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domingo, 10 de enero de 2016

Hablando de casualidades.

Cuando ya estaba casada y tenía hijos, mis padres me invitaron a un viaje que fue muy importante para mí. Al lugar en el que había nacido y vivido mi primer año: Augusta Georgia en Estados Unidos. Querían que conociese el hospital donde había nacido, la parroquia en la que me habían bautizado y las casas en las que había vivido y por supuesto que la ciudad con esas hermosas casas blancas sureñas que me hicieron acordar a la película “Lo que el viento se llevó”.  Con el viaje podría tener en la mente algo más que un simple nombre.

Llegamos a una de las casas en las que habíamos vivido y salió a recibirnos una mujer morena vestida de negro. Tuvo muchas dudas si dejarnos entrar o no, pero ante la insistencia nuestra, explicando que queríamos recordar, llamó a su esposo y ya con su autorización nos hizo pasar.

Mientras recorríamos la casa pude ver lo triste que estaba la señora y le pregunté si había perdido a alguien, —A mi único hijo, —respondió,— hace solo unos días, en Vietnam,— y se le llenaron los ojos de lágrimas. La abracé, le dije las mejores palabras que pude encontrar, traté de consolarla.  Una vez que terminamos de ver la casa, mis padres estaban regocijados,  y nos despedimos pensé que quien sabe la vida es tan extraña, tan indescifrable, tan distinta a nuestra lógica, que había hecho que mi papá consiguiese un trabajo como ingeniero en Georgia para construir una represa, que yo naciera tan lejos de mi país, solo para que esa tarde, pudiese consolar a   Maureen  que estaba tan triste, tan sola, tan necesitada de un abrazo.




domingo, 17 de junio de 2012

De música y baile( recordando a mi papá)


De música y baile ( Extracto) (Recordando a mi papá)
Justo estaba preparando una clase en la que Paul Auster nos serviría de inspiración. Este escritor norteamericano contemporáneo habla de la fortuna, del azar, e las sorpresas de la vida, de las casualidades. Entonces yo estaba muy atenta observando las casualidades que la vida preparaba para mí.
Ese medio día salió mi papá de la clínica con sus 83 años tras veinte días en las que se sintió cercano a la muerte. Antes de despedirnos de los médicos, mientras mi mamá pagaba la cuenta y recogía radiografías, prendimos la televisión, di la vuelta a todos los canales y me detuve ante una orquesta que tocaba canciones populares de distintos países del mundo. Era una fiesta, el público bailaba, saltaba, aplaudía, caían globos y pica pica, el director de orquesta, un violinista encantador llamado Andre Rieu alentaba al público para que corease las canciones, todos se animaban a bailar y las imágenes de las pequeñas flautas tocadas por preciosas chiquillas disfrazadas de soldados, se intercalaba con trompetas y tambores. Mi papá se quedó extasiado, reconociendo las tarantelas y los clavelitos, Lily Marlen y Zorba el griego. El espectáculo parecía no tener fin y no faltaron fuegos artificiales y banderolas. El público de pie aplaudía y se paraba en los pasillos del teatro para bailar impulsados por tan maravillosa música. Dos enfermeras entraron al cuarto y nos acompañaron a ver el final del espectáculo que coincidía con nuestra alegría de haber sido dados de alta. Cuando terminó el concierto, yo, inspirada en las coincidencias de Paul Auster, me convencí que el programa había sido emitido por la vida, en hora precisa, especialmente para animar a mi padre, para celebrar su recuperada salud, para felicitarlo porque se reincorporaba a la vida. Una fiesta que no debíamos desperdiciar.