
Llevar a Rafaela al bosque ha sido como llevarme a mí, como retroceder el tiempo, volver ahí en donde fui tan feliz y pasé tantas horas. Mi casa quedaba al borde del bosque, había que tomar un caminito para internarse y estar junto a los retorcidos y centenarios aceitunos.
Voy a enseñarte los secretos del bosque, le dije y ella no descansó hasta que le enseñé uno por uno.
Habíamos llevado tizas de colores y la pista de la rotonda se convirtió en una enorme pizarra en la que dibujamos personajes. Paradas en el centro mismo le dije que podía ser bailarina, cantante o payaso y que el público estaba ahí listo para aplaudirla. Ella danzó.
Las raíces de los aceitunos se convierten en lugar de escondite y uno puede trepar y sentir que se está sobre el mundo, suspendida.
Tomamos la pista roja y nos fuimos hacia la laguna. Solo en mi memoria quedaban los patos y los botes en los que jugábamos a los piratas y los pescaditos que atrapábamos con coladores y vasijas. El viejo guardián que tocando el silbato nos espantaba y las risas de los amigos a los que no veo desde entonces.
Hay en la laguna enormes peces rojos y en medio de ella, como en una península están filmando un comercial. Tres actores con sus disfraces posan ante una cámara y nosotras nos quedamos quietas mirando.
Las palomas empiezan a cercarnos y vemos en una banca, allá, un hombre que las alimenta. Junto al hombre hay una bebita en su coche, se llama Vania y las palomas se paran en sus faldas y comen los trozos de galletas que el abuelo deshace. Ya nos conocen, nos dice el abuelo y yo le digo a Rafaela que ese señor es el dueño de todas las palomas del mundo. Nosotros también acercamos las manos a sus picos pero no se paran sobre nosotras, no nos conocen. Una da un pequeño picotazo sobre la mano de Rafaela y ella se ríe nerviosa.
Este es el camino de los enanos, le digo y vamos por él cruzando esa parte del bosque. ¿Dónde está el árbol que si uno lo trepa de noche se puede llegar hasta el cielo? Me pregunta y yo busco entre todos y señalo uno pero más tarde
Frente a un gigantesco pino, le digo, este es, párate debajo de él, es enorme. Le digo, este es, párate debajo de él, es enorme.
Ha llovido y hay pequeños charcos que nos mojan los zapatos. Otra laguna rodeada de flores parece parte de un cuento. Tiramos pequeñas hojitas para atraer a los peces, pero seguro a ellos les gusta las galletas o pan porque siguen nadando indiferentes.
En la pérgola jugamos al lobo estás pero Rafaela imagina que el lobo puede estar cerca y pensamos en otro juego. ¿Señora tiene huevos? Y cambiamos de esquina riendo.
He recordado un sueño que me traía de vuelta al bosque, volteo buscando una casa que no existe.
Rafaela ha escuchado algo sobre la casa de los fantasmas, le digo que ya la han destruido, que la gente creía que había fantasmas pero que nunca nadie los vio. Nada le digo de esa leyenda en la que una pareja de enamorados se mató junto a ese olivo ni del miedo que me daba el bosque de noche cuando estaba oscuro. De la tristeza que tuvimos cuando se perdió un perro al que adorábamos.
Volvemos a la rotonda. Rafaela dibuja con una tiza amarilla un mundo y después de tirar una piedrecita salta hasta llegar al cielo. Cuando se desliza sujetándose y soltándose de una reja recuerdo que de adolescente yo hablaba a solas con una hija imaginaria y que caminaba sobre un zócalo sesgado haciendo equilibrio jugando.

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He recordado un sueño que me traía de vuelta al bosque, volteo buscando una casa que no existe.
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