Mostrando entradas con la etiqueta ABRA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ABRA. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de noviembre de 2015

Siguiendo una vocación

  

 Siguiendo una vocación 





                                            (El origen de nuestro taller de lectura)

Cuando veo a un niño pequeño pienso que cuando crezca utilizará sus dones, que encontrará aquello que lo haga feliz, las personas que lo acompañen en su proyecto, que seguirá su vocación. Pues bien, alguien al verme de niña debió decir: tiene alma de maestra.
En una transversal de la calle Conquistadores en San Isidro había un callejón. Yo había escuchado la expresión criolla “Callejón de un solo caño”  y sí, había un solo caño en el que la gente se aseaba y lavaba su ropa. Íbamos ahí porque ahí tenía su taller un zapatero muy bueno, y también vivía Salinas, el viejo guardián de la laguna del Olivar a la que yo adoraba ir.  Eran cuartos muy precarios a los lados de un pasillo cubierto de ropa tendida, los techos eran hechos con trozos de madera de cajones de fruta, los cordones de luz cruzaban para encender un foco en cada cuarto. 


No sé con qué motivo durante un tiempo un par de veces  a la semana llevaba a los niños del callejón al bosque y ahí les contaba cuentos que iba inventando.
Las veces en las que visitaba a mis primas, les pedía que me dijeran que clase de cuento querían que les contara, no uno tradicional como la Cenicienta, sino por ejemplo, el de la niña que un día aprendió el idioma de las lombrices.
En el colegio permanecíamos en la iglesia por muchas horas, y yo cuando terminaba de observar los rincones, la luz que atravesaba los vitrales, las distintas imágenes y a mis compañeras que con la cabeza gacha, cubiertas con velo blanco, me daban la espalda, entonces, abría mi misal y escogía alguna de mis estampas y conversaba con el santo representado. -¿Qué le diría? ¿Le haría preguntas o le contaría lo que deseaba y sentía haciéndolo mi confidente?
En la clase ponía mis colores en orden de tamaño y les tomaba la lección. Me había convertido en maestra y ponía al color azul o al verde a recitar los nombres de los incas o a enumerara las partes de la flor.
Lastenia  que estaba a cargo de nosotros, se preocupaba de que nos vistiésemos, comiésemos, hiciésemos  nuestras tareas. Recuerdo que la sentaba al frente mío y le enseñaba la lección que yo tenía que aprender, le explicaba la leyenda de los hermanos Ayar o la hacía repetir los departamentos del Perú.  Mientras le enseñaba, también yo aprendía y al día siguiente podía dar una buena lección. Dócilmente Lastenia dejó que yo fuese su pequeña maestra.
La señora que vivía frente a mi casa me contrató para que ayudase a sus hijas con sus tareas, y luego fueron unas niñas colombianas, y después unas chicas que venían de España y debían saber historia del Perú.
Fui así aprendiendo a enseñar. A seguir una  vocación a la que he dedicado mucho tiempo de mi vida. Comunicar, buscar las palabras para aclarar ideas, imaginar frente a ellos, mostrar el gozo por aprender, por descubrir, la fascinación por las historias, por los cuentos.
Fui a ofrecerme al Centro para Audición y lenguaje para enseñar a los chicos a pintar. Sin tener método para enseñar a personas sordas ni saber dibujar  muy bien, me paré frente a la pizarra   y dibujé unos edificios altos y un pequeño perro. Con el apuro, olvidé ponerle ojos al perro y entonces una niña llamada Milagros se me acercó, me quitó la tiza y le puso dos grandes ojos a mi perro después de  darse un pequeño golpe en la cabeza con el puño y señalarme, diciéndome que cómo se me ocurría no ponerle ojos, golpeé imitándola mi cabeza, entendiendo perfectamente que para alguien que no oye, no tener ojos debe ser terrible.
Una amiga me llama y me ofrece dejarme su trabajo como maestra para niñas de primero y segundo de media en un colegio. Acepto de inmediato. Compensé el no haber estudiado  educación con la alegría de mi juventud, con el entusiasmo y la felicidad que me causaba haberme convertido en un abrir y cerrar de ojos en “maestra”. Imitando las estrategias de profesoras me desempeñé bastante bien, aunque tuviese que estudiar media hora antes la lección que tenía que dar. Mientras las demás profesoras se quejaban los lunes, yo  lucía radiante, llena de planes: las haría construir puentes colgantes y quipus y luego haríamos una exposición. Al cabo de unos años, en los jardines de la Universidad Católica me encontré con una de mis alumnas, ella me dijo: -Estudié historia por ti.- Orgullosa de haber sabido transmitir amor por nuestra historia, curiosidad por el pasado, la abracé. Ahora vive en Francia y es catedrática en la universidad.
Siempre me han interesado las noticias relacionadas con maneras diferentes de enseñar.  Creo que los maestros deben ser personas que contagien su pasión por el conocimiento, que compartan aquello que han aprendido, que muestren su humanidad, anécdotas de su propia vida y que muestren interés por la vida y las historias de sus alumnos. Que  sepan despertar preguntas, que den espacio para que puedan expresarse y crear.   Enseñar es intercambiar vidas, dar y recibir lo que nos sucede, lo que soñamos, aquello que nos hace sufrir o nos detiene en el cumplimiento de nuestras metas.
Con la Madre Mariana Cárrigan religiosa norteamericana de origen irlandés de la orden de Maryknoll colaboré en la construcción de un colegio para niños especiales en época del gobierno militar. Hicimos trámites,  nos adjudicaron  un terreno, obtuvimos donaciones de materiales, conseguimos maestros y se creó este Centro de Educación especial de Pamplona alta que sigue hasta hoy brindando atención a muchos niños. En ese tiempo a los niños de retardo y con problemas de audición, la madre Mariana añadió a niños lisiados que no podían transportarse a otros colegios y ella adquirió una camioneta que acondicionó para recogerlos, y pudiesen asistir al colegio. Muchas veces estuve con estos niños preguntándoles por lo que habían soñado la noche anterior, haciendo dibujos, preguntándoles de dónde eran sus padres, cómo se habían enamorado.
Desde chica tuve afición por recortar revistas, las imágenes que más me gustaban y artículos del periódico que hablaban de temas que me impresionaban. Conforme fui interesándome más por la literatura, los recortes fueron de escritores, entrevistas, cuentos que iba sacando de revistas y periódicos de otros países que me ingenié en conseguir. Sin saberlo, estaba formando mi archivo, el material de trabajo que sería de gran utilidad en el taller que tuve la suerte de iniciar.
Habiendo asistido a diferentes talleres de literatura acá en Lima pero también en Argentina, viendo que en Buenos Aires se realizaban talleres vecinales sin mayor pretensión, impulsada por un asalto que sufrí al salir de uno de mis talleres, comencé el mío. Alguien rompió con una bujía la luna de mi auto y me robó la cartera. Muy asustada, con vidrios en la boca, llorando, decidí que no regresaría más. ¿Qué haré sin mis clases?  -Hacer mi propio taller, me respondí. Puse avisos en el barrio y una amiga querida puso una nota en su revista. Las clases empezaron en el verano  de 1999 y yo temblaba imaginando que me harían preguntas que no sabría responder. -Les diré que no sé, -me dije, y en muy poco tiempo me sentí a mis anchas, feliz viendo lo contentas que estaban las participantes y la manera tan agradable que pasábamos esas dos horas cada martes.  Inventé mi propio método y con la complicidad de las alumnas logramos un espacio al que bautizamos como ABRA. Durante unos años fue un taller de lectura y escritura pero con el tiempo se ha convertido en taller de lectura aunque hacemos algunos ejercicios de imaginación y de creación. 
No sé quien disfruta más con el taller, si ellas o yo. Siento que es un regalo de la vida, algo fantástico que me ha sucedido. Nada es rígido, no tenemos un programa definido, cada sesión comienza y termina, vamos saltando por diferentes escritores, hombres y mujeres, latinoamericanos o europeos, orientales o norteamericanos.  Vamos directo a los textos, con alguna información sobre el autor y su ubicación histórica, buscamos  especialmente aprender las diferentes maneras en las que el hombre se comporta, enfrenta dificultades, ama, sufre, se relaciona, pelea, muere. Y luego de leer en voz alta el cuento, participando una a una en esta lectura, conversamos sobre lo que se nos ha mostrado y descubrimos cómo podemos tener puntos de vista tan distintos y cómo podemos sumar a nuestra opinión, la opinión de los demás. El nombre ABRA significa para mí  una grieta entre dos montañas por donde pasa la luz. Dejar de lado las inquietudes personales, la preocupación por el futuro, las incomodidades del tráfico y la delincuencia, para sumergirnos en otras vidas, saltar de la realidad a la ficción, alimentar nuestra realidad con la ficción, aprender, conocer cada vez un autor diferente, escucharlo responder entrevistas, explicar que es lo que lo hace escribir, hacer nuestra su originalísima manera de mirar el mundo y de vivir.




domingo, 3 de mayo de 2015

Los fabuladores de Saki

El martes en ABRA, nuestro taller de lectura,  nos reimos mucho con la lectura de este cuento de Saki ( Héctor Hugh Munro) (1870) escritor naciudo en Birmania pero que vivió en Inglaterra. Admirado por Borges, con gran sentido del humor, caústico e irónico.
Saki dice: "Se conoce al hombre por las compañías que frecuenta" y juega con la idea de que el hombre llega a parecerse a sus mascotas. 
Considerado maestro del relato corto, ha sido comparado con O.Henry y con Dorothy Parker.  Describió la clase media victoriana.
En este cuento de los fabuladores encontramos a dos personajes encontrados, uno tratando de seducir al otro y el otro poniendo barreras hasta derribarlo.  


        
    

Los Fabuladores     

Era otoño en Londres, esa bendita estación entre la aspereza del invierno y las insinceridades del verano; una estación confiable cuando se compran bulbos y cada uno procede a registrar su voto, creyendo perpetuamente en la primavera y en un cambio de gobierno.
Morton Crosby estaba sentado en un banco en un apartado rincón de Hyde Park, disfrutando indolentemente de un cigarrillo y observando el paseo de un par de gansos árticos que pastaban lentamente; el macho parecía una edición albina de la rojiza hembra. Con el rabillo del ojo Crosby también advertía con cierto interés los vacilantes giros de una figura humana, que había pasado y vuelto a pasar por su asiento dos o tres veces a intervalos cada vez más cortos, como un cuervo cauteloso a punto de posarse cerca de un bocado posiblemente comestible. Inevitablemente, la figura vino a ubicarse en el banco a una distancia adecuada como para conversar con su ocupante original. La vestimenta desaliñada, la agresiva barba grisácea y la mirada furtiva, evasiva, del recién llegado, delataban al vendedor ambulante profesional, el hombre que soportaría horas humillantes de hilvanar historias y soportar desaires antes que aventurarse en un trabajo decente de media jornada.Durante un rato, el recién llegado mantuvo la mirada fija hacia el frente con una mirada enérgica aunque sin ver nada; luego su voz resonó con la inflexión de alguien que tiene una historia para contar digna del tiempo requerido por cualquier persona inactiva para escucharla.-Es un mundo extraño -dijo.Como la declaración no recibió repuesta, le dio la forma de una pregunta.-Me atrevo a decir que usted ha descubierto que éste es un mundo extraño, señor.-En lo que me concierne -dijo Crosby-, la extrañeza se ha agotado en el curso de treinta y seis años.-¡Ah! -dijo el de la barba gris-, podría contarle cosas que le costaría creer. Cosas maravillosas que me han sucedido realmente a mí.-Hoy en día no hay demanda de cosas maravillosas que han sucedido realmente -dijo Crosby con tono desalentador-, los escritores profesionales de ficción elaboran tanto mejor esas cosas. Por ejemplo, mis vecinos me cuentan cosas maravillosas, increíbles, que han hecho sus Aberdeen y chows y perros-lobos rusos, pero nunca los escucho. En cambio, he leído El sabueso de los Baskerville tres veces.El de la barba gris se movió incómodamente en su asiento; luego se aventuró en otro terreno.-Deduzco que usted es un cristiano profeso -observó.-Soy un miembro prominente y creo poder decir influyente de la comunidad musulmana de Persia Oriental -dijo Crosby, incursionando a su vez en el reino de la ficción.El de la barba gris se sintió obviamente desconcertado por este nuevo impedimento para una conversación introductoria, pero la derrota fue sólo momentánea.-Persia. Nunca lo hubiera tomado por un persa -señaló, con un aire algo apenado.-No lo soy -dijo Crosby-, mi padre era afgano.-¡Un afgano! -dijo el otro, sumido por un momento en un perplejo silencio. Luego se recuperó y renovó su ataque.-Afganistán. ¡Ah! Hemos tenido algunas guerras con ese país, pero me atrevo a decir que en lugar de luchar podríamos haber aprendido algo de él. Un país muy rico, según creo. No hay verdadera pobreza allí.Levantó la voz en la palabra "pobreza" sugiriendo un vivo sentimiento. Crosby captó la apertura y la evitó.-Posee, sin embargo, una cantidad de mendigos ingeniosos y de gran talento -dijo-; si yo no hubiera hablado tan despreciativamente de las cosas maravillosas que han sucedido realmente, le contaría la historia de Ibrahim y los once camellos cargados con papel secante. Además me he olvidado de cómo terminaba exactamente.-La historia de mi propia vida es curiosa -dijo el forastero, aparentemente ahogando todo deseo de oír la historia de Ibrahim- no siempre fui como usted me ve ahora.-Se supone que sufrimos un cambio completo cada siete años -dijo Crosby, como explicación del anuncio anterior.-Quiero decir que no siempre estuve en las circunstancias penosas en que me encuentro actualmente -prosiguió el forastero tercamente.-Eso suena algo ofensivo -dijo Crosby rígidamente-, considerando que usted está hablando en este momento con alguien considerado como uno de los hombres más dotados para la conversación de la frontera de Afganistán.-No lo dije en ese sentido -dijo apresuradamente el de la barba gris-, he estado muy interesado en su conversación. Aludía a mi infortunada situación financiera. Le costará creerlo, pero en este momento estoy sin un céntimo. Tampoco tengo la perspectiva de obtener ningún dinero durante los próximos días. No supongo que usted se haya encontrado nunca en esta posición -añadió.-En la ciudad de Yom -dijo Crosby-, situada al sur de Afganistán, que es también mi lugar de nacimiento, había un filósofo chino que decía que una de las tres bendiciones humanas era no poseer absolutamente ningún dinero. He olvidado cuáles eran las otras dos.-¡Ah! -dijo el forastero en un tono que no delataba ningún entusiasmo por la memoria del filósofo- ¿y él practicaba lo que predicaba? Ésa es la prueba.-Vivía muy feliz con muy poco dinero o recursos -dijo Crosby.-Entonces espero que tuviese amigos que lo ayudaran liberalmente cuando estaba en dificultades, como sucede conmigo actualmente.-En Yom -dijo Crosby- no es necesario tener amigos para obtener ayuda. Es algo natural que cualquier ciudadano de Yom ayude a un forastero.El de la barba gris se sintió ahora genuinamente interesado. La conversación había por fin tomado un giro favorable.-Si alguien como yo, por ejemplo, que se encontrara en dificultades no merecidas, pidiera a un ciudadano de esa ciudad de que usted habla un pequeño préstamo para ayudarlo durante algunos días de indigencia, digamos cinco chelines o quizás una suma mayor, ¿le sería otorgado como algo natural?-Habría ciertos preliminares -dijo Crosby-, lo llevarían a una vinería y le obsequiarían una medida de vino, y luego, después de una altisonante conversación, pondrían la suma deseada en su mano y le desearían un buen día. Es una manera indirecta de realizar una transacción simple, pero en Oriente todos los caminos son indirectos.Los ojos del que escuchaba relucían.-¡Ah! -exclamó, con una ligera mueca de desdén remarcando significativamente sus palabras- supongo que usted ha abandonado todas esas costumbres generosas desde que dejó su ciudad. Supongo que ahora no las practica.-Nadie que haya vivido en Yom -dijo Crosby con fervor- y recuerda sus verdes colinas cubiertas con árboles de albaricoques y almendras, y la fría agua que se precipita como una caricia desde las nieves de la altura y corre bajo los pequeños puentes de madera, nadie que recuerde esas cosas y atesore su memoria jamás abandonaría una sola de sus leyes y costumbres no escritas. Para mí son tan obligatorias como si todavía viviera en ese sagrado hogar de mi juventud.-Entonces, si yo le pidiera un pequeño préstamo... -empezó el barba-gris aduladoramente, acercándose en el asiento y rápidamente preguntándose qué cantidad podría pedir sin riesgo- si le pidiera, digamos...-En cualquier otro momento, con seguridad -dijo Crosby-, no obstante, en los meses de noviembre y diciembre está absolutamente prohibido para cualquiera de nuestra raza dar o recibir préstamos o donaciones; de hecho, no se habla voluntariamente de ello. Se considera que atrae la mala fortuna. Por tanto, cerraremos esta discusión.-¡Pero todavía es octubre! -exclamó el aventurero con un quejido ansioso y resentido, mientras Crosby se levantaba de su asiento-; ¡faltan ocho días para fin de mes!-El noviembre afgano comenzó ayer -dijo Crosby severamente y al momento siguiente caminaba a través del parque, dejando a su reciente compañero ceñudo y murmurando en el banco.-No creo una palabra de su historia -se decía a sí mismo- todas mentiras desagradables de principio a fin. Quisiera habérselo dicho en la cara. ¡Llamarse a sí mismo afgano!Los bufidos y gruñidos que emitió durante el siguiente cuarto de hora eran un fuerte apoyo a la verdad de aquel antiguo dicho: "Dos del mismo oficio nunca están de acuerdo".

Más sobre SAKI:

http://www.casadellibro.com/libro-los-fabuladores/9788415458227/2102450

domingo, 12 de octubre de 2014

Esperando, un cuento de Osami Dazai


Un cuento de Osamu Dazai: Esperando 
Compartimos con ustedes este cuento que hicimos ABRA nuestro taller de lectura, y otros más.

(Traducción y nota de Pablo Figueroa)

Todos los días voy a la pequeña estación de tren a buscar a alguien. Quién es ese alguien, no lo sé.

Siempre paso por ahí después de hacer las compras en el mercado. Me siento en una fría banca, pongo la cesta de las compras sobre mis rodillas, y miro abstraídamente hacia los molinetes. Cada vez que llega un tren, una multitud de pasajeros es escupida hacia afuera desde las puertas de los vagones. La muchedumbre avanza en tropel hacia los molinetes, y las personas, todas con la misma cara de enojo, sacan los pases y entregan los boletos. Luego, sin mirar hacia los costados, caminan precipitadamente. Pasan por delante de mi banca, salen hacia la plaza que está frente a la estación, y se van cada uno por su lado. Yo sigo sentada distraídamente. ¿Qué sucedería si alguien sonriese y me hablase? ¡Ay no, por Dios! La mera posibilidad me pone tan nerviosa que me estremezco de sólo pensarlo, como si me hubieran echado agua fría en la espalda. No puedo respirar. Y sin embargo, continúo esperando a alguien todos los días. ¿A quién podría ser que estuviera esperando? ¿A qué tipo de persona? Pero quizás lo que estoy esperando no sea un ser humano. Odio a los seres humanos. En realidad les tengo miedo. Cada vez que estoy cara a cara con alguien diciendo cosas como “¿qué tal, cómo está?”, o “¡cómo refrescó!”, saludando sólo para cumplir, siento que soy la persona más falsa del mundo. Me pone tan terriblemente mal que quiero morirme. Y las personas con las que hablo se ponen a la defensiva sin razón, me hacen vagos cumplidos, y comentan sentenciosamente impresiones que no tienen en verdad. Su cautela mezquina me hace sentir triste: el mundo es cada vez más repugnante y no puedo soportarlo. La gente intercambia tensos saludos desconfiando unos de otros hasta cansarse, y así pasa la vida.

A mí no me gusta encontrarme con gente. Por eso, a no ser que hubiera una razón excepcional, nunca visitaba a amigos. Lo más cómodo ha sido para mí estar en casa con mi madre cosiendo, las dos solas, en silencio. Pero finalmente estalló la guerra[1], y el ambiente se puso tan tenso, que empecé a sentirme culpable de quedarme en casa todo el día sin hacer nada. Me sentía angustiada y no podía relajarme en absoluto. Quería hacer una contribución directa trabajando tan duro como pudiese. Perdí toda fe en la vida que había llevado hasta ese momento.

No soporto quedarme en casa en silencio. Sin embargo cuando salgo me doy cuenta de que no tengo ningún lugar adonde ir. Así que hago las compras, y al regresar, paso por la estación y me siento distraídamente en la fría banca. Tengo la ilusión de que alguien venga, pero si esa persona realmente apareciera, ¿qué haría? La idea me da pánico, pero estoy resignada. Si eso sucede, voy a entregarle mi vida: estoy preparada y ese momento marcará mi destino. Estos sentimientos de resignación y fantasías impudentes se entretejen de una forma muy extraña. La sensación me agobia de un modo sofocante. El mundo alrededor se enmudece; la gente que va y viene en la estación aparece pequeña y lejana, como si estuviera mirando por un telescopio al revés. La sensación es vaga, como si estuviera soñando despierta, como si no supiera si estoy viva o muerta. ¡Ay! ¿Qué cosa estoy esperando? Acaso yo no sea más que una mujer obscena. Todo eso del estallido de la guerra, lo de sentirme angustiada, de trabajar duro porque quiero ser útil, quizás sólo sea una mentira, una excusa noble para tratar de encontrar una oportunidad de materializar mis fantasías indiscretas. Me siento aquí con mirada perdida, pero en el fondo, dentro de mí puedo ver cómo flamea la llama de mis deseos obscenos.

¿Pero, a quién diablos espero? No tengo en absoluto una idea clara, solamente una imagen vaga y confusa. Y sin embargo, continúo esperando. Desde el estallido de la guerra paso por aquí todos los días a la vuelta de las compras y me siento en esta fría banca a esperar. ¿Y si alguien me sonriera y me hablara? ¡Ay, no!, no es usted a quien estoy esperando. Entonces, ¿a quién? ¿Qué espero? ¿Un marido? No. ¿Un novio? No, para nada. ¿Un amigo? De ningún modo. ¿Dinero? Es ridículo. ¿Un fantasma? ¡Ay no, por favor!

Algo más apacible y alegre, algo maravilloso. No sé qué. Por ejemplo, algo como la primavera. No, no es eso. Hojas verdes. El mes de Mayo. El agua fresca y cristalina fluyendo a través de los campos de trigo. No, tampoco es eso. Ay, y sin embargo sigo esperando, con el corazón palpitante. Las personas pasan unas tras otras delante de mis ojos. No es aquello, ni esto. Con la cesta de compras en mis brazos, me estremezco y espero con todo mi corazón. Le pido a usted por favor que no me olvide. Por favor no olvide a la chica veinteañera que viene todos los días a la estación y regresa a su casa sintiéndose vacía. Por favor recuérdeme, y no se ría de mí. No voy a decirle el nombre de la estación. Aunque no lo haga, usted me verá algún día.

 




[1] Se refiere a la Segunda Guerra Mundial (N.T.)

 

En 1948, cuando Osamu Dazai se encontraba en la cúspide de su carrera literaria, decidió quitarse la vida junto con su amante, una joven viuda con quien había sellado un pacto de amor suicida. Para ello la pareja eligió un pintoresco canal del río Tama en el apacible suburbio de Mitaka en Tokio. En esa época del año las frecuentes y turbulentas lluvias del monzón hacían que los niveles de agua en los canales subieran considerablemente. Los cuerpos fueron encontrados en un recodo del rio unos días más tarde, justo cuando Dazai hubiera cumplido treinta y nueve años.

La idea de quitarse vida no era en absoluto nueva para el escritor: lo había intentado sin éxito en variadas ocasiones. Profundos traumas personales, una fuerte dependencia del alcohol, y desórdenes psíquicos que fueron empeorando a lo largo del tiempo, hicieron que el deseo de muerte ocupara un lugar preponderante en los pensamientos de Dazai. Esta obsesión con el suicidio se fusiona en su ficción literaria con un agudo e irónico sentido de crítica a la sociedad, otorgándole un carácter inseparable de lo autobiográfico.

Nacido con el nombre de Shuji Tsushima en 1909 en una pequeña ciudad de Aomori en el norte de Japón, Dazai fue el décimo de once hermanos de una familia acomodada. Su padre se encontraba a menudo fuera de la casa y su madre sufría problemas de salud crónicos, con lo cual el niño fue criado por tías y sirvientes. Su afición por las letras comenzó desde pequeño y en 1930 decidió ingresar al departamento de Literatura Francesa de la Universidad Imperial de Tokio.

Su paso inconcluso por la academia estuvo permeado del tumultuoso estado de cosas de la época y de sí mismo. Dazai se sintió fuertemente atraído por los ideales del marxismo y por el incipiente Partido Comunista de Japón, y a menudo manifestó su sentido de culpa por “haber nacido en la clase social equivocada”. Durante esta etapa temprana escribió una cantidad de cuentos cortos, y la experiencia adquirida a través del paradigma comunista se haría patente a lo largo de su carrera.

Un posterior período de relativa calma llegaría cuando Dazai contrajo matrimonio con Machiko Ishihara en 1939. Fue durante estos años que escribió dos novelas enormemente exitosas tituladas El Ocaso (Shayo, 1947) e Indigno de ser humano (Ningen Shikkaku, 1948). Ambas obras expresan el profundo pesimismo del autor y su visión decadente del ser humano; las hondas heridas de una sociedad golpeada por la posguerra dejaban al desnudo la crisis de identidad y de valores de una cultura que parecía condenada inexorablemente a la autodestrucción.

Si bien Montse Watkins ha traducido al español las novelas arriba mencionadas, no disponemos aún de versiones en nuestra lengua del resto de los trabajos llevados a cabo por Osamu Dazai. Esta nueva traducción de un cuento corto titulado Esperando (Matsu, 1954) es apenas una colaboración a una tarea todavía por emprenderse.

 

Ejercicio de imaginación

FRED STEIN | PHOTOGRAPHER  Hicimos este ejercicio en ABRA. Muchas respuestas, muchas historias. ¿Y tú, tienes alguna?

¿Qué mira tras el muro? ¿Quién es el personaje que carga todos los días la escalera y sube, haga calor o frío, para quedarse ahí inmóvil mirando lo que sucede? ¿Es cómplice o testigo? ¿Tiene entre sus posibilidades la de entrar en la casa de al lado de una manera distinta que la de ser solo un fisgón?  Tenemos un cuento escondido. La imagen cuenta una historia o mil distintas.

sábado, 12 de abril de 2014

Esbjerg, en la costa Cuento de Onetti




Leímos en ABRA este interesante cuento: Esbjerg, en la costa.  El anhelo de una mujer de volver a Dinamarca, a su pequeño pueblo, al lugar en donde nació y aprendió a hablar, el paraíso, el lugar de la inocencia, y el deseo de su esposo de hacerla cumplir su sueño, que se embarque hacia Europa y cunpla su deseo.  El medio que buscará para ayudarla será el equivocado y fracasará el intento de felicidad. Tendrá entonces que pagar la deuda y la culpa.  Cuento para leer con detenimiento y hacer un análisis como hicimos acá en ABRA. Los invito a leerlo.
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/onetti/esbjerg_en_la_costa.htm

viernes, 30 de marzo de 2012

Regreso a ABRA en ABRIL

Hace ya muchos años empezó ABRA con un pequeño grupo de mujeres que estaban interesadas en la literatura, en conocer nuevos autores, en leer cuentos y analizarlos, yo había visto en Buenos Aires talleres vecinales si ninguna pretensión y entonces en el cuarto del fondo de mi casa, creé un espacio para que cada martes la comunicación, la creación y la belleza tuvieran lugar. Han pasado muchas mujeres, algunas se volvieron poetas, otras publicaron sus crónicas, la mayoría se animó a expresarse con más soltura, todas se convirtieron en lectoras. Para mi también es muy importante ver las amistades que se forman, la solidaridad, el aliento que se dan unas a otras. Hay algo mágico en ABRA, una actitud de brazos abiertos, todas las personas encajan, se sienten bien, tienen diferentes edades, profesiones, intereses y talentos igual se produce la comunicación y se despierta la alegría.


ABRA Taller de lectura y escritura creativa
En ABRA leer es saborear:


En ABRA nos divertimos leyendo en grupo:


En ABRA se te invita a escribir. Encontrar el momento y el lugar para que escribas lo que desees:







A mediados de ABRIL nos volveremos a reunir en ABRA, nuestro taller.
de un cuarto para las 11 a la 1, cada clase es diferente y salimos de ella
felices, llenas de entusiasmo.
Piensa en alguien a quien podría gustarle estar en ABRA con nosotras.

"En la medida que realizamos nuestras posibilidades como personas, experimentamos la alegría más profunda a la que el ser humano puede llegar.
Cuando un niño está aprendiendo a subir escaleras trata una y otra vez de hacerlo bien cuando falla y recomienza de nuevo. Y cuando finalmente lo logra
se ríe con satisfacción expresando la alegría que le produce el uso de sus capacidades." Rollo May en "El hombre en busca de sí mismo".

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Ana María Llona


Este año, para cerrar con broche de oro nuestro taller de lectura: ABRA invitamos a
Ana María Llona que estuvo en ABRA desde su inicio, (ella lanzaba poemas al aire que se los llevaba el viento) y luego perteneció a un taller de poesía, para celebrar la publicación de su libro: "Animal tan albo". La reunión fue una delicia. Ana María respondió con tanta naturalidad nuestras preguntas, con sabiduría y acierto. Intercalamos a textos de Octavio Paz, María Zambrano y Marguerite Duras, la lectura de algunos de sus poemas y las preguntas que tenían que ver con la hora y el lugar en dónde escribe, la soledad, la intimidad, el sentimiento hacia su libro, el significado de la poesía.



Uno de sus poemas:



En espera

de nada

se baña

el insyante

en el insyante

se duermen

los días

en los días

se alzan

las voces

de atrás

vengo siguiendo

tu sombra

dormida



Y Otro:

Fue el día

de los vientos rojos

cuando desnudos

introvertidos

cuervos blancos

cogían al vuelo

sonidos sangrantes

de inmortalidad