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domingo, 27 de agosto de 2017

La rosa aparece tras el sueño



Borges nos recuerda el poema de Coleridge. A veces confundimos lo soñado con lo vivido. O es tan vívido el sueño que pódríamos jurar que ha sido cierto. Pero ¿Que tal si tuviéramos una prueba entre las manos una hermosa rosa. 






¿Y si durmieras?
¿Y si en sueños soñaras?
¿Y si, en el sueño, fueras al cielo y allí cogieras una extraña y hermosa flor?
¿Y si, al despertar, tuvieras esa flor en las manos?
Samuel Taylor Coleridge



 Coleridge

de Sueños




Del libro de los sueños de Jorge Luis Borges: 









Cortesía:
Soñé que el ciervo ileso pedía perdón al cazador frustrado. Nemer Ibn El Barud

sábado, 14 de junio de 2014

La Pantera, cuento de Sergio Pitol

¿Se repiten nuestros sueños? ¿Qué nos quieren decir? ¿Aprendemos algo de ellos? ¿Podemos comunicar el mundo del sueño con el mundo diurno? Sergio Pitol hace que nos planteemos estas preguntas con su cuento:

 

La pantera

 
Ninguna de las magias que atravesaron mi niñez puede equipararse con su aparición. Nada de lo hasta entonces concebido logró confundir tan soberbiamente refinamiento y bestialidad. En las noches siguientes imploré, divertido, al final impaciente, casi con lágrimas, su presencia. Mi madre repetía que de tanto jugar a los bandidos acabaría por soñarlos. En efecto, al término de unas vacaciones la persecución y la infamia, el coraje y la sangre frecuentaron mis noches. En esa época ir al cine se reducía a disfrutar una sola película con ligeras variantes de función en función: el tema invariable lo proporcionaba la ofensiva aliada contra las huestes del Eje. Una tarde de programa triple (en que con indecible deleite vimos llover obuses sobre un fantasmagórico Berlín donde edificios, vehículos, templos, rostros y palacios se diluían en una inmensa vertiente de fuego; épicos juramentos de amor, penumbra de refugios antiaéreos en un Londres de obeliscos rotos y grandes in muebles sin fachada, y el mechón de Verónica Lake resistiendo impasible la metralla nipona mientras un grupo de soldados heridos iba siendo evacuado de un rocoso islote del Pacífico) consiguió que por la noche el fragor de las balas se internara en mi cuarto y que una multitud de cuerpos despedazados y cráneos de enfermeras, me lanzaran sobresaltado a buscar amparo en la habitación de mis hermanos mayores.
Con plena conciencia de sus riesgos inventé juegos artificiosos que a nadie divertían. Remplacé el consuetudinario antagonismo entre policías y ladrones o el nuevo, y con sagrado por el uso y la moda, entre aliados y alemanes por el de otros fieros y extravagantes protagonistas. Juegos donde las panteras sorpresivamente atacaban una aldea, cacerías frenéticas donde las panteras aullaban de dolor y furia al ser atrapadas por cazadores implacables, combates encarniza dos entre panteras y caníbales. Pero ni ellos, ni la frecuencia con que leía libros de aventuras en la selva hicieron posible que la visión se repitiera.
Su imagen persistió durante una temporada que no debió ser muy larga. Con indiferencia fui comprobando que la figura se volvía cada vez más endeble, que mansamente se difuminaban sus rasgos. El flujo atropellado de olvidos y re cuerdos que es el tiempo anula la voluntad de fijar para siempre una sensación en la memoria. A veces me apremiaba la urgencia de escuchar el mensaje que mi torpeza le había impedido transmitir la noche de su aparición. Aquel bello, enorme animal cuya negrura brillante desafiaba la noche trazó un elegante rodeo en torno a la alcoba, caminó hacia mí, abrió las fauces, y, al observar el terror que tal movimiento me inspiraba, las volvió a cerrar agraviado. Salió de la misma nebulosa manera en que había aparecido. Durante días no cesé de echarme en cara mi falta de valor. Me reprochaba el haber podido imaginar que aquella hermosa bestia tuviese intenciones de devorarme. Su mirada era amable, suplicante, su hocico parecía dispuesto más que para el regusto de la sangre para la caricia y el juego.
Nuevas horas se ocuparon de sustituir a aquellas. Otros sueños eliminaron al que por tantos días había sido mi constante pasión. No sólo llegaron a parecerme tontos los juegos de panteras, sino también incomprensibles al no recordar con precisión la causa que los originaba. Pude volver a preparar mis lecciones, a esmerarme en el cultivo de la letra y en el apasionante manejo de colores y líneas.
Triviales, alegres, soeces, intensos, difusos, torpemente esperanzados, quebrados, engañosos y sombríos tuvieron que transcurrir veinte años para alcanzar la noche de ayer, en que sorpresivamente, como en medio de aquel bárbaro sueño infantil, volví a escuchar el jadeo de un animal que penetraba en la habitación contigua. Lo irracional que cabalga en nuestro interior adopta en determinados momentos un galope tan enloquecido que cobardemente tratamos de cobijarnos en ese mohoso conjunto de normas con que pretendemos reglamentar la existencia, en esos vacuos cánones con que intentamos detener el vuelo de nuestras in tuiciones más profundas. Así, aun dentro del sueño, traté de apelar a una explicación racional: argüí que el ruido lo producía la entrada del gato que a menudo llegaba a la cocina a dar cuenta de los desperdicios. Soñé que reconfortado por esa aclaración volvía a caer dormido para despertar poco después, al percibir con toda claridad, cerca de mí, su presencia. Frente al lecho, contemplándome con expresión de gozo, estaba ella. Pude recordar dentro del sueño la visión anterior. Los años transcurridos sólo habían logrado modificar el marco. Ya no existían los muebles pesados de madera oscura, ni el candil que pendía sobre mi cama; los muros eran otros, sólo mi expectación y la pantera se mantenían iguales: como si entre ambas noches hubiesen transcurrido apenas unos breves segundos. La alegría, con fundida con un leve temor, me penetró. Recordé minuciosamente los incidentes de la primera visita, y atento y azora do permanecí en espera de su mensaje.
Ninguna prisa atenazaba al animal. Se paseó frente a mí con paso lánguido, describiendo pequeños círculos; luego, con un breve salto alcanzó la chimenea, removió las cenizas con las garras delanteras y volvió al centro de la habitación; Me observó fijamente, abrió las fauces y al fin se decidió a hablar.
Todo lo que pudiera decir sobre la felicidad conocida en ese momento no haría sino empobrecerla. Mi destino se develaba de manera clarísima en las palabras de esa oscura divinidad. El sentimiento de júbilo alcanzó un grado de perfección intolerable. Imposible encontrarle parangón. Nada, ni siquiera uno de esos contados, efímeros instantes en que al conocer la dicha presentimos la eternidad, me pro dujo el efecto logrado por el mensaje.
La emoción me hizo despertar, la visión desapareció; no obstante permanecían vivas, como grabadas en hierro, aquellas proféticas palabras que inmediatamente escribí en una página hallada sobre el escritorio. Al volver a la cama, entre sueños, no podía dejar de saber que un enigma quedaba descifrado, el verdadero enigma, y que los obstáculos que habían hecho de mis días un tiempo sin horizontes se derrumbaban vencidos.
Sonó el despertador. Contemplé con regocijo la página en que estaban inscritas aquellas doce palabras esclarece doras. Dar un salto y leerlas hubiera sido el recurso más fácil. Tal inmediatez me parecía poco acorde con la solemnidad de la ocasión. En vez de ceder al deseo me dirigí al baño; me vestí lenta y cuidadosamente con forzada parsimonia; tomé una taza de café, después de lo cual, estremecido por un leve temblor, corrí a leer el mensaje.
Veinte años tardó en reaparecer la pantera. El asombro que en ambas ocasiones me produjo no puede ser gratuito. La parafernalia de que se revistió ese sueño no puede atribuirse a meras coincidencias. No; algo en su mirada, sobre todo en la voz, hacía suponer que no era la escueta imagen de un animal, sino la posibilidad de enlace con una fuerza y una inteligencia instaladas más allá de lo humano. Y, sin embargo, debo confesar que las palabras anotadas eran sólo una enumeración de sustantivos triviales y anodinos que no tenían ningún sentido. Por un momento dudé de mi cordura. Volví a leer cuidadosamente, a cambiar de sitio los vocablos como si se tratara de armar un rompecabezas. Uní todas las palabras en una sola, larguísima; estudié cada una de las sílabas. Invertí días y noches en minuciosas y estériles combinaciones filológicas. Nada logré poner en claro. Apenas la certeza de que los signos ocultos están Corroídos por la misma estulticia, el mismo caos, la misma incoherencia que padecen los hechos cotidianos.
Confío, sin embargo, en que algún día volverá la pantera.
[México, mayo de 1960]

domingo, 27 de abril de 2014

La creación por Eduardo Galeano

 
 (Salvador Dalí, La muerte de un nuevo hombre)
La mujer y el hombre soñaban que Dios los estaba soñando. Dios los soñaba mientras cantaba y agitaba sus maracas, envuelto en humo de tabaco, y se sentía feliz y también estremecido por la duda y el misterio.
Los indios makiritare saben que si dios sueña con comida, fructifica y da de comer. Si Dios sueña con la vida, nace y da nacimiento.
La mujer y el hombre soñaban que en el sueño de Dios aparecía un gran huevo brillante. Dentro del huevo, ellos cantaban y bailaban y armaban mucho alboroto, porque estaban locos de ganas de nacer. Soñaban que en el sueño de Dios la alegría era más fuerte que la duda y el misterio; y Dios, soñando creaba, y cantando decía:
Rompo este huevo y nace la mujer y nace el hombre. Y juntos vivirán y morirán. Pero nacerán nuevamente. Nacerán y volverán a morir y otra vez nacerán. Y nunca dejarán de nacer, porque la muerte es mentira.  Eduardo Galeano.
( del libro Memorias del fuego)

domingo, 29 de diciembre de 2013

Castillos en el aire


Castillos en el aire
(pequeño cuento mío 27/12/2013)

Desde siempre había soñado con poder habitar en alguno de esos castillos que flotaban en el aire. Bastaba con que se quedara quieta, inmóvil, con la vista puesta en las alturas, los ojos abiertos de par en par, sin un pestañeo, para que apareciesen los hermosos castillos con torres y murallas, almenas, foso y puertas levadizas, adornados con banderas, estandartes y escudos de colores intensos. Le gustaba contarse historias que sucedían en los castillos. Los reyes y los príncipes, los caballos blancos, los niños jugando a perderse en los jardines de laberintos, bañándose en las fuentes cubiertas de los más bellos nenúfares. De noche podía ver sus castillos brillantes compitiendo en belleza con las estrellas y la luna. ¿Cómo poder llegar a ellos?- Se preguntaba y hacía planes que iban deshaciéndose conforme llegaba el día. Debía contentarse con la pequeña cabaña, el sonido triste del arroyo, la soledad de sus días y sus noches. Imaginaba escaleras infinitas, árboles que crecían hasta aquellas nubes que pasaban suaves empujadas por el viento, que amanecería un día con alas, que la llevarían suspendida un grupo de pájaros rojos.
Sucedió una tarde cuando casi se acababa el día, la niña miraba sus castillos, había aprendido a recorrerlos con la mirada, jugaba en los pasadizos y se asomaba en su almena favorita, le gustaba la dulce fragancia de sus nenúfares tan blancos como azucenas impregnadas de marfil, cuando notó que los castillos empezaron a descender, lentamente iban bajando, acercándose, creciendo en tamaño y perfección, como si se tratase de una nave que llegaba a tierra, entonces pudo ver la sonrisa del rey y la de la reina y las piruetas de los príncipes, sus amables gestos invitándola a levantarse, dar pequeños pasos y entrar al fin a su ansiado sueño.


domingo, 1 de diciembre de 2013

Sueños y desvelos

El martes pasado hablamos acerca de los sueños en ABRA nuestro taller. Leímos los sueños de Sergio Pitol y de Manuel Vicent y hablamos acerca de los nuestros. Acá entrego un texto mío que pertenece a un grupo que llamo "Pequeños textos", que habla de sueños y desvelos míos y de mi familia.



De sueños y desvelos ( de Pequeños textos) Inédito

"Cierra bien la puerta, hermano, dice la vieja canción de cuna, cierra bien la puerta hermano, será larga la noche."

Amanezco como si hubiera sobrevivido a una batalla: el pelo revuelto, el dolor en la espalda, la mirada extraviada, ese cansancio de siglos, si me preguntan algo no consigo articular palabra ni expresar aquello que deseo como si todavía no perteneciese a este mundo, como si aún tuviese que obedecer otras reglas, comunicarme en otro lenguaje, aceptar otras dimensiones. La noche sin duda ha sido larga.

&
Mi madre se desvelaba por las noches. En la oscuridad de su dormitorio convertía sus problemas en seres fantásticos. Alfiles y caballos de ajedrez vestidos de etiqueta, unos de blanco y otros de negro danzaban para ella una danza de muerte, se acercaban y alejaban ante sus ojos caballeros medievales con las bocas apretadas como si estuviesen cosidas se enfrentaban en una batalla en donde intentaban atravesarse con espadas de doble filo. Como si la hubiesen herido con la punta de una de las espadas, como si estuviese desangrándose, mi madre se despertaba en medio de la noche y rompía el silencio con un quejido que nos hacía acordar a los animales atrapados, sin escapatoria.
Mi padre la calmaba, escuchaba con paciencia los problemas que la atormentaban tratando de dar solución aunque sea aparente, a todos ellos. Aliviada mi madre recostaba la cabeza en la almohada y pronto dormía con aire feliz, como si estuviese asomada a la ventana de un tren. Si alguien la hubiese observado con detenimiento, hubiese podido ver en su rostro el paisaje que la llenaba de gozo.
Mientras, mi padre agobiado con los problemas trasladados por mi madre, sometido a esa ley que regía en su habitación: existía capacidad para que solo uno pudiese soñar, se disponía a presenciar la batalla, los caballos y los alfiles blancos y negros con las bocas cerradas herméticas, decididos a cruzar el cuerpo enemigo con la espada que mata.




&

Cada paso que intento dar en mi sueño demora y mi imagen queda congelada mientras desde lo alto alcanzo a ver mis alargadas piernas que cruzan una ciudad entera temiendo aplastar a sus liliputienses habitantes, como esa ilustración que recuerdo de ese gato que caminó siete leguas enfundado en botas rojas.

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Una noche tras despertar a mi padre le anuncié que en esos instantes una tropa de soldados hacía añicos los vidrios de las ventanas de los altos de nuestra casa produciendo un estruendo que me aterrorizaba.
¿No escuchas los aviones que vienen dispuestos a bombardearnos Le pregunté.
Sin perder la seriedad, entre dormido y despierto, mi padre me respondió:
No te preocupes, ponte el casco y sigue luchando.
Corrí obediente a mi cama dispuesta a encasquetarme Y enfrentar la invasión de esos extraños , que si no se los detenía, llegarían otra vez hasta Cajamarca, causando iguales desgracias que las que mi abuela había relatado con ese tono terrible de voz que de más niña me había impresionado hasta las lágrimas al explicar los sufrimientos que había vivido durante la guerra con un país vecino-
Una vez en mi cama intenté inútilmente dormir ansiosa de representar mi papel de heroína de la patria. Al rato en la oscuridad de mi habitación pude ver la danza de los alfiles y caballos guerreros que ante mis asombrados ojos se desgarraban destrozándose.

domingo, 21 de abril de 2013

Nuestra otra vida

Algo que nos hace mucha falta es dormir así tan plácidamente y poder entrar en ese mundo en donde todo es posible, en donde existen tus personajes que se transforman y flotan para que recuperes la fuerza. Esa otra vida, la que sucede en nuestros sueños.

jueves, 18 de junio de 2009

Ansia de Volar





Al ver esta fotografía de Jazmín y Aladino para una película e Disney, hecha por la famosa Annie Leibovitz se me viene no solo a la mente sino a todo el cuerpo las ganas que tenía de chica de poder volar.
Ahora mismo, de solo pensarlo mi cuerpo se tira un poco hacia adelante como acomodándose, y los brazos quieren lanzarse hacia adelante y el pie dar un pequeño impulso separándome del suelo para estar ahí, elevada, flotando, mirando el mundo desde una distancia que me permita gozar de soledad y dicha entre los vientos que me llevan al país de Nunca Jamás.
Volaban nuestros héroes de la infancia, Peter Pan y Campanita lo hacían hacia la isla de los niños perdidos. (Yo tenía un disco que ponía una y otra vez para meterme en esa bella historia y ser una más de aquel grupo que atravesaba los aires invadidos de levedad.)
Volaba Superman, ese sí que lo hacía a una velocidad supersónica y con su mirada capaz de cruzar enormes distancias velaba por el bien y la justicia. Batman y Robin no me gustaban mucho, me parecía que sus aventuras eran más para hombres y había un personaje que encarnaba el mal que seguro me asustaba.

Los cuentos de las 1001 noches incluían los de Aladino. Volar en alfombra voladora era perfecto, la suavidad y protección permitían que volásemos sin hacer ningún esfuerzo, de pie o echados íbamos avanzando hacia nuestro destino.
También Ciro Paraloca amigo del Pato Donaldque podía volar impulsado por una hélice me encantaba.
Más tarde, durante el período en el que las monjas querían hacernos santas nos llevó a la idea de Levitar. Sin buenos resultados, permanecíamos de rodillas por horas con el ojo puesto en el suelo a ver si conseguíamos lo que hacían los yoguis o los santos.
Entonces para cumplir el deseo de ser picaflor , de tener alas que poder batir, ser mariposa o gaviota, sólo quedaba volar durante el sueño. Alguien me dijo que soñar con volar era un síntoma de anhelar crecer, pero para mí sólo era la posibilidad de acceder a un espacio que mi falta de alas y la gravedad que se me había impuesto al nacer, me lo impedían.


Volar fue en mí un sueño recurrente, siempre estaba rodeada de personas en el campo o en un jardín y yo les confesaba que podía volar. Ellas se burlaban de mí, no me creían y yo intentaba mover los brazos y tirarme de la pequeña colina pero caía de bruces y los demás reían. Tras varios intentos conseguía elevarme y mi satisfacción era tal que hasta ahora recuerdo la sonrisa en mi cara y mi energía que cruzaba el viento para ir más allá.
Las películas que cuentan la vida de hombres tercos que insistían en volar fabricando complicados artefactos con alas, con fuego, a pesar del normal fracaso de estos héroes precursores del avión me deslumbran. El amor al arte se extendió en Leonardo Da Vinci hasta sus dibujos de máquinas voladoras tras haber estudiado con minuciosidad las alas de las aves.






Volar en avión no es lo mismo. Ahora hay el ala delta y los paapentes a los que no he subido y a pesar de mis deseos, temo.




El mito de Icaro recrea estas ansias de volar. Volar para escapar, para perderse, para dejar de ser lo que uno es, para abandonar el laberinto y tener otra vez el mundo abierto, limpio, como para volver a escribirlo.





De la mitología griega:






Ícaro es hijo del arquitecto Dédalo, constructor del laberinto de Creta, y de una esclava. Fue encarcelado junto a él en una torre de Creta por el rey de la isla, Minos.
Dédalo consiguió escapar de su prisión, pero no podía abandonar la isla por mar, ya que el rey mantenía una estrecha vigilancia sobre todos los veleros, y no permitía que ninguno navegase sin ser cuidadosamente registrado. Dado que Minos controlaba la tierra y el mar, Dédalo se puso a trabajar para fabricar alas para él y su joven hijo Ícaro. Enlazó plumas entre sí empezando por las más pequeñas y añadiendo otras cada vez más largas, para formar así una superficie mayor. Aseguró las más grandes con hilo y las más pequeñas con cera, y le dio al conjunto la suave curvatura de las alas de un pájaro. Ícaro, su hijo, observaba a su padre y a veces corría a recoger del suelo las plumas que el viento se había llevado, y tomando cera la trabajaba con su dedos, entorpeciendo con sus juegos la labor de su padre.
Cuando al fin terminó el trabajo, Dédalo batió sus alas y se halló subiendo y suspendido en el aire. Equipó entonces a su hijo de la misma manera, y le enseñó cómo volar. Cuando ambos estuvieron preparados para volar, Dédalo advirtió a Ícaro que no volase demasiado alto porque el calor del sol derretiría la cera, ni demasiado bajo porque la espuma del mar mojaría las alas y no podría volar. Entonces padre e hijo echaron a volar.
Pasaron Samos, Delos y Lebintos, y entonces el muchacho comenzó a ascender como si quisiese llegar al paraíso. El ardiente sol ablandó la cera que mantenía unidas las plumas y éstas se despegaron. Ícaro agitó sus brazos, pero no quedaban suficientes plumas para sostenerlo en el aire y cayó al mar. Su padre lloró y lamentando amargamente sus artes, llamó a la tierra cercana al lugar del mar en el que Ícaro había caído Icaria en su memoria. Dédalo llegó sano y salvo a Sicilia bajo el cuidado del rey Cócalo, donde construyó un templo a Apolo en el que colgó sus alas como ofrenda al dios.( Wikipedia)