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domingo, 11 de septiembre de 2016

Pase usted señora nube



Fueros días de días intentando convencerla. Quería que pase a mi castillo, que descanse un poco, podría dormir unas horas y luego si así lo deseaba tomar una copa de vino y conversar. Quisiera que me cuente lo que ve desde allá arriba en su largo viaje atravesando la tierra de los hombres. Siempre la soledad, el dolor, los malentendidos, esas lagrimas? O también la fiesta, la danza, distinta música del amor?
Pase usted señora nube. Tome asiento.


La Nube © Pablo Genovés

domingo, 13 de septiembre de 2015

Tajo abierto

Un tajo abierto. Por ahí respira
Se rompe la tensión de la tela
Es también la cortina que cubre una escena
en cualquier momento aparecerá una mujer por el tajo
y recitara un pequeño poema
que tendrá como virtud el hacernos llorar. ( De pequeños textos)
  1. El cuadro es de Lucio Fontana
  2. Lucio Fontana fue un pintor, ceramista y escultor italo-argentino nacido en Rosario, de padre italiano el 19 de febrero de 1899, y fallecido en Comabbio, Italia, el 7 de septiembre de 1968. Wikipedia

Duelo tras mascarada

Ha muerto. Los duelos son al amanecer, cuando aún es casi de noche, cuando va empezando el día. Termino la ofensa, el orgullo, el rencor. Vean como uno yace despojado de insania. Queda el otro abatido, cargado de culpa, asombrado, arrastrara una sombra por el resto de sus días! ( de Pequeños textos).
 

 

EL DUELO DESPUÉS DE LA MASCARADA Jean-Léon Gérôme

Ir al enlace: http://www.elcuadrodeldia.com/post/102348517501/jean-l%C3%A9on-g%C3%A9r%C3%B4me-el-duelo-tras-el-baile-de

domingo, 9 de agosto de 2015

Otro modo de mirar, pequeño texto


 
 
 
Cierta tarde después de varios intentos Abigail consiguió ponerse de cabeza. El mundo le pareció distinto y eso es lo que ella quería. Tres veces al día aprovechando que todos se iban de la casa a trabajar o a estudiar, se paraba de cabeza delante de la pared y contaba hasta mil.

—Es una forma de meditar, —se dijo, creo que lo vi en la tele.

Al cabo de unos días empezó a caminar de manos. Ya no tenía que estar pegada a la pared, se le iba haciendo tan cómodo como  caminar con los pies.

—Me contratarán en el circo, —se dijo  Abigaíl riéndose al imaginarse vestida de payaso caminando sobre la cuerda floja. Pero ¿Acaso no venía ensayándose en  caminar sobre  la cuerda floja toda la vida, vivir sin ninguna certeza, no saber lo que le depararía el día, lidiar con los temperamentos de las personas que la rodeaban?

Un día se animó a salir a la calle. Había un poco de sol y  quiso ir al parque que quedaba frente a la casa para calentarse un poco. Conforme avanzaba le empezó a gustar cada vez más el mundo al revés que veía. Todo le parecía más apacible, más acogedor, el miedo que tenía Abigaíl instalado en el corazón como si cincuenta cuchillos estuviesen siempre a punto de atravesarla, parecía que se le había ido a las manos y  hundido en la tierra, porque por primera vez en la vida se sentía dichosa, inflada de alegría, el aire le entraba en el cuerpo con gran facilidad y hasta tuvo ganas enormes de ponerse a cantar.

Siguió caminando  y caminando hasta que se dio cuenta de que había entrado en otro barrio, uno que jamás había visitado, porque su vida era rutinaria, de pasitos cortos, limitada, angosta.

Apenas entró en la plaza las vio, tres mujeres caminaban de cabeza sobre las manos y tenían una hermosa sonrisa en la cara. Se les acercó.

—Bienvenida, — le dijeron y sin mayor preámbulo ella se unió a su caminata que las fue llevando a las afueras de la ciudad, al campo, cerca al mar.  Entonces se sentaron sobre unas piedras colocadas en forma de círculo y esperaron a que aparecieran más mujeres. Todas llegaban andando paradas de manos y se sentaban alrededor del círculo ya con la cabeza para arriba.

Fue una tarde muy agradable, todas tenían un humor tan divertido, las bromas surgían de manera espontanea, se tocaban sin ninguna aprehensión y se contaban historias de cosas que les había pasado, que ya creían olvidadas pero que estaban formadas por acontecimientos llenos de ternura, de deslumbramiento, de originalidad.

—Hay mujeres así en todas partes del mundo—, le dijo su vecina, las dos ya de cabeza dispuestas a regresar a sus casas. —Cuando las necesites todo lo que tienes que hacer es ponerte de cabeza y empezar a andar. Aparecerán.

Ella hizo medio camino de cabeza pero en cierto lugar, frente a un sembrío de papas que estaba en flor, se enderezó y otra vez el mundo le pareció ideal, perfecto, bellísimo, real, echó  una mirada al cielo como los pájaros y caminó sonriente, agradecida, con sus manos libres.

Dibujo:

Saul Steinberg fue un caricaturista e ilustrador estadounidense de origen rumano. Es conocido por sus trabajos

para The New Yorker.

 

 

 

domingo, 15 de marzo de 2015

La noche hace a toda mujer hermosa


   La noche hace a toda mujer hermosa

 


Esperaba ansiosa la caída del sol a veces sintiendo que seguía un ritual que habrían practicado sus antepasadas, se iba al malecón, tomaba asiento en una piedra ancha y plana que parecía estar ahí esperándola, y asistía a la muerte del sol, a la ceremonia de agacharse, de hundirse y desaparecer,  que el globo rojo, a veces en forma de hongo, otras como plato extendido, una vez con diseño de corona gigantesca, realizaba como para enseñar a los hombres la humildad y la necesidad de la muerte.

 
Una vez desaparecido, luego de que ella hubiese cerrado los ojos, viendo a través de sus párpados todavía el concentrado de fuego que se aventaba al mar como para unirse y desaparecer en una aventura envidiable, luego de pronunciar en silencio los tres deseos, con el corazón ansioso y la fe hundida en sus cejas ceñidas, aguardaba unos momentos contemplando la tristeza del cielo, ese canto de colores que teñía de dolor todo el espacio, ese aullido de pena que la tierra toda desplegaba  ante la agonía del sol y el vacío de amargo que se produciría  tras su ausencia.
 

Entonces, y solo entonces ella corría, cruzaba las pistas, aceleraba el paso y entraba a su pequeña habitación para mirarse en el espejo y comprobar una vez más el milagro. La noche la había vuelto hermosa.

Complacida duraba unos instantes comprobando la perfección de su rostro, el brillo de sus ojos que prometían el amor, la belleza de su sonrisa amplia y verdadera.

Apuraba un poco sus movimientos, abría el armario y ahí en lugar de aquellos vestidos que le parecían ajenos, malhechos, descoloridos o insulsos, hallaba los vestidos preciosos, los que la transformarían en una  mujer regia como  la que ella anhelaba ser durante sus lánguidas horas del día.

Esa noche se cumplía el mes entero de su transformación nocturna. Un mes ya de conocerlo. El la esperaba en la mesa del fondo del café del pueblo, se iluminaba al verla y la tomaba de la mano para llevarla a pasear por las pequeñas calles casi oscuras de los alrededores.

 
Ella ya se lo había contado, soy hermosa solo de noche, es la luna, tal vez alguna estrella, son tus ojos los que me hacen hermosa, o tu amor tan tierno. El insistía en que ella se quedase acompañándolo hasta que saliese el sol, para verla a plena luz para confirmar que seguía siendo hermosa, y que si no fuese así, que si la luz del sol la volviese menos seductora, él la seguiría amando aunque no se pareciese a esa imagen deslumbrante que lo enloquecía de amor.

¿Cambió la naturaleza su manera de ser y desapareció el día haciendo una sola larga noche para que ellos pudiesen verse siempre hermosos y se amasen eternamente sin que los rayos del sol mostrarse imperfección alguna?

¿Se deshizo ella en fragmentos ante su atónita mirada una vez que la luz de la mañana atravesó su ventana iluminándola?

¿Permaneció bella, más bella aún siendo bella de día, la más bella mujer de los días y las noches?

¿Fue ella la que se escandalizó al ver que era él el que perdía su hermosura conforme aclaraba y el cielo se volvía azul y bello?

¿O más bien permanecieron refugiados en la noche pero fue el paso del tiempo y no la luz la que fue quitando frescura y felicidad en sus rostros?

Cada uno tiene su propia historia. La belleza es pasajera, es cambiante, a veces se acentúa y otras cansa. Otros son los dones que permanecen.

 

lunes, 19 de enero de 2015

Maternidad


 
Maternidad:
Somos madre siempre, hasta el dia de nuestra muerte. Y aunque no hayamos tenido hijos, son nuestros hijos los niños que nos dan vueltas, los que nos miran con grandes ojos curiosos, los que piden una caricia o que abramos los brazos para envolverlos. Somos nuestra propia madre y la madre de nuestra madre. Somos madre sin saber que somos madre, cuando olvidamos por un rato a nuestros hijos con la mente pero estan ahí en el corazón, en los huesos, en las esquinas más profundas, en los cuentos y en los cantos, en la ternura que se asoma y en la mirada profunda que todo lo abarca.

domingo, 5 de octubre de 2014

La hora de la muerte


                                                           La hora de la muerte


 


Cerca de mi casa vivía un señor ya muy viejecito al que ya le empezaba a fallar la cabeza.  Había sido lo que mi abuela hubiera dicho: una lumbrera. Una tarde cuando conversábamos me dijo que detestaba el radio, que a él le gustaba cuando tocaba música pero que la mayor parte del tiempo, hablaba y hablaba sin parar, incomodándolo, dándole dolor de cabeza. El vivía con su esposa bastante más joven que él, y con la hermana de su esposa. 

El cruzaba una avenida muy transitada protegido con su bastón que lo elevaba por encima de su cabeza haciéndome acordar a Don Quijote que enfrentaba con su lanza  molinos de viento confundiéndolos con gigantes. Los carros frenaban a su paso y él pasaba triunfador sorteando peligros y  desgracias.  Su esposa,  entre dientes le decía a su hermana :

 —¿Cuándo se lo recogerá el Señor? ¿Cuándo pasará a mejor vida?

Una mañana sentimos gran alboroto al frente de su casa, primero la ambulancia, luego la carroza fúnebre. ¿Había al fin descansado nuestro viejecito amigo? Mi madre se acercó a preguntar. Pero no, quien había fallecido era su cuñada, una holandesa de hermosos cachetes rosados y cuerpo amplio.

A los pocos meses, otra vez el alboroto, la ambulancia, la carroza. Ahora sí, dijimos todos en mi casa, bajando la cabeza tristes porque le teníamos aprecio.  Mi madre nuevamente salió a buscar la noticia para regresar sonriendo, era la esposa la que había fallecido, un infarto, algo súbito. Ahí fue cuando escuché esa sabia expresión: “Muerte deseada, muerte postergada”.  Y aprendí que no importa los años que se tengan o el estado en el que uno se encuentre para que un día la muerte nos toque el hombro para decirnos:

— ¿Partimos?  ( Cecilia Bustamante de Roggero de Pequeños textos).