Clarice Lispector es siempre una maestra de vida. Acá nos entrega con profundidad sus momentos de dicha, de tranquilidad, de pureza y contacto con su esencia.
Estado de Gracia por Clarice Lispector
Quien ya conoció el estado de gracia reconocerá
lo que voy a decir. No me refiero a la inspiración, que es una gracia especial
que tantas veces les adviene a los que lidian con el arte. El estado de gracia
del que hablo no se usa para nada. Es como si viniera tan solo para que se sepa
que realmente se existe. En este estado, además de la tranquila felicidad que
irradia de personas y cosas, hay una lucidez que sólo puede llamar leve porque
en la gracia todo es tan, tan leve. Es la lucidez de quien no adivina más: sin
esfuerzo, sabe. Sólo eso: sabe. No pregunten qué, porque sólo puedo responder
del mismo modo infantil: sin esfuerzo, sabe. Y hay una bienaventuranza física
que a nada se compara. El cuerpo se transforma en un don. Y se siente que es un
don porque se está experimentando, en una fuente discreta, la dádiva indudable
de existir materialmente.
En el estado de gracia se ve a veces la profunda belleza, antes
inalcanzable, de otra persona. Todo, además, gana una especie de nimbo que no
es imaginario: viene del esplendor de la irradiación casi matemática de las
cosas y las personas. Se pasa a sentir que todo lo que existe -persona o cosa-
respira y exhala una especie de finismo resplandor de energía. La verdad del
mundo es impalpable.
No es ni lejanamente lo que imagino que es el estado de gracia de los
santos. Ese estado jamás lo conocí y ni siquiera logro adivinarlo. Es sólo el
estado de gracia de una persona común que súbitamente se vuelve totalmente real
porque es común y humana y reconocible.
Los hallazgos en ese estado son indecibles e incomunicables. Y por eso
es que, en ese estado de gracia, me mantengo sentada, quieta, silenciosa. Es
como una anunciación. Y no estando precedida por los ángeles que, supongo,
anteceden al estado de gracia de los santos, es como si el ángel de la vida
viniera a anunciarme al mundo.
Después, lentamente, se sale. No como si se hubiera estado en trance -no
hay ningún trance-, se sale lentamente, con un suspiro de quien tuvo el mundo
tal cual es. También es un suspiro de
saudade. Pues habiendo
experimentado recibir un cuerpo y un alma y la tierra, se quiere más y más.
Inútil querer: solo viene cuando quiere y espontáneamente.
No sé por qué, pero creo que los animales entran con más frecuencia en
la gracia de existir que los humanos.
Sólo que ellos no lo saben, y los humanos lo notan. Los humanos tienen
obstáculos que no dificultan la vida de los animales, como un raciocinio,
lógica, comprensión. Entre tanto los animales tienen el esplendor de o que es
inmediato y se dirige sin interferencias.
Dios sabe lo que hace: creo que está bien que el estado de gracia no se
nos conceda con frecuencia. Si así fuera, tal vez pasaríamos definitivamente
hacia el otro lado de la vida, que también es real pero nadie nos
entendería jamás. Perderíamos el lenguaje en común.
También es bueno que no venga tantas veces como yo querría. Porque
podría habituarme a la felicidad -olvidé decir que en estado de gracia se es
feliz. Habituarse a la felicidad sería un peligro. Seríamos más egoístas,
porque las personas felices lo son, menos sensibles al dolor humano, no
sentiríamos la necesidad de ayudar a quienes lo necesiten -todo por tener en la
gracia la compensación y el resumen de la vida.
No, incluso si de mi dependiera, no querría tener con mucha frecuencia
el estado de gracia. Sería como caer en un vicio, me atraería como un vicio, me
volvería contemplativa como los fumadores de opio. Y si apareciera más a
menudo, estoy segura de que yo abusaría: empezaría querer a vivir
permanentemente en gracia. Y esto representaría una fuga imperdonable del
destino simplemente humano, que se hace con lucha y sufrimiento y es
perplejidad y alegrías menores.
También es bueno que el estado de gracia dura poco. Si durara mucho,
bien lo sé yo que reconozco mis ambiciones casi infantiles, acabaría intentando
entrar en los misterios de la naturaleza. En lo que intentara por otra parte
estoy segura de que desaparecería la gracia. Pues ella es dádiva y, si nada
exige, se desvanecería si pasáramos a exigirle a ella una respuesta. Es
necesario no olvidar que el estado de gracia es solamente una pequeña abertura
hacia una tierra que es una especie de calmo paraíso, pero que no es la entrada
a ésta, ni que da derecho a comer de los frutos de sus quintas.
Se sale del estado de gracia con el rostro límpido, los ojos abiertos y
pensativos y, aunque no se haya sonreído, es como si el cuerpo todo viniera de
una sonrisa suave. Y se sale mejor criatura de lo que entró. Se probó algo que
parece redimir la conicidad humana, aunque al mismo tiempo se acentúan los
estrechos límites de esa condición. Y precisamente porque después de la gracia
la condición humana se revela en su pobreza implorante, se aprende a amar más,
a perdonar más, a esperar más. Se pasa a tener una especie de confianza en el
sufrimiento y en sus caminos tantas veces intolerables.
Hay días que son tan áridos y desérticos que yo daría años de mi vida a
cambio de unos minutos de gracia.