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domingo, 25 de junio de 2017

El tema de las Piedras en nuestro taller de lecturas

La semana pasada vimos en nuestro taller de lectura el tema de La Piedra inspirandonos en Roger Caillois quien dedica buena parte de su vida a la fascinación por el mineral.

Victoria Cirlot:
La piedra muestra el misterio de su origen, y el ojo que la mira parece remontarse en el tiempo hasta convertirse en espectador de su génesis. Se trata de un esfuerzo imaginativo que encuentra su modelo en las visiones cosmogónicas en las que el visionario asistía o bien, en un lejanísimo pasado, a los grandes momentos de la creación del universo, o bien a su final en un no menos lejanísimo futuro. En la imaginación de la génesis de la piedra sobrevive la excitación debida a un cambio de naturaleza: 

"Siento convertirme un poco en la naturaleza de las piedras"(palabras de Caillois). Pero no solo la piedra transforma a su espectador, sino que el espectador también cambia a la piedra: "Al mismo tiempo que las acerco a la mía". Con este intercambio de nanturalezas se ha borrado la separación entre sujeto y objeto, abriéndose así el espacio intermedio que es el de la imaginación.
(...) El universo y la naturaleza pueden ser leídos porque, en efecto, poseen un significado. Y ante las obras de la naturaleza, por ejemplo una piedra, incluso en el siglo XX fue posible sentir la fascinación que descansa sobre una tradición sagrada semiolvidada, aunque todavía palpitante en gestos como los que ha transmitido el surrealismo."

Esta tradición sagrada a la que se refiere Victoria Cirlot, hermanada con la alquimia y ciencias teúrgicas, concibe a la naturaleza en todas sus facetas como una especie de escritura secreta, como un gigantesco criptograma divino que el sabio puede descifrar con ayuda de ciertas técnicas por las que el hombre aprendería a reconocerse en ella, además de reconocer la esencia de todos los seres. Estas técnicas eran utilizadas también como método adivinatorio, las conocidas mancias, entre las que se encontraria la berilística o cristalomancia (leer el porvenir en un cristal de roca), una suerte de "mineralogía visionaria" (en palabras de André Bretón), de inspiración astrológica por considerar que en las piedras se materializaban signos de origen celeste. Según Agrippa de Nettesheim en su De occulta philosphia (1550):


De Fernando Trejos: Podemos pues ver cómo para el pensamiento tradicional los símbolos de la naturaleza, como la piedra (y lo mismo podríamos decir de los vegetales y animales y del cosmos todo), son portadores de ideas, fuerzas y energías sutiles que de algún modo en ellos se depositan. Constituyen un orden y un modelo arquetípico cuya comprensión puede hacer posible que el hombre —que contiene dentro de sí todas esas energías y fuerzas, pues él las sintetiza y gobierna— se comunique con aspectos más reales y superiores de sí mismo y logre finalmente el hallazgo de esa piedra misteriosa que es, para quien pueda traspasar las apariencias de las cosas, el único verdadero tesoro —oculto en las regiones más profundas de nuestro ser— al que podríamos aspirar.



CONVERSACIÓN CON UNA PIEDRA
Wislawa Szymborska

Llamo a la puerta de una piedra.
—Soy yo, déjame entrar.
Quiero penetrar en tu interior,
echar un vistazo,
respirarte.

—Vete —dice la piedra—.
Estoy herméticamente cerrada.
Incluso hecha añicos,
sería añicos cerrados.
Incluso hecha polvo,
sería polvo cerrado.

Llamo a la puerta de una piedra.
—Soy yo, déjame entrar.
Vengo por mera curiosidad.
Sólo la vida permite satisfacerla.
Quisiera pasearme por tu palacio,
y luego visitar una hoja y una gota de agua.
No me queda mucho tiempo.
Mi mortalidad debería ablandarte.

—Soy de piedra —dice la piedra—.
Imposible perturbar mi seriedad.
Vete,
no tengo músculos risorios.
Llamo a la puerta de una piedra.
—Soy yo, déjame entrar.
Me han dicho que encierras salas enormes y vacías,
nunca vistas y bellas en vano,
mudas, donde nunca han retumbado los pasos de nadie.
Confiésalo: ni tú misma lo sabías.

—Salas enormes y vacías —dice la piedra—.
Pero no hay espacio disponible.
Bellas, quizá, pero no para el gusto
de tus limitados sentidos.
Puedes verme, pero nunca catarme.
Mi superficie te da la cara,
pero mi interior te vuelve la espalda.

Llamo a la puerta de una piedra.
—Soy yo, déjame entrar.
En ti no busco refugio para la eternidad.
No soy desdichado.
Ni carezco de techo.
Mi mundo merece el regreso.
Quiero entrar y salir con las manos vacías.
La prueba de haber estado en ti
se limitará a mis palabras
en las que nadie creerá.

—No entrarás —dice la piedra—.
Te falta sentido de la participación.
Y no existe otro sentido que pueda sustituirlo.
Incluso la vista omnividente
te resultará inútil si eres incapaz de participar.
No entrarás; ese sentido, en ti, es sólo deseo,
mero intento, vaga fantasía.

Llamo a la puerta de una piedra.
—Soy yo, déjame entrar.
No puedo esperar mil siglos
para estar entre tus paredes.

—Si no crees en mis palabras —dice la piedra—,
acude a la hoja, que te dirá lo mismo que yo,
o la gota de agua, que te dirá lo mismo que la hoja.
Pregunta también a un cabello de tu cabeza.
Estoy a punto de reír a carcajadas,
de reír como mi naturaleza me impide reír.

Llamo a la puerta de una piedra.
—Soy yo, déjame entrar.

—No tengo puerta —dice la piedra.

Wislawa Szymborska, Paisaje con grano de arena, Lumen, Barcelona, 2005, pp. 35-37.

Un poema de León Felipe 

Así es mi vida,
piedra,
como tú. Como tú,
piedra pequeña;
como tú,
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras;
como tú,
que en días de tormenta
te hundes
en el cieno de la tierra
y luego
centelleas
bajo los cascos
y bajo las ruedas;
como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia;
como tú,
piedra aventurera;
como tú,
que tal vez estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeña
y
ligera...


En mitad del camino había una piedra...

En mitad del camino había una piedra
había una piedra en la mitad del camino
había una piedra
en la mitad del camino había una piedra.

Nunca olvidaré la ocasión
nunca tanto tiempo como mis ojos cansados permanezcan abiertos.

Nunca olvidaré que en la mitad del camino
había una piedra
había una piedra en la mitad del camino
en la mitad del camino había una piedra. Carlos Drumont de Andrade 



domingo, 1 de mayo de 2016

El muerto ajeno

El Muerto Ajeno
Un cuento de Mónica Lavín. Lo hicimos esta semana en Abra nuestro taller de lectura.

No es fácil deshacerse de un muerto, mucho menos de un muerto ajeno. Tal vez si comienzo desde el principio, comprenderán que no había otro remedio y entonces lo de la carrera en el andén a media noche tendrá sentido. Íbamos en el tren a Zacatecas cuando la conocimos, cuando los conocimos para ser preciso, porque esa noche a la hora de la cena en el carro comedor éramos cuatro: mi mujer, Gonzalo, Silvia y yo. Nosotros íbamos por el aniversario de bodas de los padrinos de mi mujer y de paso a recorrer la ciudad, Gonzalo y Silvia viajaban desde Mérida y parecían estrenar noviazgo. De hecho la conversación empezó cuando en el salón fumador, mientras mi mujer y yo bebíamos una cerveza, y con la cercanía inevitable que dan esos vagones estrechos -que si alguno tuvo la fortuna de ser viajante de nuestros carros pullman me seguirá-, miré las piernas de Silvia. Entonces las mujeres usaban medias y faldas estrechas justo a la rodilla, la informal apariencia del pantalón de mezclilla no era hábito del viaje. Gonzalo sintió mi intromisión visual pues de golpe colocó su mano sobre el pedazo de muslo entre dobladillo y rodilla para signar su propiedad. Con la intención de evitar toda ofensa -y ahora que lo pienso por tener a Silvia a la vista, quién iba a suponer lo que luego vendría- les pregunté qué querían beber y ordené al camarero copas para todos. La tarde se había vuelto noche; no sólo disfrutamos del aperitivo juntos si no que en el comedor compartimos la mesa. Gonzalo era un empresario yucateco visiblemente mayor que Silvia quien no tendría más de 35 años y a quien ese pelo oscuro y recogido le daba una elegancia despreocupada. Mi mujer estaba entretenida con las anécdotas de Gonzalo que era un tipo divertido y yo con la belleza de Silvia quien se sabía portadora de una suave sensualidad. Nos despedimos pensando que seguramente aún tendríamos la oportunidad de compartir el café de la mañana y nos refugiamos en nuestros compartimentos. Mi mujer me dijo que le parecía que no eran casados, tal vez sean recién casados agregué yo, por salvar de alguna manera la reputación de Silvia. Ella no usa anillo, advirtió con su sagacidad habitual. Ni siquiera habíamos llegado a Zacatecas cuando tocaron a la puerta quien creímos sería el porter para anticipar nuestro arribo. Era Silvia, con el pelo suelto, y literalmente en bata frente a nuestra alcoba. Es Gonzalo -dijo entrecortada- no respira. Mi mujer se puso el saco encima del camisón y salió tras ella, yo me enfundé los pantalones y las alcancé. Hubo que cruzar al vagón siguiente sin hablar y con prisa. Lo único que se metía en nuestra impaciencia era el ruido metálico del bamboleo del tren entre las puertas. Por suerte Gonzalo estaba en la cama de abajo; alguna consideración de la edad por parte de Silvia, supuse. Estaba muy pálido. Le tomé la muñeca, como había visto hacer en las películas. Silvia lo miró llorando. Mi mujer tocó su frente como si fuera la de un niño. Frío, lívido y sin pulso. Llamamos al porter mientras mi mujer abrazaba a Silvia. Yo miré a Silvia contra el paisaje seco tras la ventana; se veía tan desprotegida con su bata de seda azul marino. La imaginé en el trajín de la noche anterior. No pude evitarlo, el escote, el pelo revuelto. Profanaba a un muerto pensando la causa.
Tuvimos que esperar mucho tiempo sentados en el vagón. Las afanadoras subían para hacer el aseo, ya habíamos colocado las maletas en el corredor, hasta la de Gonzalo. Silvia lloró mientras le ponía los zapatos. Ninguno nos atrevimos a cubrirlo con esas sábanas estrechas de litera de tren. Vino alguien del Registro Civil, también un doctor y allí se firmó el acta de defunción que Silvia no quería cargar. Afortunadamente todo el papeleo fue a bordo porque Silvia sostuvo que era su mujer y así no hubo que avisarle a nadie mientras cremaban a Gonzalo y ella pagaba con el dinero que le había sacado del bolsillo del pantalón. Nosotros no tuvimos corazón para dejarla sola en todos esos trámite por demás engorrosos. Mi mujer, que es buena y solidaria, le dijo que se hospedara en nuestro hotel cuando salimos del crematorio. Silvia llevaba con parsimonia la urna metálica en la que Gonzalo persistía entre nosotros. ¿Le habrá hecho mal la cena?- pregunté con torpeza. Es que después discutimos- se atrevió Silvia y comenzó a sollozar. Mi mujer consignó con la mirada mi desatino. Y si viene con nosotros al festejo por la noche- le dije para animarla. Mi mujer de nuevo reprobó mi sugerencia. Tal vez quiera volverse con los suyos a Mérida, dijo. Silvia me miró buscando protección. No, no puedo volver con los suyos ni con los míos. Nos quedó claro que nadie sabía que Gonzalo La Puente no sólo viajaba acompañado sino que había muerto y ahora era un montón de cenizas en el regazo de su amante.
Así que Silvia fue a la cena y la presentamos como vieja amiga de mi mujer y no contamos a nadie lo sucedido, mientras mis cuñados, primos políticos y una parentela desconocida me daba codazos y me insinuaba que tenía suerte de acompañar a mujer tan guapa. Yo -aunque con razón desaprueben- en ese momento me sentía afortunado, le veía las piernas y me sonreía de que nadie pudiese poseerlas más que mi mirada. Si hubiese sabido el alcance de lo que entonces me parecía fortuna. Era una mujer simpática, mi esposa la adoptó satisfecha de ese acto caritativo que su conciencia católica aplaudía. Regresamos los tres en el tren, digo los cuatro, pues Gonzalo viajaba en el neceser de Silvia junto a sus cremas, perfumes y el spray de pelo. Imaginaba que esa noche debía ser dolorosa para quien había iniciado un trayecto en pareja y ahora volvía con un hombre vuelto recipiente de bronce. Seguramente lo pondría a dormir en la cama baja y ella se recostaría en la alta para aligerar el recuerdo del trayecto mortal. Debía estar acostumbrada a lo pasajero, a la relación de a pedazos, en fragmentos pues mi mujer esa noche me contó que desde hacía ocho años era pareja de Gonzalo quien efectivamente estaba casado. Habrá que informar a la señora La Puente- dije con lo propio en esos casos. No es nuestro asunto- contestó mi mujer. ¿Y qué hará Silvia?- le pregunté con la certeza de que ellas dos ya lo habían hablado. Se quedará en casa unos días, mientras lo piensa, mientras resuelve qué hace con Gonzalo.
Mi mujer me sabía inofensivo pues sino habría ideado otra solución así que al llegar a Buenavista partimos a casa en taxi donde instalamos a Silvia en la habitación de Mariela, nuestra hija, que no tuvo más remedio que aceptar cuando escuchó la historia. A la semana, Silvia mudó su vestuario negro por tonos más claros y empezó a salir con mi mujer a misa, al mercado, a jugar a las cartas. Descubrimos que cantaba boleritos yucatecos y que se ponía simpática cuando bebía dos cubas. Un domingo hasta nos cocinó cochinita pibil. Yo dormía con dificultad, tenía unas ganas irresistibles de espiar su sueño, de mirar su cuerpo desparpajado sobre las sábanas. Mariela le dijo a su madre que ya llevaba dos semanas pernoctando en el sofá cama del estudio. Que cuándo se iba esa señora. Mi mujer le dijo que se sentía incapaz de echarla después de tan grande desgracia y que era una caprichosa. El caso es que para complacer a Mariela le dijimos a la sirvienta que la queríamos de entrada por salida aunque resultara más costoso y adaptamos la habitación para Silvia. Luego nadie nos atrevimos a decirle a Silvia que se mudara, ni la propia Mariela que la veía rezarle a la urna que ahora estaba en su tocador, junto a un french poodle de peluche rosa que le dio Javier. Así que una mañana en que Silvia estaba en el salón, nuestra hija entró por sus cosas más queridas para hacerse un nicho agradable en el cuarto de servicio. Al mes mi mujer empezó a perder su espíritu caritativo. Vete a La Villa por un nicho para la dichosa urna, me dijo con total irreverencia.
Toqué en la habitación de Silvia una tarde en que los dos nos habíamos quedado solos, pues mi mujer ya no la invitaba ni a las tiendas ni con sus amigas y mi hija evitaba estar en su nueva habitación con vista al patio de servicio. Silvia, encontré un nicho para Gonzalo. Me miró con los ojos acuosos y volteó hacia el amante pulverizado. No sé si puedo vivir sin él. Sé que estoy siendo una carga para ustedes que han sido tan amables. Me voy a ir pronto. Estoy esperando una carta de mi tía de Campeche. Me sentí tan afligido por su destino que le insistí que no se preocupara. Mientras le hablaba le miraba los labios temblorosos que mudaban a sonrisa en el irresistible carmín que siempre lucía. Pero es usted tan hermosa que hará pronto otra vida, le dije para animarla. Entonces me dio un beso en la mejilla, un beso de hija mala.
Le dijiste lo de la urna, me preguntó mi mujer esa noche caminando por la acera después de la cena. No había manera de hablar a solas dentro de casa. No se quiere separar de él, di por respuesta. Me miró incisiva. Sabía que me tocaba demoler la caridad que ella había ostentado. Esa noche Mariela antes de irse a su habitación preguntó también. Le habrás dicho lo del nicho ¿verdad?
No pude dormir, me quedé mirando el foco apagado del techo pensando que no había comprado la lámpara para ocultarlo desde que nos mudamos a esa casa quince años atrás. De pronto, animado por el ultraje, encontré la solución. Así que entré a su habitación girando el picaporte con toda mesura y la contemplé con el pelo oscuro revuelto y el mismo camisón que asomaba por el escote de la bata azul marino con que nos informó de su infortunio hacía dos meses. Las rodillas estaban al descubierto y sus pies que parecían tersos me incitaban a acariciarlos, que digo a acariciarlos, a pasar mi lengua por entre sus dedos. Se movió un poco y recordé el motivo, la misión a la que me orillaba mi papel de padre y jefe de familia. Así que la tomé del tocador, observé mi reflejo en el espejo mientras desprendía a su amante de la intimidad de la alcoba. Perdón, susurré al muerto y después me hinqué a los pies de la cama, para mirar de cerca aquel arco y los tobillos rosados y estirar mi mano en la falsa pretensión de la caricia. Salí deprisa sin cerrar la puerta de nuevo. La ciudad estaba vacía así que no me tomó mucho tiempo llegar a la estación, correr al andén como si se me fuera a escapar un tren y dejarlo allí en la escalinata de uno de los vagones del Tapatío. Volví deprisa pero en casa ya habían notado la ausencia de Gonzalo. Mi mujer abrazaba a Silvia que lloraba sobre su cama y Mariela colocaba al french poodle rosa sutilmente en el tocador. Me podrían haber dicho que me fuera, espetaba Silvia entre sollozos. Esas no son maneras. Ustedes que habían sido tan gentiles. No pude más y me hinqué frente a ella, frente a sus gloriosos pies y sus rodillas sin importar la presencia de mi mujer, ni su compasión de última hora. Lo tuve que llevar a la estación, tuve que desprenderme de él. Sabe Silvia me dolía Gonzalo, yo también lo quise en esos kilómetros de conocerlo. Nos dolía a todos en casa. Fue un acto de amor por no condenar a Gonzalo al oscuro espacio de un nicho. Necesitamos su alegría Silvia. Y mientras mi mujer soltaba los hombros que antes sostuviera con fervor maternal, miré los pies de Silvia con la certeza de que bien valían un muerto.

Ella nos dice: "Soy curiosa, me gustan muchas cosas y por eso me costó trabajo decidirme a ser escritora."
Antes de convertirse en una reconocida cuentista y novelista, estudió biología en la UAM Xochimilco, y aunque no lo sabía, el destino ya le tenía preparado su primer encuentro con la escritura: en su trabajo la mandaron a entrevistar a unos científicos y en ese momento descubrió que lo suyo era escribir. Más tarde, comenzó con sus primeros libros de cuentos, como Nicolasa y los encajes y Ruby Tuesday no ha muerto (Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen). Cuando ya sus historias no cabían en un cuento, se lanzó a escribir su primera novela, Tonada de un viejo amor. La consagración fue en 2008, cuando Yo, la peor, novela sobre Sor Juana Inés de la Cruz que ganó el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowsk


domingo, 14 de junio de 2015

Una señora un cuento de José Donoso


 

 
Este martes hicimos en ABRA, nuestro taller de lectura dos textos de José Donoso, uno precioso que se llama Ana María, el encuentro de dos seres abandonados pero que mantienen viva su capacidad de amar. El otro un extracto de su libro: "Conjeturas sobre la memoria de mi tribu" en el que se narra el encuentro de la madre del narrador, el mismo Donoso, con un negro africano. En ambos se  nos muestra de delicada manera la capacidad que tenemos los seres humanos de relacionarnos afectivamente con personas lejanas a nuestro entorno pero que son capaces de tocar nuestra más íntima sensibilidad.
Tenía también este cuento de Donoso por si alcanzaba el tiempo, pero la conversación sobre los otros cuentos, nos lo impidió. Lo comparto entonces con ustedes, para que redescubran a este estupendo narrador.


Una señora
 

 

No recuerdo con certeza cuándo fue la primera vez que me di cuenta de su existencia. Pero si no me equivoco, fue cierta tarde de invierno en un tranvía que atravesaba un barrio popular.

Cuando me aburro de mi pieza y de mis conversaciones habituales, suelo tomar algún tranvía cuyo recorrido desconozca y pasar así por la ciudad. Esa tarde llevaba un libro por si se me antojara leer, pero no lo abrí. Estaba lloviendo esporádicamente y el tranvía avanzaba casi vacío. Me senté junto a una ventana, limpiando un boquete en el vaho del vidrio para mirar las calles.

No recuerdo el momento exacto en que ella se sentó a mi lado. Pero cuando el tranvía hizo alto en una esquina, me invadió aquella sensación tan corriente y, sin embargo, misteriosa, que cuanto veía, el momento justo y sin importancia como era, lo había vivido antes, o tal vez soñado. La escena me pareció la reproducción exacta de otra que me fuese conocida: delante de mí, un cuello rollizo vertía sus pliegues sobre una camisa deshilachada; tres o cuatro personas dispersas ocupaban los asientos del tranvía; en la esquina había una botica de barrio con su letrero luminoso, y un carabinero bostezó junto al buzón rojo, en la oscuridad que cayó en pocos minutos. Además, vi una rodilla cubierta por un impermeable verde junto a mi rodilla.

Conocía la sensación, y más que turbarme me agradaba. Así, no me molesté en indagar dentro de mi mente dónde y cómo sucediera todo esto antes. Despaché la sensación con una irónica sonrisa interior, limitándome a volver la mirada para ver lo que seguía de esa rodilla cubierta con un impermeable verde.

Era una señora. Una señora que llevaba un paraguas mojado en la mano y un sombrero funcional en la cabeza. Una de esas señoras cincuentonas, de las que hay por miles en esta ciudad: ni hermosa ni fea, ni pobre ni rica. Sus facciones regulares mostraban los restos de una belleza banal. Sus cejas se juntaban más de lo corriente sobre el arco de la nariz, lo que era el rasgo más distintivo de su rostro.

Hago esta descripción a la luz de hechos posteriores, porque fue poco lo que de la señora observé entonces. Sonó el timbre, el tranvía partió haciendo desvanecerse la escena conocida, y volví a mirar la calle por el boquete que limpiara en el vidrio. Los faroles se encendieron. Un chiquillo salió de un despacho con dos zanahorias y un pan en la mano. La hilera de casas bajas se prolongaba a lo largo de la acera: ventana, puerta, ventana, puerta, dos ventanas, mientras los zapateros, gasfíteres y verduleros cerraban sus comercios exiguos.

Iba tan distraído que no noté el momento en que mi compañera de asiento se bajó del tranvía. ¿Cómo había de notarlo si después del instante en que la miré ya no volví a pensar en ella?

No volví a pensar en ella hasta la noche siguiente.

Mi casa está situada en un barrio muy distinto a aquel por donde me llevara el tranvía la tarde anterior. Hay árboles en las aceras y las casas se ocultaban a medias detrás de rejas y matorrales. Era bastante tarde, y yo ya estaba cansado, ya que pasara gran parte de la noche charlando con amigos ante cervezas y tazas de café. Caminaba a mi casa con el cuello del abrigo muy subido. Antes de atravesar una calle divisé una figura que se me antojó familiar, alejándose bajo la oscuridad de las ramas. Me detuve observándola un instante. Sí, era la mujer que iba junto a mí en el tranvía de la tarde anterior. Cuando pasó bajo un farol reconocí inmediatamente su impermeable verde. Hay miles de impermeables verdes en esta ciudad, sin embargo no dudé de que se trataba del suyo, recordándola a pesar de haberla visto sólo unos segundos en que nada de ella me impresionó. Crucé a la otra acera. Esa noche me dormí sin pensar en la figura que se alejaba bajo los árboles por la calle solitaria.

Una mañana de sol, dos días después, vi a la señora en una calle céntrica. El movimiento de las doce estaba en su apogeo. Las mujeres se detenían en las vidrieras para discutir la posible adquisición de un vestido o de una tela. Los hombres salían de sus oficinas con documentos bajo el brazo. La reconocí de nuevo al verla pasar mezclada con todo esto, aunque no iba vestida como en las veces anteriores. Me cruzó una ligera extrañeza de por qué su identidad no se había borrado de mi mente, confundiéndola con el resto de los habitantes de la ciudad.

En adelante comencé a ver a la señora bastante seguido. La encontraba en todas partes y a toda hora. Pero a veces pasaba una semana o más sin que la viera. Me asaltó la idea melodramática de que quizás se ocupara en seguirme. Pero la deseché al constatar que ella, al contrario que yo, no me identificaba en medio de la multitud. A mí, en cambio, me gustaba percibir su identidad entre tanto rostro desconocido. Me sentaba en un parque y ella lo cruzaba llevando un bolsón con verduras. Me detenía a comprar cigarrillos, y estaba ella pagando los suyos. Iba al cine, y allí estaba la señora, dos butacas más allá. No me miraba, pero yo me entretenía observándola. Tenía la boca más bien gruesa. Usaba un anillo grande, bastante vulgar.

Poco a poco la comencé a buscar. El día no me parecía completo sin verla. Leyendo un libro, por ejemplo, me sorprendía haciendo conjeturas acerca de la señora en vez de concentrarme en lo escrito. La colocaba en situaciones imaginarias, en medio de objetos que yo desconocía. Principié a reunir datos acerca de su persona, todos carentes de importancia y significación. Le gustaba el color verde. Fumaba sólo cierta clase de cigarrillos. Ella hacía las compras para las comidas de su casa.

A veces sentía tal necesidad de verla, que abandonaba cuanto me tenía atareado para salir en su busca. Y en algunas ocasiones la encontraba. Otras no, y volvía malhumorado a encerrarme en mi cuarto, no pudiendo pensar en otra cosa durante el resto de la noche.

Una tarde salí a caminar. Antes de volver a casa, cuando oscureció, me senté en el banco de una plaza. Sólo en esta ciudad existen plazas así. Pequeña y nueva, parecía un accidente en ese barrio utilitario, ni próspero ni miserable. Los árboles eran raquíticos, como si se hubieran negado a crecer, ofendidos al ser plantados en terreno tan pobre, en un sector tan opaco y anodino. En una esquina, una fuente de soda oscura aclaraba las figuras de tres muchachos que charlaban en medio del charco de luz. Dentro de una pileta seca, que al parecer nunca se terminó de construir, había ladrillos trizados, cáscaras de fruta, papeles. Las parejas apenas conversaban en los bancos, como si la fealdad de la plaza no propiciara mayor intimidad.

Por uno de los senderos vi avanzar a la señora, del brazo de otra mujer. Hablaban con animación, caminando lentamente. Al pasar frente a mí, oí que la señora decía con tono acongojado:

-¡Imposible!

La otra mujer pasó el brazo en torno a los hombros de la señora para consolarla. Circundando la pileta inconclusa se alejaron por otro sendero.

Inquieto, me puse de pie y eché a andar con la esperanza de encontrarlas, para preguntar a la señora qué había sucedido. Pero desaparecieron por las calles en que unas cuantas personas transitaban

 

en pos de los últimos menesteres del día.

No tuve paz la semana que siguió de este encuentro. Paseaba por la ciudad con la esperanza de que la señora se cruzara en mi camino, pero no la vi. Parecía haberse extinguido, y abandoné todos mis quehaceres, porque ya no poseía la menor facultad de concentración. Necesitaba verla pasar, nada más, para saber si el dolor de aquella tarde en la plaza continuaba. Frecuenté los sitios en que soliera divisarla, pensando detener a algunas personas que se me antojaban sus parientes o amigos para preguntarles por la señora. Pero no hubiera sabido por quién preguntar y los dejaba seguir. No la vi en toda esa semana.

Las semanas siguientes fueron peores. Llegué a pretextar una enfermedad para quedarme en cama y así olvidar esa presencia que llenaba mis ideas. Quizás al cabo de varios días sin salir la encontrara de pronto el primer día y cuando menos lo esperara. Pero no logré resistirme, y salí después de dos días en que la señora habitó mi cuarto en todo momento. Al levantarme, me sentí débil, físicamente mal. Aun así tomé tranvías, fui al cine, recorrí el mercado y asistí a una función de un circo de extramuros. La señora no apareció por parte alguna.

Pero después de algún tiempo la volví a ver. Me había inclinado para atar un cordón de mis zapatos y la vi pasar por la soleada acera de enfrente, llevando una gran sonrisa en la boca y un ramo de aromo en la mano, los primeros de la estación que comenzaba. Quise seguirla, pero se perdió en la confusión de las calles.

Su imagen se desvaneció de mi mente después de perderle el rastro en aquella ocasión. Volví a mis amigos, conocí gente y paseé solo o acompañado por las calles. No es que la olvidara. Su presencia, más bien, parecía haberse fundido con el resto de las personas que habitan la ciudad.

Una mañana, tiempo después, desperté con la certeza de que la señora se estaba muriendo. Era domingo, y después del almuerzo salí a caminar bajo los árboles de mi barrio. En un balcón una anciana tomaba el sol con sus rodillas cubiertas por un chal peludo. Una muchacha, en un prado, pintaba de rojo los muebles del jardín, alistándolos para el verano. Había poca gente, y los objetos y los ruidos se dibujaban con precisión en el aire nítido. Pero en alguna parte de la misma ciudad por la que yo caminaba, la señora iba a morir.

 
Regresé a casa y me instalé en mi cuarto a esperar.

Desde mi ventana vi cimbrarse en la brisa los alambres del alumbrado. La tarde fue madurando lentamente más allá de los techos, y más allá del cerro, la luz fue gastándose más y más. Los alambres seguían vibrando, respirando. En el jardín alguien regaba el pasto con una manguera. Los pájaros se aprontaban para la noche, colmando de ruido y movimiento las copas de todos los árboles que veía desde mi ventana. Rió un niño en el jardín vecino. Un perro ladró.

Instantáneamente después, cesaron todos los ruidos al mismo tiempo y se abrió un pozo de silencio en la tarde apacible. Los alambres no vibraban ya. En un barrio desconocido, la señora había muerto. Cierta casa entornaría su puerta esa noche, y arderían cirios en una habitación llena de voces quedas y de consuelos. La tarde se deslizó hacia un final imperceptible, apagándose todos mis pensamientos acerca de la señora. Después me debo de haber dormido, porque no recuerdo más de esa tarde.

Al día siguiente vi en el diario que los deudos de doña Ester de Arancibia anunciaban su muerte, dando la hora de los funerales. ¿Podría ser?... Sí. Sin duda era ella.

Asistí al cementerio, siguiendo el cortejo lentamente por las avenidas largas, entre personas silenciosas que conocían los rasgos y la voz de la mujer por quien sentían dolor. Después caminé un rato bajo los árboles oscuros, porque esa tarde asoleada me trajo una tranquilidad especial.

Ahora pienso en la señora sólo muy de tarde en tarde.

A veces me asalta la idea, en una esquina por ejemplo, que la escena presente no es más que reproducción de otra, vivida anteriormente. En esas ocasiones se me ocurre que voy a ver pasar a la señora, cejijunta y de impermeable verde. Pero me da un poco de risa, porque yo mismo vi depositar su ataúd en el nicho, en una pared con centenares de nichos todos iguales.

domingo, 7 de junio de 2015

Coronación película basada en novela de Donoso



Este martes en Abra nuestro taller de lectura veremos textos del narrador chileno José Donoso. De profunda sensibilidad  recrea los aspectos más oscuros de la condición humana.
Encuentro esta película y la comparto. Está basada en la primera novela escrita por Donoso.

Coronación es la primera novela del escritor chileno José Donoso, publicada en 1957. Ha sido adaptada al teatro en numerosas ocasiones y fue llevada al cine en 2000 por Silvio Caiozzi en la película homónima, con muy buenas críticas en ambos casos.Wikipedia

domingo, 17 de mayo de 2015

Cuentos de Rubem Alves

Sin planearlo en ABRA, nuestro taller de lectura este semestre estamos haciendo autores brasileños. Rubem Alves ha sido realmente un deleite. Acá algunos de sus hermosos cuentos para compartirlos con ustedes.

 

El jardinero y Fraülein

Un niño, de lejos observaba a los pescadores en sus barcos llevados por el viento. Pensaba que el mar no tenía fin, pensaba que los pescadores eran felices que no necesitaban sembrar los peces para después tomarlos, el mar era generoso, él mismo sembraba los peces que los pescadores sacaban con sus redes. Tenía envidia de los pescadores, él era hijo de agricultores, tenía que sembrar para cosechar, diferente del mar, la tierra tenía fin. Todos los trozos de tierra, los más insignificantes, todos debían ser sembrados; los pescadores si querían más, bastaba con navegar mar adentro. Pero los agricultores no podían desear más, la tierra llegaba a su fin, quién quería más tierra para cultivar tendría que salir de la tierra conocida e ir en busca de otras tierras, más allá del mar sin fin. El escuchaba a los más viejos hablar sobre eso. Un país del otro lado del mar, tan lejos que allá era de noche cuando en su país era de día. Y fue así que llegó el día en que el adolescente, país de gente con rostros diferentes, de comida diferente, de lengua diferente, de religión diferente, de costumbres diferentes, menos una cosa, la tierra era la misma y sus secretos, ellos los conocían sus hermanos y sus padres entrarían a un navío que los llevaría a tal país ¿cómo era su nombre? Buragiro... y fue así que ellos, japoneses conseguirían decir el nombre de Brasil...
 
En Brasil, Hiroshi Okumura ese era su nombre, consiguió trabajo en la casa de una familia de alemanes, familia rica, casa de muchos criados y criadas. El no hablaba portugués ni alemán, pero no importaba, su trabajo era cuidar la huerta y jardín, la lengua de la tierra y de las plantas él las conocía muy bien, la prueba de eso estaba en los arbustos artísticamente podados según la inspiración milenaria de los bonsáis en las canteras extendidas de flores, las hortalizas crecían exuberantes. Y fue así en su fiel y silenciosa aptitud de jardinero y hortelano que pasó a ser muy querido por sus patrones. Pero nadie ni de lejos imaginaba los sueños que aguardaba el alma del jardinero, quien no sabe piensa que el jardinero sólo sueña con tierra, agua y plantas, pero los jardineros tienen también sueños de amor, jardines sin amor son bellos y tristes, pero cuando el amor florece, el jardín se perfuma y se alegra. Pues ese era el secreto que anidaba en el alma del jardinero japonés, él amaba a una mujer, una alemancita servicial también todos la conocían por "Fraülein", cabellos color cobre como él nunca había visto en su país, piel blanca salpicada de pecas, ojos azules y una discreta sonrisa en su boca carnuda que se transformaba en risa cuando estaba lejos de los patrones. Era ella quien le llevaba el plato de comida, siempre con aquella sonrisa... Y el soñaba, soñaba que sus manos acariciaban sus cabellos y su rostro, soñaba que sus brazos la abrazaban, Soñaba que su boca y su lengua bebían amor en aquella boca carnosa... y su imaginación hacía aquello que hace la imaginación de los apasionados, se imaginaba en un ritual de amor, delicado como la ceremonia del té, retirando la ropa de Fraülein y besando su piel. La imaginación de un jardinero japonés apasionado es igual a la imaginación de todos los enamorados... Pero era apenas un sueño, miraba su cuerpo regordete, su ropa tosca de jardinero, sus manos llenas de tierra y sus dedos ásperos como las piedras. Fraülein pertenecía a otro mundo distante al de su mundo de jardinero. Algunas veces él le ofrecía una flor cuando ella le llevaba comida, ella sonreía con aquella linda sonrisa de niña y agradecida regresaba saltando hacia su casa con la flor en la mano. Había otras ocasiones en que ella tomaba la flor y la llevaba a su nariz pecosa para sentir el perfume, los pétalos de la flor tocaban sus labios y su cuerpo de jardinero se estremecía imaginando que su boca estaba tocando los labios de ella.
Pero su amor nunca salió de la fantasía, nadie nunca supo. Los años pasaron y él se hizo viejo, Fraülein también envejeció, pero el amor no disminuyo, para él era como si los años no hubieran pasado, ella continuaba siendo su chica pecosa, el amor no satisfecho ignora el paso del tiempo y es eterno. Llegó finalmente el momento inevitable, viejo él no conseguía dar cuenta de su trabajo, sus patrones que lo amaban profundamente pensaron que lo mejor era tal vez que pasara sus últimos años en una residencia para japoneses viejos, un área grande de diez alqueires, bien cultivada, con pájaros, flores y un lago con carpas y tilapias, por lo que acepto. Visitó el lugar, pero por razones desconocidas no quiso vivir ahí, creyó más conveniente vivir con sus parientes en una ciudad del interior. Pero el hecho es que los viejos son siempre una perturbación en la vida de los jóvenes. Son en la mejor de los casos tolerados y su vejez se llenó de tristeza. Un día movido por la nostalgia, resolvió visitar la casa en donde pasó toda su vida y donde vivía Fraülein, pero ahí le dijeron que ella había sido internada en una estancia para ancianos alemanes. Estaba muy dolido, fue entonces a visitarla y la encontró en una cama, muy flaca e incapaz de andar. Entonces hizo una cosa loca que solamente un apasionado puede hacer, decidió quedarse con ella, se pasó a dormir junto a ella en el suelo, cuidaba de ella como si cuidara de un niño (quede conmovido pensando en la sensibilidad de los directores de aquella residencia que permitieron ese acuerdo que no estaba previsto en los reglamentos.) Fraülein estaba muy flaca, no conseguía masticar los alimentos, entonces aconteció un acto increíble de amor que los que no están apasionados jamás lo comprenderán, el jardinero comenzó a masticar la comida que él colocaba en la boca de "su" Fraülein, los encargados de la casa, creo que movidos por el amor, hicieron de cuenta que no veían nada. Nunca nadie vió, nunca alguien me lo contó, imaginé, lo imaginé, que cuando estaban solos, sin que nadie los viera el jardinero recargaba sus labios en los labios de Fraülein y así le daba de comer, así lo hacen los enamorados apasionados, labios pegados, que juegan a pasar una uva de una boca a la otra... Y así al final de la vida el jardinero beso a Fraülein como nunca la imaginó besar... el amor se realiza de formas inesperadas. Está es una historia verdadera, que aconteció, me la contó Tomiko, una amiga que trabaja con ancianos (aquella que me aconsejo comprarme un saco rojo), ella conoció personalmente al jardinero. En mi lugar, planto árboles para mis amigos que mueren, pues voy a plantar un cerezo y un rosal rojo, uno al lado del otro: el jardinero y su Fraülein.
 

 El río

Dice Delia Prado que Dios una vez por otra la castiga. Toma de la poesía; ella ve hacia una piedra y sólo ve la piedra misma. La poesía nace por la fuerza de la mirada que hace incidir sobre los objetos una luz mágica, transformándolos en cristal. Pueden quedar transparentes, dejando que se vea a través de ellos (como en el caso de Cristo en el lienzo de la última cena, de Salvador Dalhí), o se transforman en cristales, pasando a mostrar imágenes reflejadas de cosas ausentes como demostró Lewis Carroll, haciendo a Alicia atravesar el cristal y entrar en el mundo de las imágenes espectaculares. Escher el dibujante holandés hizo un lindo grabado de eso. Así son las entidades con la que los poetas hacen sus poemas, objetos fantásticos, porta sueños. Bachelard miró la llama de una vela que se apagaba, el objeto porta sueños, pero vio más que eso, vio un sol que se moría. Continuó su mirada y el sol agonizante se transformo en otra cosa, en "llama húmeda, líquido ardiente que escurría hacia lo alto, hacia el cielo, como un riachuelo vertical" Al medio día el cielo es una bóveda de ágata azul, inmóvil y eterna. Al crepúsculo la piedra se derretía, se cambia el azul a amarillo, verde, rosa, naranja, rojo, hasta desaparecer en el abismo oscuro al caer la noche. Todo lo que es sólido se derrite en el crepúsculo. "nadie puede entrar al mismo río dos veces", decía Heráclito: el ser del río es, un permanente dejar de ser. Puedo imaginar que esa fue la tristeza de Narciso que le llevó a la muerte, la belleza de su rostro era líquida, no se podía poseer, se deslizaba y desaparecía siempre a las manos que intentaban agarrarla. El crepúsculo y el río nos informan que nada tenemos. Es imposible sumar solo podemos restar... somos, no por accidente, sino metafísicamente no podemos escapar a los lamentos. "El río es viajero de sí mismo, es su propio viaje", Dice Heráclito Brito en uno de sus poemas "El río es un permanente hacerse distante de lo que estaba próximo, todo es despedida," "todo muelle es una añoranza de piedra" dice çlvaro de Campos, "el muelle es el lugar donde lo sólido desaparece en lo líquido, lo que queda es el espacio vacío..." Divagando como psicoanalista sobre la filosofía de Parménides y no como filósofo, pues a los filósofos la divagación le es prohibida, imagino que su pensamiento nacía bajo la luz del medio día, cuando todo parece parado, el tiempo, suspenso, el ser apareciendo como cosa inmóvil y eterna. Heráclito entre tanto, el filósofo del fuego y del río, ciertamente amaba dejar que sus pensamientos fueran llevados por las aguas del río, especialmente cuando en él se reflejaban los colores del sol ardiente. El podría estar arrepentido, como poeta taoísta, el corto verso que todo resume "El sonido del agua dice lo que pienso" que grandes amigos podrían haber sido Heráclito y Monet. Monet pasaba el día entero pintando continuamente lienzos del mismo monte de heno, perdón fue un momento... si ellos me escucharan decir "el mismo" monte de heno, él me corregiría y me diría que la luz es un río que corre, y que a cada cambio de luz, el monte de heno se transformaría en otro, de la misma manera como no se puede entrar dos veces al mismo río, no se puede pintar dos veces el mismo objeto. Todo es líquido e incierto... En su libro Tao- El camino de las aguas, Alan Watts dice lo siguiente: Especialmente a medida en que uno se va haciendo viejo, se torna cada Vez más que las cosas no tienen fondo, pues El tiempo parece pasar cada vez más rápido, de manera que nos Volvemos concientes de la liquidez de los sólidos; las personas y las Cosas quedan parecidas con reflejos y arrugas efímeras en la superficie del agua. Guimarães Rosa escribió uno de los cuentos más misterios que he leído, "El tercer margen del río". Un cuento misterioso es un cuento que permanece en nuestros pensamientos, como enigma no resuelto. Es la historia de un padre que en cierto momento de su vida resolvió cambiar de tierra, casa, mujer e hijos, por las aguas del río. Mandó hacer una canoa de madera buena que durase por lo menos 30 años, e indiferente a los afligidos gritos de la mujer, sin dar explicación alguna, tomó la canoa, hizo un adiós con los ojos y entró al río, para nunca jamás volver. No, aunque no fue a ningún lugar. No desapareció. Generalmente se usa la canoa y el río para ir a algún lugar, él uso la canoa y el río para ir a ninguna parte, sólo para quedarse en el río navegando. "Al tercer margen del río" extraño título este, porque los ríos sólo tienen dos márgenes. ¿Qué sería el tercer margen? ¿El tiempo? Tal vez fue eso, el tercer margen del río son las arenas, las espumas que el río va dejando en la cabeza de la gente en forma de palabras y poemas. Tempos fugit: "no es eterno, puesto que es llama" y sólo lo que el río dice. Guimarães Rosa hace una extraña confesión. Dice que le gustaría ser un cocodrilo, (...) porque amo los grandes ríos, pues son profundos como el alma de los hombres. En la superficie son mucho más vivaces y claros, pero en las profundidades son tranquilos y obscuros como los sufrimientos de los hombres. Amo aún más una cosa de nuestros grandes ríos: su eternidad, si río es una palabra mágica para conjugar eternidad... Curioso esto, que en el río lo efímero y lo eterno estén juntos... Vaseduva, el barquero fue discípulo del río por toda la vida. Y aprenderá tanto que hasta podrá dar lecciones a Sidarta... "El río sabe todas las cosas, de él se pueden aprender todas las cosas. Las voces de todas las criaturas vivas pueden ser oídas a una sola voz. Y así ellos se asentaban juntos en el tronco de los árboles al caer la noche. Escuchaban el agua en silencio, agua que para ellos no era sólo agua, sino la voz de la vida, la voz del ser, de la transformación eterna..."

El león mata mirando

El viejo Antonio cazó un león de montaña (que viene siendo muy parecido al puma americano) con su vieja chimba (escopeta de chispa.) Yo me había burlado de su arma días antes: "de esas armas usaban cuando Hernán Cortes conquista México", le dije. El se defendió: "si, pero mira ahora en manos de quien esta". Ahora estaba sacando los últimos tirones de carne de la piel para curtirla. Me muestra orgulloso la piel. No tiene ningún agujero. "En el mero ojo", me presume. "Es la única forma de que la piel no tenga ninguna forma de maltrato", agrega. "¿Y que va a hacer con la piel?", Pregunto. El viejo Antonio no me contesta, sigue limpiando la piel del león con su machete, en silencio. Me siento a su lado y, después de llenar la pipa, trato de prepararle un cigarrillo con "doblador". Se lo tiendo sin palabras, él lo examina y lo deshace. "Té falta", me dice mientras lo vuelve a forjar. Nos sentamos a participar juntos de esa ceremonia de fumar. Entre chupada y chupada, el viejo Antonio va hilando la historia: "El león es fuerte porque los otros animales son débiles. El león come la carne de otros porque los otros se dejan comer. El león no mata con las garras ni con los colmillos. El león mata mirando. Primero se acerca despacio, en silencio porque tiene nubes en las patas y le matan el ruido. Después salta y le da un revolcón a su víctima, un manotazo que tira más que por la fuerza, por la sorpresa. Después se le queda viendo. La mira, a su presa. Así... (el viejo Antonio arruga el entrecejo y me clava los ojos negros). El pobre animalito que va a morir si se queda viendo nomás, mira al león que lo mira. El animalito ya no se ve él mismo, mira lo que el león mira, mira la imagen del animalito en la mirada del león, mira que, en su mirarlo del león, es pequeño y débil. El animalito ni se pensaba si es pequeño y débil, era pues un animalito, ni grande ni pequeño, ni fuerte ni débil. Pero ahora mira en el mirarlo del león, mira el miedo. Y, mirando que lo miran, el animalito se convence, el sólo, de que es pequeño y débil. Y, en el miedo que mira que lo mira el león, tiene miedo. Y entonces el animalito ya no mira nada, se le entumen los huesos así como cuando nos agarra el agua en la montaña, en la noche, en el frío. Y entonces el animalito se rinde así nomás, se deja, y el león se lo zampa sin pena. Así mata el león. Mata mirando. Pero hay un animalito que no hace así, que cuando lo topa el león no le hace caso y se sigue como si nada. Y si el león lo manotea, el contesta con un zarpazo de sus manitas, que son chiquitas pero duele la sangre que sacan. Y este animalito no se deja del león porque no mira que lo miran... es ciego. Topos, les dicen a esos animalitos". Parece que el viejo Antonio acabó de hablar. Yo aventuro un "si, pero...". El viejo Antonio no me deja continuar, sigue contando la historia mientras se forja otro cigarrillo. Lo hace lentamente, volteando a verme cada tanto para ver si estoy poniendo atención.
 
"El topo se queda ciego porque, en lugar de ver hacia fuera, se puso a mirarse el corazón, se trincó en mirar para adentro. Y nadie sabe porque llega a la cabeza del topo eso de mirarse para adentro. Y ahí está de necio el topo en mirarse el corazón y entonces no se preocupa de fuertes o débiles, de grandes o pequeños, porque el corazón es el corazón y no se mide como se miden las cosas y los animales. Y eso de mirarse para adentro sólo lo podían hacer los dioses y entonces los dioses castigaron al topo y ya no lo dejaron mirar pa’fuera y además lo condenaron a vivir y caminar bajo la tierra. Y por eso el topo vive debajo de la tierra porque lo castigaron los dioses. Y el topo ni pena tuvo porque siguió mirándose para adentro. Y por eso el topo no le tiene miedo al león. Y tampoco le tiene miedo al hombre que sabe mirarse al corazón. "Porque el hombre que sabe mirarse el corazón no ve la fuerza del león, ve la fuerza de su corazón y entonces mira al león y el león lo mira que lo mira al hombre y el león mira, en el mirarlo del hombre que es sólo un león y el león se mira que lo miran y tiene miedo y se corre" ¿Y usted se miró el corazón para matar  a este león?. Interrumpo. El contesta, ¿Yo? No hombre, yo mire la puntería de la chimba y el ojo del león... y ahí nomás dispare... del corazón ni me acorde..."Yo me rasco la cabeza como según aprendí, hacen aquí cada que no entienden algo. El viejo Antonio se incorpora lentamente, toma la piel y la examina con detenimiento. Después la enrolla y me la entrega "Toma, me dice, te la regalo para que nunca te olvides que al león y al miedo se les mata sabiendo a dónde mirar..." El viejo Antonio da la media vuelta y se mete a su champa. En el lenguaje del viejo Antonio eso quiere decir: "Ya acabe, Adiós". Yo metí en una bolsa de nylon la piel del león y me fui. Una nota desde el sureste mexicano... La Sabiduría popular emplea la "conversa" para explicar las situaciones que preocupan a la "gente sencilla", la del color de la tierra.

Envidia

La envidia no mata, sólo destruye la felicidad... Examiné cuidadosamente las cuevas de mi memoria donde guardo mis recuerdos de infancia. No encontré ningún recuerdo infeliz. Encontré recuerdos de dolor, comenzando por el nombre de la ciudad donde nací, que en aquel tiempo se llamaba "Dolores de la Buena Esperanza". Parece que los habitantes tenían vergüenza de que los llamaran "dolientes" y trataron de librarse del dolor, dejando sólo "buena esperanza", olvidándose de que, a veces, la esperanza sólo se realiza a través del dolor, como es el caso del parto. Mi lista de dolores incluía dolores de dientes, dolor de quemaduras, dolor de caídas, de heridas, de barriga. Pero el dolor y la infelicidad son cosas diferentes. Hay dolores que son felices. ¿Las razones de mi felicidad? Parodiando a Drummond escribo: "Las Sin-Razones de la Felicidad". Razones para ser feliz no tenía. Mi papá había perdido todo. Vivíamos en una vieja hacienda que un cuñado le prestó. No tenía luz eléctrica: de noche encendíamos las lamparitas de queroseno con su llama roja, su mecha negra, y su olor inconfundible. No había agua en la casa: mi madre iba a buscarla a la mina con un bote de aceite vacío. No había regadera: nos bañábamos con una cubeta de agua que calentábamos en un fogón de leña. El techo no tenía cielo: de noche veíamos a los ratones corriendo en los vacíos de las tejas. Tampoco teníamos baño: lo que había era la clásica "casita" afuera. Yo no tenía juguetes. No recuerdo ni siquiera uno. Y, a pesar de todo, no puede encontrar ningún recuerdo infeliz. Era un niño libre por los campos, en medio de las vacas, caballos, pájaros y arroyos. Mejoramos de vida. Nos cambiamos de ciudad. La casa me pareció un palacio. Creo que alguien había arrojado un ladrillo dentro del excusado, y había dejado un enorme agujero en la losa. Hoy compraríamos luego otro nuevo. Para ese entonces mi papá no tenía dinero. Tuvo que buscar una solución inteligente compatible con la pobreza: coló una losa de cemento sobre el agujero. Por cinco años fue ese nuestro excusado, cuya tapa fue hecha de aglomerado de aserrín. Era, por tanto, cuadrada, en contraste con nuestra anatomía básica curva. La tapa de aglomerado dejaba siempre sus marcas en nuestro trasero. Cuando llovía era necesario usar todas las cazuelas, vasijas y jarras para atrapar el agua que caía por las goteras - tantas que no era posible controlar. El sótano era lleno de enormes y venenosos alacranes. A mi madre le picó uno de ellos. Cuando las hormigas se ponían a marchar los alacranes se ponían a correr, saliendo del sótano e invadían la casa. Hubo un día en que matamos once. Jamás escuché alguna queja de ninguno de nosotros. Aquella era nuestra casa. Muchas felicidades moraban dentro de ella. Ya podíamos darnos el lujo de una mesa de verdad, con cuatro pies sólidos. En la ciudad donde habíamos vivido antes la mesa era una puerta apoyada sobre un cajón: un sube-y-baja peligroso. Si alguien se apoyaba de un lado corría el riesgo de recibir una avalancha de frijoles en la cabeza. Aprendimos buenas maneras: ninguno apoyaba el codo sobre la mesa. Yo no sabía que éramos pobres. En medio de aquella pobreza éramos ricos. Mi papá compró un automóvil, un Plymouth de manivela. Compró también un radio, motivo de orgullo y felicidad: podíamos oír novelas y música como en México a Pedro Infante, Javier Solís, Chucho el Roto, etc. Juguetes que me compraron, creo que tuve cinco: una pelota, un camioncito de madera, un barquito de velas, un piano, una bolsa de canicas. Nosotros hacíamos los juguetes: papalotes, carritos, resorteras. Hacerlos era jugar. Yo continuaba siendo un niño libre y feliz. Luego mi papá mejoró de vida nuevamente. Nos cambiamos a Río de Janeiro. Fue cuando conocí la infelicidad. Mi papá, con la mejor de las intenciones, me inscribió en el Colegio Andrews, donde estudiaban los hijos de los embajadores extranjeros, de los médicos más famosos, las niñas más bonitas y consentidas de la ciudad. Fue inevitable: me comparé con ellos. La comparación en sí es una operación lógica indolora: B es menor que A. Pero cuando la comparación se hace entre personas, la B, parte menor, que tanto puede ser María como Juan, siente un profundo dolor. Ese dolor tiene el nombre de envidia. Me comparé y me descubrí pobre. Nada me quitaron. Continué teniendo las cosas que me habían hecho feliz. Sólo que, después de la comparación, se volvieron feas, maltratadas, motivo de tristeza y vergüenza. La envidia siempre hace eso: destruye las cosas buenas que tenemos. Me sentí pobre, feo, ridículo, humillado. Jamás invité a venir a mi casa a ningún compañero. No quería que vieran mi pobreza. Alberto Camus relata una experiencia parecida. Dice que su infelicidad comenzó cuando entró a la Preparatoria. Fue cuando él se comparó a los demás. Dicen que el pecado original fue el sexo. Yo digo que el pecado original fue la envidia. Ella fue la que hizo que Adán y Eva perdieran el Paraíso. Paraíso es lugar de delicias: ahí había todo para que cualquier ser humano fuera feliz. Ahí también estaba la serpiente, especialista en la envidia. Se rió de la felicidad de ellos. "- Ustedes piensan que son felices... Es que aún no han visto el mundo de los dioses, es mucho más bonito. ¿Lo quieren ver? Es fácil. Sólo coman este fruto mágico..." Y la malvada les dio a comer el fruto de la envidia. No les mintió. Ellos vieron realmente un mundo mucho más bonito - y en ese momento los frutos de los árboles del Paraíso se pudrieron, las hojas de los árboles cayeron, las plantas se marchitaron, las fuentes se secaron, y ellos se sentían feos: comenzaron a esconderse uno del otro. Eso no ocurrió nunca. Eso sucede todos los días. Mi casa es linda; yo la amo. Pero basta que yo visite a otra más rica, y la envidia aparece. Regreso y veo mi casa fea, pequeña, maltratada: ya no es posible amarla. Quiero otra. Eso está relatado en una antigua historia, "El pescador y su mujer" - cuya lectura aconsejo. La escuché una vez, y nunca se me olvidó. Esto que es verdad para la casa, también es verdad para la esposa, el marido, el trabajo, los hijos: la envidia los mete en un proceso de descomposición. Ya no es posible amarlos como antes. La envidia no mata, sólo destruye la felicidad. El envidioso es incapaz de ver con alegría las cosas buenas que posee. Sus ojos son malos. Basta que una cosa buena que se tiene, sea tocada por ellos, para que se pudra. Para esa enfermedad sólo hay dos remedios: uno dulce y uno amargo. El remedio dulce: usar el colirio de la gratitud para curar el mal de ojo. Ver las cosas buenas que se tienen y decir: "Qué bueno que están aquí. Estoy agradecido, agradecida a los dioses, porque ustedes me fueron dados." Entonces la casa, el marido, la mujer, los hijos, y todo lo demás que se tiene, vuelven de nuevo a su vida y a su belleza. Los que no hacen uso del remedio dulce, tarde o temprano se les aplicará el remedio amargo: cuando la desgracia toca a la puerta y se quiebra la taza de cristal, y se rompe el cuchillo de plata; lo que era recto queda torcido y lo que estaba vivo de repente muere. Cuando el dolor es mucho, las lágrimas no dejan que los ojos vean lo que tienen los demás. Y la envidia, de esta manera, muere. Pero entonces ya es demasiado tarde. Tradujo Jesús Ramírez Funes

El médico en busca del ser humano

Antiguamente la simple presencia del médico irradiaba vida. Antiguamente los médicos eran también hechiceros. "Maestro, di una sola palabra y mi hija estará curada...". La vida circulaba alrededor de las relaciones de afecto que unía al médico con quienes lo rodeaban. En aquel tiempo los médicos sabían de estas cosas. Hoy ya no lo saben. Veo aquel médico al lado de niña: ¿no se parece a un caballero solitario que va a luchar contra la muerte solito? En aquel tiempo los médicos sabían cuál era su destino. Había mucho sufrimiento, sí. Había mucho miedo, sí. Miedo y sufrimiento son parte de la sustancia de la vida. Pero nunca supe de un médico que se estresara. No son las batallas las que producen el estrés. Las batallas, al contrario, dan cohesión, pureza, integración al cuerpo y al alma. El caballero solitario es un héroe con el cuerpo cubierto de cicatrices pero con el alma entera. Los estresados son aquellos que, sin trabar una batalla, son empujados a todas partes por una legión de demonios. La imagen del caballero solitario que lucha contra la muere es una imagen romántica. Bella. Conmovedora. ¿Quién no desea ser así? Critican el romanticismo. El poeta Fernando Pessoa comenta: pero ¿no es verdad que el alma es incurablemente romántica? El médico antiguo era un héroe romántico, vestido de blanco. Las jóvenes doncellas y las mujeres casadas suspiraban al verlo pasar. Aun cuando la consulta les permitía el gozo puro del tocar su mano... El caballero solitario que lucha contra la muerte es un santo. ¿Quién osaría jamás pensar alguna cosa mala contra el médico? Hoy son muy comunes los procesos contra los médicos por irresponsabilidad e impericia. Ser médico se transformó en un riesgo. Porque nadie más cree en su santidad. Tal vez porque han dejado de ser santos... Pero en aquel tiempo la gente juzgaba al médico como un santo, y porque la gente pensaba así, los médicos eran santos. Me apasioné de la imagen. Quería ser hechicero. Quería ser el caballero solitario que lucha contra la muerte. Quería ser el santo. Y ese ideal no era una abstracción para mí. Tenía un nombre: Albert Schweitzer – uno de los hombres más geniales del siglo XX. Era organista, escritor, teólogo e hizo un trato con Dios: hasta los treinta años, haría esas cosas que le proporcionarían placer cultural. Después, se dedicarían enteramente a los sufrientes. Entró a la escuela de medicina a los 30 y, después de ser médico, pasó el resto de la vida en un lugar perdido de las selvas africanas, donde construyó un hospital de madera y palmas, donde proporcionaba alivio al dolor. Claro nunca se hizo rico. Ni tuvo estrés. Su imagen bella lo hacía feliz. Ganó el premio Novel de la Paz. Yo no fui médico. Pero siempre viví encantado por aquel cuadro. El encanto se fue rompiendo cuando hice mi doctorado en Estados Unidos. Un día fui a escuchar una conferencia del director del hospital de la ciudad de Princeton, NJ, donde estudiaba. Comenzó su discurso con esta afirmación que astilló el cuadro: "El hospital de Princeton es una empresa que vende servicios". "¡Oh, Dios", pensé.,"aquel médico ya no existe!". Y percibí que ahora los médicos se encontraban al lado de los prestadores de servicios, a los fontaneros, a los electricistas, a los vendedores de seguros y a los agentes funerarios, a los choferes de taxi. Basta solo buscar en los anuncios clasificados. La presencia mágica ya no existe. El médico es un profesional como cualquier otro. Perdió su aura sagrada. Me vino, entonces, una definición del médico compatible con la definición que el director había dado al hospital de Princeton: "un médico es una unidad biopsicológica móvil, que presta conocimientos especializados y que vende servicios". Esa imagen está muy de acuerdo con las condiciones sociales y económicas del mundo moderno, no tiene nada que ver conmigo. No me conmueve. No deseo ser igual.  El mito de Narciso, pienso, es mucho más profundo. Todos, como Narciso, estamos en busca de nuestra bella imagen. Pero para ver nuestra bella imagen tenemos necesidad de espejos. Espejos son los otros. En el rostro de los otros es donde vemos nuestra propia imagen reflejada. En los tiempos antiguos todas las personas eran espejos para el médico. Todos lo conocían. Todos lo miraban con admiración. Hoy, muerto el médico del cuadro, el medico es ahora buscado no por ser amado y conocido, sino por estar en el catalogo convencional. Sus espejos ya no son los clientes, parientes o la gente. Son ahora sus pares: colegas de empresa, socios del consultorio, congresos. Son peligrosas esas relaciones entre pares. El primer asesinato registrado fue de un hermano que mató al hermano. La relación del médico antiguo con sus espejos era una relación de gratitud y admiración. La relación del médico hoy con sus espejos es una relación de envidia y competencia. Pienso que los médicos, hoy, son infelices por lo siguiente: se hicieron médicos por desear ser bellos como el caballero solitario, puros como un santo y admirados como el hechicero. Eso era lo que estaba dentro de ellos cuando tomaron la decisión de estudiar medicina. Y eso es lo que sigue viviendo en su alma, como nostalgia... Así es. La vida les hizo una broma. Y hoy la imagen que ven reflejada en el espejo, es la de una unidad biopsicológica móvil, que porta conocimientos especializados y que vende servicios... Los médicos sufren por la nostalgia (saudade) de una imagen que ya no existe.

Los ojos y la edad


Claude Monet era capaz de pasar el día entero en el campo, desde la mañana hasta el anochecer, pintando continuamente lienzos del mismo monte de heno. Puedo imaginar que algún campesino que, al final del día le preguntase las razones para pintar tantas veces el mismo monte de heno. Y Monet le respondería: "Para las vacas, es cierto que el heno es el mismo, porque ellas desconocen el gusto de la luz. Pero para mí que soy pintor, la luz es algo mágico, que va transformando las cosas con el poder de los tonos. Un monte de heno bajo la luz de la mañana no es el mismo que bajo la luz del crepúsculo." Un monte de heno, esa cosa que permanece ahí mismo a través del tiempo, no existía para Monet. Lo que existía era el "momento" único, efímero, que tenía que ser comido por los ojos en el mismo instante de su aparición, porque luego desaparecería. Un sicoanalista sensible al arte diría que los lienzos de Monet son la superficie de un rancho, donde la propia vida del artista aparece reflejada, como monte de heno, como fachada de la catedral de Rouen o como lirios acuáticos... ¿Y qué mejor medio para decir esa antología del agua? "No se puede entrar dos veces al mismo río" diría Heráclito. Y a los que a través de ser llevados por las aguas se agarran de las rocas de Parménides, Monet replica: "Es inútil, las aguas y las rocas fluctúan en el mismo río de luz, del cual, nadie puede huir". Y para probarlo pinta las piedras y peñascos en el mar, todos tan diáfanos y escabullidos como los montes de heno. Monet apareció reflejado en mi pensamiento cuando me detuve a meditar sobre una extraña advertencia que encontré en un texto de Kierkegaard. Se trata de una exigencia que hace a aquellos que escriben y dice: "La persona que habla sobre la vida humana, que cambia con el correr de los años, debe tener cuidado de declarar su propia edad a sus oyentes.". No conozco ningún otro filósofo que haya alguna vez hecho una declaración parecida. Quién dice una cosa semejante parece estar negando su propio ideal de saber filosófico que es la búsqueda de la verdad. La verdad no depende del saber filosófico. Ella posee una objetividad que la salva de ese espejo líquido inquieto que es la subjetividad del pensador. La edad del matemático (y el propio matemático) nada tienen que ver con la verdad de su teorema. Esa cosa que oscila con el tiempo podría ser tal vez poesía, pero no filosofía. Y sería precisamente eso lo que una vaca diría a Monet, si se le hubiera dado el don del habla: "Un monte de heno por la mañana es el mismo monte de heno en la tarde. Mi hambre lo comprueba y para mi es hambre; la luz no existe..." Imagine entonces que tal vez, Kierkegaard estuviera más próximo de los pintores que de los filósofos. Él sabía que el ser es sensible a la luz., hay de hecho un ser pornográfico, que se desnuda públicamente bajo la luz del sol del medio día y a él, Descartes y sus seguidores le han dedicado sus más rigurosas investigaciones. Pero hay otro ser que huye del exceso de luz. El amor se complace a la luz de las velas. El ser erótico prefiere desvestirse a poca luz. "Parece que existen en los campos sombríos que toleran apenas una luz débil" dice Bachelard. Ese libro de Bachelar, La llama de una vela, es en verdad una realización práctica del consejo práctico del filósofo danés. Bachelard confiesa su edad. Es "adelante de la página blanca colocada sobre la mesa en la distancia justa de mi lámpara, que realmente estoy en mi mesa de la existencia. Todo alrededor de mi está en reposo, es tranquilidad, mi ser, sólo mi ser, que busca el ser. Pero ¿será que aún hay tiempo para mí...?" Esa pregunta "¿será que aún hay tiempo...?" es una pregunta de un hombre que percibe que la vela está llegando a su fin. ¿Quién vigila las velas que se terminan? sólo los poetas. Muy contentos los oftalmólogos y la física óptica sustentan que los ojos son como planetas, destituidos de luz y que apenas reciben y reflejan la luz que viene de afuera, los poetas afirman que eso no es verdad: los ojos son como las estrellas, lámparas dotadas de luz. "Una lámpara del cuerpo son los ojos" decía Jesús. "Si tus ojos tuvieran luz, el mundo entero estaría iluminado, pero si estuvieran apagados, que grande sería la oscuridad". Con lo que concuerda Bernardo Soares: "Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos". El poeta inglés William Blake sabía eso y afirmó que "el tonto no ve el mismo árbol, que el sabio ve", es esa luz de los ojos la que nos hace ver el mundo. Ahora podemos comprender el sentido del consejo del filósofo danés. Como dice: "Usted es un pintor como Monet, por favor diga su edad, para que se sepa la luz que está bañando su cuadro... Así el lector puede ajustar sus propios ojos para verlo mejor" Kierkegaard se complacía en escribir a la luz de una vela, por eso sus textos están siempre impregnados de un juego de luz y sombra que invitan a la meditación. Fue un poeta quien me enseñó a convivir con las sombras. Yo le mostraba mis textos, de todos los cantos obscuros iluminados por claros, y él me decía horrorizado: "Demasiada luz, demasiada luz! por favor, un poco de sombra, un poco de neblina!" Sus palabras sonaban en mis oídos más como razones de un maestro pintor delante del lienzo de un aprendiz. Pero luego aprendí que esos son los poetas; pintores que en vez de tinta usan palabras para pintar sus cuadros. Y él me explicaba: "Un texto iluminado, claro, pone fin a la conversación; un texto de luz y sombras, al contrario, es una invitación a la meditación sin fin..." Quien entiende los consejos de Kierkegaard ciertamente no habrá entendido nada. Una interpretación literal de la exigencia de que el escritor declare su edad a sus oyentes, se reduce a la banalidad de que informe a sus lectores del número de años que ya vivió. El número de años que yo viviera es algo de lo que tenía clara conciencia aquella tarde en el metro, a buena hora, esa información estuvo guardada en el archivo de la memoria. Pero ésta saldría tan rápidamente en el mismo momento en que me preguntaran: "¿Cuál es su edad?" En aquella ocasión aún no conocía nada de Monet, Pero ahora viendo en retrospectiva, puedo afirmar que en aquel momento, me gané los ojos de Monet. Todo depende de los ojos, "No basta abrir la ventana para ver los campos y los ríos, No basta no ser ciego para ver los árboles y las flores" dice Alberto Caeiro. Todos los que pasaban por lo montes de heno que Monet pintaba veían los mismos montes de heno, pero no veían los mismos montes de heno. Ninguno de ellos tenía los ojos como los del pintor. La revelación no es la experiencia de ver cosas que no se veían antes. La calle, el jardín, el muro continúan siendo los mismos. Nada fue creciendo. En tanto todo estaba diferente. La calle da para otro mundo, el jardín acaba de nacer, el mundo fatigado se cubre de signos. Todo está bañado por una luz antiquísima y al mismo tiempo acaba de nacer. Nada cambió, sólo se cambiaron los ojos, por tanto todo cambió. Es la experiencia del satori la abertura del tercer ojo al que se refieren los pensadores zen.

Y los viejos se apasionarán de nuevo

Mi amigo no llegó a la hora marcada, me llamó diciendo que estaba en un velorio, llegó atrasado, sonriente, y me contó que afuera del velorio notaba cierta felicidad; pensé luego que el muerto debía haber sido un enemigo, no lo era, era un tío muy querido, persona dulce de 82 años. Y él me contó una historia de amor... en cuanto hablaba mis pensamientos retozaban, primero me acorde del amor de Florentino Ariza y de Firmina Dazza, después del amor de T.S Eliot y Valerie, todos ellos amores en su vejez. Amor de juventud es bonito pero no es de sorprender, joven al mismo tiempo que se apasiona. Romeo y Julieta es aquello que todo el mundo considera normal, pero el amor en la vejez nos da miedo porque nos revela que el corazón no envejece nunca, podemos morir, pero morimos jóvenes "el amor recompensado siempre rejuvenece" decía Eliot con el vigor y pasión a los 70 años... Está ahí, en "El amor en los tiempos del cólera" de Gabriel García Márquez, quien no lo ha leído está perdiendo una experiencia única de felicidad... era Florentino Ariza, un muchacho que se apasionó por Firmina Dazza, adolescente, amor temprano y vulnerable solo de lejos, la muchacha era vigilada, las cartas y promesas de amor intercambiados en lugares escondidos y en todo la promesa de felicidad de un abrazo algún día. Pero en los tiempos del cólera las cosas eran diferentes y el padre de Firmina le arreglo el matrimonio con el doctor Urbino, ilustre y próspero médico del lugar. Pobre Florentino, destrozado por la pasión inútil, de ahí en adelante viviendo en la esperanza loca de que algún día, no importara cuando Firmina sería suya. Fueron 51 años de espera hasta que el milagro aconteció, el doctor Urbino sin darse cuenta de que el tiempo pasaba, subió a una silla de equilibrio inestable para atrapar a un loro que había escapado de su jaula y se posó en lo alto de la rama del palo de mango. Ahí quedo, fue inesperado y fatal, quedo el doctor Urbino inmóvil en el suelo y roto del cuello. Entonces comenzó después de los tiempos de luto la historia más bonita de amor entre dos viejos, amor de vista y de palabra, de deleite en los deleites del cuerpo. Sé muy bien que es extraño. Simona de Beauvoir en su libro sobre la vejez dice que hay una cosa que no se perdona en los viejos, que ellos puedan amar con el mismo amor de los jóvenes. A los viejos está reservado otro tipo de amor, amor por los nietos, sonriendo siempre pacientemente, mirada resignada, esperando a la muerte, paseos lentos por los parques, horas jugando, paciencia, cabeceos entre las conversaciones. Pero cuando el viejo resucita, en su cuerpo surgen de nuevo las potencias adormecidas del amor ¡oh, los hijos se horrorizan! "estoy caduco"... La historia que mi amigo contó era parecida con Florentino y Firmina, solo que la espera fue mucho mayor. Amor que en la adolescencia se interrumpió, cada uno siguió un camino diferente, otros amores, familias. Pero el tiempo no lo logra disipar, la psicoanalista cree que en el subconsciente no existe el tiempo.... Somos eternamente jóvenes y de repente, ya en el crepúsculo, los árboles que todos juzgaban secos comienzan a echar brotes y a florecer. Se casaron él con 80 años y ella con 76 y van a vivir lejos, lejos de los ojos que no soportan el amor en la vejez. Y él a los 81 años volvió a estudiar violín, divina locura!!! Y volvió a reaprender las antiguas palabras y decía emocionado que si Dios le permitía vivir con ella apenas dos años, sería muy feliz. No ganó dos, pero tuvo uno... y me quedé pensando que ese año pudo haber sido semejante a aquellas experiencias raras que la gente tiene y que nos hacen brotar del fondo del alma aquel grito de satisfacción a la Zorba "valió la pena haber sido creado en el universo sólo por esta causa" Y fue el mismo que pasó con T. S Elliot que sólo encontró el amor el amor a los 68 años y a los 70 decía que antes de casarse se estaba haciendo viejo, pero ahora se sentía más joven que cuando tenía 60.
El amor tiene ese poder mágico de hacer el tiempo en sentido contrario, lo que envejece no es el tiempo, es la rutina, el enfado, la incapacidad de conmoverse ante la sonrisa de una mujer o de un hombre, pero ¿será incapacidad esto, o será otra cosa? que la sociedad entera enseña a los viejos que el tiempo del amor ya pasó, que el precio de ser amados por sus hijos y nietos ¿es la renuncia a sus sueños de amor? Comprendí la felicidad de mi amigo y también me puse feliz, aquel velorio fue como el acorde que se toca al final de una sonata, la culminación de la felicidad. Interesante que como regla, el movimiento final de las sonatas es un allegro atrás de los adagios lamentosos. La conclusión debe ser un embelesamiento de alegría. Si yo pudiera, aumentaría los libros sagrados en los lugares en donde los profetas tienen visiones de la felicidad mesiánica, ésta otra visión que imagino que hasta Dios mismo aprobaría con una sonrisa "Y los viejos se apasionarán de nuevo".