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domingo, 12 de abril de 2015

Gente honrada

Gente honrada la hay,es necesario que se multiplique, que esté en todas las áreas y en todos los campos, especialmente en la política. Un ejemplo a imitar.

Señor Director:

Hace algunas semanas tropecé en el centro, cayendo estrepitosamente al suelo y rompiendo una de las dos prótesis que llevo en mis piernas. Como era día viernes y hora de salida de oficinas, me rodearon decenas de personas, me levantaron, no sé de dónde salió una silla, me trajeron agua, y me ofrecieron toda clase de ayuda. Posteriormente detuvieron un taxi, desde donde bajaron a una pasajera y me subieron en andas al vehículo que me trajo hasta la puerta de mi casa. Ya en el vehículo, una señora de entre los que observaban, se me acercó diciendo: "Señor, aquí está su maletín y las llaves que saltaron cuando cayó".

En los tiempos que vivimos pensé que se trataba de algo excepcional. Pero hace solo unos días perdí en otro taxi mi billetera con toda mi documentación. Mi sorpresa y alegría fueron indescriptibles cuando a la mañana siguiente el auto apareció en mi casa. Marcos Silva, su conductor, me dijo que por experiencia propia entendía lo que significaba la pérdida de los documentos. Por el carnet de conducir encontró mi dirección trasladándose desde La Florida al sector oriente para entregar mi billetera y su contenido.

Mis agradecimientos a Marcos y a los anónimos oficinistas de la calle Miraflores. Sus gestos ejemplares arrojan una luz de esperanza para un Chile que queremos más unido, amable y solidario.
Luis Winter I.






Un ejemplo de honradez y servicio dio Alex Solís, sereno de Barranco al devolver una billetera con 100 soles en efectivo, tarjetas, fotos y documentos, que encontró en un parque del distrito.
Francoise La Torre Poma había extraviado su billetera caminando por el parque ‘Torres Paz’. El sereno ubicó al dueño por la dirección en los documentos, quien contó que el dinero recuperado es para la manutención de su pequeña hija.


 

domingo, 20 de julio de 2014

Estado de gracia



Clarice Lispector es siempre una maestra de vida. Acá nos entrega con profundidad sus momentos de dicha, de tranquilidad, de pureza y contacto con su esencia.





Estado de Gracia  por Clarice Lispector

Quien ya conoció el estado de gracia reconocerá lo que voy a decir. No me refiero a la inspiración, que es una gracia especial que tantas veces les adviene a los que lidian con el arte. El estado de gracia del que hablo no se usa para nada. Es como si viniera tan solo para que se sepa que realmente se existe. En este estado, además de la tranquila felicidad que irradia de personas y cosas, hay una lucidez que sólo puede llamar leve porque en la gracia todo es tan, tan leve. Es la lucidez de quien no adivina más: sin esfuerzo, sabe. Sólo eso: sabe. No pregunten qué, porque sólo puedo responder del mismo modo infantil: sin esfuerzo, sabe. Y hay una bienaventuranza física que a nada se compara. El cuerpo se transforma en un don. Y se siente que es un don porque se está experimentando, en una fuente discreta, la dádiva indudable de existir materialmente.
En el estado de gracia se ve a veces la profunda belleza, antes inalcanzable, de otra persona. Todo, además, gana una especie de nimbo que no es imaginario: viene del esplendor de la irradiación casi matemática de las cosas y las personas. Se pasa a sentir que todo lo que existe -persona o cosa- respira y exhala una especie de finismo resplandor de energía. La verdad del mundo es impalpable.
No es ni lejanamente lo que imagino que es el estado de gracia de los santos. Ese estado jamás lo conocí y ni siquiera logro adivinarlo. Es sólo el estado de gracia de una persona común que súbitamente se vuelve totalmente real porque es común y humana y reconocible.
Los hallazgos en ese estado son indecibles e incomunicables. Y por eso es que, en ese estado de gracia, me mantengo sentada, quieta, silenciosa. Es como una anunciación. Y no estando precedida por los ángeles que, supongo, anteceden al estado de gracia de los santos, es como si el ángel de la vida viniera a anunciarme al mundo.
Después, lentamente, se sale. No como si se hubiera estado en trance -no hay ningún trance-, se sale lentamente, con un suspiro de quien tuvo el mundo tal cual es. También es un suspiro de saudade. Pues habiendo experimentado recibir un cuerpo y un alma y la tierra, se quiere más y más. Inútil querer: solo viene cuando quiere y espontáneamente.
No sé por qué, pero creo que los animales entran con más frecuencia en la gracia de existir que los humanos.
Sólo que ellos no lo saben, y los humanos lo notan. Los humanos tienen obstáculos que no dificultan la vida de los animales, como un raciocinio, lógica, comprensión. Entre tanto los animales tienen el esplendor de o que es inmediato y se dirige sin interferencias.
Dios sabe lo que hace: creo que está bien que el estado de gracia no se nos conceda con frecuencia. Si así fuera, tal vez pasaríamos definitivamente hacia el otro lado de la vida, que también es real pero nadie nos entendería jamás. Perderíamos el lenguaje en común.
También es bueno que no venga tantas veces como yo querría. Porque podría habituarme a la felicidad -olvidé decir que en estado de gracia se es feliz. Habituarse a la felicidad sería un peligro. Seríamos más egoístas, porque las personas felices lo son, menos sensibles al dolor humano, no sentiríamos la necesidad de ayudar a quienes lo necesiten -todo por tener en la gracia la compensación y el resumen de la vida.
No, incluso si de mi dependiera, no querría tener con mucha frecuencia el estado de gracia. Sería como caer en un vicio, me atraería como un vicio, me volvería contemplativa como los fumadores de opio. Y si apareciera más a menudo, estoy segura de que yo abusaría: empezaría querer a vivir permanentemente en gracia. Y esto representaría una fuga imperdonable del destino simplemente humano, que se hace con lucha y sufrimiento y es perplejidad y alegrías menores.
También es bueno que el estado de gracia dura poco. Si durara mucho, bien lo sé yo que reconozco mis ambiciones casi infantiles, acabaría intentando entrar en los misterios de la naturaleza. En lo que intentara por otra parte estoy segura de que desaparecería la gracia. Pues ella es dádiva y, si nada exige, se desvanecería si pasáramos a exigirle a ella una respuesta. Es necesario no olvidar que el estado de gracia es solamente una pequeña abertura hacia una tierra que es una especie de calmo paraíso, pero que no es la entrada a ésta, ni que da derecho a comer de los frutos de sus quintas.
Se sale del estado de gracia con el rostro límpido, los ojos abiertos y pensativos y, aunque no se haya sonreído, es como si el cuerpo todo viniera de una sonrisa suave. Y se sale mejor criatura de lo que entró. Se probó algo que parece redimir la conicidad humana, aunque al mismo tiempo se acentúan los estrechos límites de esa condición. Y precisamente porque después de la gracia la condición humana se revela en su pobreza implorante, se aprende a amar más, a perdonar más, a esperar más. Se pasa a tener una especie de confianza en el sufrimiento y en sus caminos tantas veces intolerables.
Hay días que son tan áridos y desérticos que yo daría años de mi vida a cambio de unos minutos de gracia.

viernes, 17 de enero de 2014

Miedo paralizante


El miedo normalmente paralizante.

 No hacer nada, detener la marcha. Es el sentimiento más instintivo del ser humano. Algo en el exterior nos advierte que debemos tener mucho cuidado. Está en riesgo nuestra integridad. 

Como animales en plena selva nos quedamos estáticos aguardando el rugido del tigre que ha anunciado su venida con ese pequeño ruido. 

La tierra está apisonada profundamente por una huella que delata un enorme y estirado cuerpo.

Nos  es fácil imaginar las fauces, el ataque, el desgarramiento, la sangre, todo en un instante, dejándonos sin tiempo para conseguir que ingrese aire suficiente como para mantener nuestra vida.

 
Sucede que no estamos en la selva.

 Que nos hallamos en nuestra confortable sala, en un día cualquiera, que los tigres viven a leguas de distancia, en selvas que jamás pisaremos, que los tigres atacan animales que no se parecen en nada a nosotros.

Sin embargo,  nuestra mente necesita de un tigre, uno de bengala, brillante, lujoso, para representar al enemigo, al peligro, a lo desconocido. Cecilia Bustamante de Roggero.

viernes, 10 de febrero de 2012

Perros y gatos



Encuentro este texto sobre gatos y perros y sonrío. Siempre le estoy dando vueltas a eso de los perros y gatos.
Ayer leía que todos somos arañas y moscas a la vez, entonces somos también perros y gatos.

En mi casa siempre hemos tenido perros y nunca gatos, será por eso que los gatos me cautivan. Con el tiempo les he ido perdiendo el miedo y ahora los cargo, los acaricio y gozo con su ronroneo que me dice que disfruta sintiendo el subir y bajar de mi mano sobre su lomo.


Hay un momento en donde una se pregunta si somos lo que creímos ser o si habíamos equivocado el concepto.

Puedes pasarte la mitad de tu vida sintiéndote identificada con el perro, dócil, tierno, generoso, fiel, juguetón, alegre y realmente resultar ser distante, erizado, egoísta, autista, disconforme, loco, vagabundo.

Tengo un perro Fox Terrier que ve televisión. Si no lo creen pueden venir a verlo. Tiene programas favoritos. Adora los dibujos animados, los especiales sobre animales, sigue apasionadamente los partidos de tenis. Antes de ayer ante los chillidos de un chimpancé, mi fox terrier se acercó lo más que pudo al televisor, se paró en dos patas y trató de calmar al monito.
Entonces pensé en los pensamientos de mi perro tan diferentes a los pensamientos de los gatos.
Imagino una mente de gato libidinosa, con imágenes erotizantes, amigo de brujas, el gato está siempre cercano al placer, goloso.
Y también displicente. Nunca un gato servil. Nunca se le verá mendigando favores, humillándose para conseguir algo. El gato es.

El mejor amigo del hombre me persigue y se acomoda a mis pies. Sabe que soy su ama, y cambia su incondicionalidad por la seguridad de ser amado por mi.

Borges adoraba a su gato Bepo. ¿Bepo adoraba a Borges?
 









domingo, 7 de noviembre de 2010

Benjamin Menares, un personaje desconocido

por Cristián Warnken Jueves 28 de Octubre de 2010 Benjamín Menares
( Diario El Mercurio de Chile) Tú no lo conociste, lector; era uno de los guardias nocturnos de nuestra plaza, una pequeña plaza como otras en el mundo. No apareció en ningún titular de ningún diario ni en el noticiario central el día de su muerte. Porque no mató a nadie, porque no se ganó el Loto, ni maltrató a su mujer. ¿Cómo iba a ser noticia, entonces?
Era un ilustre desconocido como tantos millones que deambulan hoy por la ciudad. Pero su sonrisa nos iluminaba más que los faroles del alumbrado público cuando llegábamos en la noche a nuestras casas. Una sonrisa así no se olvida nunca, aunque sea la de un anónimo en la multitud, un don nadie.
¿Pero quién es "alguien", de verdad? ¿No somos todos unos "nadie", destinados a eclipsarnos en el anonimato de la muerte, más temprano o más tarde? Tras la paletada sobre un "alguien" o un "nadie", nos espera a todos el ineludible olvido. Para la mayoría de los que visitan nuestra plaza, él era un guardia más, un guardia sin rostro ni nombre. Un guardia del Delta 14: así se nombra en la jerga de las empresas de seguridad privada a los puntos de vigilancia de esta comuna. No puedo sacarme del alma su saludo cordial. Su sonrisa llena de dulzura me despierta en sueños. Lo veo venir a pedir agua caliente para hacerse el enésimo "cafecito" con los que capeaba las duras noches de invierno en esa estrecha casucha verde donde pernoctaba. Ahí tal vez sufrió de soledad y frío.
Supimos de su muerte tarde, un mes después. Ni nos percatamos de que no había vuelto, tan distraídos andamos por nuestras vidas satisfechas, ignorantes de las historias de tantos que cruzamos sin ver. ¿A cuántos no les haría falta una sonrisa así, a cuántos que, rodeados de rejas y alarmas y perros, no están protegidos del peligro peor de todos, el que hace más daño: el desamor y la falta de sentido? Don Benjamín regalaba su saludo y su sonrisa, sobre todo en las horas más difíciles, en mitad de la noche, que es cuando nos visitan nuestros peores monstruos y fantasmas.
Sándor Márai, el gran novelista húngaro, dijo que los personajes que más le emocionaban eran esos seres anónimos: el que clasifica las cartas en el correo, el mozo que te sirve un café, la señora que limpia los baños del hotel por donde pasaste, o sea todos los que hacen que funcione el mundo. La gran literatura rusa -Dostoyevski, Gogol, Chéjov- está llena de ellos. Es Akaky Akakievich, el infortunado personaje de "El capote". Es Benjamín Menares, el guardia nocturno de nuestra plaza, brillando como una estrella más entre millones de estrellas apagadas en la noche. El mundo cambiará cuando ellos sean titulares en los diarios, y no por un escándalo ni una epopeya o un chascarro: eso ocurrirá cuando nos interesemos de verdad en la luz propia que emana de ellos. El mundo no se cae a pedazos en este mismo instante porque hay muchos Benjamín Menares que lo cuidan -a lo mejor sin saberlo- en sus respectivos "deltas".
A todos nos fue dado cuidar un pedazo del mundo en el lugar que nos tocó nacer o estar. Pero no todos somos buenos guardias, no todos sonreímos como él en medio de la noche. Es fácil sonreír cuando se cuida el propio jardín, pero, ¿cuántos de nosotros llevamos una sonrisa al jardín y la plaza de los otros?
Una vez que termines de leer estas líneas, probablemente Benjamín Menares ya no existirá nunca más para ti. Será su minuto de gloria en una columna de un periódico, y luego lo borrarás del implacable disco duro que es nuestra frágil memoria. Así desaparece imperceptiblemente de nuestro precario campo de visión todo lo mínimo y crucial de lo que están tejidas nuestras vidas. Probablemente, al cabo de unos meses ya su sonrisa no me buscará en los intersticios de mi frágil recuerdo. Por eso, inscribo su nombre en esta página, como quien levanta una animita más en esta carretera que es la vida, y que cruzamos todas las noches a la velocidad del olvido.