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domingo, 12 de junio de 2016

EL diablo y la avaricia

La semana pasada publicamos El diablo embotellado de Stevenson. Acá un comentario sobre el diablo y la avaricia.


El diablo y la avaricia

 por Alexander Peña Saenz 
avaricia

El diablo es el símbolo tradicional de lo maligno; figura mítica que en muchas de las historias de aventuras, cuentos de hadas, fábulas de terror y misterio, ha sido un personaje principal. Es reconocida su figura como ente mágico, capaz de cumplir deseos de los más egoístas y perversos, pero no desinteresadamente, sino recibiendo a cambio las almas para su eterna condenación. Lo hemos visto en el Fausto de Goethe; también pactar con el conde Drácula; en La Divina Comedia, como supremo rey de los infiernos y en un millar de etcéteras. El demonio es un personaje que nunca pasará indiferente para la literatura.

Además, con el demonio tenemos el clásico problema de un más allá. El diablo amenazante, rey de los infiernos, capaz de condenar almas al sufrimiento de las llamas y el azufre. Recurrente angustia para aquellos que aceptan cualquier doctrina religiosa como verdad absoluta. Keawe, preocupado por el destino de su alma en el más allá, soslaya su presente, entregándose a la desolación, mientras tiene todo alrededor: lujos, una casa de inmensos jardines, un grato paisaje, la naturaleza en todo su esplendor, una bella mujer que le ama… Nada de eso se compara con su destino metafísico. Vaya que Keawe no toma conciencia de su presente.


Por otra parte, el deseo de avaricia que albergan los hombres es tan grande, que no importa si se vende el alma al diablo con tal de conseguir grandes cantidades de dinero, lujos y poder. El afán de riqueza, quizá sea inherente a la naturaleza humana. Ya habíamos visto algo similar con Aladino y su lámpara maravillosa, personaje que en ningún momento reparó para pedir beneficios económicos y lograr acercarse a la princesa. De igual manera, los seguidores de la serie de manga y animé Dragón Ball, vimos cómo las siete bolas del dragón traerían a un gigantesco ser llamado Sheng Long para cumplir el deseo de la persona que las reuniese. Los malvados de la historia, siempre tras de ellas, dispuestos a pedir deseos egoístas como riqueza, eterna juventud, la conquista del mundo, entre otros.

sábado, 10 de julio de 2010

"El diablo y el posadero"

Ojalá resolviéramos las cosas de manera tan rápida y tajante como el posadero.
Más bien a veces nos pasamos la vida escuchando: "Soy así", "no puedo controlarme", y también nosotros nos excusamos en una naturaleza que nos inclina a las malas acciones. Stevenson resuelve con un solo gesto el problema y así como con un chasquido de dedos el diablo desapareció de su vida por mucho tiempo, si no para siempre.





“El diablo y el posadero”

En cierta ocasión, el diablo se detuvo en una posada donde nadie lo conocía, pues se trataba de gente de escasa educación. Abrigaba malas intenciones y todos le prestaron atención durante mucho tiempo. El posadero, sin embargo, lo hizo vigilar y lo sorprendió con las manos en la masa.

Entonces, cogió la soga y le dijo:

--- Voy a azotarte.

--- No tienes derecho a enfadarte --- le dijo el diablo ---. Yo soy el diablo y en mi naturaleza está el obrar mal.

--- ¿Es cierto eso? --- preguntó el posadero.

--- Me es completamente imposible --- dijo el diablo ---. Además de no servir para nada, sería cruel azotar a una cosa tan pobre como yo.

--- Es verdad --- dijo el posadero.

Hizo un nudo y lo ahorcó.

--- Ya está --- dijo el posadero.

R.L. Stevenson, Fábulas y pensamientos, Madrid, Ediciones Valdemar, 1995.