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domingo, 7 de junio de 2015

Caronte de Lord Dunsany



 

Caronte se inclinó hacia delante y remó. Todas las cosas eran una con su cansancio.

Para él no era una cosa de años o de siglos, sino de ilimitados flujos de tiempo, y una antigua pesa
dez y un dolor en los brazos que se habían convertido en parte de un esquema creado por los dioses
 y en un pedazo de Eternidad.

Si los dioses le hubieran mandado siquiera un viento contrario, esto habría dividido todo el tiempo
en su memoria en dos fragmentos iguales.

Tan grises resultaban siempre las cosas donde él estaba que si alguna luminosidad se demoraba
entre los muertos, en el rostro de alguna reina como Cleopatra, sus ojos no podrían percibirla.

Era extraño que actualmente los muertos estuvieran llegando en tales cantidades. Llegaban de a
miles cuando acostumbraban a llegar de a cincuenta. No era la obligación ni el deseo de Caronte considerar el porqué de estas cosas en su alma gris. Caronte se inclinaba hacia adelante y remaba.

Entonces nadie vino por un tiempo. No era usual que los dioses no mandaran a nadie desde la
Tierra por aquel espacio de tiempo. Mas los Dioses saben.

Entonces un hombre llegó solo. Y una pequeña sombra se sentó estremeciéndose en una playa solitaria y el gran bote zarpó. Sólo un pasajero; los dioses saben. Y un Caronte grande y cansado remó y remó junto al pequeño, silencioso y tembloroso espíritu.

Y el sonido del río era como un poderoso suspiro lanzado por Aflicción, en el comienzo, entre sus hermanas, y que no pudo morir como los ecos del dolor humano que se apagan en las colinas terrestres, sino que era tan antiguo como el tiempo y el dolor en los brazos de Caronte.

Entonces, desde el gris y tranquilo río, el bote se materializó en la costa de Dis y la pequeña
sombra, aún estremeciéndose, puso pie en tierra y Caronte volteó el bote para

dirigirse fatigosamente al mundo. Entonces la pequeña sombra habló, había sido un hombre.
-Soy el último -dijo.
Nunca nadie antes había hecho sonreír a Caronte, nunca nadie antes lo había hecho llorar.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Volar como Perseo




Levedad


“He tratado de quitar peso a las figuras humanas, a los cuerpos celestes, a las ciudades; he tratado sobre todo de quitar pero a la estructura del relato y al lenguaje.
He llegado a considerar la levedad como un valor."
Cuando Italo Calvino empezó a escribir notó una disconformidad entre la pesadez, la inercia y la opacidad del mundo (materia prima) y la agilidad nerviosa y punzante que quería dar a su escritura.
En ciertos momentos le parecía que el mundo se iba volviendo de piedra. Una lenta petrificación. Era como si nadie pudiera esquivar la mirada inexorable de la Medusa.
El único héroe capaz de cortar la cabeza de la Medusa es Perseo que vuela con sus sandalias aladas. Perseo se apoya en lo más leve que existe: los vientos y las nubes, y dirige la mirada hacia lo único que puede revelársele en una visión indirecta, en una imagen cautiva en un espejo.
De la sangre de la Medusa nace un caballo alado, Pegaso; la pesadez de la piedra puede convertirse en su contrario. Perseo montará el maravilloso Pegaso caro a las Musas, nacido de la sangre maldita de la Medusa. La fuerza de Perseo está siempre en un rechazo de la visión directa, pero no es un rechazo de la realidad del mundo de los monstruos que le ha tocado vivir, una realidad que lleva consigo, que asume como carga personal.”
Habla también del libro de Kundera: El peso de vivir para Kundera está en toda forma de constricción: la tupida red de constricciones públicas y privadas, que termina por envolver toda existencia en una trama de nudos, cada vez más apretados. Quizá sólo la vivacidad y la movilidad de la inteligencia escapan a la condena de revelar un peso insostenible.
En los momentos en que el reino de lo humano me parece condenado a la pesadez, pienso que debería volar como Perseo a otro espacio. Cambiar mi enfoque, he de mirar el mundo con otra óptica, otra lógica, otros métodos de conocimiento y de verificación.
Existe una levedad del pensar. La levedad se asocia para mí con la precisión y la determinación, no con la vaguedad y el abandonarse al azar.
Contemplar el propio drama desde fuera y disolverlo en melancolía e ironía.
Así como la melancolía es la tristeza que se aligera, el humorismo es lo cómico que ha perdido la pesadez corpórea. El siglo XVIII abunda en figuras suspendidas en el aire. Alfombras voladoras, genios que salen de lámparas en las Mil y una noches.
Desafiando a la ley de gravitación.
Leonardo da a la felicidad inalcanzable imágenes de levedad: los pájaros, una voz de mujer que canta en una ventana, la transparencia del aire y sobre todo, la luna.
Nos recuerda el deseo de transportarnos en vuelo a otro mundo, a otro nivel de percepción donde poder encontrar fuerzas que nos ayuden a modificar la realidad.
Deseamos levitar.


de "Seis propuestas para el próximo milenio" de Italo Calvino.