De todos los árboles, que eran cientos, de todos los rincones del inmenso parque que era el mas grande parque que uno puede imaginar Luciano escogió ese árbol y ese rincón y se sentó entre las raíces y se abstrajo del mundo. Más allá un grupo de niños aprendía con un entrenador los juegos de los mayores y yo quise que se acercase a ellos, pero el permaneció entre las raíces ensimismado, dichoso, como si ese fuese su lugar, como si lo conociese. Con un pequeño bastón de madera estuvo jugando, recogiendo semillas, pronunciando palabras de su lenguaje todavía difícil de entender. Violeta y yo nos acercamos y encontramos nuestro sitio entre las raíces, el árbol era muy alto, pero lo que de verdad importaba eran las hermosas raíces crecidas durante tantos años. Pensé que el árbol podía ser un barco y que los tres partiríamos sobre sus raíces y que el árbol-barco podría llevarnos hasta París. Entonces pensé que también podría ser un árbol volador, que en cualquier momento, se desprendería para volar por el aire llevándonos entre sus raíces, flotando sobre las nubes hasta llegar a New York.
Desde Lima, un relámpago de azul-cielo o azul-mar en nuestra mente o en nuestro corazón que ansían la belleza. Cuentos, poesía, música, cine, reflexiones, teatro, viajes, fotografía, entrevistas, danza y más.
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domingo, 5 de julio de 2015
Luciano sobre raíces
De todos los árboles, que eran cientos, de todos los rincones del inmenso parque que era el mas grande parque que uno puede imaginar Luciano escogió ese árbol y ese rincón y se sentó entre las raíces y se abstrajo del mundo. Más allá un grupo de niños aprendía con un entrenador los juegos de los mayores y yo quise que se acercase a ellos, pero el permaneció entre las raíces ensimismado, dichoso, como si ese fuese su lugar, como si lo conociese. Con un pequeño bastón de madera estuvo jugando, recogiendo semillas, pronunciando palabras de su lenguaje todavía difícil de entender. Violeta y yo nos acercamos y encontramos nuestro sitio entre las raíces, el árbol era muy alto, pero lo que de verdad importaba eran las hermosas raíces crecidas durante tantos años. Pensé que el árbol podía ser un barco y que los tres partiríamos sobre sus raíces y que el árbol-barco podría llevarnos hasta París. Entonces pensé que también podría ser un árbol volador, que en cualquier momento, se desprendería para volar por el aire llevándonos entre sus raíces, flotando sobre las nubes hasta llegar a New York.
viernes, 3 de enero de 2014
El niño al que se le murió el amigo
El niño al que se le murió el amigo (Imagen de Gabriel Pacheco)
Ana María Matute
Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:
-El amigo se murió.
-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.
El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.
-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.
Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.
Ana María Matute
Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:
-El amigo se murió.
-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.
El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.
-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.
Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.
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