Hace unos días estuve recordando los lugares en los que Mario y yo pasamos nuestra luna de miel. Ibamos a ir a México pero como era el mundial y a Mario le gusta tanto el futbol, no iba a estar atento en el romance, que de eso se trataba. Fuimos entonces a la costa de California empezando por Los Angeles y terminado con San Francisco. Acá algunas fotos para volver a vivir siguiendo el lema de que recordar es volver a vivir.
Los Angeles
Desde Lima, un relámpago de azul-cielo o azul-mar en nuestra mente o en nuestro corazón que ansían la belleza. Cuentos, poesía, música, cine, reflexiones, teatro, viajes, fotografía, entrevistas, danza y más.
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lunes, 23 de febrero de 2015
jueves, 23 de octubre de 2014
"De tres tiros que le dieron no más uno era de muerte"
En los largos viajes por la carretera Panamericana mis padres cantaban juntos y eso, a mi y a mis hermanos nos llenaba de gozo. La última estrofa de este corrido "Rosita Albires" nos hacía mucha gracia.
Me encanta recordarlo. En esa época se escuchaba mucha música mexicana. En el radio uno siempre podía escucharla. Ahora solo han quedado los charros que van a veces a algún cumpleaños a festejar.
Acá va la letra:
Hay te va rosy !!
año de 1900 presente lo tengo yooo
en un barrio de Saltillo Rosita Alvirez murio
Rosita Alvirez murio
su mama se lo decia:
Rosa esta noche no sales
mama no tengo la culpa que a mi me gusten los bailes
que a mi me gusten los bailes
Hipolito llego al baile y a Rosa se dirigio
como era la mas bonita Rosita lo desairo
Rosita lo desairo
AH QUE ROSITA!
ERAS CANIJA MIJA!!
Rosita no me desaires la gente lo va a notar
pues que digan lo que quieran
contigo no he de bailar
contigo no he de bailar
Echo mano a la cintura y una pistola saco
a la pobre de Rosita nomas tres tiros le dio
nomas tres tiros le dio
Rosita le dijo a Irene no te olvides de mi nombre
cuando vayas a los bailes
no desprecies a los hombres
no desprecies a los hombres
El dia que la mataron Rosita estaba de suerte
de tres tiros que le dieron
nomas uno era de muerte
nomas uno era de muerte
La casa era colorada y estaba recien pintada
con la sangre de Rosita le dieron otra pasada
le dieron otra pasada
Rosita ya esta en el cielo dandole cuenta al creador
Hipolito esta en la carcel dando su declaracion
Me encanta recordarlo. En esa época se escuchaba mucha música mexicana. En el radio uno siempre podía escucharla. Ahora solo han quedado los charros que van a veces a algún cumpleaños a festejar.
Acá va la letra:
Hay te va rosy !!
año de 1900 presente lo tengo yooo
en un barrio de Saltillo Rosita Alvirez murio
Rosita Alvirez murio
su mama se lo decia:
Rosa esta noche no sales
mama no tengo la culpa que a mi me gusten los bailes
que a mi me gusten los bailes
Hipolito llego al baile y a Rosa se dirigio
como era la mas bonita Rosita lo desairo
Rosita lo desairo
AH QUE ROSITA!
ERAS CANIJA MIJA!!
Rosita no me desaires la gente lo va a notar
pues que digan lo que quieran
contigo no he de bailar
contigo no he de bailar
Echo mano a la cintura y una pistola saco
a la pobre de Rosita nomas tres tiros le dio
nomas tres tiros le dio
Rosita le dijo a Irene no te olvides de mi nombre
cuando vayas a los bailes
no desprecies a los hombres
no desprecies a los hombres
El dia que la mataron Rosita estaba de suerte
de tres tiros que le dieron
nomas uno era de muerte
nomas uno era de muerte
La casa era colorada y estaba recien pintada
con la sangre de Rosita le dieron otra pasada
le dieron otra pasada
Rosita ya esta en el cielo dandole cuenta al creador
Hipolito esta en la carcel dando su declaracion
sábado, 5 de abril de 2014
Unos días en Paracas
Paracas es para mi la alegría de los viajes de la infancia, dormir en otro lugar, pasear por ese malecón junto a ese mar tan suave de luz brillante, jugar con un perro desconocido, bañarse sin parar en la piscina, comer en el restaurante de los niños, jugar ping pong, sapo, caminar por el muelle, más tarde ya en el comedor circular comer delicias inolvidables, esas fuentes de corvina, la mezcla de cebiche y causa de los buffets, los maravillosos postres de frutas, pie de fresas, de chirimoyas.
Paracas es también para mi, la invitación a casa de una amiga hace poco, un grupo de mujeres tan felices, riendo, preguntándonos, conociendo nuestras historias de amor, entregándonos confidencias. Inolvidable fin de semana.
Paracas es el paseo en bote muy temprano en la mañana hacia las islas Ballestas y los lobos de mar siguiendo la embarcación dejando que los miremos a nuestro antojo, felices de estar ahí tan lejos de todo, en medio del mar, convertidos por un instante también en animales marinos.
Ahora Paracas está en pleno desarrollo, las casas se han multiplicado, hay hermosos hoteles y llegan barcos con turistas para desde ahí dirigirse a Nazca para sobrevolar las famosas Líneas.
Veo que Paracas significa Lluvia de arena y recuerdo haber estado alguna vez en una Paracas, extraño fenómeno, la arena golpeándote, teniendo que protegerte, esperar que pase, que se calme el viento que suena.
Paracas es el misterioso Candelabro, el desierto de dunas, los milenarios tejidos, los cementerios en donde hallaron llamas y vicuñas, su hermosa cerámica.
Del colegio me acuerdo que los Paracas hicieron trepanaciones craneanas, me impresionó que fuesen unos científicos tan avanzados.
Nos quedamos un rato mirando la vida que hay en la caleta de Pescadores en el Chaco, todo un mundo de belleza por descubrir. Y a lo lejos bailan las cometas que impulsan las tablas, el novedoso Kite surf.
Pasamos un precioso fin de semana en el bello Paracas.
domingo, 23 de diciembre de 2012
Recuerdos de Navidad
Quien sabe estos recuerdos sirvan para que ustedes en algún momento de esta celebración de Navidad, se den tiempo para recordar algunas anécdotas, pequeñas historias que hicieron que esa Navidad fuese mágica e inolvidable.
Desde que tengo memoria mi papá, que era ingeniero, era quien hacía la casa para alojar el nacimiento de Navidad. La hacía casi el último día pero ponía toda su creatividad y empeño en que fuese original y se convirtiese en el centro de nuestra fiesta. Una vez era super moderna con papeles laminados de colores brillantes, otras un modesto pesebre hecho con ramas cruzadas, y el que recuerdo con más intensidad, fue una carpa árabe clavada en el suelo del jardín. A la intemperie o dentro de la sala sus nacimientos eran para nosotros algo digno de celebrar. Esta va a ser la segunda Navidad en la que él no estará con nosotros y por eso fue para mí una alegría enorme ver en casa de mi hermano Jorge un nacimiento tan especial como a los que mi papá nos tenía acostumbrados. No había que preocuparse, mi hermano continuaría la tradición.
Subí a un taxi y me quejé de la Navidad, el tráfico, los peligros de la calle, el tiempo que no alcanza, y el taxista me dijo: — "La Navidad es la mejor época del año. Es el día en el que la familia se encuentra, se demuestra su cariño, se está con las personas que más se quiere. Es una maravilla la Navidad". Gran lección.
Esta mañana Nilda me contó como pasaría la noche del 24, cenarían en su casa pero a las 12 en punto saldrían a encontrarse con los vecinos y abrazarse con ellos. Es cierto que las casas son chiquitas y están una cerca de la otra, pero me pareció una costumbre digna de imitarse. Su tía, una vez acabada la cena pondría llave a la puerta para que no se escapen los muchachos y vayan por ahí a tomar y perderse. Mejor cuidarlos de antemano.
Cuando era chica salíamos al parque a cierta hora, un tío nos llevaba con la excusa de los cohetes. Al regresar, mi mamá nos decía que justo en esos instantes había llegado Papa noel por la chimenea y había dejado regalos para nosotros. La alegría de los regalos nos hacía olvidar la pena de no haber visto a ese personaje tan extraño y generoso que venía del polo norte volando en un carro jalado por renos.
Mario, me cuenta que podría jurar haber visto a Papa Noel una Navidad bajando en puntas de pie las escaleras de su casa.
Después de escuchar a los Parchis en la televisión cantando en el Puericultorio “¡Ven a mi casa esta Navidad!” Decidimos hacer los trámites para poder invitar a dos niños, un hombrecito y una niña a pasar el 25 en nuestra casa. Fue algo que ni nosotros ni nuestros hijos olvidaremos jamás. Primero los llevamos a pasear a la Punta, dimos un paseo en un bote y después estuvimos en casa jugando y conversando. Almorzamos en el jardín y pasamos una tarde muy especial.
Ya había publicado el blog y recibo estas hermosas reflexiones y recuerdos de mi amiga española Carmen Rico Coira, hubieran merecido página especial pero de lo que se trata es de que vayan y aquí están. Gracias querida Carmen.
"22-12-2012
A Casi todos los adultos la Navidad les resulta triste. A mi, no lo sé... Por un lado aún queda en mí algo de aquella niña que estiraba con la uña del pulgar los papeles de plata que envolvían algunas naranjas en Navidad. Las mejores naranjas de mesa que se vendían en la tienda de mis padres venían recubiertas con papeles de colores brillantes... Verdes, rojos, violeta.... Así eran por un lado y por el otro de pura plata. Los estiraba tanto que de tan finos, los envoltorios, al moverse sonaba una especie de musiquita. Y a veces de tanto estirarlos se me rompían...Yo, no era consciente de que era pobre. Era normal, como todos, como la mayoría de los niños que conocía. Y cualquier cosa que cambiase el ritmo era formidable... Y la Navidad También.
Además, guardaba unas virutas brillantes que traían las nueces y las avellanas. Y con todo ello y poco más... Quizá papel charol para recortar lunas y estrellas ,hacíamos una especie de adornos navideños. Pero Lo que en realidad me gustaba eran las bolas para colgar que vendían en La Celta... Las había de todos los tamaños y colores, pero siempre resultaban demasiado caras... Y las figuritas del belén... Que era como jugar a las casitas, pero más... Porque era todo un pueblo. Una comunidad, con sus buenos y sus malos. Con el río de plata... Los patos, los puentes, el musgo...las casitas por las colinas y un poco más allá , el desierto... Lo mejor. Con los tres reyes que traían regalos. Si, en ese tiempo era bonito... La imaginación volaba y se fabricaban castillos en el aire.
En la buhardilla de mi casa, encima de un viejo somier, a modo de tarima, mis vecinos armaban el Belén más bonito que jamás había visto. Quizá el único, salvo el del colegio, que siempre era muy sobrio y dejaba poco lugar a la imaginación. Ahora pienso que ya en aquel momento debía de ser antiguo. Eran figuras de barro pintadas. Grandes. Realmente grandes... A mi me parecía. Pero sobre todo, lo que nunca olvidaré eran los camellos con los reyes , precedidos de tres pajes y que cada día avanzaban un poco más en su camino de arena. Era milagroso ver como iban acercándose al oasis de palmeras. Aún cuando descubrí quienes eran en verdad los reyes, nunca pude averiguar de quién era la mano mágica que movía cada noche un poco aquel cortejo. Mis padres, no lo creo. Demasiado ocupados con su trabajo. Bastante hacían para procurarnos algún regalo para el día seis, como para dedicarse a esas pamplinas... Nunca lo descubrí, a pesar de que espié... Sobre todo a mi hermano, que sabía de lo emocionante que era para mí observar las huellas que dejaban los camellos en su periplo. También espié a la vecina y pregunté...
Luego me tocó organizar las navidades de mi hijo. Las de mis padres...y Ahora sigo la rutina porque no se trata de aguar la fiesta a nadie y las disfruto y las sufro por igual. Mucha gente se fue quedando en el camino. Natural...pero se extraña. Estos días resultan melancólicos por muchas cosas, pero también por la luz, o más bien por su ausencia, pero nos queda la esperanza de que cuando esto acabe y empecemos a gastar las hojas del nuevo calendario la promesa de los minutos ganados a la noche me produce una sensación un tanto eufórica y se agradece...
Y cuando esta mañana, al levantarme y ver el cielo, pensé... Vale la pena, también vale la pena vivir por ver un amanecer como este en diciembre... Así que aprovecho la imagen que capturó mi iphone de este cielo de colores para compartir contigo esta agradable sensación del solsticio de invierno.
Con todo el cariño." Carmen
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domingo, 7 de octubre de 2012
Otros yo me acuerdos
En este mismo blog tenemos un post sobre George Perec, escritor francés que publicara un libro llamado Yo me acuerdo. Acá pongo unos nuevos y les pido a los lectores que manden los suyos, simplemente escribimos yo me acuerdo y vendrá a nuestra mente algún recuerdo de nuestro pasado. Luego seleccionaremos los que nos impresionan. Cada frase encierra una pequeña historia que luego podríamos contar.
Yo me acuerdo de las arañas en las paredes de mio infancia.
Yo me acuerdo del olor a construcción, el cemento y el agua, las paredes húmedas.
Yo me acuerdo de las monjas de mi colegio desapareciendo por la Clausura y yo imaginando cómo sería sus vidas en ese otro mundo.
Yo me acuerdo de las hojas de parra recién nacidas de un color verde maravilloso.
Yo me acuerdo del Señor Santa Cruz que nos venía a poner inyecciones y que yo temblaba de miedo.
Yo me acuerdo de la lata de caramelos azucarados que nos daba la Madre Rosas que resultó siendo tía de una de mis mejores amigas.
Yo me acuerdo cuando desde el techo de mi casa miraba los techos de las casas vecinas y sentía tristeza porque estaban vacíos.
Yo me acuerdo que jugaba con cuyes sobre mi cama.
Yo me acuerdo que a una rata que caminaba sobre los hilos de luz que quedaban al frente del cuarto de mi abuela, mi papá le puso de nombre Mrs. Hopkings.
Yo me acuerdo de la representación en el colegio y evoco la música y la inocencia, vestidas con tul y adornadas con globos blancos y rojos.
Yo me acuerdo de tu risa contagiosa.
Yo me acuerdo cuando el Twist llegó a Lima. Y así, tantos yo me acuerdos que nos llenan el alma de recuerdos.
Yo me acuerdo del loco "Relámpago" que interrumpía la misa.
Yo me acuerdo de mi amiga P. mi vecina, que partió para nunca más volver.
Yo me acuerdo que le dábamos el hígado que no nos gustaba comer a nuestros perros y que ellos se lo comían encantados.
Yo me acuerdo de las arañas en las paredes de mio infancia.
Yo me acuerdo del olor a construcción, el cemento y el agua, las paredes húmedas.
Yo me acuerdo de las monjas de mi colegio desapareciendo por la Clausura y yo imaginando cómo sería sus vidas en ese otro mundo.
Yo me acuerdo de las hojas de parra recién nacidas de un color verde maravilloso.
Yo me acuerdo del Señor Santa Cruz que nos venía a poner inyecciones y que yo temblaba de miedo.
Yo me acuerdo de la lata de caramelos azucarados que nos daba la Madre Rosas que resultó siendo tía de una de mis mejores amigas.
Yo me acuerdo cuando desde el techo de mi casa miraba los techos de las casas vecinas y sentía tristeza porque estaban vacíos.
Yo me acuerdo que jugaba con cuyes sobre mi cama.
Yo me acuerdo que a una rata que caminaba sobre los hilos de luz que quedaban al frente del cuarto de mi abuela, mi papá le puso de nombre Mrs. Hopkings.
Yo me acuerdo de la representación en el colegio y evoco la música y la inocencia, vestidas con tul y adornadas con globos blancos y rojos.
Yo me acuerdo de tu risa contagiosa.
Yo me acuerdo cuando el Twist llegó a Lima. Y así, tantos yo me acuerdos que nos llenan el alma de recuerdos.
Yo me acuerdo del loco "Relámpago" que interrumpía la misa.
Yo me acuerdo de mi amiga P. mi vecina, que partió para nunca más volver.
Yo me acuerdo que le dábamos el hígado que no nos gustaba comer a nuestros perros y que ellos se lo comían encantados.
domingo, 2 de septiembre de 2012
Recuerdos de Tagore
El martes pasado hicimos en nuestro taller ABRA un acercamiento a Rabindranath Tagore, acá comparto uno de ellos perteneciente a "Recuerdos", un hermoso texto suyo.
Recuerdos -Rabindranath Tagore-
Un dia al anochecer andaba yo por la terraza de nuestra casa. El fulgor del sol poniente se combinaba con el pálido crepúsculo de una manera que parecía dar al anochecer que se aproximaba un atractivo especialmente maravilloso para mí. ¿Era aquel levantarse del mano de la trivialidad de encima del mundo cotidiano, me pregunté, debido a alguna magia de la luz del anochecer?. No. Yo vi en el acto que era el efecto del anochecer que se había adentrado en mí; sus sombras habían borrado mi ego. Mientras mi yo estaba rampante durante el relumbrón del día, todo lo que yo percibía estaba mezclado y escondido por él. Ahora que el ego estaba relegado a ùltimo término, podía yo ver al mundo en su verdadero aspecto. Y ese aspecto no tenía nada de trivialidad, estaba lleno de belleza y alegría infinitas.
Desde que tuve esta experiencia probé el efecto de suprimir mi ego a toda conciencia y de mirar al mundo como mero espectador, e invariablemente me sentía recompensado con un sentimiento de placer especialísimo. Poco después me fue concedida una penetración mayor que me ha durado toda la vida. Un velo pareció haberse caído de mis ojos, y encontré sùbitamente al mundo bañado en una maravillosa irradiación, con olas de belleza y alegría hinchándose por todas partes. Esta irradiación traspasó en un momento los dobleces de tristeza y abatimiento que se habían acumulado sobre mi corazón, y lo inundaron como con una luz universal indecible. Y vino a suceder que ninguna persona o cosa en el mundo me pareció ya trivial o desagradable. No veía las acciones de los hombres como cosas aisladas, sino como partes de esa asombrosa danza mayor que se está realizando en este mismo momento, por todo el mundo de los hombres, en cada uno de sus hogares en sus mùltiples necesidades y actividades. Desde la infancia sólo había visto con mis ojos, ahora comenzaba a ver con la totalidad de mi conciencia.
(Rabindranath Tagore. Recuerdos. Plaza Janés, 1986. p.232)
Recuerdos -Rabindranath Tagore-
Un dia al anochecer andaba yo por la terraza de nuestra casa. El fulgor del sol poniente se combinaba con el pálido crepúsculo de una manera que parecía dar al anochecer que se aproximaba un atractivo especialmente maravilloso para mí. ¿Era aquel levantarse del mano de la trivialidad de encima del mundo cotidiano, me pregunté, debido a alguna magia de la luz del anochecer?. No. Yo vi en el acto que era el efecto del anochecer que se había adentrado en mí; sus sombras habían borrado mi ego. Mientras mi yo estaba rampante durante el relumbrón del día, todo lo que yo percibía estaba mezclado y escondido por él. Ahora que el ego estaba relegado a ùltimo término, podía yo ver al mundo en su verdadero aspecto. Y ese aspecto no tenía nada de trivialidad, estaba lleno de belleza y alegría infinitas.
Desde que tuve esta experiencia probé el efecto de suprimir mi ego a toda conciencia y de mirar al mundo como mero espectador, e invariablemente me sentía recompensado con un sentimiento de placer especialísimo. Poco después me fue concedida una penetración mayor que me ha durado toda la vida. Un velo pareció haberse caído de mis ojos, y encontré sùbitamente al mundo bañado en una maravillosa irradiación, con olas de belleza y alegría hinchándose por todas partes. Esta irradiación traspasó en un momento los dobleces de tristeza y abatimiento que se habían acumulado sobre mi corazón, y lo inundaron como con una luz universal indecible. Y vino a suceder que ninguna persona o cosa en el mundo me pareció ya trivial o desagradable. No veía las acciones de los hombres como cosas aisladas, sino como partes de esa asombrosa danza mayor que se está realizando en este mismo momento, por todo el mundo de los hombres, en cada uno de sus hogares en sus mùltiples necesidades y actividades. Desde la infancia sólo había visto con mis ojos, ahora comenzaba a ver con la totalidad de mi conciencia.
(Rabindranath Tagore. Recuerdos. Plaza Janés, 1986. p.232)
domingo, 3 de junio de 2012
Dialogo con uno mismo
Patricia Cuadra cuelga en su Facebook, a raíz de un cuento de Ana María Matute que colgué, esta crónica de infancia de Guillermo Giacosa, hermosa crónica.
Paganini y el ojo del pescado
Nunca, de niño, asocié los nombres. Alguna vez quedé fascinado junto a mi padre escuchando La Campanella, de Paganini, pero jamás se me ocurrió pensar que la localidad llamada 'Paganini’ fuera el mismo nombre que el del músico. Íbamos más frecuentemente a Paganini de lo que escuchaba La Campanella. Por eso, cuando oigo el nombre viene a mi memoria el chalet de mi tía y, luego, Paganini, su violín, su melena y algún compás que mi memoria nunca logra reproducir. Paganini, el lugar, está en las barrancas del Paraná, frente a ese río leonado (adjetivo de Borges) y sorprendente. Tan sorprendente que una vez, debido a lluvias en Brasil, las aguas se desbordaron trayendo trozos enteros de aquella tierra. Tan grandes eran que un mediodía vimos pasar un islote con dos jaguares como involuntarios pasajeros rumbo al Río de la Plata. Paganini no era la soledad de la pampa que yo amaba hasta la devoción ni tenía los caballos que me acompañaban en mis solitarios galopes hacia el poniente a la hora del ocaso. Pero me gustaba especialmente un tajo en la barranca que permitía bajar al río y experimentar ese diálogo silencioso que mi interior entablaba con la naturaleza. Digo diálogo a lo que en realidad era un monólogo hecho de emociones incontrolables que se chocaban entre sí pero del que siempre, curiosa característica que aún no me ha abandonado del todo, emergía vitalizado y feliz, incomprensiblemente feliz. Inexplicablemente feliz. Para algunos, con seguridad, absurdamente feliz. No para mi madre que sabía, por ese fantástico hilo de plata que nos unía, que yo regresaba de un país en el que aparentemente nada había pasado pero que, vaya a saber por qué, había encendido luces que otros no veían. Al: “¿Cómo te fue, Guillermito?”, descubría la historia que yo mismo me había contado y que estaba hecha de las piedras encontradas, de la nube con forma de murciélago, del pescador ciego al que su hijo guiaba, del olor insoportable de un cangrejo podrido sobre la arena, historias tan reales como imaginarias porque eso son en realidad las historias, un insumo de la realidad y luego los fuegos artificiales que ese insumo dispara en nuestro cerebro. No siempre eran bellas, claro está. A veces la intervención humana ponía una sombra oscura que me costaba asumir. Una mañana asistí, sentado en una piedra, a la ceremonia diaria de los pescadores bajando a tierra su resplandeciente carga plateada de cada jornada. Pero no fue una mañana cualquiera. Un hecho normal descompuso mis juegos con la realidad. Un pescador, que solía saludarme, atravesó con un alambre el ojo de un pescado vivo, luego lo unió a otro y a otro, y me dijo: “Chau, pibito” y me dejó a solas con el ojo destrozado del pescado buscando cómo huir de mi imaginación. Han pasado 62 años y el ojo sigue ahí. Ese día tan pronto me vio mi madre me acarició la cabeza y me dijo: “No todos los días las cosas salen bien”, y me mostró el nido de una calandria cuyos pichones reclamaban el almuerzo.
Paganini y el ojo del pescado
Nunca, de niño, asocié los nombres. Alguna vez quedé fascinado junto a mi padre escuchando La Campanella, de Paganini, pero jamás se me ocurrió pensar que la localidad llamada 'Paganini’ fuera el mismo nombre que el del músico. Íbamos más frecuentemente a Paganini de lo que escuchaba La Campanella. Por eso, cuando oigo el nombre viene a mi memoria el chalet de mi tía y, luego, Paganini, su violín, su melena y algún compás que mi memoria nunca logra reproducir. Paganini, el lugar, está en las barrancas del Paraná, frente a ese río leonado (adjetivo de Borges) y sorprendente. Tan sorprendente que una vez, debido a lluvias en Brasil, las aguas se desbordaron trayendo trozos enteros de aquella tierra. Tan grandes eran que un mediodía vimos pasar un islote con dos jaguares como involuntarios pasajeros rumbo al Río de la Plata. Paganini no era la soledad de la pampa que yo amaba hasta la devoción ni tenía los caballos que me acompañaban en mis solitarios galopes hacia el poniente a la hora del ocaso. Pero me gustaba especialmente un tajo en la barranca que permitía bajar al río y experimentar ese diálogo silencioso que mi interior entablaba con la naturaleza. Digo diálogo a lo que en realidad era un monólogo hecho de emociones incontrolables que se chocaban entre sí pero del que siempre, curiosa característica que aún no me ha abandonado del todo, emergía vitalizado y feliz, incomprensiblemente feliz. Inexplicablemente feliz. Para algunos, con seguridad, absurdamente feliz. No para mi madre que sabía, por ese fantástico hilo de plata que nos unía, que yo regresaba de un país en el que aparentemente nada había pasado pero que, vaya a saber por qué, había encendido luces que otros no veían. Al: “¿Cómo te fue, Guillermito?”, descubría la historia que yo mismo me había contado y que estaba hecha de las piedras encontradas, de la nube con forma de murciélago, del pescador ciego al que su hijo guiaba, del olor insoportable de un cangrejo podrido sobre la arena, historias tan reales como imaginarias porque eso son en realidad las historias, un insumo de la realidad y luego los fuegos artificiales que ese insumo dispara en nuestro cerebro. No siempre eran bellas, claro está. A veces la intervención humana ponía una sombra oscura que me costaba asumir. Una mañana asistí, sentado en una piedra, a la ceremonia diaria de los pescadores bajando a tierra su resplandeciente carga plateada de cada jornada. Pero no fue una mañana cualquiera. Un hecho normal descompuso mis juegos con la realidad. Un pescador, que solía saludarme, atravesó con un alambre el ojo de un pescado vivo, luego lo unió a otro y a otro, y me dijo: “Chau, pibito” y me dejó a solas con el ojo destrozado del pescado buscando cómo huir de mi imaginación. Han pasado 62 años y el ojo sigue ahí. Ese día tan pronto me vio mi madre me acarició la cabeza y me dijo: “No todos los días las cosas salen bien”, y me mostró el nido de una calandria cuyos pichones reclamaban el almuerzo.
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