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domingo, 4 de diciembre de 2016

Un cuento del escritor cubano Reinaldo Arenas

Con los ojos cerrados: cuento.


Reinaldo Arenas
A usted sí se lo voy a decir, porque sé que si se lo cuento a usted no
se me va a reír en la cara ni me va a regañar. Pero a mi madre no. A
mamá no le diré nada, porque de hacerlo no dejaría de pelearme y de
regañarme. Y, aunque es casi seguro que ella tendría la razón, no quiero
oír ningún consejo ni advertencia.

Por eso. Porque sé que usted no me va a decir nada, se lo digo todo. Ya
que solamente tengo ocho años voy todos los días a la escuela. Y aquí
empieza la tragedia, pues debo levantarme bien temprano -cuando el pimeo
que me regaló la tía Grande Ángela sólo ha dado dos voces -porque la
escuela está bastante lejos.

A eso de las seis de la mañana empieza mamá a pelearme para que me
levante y ya a las siete estoy sentado en la cama y estrujándome los
ojos. Entonces todo lo tengo que hacer corriendo: ponerme la ropa
corriendo, llegar corriendo hasta la escuela y entrar corriendo en la
fila pues ya han tocado el timbre y la maestra está parada en la puerta.

Pero ayer fue diferente ya que la tía Grande Ángela debía irse para
Oriente y tenía que coger el tren antes de las siete. Y se formó un
alboroto enorme en la casa. Todos los vecinos vinieron a despedirla, y
mamá se puso tan nerviosa que se le cayó la olla con el agua hirviendo
en el piso cuando iba a pasar el agua por el colador para hacer el café,
y se le quemo un pie.

Con aquel escándalo tan insoportable no me quedó más remedio que
despertarme. Y, ya que estaba despierto, pues me decidí a levantarme.

La tía Grande Ángela, después de muchos besos y abrazos, pudo marcharse.
Y yo salí en seguida para la escuela, aunque todavía era bastante temprano.

Hoy no tengo que ir corriendo, me dije casi sonriente. Y eché a andar
bastante despacio por cierto. Y cuando fui a cruzar la calle me tropecé
con un gato que estaba acostado en el contén de la acera. Vaya lugar que
escogiste para dormir -le dije-, y lo toqué con la punta del pie. Pero
no se movió. Entonces me agaché junto a él y pude comprobar que estaba
muerto. El pobre, pensé, seguramente lo arrolló alguna máquina, y
alguien lo tiró en ese rincón para que no lo siguieran aplastando. Qué
lástima, porque era un gato grande y de color amarillo que seguramente
no tenía ningún deseo de morirse. Pero bueno: ya no tiene remedio. Y
seguí andando.

Como todavía era temprano me llegué hasta la dulcería, porque aunque
está lejos de la escuela, hay siempre dulces frescos y sabrosos. En esta
dulcería hay también dos viejitas de pie en la entrada, con una.jaba
cada una, y las manos extendidas, pidiendo limosnas... Un día yo le di
un medio a cada una, y las dos me dijeron al mismo tiempo: Dios te haga
un santo. Eso me dio mucha risa y cogí y volví a poner otros dos medios
entre aquellas manos tan arrugadas y pecosas. Y ellas volvieron a
repetir Dios te haga un santo, pero ya no tenía tantas ganas de reírme.
Y desde entonces, cada vez que paso por allí, me miran con sus caras de
pasas pícaras y no me queda. más remedio que darles un medio a cada
tina. Pero ayer sí que no podía darles nada, ya que hasta la peseta de
la merienda la gasté en tortas de chocolate. Y por eso salí por la
puerta de atrás, para que las viejitas no me vieran.

Ya sólo me faltaba cruzar el puente, caminar dos cuadras y llegar a la
escuela.

En ese puente me paré un momento porque sentí una algarabía enorme allá
abajo, en la orilla del río. Me arreguindé a la baranda y miré: un coro
de muchachos de todos tamaños tenían acorralada una rata de agua en un
rincón y la acosaban con gritos y pedradas. La rata corría de un extremo
a otro del rincón, pero no tenía escapatoria y soltaba unos chillidos
estrechos y desesperados. Por fin, uno de los muchachos cogió una vara
de bambú y golpeó con fuerza sobre el torno de la rata, reventándola.
Entonces todos los demás corrieron hasta donde estaba el animal y
tomándolo, entre saltos y gritos de triunfo, la arrojaron hasta el
centro del río. Pero la rata muerta no se hundió. Siguió flotando
bocarriba hasta perderse en la corriente.

Los muchachos se fueron con la algarabía hasta otro rincón del río. Y yo
también eché a andar.

Caramba -me dije-, qué fácil es caminar sobre el puente. Se puede hacer
hasta con los ojos cerrados, pues a un lado tenernos las rejas que no lo
dejan a uno caer al agua y del otro, el contén de la acera que nos avisa
antes de que pisemos la calle. Y para comprobarlo cerré los ojos y seguí
caminando. Al principio me sujetaba con una mano a la baranda del
puente, pero luego ya no fue necesario. Y seguí caminando con los ojos
cerrados. Y no se lo vaya usted a decir a mi madre, pero con los ojos
cerrados uno ve muchas cosas, y hasta mejor que si los lleváramos
abiertos... Lo primero que vi fue una gran nube amarillenta que brillaba
unas veces más fuerte que otras, igual que el sol cuando se va cayendo
entre los árboles. Entonces apreté los párpados bien duros y la nube
rojiza se volvió de color azul. Pero no solamente azul, sino verde.
Verde y morada. Morada brillante como si fuese un arcoiris de esos que
salen cuando ha llovido mucho y la tierra está casi ahogada.

Y, con los ojos cerrados, me puse a pensar en las calles y en las cosas;
sin dejar de andar. Y vi a mi tía Grande Ángela saliendo de la casa.
Pero no con el vestido de bolas rojas que es el que siempre se pone
cuando va para Oriente, sino con un vestido largo y blanco. Y de tan
alta que es parecía un palo de teléfono envuelto en una sábana. Pero se
veía bien.

Y seguí andando. Y me tropecé de nuevo con el gato en el contén. Pero
esta vez, cuando lo rocé con la punta del pie, dio un salto y salió
corriendo, Salió corriendo el gato amarillo brillante porque estaba vivo
y se asustó cuando lo desperté. Y yo me reí muchísimo cuando lo vi
desaparecer, desmandado y con el lomo erizado que parecía soltar chispas.

Seguí caminando, con los ojos desde luego bien cerrados. Y así fue como
llegué de nuevo a la dulcería. Pero como no podía comprarme ningún dulce
pues ya me había gastado hasta la última peseta de la merienda, me
conformé con mirarlos a través de la vidriera. Y estaba así, mirándolos,
cuando oigo dos voces detrás del mostrador que me dicen: ¿No quieres
comerte algún dulce? Y cuando alcé la cabeza vi que las dependientes
eran las dos viejitas que siempre estaban pidiendo limosas a la entrada
de la dulcería. No supe qué decir. Pero ellas parece que adivinaron mis
deseos y sacaron, sonrientes, una torta grande y casi colorada hecha de
chocolate y de almendras. Y me la pusieron en las manos.

Y yo me volví loco de alegría con aquella torta tan grande y salí a la
calle.

Cuando iba por el puente con la torta entre las manos, oí de nuevo el
escándalo de los muchachos. Y (con los ojos cerrados) me asomé por la
baranda del puente y los vi allá abajo, nadando apresurados hasta el
centro del río para salvar una rata de agua, pues la pobre parece que
estaba enferma y no podía nadar.

Los muchachos sacaron la rata temblorosa del agua y la depositaron sobre
una piedra del arenal para que se oreara con el sol. Entonces los fui a
llamar para que vinieran hasta donde yo estaba y comernos todos juntos
la torta de chocolate, pues yo solo no iba a poder comerme aquella torta
tan grande.

Palabra que los iba a llamar. Y hasta levanté las manos con la torta y
todo encima para que la vieran y no fueran a creer que era mentira lo
que les iba a decir, y vinieron corriendo. Pero entonces, puch, me pasó
el camión casi por arriba en medio de la calle que era donde, sin darme
cuenta, me había parado.

Y aquí me ve usted: con las piernas blancas por el espatadrapo y el
yeso. Tan blancas como las paredes de este cuarto, donde sólo entran
mujeres vestidas de blanco para darme un pinchazo o una pastilla también
blanca.

Y no crea que lo que le he contado es mentira. No vaya a pensar que
porque tengo un poco de fiebre y a cada rato me quejo del dolor en las
piernas, estoy diciendo mentiras, porque no es así. Y si usted quiere
comprobar si fue verdad, vaya al puente, que seguramente debe estar
todavía, toda desparramada sobre el asfalto, la torta grande y casi
colorada, hecha de chocolate y almendras, que me regalaron sonrientes
las dos viejecitas de la dulcería.


Reinaldo Arenas nació en Holguín, Oriente, Cuba en 1943. Pasó su primera
infancia en el campo, hecho que lo marcó como escritor, según sus
propias palabras :El hecho de haber sido un niño aislado y haber crecido
en una granja, lejos de la gente y de la civilización y en condiciones
de pobreza, constituyó un factor motivador importante en mi formación de
escritor. En mis libros trato de comunícar mi felicidad y mi
infelicidad, mi soledad y mi esperanza.

Un cuento de Navidad de Zoe Valdez

Arriba de la bola, por Zoé Valdés. Para mi magnífico cuento! 



Juré que esa noche iba a bailar hasta que me muriera. Juré olvidar y no estar triste. Es el juramento de Navidad. Hice esas vanas promesas mientras cepillaba mis dientes, refrescaba con agua helada mi rostro, y después depilaba mis cejas.
En el estudio al lado del mío, el francés tan parecido a Sherlock Holmes, el que sale cada mañana con su gabán gris y su pipa torcida por lo requemada que está, de seguro trataba de emparejar sus patillas. Siempre del lado de la oreja izquierda le chorrea sangre y falta más pelo que de la otra. No sé porqué no lograba borrar de mi mente las patillas del vecino Holmes, o como se llame. O sí sé por qué, necesitaba olvidar y quería bailar y que me dejaran tranquila, que nadie me hablara de nada ni de nadie conocido. Emborracharme con el baile y después caer redonda, como un lirón, era lo que anhelaba, despertarme al día siguiente con la paz de espíritu de que ya había pasado Pascuas y de que los días volverían a ser como antes, normalitos. Aunque tampoco me satisfacen los días comunes. Pero para mí, un día distinto es ese que nadie se da cuenta de que es diferente. Es un día mío. No regalado a los demás. Decidí llamar a Pachy, es el tipo ideal para olvidar, él mismo es el olvido parado en dos patas. Nunca recuerda un nombre, ni un rostro, ni una profesión, ni siquiera su cumpleaños ni su propio teléfono, y cuando consigue recordar de que llamando al doce, a informaciones, pueden confirmarle su número, entonces de paso pide la dirección, porque él sabe llegar a su casa, pero no le pregunten por sus coordenadas, ni siquiera por la calle que tiene un nombre enredadísimo, rue Beautreillis, ni la parada de metro, ¿para qué si él va a pie a todas partes? Llamé por teléfono a Pachy, aunque vive atravesando el patio, en mi mismo edificio, (por cierto, es un hotel particular del siglo diecisiete, casi frente por frente al inmueble donde murió Jim Morrison), pero lo hice no fuera a ser que no abriera la puerta cuando al observar por el ojo de la cerradura no se acordara de mí, y creyera que era una enviada de los Testigos de Jehová o del Reader's Digest para lo del 62 gran tiraje.
Perdió la memoria jugando parchís, por eso se autobautizó el Pachy, es así como nunca olvida su nombre. Porque él es de los que va por ahí haciendo mentalmente jugadas de parchís, y tú puedes anunciarle que se ha ganado la lotería y él sigue en su historia de que salió un doble seis y que podrá comerse a la ficha amarilla. Resultado, descolgó y contestó después de interrogar un minuto a su misma voz en el respondedor, y aseguró que sí, que me recordaba, pero estaba convencida de que no, aunque la noche antes habíamos bajado una botella de vino viendo una película de Alan Parker. En resumen que le pregunté, idiota yo, que si tenía alguna fiesta esa noche, y volvió a inquirir disgustado casi que por qué tendría él que tener un güiro, que se acordara no había ningún motivo de celebración. Entonces comenté que esa noche sería nochebuena. Y tuve que explicar mi idea de la nochebuena, creo que fui demasiado negativa, y se puso a llorar. Entonces dijo que no importaba quién yo era, que de todas maneras se trataba de un ser humano, y que me notaba tan a punto del suicidio que mejor organizábamos los festejos en su casa. En su casa no, refusé, no quería correr el riesgo de que lo olvidara. Entonces fue cuando ocurrió el milagro, en su mente culminó felizmente el partido de parchís, y eso garantizaba por lo menos dos o tres días de memoria intacta. Jubiloso gritó que acababa de ganarle a las amarillas, y ya se puso a parlotear, de lo más curado de la amnesia, y hasta se percató de que alguien había comprado un arbolito de navidad, cosa que ya sabía yo porque había estado sentada junto a las guirnaldas intermitentes la noche anterior. Colgamos los auriculares para no perder tiempo y poder invitar a todos los solos de París, de preferencia franceses, con lo cual podíamos caer en el peligro de que media ciudad se nos colara en la fiesta. Por si acaso me vestí y atravesé el patio para visitar a Pachy, desde que entré comencé a pegar papelitos adhesivos rosados, recordatorios de cena, no fuera a ser que se le metiera en el discoduro otra vez el tablero de parchís y se nos aguara el proyecto. Él se encargaría de comprar la bebida y yo de la comida, incluso de cocinarla. Con lo de la música no había problemas, teníamos una colección de discos hasta para hacer postre. Pero de postre brindaríamos casquitos de guayaba, aunque sin queso, no olvidar de que estamos en Francia, donde es un delito mezclar el dulce con el queso. Hicimos las llamadas pertinentes y, por supuesto, tuvimos que poner coto a la bandada de parisinos que aceptaba venir a festejar, aunque fingiendo desgano. Salí de la puerta A y crucé el patio en dirección al ala D, es decir, a la escalera de mi estudio. El Pachy vive en un ciento veinte metros cuadrados, por eso podíamos utilizar su espacio. En el camino me tropecé con Sherlock, la patilla izquierda ya no existía, encima había colocado una curita, la patilla derecha estaba llena de claros por los desafortunados recortes, pero aún se podía afirmar que era una patilla. Ni siquiera respondió a mi saludo nasal, por el contrario sopló su vieja pipa y mi pelo se contagió de la peste a picadura ensalivada. Antes de armarme del abrigo para ir a hacer las compras me tomé la temperatura, tengo esa manía, antes de enfrentarme con el frío necesito saber cuántos grados tiene mi cuerpo, así compruebo mi fortaleza o debilidad ante las agresiones físicas externas. Una vez en el exterior gané Saint-Antoine hacia la calle François Mirón, en donde existe un mercado llamado Israel en el cual se puede comprar frijoles negros, arroz basmati del auténtico, plátanos machos, malanga, yuca, guayaba y mango en todas sus variantes, ron y de todo lo humano y divino del Caribe y de todas las partes que los franceses suponen exóticas del mundo entero, no vayan a ir muy lejos, España ya es para ellos exótica, ¡con esos toros, y esas batas de lunares!

En el trayecto, evoqué mi última nochebuena en la Isla Aquella y se me erizaron los pelos y hasta los de mi abuela en su tumba. Esa vez también nos habíamos propuesto bailar para olvidar. Siempre habrá algo que olvidar, con lo mal que me cae imponerme olvidar. Lo contrario de Pachy. Pero en días como esos no queda más remedio. Recordé que inventamos celebrar con cualquier bobería, recolectamos bastante dinero, pudimos resolver lo necesario y hacer una cena digna. Lo demás, la alegría, la pondrían nuestros cuerpos. Había una razón especial para olvidar, a Roxana se le había ido el marido, quedó sola con los niños. No la había abandonado por otra, no, se había marchado a otro país. Igual que Jorge, otro amigo, el cabecilla del grupo, el que siempre estaba levantándonos la moral. Ninguno podía concebir un fin de año sin ellos. Esas ausencias nos destrozaban y decidimos dar una respuesta por encima del nivel, sobrepasarnos y animarnos diciéndonos que podríamos sobrevivir. En verdad, no comimos tanto, pero jodimos cantidad. Bailamos y brincamos hasta poder exprimirnos litros de sudor. Porque, claro, como de costumbre hacía calor. Los hijos de Roxana, de Loly y de Laura retozaron hasta que se rindieron en los sofás y en los sillones. Ya sabemos que en Aquella Isla no hay que invitar a nadie, la gente se invita sola, y de buenas a primeras teníamos a varios barrios colados en el fetecún. ¡Ah, la importancia de un barrio! ¡Ah, la categoría de pertenecer a un barrio! También se fueron sumando extranjeros, entre ellos un catalán que gozó hasta que se destripó, se llama Jordi, y es el director de un grupo de teatro famoso, hizo tantas fotos que, una de dos, o la Kodac le ofreció un crédito de por vida a la hora de revelar los rollos, o los rollos se los quitaron en el aeropuerto a la hora de largarse, por sospechoso.
Además vinieron algunos diplomáticos y periodistas de agencias a la captura de aventuras más que información sobre el estado de ánimo de la población. Porque el estado de ánimo de la población de Aquella Isla, para nadie es un secreto, nunca ha dejado de ser el mismo, el de la máxima recholata. La canción del momento enardecía con aquel estribillo: "No pares, sigue, sigue. No pares, sigue, sigue. No pares, sigue, sigue..." Y no paramos hasta el amanecer del primero de enero, es decir, estuvimos recholateando nueve días con sus noches. Y todo eso para aturdirnos, para olvidar. El día treinta y uno de diciembre hicimos el rito de la maleta, el cual consiste en que un grupo numeroso de personas se aferra a una maleta vacía, y a la señal de partida se debe dar la vuelta a la manzana, quiero decir recorrer las cuatro esquinas y volver al punto de salida. La caminata hay que hacerla a una velocidad increíble y bailando una semiconga al compás de una cancioncita que ya olvidé. Lógicamente, en el camino se va perdiendo gente, y el juego es intentar quedarse uno solo con la valija, y el que lo logre es el destinado a viajar en el próximo año. Es el que conseguirá viajar. Esa vez me quedé yo con ella. No niego que costó un esfuerzo enorme, a empujones limpios. Y mírenme aquí, paseándome por una calle del Marais, en busca de frijoles negros bajo un invierno a lo película de Truffaut. Este año, en la Isla Aquella, festejarán el deseo de olvidar mi ausencia, y a otro le tocará la maleta. Y así. Tan así...

Pasé todo el santo día cocinando recetas más retenidas en la memoria que en el paladar. Por fin con todos los ingredientes a la mano, una verdadera delicia descubrir los sabores, los olores y los colores de tantas lecturas antiguas. Pude ver a través del cristal de mi ventana al Pachy, en su cocina, preparando mojitos, daiquiris, ron collis, y un sinfín de bebidas y exquisiteces de picar. Cuando todos los platos estuvieron listos, bajé en varios viajes las cazuelas hirvientes. Dejé los plátanos para freírlos cinco minutos antes de la hora de comer. El Pachy estaba a un milímetro de la depresión porque se había puesto sentimental escuchando las canciones de las escuelas al campo, todo Silvio, todo Pablo, todo Serrat y todo Nino Bravo. ¡Coño, cambia esto tú, le dije, pon el cassette que nos mandaron de Aquella Isla, la canción del momento! No me acuerdo dónde lo puse, fue la respuesta. Regresé a mi cuarto, ya casi era la hora, me duché en dos ladrillos, todo el mundo conoce cómo son de mínimos los baños en París, te bañas como si estuvieras bailando un danzón. Me vestí con mi mejor ropita, imitación terciopelo, y mucho tul y adornos dorados, parecida a Campanilla, la de Peter Pan. Total, para entripar los trapos, pensé. Porque intuí que iba a sudar cubos con el bailoteo. A las nueve ya habían llegado los invitados, y se pegaron como babosas a las jarras de mojitos, daiquiris, ron collis, cuba-jajajá (es el nuevo nombre del cuba-libre), ponches y todo lo que pareciera bebida, comestible, o cosa para llevarse al estómago. El champán estaba destinado al brindis final, porque la tradición es la tradición. Y claro, muchos de los invitados vinieron con sus champanes favoritos, y hasta con sus confit de canard, muy con una etiqueta de fabricación artesanal, pero a mí nadie me jode, en lata de conservas. Por el aquello de que lo de los frijoles negros será muy extravagante, pero en nochebuena aquí se acostumbra a cenar esa cosa en lata que tiene un nombre tan parecido a confeti de canario, y que en realidad es muslo de pato. Tanto el Pachy como yo nos desvivíamos por ser atentos, generosos, simpáticos. Y ellos lo encontraban tan natural. Se supone que los del Trópico deben comportarse así. Yo no veía el divino minuto en que toda aquella sacralización de los alimentos terminara, para poder despetolarme bailando. Porque lo único que yo anhelaba era bailar, para olvidar. ¡Coño, dense cuenta, hacía un año y medio que no bailaba! Y que no olvidaba. Sola frente al espejo sí, pero eso de ripiarme con uno del sexo opuesto, nada de nada. Y Pachy no acababa de acordarse dónde carajo había puesto el cassette que nos habían enviado, grabado en directo del Palacio de la Salsa.

En eso llegó un amigo de Pachy, que no es cualquier amigo, es el pintor más grande del Marais y del mundo, Barceló, y después de descargar más comida, especialidad de su isla, nos pusimos a hablar de Mallorca y de otro amigo común. Le pregunté si sabía bailar y me respondió que a veces, pero que debía marcharse porque lo esperaban su familia y unos amigos y también comprobé que había leído a cantidad de escritores de mi isla. Eso me hizo un bien enorme, pero no me permitió que olvidara, todo lo contrario, recordé más. Mucho más. Entonces rogué, con las manos en posición de oración piadosa, sobre mis tules engrifados que por favor, tú que, al parecer, eres el único que posee memoria en todo este molote de gente, ayúdame a buscar un cassette de música bailable. Nos metimos por debajo de las sillas, de la cama, y de los muebles. Por fin, gritó eufórico, aquí en la oscuridad, junto al Eleguá, hay un cassette que brilla distinto, debe ser ése. Y me lo entregó como si me entregara el mayor trofeo de mi vida. Enseguida desapareció por la puerta al tenue resplandor de los faroles de la rue Beautreillis hacia su familia y sus amigos, aseguró él, pero yo sabía que se iba a sus pinceles. Como una loca busqué la grabadora, pero Pachy al borde del abismo, y ya empatado con una francesa, recordó, ¡menos mal que recordó algo! que la grabadora estaba rota. Pregunté si alguien sabía reparar ese artefacto, y se hizo un silencio sepulcral. Adiviné por las miradas de estupefacción que nadie conocía absolutamente nada sobre reparar grabadoras, ni ninguna cosa, aquí no se repara nada, se bota y se compra otra y ya está. En ese mismo instante de mi desolación sonó el timbre de la puerta y entró un muchacho y se presentó como cubano, reparador de grabadoras. Y todos exclamaron ¡ah!, hasta yo. Pero después supe que el asombro tenía más que ver con que llegara un cubano. Y me pregunté que de dónde habían pensado que seríamos el Pachy y yo, ya veía que no sólo el desmemoriado era él. Pero es que ese muchacho era cubano cubano, tan cubano que sabía reparar grabadoras y todo lo que se le rompiera por delante.
Al punto la grabadora estuvo arreglada, y mi alegría con ella. Y pregunté que quién de los presentes sabía bailar, a mala hora, porque todos respondieron que sí, que habían asistido a cursos de chachachá en diversas zonas del planeta. Y de pronto el chachachá me sonó a secta, o a psicoanalista, o a club de gym, o a consulta de vidente africano de los metros. Nada, que no hice mucho caso, e invité a bailar al Pachy, pero, tonta de mí, ¿cómo podía olvidar que él podría haber olvidado cómo se baila? Si tú empiezas yo te sigo, y de seguro me acuerdo, y lo otro sale solo, me alentó. Nada, que me embullé, y puse el cassette en el momento en que un murmullo especial sentenció que darían las doce de la noche, todo parecía indicar que debíamos entregarnos los regalos, besuquearnos cuatro veces en cada mejilla, brindar por el nacimiento -una vez más- del niño Jesús, la aparición del espíritu santo que no era tan santo porque preñó, aunque por obra y gracia (nunca he sabido el verdadero sentido de esa frase) a la virgen María, y de los reyes magos y la comitiva de santos, con la estrella de Belén y todo cuento.
Terminada la ceremonia de los regalos por fin fui a poner el villancico del desparpajo. La canción se titulaba La bola, y era lo que más se cantaba y bailaba en la Isla Aquella, el autor era el médico, de la salsa. Esto lo informé rigurosamente, digo, cartesianamente. Entonces se deshicieron en elogios a los progresos de la medicina de Aquella Isla, ¡había médicos graduados en salsa! ¿Salsa de qué? Hubo uno que preguntó. De tomate, respondió el Pachy a una neurona de su estado normal, el olvido. Y nadie entendió ni jota, ni jacomino, pero se sintieron muy solidarios, que es el estado anímico de nuestros invitados en fecha como el catorce de julio, el veinticuatro y el treinta y uno de diciembre. La música arremetió dentro de nuestros tímpanos con su letanía histérica de: "Hay que estar arriba de la bola arriba de la bola arriba de la bola. Porque hay que estar arriba de la bola arriba de la bola arriba de la bola...". Quise descoyuntarme, ponerme pa la maldá y olvidar, destornillarme en mi bailoteo, de hecho comencé a remenearme sola, sutilmente, tímida más bien. Ellos, los visitantes, me observaban como si estuvieran en un palco de la Ópera de París y yo fuera Maya Plisetskaya. Algunos, desenvueltos, para su opinión más bien desvergonzados, iniciaron unos rígidos pasos de un, dos, tres, chachachá, balbuceando el ritmo, triunfantes como niños que acaban de pronunciar la primera palabra. Los que comprendían el castellano preguntaron qué significaba esa metáfora tan sugestiva de hay que estarrrr arrrrriba de la bola, y esa frase que dura sólo medio segundo en nuestras bocas, en las de ellos permanecía una eternidad. Quise aclarar que la bola era algo inexplicable, sin sentido común, únicamente traducible al compás del baile, una metáfora más del sensualismo. Que la bola era todo y nada a la vez... Y que más bien era nada. ¡Ah, la nada, el vacío! Murmuraron. Uno señaló que podía referirse a la bola del mundo. Acepté haciéndome la metódica, a punto de convertirme en un Lévy-Strauss de la salsa. Entonces fue que sorprendí al reparador de grabadoras, gozándome tan cubano él, con su mirada sabrosona, y hasta se burlaba con ojos brillantes, risueños e irónicos, de mi intento por introducir la bola en los medios navideños galos. ¡Las bolas del arbolito! Creyó adivinar la francesa que había enganchado al Pachy, y recibió una turba de aplausos. Pachy, medio desvanecido en el suelo repetía entre vómito y vómito dirigiéndose a mí: No sabes cómo me acuerdo de todo, no sabes, me cago en ti y en tu música de mierda que me ha devuelto la memoria. Por eso tiré el cassette debajo del mueble, para no verlo ni oírlo nunca más. No sabía qué satanidad responderle y encogiendo los hombres canté "Porque hay que estar arriba de la bola arriba de la bola arriba de la bola...". El reparador de grabadoras vino hacia mí y... se puso arriba de la bola a estrujarse conmigo. Entonces fue escudriñado como a Nureyev. Pachy se incorporó y se unió a nosotros, le siguió la francesa, y luego, poco a poco, los otros... Y en una hora estaba todo el Marais revolcándose encima de la bola, Barceló con sus pinceles, artistas, escritores, judíos y gays, el alcalde y el adjunto, hasta los policías habían dejado la prefectura para desprestigiarse arriba de la bola. Y cuando todo el mundo estaba remeneándose arriba de la bola fue que pude escuchar el resto de la canción que dice: "Tú te fuiste, y si te fuiste perdiste. Yo no, yo me quedé, y ahora soy el rey, si te gusta bien, y si no también... Hay que estar arriba de la bola arriba de la bola...". No me dio gorrión la letra, porque los amigos, en aras de no herirnos a Pachy y a mí, nos habían contado por carta que esas palabras para nada tenían que ver con nosotros, mejor dicho con los dos millones de aquellos-lugareños que andamos desperdigados por ahí, sino que simplemente era la respuesta a otra orquesta de salsa que viajaba mucho. Que esa canción formaba parte de una polémica entablada desde hacía meses entre diversos grupos musicales. Obvié la anécdota, porque yo lo que quería era olvidar. Mientras me despetroncaba bailando imaginé la recholata que estarían sonando los amigos de Aquella Isla, con el objetivo, ellos a su vez, de olvidar mi ausencia, y de seguro jugarían a la maleta, y alguno lucharía como luché yo por quedarse con ella hasta el final, y tal vez nos veríamos muy pronto en algún lugar de este mundo, arriba de la bola arriba de la bola...

©Zoé Valdés.

Diciembre de 1996

domingo, 14 de junio de 2015

Entrevista a Leonardo Padura


Estuvo en Lima para el Festival de la palabra en el Centro cultural de la Católica donde tuve la suerte de escucharlo.  Es el creador de Mario Conde un detective muy original. Autor de El hombre que amaba los perros, Los herejes y Aquello estaba deseando ocurrir. Acaba de ganar el premio Princesa de Asturias y ha servido de partida para regresar a Cuba, interesarme nuevamente por su música, volver a escuchar partes de Buena Vista social club       y vi un documental en YouTube que se llama Cuba feliz en donde la música recorre el país, el documental de una norteamericana que vive tres meses en La Habana y nos muestra lo que no se le muestra al turista de como viven los cubanos tras tantos años de revolución. También me comuniqué con una amiga cubana querida, una pianista que vive en La Serena Chile como profesora en una universidad y encontré en "Nuevos narradores cubanos", un libro que estaba en mi biblioteca aguardando, dos cuentos importantes para compartir con ABRA nuestro taller de lectura.


http://educast.pucp.edu.pe/video/5002/2do_festival_de_la_palabra_presentacion_de_aquello_estaba_deseando_ocurrir_de_leonardo_padura