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domingo, 3 de noviembre de 2013

Cadaver muerto



El cadáver estaba muerto


El genio del idioma no quiere que se diga con dos palabras lo que se expresa con una



Álex Grijelmo 27 OCT 2013 - 00:00 CET



Lo publicó un diario madrileño el 1 de junio: “Ayer por la mañana se practicó la autopsia al cadáver del fallecido”.
Realmente nos dejaba ya muy tranquilos saber por esa frase que las autopsias se les practican a los cadáveres, pero todavía nos quedamos más a gusto cuando supimos que esos cadáveres están muertos.
El genio del idioma no quiere que se diga con dos palabras (o más) lo que se expresa a la perfección con una. Y eso encuentra una explicación en la máxima de relevancia que definió el filósofo de la lengua inglés Paul Herbert Grice (1913-1988).
La máxima de relevancia constituye una de las reglas de cualquier conversación en la que dos interlocutores intentan entenderse. Y consiste en que todo lo que cuentan ha de ser relevante (adecuado, pertinente) para la idea que desean transmitir. Lo superfluo queda eliminado antes de pronunciarse, y así se añade significado a la individualidad de cada término. Si una palabra está presente, será por algo: tendrá un sentido propio, igual que las demás.
Y como el buen estilo y la buena comprensión tienden a la economía de vocablos, ningún término puede resultar gratuito. El receptor entenderá siempre que si una palabra figura en una oración, es porque añade significado. Y si no lo añade, dificulta el entendimiento o engaña (a menudo sin que exista esa intención).
Por ejemplo, el 28 de junio a las 8.42 se pudo oír en una emisora española que narraba el encarcelamiento de Luis Bárcenas: “Le tomaron las huellas dactilares de los dedos de sus manos”. Lo cual da a entender que a veces las huellas dactilares se toman de algún otro lugar del cuerpo.
Y si contásemos que las calles de la ciudad se hallaban cubiertas de “nieve blanca”, entonces la máxima de relevancia nos invitaría a pensar que existe nieve de cualquier otro color. Ahora bien, supongamos que estamos escribiendo un cuento infantil en el que deseamos transmitir la idea de que la acción se desarrolla en un mundo irreal: los trigales serían azules, los mares amarillos, el carbón rosa y los renuevos negros. En ese caso sí podríamos narrar a continuación que, una vez ocurrido determinado fenómeno (el beso de un príncipe, sin ir más lejos), todo se tornó real, y nos volvimos a ver rodeados de carbón negro, mares azules, trigales amarillos, nieve blanca y brotes verdes.
La redundancia de significado no relevante (es decir, con palabras prescindibles) se denomina “pleonasmo”, vocablo procedente del griego pleonasmós (“sobreabundancia” o “exageración”). Como sucede con el colesterol y con las amistades, hay pleonasmos buenos y pleonasmos poco recomendables. Los buenos añaden expresividad, ironía… algo: “Cállate la boca”, por ejemplo. Y los pleonasmos malos no suelen añadir nada: “El estadio estaba completamente abarrotado”, “es totalmente gratis”, “vio un falso espejismo”, “se aprobó con la unanimidad de todos los grupos” (ejemplos extraídos de los periódicos).
La política y el periodismo abundan en pleonasmos malos. Y queríamos llegar hasta aquí para preguntarnos si la abundancia de pleonasmos no implicará que algunas personas están dejando de creer en la fuerza de muchas palabras y en sus significados redondos; y si eso explicará tal vez el desmedido uso del adverbio “absolutamente” entre quienes hablan en público: estamos absolutamente felices, absolutamente decididos, absolutamente seguros. Quienes se expresan así imaginan acaso fisuras en las palabras más sólidas; o quizás esos vocablos se les han desgastado por su desempeño falso y artificial. Un político que dice “vamos a resolver este difícil reto” está dejando de creer en la palabra “reto”, de tanto manosearla. Quizás él tenga la impresión de que un reto puede ya parecernos fácil; pero en tal caso nos encontraremos todos dentro de un cuento donde nacen brotes por cualquier parte y donde la crisis se presenta como un desafío que se resuelve en un periquete.
Dentro de un cuento infantil o dentro de algún que otro programa electoral.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Maternidad pajaril


Puse esta foto en Facebook y un amigo me dice que la foto le gusta mucho pero que el adjetivo "Pajaril" le encanta. Es gracioso como inventamos palabras. No encontré otra que me sirviese más que esta que no existe relacionada con el mundo de los pájaros en ningún diccionario de la Real Academia.
Además el sonido ( parecido a perejil) le daba al pajarito cualidades de fragilidad y delicadeza. Jamás hubiese adivinado que la palabra pajaril está relacionada con el mar y la navegación: "Amarrar el puño de la vela con un cabo y cargarlo hacia abajo, para que aquella esté fija y tiesa cuando el viento es largo."

Hay un juego muy simpático y divertido, "el diccionario", que consiste en inventar los significados de las palabras y convencer a los otros que es la correcta definición.

Los niños inventan palabras, hasta idiomas completos. Los enamorados inventan un lenguaje especial para comunicarse con la amada. A mi nieta estoy enseñándole a hablar en "CUTI" y en letras de mano. Dicen que las huellas de las aves en la playa son un lenguaje y las ondas que deja la espuma de mar sobre la arena, otro. En Japón hubo un lenguaje creado por las mujeres para comunicarse entre ellas.

jueves, 19 de enero de 2012

Un sol con uñas







Entonces me acuerdo de esa expresión que decía la gente cuando yo era niño: un sol con uñas. Un sol arisco de invierno que engaña un poco y en seguida saca unas uñas de gato.
Mi abuela Leonor usaba mucho esos giros y tenía una imaginación muy fértil para las comparaciones fulminantes. Mi madre me contó el otro día en el Puerto una que yo no recordaba. Cuando las patatas fritas a pelotón o a lo pobre quedaban para el día siguiente y se secaban un poco mi abuela decía que eran como “orejillas de muerto”.Antonio Muñoz Molina





Me encuentro con esta expresión en el blog de Antonio Muñoz Molina, y me encanta por lo original. Qué fascinantes son las expresiones inventadas por el hombre para precisar su pensamiento. A ver qué expresiones me mandan ustedes. Muchas cosas de las abuelas como el caso de Antonio, detrás de cada una de ellas hay una historia. Pequeñas frases, proverbios, refranes.  Y lo de las orejillas de muerto. ¿Qué les parece?



martes, 23 de febrero de 2010

La palabra


La existencia misma del lenguaje, ¿no es un hecho mágico? ¿Cómo puede la palabra, un soplo sonoro —«aire herido», según Fernando de Herrera, el Divino; «humo de la boca», que se desvanece en el aire según el jeroglífico chino—, transmitir el amor, el odio, la alegría o el dolor, las ideas más intemporales y abstractas, el deseo y la voluntad, de una persona a otra? ¿Y además, fijarse ese soplo en papel, pergamino o celuloide, y viajar por todas las lejanías y perpetuarse por los siglos de los siglos?Angel Rosenblat