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domingo, 8 de mayo de 2016

Viajar tambien es...dice Claudio Magris

    "Viajar es también abandonarse pasivamente al fluir de las cosas, porque la aventura más arriesgada, más difícil y seductora se lidia en casa: es allí donde nos jugamos la vida, la capacidad o la incapacidad de amar y construir, de tener y dar felicidad, de crecer con valentía o agazaparse en el miedo; es allí donde corremos los mayores riesgos”. Claudio Magris , escritor italiano, de su libro " El infinito viajar".


domingo, 13 de diciembre de 2015

Claudio Magris, una entrevista


 Claudio Magris es una de las figuras más relevantes de las letras internacionales. El autor italiano, amante de la cultura centroeuropea y creador del concepto político Mitteleuropa (una Europa Central con predominio alemán), habla en esta entrevista de sus elecciones a la hora de escribir utilizando uno u otro género literario. La mayoría de sus obras son ensayos, pero hay veces que lo que quiere contar le pide que apuesta por la dramaturgia o el relato.
Ganador de numerosos galardones, el último que ha obtenido es el premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, del que hablará esta tarde en Casa de América.

domingo, 14 de septiembre de 2014

La perla y el rey.

Entrevista: Claudio Magris habla de su esposa Marisa Madieri

La perla y el rey

Suplemento Cultura
El autor de Danubio , uno de los intelectuales más importantes de Europa, viajará a Buenos Aires para presentar en la próxima Feria del Libro los textos de su esposa, Marisa Madieri, muerta en 1996: un volumen de memorias, Verde agua , y la fábula El claro del bosque (Editorial minúscula). En esta conversación el escritor triestino se refiere a la vida diaria y las ideas que ambos compartieron, así como al amor por la Mitteleuropa , que fue la materia de sus obras
 

Más allá del talento, de los premios numerosos y de la fama, hay gestos, en apariencia pequeños, que bastan para revelar la calidad de una persona. También bastan para revelar la naturaleza de la relación que une a dos seres, más allá de la distancia o de la muerte. "Si me espera cinco minutos, voy al hotel -está aquí cerca- y le traigo una foto de Marisa. Así podrá ver cómo era ella." Casi sin esperar a que yo le dijera que sí, Claudio Magris, con un entusiasmo juvenil, se levantó de la mesa a la que estábamos sentados en el primer piso del Café de Flore, en París. Menos de diez minutos después, estaba de vuelta. Con un orgullo inocultable en la mirada me tendió una fotografía de Marisa Madieri, su esposa, también escritora, muerta en 1996. Había algo desgarrador y, al mismo tiempo, luminoso en la sencillez con que ese hombre, uno de los intelectuales europeos más importantes de las últimas décadas, me ofrecía la visión de ese rostro tan querido por él. De ese matrimonio, hubo frutos de la carne y del espíritu: dos hijos, Paolo y Francesco, y libros que fueron el resultado de la convivencia y del diálogo entre los dos autores.
Magris es un germanista eminente cuyos ensayos y novelas han rescatado la tradición del mundo de los Habsburgo y evocado la trama compleja de la vida en las fronteras siempre cambiantes de Italia, del imperio austrohúngaro y de los Balcanes: Conjeturas sobre un sable , Danubio , Microcosmos , Utopía y desencanto iluminan desde una perspectiva inesperada y fascinante los hechos y las ideas que alteraron la existencia y la identidad de millones de seres acosados por la historia y la violencia. Magris viajará a Buenos Aires en ocasión de la próxima Feria del Libro, en el mes de abril. Originariamente la visita tenía como finalidad presentar los libros de Madieri, pero a último momento también se agregó la presentación de La exposición , pieza de teatro del propio Magris, basada en la vida del pintor triestino Vito Timmel, muerto en un manicomio.
La obra de Marisa Madieri es breve, poco más de trescientas páginas: Verde agua (1987), El claro del bosque (1992) y La conchiglia e altri racconti (La conchilla y otros cuentos, 1998, publicada póstumamente). La traducción española de Verde agua , aparecida en 2000, recién ha llegado a la Argentina en estos días, junto con la de El claro del bosque , editada a fines de 2002. Las dos obras fueron publicadas por Editorial minúscula y en Buenos Aires sólo se consiguen por ahora en la librería Guadalquivir (Callao 1012).
La simplicidad con que vivió y con que escribió Madieri, muy poco preocupada por que la conocieran más allá del círculo de la gente que quería y le interesaba, parece haberse contagiado a la divulgación de sus libros, confiada a editores y traductores muy serios (Valeria Bergalli, en España), conmovidos por la prosa llana y directa de la autora. Se trata de una obra cuyo reconocimiento lento, pero continuo, ha quedado librado a la recomendación de lectores alertas, cada vez más numerosos.
El exilio y el mar
En Verde agua , Marisa Madieri narra su niñez y adolescencia. Las memorias de aquellos años se entrelazan con comentarios, retratos y descripciones del momento en que la autora escribe su libro. Cada entrada está marcada con la fecha de escritura del fragmento. La primera anotación es del 24 de noviembre de 1981; la última, del 27 de noviembre de 1984.
"Conocí a Marisa cuando cursábamos el bachillerato en el mismo liceo", recuerda Magris. "Ella estaba, como lo cuenta en su libro, en lo que los muchachos llamábamos la división de los bacalaos, porque no había en todo ese grupo de chicas adolescentes una sola que tuviera las formas de una mujer. Pero no fue entonces cuando nos enamoramos. Nos volvimos a encontrar en 1962, en una fiesta. Yo ya vivía en Turín. Teníamos amigos comunes. Marisa ya no era un bacalao. Me gustó su rostro de pómulos altos, marcados, una huella de su origen húngaro. Los ojos eran oscuros y profundos. Tenía algo de selvático, pero también de clásico en la manera de mirar, de moverse, en su comportamiento y en sus rasgos. Ella se describe con mucha dureza. Y, sin duda, uno podía pensar en un primer acercamiento que era una mujer dura. Cuando empecé a frecuentarla, era como una ostra, cerrada. Después cambió. Los dos nos influimos mutuamente. Sin ella, yo habría sido un neurótico patético. Entre sus brazos, me convertí en un hombre, en un rey. Los dos nos inspiramos seguridad. Ella conquistó a mi lado un sentimiento de libertad y de expansión. Era muy valiente, pero también tímida y, junto a mí, aprendió a vencer esa timidez para defender en presentaciones públicas las causas en las que creía. Economizaba las palabras, era muy precisa. Hablar de Marisa me resulta muy difícil. Temo caer en la hagiografía. En sus juicios, era muy sobria. Detrás de la cerrazón inicial de Marisa, de esa frágil coraza, había un temperamento apasionado y mucho sentido del humor. La dureza provenía precisamente de lo que había debido superar en la infancia."
La ostra, de la que habla Magris, se abrió bajo el influjo de la atmósfera italiana y del carácter expansivo de su esposo, y dentro de ella había, como en los cuentos, una perla inestimable.
Marisa Madieri nació en Fiume en 1938. Cuando terminó la Segunda Guerra, la ciudad fue ocupada por los yugoslavos. Entre 1947 y 1948, a los italianos que todavía vivían allí se les exigió que adoptaran la ciudadanía yugoslava o que abandonaran el país. Los Madieri optaron por emigrar a Italia. Hasta que la partida se concretó, la familia debió padecer un año de marginación y de hostigamiento. Fueron desalojados de la casa en la que hasta entonces habían vivido. El padre de Marisa perdió su trabajo y fue encarcelado por haber escondido dos valijas de un perseguido político que había tratado de escapar. Este había sido capturado y, al ser interrogado, había mencionado las valijas en poder de Madieri.
En el verano de 1949, Marisa y su hermana Lucina, llevadas por la madre y la abuela paterna (que estaba enferma de cáncer), dejaron Fiume. En la cárcel, quedaba el padre, que se reuniría con ellas un tiempo después.
Cuando llegaron a Trieste, Marisa se sintió deslumbrada por la belleza de la ciudad y del mar, por la abundancia de diarios, de revistas, por la comida y las ropas que veía en las vitrinas de los negocios. Pronto comprendió que tendría acceso a muy poco de todo eso. Las Madieri, en calidad de refugiadas, fueron enviadas al campamento de Silos, especie de enorme depósito en el que se amontonaban quienes escapaban del régimen de Tito. Afortunadamente habían sido precedidas en el exilio por los Quarantotto, abuelos maternos de Marisa, y sus dos hijos, el tío Alberto y el tío Vittorio. El tío Alberto, con su esposa Ada, vivía en Venecia, mientras que el tío Vittorio vivía en Como. Para que las dos chicas no sufrieran la atmósfera opresiva de Silos, el tío Alberto se llevó a Marisa a Venecia y el tío Vittorio se fue con Lucina a Como.
"Marisa amaba a la familia de su padre y de su madre", continúa Magris, "pero la descripción que hace de ella en Verde agua no es nada dulzona." El retrato de la abuela Quarantotto es admirable desde el punto de vista literario, pero muestra con un humor shakesperiano todo el egoísmo de esa anciana, capaz de sacrificar a los suyos con tal de tener un papel protagónico. La abuela no quería abandonar el campo de refugiados, a pesar de que tenía dinero para ello -cuidadosamente oculto- porque con su voluntad de liderazgo se había ganado el papel honorífico de "alcaldesa" de Silos y se hacía fotografiar como una estrella junto a los funcionarios que visitaban el depósito. Marisa tampoco oculta las miserias de uno de sus tíos, Domenico. La madre de Marisa había prevenido a ésta y a su hermana que nunca se quedaran a solas con él. Durante mucho tiempo, Domenico había tenido escondida a su mujer en un altillo adonde él subía para violarla y pegarle. Por si fuera poco, se decía, con bastante fundamento, que también abusaba de sus hijas. Marisa cuenta todo eso sin emitir juicios, sin condenar, casi al pasar, como un hecho más de la vida cotidiana.
En Verde agua , Madieri quiso rendir tributo a la memoria de su madre, que había vivido tironeada entre el hombre del que se había enamorado, y con quien se habían casado, y su propia madre, la despótica abuela Quarantotto. Gracias al empecinamiento de la madre, Marisa y su hermana lograron estudiar, a pesar de que el padre, Gigio, estaba decidido a que, una vez terminada la escuela primaria, las chicas fueran a trabajar. Marisa cursó estudios en un colegio religioso. Su profunda inteligencia impresionó a las monjas del Instituto Capostrini. Una media beca de una entidad estatal, "la Posbélica", y la reducción del pago de la pensión mensual por parte de las monjas, le permitieron a Marisa continuar su educación. Más tarde el catolicismo aprendido por Madieri en esas aulas se depuró hasta convertirse en una celebración de la vida, que no intentaba ocultar las sombras de la existencia.
La crueldad de la naturaleza
"Marisa se consideraba italiana-prosigue Magris- pero al escribir Verde agua descubrió sus orígenes eslavos. No tenía una mentalidad política y mucho menos políticamente correcta. Su vida personal fue afectada desde la niñez por la historia. Su catolicismo y su fe en Dios eran muy especiales. En El claro del bosque , especie de fábula negra, cuenta los días de una margarita, Dafne. La naturaleza aparece allí en todo su esplendor, pero también en toda su crueldad. No es una narración edificante. El final, abrupto, puede parecer un acto de sadismo infligido al lector. Marisa escribió ese libro antes de enfermarse. Para imaginar cómo podía vivir una margarita, adoptaba comportamientos que, al principio, me resultaban extraños. Yo no sabía que estaba trabajando en ese libro y me asombraba sorprenderla, de pronto, tendida en el suelo, observando lo que la rodeaba. Quería ver la realidad desde la perspectiva de una margarita. En su corta existencia, Dafne conoce casi todo lo que puede conocer un ser vivo: el cariño de los padres, los celos, el amor, la envidia de los otros, la frivolidad, la belleza, el misterio del universo representado por la noche infinita y las estrellas. A Marisa le interesaba lo que podríamos llamar la vida menor: la vida de las otras especies, de los objetos cotidianos, pero también la de los seres anónimos que pasan su existencia a la sombra de otros tocados por la gloria, la fama, o la tragedia."
Antes de morir, Madieri estaba escribiendo La conchilla , una novela en la que un anciano recuerda a la mujer que amó. Ese texto, de una prosa bellísima, quedó incompleto, pero se publicó junto con una serie de relatos. La autora sabía entonces que se iba a morir, pero eso no alteró en nada su método de trabajo. "Tenía una actitud de gran sabiduría respecto de la muerte", dice Magris. "No quería morirse, pero no ignoraba que estaba condenada. La angustia no la llevaba a apurarse para terminar lo que había empezado. Era consciente de que si aceleraba la escritura de las obras que había comenzado iba a perjudicar lo que escribía. Ella, que creía en Dios, veía la experiencia de la muerte como un combate en el que, por designio divino, debía hacer todo lo posible para contrariar otra decisión de esa misma voluntad superior. Dios concedió a cada criatura la voluntad y el instinto de vivir; sin embargo también ha marcado el momento en que cada uno de nosotros debe abandonar este mundo. Marisa iba a morir, pero era su obligación, como ser humano, hacer todo lo posible por continuar viviendo."
Madieri vivía esa contradicción entre la fe, la razón y Dios con la serenidad y la lucidez de una creyente. Sabía que, como tal, debía librar un combate con el Ser Supremo. Decía: "No le voy a hacer las cosas fáciles. El -Dios- sabe lo que hace, pero yo debo luchar por mi vida precisamente por eso".
Pocos días antes de la muerte de Marisa, un amigo de Magris, el cardenal Silvestrini, que estaba de vacaciones y se encontraba de paso por Trieste, lo llamó por teléfono. Había perdido un avión y se encontraba varado en la ciudad. Le dijo al escritor que quería ver a Marisa antes de que muriera, pero no quería incomodarla si ella no estaba en condiciones de recibirlo. Magris le respondió que fuera a visitarla. Cuando el cardenal apareció en la puerta de la habitación de Marisa, ella le dijo: "Estamos listos si los que gobiernan la Iglesia no saben organizar sus vacaciones". Silvestrini se sonrió. Le preguntó cómo estaba y ella le contestó: "Lucho contra Su voluntad".
"Marisa y Silvestrini se trataban de usted -comenta Magris-. A ella no le gustaba la costumbre actual del tuteo que borra las diferencias entre las relaciones y crea muchas veces el espejismo de una falsa intimidad. Además, le recordaba el `tú´ político del 68. El cardenal le pidió permiso para tutearla. Ella le dijo: `Llegados a esta altura de la vida, creo que podemos permitírnoslo´.
El amor y el Danubio
"Era una mujer muy precisa en el lenguaje", recuerda Magris. "Esa precisión no tenía que ver sólo con el uso de la lengua, sino también con la moral. Le gustaba emplear la palabra justa. La precisión para ella era una cuestión ética más que estética. Recuerdo una vez en que un filósofo italiano vino a casa a comer. El huésped elogió un plato y dijo algo así como : `¡Qué bueno este plato de mariscos!´ Marisa le aclaró: `Son cefalópodos´. Esa claridad me resultaba de gran ayuda en mi propio trabajo. El afán de rigor la llevaba a distinguir de inmediato qué sobraba en mis textos. Los cortaba con una sabiduría maravillosa. Ella era la primera en leer lo que yo escribía. Ademas, colaboraba en las investigaciones que yo debía hacer para mis obras. No sólo buscaba datos, corregía fechas o nombres; además, sabía ver mucho mejor que yo los colores y los detalles. En cierto sentido, me enseñó a mirar. A ella le debo la idea de mi libro Danubio . En 1982, hicimos un viaje por Eslovaquia. Un día hermosísimo, estábamos en una colina desde donde dominábamos el río. Marisa me dijo que sería hermoso contar el Danubio como un museo. Y comprendí que tenía razón. El Danubio es un museo en el que se encuentran reunidas, preservadas, las razas, las religiones, las obras de arte, las lenguas oficiales, los dialectos, las literaturas que atestiguan los triunfos, las miserias, la felicidad y el dolor de los seres que habitaron en sus márgenes. Sentí en ese momento, contemplando ese curso de agua, que éramos como dos enamorados sentados ante una exposición. Delante de nosotros, se desplegaban los siglos. En ese libro, intenté salvar del olvido pequeñas historias, mostrar la fragilidad de la identidad de todo lo que tiene que ver con lo humano. Millones de hombres y mujeres que vivieron a orillas del Danubio no saben a qué país pertenecen, no saben qué tradición reivindicar. O cuando lo saben, esa identidad o esa tradición no es la que se corresponde con la documentación que poseen, con lo que les indican sus pasaportes. La gran historia le ha jugado una mala pasada a la pequeña historia de cada uno de ellos."
Marisa Madieri fue uno de esos seres. La ciudad en que nació, Fiume, hoy se llama Rijeka. Las migraciones del siglo XX la llevaron a Trieste, donde encontró a un hombre cuyos libros no son sino un intento de comprender y de salvar los hechos memorables de quienes han poblado esas tierras a menudo castigadas por la sed de poder. Los dos, Marisa y Claudio, estuvieron unidos no sólo por el amor recíproco, sino también por el amor a esas trágicas fronteras y a la belleza del mar, de los bosques y las montañas que fueron el majestuoso escenario de la ambición humana. Sin embargo, no hay nostalgia ni en los libros de ella ni en los de él. Dice el escritor: "No tengo nostalgia del pasado porque siempre he sentido, y Marisa coincidía conmigo, que en el presente está el pasado. El pasado no existe. Las cosas son". Los libros entrelazados y complementarios de ambos son un testimonio de esa fe y de ese amor. .
Por Hugo Beccacece De la Redacción de LA NACION París, 2003

domingo, 5 de mayo de 2013

La felicidad segun Claudio Magris


Traducción: Carlos Vidali Rebolledo.
Publicado en el Corriere della Sera, 15 de agosto, 1999.



Los elixires prometen, casi siempre, larga vida, amor o felicidad: su lugar está en los puestos de las ferias de plaza o en los spots publicitarios, magnificados por algún merolico que se los brinda a los crédulos. Cierto, la existencia, gracias a Dios, sabe ser a veces también un vino fuerte y generoso que se bebe hasta el fondo, pero la pretensión de embotellarla en frascos etiquetados con fecha de caducidad es un gran engaño. Todo elixir que nos asegura la felicidad -o sea, todo optimismo confeccionado a un confortante sistema o concesión filosófica- es mentiroso, y no sólo se desliza con desenvoltura sobre el mal, sobre la oscuridad, sobre la infamia, sobre el dolor, los cuales tan grande y desigualmente se distribuyen entre los mortales que legítimamente hacen dudar de la bondad de todo el tinglado.
Es mentiroso porque falsifica, en su ampulosa retórica, también y sobre todo los momentos de gloria, de felicidad, de plenitud y de abandono que la vida nos regala; aquellos momentos cuando nos creemos inmortales y en los cuales -como dicen en un estupendo cuento de Kipling los animales divinos esclavizados por la industria del entretenimiento- se nos recuerda que hemos sido dioses. La vida es también un verano glorioso: dispensa amor, fraternidad, placer, risas y felicidad, pero todo esto es verdadero sólo si es vivido a contraluz de los desastres, las injusticias y los miedos sin nombre en los cuales también es pródiga.
Sí, muchas veces podemos decir, como el Toro o el León de Kipling, que hemos sido dioses y lo recordamos, siempre y cuando no se nos olvide que estamos también bajo el azote del domador.
Elixir remite a felicidad y esta última no puede ser proclamada, sólo puede ser vivida -o mejor dicho, se puede vivir en ella, pero no poseerla, como algo que se mete al bolsillo-. Si la felicidad y el amor se anuncian triunfalmente, como la adquisición del paquete mayoritario de acciones de una sociedad próspera, se convierten en un farolazo, en una elocuente conferencia sobre la vida en lugar de en la vida. La búsqueda de la felicidad, hasta en su definición, tiene casi siempre algo de doloroso. Lo ha expresado, con una intensidad que difícilmente encuentra igual, naturalmente un griego antiguo, al inicio de la civilización occidental: Herodoto, "el padre de la Historia",(1)en el primer libro de su obra.
Es una página en la que pienso quizá hasta demasiado seguido, desde hace muchos años, y que para mí está inextricablemente conectada con la felicidad o su ausencia. La leí por primera vez de joven, no directamente en Herodoto, sino en una admirable paráfrasis-comentario de Manara Valgimigli, el gran helenista, en una compilación de sus ensayos titulada La mula di don Abbondio. Encontré el libro en casa; Valgimigli se lo había regalado dedicado -cuando era bibliotecario en la Cassense- a mi tío Virgilio, hermano de mi padre, que fue alcalde de Ravenna y al cual debo quizá en parte mis sentimientos respecto a la unidad italiana y la simpatía por los funcionarios de Trajano, Napoleón o Francisco José.
Más tarde leí la página de Herodoto, pero pienso que fue una fortuna acercarme inicialmente a ella -como a otros grandes libros- a través de una alta y profunda divulgación que facilita la comprensión de un texto sin simplificarlo en modo reductivo. Un aspecto negativo del actual clima cultural es la escasa presencia de una divulgación de este tipo, sustituida a menudo por charlas tanto rebuscadas como simplonas.
Entonces, Herodoto cuenta como Solón, el sabio ateniense, de visita en los dominios de Creso, el riquísimo rey de los lidios, es interrogado por este último sobre quién es, entre todos los hombres que ha conocido o de los que ha oído hablar en sus viajes por los más variados países, el hombre más feliz. Creso espera que Solón le diga que él, por sus grandes riquezas.
Pero Solón nombra a Tello de Atenas, quien en un periodo de prosperidad para su patria había tenido hijos y nietos sanos e inteligentes, todos sobrevivientes, la fortuna más grande de la vida y, finalmente, ya anciano, había corrido a socorrer a su ciudad en peligro y había muerto valientemente en su defensa, dejando un recuerdo honrado por sus paisanos.
En el relato de Herodoto hay plenitud de vida, fundada sobre la armonía entre existencia individual y social, sobre un fuerte sentido de la continuidad que supera a la muerte del particular; la felicidad es dada sobre todo por ese gran Eros que se concretiza en el amor por los hijos y los nietos, el amor más grande de todos. Es esta felicidad la que permite afrontar con el rostro descubierto no sólo a los enemigos en batalla, sino a ese peligro más insidioso, parte de la vida misma, de su transcurrir y desvanecerse que tan a menudo parece insensato, lo que arrastra todo a la nada y pone en el corazón un espanto que nos induce a menudo a sentirnos, a cualquier edad, como niños perdidos en el bosque.
Pero, ¿si no se ha tenido aquello que tuvo Tello? No es sencillo ser Tello. Ese batallón de hijos y nietos y esa feliz relación con ellos, que parecerían un don fácilmente otorgable por los dioses, puede tornarse de golpe imposible, enturbiarse y trabarse sin razón. Y cada vez se ha hecho más arduo, para el individuo, sentirse en armonía con su mundo -quizá ignorando las injusticias sobre las cuales se funda- y combatir por él, es decir, no sólo morir sino también matar con la conciencia limpia. ¿Cómo están entonces las cosas, si no es posible -o ya no lo es- ser Tello de Atenas?
Solón tiene otra historia, que narra la suerte más feliz después de la de Tello. Versa sobre los dos hermanos Cleobis y Bitón, hijos de una sacerdotisa de Era. El día de la fiesta de la diosa, la madre tenía que asistir al templo con un carro para llevar a cabo el sacrificio pero no encontraban a los bueyes, así que los dos hermanos -que sobresalían en las lides atléticas- tomaron el yugo sobre las propias espaldas y jalaron el carro, con la madre y la parafernalia para el rito, durante un largo trayecto, hasta el templo. Después del sacrificio, la madre, conmovida por su piedad, pide a la diosa que los premie concediéndoles la mejor suerte posible que pueda tocar a un ser humano, la diosa promete concederlo. Cleobis y Bitón fueron festejados por el pueblo, participaron encantados en el banquete, en la fiesta, en los juegos y al final de ese día perfecto, mientras el sol se escondía en el cielo griego, se durmieron serenamente en el templo y nunca volvieron a despertar.
Quizá ninguna página contiene con tanta intensidad y relajada y compacta concisión el espíritu griego: su dulzura y su crueldad, la afirmación alegre de la vida y el pesimismo radical, la gracia y la maldición de haber nacido.
En esta fábula, la plenitud de la vida bordea a la nada y la felicidad lleva intrínseca una inefable melancolía. La existencia parece un día perfecto, un cielo alto e incorruptible, una noche que desciende lenta y gloriosa sobre horas de fiesta y de abandono. Pero en esa tersa claridad, como en la luz de ciertos días o en ciertos colores del mar, hay un sesgo doloroso, un absoluto doblemente insostenible. Por un lado está la sensación de que esa perfección podría terminar, que quizá concluirá, y entonces será difícil vivir. Pero por otro esa misma perfección y felicidad son quemantes y quitan la respiración, son dolorosas como la flecha de Apolo y nos hacen sentir discordantes con la vida en plenitud, incapaces no sólo de retener la felicidad sino hasta de mirarla de frente, al igual que no se sostiene la mirada de los dioses.
También algunos momentos de amor parecen una trampa de la vida, que ha hecho nacer la asociación entre amor y muerte -la perdición tristánica, el gran mar de la noche de Calipso-. También esos momentos que contienen la esencia de la vida piden eternidad y son a la vez insostenibles, como si fueran demasiado para las pobres espaldas de los hombres. "¿Cómo volteará Agathe, cómo sonreirá hacia la orilla?", se pregunta Ulrich en El hombre sin atributos de Musil, en aquellos capítulos sobre el "viaje al paraíso" que constituyen una de las más altas representaciones de la perdición amorosa, una felicidad indisoluble del horizonte marino en la que tiene lugar, pero tan intensa que los dos amantes no logran soportarla, de suerte que regresan a la vulgaridad, al flirt sin encanto y sin herida, a las ocupaciones y a las horas que se escurren en la nada pero que, no siendo nada, no acarrean dolor al desvanecerse.
La diosa hace morir a Cleobis y a Bitón no sólo porque, después de un día pleno, hubieran sufrido demasiado viviendo otros diferentes sino también porque ni siquiera habrían podido hacerle frente a muchos días como ése. Cierto, ese día no pasa nada excepcional, ninguna aventura extraordinaria, ningún éxtasis particular; sólo horas serenas, juegos, amistad, abandono. Pero Solón -o por él, Herodoto- sabe que la felicidad consiste en estas cosas aparentemente pequeñas y diarias, cuando la magia de una atmósfera, de una situación, de una concordia las une en un encanto irrepetible, en el que todo se tiene y una mirada, una risa, una complicidad, una correspondencia misteriosa entre un color del mar y el timbre de una voz contienen y dicen la esencia del vivir. Y cuando una constelación tal termina -se trate de una historia de amor o de dos días de feliz vagabundeo- es siempre una muerte. Y, al menos por un instante, puede fácilmente envidiarse la suerte de Cleobis y Bitón, temer aquello que podrá venir después.
Para Solón, sin embargo, Cleobis y Bitón tienen el segundo lugar: el primero le toca a Tello, es decir, a quien es capaz de insertar en la continuidad de la vida también todas las muertes, las separaciones, las pérdidas, las disgregaciones que la deshacen incesantemente. Si no se tiene esta fuerza de Tello, quizá sea mejor terminar como los dos hermanos, ignorantes de ese continuo deshilacharse de la existencia. Quizá es pobre quien no ha deseado realmente, al menos una vez, la suerte de Cleobis y Bitón, porque no ha tenido la experiencia de sentirse en el corazón de la vida. Pero si Tello no se hubiera despertado después de alguno de sus grandes días, no habrían nacido algunos de sus hijos y nietos, y él no sería Tello de Atenas, desde hace siglos el símbolo de la felicidad según el genio griego que, sin embargo, en otra ocasión ha proclamado, por boca de Sileno Marcias, que la mejor suerte, para los hombres, es no nacer o regresar lo más rápido posible por donde venimos.
Los tres felices de Solón tienen una ventaja sobre nosotros: ni Tello ni los hermanos conocen el destino del otro y su verdad. Tello puede ser feliz y honrar a los dioses porque sabe que su recompensa más alta puede ser no su suerte, sino la de los dos hermanos; éstos no tienen siquiera el tiempo de enfrentarse a la madurez y al éxito o al fracaso de la vida. Quien, sin embargo, ya sea por culpa o mérito de Herodoto, tenga una gran confusión en la cabeza sobre qué es la felicidad, no puede remitirse a ningún médico de familia para que le recete un buen elixir o reconstituyente que le esclarezca y fortalezca las ideas.



jueves, 10 de diciembre de 2009

Tras la felicidad, la melancolía



Anoche fui a la Biblioteca Nacional invitada a escuchar una conferencia, conversación entreMario Vargas Llosa y Claudio Magris, escritor italiano al que yo conocí luego de leer a quien fuera su esposa Marisa Madieri, excelente escritora italiana a quien su esposo adoró. Había traducción instantánea pero era mucho más agradable escuchar su voz y el idioma tan hermoso, tan vivo, veloz y a la vez armonioso con el que el autor respondía a las preguntas formuladas.
Fue una noche muy agradable para mi, así no más no se tiene frente a una a un escritor de tamaña talla.
Ya en casa, enterada de que escribía una columna en el Corriere della sera, encontré un artçiculo sobre la felicidad. Ver el arículo completo aquí: http://www.ddooss.org/articulos/otros/ClaudioMagris.htm
Me interesó especialmente una historia recogida por Herodoto
que dice:
Solón tiene otra historia, que narra la suerte más feliz después de la de Tello. Versa sobre los dos hermanos Cleobis y Bitón, hijos de una sacerdotisa de Era. El día de la fiesta de la diosa, la madre tenía que asistir al templo con un carro para llevar a cabo el sacrificio pero no encontraban a los bueyes, así que los dos hermanos -que sobresalían en las lides atléticas- tomaron el yugo sobre las propias espaldas y jalaron el carro, con la madre y la parafernalia para el rito, durante un largo trayecto, hasta el templo. Después del sacrificio, la madre, conmovida por su piedad, pide a la diosa que los premie concediéndoles la mejor suerte posible que pueda tocar a un ser humano, la diosa promete concederlo. Cleobis y Bitón fueron festejados por el pueblo, participaron encantados en el banquete, en la fiesta, en los juegos y al final de ese día perfecto, mientras el sol se escondía en el cielo griego, se durmieron serenamente en el templo y nunca volvieron a despertar.
Despues de un día perfecto, tal vez solo cabe la muerte. La felicidad lleva intrínsica la melancolía.
Pero Solón -o por él, Herodoto- sabe que la felicidad consiste en estas cosas aparentemente pequeñas y diarias, cuando la magia de una atmósfera, de una situación, de una concordia las une en un encanto irrepetible, en el que todo se tiene y una mirada, una risa, una complicidad, una correspondencia misteriosa entre un color del mar y el timbre de una voz contienen y dicen la esencia del vivir. Y cuando una constelación tal termina -se trate de una historia de amor o de dos días de feliz vagabundeo- es siempre una muerte. Y, al menos por un instante, puede fácilmente envidiarse la suerte de Cleobis y Bitón, temer aquello que podrá venir después.