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jueves, 13 de julio de 2017

Frases de Osamu Dazai





 
"Oh, quisiera escribirlo todo, volcarlo todo, sin guardar nada." 

"La adicción es tal vez una enfermedad del espíritu."

"Ahora no tengo ni la felicidad ni la infelicidad. Todo pasa. Eso es lo único que creo que es verdad en la sociedad de los seres humanos."

"Las flores de loto que crecían ahí habían empezado a marchitarse; sus truculentas carcasas atrapadas entre tallos alargados y vencidos, las estúpidas caras de la gente con una expresión de agotamiento total, todo brotaba al frescor de la tarde y me llevaba a pensar que el fin del mundo debía de andar cerca." 
" Si tenemos derecho a vivir, tenemos derecho a morir." 

Me pregunto si soy feliz. Desde pequeño me han dicho muchas veces que soy afortunado; pero mis recuerdos son de haber vivido en el infierno.

Creía en el infierno, pero me costaba mucho creer en el cielo. 

 Pese a que temía tanto a la gente, al parecer era incapaz de renunciar a ella.








Sin ánimo de amar


Al borde de los cuarenta años logró concretar el gran anhelado objetivo de terminar con su vida. Osamu Dazai se arrojó al río atado a una mujer con una cinta roja, en 1948. Dejaba una obra singular, frenética y no bien vista por algunos maestros como Tanizaki y Kawabata, sobre todo, Indigno de ser humano, y también sus cuentos narrados por voces femeninas. Un relámpago que en la línea de Akutagawa atravesó con energía frenética la literatura japonesa.
 Por Juan Forn

Hacía un tiempo largo que no leía a un japonés que me moviera el amperímetro, ya me estaba cansando del minimalismo hierático cuando metí los dedos en ese enchufe llamado Osamu Dazai y recibí la descarga eléctrica que andaba añorando. Siempre que un autor o un libro me produce ese efecto, trato de descubrir dónde empezó a existir exactamente, y en el caso de Dazai fueron estas frases: “El antónimo de negro es blanco. Pero el antónimo de blanco es rojo, y el de rojo es negro. Podría seguir: el antónimo de delito sería miel, quizás” (en japonés, delito se dice tsumi y miel se dice mitsu). “Pero entonces me acordé de crimen y castigo, y supe que Dostoievski colocó juntas esas palabras no como sinónimos ni consecuencias, sino como antónimos: como el hielo y el carbón”.
Osamu Dazai era un forúnculo en la literatura japonesa. Tanizaki tenía prohibido que se lo mencionara en su presencia. Mishima dijo de él: “Por supuesto que soy capaz de identificar el talento de Dazai: él dejaba la piel por mostrar precisamente aquello que yo pretendía ocultar” (las malas lenguas dicen que Mishima escribió Confesiones de una máscara bajo el influjo de la obra maestra de Dazai: Indigno de ser humano). Incluso el benigno Kawabata dijo: “Siento profundo desdén por su viciosa materia literaria” y se negó a conceder al joven Dazai el premio Akutagawa (que coronaba una vez por década al mejor escritor japonés menor de treinta años). Dazai se limitó a contestarle públicamente: “Por lo general las personas no muestran su terrible naturaleza, pero son como una vaca pastando tranquila que de repente levanta la cola y descarga un latigazo sobre el tábano”.
Dazai era una rara clase de tábano. La palabra que mejor lo define seguramente es paria: el que siente que nació distinto a su clase, a su familia, a su entorno. El que siente la estafa esencial: que todo se puede actuar, y se pregunta si los demás pensarán así, y comprende que los demás también actúan, pero no saben -o se niegan a saber - que actúan. “Mi idea de alguien respetado consistía en una persona que había logrado engañar casi a la perfección a los demás. Yo, en cambio, había evitado con éxito que me respetaran”. ¿Cómo lo hizo? Con cuatro intentos de suicidios y un tenko. El primero fue a los diecisiete años, cuando aún estudiaba en el instituto (sobredosis de barbitúricos; no tomó los suficientes; sobrevivió y se graduó). El segundo fue dos años más tarde: su padre lo había desheredado por su vínculo con una geisha de bajo rango, él hizo un pacto suicida y se arrojó a las aguas de la bahía de Kamakura tomado de la mano de una mujer. La mujer no era aquella geisha. La mujer se ahogó, él fue rescatado por unos pescadores. “Desde que saltamos al agua hasta el último minuto creo que pensábamos en asuntos totalmente diferentes”, escribió después.
El tercer intento fue en 1933, luego de afiliarse a una célula clandestina del partido comunista. Más que los objetivos de aquel grupo político, lo atrajo el ambiente: “Ya conocía el alcohol, el tabaco, las prostitutas y las casas de empeño. El pensamiento de izquierda quizá parezca una combinación un poco rara con todo eso, pero yo le veía algo en común: me hacía sentir a salvo. Mis compañeros no lo veían así. Me daban ganas de decirles que yo no tenía nada que ver con ellos y escapar, pero como no me parecía digno, opté por matarme”. Esta vez decidió colgarse de una viga, pero despertó vivo: la policía lo había salvado y encarcelado, para que realizara su tenko, o “cambio de rumbo”, una práctica habitual en aquellos tiempos militaristas de Japón, que consistía en hacer una confesión y rechazo público de las ideas de izquierda. Según Dazai, aquel tenko fue su obra inaugural y su última voluntad. A la familia no le pareció suficiente y lo internó, primero en un hospital para tuberculosos y, cuando se hizo adicto a la morfina, en un psiquiátrico, donde se desgarraba la ropa y escribía en ella cartas que comenzaban invariablemente “Maldita esposa mía” (la idea la había tomado de una dama que, luego del segundo intento de suicidio de Dazai, le escribió cincuenta tankas, que comenzaban todos con el verso “Vive por mí”).
Dazai enfurecía a los puristas porque practicó toda su vida una rara clase de literatura del yo, o shishosetsu, género de larga prosapia en las letras japonesas. Se lo acusaba indistintamente de no ser fiel cronista de su propia biografía y también de no inventar nada, de enmascararse en sus personajes (en sus formidables cuentos narrados en primera persona por mujeres) y de carecer de personajes. Nadie fue más descarada y elegíacamente egocéntrico que él, y sin embargo las mujeres, los jóvenes y los descastados de Japón sienten hasta el día de hoy que habla de ellos. Lo que pasa con Dazai es que a algunos japoneses no les gusta lo que les muestra el espejo. En un cuento formidable en que hace hablar a un billete (sí, a un billete: money talks), para contar la historia de su país antes y después de la guerra, Dazai escribe: “Por aquel tiempo Japón se abandonó a la desesperación. Imagino que se podrán hacer a la idea de por qué tipo de manos pasé, por qué razón y qué clase de crueles conversaciones escuché mientras me intercambiaban, así que no voy a entrar en detalles”. En un cuento escrito en primera persona por una colegiala, le hace decir: “En mi corazón deseé que te ocurriera alguna desgracia, por tu bien”. Por su novela Shayo (traducida primero como El sol que declina y después como El ocaso), los japoneses comenzaron a usar esa palabra como sinónimo de miembro de la aristocracia que perdía sus privilegios.
Fueron legión las mujeres que lo amaron, que quisieron rescatarlo. Una de ellas dijo de él que hasta la felicidad le hería, como el algodón, y por eso se apresuraba a apartarse de ella antes de resultar herido. En una hermosa estampa que dejó de él su maestro y único protector, Masuji Ibuse, lo describe de la siguiente manera: “Allí estaba, tendido en el tatami, con la mejilla apoyada en la palma de la mano como si le doliera una muela y sin disimular en lo más mínimo su sombrío estado de ánimo, ese peculiar estado de ánimo, como si tuviera el cráneo lleno de vidrios rotos”.
Bebía, desde la mañana, shochu (el aguardiente más barato, conocido en la noche tokiota como matarratas) porque decía que eliminaba los microbios. “Bebía tanto como para tomar un baño, después me hacía unas caricias surgidas del infierno y después caía en un sueño fulminante”, dice en otro cuento con voz de mujer. No llegó a cumplir los treinta y nueve años: luego del cuarto intento, otra vez con pastillas, esta vez con su esposa (“Como hermanos, marchamos a Minakami. La misma noche de nuestra llegada lo hicimos. Sin embargo, a la mañana siguiente, Hatsuyo despertó. Yo también. Había vuelto a fallar”), logró por fin tener éxito: se arrojó al río Tama con una peluquera, atados uno al otro con un cinturón rojo. Sus cuerpos aparecieron, aún atados, seis días después, el 19 de junio de 1948, día de su cumpleaños.
El libro a leer de Dazai es, sin duda, Indigno de ser humano. Como El extranjero de Camus, como El santo bebedor de Roth, como Crónica de mi familia de Pratolini, como Los adioses de Onetti, es uno de esos libros que tocan un nervio instantáneo y que a la vez (descubrimos después) son mecanismos de relojería: se los puede estudiar escena por escena. De ahí aconsejo pasar a Colegiala, sus cuentos en voz de mujer. Después pueden seguir por donde quieran, y hay de sobra, pero con eso ya habrán sufrido en todo su esplendor esa descarga eléctrica llamada Osamu Dazai. Del diario El Pais


domingo, 17 de julio de 2016

Un cuento para cada martes.

Un cuento para cada martes.
Las personas, algunas, nos buscamos una tarea y nos la imponemos durante largos períodos de nuestra vida.  Desde hace muchos años debo escoger al menos un cuento para trabajarlo en nuestro taller de lectura.  No se trata de un cuento cualquiera, debe capturar la atención de todos los participantes, debe ser entretenido, debe despertar nuestra curiosidad, debe poder hacernos reflexionar sobre las actitudes de los seres humanos enfrentados a diferentes estímulos o situaciones.  Este martes escogí un cuento de Haruki Murakami, escritor contemporáneo japonés, de su libro “El elefante desaparece” de reciente publicación. El cuento se llama” Nuevo ataque a la panadería”, y tiene como tema: el hambre.

Lo primero que hicimos en el taller fue hablar del Hambre en general, de nuestra hambre, si alguna vez lo habíamos sentido, en qué intensidad. Una de las participantes confesó que tiene hambre permanentemente y que piensa en comida todo el tiempo.
Luego hablamos de otras clases de hambre, de ese que inhabilita, que impide hacer cualquier otra cosa, pensar, crear, soñar. Leímos algunos textos, uno de ellos  nos dijo que un sexto de nuestra población mundial se muere de hambre y que daría la impresión de que estamos sumidos en un estado primitivo de desarrollo, que apenas hemos salido de la barbarie, que somos una civilización inferior.  El hambre, según Neruda, sería la medida del hombre.
El poeta Miguel Hernandez nos dice que el hambre es el primero de nuestros conocimientos. El niño llora pidiendo alimento a su madre.
Quien ha pasado hambre de niño, estará dañado de por vida, aseguramos, siempre tendrá temor de regresar a ese estado en el que se siente tanto el vacío, el  incendio del hambre.
Tener hambre es como tenazas,
Es como muerden los cangrejos,
Quema, quema, y no tiene fuego,
El hambre es un incendio frío. Pablo Neruda
Aquellos que tienen hambre pueden convertirse en peligrosos, desaparecen los límites, el conocimiento del bien y del mal.


“El hambre sigue al hombre como la sombra al cuerpo, y no hay esperanza de pan, ¡no la hay! El hambre ha borrado las facciones humanas; la gente no vive, se pudre en una miseria irremediable..." La Madre Máximo Gorki. ¿Cómo será verdaderamente sentir hambre?
Entonces llegamos a Knut Hamsun, escritor sueco, premio nobel de literatura en 1920 que escribiera un libro al que llamó “Hambre”. Lo curioso de su personaje es que a pesar de encontrarse en la peor de las miserias sigue manteniendo ideales y cordura.  Un personaje que masca madera para calmar el hambre como quien masca papel mojado o come galletas de barro.
De India Caida en el Mercado de Joaquín Pasos, poeta nicaragüense.
Ella se desmayó, la desmayaron.
Al lavarle el estómago los médicos
lo encontraron vacío, lleno de hambre,
de hambre y de misterio.
Hablamos del canibalismo, de la glotonería, de la fama que tiene nuestro país por su buena comida. Quedando todavía mucho más por hablar: los que no comen, los que no dejan comer.



Entramos por fin al texto elegido y Murakami nos acercó a una pareja de recién casados que se despierta entrada la noche con un hambre desesperado.  El texto es reflexivo y divertido, nos lleva a la acción obedeciendo una lógica original. Vemos el dominio de uno de los miembros de la pareja, los secretos guardados, el trabajo en equipo. El autor inventa propósitos a los personajes, ideas fijas que los hará moverse y cometer actos como los que nunca habían soñado.  Como no trabajan, no tienen pan y deberán robarlo pero la vida más bien le ofrece cambiarle su atención a la música (Wagner)  por el pan.  Entonces surge la maldición que habrá que romper con un nuevo asalto. Entonces se convierten en ladrones que someten a sus víctimas y con ello logran desaparecer ese hambre que parecía querer acompañarlos hasta la eternidad. Murakami intercala en su texto el mundo de la imaginación y el mundo de los sueños.  El hambre como situación límite, como detonante de historias y de acciones, como develamiento de la verdadera personalidad de los personajes. 

El tatuador de Tanizaqui

"Shisei (El tatuador / 1910)":

Era aquella una época en la que los hombres rendían culto a la noble virtud de la frivolidad, en la que la vida no era la áspera lucha que es hoy. Eran tiempos de ocio, tiempos en que los ingeniosos profesionales podían ganarse la vida sobradamente si conservaban radiante el buen humor de los caballeros ricos o bien nacidos y si cuidaban de que la risa de las damas de la Corte y de las gheisas no se extinguiese nunca. En las novelas románticas, ilustradas, de la época, en el teatro Kabuki, donde los rudo héroes masculinos como Sadakuro y Jiraiya eran transformados en mujeres, en todas partes, la hermosura y la fuerza eran una sola cosa. Las gentes hacían cuanto podían por embellecerse y algunos llegaban a inyectarse pigmentos en su preciosa piel. En el cuerpo de los hombres bailaban alegres dibujos de líneas y colores.

Los visitantes de los barrios de placer de Edo preferían alquilar portadores de palanquín que estuviesen tatuados espléndidamente. Entre los que se adornaban de este modo no sólo se contaban jugadores, bomberos y gente semejante sino miembros de la clase mercantil y hasta samurais. De vez en cuando se celebraban exposiciones y los participantes se desnudaban para mostrar sus afiligranados cuerpos, se los palmoteaban orgullosamente, presumían de la novedad de sus dibujos y criticaban los méritos de los ajenos.

Hubo un joven tatuador excepcionalmente hábil llamado Seikichi. En todas partes se le elogiaba como a un maestro de la talla de Caribun o Yatsuhei y docenas de hombre le habían ofrecido su piel como seda para sus pinceles. Gran parte de las obras que se admiraban en las exposiciones de tatuajes eran suyas. Había quienes podían destacarse más en el sombreado o en el uso de cinabrio, pero Seikichi era famoso por el vigor sin igual y el encanto sensual de su arte.

Seikichi se había ganado anteriormente el pan como pinto ukiyoke de las escuela de Tokoyuni y Kunisada y, a pesar de haber descendido a la condición de tatuador, su pasado era visible en su consciencia artística y su sensibilidad. Nadie cuya piel o cuyo aspecto físico no fuese de su agrado lograba comprar sus servicios. Los clientes que aceptaban tenían que dejar coste y diseño enteramente a su discreción y habían de sufrir durante un mes o incluso dos, el dolor atroz de sus agujas.

En lo profundo de su corazón, el joven tatuador ocultaba un placer y un secreto deseo. Su placer residía en la agonía que sentían los hombres al irles introduciendo las agujas, torturando sus carnes hinchadas, rojas de sangre: y cuanto más alto se quejaban más agudo era el extraño deleite de Seikichi. El sombreado y el abermejado, que se dice que son particularmente dolorosos, eran las técnicas con las que más disfrutaba.

Cuando un hombre había sido punzado quinientas o seiscientas veces, en el transcurso de un tratamiento diario normal, y había sido sumergido en un baño caliente para hacer brotar los colores, se desplomaba medio muerto a los pies de Seikichi. Pero Seikichi bajaba su mirada hacia él, fríamente. "Parece que duele", observaba con aire satisfecho.

Siempre que un individuo flojo aullaba de dolor o apretaba los dientes o torcía la boca como si estuviese muriéndose, Seikichi le decía: "No sea usted niño. Conténgase usted: ¡no ha hecho más que empezar a sentir mis agujas!" Y continuaba tatuándole, tan imperturbable como siempre, mirando de vez en cuando, de reojo, el rostro bañado en lágrimas del cliente.

Pero a veces, una persona de excepcional fortaleza encajaba las mandíbulas y aguantaba estoicamente sin permitirse ni un gesto. Entonces, Seikichi se sonreía y decía: "¡Ah, es usted hombre porfiado! Pero espérese. Pronto le empezará a temblar el cuerpo de dolor. Dudo que sea capaz de soportarlo…"

Durante mucho tiempo, Seikichi acarició el deseo de crear una obra maestra en la piel de una mujer hermosa. Semejante mujer habría de reunir tantas perfecciones de carácter como físicas. Un rostro encantador y un hermoso cuerpo no le habrían satisfecho. Aunque inspeccionaba cuantas bellezas reinaban en los alegres barrios de Edo, no encontró ninguna que satisficiese sus exigentes pretensiones. Transcurrieron varios años sin encontrarla y el rostro y la figura de la mujer perfecta continuaban obsesionándole. Pero no quiso perder la esperanza.

Una tarde de verano, durante el cuarto año de búsqueda, sucedió que Seikichi, al pasar por el restaurante Hirasei, en el distrito Fukagawa de Edo, no lejos de su casa, vio un pie desnudo de mujer, blanco como la leche, asomando por entre las cortinas de un palanquín que estaba partiendo. Para su experta mirada, un pie humano era tan expresivo como un rostro. Aquél era el colmo de la perfección. Dedos exquisitamente cincelados, uñas como las iridiscentes conchas del acantilado de Enoshima, bañada en las límpidas aguas de un manantial de montaña: se trataba, en fin, de un pie digno de ser nutrido por la sangre de los hombres, de un pie hecho para pisotear sus cuerpos. Seguramente, aquél era el pie de la única mujer que durante tanto tiempo, se le había ocultado. Ansioso por vislumbrar su cara, Seikichi empezó a seguir al palanquín. Pero, tras perseguirlo por callejuelas y avenidas, lo perdió por completo de vista.

El deseo de Seikichi, durante tanto tiempo contenido, se convirtió en amor apasionado. Una mañana, ya muy entrada la primavera siguiente, se encontraba en el balcón, adornado por los bambúes floridos, de su casa de Fukagawa contemplando una maceta de lirios omoto, cuando oyó a alguien junto a la puerta de su jardín. Por la esquina del seto interior apareció una muchacha. Le llevaba un recado de una amiga suya, gheisa del cercano barrio de Tatsumi.

- Mi ama me ha dicho que le entregue esta capa y dice que si tendría la amabilidad de decorar el forro - dijo la muchacha. Desató un paquete de ropa color azafrán y saco una capa de seda, de mujer (envuelta en un pliego de papel grueso en el que estaba impreso un retrato del actor Tojako), y una carta.

La carta repetía su amistosa petición y continuaba diciendo que su portadora empezaría pronto la carrera de gheisa bajo su protección. Esperaba que, sin echar en olvido los viejos vínculos, extendiese su protección a esta muchacha.

- Creo que es la primera vez que e veo - dijo Seikichi escrutándola con insistencia. Parecía no tener más de quince o dieciséis años, pero su rostro mostraba una belleza extrañamente madura, un aspecto de experiencia, como si ya hubiese pasado varios años en el alegre barrio y hubiese fascinado a incontables hombres. Su belleza reflejaba los sueños de generaciones de hombres y mujeres seductores que habían vivido y muerto en la vasta capital donde estaban concentrados los pecados y las riquezas de todo el país.

Seikichi le ofreció asiento en el balcón y estudió sus delicados pies, desnudos salvo unas elegantes sandalias de paja.

- Tu saliste del palanquín del Hirasei una noche de julio pasado, ¿no es cierto? - le preguntó.

- Supongo que sí - contestó ella, sonriendo ante la extraña pregunta -. Mi padre vivía todavía y me llevaba con frecuencia allí.

- Te he estado esperando durante cinco años. Es la primera vez que te veo la cara, pero recuerdo tu pie… Acércate un momento, tengo que enseñarte una cosa.

Ella se había puesto en pie para irse, pero la cogió de la mano y la condujo arriba, al estudio que daba a la orilla del río. Entonces sacó dos kakemonos y desenrolló uno ante ella.

Era una pintura de una princesa china, la favorita del cruel Emperador Chu de la dinastia Shang. Estaba apoyada en una balaustrada, en postura lánguida, la larga falda de su vestido de brocado floreado caía hasta la mitad de un tramo de escalones, su esbelto cuerpo soportaba con dificultad el peso de una corona de oro tachonado de coral y lapislázuli. Llevaba en la mano derecha una ancha copa de vino que inclinaba hacia los labios mientras contemplaba a un hombre que era conducido a la tortura en el jardín de abajo. Tenía las manos y los pies encadenados a un pilar hueco de cobre en cuyo interior iban a echar un fuego. La princesa y su víctima, la cabeza inclinada ante ella, los ojos cerrados, dispuestos a aceptar su destino, estaban representados con terrorífica verosimilitud.

Mientras la muchacha contemplaba la extraña pintura, sus labios temblaron y los ojos empezaron a chispearle. Poco a poco su faz fue adquiriendo una curiosa semejanza con la de la princesa. En la pintura, descubrió su yo secreto.

- Tus propios sentimiento están revelados aquí - le dijo Seikichi, complacido, mientras la miraba al rostro.

- ¿Por qué me muestras una cosa tan horrible? - preguntó la muchacha, mirándole. Se había puesto pálida.

- La mujer eres tú. Su sangre corre por tus venas. Después, extendió el otro kakemono.

Era éste una pintura titulada "Las Víctimas". En medio de ella, una joven estaba en pie apoyada al tronco de un cerezo: gozaba contemplando un montón de cadáveres de hombres que yacían a sus pies. Unos pajarillos trinaban sobre ella, cantando triunfalmente; sus ojos irradiaban orgullo y gozo. ¿Era un campo de batalla o un jardín de primavera? En este cuadro, la muchacha sintió haber encontrado algo escondido durante mucho tiempo en las tinieblas de su propio corazón.

- Esta pintura muestra tu futuro - dijo Seikichi, apuntando a la mujer que había bajo el cerezo: la propia imagen de la muchacha -. Todos estos hombres arruinarán sus vidas por ti.

- Por favor, ¡te suplico que te lleves esto! - Se volvió de espaldas como para escapar a su tantálico hechizo y, temblando, se postró ante él. Finalmente, continuó diciendo: - Sí, admito que no te equivocas conmigo: yo soy como esa mujer… Así que, llévate eso, por favor.

- No hables como una cobarde - le dijo Seikichi, con sonrisa maliciosa -. Míralo más cerca. No durarán mucho tus escrúpulos.

Pero la muchacha se negaba a levantar la cabeza. Todavía postrada, con el rostro entre las mangas, repetía una y otra vez que estaba asustada y quería marcharse.

- No, tienes que quedarte: quiero convertirte en una verdadera belleza - le dijo, acercándose a ella. Llevaba bajo el kimono un frasquito de anestésico que había conseguido algún tiempo antes de un médico holandés.

El sol de la mañana brillaba sobre el río, enjoyando el estudio de ocho alfombras con su ardiente luz. Los rayos reflejados por el agua dibujaban temblorosas olas doradas sobre las mamparas corredizas de papel y sobre el rostro de la muchacha, que estaba profundamente dormida. Seikichi había cerrado las puertas y sacado sus instrumentos de tatuaje, pero durante un rato se limitó a sentarse, arrobado, saboreando hasta la saciedad su misteriosa belleza. Pensaba que jamás se cansaría de contemplar su sereno rostro semejante a una máscara. Precisamente como los antiguos egipcios habían embellecido sus magníficos campos con pirámides y esfinges, iba él a embellecer la impoluta piel de la muchacha.

En este momento, levantó el pincel que apretaba entre el pulgar y los dos dedos siguientes de la mano izquierda, aplicó su extremo en la espalda de la muchacha y, con la aguja que llevaba en la mano derecha, empezó a grabar un dibujo. Sintió que su propio espíritu se disolvía en la tinta negra de polvo de carbón con que le manchaba la piel. Cada gota de cinabrio Ryukyu con que iba mezclando el alcohol y atravesándola era una gota de su propia sangre. Veía en sus pigmentos los matices de sus propias pasiones.

Pronto llegó la tarde y, luego, el tranquilo día primaveral avanzó hacia su fin. Pero Seikichi no se detuvo en su trabajo, ni se interrumpió el sueño de la muchacha. Cuando un criado llegó de casa de la gheisa preguntando por ella, Seikichi lo despachó diciéndole que hacía tiempo que se había ido. Y horas más tarde, cuando la luna colgaba sobre la mansión del otro lado del río, bañando las casas de la orilla en una luz de ensueño, el tatuaje no estaba ni a medio hacer. Seikichi trabajaba a la luz de una vela.

Ni siquiera introducir una gota de colorante era un trabajo fácil. A cada pinchazo de la aguja, Seikichi daba un profundo suspiro y sentía como si se hubiese atravesado su propio corazón. Poco a poco, las marcas del tatuaje empezaron a adquirir la forma de una gigantesca araña hembra; y cuando el cielo nocturno empalidecía con la luz del alba, esta horripilante y malévola criatura había estirado sus ocho patas para abrazar por completo la espalda de la muchacha.

A plena luz del alba primaveral, las barcas habían empezado a bogar por el río, de arriba abajo, con los remos restallando en la quieta mañana; los tejados brillaban al sol y la neblina comenzaba a adelgazar sobre las blancas velas que se hinchaban con la brisa mañanera. Por fin, Seikichi dejó el pincel y contempló la araña tatuada. Esta obra de arte había sido el supremo esfuerzo de su vida. Ahora, cuando la hubo acabado, su corazón estaba atravesado de emoción.

Las dos figuras permanecieron quietas durante algún tiempo. Luego, las paredes de la habitación devolvieron el eco tembloroso de la voz baja y bronca de Seikichi:

- Para hacerte verdaderamente hermosa he vertido mi espíritu en este tatuaje. No existe hoy una mujer en el Japón que se pueda compara contigo. Tus viejos temores han desaparecido. Todos los hombres serán tus víctimas.

Como respuesta a estas palabras, un débil gemido escapó de los labios de la muchacha. Lentamente, empezó a recobrar los sentidos. A cada estremecida inspiración, las patas de la araña se agitaban como si estuviera viva.

- Tienes que sufrir. La araña te tiene entre sus garras.

Como respuesta, abrió ella los ojos levemente, con una mirada vacía.. La mirada se le fue avivando progresivamente, como la luna va encendiéndose por la tarde, hasta lucir esplendorosamente en su faz.

- Déjame ver el tatuaje - dijo, hablando como en sueños, pero con un dejo de autoridad en la voz -. Al darme tu espíritu, has tenido que hacerme muy bella.

- Antes tienes que bañarte para que aparezcan los colores - susurró Seikichi compasivamente -. Me temo que va a dolerte, pero se valiente otro poco.

- Puedo soportar cualquier cosa por la belleza.

A pesar del dolor que le recorría el cuerpo, sonrió.

- ¡Cómo pica el agua!… Déjame sola ¡espera en la otra habitación! No me gusta que un hombre me vea sufrir así.

Al salir de la tina, demasiado débil para poder secarse, la muchacha echó a un lado la compasiva mano que Seikichi le ofrecía y se dejo caer al suelo en una agonía, quejándose como presa de una pesadilla. El despeinado cabello le colgaba sobre el rostro en salvaje maraña. Las blancas plantas de sus pies se reflejaban en el espejo que había detrás de ella.

Seikichi estaba asombrado del cambio que había sobrevenido a la tímida y sumisa muchacha del día anterior, pero hizo lo que le había dicho y se fue a esperar en el estudio. Alrededor de una hora después volvió, cuidadosamente vestida, con el empapado y alisado cabello cayéndole por los hombros. Apoyándose en la barandilla del balcón, miró al cielo levemente brumoso. Le brillaban los ojos; no había en ellos ni una huella de dolor.

- Me gustaría ofrecerte también estas pinturas - dijo Seikichi, colocando ante ella los kakemonos -. Cógelas y vete.

- ¡Todos mis antiguos temores se han desvanecido y tú eres mi primera víctima! - Le lanzó una mirada tan brillante como una espada. Una canción de triunfo sonaba en sus oídos.

- Déjame ver de nuevo tu tatuaje - suplicó Seikichi.

Silenciosamente, la muchacha asintió y dejó resbalar el kimono de sus hombros. Precisamente entonces su espalda, esplendorosamente tatuada, recibió un rayo de sol y la araña se coronó en llamas.




domingo, 12 de octubre de 2014

Esperando, un cuento de Osami Dazai


Un cuento de Osamu Dazai: Esperando 
Compartimos con ustedes este cuento que hicimos ABRA nuestro taller de lectura, y otros más.

(Traducción y nota de Pablo Figueroa)

Todos los días voy a la pequeña estación de tren a buscar a alguien. Quién es ese alguien, no lo sé.

Siempre paso por ahí después de hacer las compras en el mercado. Me siento en una fría banca, pongo la cesta de las compras sobre mis rodillas, y miro abstraídamente hacia los molinetes. Cada vez que llega un tren, una multitud de pasajeros es escupida hacia afuera desde las puertas de los vagones. La muchedumbre avanza en tropel hacia los molinetes, y las personas, todas con la misma cara de enojo, sacan los pases y entregan los boletos. Luego, sin mirar hacia los costados, caminan precipitadamente. Pasan por delante de mi banca, salen hacia la plaza que está frente a la estación, y se van cada uno por su lado. Yo sigo sentada distraídamente. ¿Qué sucedería si alguien sonriese y me hablase? ¡Ay no, por Dios! La mera posibilidad me pone tan nerviosa que me estremezco de sólo pensarlo, como si me hubieran echado agua fría en la espalda. No puedo respirar. Y sin embargo, continúo esperando a alguien todos los días. ¿A quién podría ser que estuviera esperando? ¿A qué tipo de persona? Pero quizás lo que estoy esperando no sea un ser humano. Odio a los seres humanos. En realidad les tengo miedo. Cada vez que estoy cara a cara con alguien diciendo cosas como “¿qué tal, cómo está?”, o “¡cómo refrescó!”, saludando sólo para cumplir, siento que soy la persona más falsa del mundo. Me pone tan terriblemente mal que quiero morirme. Y las personas con las que hablo se ponen a la defensiva sin razón, me hacen vagos cumplidos, y comentan sentenciosamente impresiones que no tienen en verdad. Su cautela mezquina me hace sentir triste: el mundo es cada vez más repugnante y no puedo soportarlo. La gente intercambia tensos saludos desconfiando unos de otros hasta cansarse, y así pasa la vida.

A mí no me gusta encontrarme con gente. Por eso, a no ser que hubiera una razón excepcional, nunca visitaba a amigos. Lo más cómodo ha sido para mí estar en casa con mi madre cosiendo, las dos solas, en silencio. Pero finalmente estalló la guerra[1], y el ambiente se puso tan tenso, que empecé a sentirme culpable de quedarme en casa todo el día sin hacer nada. Me sentía angustiada y no podía relajarme en absoluto. Quería hacer una contribución directa trabajando tan duro como pudiese. Perdí toda fe en la vida que había llevado hasta ese momento.

No soporto quedarme en casa en silencio. Sin embargo cuando salgo me doy cuenta de que no tengo ningún lugar adonde ir. Así que hago las compras, y al regresar, paso por la estación y me siento distraídamente en la fría banca. Tengo la ilusión de que alguien venga, pero si esa persona realmente apareciera, ¿qué haría? La idea me da pánico, pero estoy resignada. Si eso sucede, voy a entregarle mi vida: estoy preparada y ese momento marcará mi destino. Estos sentimientos de resignación y fantasías impudentes se entretejen de una forma muy extraña. La sensación me agobia de un modo sofocante. El mundo alrededor se enmudece; la gente que va y viene en la estación aparece pequeña y lejana, como si estuviera mirando por un telescopio al revés. La sensación es vaga, como si estuviera soñando despierta, como si no supiera si estoy viva o muerta. ¡Ay! ¿Qué cosa estoy esperando? Acaso yo no sea más que una mujer obscena. Todo eso del estallido de la guerra, lo de sentirme angustiada, de trabajar duro porque quiero ser útil, quizás sólo sea una mentira, una excusa noble para tratar de encontrar una oportunidad de materializar mis fantasías indiscretas. Me siento aquí con mirada perdida, pero en el fondo, dentro de mí puedo ver cómo flamea la llama de mis deseos obscenos.

¿Pero, a quién diablos espero? No tengo en absoluto una idea clara, solamente una imagen vaga y confusa. Y sin embargo, continúo esperando. Desde el estallido de la guerra paso por aquí todos los días a la vuelta de las compras y me siento en esta fría banca a esperar. ¿Y si alguien me sonriera y me hablara? ¡Ay, no!, no es usted a quien estoy esperando. Entonces, ¿a quién? ¿Qué espero? ¿Un marido? No. ¿Un novio? No, para nada. ¿Un amigo? De ningún modo. ¿Dinero? Es ridículo. ¿Un fantasma? ¡Ay no, por favor!

Algo más apacible y alegre, algo maravilloso. No sé qué. Por ejemplo, algo como la primavera. No, no es eso. Hojas verdes. El mes de Mayo. El agua fresca y cristalina fluyendo a través de los campos de trigo. No, tampoco es eso. Ay, y sin embargo sigo esperando, con el corazón palpitante. Las personas pasan unas tras otras delante de mis ojos. No es aquello, ni esto. Con la cesta de compras en mis brazos, me estremezco y espero con todo mi corazón. Le pido a usted por favor que no me olvide. Por favor no olvide a la chica veinteañera que viene todos los días a la estación y regresa a su casa sintiéndose vacía. Por favor recuérdeme, y no se ría de mí. No voy a decirle el nombre de la estación. Aunque no lo haga, usted me verá algún día.

 




[1] Se refiere a la Segunda Guerra Mundial (N.T.)

 

En 1948, cuando Osamu Dazai se encontraba en la cúspide de su carrera literaria, decidió quitarse la vida junto con su amante, una joven viuda con quien había sellado un pacto de amor suicida. Para ello la pareja eligió un pintoresco canal del río Tama en el apacible suburbio de Mitaka en Tokio. En esa época del año las frecuentes y turbulentas lluvias del monzón hacían que los niveles de agua en los canales subieran considerablemente. Los cuerpos fueron encontrados en un recodo del rio unos días más tarde, justo cuando Dazai hubiera cumplido treinta y nueve años.

La idea de quitarse vida no era en absoluto nueva para el escritor: lo había intentado sin éxito en variadas ocasiones. Profundos traumas personales, una fuerte dependencia del alcohol, y desórdenes psíquicos que fueron empeorando a lo largo del tiempo, hicieron que el deseo de muerte ocupara un lugar preponderante en los pensamientos de Dazai. Esta obsesión con el suicidio se fusiona en su ficción literaria con un agudo e irónico sentido de crítica a la sociedad, otorgándole un carácter inseparable de lo autobiográfico.

Nacido con el nombre de Shuji Tsushima en 1909 en una pequeña ciudad de Aomori en el norte de Japón, Dazai fue el décimo de once hermanos de una familia acomodada. Su padre se encontraba a menudo fuera de la casa y su madre sufría problemas de salud crónicos, con lo cual el niño fue criado por tías y sirvientes. Su afición por las letras comenzó desde pequeño y en 1930 decidió ingresar al departamento de Literatura Francesa de la Universidad Imperial de Tokio.

Su paso inconcluso por la academia estuvo permeado del tumultuoso estado de cosas de la época y de sí mismo. Dazai se sintió fuertemente atraído por los ideales del marxismo y por el incipiente Partido Comunista de Japón, y a menudo manifestó su sentido de culpa por “haber nacido en la clase social equivocada”. Durante esta etapa temprana escribió una cantidad de cuentos cortos, y la experiencia adquirida a través del paradigma comunista se haría patente a lo largo de su carrera.

Un posterior período de relativa calma llegaría cuando Dazai contrajo matrimonio con Machiko Ishihara en 1939. Fue durante estos años que escribió dos novelas enormemente exitosas tituladas El Ocaso (Shayo, 1947) e Indigno de ser humano (Ningen Shikkaku, 1948). Ambas obras expresan el profundo pesimismo del autor y su visión decadente del ser humano; las hondas heridas de una sociedad golpeada por la posguerra dejaban al desnudo la crisis de identidad y de valores de una cultura que parecía condenada inexorablemente a la autodestrucción.

Si bien Montse Watkins ha traducido al español las novelas arriba mencionadas, no disponemos aún de versiones en nuestra lengua del resto de los trabajos llevados a cabo por Osamu Dazai. Esta nueva traducción de un cuento corto titulado Esperando (Matsu, 1954) es apenas una colaboración a una tarea todavía por emprenderse.

 

Ozamu Dazai, un autor japonés

Las mujeres miserables de Osamu Dazai
Publicado en Lit Ar cor
Colegiala, Osamu Dazai
(Ed. Impediementa)
     Por Raquel Moraleja
  
Una chica joven, de familia pobre, se ve obligada a cometer un robo por amor. Una mujer mayor confiesa que una noche, muchos años atrás, se sintió fuertemente atraída por un hombre al que apenas conocía.
Un ama de casa narra su sufrimiento al descubrir que su marido tiene una amante. Una muchacha narra cómo empeoró su vida tras recibir un premio literario... Cuando recibí en casa el ejemplar de Colegiala, Enrique Redel, editor del sello independiente Impedimenta, me dijo que se trataba de "un libro magnífico", de una auténtica "delicia japonesa". La niña de la portada, inmóvil en su naif kimono floreado, con una mancha roja en sus labios mimetizados con el fondo níveo, me prometía que dentro se hablaba de mujeres como pocas veces había leído. Aún nacida dentro de una cultura, la occidental, que ha tardado siglos en devolverle a las mujeres el lugar equitativo en la sociedad que les era debido, no entiendes la abnegación por el silencio y el pudor de la mujer nipona, pero sí comprendes sus angustias, contradicciones e ilusiones. La niña de la portada podría ser feliz, pero se siempre ridícula, sucia y muy, muy miserable.
Leyendo todos los cuentos de Osamu Dazai (1909-1948), uno de los autores nacidos en el periodo Meiji japonés más conocidos junto a nombres como el Nobel Yasunari Kawabata (Mil grullas, Lo bello y lo triste) o Junichiro Tanizaki (Elogio de la sombra), no puedes evitar preguntarte -y dejo caer la bomba- hasta qué punto un hombre puede, no escribir a través de una voz femenina y conducirla y entenderla -que está claro que puede hacerse, y viceversa-, si no hacer suyos unos sentimientos y deseos y miedos que son únicamente femeninos porque así lo quiso la sociedad nipona. En esta edición de Impedimenta se agrupan catorce relatos del maestro del watakushi shoshetsu -estilo autobiográfico en primera persona-, cuyos protagonistas son siempre mujeres, casi todas jóvenes, que viven historias distintas pero que están unidas por un hilo invisible común. Antes, durante o inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, las mujeres de Dazai se avergüenzan de sus propios pensamientos y anhelos, que creen obscenos, terribles, deshonrosos, y preferirían morirse antes que verlos expuestos al público. Todas sienten un profundo sentido del ridículo y una incapacidad por adaptarse y sentirse felices en una sociedad a la que, por otra parte, deben respetar por encima de todo. Se sienten feas, saben que son feas, y les parece única y justa causa para su desgracia. Pecan -porque todas las mujeres son así, o al menos eso dice Dazai- de mentirosas, arrastradas, avariciosas, lujuriosas y mentirosas. ¿Hablaría así una mujer de sus congéneres, por muy de principios del siglo XX que sea?
Hay algunos comportamientos que al lector le parecerán los propios de un maníaco si antes no se ha adentrado en la historia de la Cultura japonesa. El giri (cumplimiento del deber) contra el ninjo (las pasiones humanas) conducen la antropología y el arte japonés. Sentimientos como el honor, la rectitud, la fidelidad, la benevolencia, la piedad filial y la vergüenza propia son heredados de la filosofía neoconfuciana de la época samurái. Las mujeres, invisibles y despreciadas en la ie -la familia-, durante el shogunato, ni siquiera recibían el amor de sus maridos, pues era deshonroso que estos caballeros mostrasen sus emociones en sociedad así que reservaban sus caricias para las prostitutas de los akusho (lugares perniciosos) creados a instancia del gobierno militar del siglo XVII. Sabiendo todo ésto, el lector podrá empatizar -que no simpatizar- más con las mujeres desgraciadas de los relatos breves, claustrofóbicos, delicados y desquiciados de Osamu Dazai. Por otra parte, habiéndose intentado suicidar varias veces desde los 19 años hasta finalmente conseguirlo a los 38 -siempre acompañado de mujeres a las que acababa de conocer y que sí morían en las tentativas de muerte a las que él sobrevivía-, repudiado por gran parte de su familia, casado y separado varias veces, padre no reconocido del hijo accidental que tuvo con una admiradora, enganchado a la morfina y paciente de una institución mental, se puede entender la autodestrucción que destilan estos relatos, que huelen a podredumbre y a crisantemo. Como me prometió Redel, y ahora yo os prometo, una auténtica "delicia japonesa".
 

domingo, 21 de septiembre de 2014

Encontrar un libro

Hoy estuve en la librería de 2 de Mayo (1620). Cuantos libros interesantes. Que ordenada y bien puesta, con estacionamiento en la puerta y personas que cuidan el auto. Encontré una maravilla.Un libro de cuentos del escritor japonés que tanto me gusta pero del que tan pocos libros hay en el mercado,  Ozamu Danzai,  que se llama "Colegiala" de editorial Impedimenta. Que alegría. Trata el universo femenino. Librería Comunitas.


domingo, 16 de septiembre de 2012

Baila, baila, Baila dice Murakami


Candidato desde hace unos años al Premio Nobel de literatura Haruki Murakami acaba de publicar este libro " Baila, baila, baila" , que retoma sus principales temas, la angustia, la soledad,la música. Tengo mucha ilusión por este libro.
Sinopsis de la novela:
En marzo de 1983, el joven protagonista de esta novela, redactor freelance todoterreno, después de pasar días sombríos, siente la necesidad de volver a ciertos escenarios de su vida para ajustar cuentas con el pasado. Viaja a Sapporo con la intención de alojarse en el Hotel Delfín, donde años atrás pasó una semana con una misteriosa mujer que, de manera inesperada, desapareció de su lado. A su llegada descubre que han derribado el hotel y que en su lugar se alza otro, moderno y lujoso, pero su estancia allí propicia la aparición de personajes envueltos en un aura de irrealidad: una guapa recepcionista que ha vivido experiencias inverosímiles, una adolescente dotada de una aguda sensibilidad, o un antiguo compañero de colegio, ahora actor de éxito, que lo meterá en graves aprietos. Asesinatos, viajes a Hawai, pasajes a otros mundos y fiestas se suceden al ritmo de la música que suena en la radio de su destartalado Subaru. Lo cierto es que, como afirma un enigmático personaje, todo está conectado. Porque sólo se regresa al Hotel Delfín para poder empezar de nuevo.



lunes, 24 de enero de 2011

La luz del alba


Todavía no amanecía y yo estaba ahí, hechizado por la hora más pura de todas.
Cuando el cielo nocturno empalidecía en la luz del alba. Yunishiro Tanizaki

domingo, 21 de noviembre de 2010

Cuando hablo de correr



Haruki Murakami es un escritor que tiene capturada a una enorme masa de lectores, entre ellos a mi.
Apenas vi "De qué hablo cuando hablo de correr", lo quise tener, ya estaba enterada de que hace varios años comparte la escritura con el ejercicio de correr, que es súmamente disciplinado y que participa de cuanta maratón se le presente.
Este libro es una reflexión sobre la influencia de este deporte en su escritura y en su vida.
El libro me espera pero ya adelanté las primeras páginas porque moría de curiosidad. Entre sus reflexiones hay una que me ha llamado la atención:
"Así de terriblemente despiadado era el maratón: un deporte imposible de practicar si uno no recitaba mantras a sí mismo o hacía algo por el estilo.
Había un corredor que decía que, ya desde que empezaba a correr, y luego durante toda la carrera, no hacía más que rumiar para sus adentros una frase que le había enseñado su hermano que también era corredor: Pain is inevitable. Suffering is opcional, el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional, depende de uno."

No es que se me esté ocurriendo entrenarme para participar en una maratón pero si creo que podemos aplicar los descubrimientos de Murakami a nuestra propia vida.

lunes, 3 de marzo de 2008

"Las hermanas Makioka"











La escritora japonesa Minae Mizumura que promociona en Latinoamérica su libro: Una novela real, habla, en una etrevista de Adn cultural, de Las hermanas Makioka de Junichiro Tanizaqui , uno de los primeros libros de literatura japonesa que leí.



Recuerdo la fascinación que sentí por el Oriente al leerlo, la belleza que imaginé mientras me describía los cerezos en flor, el movilizarse hasta otra ciudad para escuchar en determinada festividad el tañido de las campanas. Recuerdo que decía, "no sé qué es lo que me ha gustado tanto, pero realmente me ha encantado". Era toda la atmósfera la que me cautivaba. Estoy casi segura de que me lo recomendó mi amigo y en ese entonces profesor de literatura: José Miguel Oviedo.
Se trata de la historia de cuatro hermanas, dos casadas, y dos solteras, una de ellas Taeko , voluntariosa y refinada, muy liberal (gana su propio dinero fabricando muñecas), espera que Yukiko, se case, para ella legitimar las relaciones secretas que mantiene con un hombre.
En la novela se ve el paso de la cultura tradicional japonesa al mundo de la modernidad. Recuerdo con placer las entrevistas (Miais)
realizadas por la familia en restaurantes para conocer a los posibles pretendientes de Yukiko, vestida elegantísima con el más primoroso Obi o cinturón.
Cuando leí este libro jamás pensé que algún día visitaría Tokio y Kyoto. Releerlo ahora, luego de haber visitado esas bellas ciudades, debe ser algo realmente maravilloso.