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domingo, 3 de noviembre de 2013

Con los ojos abiertos


Recordaba este artículo de Tomás Eloy Martinez que tanto me había emocionado, en el que habla con una vecina que sabe que va a morir, y se prepara para vivir esa experiencia de la mejor manera posible. Lo busqué mucho rato en Internet y ahora aparece entre mis papeles sorprendiéndome.


Se llama: Con los ojos abiertos


HIGHLAND PARK, N.J.

A fines de julio pasado, Jane-Julia Joyce, una vecina de Highland Park con quien solíamos comentar los precios de las hortalizas en el supermercado del pueblo, sintió un extraño decaimiento, pérdida del apetito y ciertas molestias en la digestión. El médico clínico al que acudió ordenó varios análisis de sangre y, después de verlos, una tomografía computada. El diagnóstico fue desolador. Jane-Julia, de 51 años, que vivía sola con su hermana Helen y un gato llamado Cuddle -es decir, Abrazo-, tenía un sorpresivo tumor en la cabeza del páncreas y una metástasis que afectaba el hígado y el aparato digestivo. En uno de los hospitales universitarios de New Brunswick confirmaron la fatalidad y le anunciaron que disponía, a lo sumo, de seis meses de vida.

La historia se parecería a miles de otras si no fuera porque Jane-Julia decidió esperar la muerte con genuina curiosidad. Entregó a Cuddle en adopción e hizo una lista de todas las personas que le habían enriquecido la vida, desde el bibliotecario que le recomendó la única novela de J.D. Salinger y la optometrista que le habló por primera vez de la Séptima Sinfonía de Beethoven hasta el marido del que se divorció en 1987 porque ambos descubrieron, a la vez, que habían dejado de amarse.

Invitó a todos a una fiesta para celebrar su muerte, en la cual anunció, con voz apagada, que había decidido irse de este mundo con los ojos abiertos. "He llevado una vida feliz -dijo- y, como he sido una mujer de buenos modales, no quiero retirarme de la escena sin saludar. Además, no les niego que siento mucha curiosidad por saber cómo son las cosas allá, en el otro lado."

Como la fiesta sucedió durante uno de mis viajes, al regresar llamé a Jane-Julia por teléfono para que me explicara con más detalle qué significaba morir con los ojos abiertos. Me respondió que estaba muy débil y que no deseaba ver a nadie. Sobre todo, deseaba que nadie la viera. Aceptó hablar conmigo por teléfono de vez en cuando y, desde entonces hasta el sábado 15 de octubre, mantuvimos conversaciones periódicas que duraban entre diez minutos y media hora. Algo de lo que hablamos se refleja en esta columna.

Uno de nuestros temas fue el teólogo sueco Emanuel Swedenborg, que pasó la mitad de la vida conversando con los espíritus. Un impreciso día de 1771 Swedenborg sintió que le faltaba poco para morir. Vaticinó la fecha en que sucedería y se preparó para el tránsito con lucidez. Hizo un último viaje de Estocolmo a Londres, aguardó a que su tratado La verdadera religión cristiana estuviera impreso, y el 29 de marzo de 1772, a las cinco de la tarde, despertó de una larga siesta en compañía de una criada y dos de sus discípulos. "¿Son ya las cinco?", preguntó, de buen humor. Le respondieron que sí. "Ha llegado la hora, entonces", dijo. "Les doy las gracias por todo. Que Dios los bendiga." Y sin más comentarios, murió en ese instante.

Jane-Julie me dijo que casi todos los hombres imaginan la muerte con temor, salvo aquellos que la esperan. Me contó que, meses antes de que le diagnosticaran el cáncer fatal, había leído por azar, en la sala de espera del dentista, fragmentos de una entrevista a Marguerite Yourcenar en la que se hablaba de morir con los ojos abiertos. Jamás había oído mencionar a esa escritora y no tuvo tiempo después para averiguar demasiado, pero lo que había leído era suficiente. Yourcenar, me dijo, quería morir en un estado de plena lucidez, después de una enfermedad muy lenta, para no perder una experiencia que le parecía esencial. "No tenemos mucha idea de cómo son las cosas cuando nacemos", me dijo mi vecina con una voz que era más bien un suspiro. "¿Por qué cerrar los ojos, entonces, cuando llegamos al otro extremo?"

"No perder una experiencia esencial", ésa era la clave de lo que pensaba Jane-Julia. El cuerpo organiza sus eclipses, la naturaleza facilita el tránsito al trabajar pacientemente en su propia degradación, la carne apaga sus luces y deja desvanecer poco a poco las propias fuerzas, sólo para que la muerte venga a instalarse. Le hace un lugar en la cama a la muerte, como si ella fuera un amante que también está en busca de reposo. Donde quiera un ser humano impone la muerte a otros seres humanos está violentando ese derecho elemental.

Ciertas luchas son sagradas para las personas de bien: las luchas contra la opresión, la tortura, la miseria, la censura, el crimen, los abusos físicos o morales. A nadie se le ha ocurrido luchar, además, para que cada ser humano viva en calma su propia muerte. Cuando Jane-Julia me dijo que ése era el sentido de morir con los ojos abiertos, lo entendí. Su idea era reclamar el más inquebrantable de todos los derechos: aquel que un ser humano tiene a conocer la suprema experiencia, que no puede ser reemplazada por todas las lecturas ni por todas las músicas del mundo.

Su fiesta de despedida, por lo tanto, no sólo era un acto de gratitud, sino también un pedido de auxilio: que nadie la molestara, que se le permitiera aprender hasta los detalles más ínfimos de su propio fin. A mediados de octubre, cuando regresé de un viaje de dos semanas y la llamé por teléfono, me dijo que ya no tenía fuerzas para levantarse de la cama. Decidí no molestarla más.

Pasé un par de veces cerca de la pequeña casa donde vive con su hermana, en East Brunswick. Por fuera se parece a todas: listones laterales de zinc, dos ventanas a la calle en la planta alta, las bocas de luz del sótano a ras del piso. El pequeño jardín de adelante estaba descuidado, cubierto por las hojas del otoño, y por la noche vi sólo una luz lánguida en la cocina.

El sábado 30, Helen, la hermana, me pidió que fuera a ver a Jane-Julia. "Quiere contarle algunos detalles de la fiesta final", me dijo. "Usted le preguntó, y ahora está lista para contestar." Acordamos que la visitaría el domingo a las dos y media de la tarde. Por la mañana temprano recibí una llamada de la persona que había adoptado a Cuddle, el gato. Me contó que Jane-Julia se había agravado durante la noche y que estaba en la terapia intensiva del hospital. "Los médicos no creen que viva hasta mañana", dijo.

Al caer la noche, antes de sentarme a escribir estas líneas, fui al hospital a preguntar por ella. Ya era tarde. No habría velatorio ni funeral, me advirtieron. Jane-Julia quería partir en silencio. Recordé la calidez de su voz, el cuidado con que separaba las sílabas al hablar, la discreción con que se movía entre la gente, inadvertida. Y deseé que se hubiera encontrado con la muerte tal como ella lo deseaba: mirándola de frente, con los ojos muy abiertos. .
Por Tomás Eloy Martínez Para LA NACION

domingo, 11 de agosto de 2013

Esta mujer que baila sin moverse

Los artículos de Tomas Eloy Martinez, escritor argentino tienen la capacidad de conmover. Acá nos presenta una mujer que vive en las estaciones de Metro de New York.

Esta mujer que baila sin moverse
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación

HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Al principio supuse que era el azar. Todas las veces que debo tomar en Penn Station el tren de las 17.24 que va de Nueva York a New Brunswick, una mujer calzada con zapatillas de ballet se abre espacio entre la muchedumbre que corre hacia el andén y, una vez allí, gira dos veces sobre sí misma, en puntas de pie, y se desvanece en la nada.
La mujer lleva abrigos pesados en invierno y batas largas de algodón en verano. Advertí de entrada que era uno de los escasos residentes fijos de la estación, y un agente del servicio de vigilancia me lo confirmó hace algunos meses. Después de la medianoche, le permiten tender su bolsa de dormir junto al quiosco de revistas o bajo el toldo de alguno de los restaurantes, y la despiertan a las seis de la mañana, antes de que llegue el inmenso flujo de empleados que viven en los suburbios.
El domingo 25 de febrero la vi repetir su danza ritual y me di cuenta de que ya no se trataba del azar sino de una laboriosa, inevitable rutina. No habría más de cincuenta personas esperando el tren de las 20.32. Cuando en el enorme tablero que domina el centro de la estación apareció el número del andén, ocho minutos antes de que el tren saliera, la marejada empezó a moverse con una lentitud de crepúsculo. De pronto vi que la mujer echaba a correr desenfrenada, ansiosa, como si le fuera la vida en eso. Calzaba las habituales zapatillas violetas de su baile, ahora desfiguradas por parches de otros colores, y sobre la falda escocesa de los inviernos llevaba un tutú de gasa, almidonado como una corola de Walt Disney. Descendió con saltos de arabesco por las escaleras que llevan a los laberintos del andén, repitió allí su pirueta y otra vez se desvaneció en la sombra.
Decidí perder el tren y subir a buscarla. Los personajes solitarios que tienen el privilegio de refugiarse en la estación jamás hablan con extraños y rara vez se comunican entre sí: lo hacen solo para pelearse por los espacios. La encontré al pie del tablero, observándolo con impaciencia, como si estuviera por viajar. En ese instante adiviné que no bien apareciera el número del andén, saldría corriendo y volvería a bailar. Tuve la absoluta certeza de que su danza se repetía a toda hora, antes de la salida de todos los trenes.
Fragmentos de una historia
Aunque la había visto infinitas veces, fue en esa tarde de domingo cuando la vi de veras por primera vez. Solo se sabe cómo son las personas y las cosas cuando uno las ve por segunda vez, pero para que revelen su naturaleza profunda, esa segunda mirada tiene que ser más inocente y asombrada aún que la primera. La contemplé sin disimulo. En Estados Unidos, eso puede ser peligroso, ofensivo. Mirar fijo es una manera de invadir la intimidad del otro, pero no me importaba. Me pregunté cuál sería su edad. Tal vez ni ella misma la sabe. Debe de andar entre los treinta y los sesenta, quizá mucho más, o menos. El pelo, largo y veteado de canas, está recogido sobre la nuca con uno de esos broches dentados de plástico. Le faltan las muelas, pero los incisivos y caninos están intactos y sin manchas. Aunque lleva las piernas siempre cubiertas por una malla gruesa de color ceniza, se nota que debajo hay un delta de várices. Me pareció un milagro que, aun ofendido por esos nudos y raíces, su cuerpo tuviera la valentía de bailar.
Me acerqué a ella con toda la delicadeza que pude y le pregunté si podía ayudarme a escribir una historia. "¿Qué historia?", dijo, a la defensiva. "Su historia -le respondí-. No he visto a nadie hacer lo que usted hace." Se echó a reír, mostrando sus encías desoladas. "Ay, ay -suspiró-. Entonces usted nunca se ha fijado en lo que hace aquí la gente, en la estación. Vea a su alrededor -me dijo, extendiendo los brazos-. Vea estos cientos de personas inmóviles, estudiando la pared negra del tablero a la espera de que aparezca el número de un tren, la señal de que ya pueden irse. Fíjese en lo que pasa cuando salen corriendo. Es un ballet, ¿no? Una coreografía, un teatro invisible." "Sí, es como un musical de Broadway -confirmé yo, por decir algo-. Una telenovela."
A regañadientes aceptó que comiéramos un sándwich en uno de los restaurantes de la estación. Eligió con cuidado el que prefería. "Allá no, porque no van a querer servirme -dijo-. En ese otro tampoco, porque ahí me regalan las sobras. Aquel tercero es el mejor. Es nuevo. Los del turno de la mañana me dan café pero los de la noche no me conocen." Cuando nos sentamos a la mesa, ella aprovechó para cambiarse las zapatillas de baile. Llevaba tres o cuatro en una bolsa de plástico, todas violetas, todas con rasgaduras y parches. Le dije mi nombre y le pregunté por el de ella. No me lo quiso dar. "Si escribe algo, llámeme sólo Rhina, la de Penn Station -dijo-. Fui bailarina, conozco el mundo, pero ahora no puedo moverme de aquí."
Durante los diez o quince minutos que duró el sándwich logré conocer fragmentos de su historia, pero son tan dispersos, tan difusos, que no se puede armar con ellos ningún cuadro. Su madre le enseñó a bailar alguna vez, en un pueblo de Georgia. Estuvo seis meses en el coro del New York City Ballet. Conoció a un hombre. Dejó el baile por él y luego también el baile la dejó a ella. La tarde en que debía regresar al New York City Ballet para su última oportunidad de trabajo, se cayó en la estación del subterráneo y se rompió el fémur izquierdo. Estuvo un par de días en el hospital y luego desembarcó en la calle. Descendió por las escaleras mecánicas de Penn Station en muletas, una mañana de agosto de 1998, y pidió amparo a uno de los guardias. Desde entonces no se ha movido de allí. Si se moviera, perdería su lugar, porque algún otro desvalido se lo arrebataría para siempre.
Ballet en la estación
Hace ya un año, cuando Rhina sintió que sus piernas eran otra vez ágiles, intentó dar algunos tímidos pasos de baile en el hall central de la estación. Por los parlantes se está difundiendo siempre música de Bach, de Vivaldi, de Corelli -la misma que los médicos usan en los quirófanos, porque la repetición infinita ya la ha tornado inocua-, pero por alguna distracción de las computadoras se oyó un fragmento de Cascanueces y Rhina decidió que si no bailaba en ese instante no lo haría nunca más. Apenas intentó algunos movimientos de gimnasia con los pesados zapatones de goma que llevaba entonces, los guardias le llamaron la atención y amenazaron con expulsarla. Entonces ella les hizo ver la inmensa marea de gente agitada que descendía hacia los andenes y les pidió permiso para hacer lo mismo. "Si eso es lo que se hace aquí, ¿por qué yo no puedo hacerlo?" Un oficial del Ejército de Salvación le consiguió las primeras zapatillas de baile. Un pasajero que hace viajes frecuentes a Princeton le regaló el segundo par. Encontró el tutú de gasa y el tercer par de zapatillas la noche del último Año Nuevo en un cesto de basura. La única ilusión de la vida de Rhina es montar alguna vez un ballet en el que cientos de personas, inmóviles ante el tablero negro con los horarios de los trenes, salgan corriendo de pronto en infinitas direcciones. "No necesito imaginar la coreografía -me dijo-. Eso ya está a la vista aquí, a cada instante. Tengo cientos de coreografías posibles, y todas, en el escenario de un teatro, serían inolvidables." Le pregunté por qué no huía de su refugio ciego, donde jamás ve la luz del día, y probaba suerte en el mundo. "Yo nací para el movimiento -me respondió- y solo en esta realidad que nunca se mueve me siento segura." En ese momento anunciaron el siguiente tren para New Brunswick y salí corriendo detrás de la marea de pasajeros, en busca de esa otra realidad que siempre se está moviendo. Afuera, en los campos por los que corría mi tren, había luz, mucha luz. Pensé que, sin embargo, todo lo que se veía era sombra y que tal vez la verdadera luz estaba en el pequeño, encerrado y repetido mundo de Rhina, la de Penn Station