Desde Lima, un relámpago de azul-cielo o azul-mar en nuestra mente o en nuestro corazón que ansían la belleza. Cuentos, poesía, música, cine, reflexiones, teatro, viajes, fotografía, entrevistas, danza y más.
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domingo, 19 de abril de 2015
miércoles, 24 de diciembre de 2014
El jardín del unicornio
El jardín del unicornio Triunfo Arciniegas , escritor colombiano
Sin lugar a dudas, mi mujer
es un animal peligroso. Los amigos me festejan la frase: la toman en broma.
Todos mis años haciendo lo que me venía en gana y ahora, desde hace tres, lo
que le viene en gana a ella. Aunque en casa se hace su soberana voluntad, sé
qué no vive contenta. Terminará por largarse, cerrando nuestro dulce calvario.
No importa qué haga para conservarla porque de todos modos terminará
amontonando las muñecas en la vieja maleta de su madre y una tarde de éstas
encontraré la carta de tibios garabatos debajo de la almohada. Temo su
ausencia, temo que la casa vacía me aplaste, y cada vez que abro la puerta y la
veo, sorprendido, experimento cierta felicidad. Aplacar su deseo es la única
manera de arrancarle un poco de ternura; gime, llora, grita como una loca y me
deja la espalda en carne viva. Por eso digo que es un animal peligroso. Grita
barbaridades de camionero, se dice que es mi perra y me persigue la oreja con
furia vangoghiana. Definitivamente es un animal peligroso. No soporta los retrasos,
para empezar, aunque nunca aparezca cuando la espero en un parque, sin paraguas
y muerto de hambre; siempre perdemos el comienzo de las películas y siempre
llegamos cuando ya no nos esperan. Me descuida pero no suelta la cuerda.
Reclama con minuciosidad el itinerario de mis días y sus preguntas tramposas
pretenden hacerme caer. No voy muy lejos, no me da tiempo de nada. Conoce todos
los teléfonos para cerciorarse de mi paradero. Si chasquea los dedos aparezco
batiendo la cola y lamo su mano. Le soy fiel por comodidad o, como dicen los
amigos, por instinto de conservación. Por otra parte, debo admitirlo, no caen
muchas con esta cara de burro y el arte de la seducción es el arte de la
palabra, el sosiego y la magia, del acecho y el zarpazo, de detalles, de
calculadas esperas, del cielo no cae ninguna, amores fáciles sólo en las
películas. Ojalá las mujeres me persiguieran como lo hacen en su imaginación:
como mosca vuelo de orgía en orgía. Ni raja ni presta el hacha, quiero decir,
ni me mantiene ni deja que encuentre quien me mantenga, ni hacha ni presta la
raja, dirían mis amigos. De todos modos, venía diciendo que no soporta que
llegue tarde y debo inventar disculpas cada vez más ingeniosas o verdades a
medias o verdades enteras que generalmente no acepta. Cuanto más grande es la
mentira más difícil de sustentar, y sostener, claro, aunque es ésta
precisamente la que deja los mejores resultados por el momento. Habla poco pero
siempre me asombra su terquedad para desmigajar mis argumentos. Esta vez,
debido al cansancio, prefiero la verdad: me entretuve negociando un unicornio.
Ofrecí hasta ciento cincuenta pesos pero no bajaron de doscientos cincuenta. No
me pareció caro pero tampoco andaba muy deseoso de un unicornio, sólo quería
darle la sorpresa al ángel de mis tormentos. De pronto una sorpresa funciona.
La otra noche, para disculpar la borrachera, aparecí con un precioso gatito
negro de diez pesos en el bolsillo: fue maravilloso mientras el gato nos
acompañó. Porque luego, mientras le explicaba que el día menos pensado lo
veríamos otra vez junto al plato de leche, que estos animales son unos
vagabundos desagradecidos por naturaleza, me estrellé contra el muro de
silencio y tedio: una fuerza ciega y peligrosa que me envuelve y me acorrala
como un huracán. Cuando se pone así le molesta hasta mi manera de caminar, de
masticar, de peinarme, no puedo cantar en el baño o arrastrar la silla al
sentarme. Entro a otra estación en el infierno, la mujer se cierra día y noche,
en cuerpo y alma. En pocas palabras, se vuelve insoportable. Después del gato,
fracasé con el canario, también con el par de loritos y la ardilla que arruinó
los muebles: a todos encontró defectos y a todos descuidó hasta tal punto que
me vi en la necesidad de remitírselos a distintos vecinos antes de que su
propia mano los pasara por la silla eléctrica. El cine, el restaurante y el
vino sólo me dan una noche de tregua, y el bolsillo no alcanza para tantas
treguas. Quiere una cosa, quiere otra, al rato no la quiere, la detesta; como
el vestido verde que vimos a las tres de la mañana, un poco borrachos y
felices. Me suplicó, me prometió esto y lo otro, me juró y al amanecer la
sabiduría de su lengua me convenció. La desnudez es un arma invencible.
Amorosa, ansiosa y entregada, la mujer es el remedio de toda desgracia. Por la
tarde la desperté con el paquete en la mano, balanceando el dolor del precio
con la intensidad del gozo: ya no se acordaba. Aunque las piernas se le veían
muy bonitas y el trasero se le redondeaba con delicia, no usó más de dos veces
ese vestido verde. Así es. Me exige que le traiga el unicornio para creerme, y
cuando exige, por Dios que sí, exige en serio: un índice erguido señala la
puerta. Encuentro la tienda cerrada. Por fortuna, el dueño vive cerca y se
compadece al verme mojado de lluvia y muerto de hastío: doscientos pesos.
Hablamos de caprichos bajo su paraguas, nos estrechamos la mano como viejos
amigos, que vuelva cuando quiera, los conejos son más baratos. Es un hermoso
unicornio de quinientos pesos que no le teme a la lluvia, delicado, tan manso
que dan ganas de soltarle la cuerda. Entramos al bar de Osiris mientras pasa la
lluvia. Un borracho melancólico se queda mirándonos: “Sólo le falta un clavel
en la oreja”, dice. Al fondo, junto al viejo que lee el periódico con la pipa
en la boca y el hilo de saliva en la quijada, un hombre maduro murmura cosas al
oído de una muchacha que se muerde los labios y dirige con el dedo una
autopista de cerveza sobre el vidrio, del vaso rebosante de espuma al pocillo
humeante; el dedo se confabula con otro para tomar uno a uno los cubitos de
azúcar y soltarlos en el humo; su otra mano envuelve la quijada y acaricia el
rostro con lentitud. “O una corbata amarilla”, dice el borracho. Los cabellos
de la muchacha se desgajan al rostro y el cuerpo del hombre se retuerce en el
territorio de los cuchillos. Osiris dibuja una cabeza de caballo, tomo el lápiz
y le agrego un cuerno largo y fino, retorcido como un tornillo, casi entre las
cejas, para regocijo de Osiris, quien me sonríe y pestañea como una vaca,
imaginándolo entre las piernas. Pronto rechazo una oferta de cuatrocientos
pesos, ni por quinientos lo daría, el aguardiente me abriga el cuerpo, el mundo
gira. Una negra de teticas de golondrina se vuelve loca por el unicornio pero
debo negárselo. Me gustan esos pantalones ajedrezados, qué daría por un jaque
mate, el trasero, una obra maestra que bambolea con gracia, me gusta toda: la
imagino de alambre dulce para los retorcimientos. Esa mano, envolviendo como
una seda el cuerno pulimentado, me alborota la lujuria y es preciso volver a
casa antes de caer en la tentación. Las uñas pintadas destrozan las gotas de
lluvia que no resbalan del pelaje. Para colmo, ten piedad de mí, Señor, la
negra me invita a conocer las fotografías de unicornios que adornan su alcoba.
Le digo que a ningún hombre le gustan las fotografías de unicornios en la
alcoba y se retuerce, se recoge y se lame, feliz e insinuante, casi se arranca
los botones: me pregunto qué cosa me unté esta mañana. El hombre maduro se
levanta y se abotona el saco, deja un billete nuevo junto a la cerveza sin
terminar. Su tierna amiga sacude la cabeza para acomodar los cabellos y se
levanta mientras el hombre retira la silla. Los imagino retorcidos y anudados,
no tengo remedio. “Bonito animal”, comenta el hombre, casi tocándolo, y desde
la puerta corre cubriéndose la cabeza con un brazo. Una araña desparramada
sobre el hombre, un hombre corre bajo la araña. La muchacha se recoge los
cabellos en un ligero moño. Toca al animal, para darse suerte tal vez, y se
decide. De prisa alcanza la puerta, se detiene para volver a mirarnos y nos
dice adiós con la mano. Atraviesa la calle y encuentra al hombre en la esquina.
Se muerden la boca bajo la lluvia, el hombre la abraza y desaparecen. Conservo
la imagen de la muchacha: suéter gris sobre la blusa blanca, falda negra sin
abertura a lo largo de los muslos, zapatos de tacón bajo y medias gruesas casi
hasta las rodillas, como si todavía fuese a la escuela. Sentada a la orilla de
una cama limpia, cerca de aquí, se sacará las medias salpicadas y surgirán los
pies rosados. Después de secarle la cabeza, el hombre llevará sus besos
desordenados hasta los peces tibios, contará los dedos, beberá una y otra vez
la luz de las piernas en el altar de la adoración. Ella, en agonía, lo llamará
y lo devorará. Osiris recoge el billete, el vaso y el pocillo y pasea en
círculos el trapo rojo por el vidrio de la mesa. El viejo no despega los ojos
del periódico ni la pipa de la boca, el borracho melancólico cabecea y se
recorre con dedos torpes los labios gruesos y babosos. Ay, dos tetas tiran más
que dos carretas, golondrina de mis veranos, desamparada en este mundo
necesitado de sus maromas: alambre dulce que se retuerce en la magia del sudor.
Ay, negra, riega sal en la herida. Mis imaginaciones son limitadas pero
básicas: la saliva del delirio, la sabiduría de la lengua que abre las puertas
del cielo, la miel y el sudor, soy un hombre débil. Le cambiaría el animal por
unas caricias, pero quién podrá con mi mujer. La negra habla del horóscopo en
mi hombro, como un viento suave, no puedo concentrarme, no entiendo, es Virgo y
soy Cáncer, males que van juntos. La chica del afiche que me fascina y alguna
vez negociaré con Osiris, tendida en la playa, una pierna estirada y otra en
ángulo, el índice en la boca como un helado o como otra cosa que quiere probar,
parece burlarse, reprocharme la estupidez. Porque mi mujer es un animal
peligroso y sobre todo porque tengo que regresar. Y cuanto más tarde, peor,
pienso, ante la persistencia de la lluvia, y el unicornio y yo nos echamos a la
calle: se nos hace noche. Brinca de gozo, como un perrito, pero la cuerda es
fuerte. Luce tan manso y sagrado como una oveja. Un clavel, dijo el borracho. Y
una cinta alrededor del cuello. De pronto, cuando las cosas suceden más de
prisa que en el pensamiento, pasa la lluvia y los niños ensayan barcos de papel
en los riachuelos de la calle, mi mujer abre la puerta y corre a secar el
unicornio con nuestra toalla y al instante le ofrece café. Los unicornios no toman
café. Le sugiero que lo amarremos en el jardín porque, al fin y al cabo, para
eso son los unicornios, para amarrarlos en el jardín, y me replica que el
pobrecito se ensopará. No, qué tontería, les fascina la lluvia, todo el mundo
lo sabe. No es más que un unicornio de jardín, no me explico el alboroto: todo
lo demás es puro cuento. Al fin y al cabo, rezongando, acepta. Pero durante la
noche, sin atarse la bata, a cada rato y sin permitirme ahondar en el sueño, va
a la ventana y desde el éxtasis contempla al animal. Me habla de sus ojos de
luna, se despierta con sus ojos de luna a las nueve de la mañana de este
domingo inútil. El vecindario se alborota con el rumor del unicornio, qué
bello, qué rosado, já, porque todo el mundo estaba harto de unicornios negros y
deshilachados. Todo el mundo comenta cuánta falta le hacía el unicornio al
jardín, hasta la señora del canario y el viejo de los loritos se acercan y,
tonto y trasnochado, pienso que sí, cómo no, cuánta falta, señores. Se me
quitan las ganas de pintar la cocina, de hojear el periódico, de escribirle a
Vanessa. Qué despelote, loca se vuelve mi mujer con el unicornio, quién lo
creyera, que una foto así, que otra así, no seas malo mijito, lindo domingo de
fotógrafo. Tan loca que hasta se olvida de insistir que vuelva temprano, hasta
no le importa que pierda unos minutos en el bar de Osiris, donde los amigos
comentan que mi mujer no es un animal tan peligroso y piden raspadura de cuerno
de unicornio para sus juegos eróticos y baba azul en un frasquito para la
impotencia de un amigo que tengo y no conoces, y que no se te olvide, insisten
hasta el aburrimiento, en ayunas, insisten felices, como si no supieran que
durante el celo a los unicornios la baba se les oscurece a un morado de
entrepierna, y el cuerno, amigos míos, se endurece como ya lo quisieran algunos
a cierta hora, nadie raspa una cosa así, les discuto pero no aceptan, se ríen,
me festejan las frases. Paso más tiempo con ellos, mis disparatados amigos,
porque a la loca que tengo en casa ya no le importa que me emborrache y
entremos a la casa cantando y me acueste con los zapatos puestos. Siempre está
descalza ahora, sin brasier por toda la casa, una vieja camisa mía le sirve de
vestido. Será dulce y sumisa conmigo si permito el unicornio dentro de la casa,
en la alcoba luego, se ve tan desamparado el pobre en el jardín, fíjate que no
le quedan hojas ni mucho menos flores, se nos va a morir. Con el tiempo, tan
mansa ella, con tanta delicadeza sugiere que me quede en la sala, en el blando
y delicioso sofá, y me parece bien porque no soporto la presencia del
unicornio, los mansos ojos fijos en la carne. Pero dejémonos de pendejadas, las
caricias terminaron con la traída del maldito animal. De pronto no le importa
que venga a dormir, que no venga, que nadie saque la basura los martes y que
las prendas se desparramen por todos los sitios imaginables de la casa. Los
cuadros sin horizontalidad, la llave siempre abierta, la luz del baño
encendida. Los trastos sin lavar, las pantuflas en ninguna parte, sin pañuelos
ni medias limpios. La cama destendida, la sábana sucia y regada en el piso,
entre flores mordisqueadas que nunca traje, colillas. Antes no fumaba. Antes
sólo fumaba cuando bebíamos y a veces después del amor. Permanece tan distraída
y distante que ya no existo para ella, a toda hora me manda de paseo. La negra
muestra más interés por mí que por el tema de los unicornios y descubro las
maravillas del ajedrez alrededor de su ombligo mientras, soñolienta y plena,
colmada de vida en el abandono de la casa, la mujer del unicornio sigue
preparándome el desayuno. Se estira y bosteza en una confusión de pelos. “Me
siento deliciosamente cansada”, sonríe, huele y lame la yema de sus dedos. Sin
pensarlo le digo que puedo desayunar en cualquier parte y acepta, soy un tesoro
y recibo la lluvia de besos. El almuerzo no es muy bueno. Todavía está
soñolienta, en bata o desnuda, oliendo a unicornio a esa hora y con los labios
morados. Sólo en las noches se ve despierta y deseosa de charlar. Habla mucho
mientras se baña. La escucho en las pausas del agua. Botellas vacías en el
rincón de la cocina, migajas de pan en el mantel, ceniceros repletos sin
comentarios de parte mía. Soy una visita agradable y discreta que retira una
carta de Vanessa y los recibos por cancelar: evito la visión de su cuerpo
enjabonado, que aún me hiere, le recuerdo la toalla cuando aparece mojada y sin
bata, le cubro los hombros, soy una persona respetuosa. Enciende el cigarro y
en su boca de pajarito sin pintar el humo es una perfección. El otro día soñé
que en un potrero de tréboles mi mujer vomitaba nubes que luego la cubrían, en
forma de caballo, para su escandaloso regocijo: Mujer preñada de nube, bonito
título para una pintura. Oh, sí, me siento cansada, sonríe feliz y lejana,
desbaratada. Hasta conseguí a alguien para enviar el mercado cada semana, hasta
le ofrecí para el aseo una muchacha que rechaza porque mañana echará una
limpiadita y dejé de comer del todo en esta casa, alguna vez café, nada más,
gracias, un poco de azúcar, gracias. Y además, siete o nueve días atrás, saqué
los libros, las fotografías y la cámara, las pinturas y los lápices, las cartas
de Vanessa. Casi no la veo. La imagino en la ventana, lavada por la luz de la
luna del jardín arrasado por el animal, tocándose el rostro, la mirada perdida
y la maliciosa sonrisa que no se le desprende, como una Gioconda de plaza, la
plenitud y el éxtasis conjugados, la imagino y me basta. O abrazándose mientras
contempla la lluvia en el jardín. Casi nunca veo al unicornio. Su lengua es
larga y morada y por debajo de la mesa lame los muslos de la mujer que,
sonriente y dichosa, lo envía al dormitorio. Entonces me despido. Otra noche
vuelvo y nadie abre la puerta, entro, sólo risas en la alcoba, me retiro con
pasos de ladrón. En el jardín, mientras orino, contemplo la desolación: tallos
quebrados, flores desmigajadas, tierra revuelta y excremento de unicornio.
Antes tapaba como los gatos. Me resulta difícil creer en la omnipresencia de
Dios, al menos en este jardín inundado por el olor del unicornio. En toda la
casa se respira este olor agrio y dulce que embriaga y adormece. Sacudo del
miembro las últimas gotas. Estoy vacío, hasta del rencor y la vergüenza. Cierro
la bragueta y recuerdo que antes, cuando ella era mi novia, iba a la esquina de
su casa y orinaba, como un perro, borracho y coronado de polillas, alrededor
del poste del alumbrado público. La espuma me hacía reír. Aún soy un perro, un
perro triste que marca un territorio perdido, un perro en el jardín del
unicornio. Podría decir que como este jardín desolado es mi vida pero no lo
siento así. Orino un territorio ajeno y nada más. Dejo que el mundo pase con
tal que me dejen vivir. Casi nadie ve al unicornio ahora pero todo el mundo
opina que luce más bello. Por mi parte, cada vez que observo a la mujer
mientras toma el café, los ojos cerrados con toda dulzura, un pie desnudo
balanceándose, y el muslo que, apoyado en el otro, abre mi antigua bata hasta
la herida, o cada vez que la recuerdo tomando el café con los ojos cerrados,
extasiada por las caricias de una lengua morada, reconozco que está mucho más
bella, más rosada, mansa como una oveja.

domingo, 20 de julio de 2014
domingo, 4 de mayo de 2014
"Tu rastro de sangre en la nieve "
El martes pasado en ABRA, nuestro taller de lectura, a manera de homenaje leímos este cuento de Gabriel García Márquez, perteneciente a su conjunto de cuentos: "Doce cuentos peregrinos", que ahora no se encuentra en librería pero que ya aparecerá. Analizamos esta historia de amor en donde una pequeña herida producida por una rosa, hace que la protagonista se desangre hasta morir.
| El rastro de tu sangre en la nieveGabriel García Márquez | |
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domingo, 27 de abril de 2014
Homenaje a Gabriel García Márquez y cuentos de Ines Arredondo
Esta semana en ABRA, taller de lectura, a manera de homenaje a Gabriel García Márquez haremos dos cuentos de su precioso libro de cuentos "Doce cuentos peregrinos".
El martes pasado leímos cuentos de Inés Arredondo, escritora mexicana (1927-1989); ya nos habíamos quedado impactadas por su cuento "Sombra entre sombras" que leímos con anterioridad, entonces leímos "La Sunamita" y también este cuento pequeño que se llama"Año nuevo". Sus cuentos nos hablan de mujeres y de la posibilidad de las relaciones de pareja, el rechazo, la aceptación, el descubrimiento, la sexualidad, el enfrentamiento con la muerte, el dolor y otras situaciones como la locura, la perversión y la maldad. En este caso, el de Año nuevo, la mujer triste es consolada por esa mirada profunda, solo unos minutos bastaron para transformarla y detener su llanto.
AÑO NUEVO
Inés Arredondo
Estaba sola. Al pasar, en una estación del metro de París ví que daban las doce de la noche. Era muy desgraciada; por otras cosas. Las lágrimas comenzaron a correr, silenciosas.
Me miraba. Era un negro. Ibamos los dos colgados, frente a frente. Me miraba con ternura, queriéndose consolar. Extraños, sin palabras. La mirada es lo más profundo que hay. Sostuvo sus ojos fijos en los míos hasta que las lágrimas se secaron. En la siguiente estación, bajo.
AÑO NUEVO
Inés Arredondo
Estaba sola. Al pasar, en una estación del metro de París ví que daban las doce de la noche. Era muy desgraciada; por otras cosas. Las lágrimas comenzaron a correr, silenciosas.
Me miraba. Era un negro. Ibamos los dos colgados, frente a frente. Me miraba con ternura, queriéndose consolar. Extraños, sin palabras. La mirada es lo más profundo que hay. Sostuvo sus ojos fijos en los míos hasta que las lágrimas se secaron. En la siguiente estación, bajo.
Para leer Sombra entre sombras:
Para leer La Sunamita: http://teecuento.wordpress.com/2012/08/30/la-sunamita-de-ines-arredondo/
viernes, 9 de marzo de 2012
Celebrar a Gabriel García Márquez
Está de cumpleaños y hay que celebrarlo con mucho gusto. Acá un artículo del diario El país y luego el cuento completo al que hace referencia: Alguien desordena las rosas,un cuento en donde nos asomamos completamente a su mundo en donde se confunden los vivos con los muertos, los sueños con su realización y en donde el amor ocupa el centro del espacio.
El feliz cumpleaños de los lectores a García Márquez. Winston Manrique Sabogal
El perfume de las begonias al amanecer fue ahogado por el aguacero que empezó a caer sobre Aracataca el 7 de marzo de 1927; que luego se mezcló con las nueve campanadas de la iglesia y minutos más tarde con los gritos angustiados de unas mujeres que veían cómo el primogénito de Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez acababa de nacer envuelto en el cordón umbilical que amenazaba su vida. Ellas hicieron lo que pudieron hasta que el llanto del niño eclipsó todos los sonidos y ruidos que lo habían recibido.
Ochenta y cinco años después, ese niño que aquella mañana dominical fue bautizado a las carreras como Gabriel García Márquez celebra hoy un cumpleaños rodeado del agradecimiento de millones de lectores en todo el mundo. Porque con él nacieron muchas cosas: habría de crear no solo un universo literario realmente único, sino que habría de ensanchar el territorio del lenguaje español en su forma de recorrerlo, su influencia literaria cambiar la manera de ver el mundo y contarlo y que ese mismo mundo volviera a mirar a la creación literaria en español.
Autor de títulos de piezas periodísticas, cuentos y novelas seductoras (desde su primer cuento La tercera resignación hasta sus memorias Vivir para contarla, pasando por El coronel no tiene quien le escriba o Cien años de soledad (cuya edición en libro electrónico ha salido hoy) o Crónica de una muerte anunciada o El ahogado más hermoso del mundo o La triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada o El otoño del patriarca o Del amor y otros demonios o El amor en los tiempos del cólera o La mala hora); de comienzos de libros memorables e inolvidables y de pasajes narrativos al servicio de historias fabulosas que condensan el mundo y su humanidad, Gabriel García Márquez recibirá hoy rosas amarillas, sus preferidas, pero yo propongo que sus lectores lo felicitemos eligiendo el comienzo de su libro que más nos guste.
La primera en unirse a este homenaje al premio Nobel colombiano ha sido Carmen Balcells, su gran amiga y agente literaria, desde Barcelona en el vídeo que acompaña este post. Ella ha elegido el cuento Muerte constante más allá del amor, escrito en 1970, y que empieza así:
"Al senador Onésimo Sánchez le faltaban seis meses y once días para morir cuando encontró a la mujer de su vida. La conoció en el Rosal del Virrey, un pueblecito ilusorio que de noche era una dársena furtiva para los buques de altura de los contrabandistas, y en cambio a pleno sol parecía el recodo más inútil del desierto, frente a un mar árido y sin rumbos, y tan apartado de todo que nadie hubiera sospechado que allí viviera alguien capaz de torcer el destino de nadie".
Me parece maravilloso ese comienzo, y el cuento en sí mismo, pero yo me inclino por el titulado Alguien desordena esta rosas, escrito en 1952, y que empieza así:
Alguien desordena estas rosas
Gabriel García Márquez
Como es domingo y ha dejado de llover, pienso llevar un ramo de rosas a mi tumba. Rosas rojas y blancas, de las que ella cultiva para hacer altares y coronas. La mañana estuvo entristecida por este invierno taciturno y sobrecogedor que me ha puesto a recordar la colina donde la gente del pueblo abandona sus muertos. Es un sitio pelado, sin árboles, barrido apenas por las migajas providenciales que regresan después de que el viento ha pasado. Ahora que dejó de llover y que el sol de mediodía debe haber endurecido el jabón de la cuesta, podría llegar hasta el túmulo en cuyo fondo reposa mi cuerpo de niño, ahora confundido, desmenuzado entre caracoles y raíces.
Ella está prosternada frente a sus santos. Permanece abstraída desde cuando dejé de moverme en la habitación, después de haber fracasado en el primer intento de llegar hasta el altar para coger las rosas más encendidas y frescas. Tal vez hoy hubiera podido hacerlo; pero la lamparita pestañeó, y ella, recobrada del éxtasis, levantó la cabeza y miró hacia el rincón donde está la silla. Debió pensar: «Es otra vez el viento», porque es verdad que algo crujió junto al altar y la habitación onduló un instante, como si hubiera sido removido el nivel de los recuerdos estancados en ella desde hace tanto tiempo. Entonces comprendí que debía aguardar una nueva ocasión para coger las rosas, porque ella continuaba despierta, mirando la silla, y habría podido sentir junto a su rostro el rumor de mis manos. Ahora debo esperar a que ella abandone la habitación, dentro de un momento, y vaya a la pieza vecina a dormir la siesta medida e invariable del domingo. Es posible que entonces pueda yo salir con las rosas para estar de regreso antes de que ella vuelva a esta habitación y se quede mirando la silla.
El domingo pasado fue más difícil. Tuve que esperar casi dos horas a que ella cayera en el éxtasis. Parecía intranquila, preocupada, como si la hubiera atormentado la certidumbre de que súbitamente su soledad en la casa se había vuelto menos intensa. Dio varias vueltas por el cuarto con el ramo de rosas, antes de abandonarlo en el altar. Luego salió al pasadizo, miró adentro y se dirigió a la pieza vecina. Yo sabía que estaba buscando la lámpara. Y después cuando volvió a pasar frente a la puerta y la vi en la claridad del corredor con el saquito oscuro y las medias rosadas, me pareció que era todavía igual a la niña que hace cuarenta años se inclinó sobre mi cama, en este mismo cuarto, y dijo: «Ahora que le han puesto los palillos, tiene los ojos abiertos y duros». Era igual, como si no hubiera transcurrido el tiempo desde aquella remota tarde de agosto en que las mujeres la trajeron al cuarto y le mostraron el cadáver y le dijeron: «Llora. Era como un hermano tuyo»; y ella se recostó contra la pared, llorando, obedeciendo, todavía ensopada por la lluvia.
Desde hace tres o cuatro domingos estoy tratando de llegar hasta las rosas, pero ella ha permanecido vigilante frente al altar; vigilando las rosas con una sobresaltada diligencia que no le había conocido en los veinte años que lleva de vivir en la casa. El domingo pasado, cuando salió a buscar la lámpara, logré componer un ramo con las mejores rosas. En ningún momento he estado más cerca de realizar mi deseo. Pero cuando me disponía a regresar a la silla oí de nuevo las pisadas en el pasadizo, ordené brevemente las rosas en el altar; y entonces la vi aparecer en el vano de la puerta con la lámpara en alto.
Tenía puesto el saquito oscuro y las medías rosadas, pero había en su rostro algo como la fosforescencia de una revelación. No parecía entonces la mujer que desde hace veinte años cultiva rosas en el huerto, sino la misma niña que en aquella tarde de agosto trajeron a la pieza vecina para que se cambiara de ropa y que regresaba ahora con una lámpara, gorda y envejecida, cuarenta años después.
Mis zapatos tienen todavía la dura costra de barro que se les formó aquella tarde, a pesar de que permanecieron secándose durante veinte años junto al fogón apagado. Un día fui a buscarlos. Esto fue después que clausuraron las puertas, descolgaron del umbral el pan y el ramo de sábila, y se llevaron los muebles. Todos los muebles, menos la silla del rincón que me ha servido para estar durante todo este tiempo. Yo sabía que los zapatos habían sido puestos a secar y que ni siquiera se acordaron de ellos cuando abandonaron la casa. Por eso fui a buscarlos.
Ella volvió muchos años después. Había transcurrido tanto tiempo, que el olor a almizcle del cuarto se había confundido con el olor del polvo, con el seco y minúsculo tufo de los insectos. Yo estaba solo en la casa, sentado en el rincón; esperando. Y había aprendido a distinguir el rumor de la madera en descomposición, el aleteo del aire volviéndose viejo en las alcobas cerradas. Entonces fue cuando ella vino. Se había parado en la puerta con una maleta en la mano, un sombrero verde y el mismo saquito de algodón que no se ha quitado desde entonces. Era todavía una muchacha. No había empezado a engordar ni los tobillos le abultaban bajo las medias, como ahora. Yo estaba cubierto de polvo y telaraña cuando ella abrió la puerta y en alguna parte de la habitación guardó silencio el grillo que había estado cantando durante veinte años. Pero a pesar de eso, a pesar de la telaraña y el polvo, del brusco arrepentimiento del grillo y de la nueva edad de la recién llegada, yo reconocí en ella a la niña que en aquella tormentosa tarde de agosto me acompañó a coger nidos en el establo. Así como estaba, parada en la puerta con la maleta en la mano y el sombrero verde, parecía como si de pronto fuera a ponerse a gritar, a decir lo mismo que dijo cuando me encontraron bocarriba entre la hierba del establo todavía aferrado al travesaño de la escalera rota. Cuando ella abrió la puerta por completo, los goznes crujieron y el polvillo del techo se derrumbó a golpes, como si alguien se hubiera puesto a martillar en el caballete; entonces ella vaciló en el marco de claridad, introduciendo después medio cuerpo en la habitación, y dijo con la voz de quien está llamando a una persona dormida: «¡Niño! ¡Niño!» Y yo permanecí quieto en la silla, rígido, con los pies estirados.
Creía que sólo venía a ver el cuarto pero siguió viviendo en la casa. Aireó la habitación y fue como si hubiera abierto la maleta y de ella hubiera salido su antiguo olor a almizcle. Los otros se llevaron los muebles y la ropa en los baúles. Ella sólo se había llevado los olores del cuarto, y veinte años después los trajo de nuevo, los colocó en su lugar y reconstruyó el altarcillo; igual que antes. Su sola presencia bastó para restaurar lo que la implacable laboriosidad del tiempo había destruido. Desde entonces come y duerme en la pieza de al lado, pero se pasa los días en ésta, conversando en silencio con los santos. Durante la tarde se sienta en el mecedor, junto a la puerta, y zurce la ropa mientras atiende a quienes vienen a comprarle flores. Ella se mece siempre mientras zurce la ropa. Y cuando viene alguien por un ramo de rosas, guarda la moneda en la esquina del pañuelo que se anuda a la cintura y dice invariablemente: «Coge las de la derecha, que las de la izquierda son para los santos».
Así ha estado en el mecedor durante veinte años, zurciendo sus cositas, meciéndose, mirando hacia la silla, como si por ahora no cuidara del niño que compartió con ella las tardes de la infancia, sino del nieto inválido que está aquí, sentado en el rincón desde cuando la abuela tenía cinco años.
Es posible que ahora, cuando vuelva a bajar la cabeza, pueda acercarme a las rosas. Si logro hacerlo iré hasta la colina, las pondré sobre el túmulo y regresaré a mi silla, a esperar el día en que ella no vuelva al cuarto y cesen los ruidos en las piezas de al lado.
Este día habrá una transformación en todo esto, porque yo tendré que salir otra vez de la casa para avisarle a alguien que la mujer de las rosas, la que vive sola en la casa arruinada, está necesitando cuatro hombres que la conduzcan a la colina. Entonces quedaré definitivamente solo en el cuarto. Pero en cambio ella estará satisfecha. Porque ese día sabrá que no era el viento invisible lo que todos los domingos llegaba a su altar y le desordenaba las rosas.
(1952)
El feliz cumpleaños de los lectores a García Márquez. Winston Manrique Sabogal
El perfume de las begonias al amanecer fue ahogado por el aguacero que empezó a caer sobre Aracataca el 7 de marzo de 1927; que luego se mezcló con las nueve campanadas de la iglesia y minutos más tarde con los gritos angustiados de unas mujeres que veían cómo el primogénito de Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez acababa de nacer envuelto en el cordón umbilical que amenazaba su vida. Ellas hicieron lo que pudieron hasta que el llanto del niño eclipsó todos los sonidos y ruidos que lo habían recibido.
Ochenta y cinco años después, ese niño que aquella mañana dominical fue bautizado a las carreras como Gabriel García Márquez celebra hoy un cumpleaños rodeado del agradecimiento de millones de lectores en todo el mundo. Porque con él nacieron muchas cosas: habría de crear no solo un universo literario realmente único, sino que habría de ensanchar el territorio del lenguaje español en su forma de recorrerlo, su influencia literaria cambiar la manera de ver el mundo y contarlo y que ese mismo mundo volviera a mirar a la creación literaria en español.
Autor de títulos de piezas periodísticas, cuentos y novelas seductoras (desde su primer cuento La tercera resignación hasta sus memorias Vivir para contarla, pasando por El coronel no tiene quien le escriba o Cien años de soledad (cuya edición en libro electrónico ha salido hoy) o Crónica de una muerte anunciada o El ahogado más hermoso del mundo o La triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada o El otoño del patriarca o Del amor y otros demonios o El amor en los tiempos del cólera o La mala hora); de comienzos de libros memorables e inolvidables y de pasajes narrativos al servicio de historias fabulosas que condensan el mundo y su humanidad, Gabriel García Márquez recibirá hoy rosas amarillas, sus preferidas, pero yo propongo que sus lectores lo felicitemos eligiendo el comienzo de su libro que más nos guste.
La primera en unirse a este homenaje al premio Nobel colombiano ha sido Carmen Balcells, su gran amiga y agente literaria, desde Barcelona en el vídeo que acompaña este post. Ella ha elegido el cuento Muerte constante más allá del amor, escrito en 1970, y que empieza así:
"Al senador Onésimo Sánchez le faltaban seis meses y once días para morir cuando encontró a la mujer de su vida. La conoció en el Rosal del Virrey, un pueblecito ilusorio que de noche era una dársena furtiva para los buques de altura de los contrabandistas, y en cambio a pleno sol parecía el recodo más inútil del desierto, frente a un mar árido y sin rumbos, y tan apartado de todo que nadie hubiera sospechado que allí viviera alguien capaz de torcer el destino de nadie".
Me parece maravilloso ese comienzo, y el cuento en sí mismo, pero yo me inclino por el titulado Alguien desordena esta rosas, escrito en 1952, y que empieza así:
Alguien desordena estas rosas
Gabriel García Márquez
Como es domingo y ha dejado de llover, pienso llevar un ramo de rosas a mi tumba. Rosas rojas y blancas, de las que ella cultiva para hacer altares y coronas. La mañana estuvo entristecida por este invierno taciturno y sobrecogedor que me ha puesto a recordar la colina donde la gente del pueblo abandona sus muertos. Es un sitio pelado, sin árboles, barrido apenas por las migajas providenciales que regresan después de que el viento ha pasado. Ahora que dejó de llover y que el sol de mediodía debe haber endurecido el jabón de la cuesta, podría llegar hasta el túmulo en cuyo fondo reposa mi cuerpo de niño, ahora confundido, desmenuzado entre caracoles y raíces.
Ella está prosternada frente a sus santos. Permanece abstraída desde cuando dejé de moverme en la habitación, después de haber fracasado en el primer intento de llegar hasta el altar para coger las rosas más encendidas y frescas. Tal vez hoy hubiera podido hacerlo; pero la lamparita pestañeó, y ella, recobrada del éxtasis, levantó la cabeza y miró hacia el rincón donde está la silla. Debió pensar: «Es otra vez el viento», porque es verdad que algo crujió junto al altar y la habitación onduló un instante, como si hubiera sido removido el nivel de los recuerdos estancados en ella desde hace tanto tiempo. Entonces comprendí que debía aguardar una nueva ocasión para coger las rosas, porque ella continuaba despierta, mirando la silla, y habría podido sentir junto a su rostro el rumor de mis manos. Ahora debo esperar a que ella abandone la habitación, dentro de un momento, y vaya a la pieza vecina a dormir la siesta medida e invariable del domingo. Es posible que entonces pueda yo salir con las rosas para estar de regreso antes de que ella vuelva a esta habitación y se quede mirando la silla.
El domingo pasado fue más difícil. Tuve que esperar casi dos horas a que ella cayera en el éxtasis. Parecía intranquila, preocupada, como si la hubiera atormentado la certidumbre de que súbitamente su soledad en la casa se había vuelto menos intensa. Dio varias vueltas por el cuarto con el ramo de rosas, antes de abandonarlo en el altar. Luego salió al pasadizo, miró adentro y se dirigió a la pieza vecina. Yo sabía que estaba buscando la lámpara. Y después cuando volvió a pasar frente a la puerta y la vi en la claridad del corredor con el saquito oscuro y las medias rosadas, me pareció que era todavía igual a la niña que hace cuarenta años se inclinó sobre mi cama, en este mismo cuarto, y dijo: «Ahora que le han puesto los palillos, tiene los ojos abiertos y duros». Era igual, como si no hubiera transcurrido el tiempo desde aquella remota tarde de agosto en que las mujeres la trajeron al cuarto y le mostraron el cadáver y le dijeron: «Llora. Era como un hermano tuyo»; y ella se recostó contra la pared, llorando, obedeciendo, todavía ensopada por la lluvia.
Desde hace tres o cuatro domingos estoy tratando de llegar hasta las rosas, pero ella ha permanecido vigilante frente al altar; vigilando las rosas con una sobresaltada diligencia que no le había conocido en los veinte años que lleva de vivir en la casa. El domingo pasado, cuando salió a buscar la lámpara, logré componer un ramo con las mejores rosas. En ningún momento he estado más cerca de realizar mi deseo. Pero cuando me disponía a regresar a la silla oí de nuevo las pisadas en el pasadizo, ordené brevemente las rosas en el altar; y entonces la vi aparecer en el vano de la puerta con la lámpara en alto.
Tenía puesto el saquito oscuro y las medías rosadas, pero había en su rostro algo como la fosforescencia de una revelación. No parecía entonces la mujer que desde hace veinte años cultiva rosas en el huerto, sino la misma niña que en aquella tarde de agosto trajeron a la pieza vecina para que se cambiara de ropa y que regresaba ahora con una lámpara, gorda y envejecida, cuarenta años después.
Mis zapatos tienen todavía la dura costra de barro que se les formó aquella tarde, a pesar de que permanecieron secándose durante veinte años junto al fogón apagado. Un día fui a buscarlos. Esto fue después que clausuraron las puertas, descolgaron del umbral el pan y el ramo de sábila, y se llevaron los muebles. Todos los muebles, menos la silla del rincón que me ha servido para estar durante todo este tiempo. Yo sabía que los zapatos habían sido puestos a secar y que ni siquiera se acordaron de ellos cuando abandonaron la casa. Por eso fui a buscarlos.
Ella volvió muchos años después. Había transcurrido tanto tiempo, que el olor a almizcle del cuarto se había confundido con el olor del polvo, con el seco y minúsculo tufo de los insectos. Yo estaba solo en la casa, sentado en el rincón; esperando. Y había aprendido a distinguir el rumor de la madera en descomposición, el aleteo del aire volviéndose viejo en las alcobas cerradas. Entonces fue cuando ella vino. Se había parado en la puerta con una maleta en la mano, un sombrero verde y el mismo saquito de algodón que no se ha quitado desde entonces. Era todavía una muchacha. No había empezado a engordar ni los tobillos le abultaban bajo las medias, como ahora. Yo estaba cubierto de polvo y telaraña cuando ella abrió la puerta y en alguna parte de la habitación guardó silencio el grillo que había estado cantando durante veinte años. Pero a pesar de eso, a pesar de la telaraña y el polvo, del brusco arrepentimiento del grillo y de la nueva edad de la recién llegada, yo reconocí en ella a la niña que en aquella tormentosa tarde de agosto me acompañó a coger nidos en el establo. Así como estaba, parada en la puerta con la maleta en la mano y el sombrero verde, parecía como si de pronto fuera a ponerse a gritar, a decir lo mismo que dijo cuando me encontraron bocarriba entre la hierba del establo todavía aferrado al travesaño de la escalera rota. Cuando ella abrió la puerta por completo, los goznes crujieron y el polvillo del techo se derrumbó a golpes, como si alguien se hubiera puesto a martillar en el caballete; entonces ella vaciló en el marco de claridad, introduciendo después medio cuerpo en la habitación, y dijo con la voz de quien está llamando a una persona dormida: «¡Niño! ¡Niño!» Y yo permanecí quieto en la silla, rígido, con los pies estirados.
Creía que sólo venía a ver el cuarto pero siguió viviendo en la casa. Aireó la habitación y fue como si hubiera abierto la maleta y de ella hubiera salido su antiguo olor a almizcle. Los otros se llevaron los muebles y la ropa en los baúles. Ella sólo se había llevado los olores del cuarto, y veinte años después los trajo de nuevo, los colocó en su lugar y reconstruyó el altarcillo; igual que antes. Su sola presencia bastó para restaurar lo que la implacable laboriosidad del tiempo había destruido. Desde entonces come y duerme en la pieza de al lado, pero se pasa los días en ésta, conversando en silencio con los santos. Durante la tarde se sienta en el mecedor, junto a la puerta, y zurce la ropa mientras atiende a quienes vienen a comprarle flores. Ella se mece siempre mientras zurce la ropa. Y cuando viene alguien por un ramo de rosas, guarda la moneda en la esquina del pañuelo que se anuda a la cintura y dice invariablemente: «Coge las de la derecha, que las de la izquierda son para los santos».
Así ha estado en el mecedor durante veinte años, zurciendo sus cositas, meciéndose, mirando hacia la silla, como si por ahora no cuidara del niño que compartió con ella las tardes de la infancia, sino del nieto inválido que está aquí, sentado en el rincón desde cuando la abuela tenía cinco años.
Es posible que ahora, cuando vuelva a bajar la cabeza, pueda acercarme a las rosas. Si logro hacerlo iré hasta la colina, las pondré sobre el túmulo y regresaré a mi silla, a esperar el día en que ella no vuelva al cuarto y cesen los ruidos en las piezas de al lado.
Este día habrá una transformación en todo esto, porque yo tendré que salir otra vez de la casa para avisarle a alguien que la mujer de las rosas, la que vive sola en la casa arruinada, está necesitando cuatro hombres que la conduzcan a la colina. Entonces quedaré definitivamente solo en el cuarto. Pero en cambio ella estará satisfecha. Porque ese día sabrá que no era el viento invisible lo que todos los domingos llegaba a su altar y le desordenaba las rosas.
(1952)
sábado, 21 de agosto de 2010
Triunfo Arciniegas
Llamarse Triunfo qué difícil, aunque peor debe ser llamarse Fracaso.Pensé que se trataba de una mujer pero estaba equivocada.El nos dice: “La vida es un juego difícil, ya perdido de antemano. Pero uno se ilusiona. Trata de pensar en otras cosas mientras va viviendo”. Y él desea vivir en Cartagena: Escribir en las mañanas, caminar por la playa al atardecer, beber la brisa, vivir con alguien, o mejor, vivir para alguien”.

En tinta verde Triunfo Arciniegas
El hombre terminó de escribir la tarjeta y sonrió ante la belleza y la precisión de las frases. Imaginó que la mujer sería muy feliz leyéndola. Saldría del baño con la toalla en la cabeza, descalza, sonaría el timbre y sin prisa se colgaría la bata para abrir la puerta: nunca tiene prisa, es bella. Sin duda reconocería a primera vista los garabatos y la tinta verde, pero postergaría la lectura con el propósito del goce perfecto. O no, se quitaría la bata y así, desnuda como es ella, bebiéndose el café, leería la tarjeta una y otra vez, se reiría, sería muy feliz. Entonces, sin perder la sonrisa, el hombre destrozó la tarjeta y acercó un fósforo a uno de los pedacitos, que se encendió como el rostro de una muchacha avergonzada, para terminar encendiendo el pedacito contiguo, y todos se hicieron ceniza. Vio con toda precisión a la mujer metiéndose en la bata, triste, llorando la tarjeta sin leer, el timbre sin sonar, el café sin tomar.
Muchacha

La reciente mujer descubre
su cuerpo
en la ilusión de los espejos
Se desvanece
como piedra en el agua
su rostro de niña.
Biografía

Con el lápiz del tiempo
el niño escribe sobre el polvo
la historia de su vida.
sábado, 10 de julio de 2010
"Las mujeres de mi generación"

Mi amiga Ali me envía este texto de Santiago Gamboa, escritor colombiano. Los colombianos son muy galantes con las mujeres y apoyan la causa de la mujer. un saludo para ellos y el gusto de compartir un texto que nos hace sentir orgullosas de pertenecer a esa generación. Me hace acordar el Elogio a la mujer Brava de Hector Abad http://www.artemisanoticias.com.ar/site/notas.asp?id=51&idnota=930 también colombiano que nos piropea con gusto.
Mujeres
Autor: Santiago Gamboa *
Es el único tema en el que soy radical e intolerante. En el que no escucho razones: las mujeres de mi generación son las mejores. Y punto.
Hoy tienen treinta y pico, cuarenta, y son bellas, muy bellas, pero también serenas, comprensivas, sensatas, y sobre todo endiabladamente seductoras, a pesar de sus incipientes patas de gallo o de esa afectuosa celulitis que capitonea sus muslos y las hace tan humanas, tan reales. Hermosamente reales.
Casi todas, hoy, están casadas o divorciadas, o divorciadas y vueltas a casar, con la idea de no equivocarse en el segundo intento, que a veces es un modo de acercarse al tercero, y al cuarto intento. Qué importa. Otras, aunque pocas, mantienen una pertinaz soltería y la protegen como una ciudad sitiada que, de cualquier modo, cada tanto abre sus puertas a algún visitante. ¡Qué bellas son, por Dios, las mujeres de mi generación!
Nacidas bajo la era de Acuario, con el influjo de la música de los Beatles, de Bob Dylan, de Lou Reed, el mejor cine de Kubrick y el inicio del boom latinoamericano, son seres excepcionales. Herederas de la “revolución sexual” de la década del 60 y de las corrientes feministas que, sin embargo, recibieron pasadas por varios filtros, ellas supieron combinar libertad con coquetería, emancipación con pasión, reivindicación con seducción. Jamás vieron en el hombre a un enemigo, a pesar de que le cantaron unas cuantas verdades, pues emanciparse era algo más que poner al hombre a trapear el baño o a cambiar el rollo de papel higiénico. Decidieron pactar para vivir en pareja, esa forma de convivencia que tanto se critica pero que, con el tiempo, resulta ser la única posible, o la mejor al menos en este mundo y en esta vida.
Son maravillosas y tienen estilo, aun cuando nos hacen sufrir, cuando nos engañan o nos dejan. Usaron faldas hindúes a los 18 años, se adornaron con collares precolombinos, se cubrieron con suéteres de lana y perdieron su parecido con María, la virgen, en una noche loca de viernes o de sábado después de bailar “El ratón”, de Cheo Feliciano, en La Teja Corrida o en Quiebracanto, con algún amigo que les habló de Kafka, de Gurdjieff y del cine de Bergman.
Al fondo de sus mochilas arahuacas había paquetes de Pielroja, libros de Simone de Beauvoir y casetes de Víctor Jara. Y al dejarnos, cuando no les quedaba más remedio que dejarnos, nos dedicaban esa canción de Héctor Lavoe que es a la vez un clásico del periodismo y del despecho, y que se llama “Tu amor es un periódico de ayer”. Se vistieron de luto por la muerte de Julio Cortázar, hablaron con pasión de política y quisieron cambiar el mundo; bebieron ron cubano y aprendieron de memoria las canciones de Silvio y de Pablo; conocieron los sitios arqueológicos de San Agustín y Tierradentro (en esa época se podía ir sin temor a la guerrilla, qué nostalgia), fueron con sus novios a las playas del parque Tayrona, durmiendo en carpa y dejándose picar por los mosquitos, porque adoraban la libertad, algo que hoy le inculcan a sus hijos, lo que nos hace prever tiempos mejores y, sobre todo, juraron amarnos para toda la vida, algo que sin duda hicieron y que hoy siguen haciendo en su hermosa y seductora madurez.
Supieron ser, a pesar de su belleza, reinas bien educadas, poco caprichosas o egoístas. Diosas con sangre humana. El tipo de mujer que, cuando uno le abre la puerta del carro para que suba, entra y se inclina sobre la silla del conductor y le abre a uno desde adentro. La que recibe a las cuatro de la mañana a un amigo que sufre, aunque sea su ex novio, porque son maravillosas y tienen estilo, aun cuando nos hacen sufrir, cuando nos engañan o nos dejan, pues su sangre no es tan helada como para no escucharnos en esa necesaria y salvadora última noche en la que están dispuestas a servirnos el octavo whisky y a poner por sexta vez esa melodía de Santana.
Por eso, para los que nacimos en la década del 60, el día de la mujer es en realidad todos los días del año, cada uno de los días con sus noches y sus amaneceres, que son más bellos, como dice el bolero, cuando estás tú. ¡Qué bellas son, por Dios, las mujeres de mi generación!
* Escritor colombiano, autor de Páginas de vuelta (1995), Perder es cuestión de método (1997), Vida feliz de un joven llamado Esteban (2000), Los impostores (2002). Columnista de la Revista Cambio, de Colombia. Actualmente, reside en Italia.
Acá otro texto en el que le habla a una niña:
Poema dedicado a una niña
Escucha niña, cuando te alaben llamándote bella, o te humillen llamándote fea, no escuches a nadie. Sólo quieren encerrarte en el espejo de una soledad diferente. Tú debes vivir, no debes agradar, la belleza está en la vida. Cuando te leen Caperucita Roja, te quieren mostrar el miedo de escoger por tí misma el camino. Estáte atenta, niña, los verdaderos lobos son todos aquellos que matarán tu libertad.
Cuando te leen Blanca Nieves es para convertirte en sirvienta, aunque sea de un hombre tonto y enano. Rebélate, niña !! es humillante servir si no es un gesto recíproco. Cuando te lean la Bella durmiente te están inyectando un potente veneno para frenar tus ideas, así, cuando seas mayor, un hombre sin muchos problemas será dueño de tu cerebro. No te duermas, niña !!
Tu inteligencia les da miedo, por eso te llaman tonta. Pero , cuando te dicen que eres inteligente, no te fíes demasiado, niña, quieren quizás intentar que aceptes sus posturas interesadas.
Cuando te dicen que eres dulce y buena, ponte en guardia, quieren decir que te tienen en el bolsillo y controlan los latidos de tu corazón. ¿ Eres dulce o te han domesticado ? Cuando te dicen que eres pulida y ordenada, pobre niña, estas ya enmohecida, han hecho de tí una estatuita que no se ensucia porque no se mueve.
Cuando te enseñan a vivir triste, prueba la locura, niña. El dolor es una realidad que se debe afrontar cuando se presenta, no un valor sobre el cual edificar la vida. Sobre nuestras rentas infelices demasiados hombres han vivido de renta. La felicidad es el mayor desafío. ¿Quién cree ya que es una utopía?
Mujeres
Autor: Santiago Gamboa *
Es el único tema en el que soy radical e intolerante. En el que no escucho razones: las mujeres de mi generación son las mejores. Y punto.
Hoy tienen treinta y pico, cuarenta, y son bellas, muy bellas, pero también serenas, comprensivas, sensatas, y sobre todo endiabladamente seductoras, a pesar de sus incipientes patas de gallo o de esa afectuosa celulitis que capitonea sus muslos y las hace tan humanas, tan reales. Hermosamente reales.
Casi todas, hoy, están casadas o divorciadas, o divorciadas y vueltas a casar, con la idea de no equivocarse en el segundo intento, que a veces es un modo de acercarse al tercero, y al cuarto intento. Qué importa. Otras, aunque pocas, mantienen una pertinaz soltería y la protegen como una ciudad sitiada que, de cualquier modo, cada tanto abre sus puertas a algún visitante. ¡Qué bellas son, por Dios, las mujeres de mi generación!
Nacidas bajo la era de Acuario, con el influjo de la música de los Beatles, de Bob Dylan, de Lou Reed, el mejor cine de Kubrick y el inicio del boom latinoamericano, son seres excepcionales. Herederas de la “revolución sexual” de la década del 60 y de las corrientes feministas que, sin embargo, recibieron pasadas por varios filtros, ellas supieron combinar libertad con coquetería, emancipación con pasión, reivindicación con seducción. Jamás vieron en el hombre a un enemigo, a pesar de que le cantaron unas cuantas verdades, pues emanciparse era algo más que poner al hombre a trapear el baño o a cambiar el rollo de papel higiénico. Decidieron pactar para vivir en pareja, esa forma de convivencia que tanto se critica pero que, con el tiempo, resulta ser la única posible, o la mejor al menos en este mundo y en esta vida.
Son maravillosas y tienen estilo, aun cuando nos hacen sufrir, cuando nos engañan o nos dejan. Usaron faldas hindúes a los 18 años, se adornaron con collares precolombinos, se cubrieron con suéteres de lana y perdieron su parecido con María, la virgen, en una noche loca de viernes o de sábado después de bailar “El ratón”, de Cheo Feliciano, en La Teja Corrida o en Quiebracanto, con algún amigo que les habló de Kafka, de Gurdjieff y del cine de Bergman.
Al fondo de sus mochilas arahuacas había paquetes de Pielroja, libros de Simone de Beauvoir y casetes de Víctor Jara. Y al dejarnos, cuando no les quedaba más remedio que dejarnos, nos dedicaban esa canción de Héctor Lavoe que es a la vez un clásico del periodismo y del despecho, y que se llama “Tu amor es un periódico de ayer”. Se vistieron de luto por la muerte de Julio Cortázar, hablaron con pasión de política y quisieron cambiar el mundo; bebieron ron cubano y aprendieron de memoria las canciones de Silvio y de Pablo; conocieron los sitios arqueológicos de San Agustín y Tierradentro (en esa época se podía ir sin temor a la guerrilla, qué nostalgia), fueron con sus novios a las playas del parque Tayrona, durmiendo en carpa y dejándose picar por los mosquitos, porque adoraban la libertad, algo que hoy le inculcan a sus hijos, lo que nos hace prever tiempos mejores y, sobre todo, juraron amarnos para toda la vida, algo que sin duda hicieron y que hoy siguen haciendo en su hermosa y seductora madurez.
Supieron ser, a pesar de su belleza, reinas bien educadas, poco caprichosas o egoístas. Diosas con sangre humana. El tipo de mujer que, cuando uno le abre la puerta del carro para que suba, entra y se inclina sobre la silla del conductor y le abre a uno desde adentro. La que recibe a las cuatro de la mañana a un amigo que sufre, aunque sea su ex novio, porque son maravillosas y tienen estilo, aun cuando nos hacen sufrir, cuando nos engañan o nos dejan, pues su sangre no es tan helada como para no escucharnos en esa necesaria y salvadora última noche en la que están dispuestas a servirnos el octavo whisky y a poner por sexta vez esa melodía de Santana.
Por eso, para los que nacimos en la década del 60, el día de la mujer es en realidad todos los días del año, cada uno de los días con sus noches y sus amaneceres, que son más bellos, como dice el bolero, cuando estás tú. ¡Qué bellas son, por Dios, las mujeres de mi generación!
* Escritor colombiano, autor de Páginas de vuelta (1995), Perder es cuestión de método (1997), Vida feliz de un joven llamado Esteban (2000), Los impostores (2002). Columnista de la Revista Cambio, de Colombia. Actualmente, reside en Italia.
Acá otro texto en el que le habla a una niña:
Poema dedicado a una niña
Escucha niña, cuando te alaben llamándote bella, o te humillen llamándote fea, no escuches a nadie. Sólo quieren encerrarte en el espejo de una soledad diferente. Tú debes vivir, no debes agradar, la belleza está en la vida. Cuando te leen Caperucita Roja, te quieren mostrar el miedo de escoger por tí misma el camino. Estáte atenta, niña, los verdaderos lobos son todos aquellos que matarán tu libertad.
Cuando te leen Blanca Nieves es para convertirte en sirvienta, aunque sea de un hombre tonto y enano. Rebélate, niña !! es humillante servir si no es un gesto recíproco. Cuando te lean la Bella durmiente te están inyectando un potente veneno para frenar tus ideas, así, cuando seas mayor, un hombre sin muchos problemas será dueño de tu cerebro. No te duermas, niña !!
Tu inteligencia les da miedo, por eso te llaman tonta. Pero , cuando te dicen que eres inteligente, no te fíes demasiado, niña, quieren quizás intentar que aceptes sus posturas interesadas.
Cuando te dicen que eres dulce y buena, ponte en guardia, quieren decir que te tienen en el bolsillo y controlan los latidos de tu corazón. ¿ Eres dulce o te han domesticado ? Cuando te dicen que eres pulida y ordenada, pobre niña, estas ya enmohecida, han hecho de tí una estatuita que no se ensucia porque no se mueve.
Cuando te enseñan a vivir triste, prueba la locura, niña. El dolor es una realidad que se debe afrontar cuando se presenta, no un valor sobre el cual edificar la vida. Sobre nuestras rentas infelices demasiados hombres han vivido de renta. La felicidad es el mayor desafío. ¿Quién cree ya que es una utopía?
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