Mi papá me llevaba los domingos en la mañana al Teatro Municipal a los conciertos de la Sinfónica Nacional. Debo haber sido muy niña porque me acuerdo que imaginaba conversaciones entre los instrumentos. Traducía la música por palabras, a veces delicadas en otros momentos intensas o invitando a paseos por bellísimos lugares. Ir al Teatro Municipal era para mi una fiesta.