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domingo, 7 de mayo de 2017

Muerte deseada

La hora de la muerte

Cerca de mi casa vivía un señor ya muy viejecito al que ya le empezaba a fallar la cabeza. Había sido lo que mi abuela hubiera dicho: una lumbrera. Una tarde cuando conversábamos me dijo que detestaba el radio, que a él le gustaba cuando tocaba música pero que la mayor parte del tiempo, hablaba y hablaba sin parar, incomodándolo, dándole dolor de cabeza. El vivía con su esposa bastante más joven que él, y con la hermana de su esposa.
El cruzaba una avenida muy transitada protegido con su bastón que lo elevaba por encima de su cabeza haciéndome acordar a Don Quijote que enfrentaba con su lanza molinos de viento confundiéndolos con gigantes. Los carros frenaban a su paso y él pasaba triunfador sorteando peligros y desgracias. Su esposa, entre dientes le decía a su hermana:
—¿Cuándo se lo recogerá el Señor? ¿Cuándo pasará a mejor vida?
Una mañana sentimos gran alboroto al frente de su casa, primero la ambulancia, luego la carroza fúnebre. ¿Había al fin descansado nuestro viejecito amigo? Mi madre se acercó a preguntar. Pero no, quien había fallecido era su cuñada, una holandesa de hermosos cachetes rosados y cuerpo amplio.
A los pocos meses, otra vez el alboroto, la ambulancia, la carroza. Ahora sí, dijimos todos en mi casa, bajando la cabeza tristes porque le teníamos aprecio. Mi madre nuevamente salió a buscar la noticia para regresar sonriendo, era la esposa la que había fallecido, un infarto, algo súbito. Ahí fue cuando escuché esa sabia expresión: “Muerte deseada, muerte postergada”. Y aprendí que no importa los años que se tengan o el estado en el que uno se encuentre para que un día la muerte nos toque el hombro para decirnos:
— ¿Partimos? (CBdeR, de pequeños textos).

domingo, 10 de mayo de 2015

La tercera estrella

Third Star La tercera estrella es una película hecha en el 2010 en Inglaterra, un drama dirigido por  Hattie Dalton con las actuaciones de Benedict Cumberbatch, JJ Feild, Tom Burke, Adam Robertson, and Hugh Bonneville. Uno de los amigos es un enfermo terminal y su deseo es llegar a cierta playa acompañado de sus mejores amigos. En el viaje sufren una serie de percances, se confiesan sus temores y creencias y deben ayudarse en el paso de la vida a la muerte.  La vi en el cable. Me pareció muy entretenida e interesante!

domingo, 5 de octubre de 2014

La hora de la muerte


                                                           La hora de la muerte


 


Cerca de mi casa vivía un señor ya muy viejecito al que ya le empezaba a fallar la cabeza.  Había sido lo que mi abuela hubiera dicho: una lumbrera. Una tarde cuando conversábamos me dijo que detestaba el radio, que a él le gustaba cuando tocaba música pero que la mayor parte del tiempo, hablaba y hablaba sin parar, incomodándolo, dándole dolor de cabeza. El vivía con su esposa bastante más joven que él, y con la hermana de su esposa. 

El cruzaba una avenida muy transitada protegido con su bastón que lo elevaba por encima de su cabeza haciéndome acordar a Don Quijote que enfrentaba con su lanza  molinos de viento confundiéndolos con gigantes. Los carros frenaban a su paso y él pasaba triunfador sorteando peligros y  desgracias.  Su esposa,  entre dientes le decía a su hermana :

 —¿Cuándo se lo recogerá el Señor? ¿Cuándo pasará a mejor vida?

Una mañana sentimos gran alboroto al frente de su casa, primero la ambulancia, luego la carroza fúnebre. ¿Había al fin descansado nuestro viejecito amigo? Mi madre se acercó a preguntar. Pero no, quien había fallecido era su cuñada, una holandesa de hermosos cachetes rosados y cuerpo amplio.

A los pocos meses, otra vez el alboroto, la ambulancia, la carroza. Ahora sí, dijimos todos en mi casa, bajando la cabeza tristes porque le teníamos aprecio.  Mi madre nuevamente salió a buscar la noticia para regresar sonriendo, era la esposa la que había fallecido, un infarto, algo súbito. Ahí fue cuando escuché esa sabia expresión: “Muerte deseada, muerte postergada”.  Y aprendí que no importa los años que se tengan o el estado en el que uno se encuentre para que un día la muerte nos toque el hombro para decirnos:

— ¿Partimos?  ( Cecilia Bustamante de Roggero de Pequeños textos).

domingo, 20 de julio de 2014

¿Qué pensamos acerca de la muerte?

Me llegó este video desde Canadá. Me gusta la sencillez con la que plantea la existencia de esta vida como la única que tenemos para vivir. Seguimos pensando que existen las dos opciones pero ¿cómo no analizar una de ellas?

domingo, 10 de noviembre de 2013

El mandarín, hermoso poema de Marco Martos




El mandarín, en su víspera

Más que la enfermedad que lo acompaña como una sombra,
son los demás los que le avisan al mandarín de su muerte:
-¿Quién se hará cargo de la escuela de Xilografía?
-¿Quién pintará los aguafuertes?
- El papel de pólvora ¿quién lo fabricará?
-¿Cómo encenderemos nuestros castillos de fuegos artificiales?
- Lo ignoro, como lo ignoran todos los mandarines de la corte.
-¡Quédate con nosotros!
-Aunque lo quisiera, no podría.
Me parezco al polvo a orillas de las aguas del tiempo.
Tengo que transcurrir, irme.
Mezclarme con las corrientes del río Amarillo
y tal vez mañana volver en el canto de un pájaro
o en el silencio absoluto de una noche de estrellas.

Le comento: Creo en esa transformación tras la muerte y qué bellamente descrita.

sábado, 20 de julio de 2013

Al cumplir los 80




En estos días he cumplido años, fue más que una celebración patronal porque entre mi familia, mis amigas, las chicas del taller ABRA, las amigas artistas, tuve varios días en donde se me deseó muchas alegrías para este año que comienzo. Entonces en el diario El País encuentro este artículo de Oliver Sacks, neurólogo y escritor al que admiro y ahora tras leer su articulo admiro aún más. Está por cumplir ochenta años y eso le sirve como pie para analizar su vida y agradecer. Nos invita a amar y trabajar hasta el final. Acá su artículo.

Al cumplir los 80

No pienso en la vejez como en una época cada vez más penosa que tenemos que soportar de la mejor manera posible, sino en una época de ocio y libertad, liberados de las urgencias artificiosas de días pasados
Oliver Sacks

Anoche soñé con el mercurio: enormes y relucientes glóbulos de azogue que subían y bajaban. El mercurio es el elemento número 80, y mi sueño fue un recordatorio de que muy pronto los años que iba a cumplir también serían 80. Desde que era un niño, cuando conocí los números atómicos, para mí los elementos de la tabla periódica y los cumpleaños han estado entrelazados. A los 11 años podía decir: “soy sodio” (elemento 11), y cuando tuve 79 años, fui oro. Hace unos años, cuando le di a un amigo una botella de mercurio por su 80º cumpleaños (una botella especial que no podía tener fugas ni romperse) me miró de una forma peculiar, pero más adelante me envió una carta encantadora en la que bromeaba: “tomo un poquito todas las mañanas, por salud”.
¡80 años! Casi no me lo creo. Muchas veces tengo la sensación de que la vida está a punto de empezar, para en seguida darme cuenta de que casi ha terminado. Mi madre era la decimosexta de 18 niños; yo fui el más joven de sus cuatro hijos, y casi el más joven del vasto número de primos de su lado de su familia. Siempre fui el más joven de mi clase en el instituto. He mantenido esta sensación de ser siempre el más joven, aunque ahora mismo ya soy prácticamente la persona más vieja que conozco.
A los 41 años pensé que me moriría: tuve una mala caída y me rompí una pierna haciendo a solas montañismo. Me entablillé la pierna lo mejor que pude y empecé a descender la montaña torpemente, ayudándome solo de los brazos. En las largas horas que siguieron me asaltaron los recuerdos, tanto los buenos como los malos. La mayoría surgían de la gratitud: gratitud por lo que me habían dado otros, y también gratitud por haber sido capaz de devolver algo (el año anterior se había publicado Despertares).
A los 80 años, con un puñado de problemas médicos y quirúrgicos, aunque ninguno de ellos vaya a incapacitarme. Me siento contento de estar vivo: “¡Me alegro de no estar muerto!”. Es una frase que se me escapa cuando hace un día perfecto. (Esto lo cuento como contraste a una anécdota que me contó un amigo. Paseando por París con Samuel Beckett durante una perfecta mañana de primavera, le dijo: “¿Un día como este no hace que le alegre estar vivo?”. A lo que Beckett respondió: “Yo no diría tanto”). Me siento agradecido por haber experimentado muchas cosas –algunas maravillosas, otras horribles— y por haber sido capaz de escribir una docena de libros, por haber recibido innumerables cartas de amigos, colegas, y lectores, y por disfrutar de mantener lo que Nathaniel Hawthorne llamaba “relaciones con el mundo”.
Siento haber perdido (y seguir perdiendo) tanto tiempo; siento ser tan angustiosamente tímido a los 80 como lo era a los 20; siento no hablar más idiomas que mi lengua materna, y no haber viajado ni haber experimentado otras culturas más ampliamente.
Siento que debería estar intentado completar mi vida, signifique lo que signifique eso de “completar una vida”. Algunos de mis pacientes, con 90 o 100 años, entonan el nunc dimittis —“He tenido una vida plena, y ahora estoy listo para irme”—. Para algunos de ellos, esto significa irse al cielo, y siempre es el cielo y no el infierno, aunque tanto a Samuel Johnson como a Boswell les estremecía la idea de ir al infierno, y se enfurecían con Hume, que no creía en tales cosas. Yo no tengo ninguna fe en (ni deseo de) una existencia posmortem, más allá de la que tendré en los recuerdos de mis amigos, y en la esperanza de que algunos de mis libros sigan “hablando” con la gente después de mi muerte.
Las reacciones se han vuelto más lentas pero, con todo, uno se encuentra lleno de vida
El poeta W. H. Auden decía a menudo que pensaba vivir hasta los 80 y luego “marcharse con viento fresco” (vivió solo hasta los 67). Aunque han pasado 49 años desde su muerte yo sueño a menudo con él, de la misma manera que sueño con Luria, y con mis padres y con antiguos pacientes. Todos se fueron hace ya mucho tiempo, pero los quise y fueron importantes en mi vida.
A los 80 se cierne sobre uno el espectro de la demencia o del infarto. Un tercio de mis contemporáneos están muertos, y muchos más se ven atrapados en existencias trágicas y mínimas, con graves dolencias físicas o mentales. A los 80 las marcas de la decadencia son más que aparentes. Las reacciones se han vuelto más lentas, los nombres se te escapan con más frecuencia y hay que administrar las energías pero, con todo, uno se encuentra muchas veces pletórico y lleno de vida, y nada “viejo”. Tal vez, con suerte, llegue, más o menos intacto, a cumplir algunos años más, y se me conceda la libertad de amar y de trabajar, las dos cosas más importantes de la vida, como insistía Freud.
Cuando me llegue la hora, espero poder morir en plena acción, como Francis Crick. Cuando le dijeron, a los 85 años, que tenía un cáncer mortal, hizo una breve pausa, miró al techo, y pronunció: “Todo lo que tiene un principio tiene que tener un final”, y procedió a seguir pensando en lo que le tenía ocupado antes. Cuando murió, a los 88, seguía completamente entregado a su trabajo más creativo.
Mi padre, que vivió hasta los 94, dijo muchas veces que sus 80 años habían sido una de las décadas en las que más había disfrutado en su vida. Sentía, como estoy empezando a sentir yo ahora, no un encogimiento, sino una ampliación de la vida y de la perspectiva mental. Uno tiene una larga experiencia de la vida, y no solo de la propia, sino también de la de los demás. Hemos visto triunfos y tragedias, ascensos y declives, revoluciones y guerras, grandes logros y también profundas ambigüedades. Hemos visto el surgimiento de grandes teorías, para luego ver cómo los hechos obstinados las derribaban. Uno es más consciente de que todo es pasajero, y también, posiblemente, más consciente de la belleza. A los 80 años uno puede tener una mirada amplia, y una sensación vívida, vivida, de la historia que no era posible tener con menos edad. Yo soy capaz de imaginar, de sentir en los huesos, lo que supone un siglo, cosa que no podía hacer cuando tenía 40 años, o 60. No pienso en la vejez como en una época cada vez más penosa que tenemos que soportar de la mejor manera posible, sino en una época de ocio y libertad, liberados de las urgencias artificiosas de días pasados, libres para explorar lo que deseemos, y para unir los pensamientos y las emociones de toda una vida. Tengo ganas de tener 80 años.
Cuando me llegue la hora, espero poder morir en plena acción, como Francis Crick
Oliver Sacks es neurólogo y escritor. Entre sus obras destacan Los ojos de la mente, Despertares y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Su último libro, Alucinaciones, lo publicará próximamente Anagrama.
© Oliver Sacks, 2013
Traducción de Eva Cruz.

miércoles, 20 de enero de 2010

La caída del sol en el Amazonas.
Esa es una de las bellezas del viaje.Como va oscureciendose la selva e iluminándose el cielo. Una vez desaparecido el sol, la belleza del celaje. Me hizo pensar en la muerte de algunas personas, la belleza de la muerte y el regalo que deja en los colores de las nubes. Me pareció una buena imagen de la trasformación y la belleza que sucede al fin del día, al fin de una vida.
Todos los días tenemos la caída del sol, como para aprender. Conversaba esto con mi padre ayer justo frente a la caída del sol en Miraflores, él me contó que cuando era chico, vivía en el centro de Lima, a la hora de la caída del sol, él se llenaba de melancolía.

Celaje desde la ventana de nuestra cabina:


Otras caídas del sol, regresando de nuestros paseos:














jueves, 19 de junio de 2008

La que no debía morir



A veces en este blog también ponemos noticias tristes. Realmente me ha impactado la muerte de este Oso polar, (realmente es una osa llamada Ofeig, la que no debe morir, por el esfuerzo que tuvo que hacer intentando sobrevivir) es un símbolo de lo que puede pasar con el calentamiento de la tierra, debemos hacer todo lo necesario para evitarla, por lo pronto informarnos.
Copio la noticia de "El mundo."

DESPUÉS DE QUE INTENTARA ATACAR A UN GRUPO DE PERIODISTAS
La policía de Islandia abate a tiros al oso polar llegado desde Groenlandia

Un grupo de periodistas toma fotos del oso polar abatido en Islandia. (Foto: AP)
Actualizado miércoles 18/06/2008 11:42
COPENHAGUE.- La policía de Islandia ha abatido a tiros al oso polar que había arribado el lunes desde Groenlandia al fiordo de Skaga, en el norte del país, después de que intentara atacar al numeroso grupo de periodistas concentrados en la zona, informó hoy el canal de televisión islandés RUV.
El oso había viajado aparentemente cientos de kilómetros desde Groenlandia sobre un trozo de hielo hasta una reserva natural de pájaros en Skaga, cercada luego por las autoridades, que ordenaron a los vecinos no salir de sus casas por miedo a un ataque del plantígrado.
Se trataba del segundo oso polar llegado de Groenlandia a las costas de Islandia, donde no habitan este tipo de animales, en menos de dos semanas, cuando lo habitual es ver uno cada década, una anomalía que los expertos atribuyen al deshielo provocado por el cambio climático.
El primer oso, que como su compañero se convirtió en una celebridad nacional, fue abatido por unos cazadores que contaban con una autorización del Ministerio de Medio Ambiente islandés, que justificó la medida para prevenir posibles ataques a humanos.
Las protestas de defensores de los animales y de vecinos hizo cambiar de opinión esta vez a las autoridades, que tenían previsto narcotizar al oso con comida o un dardo tranquilizante, meterlo en una jaula y transportarlo luego de vuelta a su lugar de origen.
El multimillonario islandés Björgulfur Thor Björgulfursson se ofreció incluso a asumir los gastos derivados del transporte del animal, con tal de que no fuera abatido.
Pero los veterinarios del zoo de Copenhague que viajaban ayer a Islandia nunca pudieron llevar a cabo su tarea: el oso resultó herido de gravedad por las balas y falleció poco después.



Se que hay ideas futuristas de científicos para enfriar la tierra ( geoingeniería) pero nosotros queremos saber qué podemos hacer de manera individual, pequeños gestos que ayuden. Acá tenemos estos consejos:

Tips para Combatir el Calentamiento Global .

Cambia una luz. Remplazar un foco normal por un foco fluorescente compacto dejaras de emitir 68 kilogramos de dióxido de carbono al año.
Conduce menos. Camina, usa bicicleta, comparte tu automóvil o usa el transporte público mas seguido. Estarás dejando de emitir 250 gramos de dióxido de carbono por cada kilómetro recorrido.
Recicla mas. Puedes dejar de producir 1.2 toneladas de dióxido de carbono al año si reciclas tan solo la mitad de la basura de tu casa.
Verifica tus llantas. Mantener las llantas infladas a su nivel correcto puede mejorar el consumo de gasolina mas del 3%. Por cada litro de gasolina que ahorres dejas de emitir 2.40 kilogramos de dióxido de carbono.
Usa menos agua caliente.. Se consume mucha energía al calentar el agua. Puedes dejar de usar menos agua caliente al disminuir el chorro de agua durante la ducha (se dejan de producir alrededor de 160 kg. de CO2 por año) y lavando la ropa con agua fria o tibia (alrededor de 200 kg. de C02 menos por año).
No uses productos con mucha empaque. Puedes dejar de producir 550 kg. de dióxido de carbono si disminuyes tu basura en un 10%.
Ajusta el termostato. Bajar el termostato 1 grado en invierno y subir el termostato 1 grado en verano. Con este simple ajuste se pueden dejar de emitir 900 kg. de dióxido de carbono.
Planta un arbol. Un árbol puede absorber una tonelada de dióxido de carbono durante su vida.
Apaga los aparatos electrónicos. Al apagar la televisión, el reproductor de DVD, el estéreo y la computadora mientras no las estés usando dejarás de producir miles de kilogramos de dióxido de carbono al año.