Trataba de señalar que a pesar de que tuviéramos todos los libros del mundo, el peligro radicaba en no leerlos, y afirmo que estaba demostrado que leer era el mejor ejercicio para el cerebro. Yo he parodiado muchas veces esta afirmación, diciendo que el exrector de la Universidad Nacional dice que leer es como poner a las neuronas a hacer aerobics. Más allá de la broma, creo que es una afirmación trascendente, de la que podríamos concluir que un grupo de lectores ejercita sus facultades cerebrales mucho más que uno de no lectores. Entre estas facultades, me parece, la de “imaginar” ocupa un lugar predominante. Quien lee está mucho más capacitado para imaginar su mundo que quien no lee. La lectura lleva a los individuos, hombres o mujeres, a imaginar soluciones a sus problemas. Vamos, los lectores son más creativos que los no lectores. La expresión “soluciones imaginativas” se refiere precisamente a esto, a la necesidad de imaginar nuevas respuestas para viejos problemas. Sealtiel Alatriste
martes, 27 de abril de 2010
martes, 13 de octubre de 2009
Reflexiones: Había una vez por Sergio Sinay
Había una vez. Pocas palabras tienen el poder de estas tres. Pocas palabras abren de tal manera la mente y el corazón predisponiéndolos a recorrer mundos, escenarios, acontecimientos, a encontrarse con seres impensables y, aun así, posibles.
Pocas palabras, como estas tres, dan cuenta de la continuidad de la vida, de la sucesión de los ciclos, de la existencia de la memoria. Pocas palabras nos dicen, como éstas, que estamos hechos de tiempo, que fluimos, que somos parte de algo que es mucho más que la suma de sus partes.
No importa qué sigue después de "había una vez". Lo que afirman estas palabras es que la historia no empieza con nosotros, que no somos árboles sin raíces. Los árboles sin raíces no tienen cielo, tienen techo. El cielo es apertura, continuidad, totalidad. El techo es límite, final, interrupción. Cada vez más, hoy, las personas se decretan a sí mismas árboles sin raíces.
Cuanto más jóvenes, en general, menos le interesa a las personas de dónde vienen, creen de veras que su existencia y el mundo en el que viven habrían sido posibles sin la presencia previa de otros. Se ríen de quienes alguna vez vivieron sin teléfonos celulares o sin computadoras, sin IPods o sin MP3. No alcanzan a pensar que, para que estos artefactos de conexión fueran posibles, alguna vez alguien debió comunicarse con señales de humo, con tambores, con telégrafos, con cartas. Creen que la función de la existencia empezó cuando ellos abrieron los ojos y, del mismo modo, piensan que acabará cuando exhalen su aliento final. Reemplazan el "había una vez", testimonio de continuidad y de memoria, por el "fuiste", mutilador, empobrecedor y terminal.

Al inaugurar la Feria del Libro de Austria, en Viena, en 1977, el gran pensador y psicoterapeuta Víktor Frankl dio un bello y memorable discurso acerca de la posibilidad de la sanación por medio de la lectura. Y lo acompañó de casos en los cuales un libro, un texto, un relato (que acaso comenzaba con "Había una vez") habían salvado la vida de personas, las había alejado de ideas suicidas, les había permitido entender la necesidad de construir una vida con sentido.
En su libro Psicoterapia y Humanismo , dice Frankl: "Los escritores que atravesaron el infierno de la desesperación, que experimentaron la aparente carencia de sentido de la vida, pueden ofrecer su sufrimiento, por medio de la escritura, como un sacrificio en el altar de la especie humana. Sus revelaciones ayudarán al lector que sufra idéntico estado a superarlo".
Esa magnífica posibilidad requiere del "había una vez", porque "había una vez" significa que eso que fue ya no es, que ahora (cuando lo leemos o escuchamos) estamos en otro momento, pero que todo es narrable en tiempo pasado, que todo es recuperable y comprensible por medio de esa narración, y que el presente, a su vez, será la materia narrativa del futuro.
Que hay vida, que la vida es continuidad y que los vivientes somos, como las olas del mar, esencialmente agua. La ola es una forma específica y transitoria del mar, pero el mar, en tanto agua, es eterno.
Para entender esto, que puede sacarnos del ensimismamiento individualista, que puede despertarnos del sueño del puro presente sin raíz y sin para qué, que puede devolvernos la noción de que somos condición necesaria para dar sentido a la vida de los que fueron y dar materia a la vida de los que serán, es necesario recuperar el poderoso significado de estas tres palabras: había una vez.
Esta es una responsabilidad colectiva. Como especie tenemos un deber. El de narrarnos. Contarnos los unos a los otros, convertirnos por medio de la narración (oral, escrita, leída) en puentes que comuniquen nuestros universos personales y trasciendan en el universo que nos contiene a todos.
El escritor rumano Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz en 1986, lo sintetiza de un modo simple y hermoso: "Dios hizo al hombre porque adora los cuentos", escribe en The Gates of The Forest . No podemos, entonces, traicionar esa razón. En cierto modo, cada uno a su manera, cada quien con sus propias herramientas, hemos venido a este mundo a contar, a contarnos los unos a los otros.
Pero esto tiene un requisito previo. El de vivir, el de estar presentes en nuestra existencia, el de comunicarla con la de los otros. Aislados de nuestros semejantes, dopados por una conexión tecnológica que nos desconecta, ansiosos por correr al ritmo que nos imponen para no quedar "desactualizados", embotellados en minúsculas y empobrecidas existencias cercadas por el temor al "fuiste", queda muy poco para contar.
Si creemos que no hay narración anterior a nosotros y que no habrá otra posterior, si todo es sólo presente (sin la raíz del pasado y sin la fronda del futuro alzándose al cielo), entonces nada importa. Nada debe ser cuidado ni respetado. Nada nos ha sido legado, nada legaremos. Egoístas y aislados nos dedicaremos a consumir el mundo, a depredarlo, nos iremos quedando sin narración y sin palabras.

Octavio Paz escribió alguna vez estos versos:
"Soy hombre: duro poco/ y es enorme la noche / Pero miro hacia arriba:/ las estrellas escriben. /Sin entender comprendo: / también soy escritura/ y en este mismo instante/ alguien me deletrea".
Había una vez un poeta que se llamaba Octavio Paz, y está vigente y presente en esas y otras palabras. Pocas son tan poderosas como "había una vez". Abren el mundo, lo continúan, lo ratifican, confirman la vida. Son esenciales.
Después, hay muchas más. Nuestro idioma tiene aproximadamente 85 mil. No usamos más de mil. La mayoría de los jóvenes está hablando (cuando hablan, en lugar de simplemente emitir onomatopeyas) con no más de 300. Es necesario que empecemos a contar, a narrarnos, a convocarnos para seguir despertándonos con el "había una vez".
Hay mucho para decir, mucho para escribir, mucho para leer. Estamos a tiempo.

Virginia Wolf, que algo sabía de estas cosas, escribió en La Torre inclinada : "A veces he soñado que, al amanecer del día del Juicio Final, cuando los grandes conquistadores, legisladores y hombres de Estado acudan a recibir sus recompensas -las coronas, los laureles, las lápidas con el nombre indeleblemente grabado en mármol imperecedero- el Todopoderoso, cuando nos vea llegar a nosotros con nuestros libros bajo el brazo, se dirigirá a Pedro y le dirá, no sin cierta envidia: "Estos no necesitan recompensa. Aquí no hay nada que les podamos dar. Son los amantes de la lectura".
Los amantes del "había una vez". Los amantes de la memoria. Los amantes del fluir de la vida.



