Desde Lima, un relámpago de azul-cielo o azul-mar en nuestra mente o en nuestro corazón que ansían la belleza. Cuentos, poesía, música, cine, reflexiones, teatro, viajes, fotografía, entrevistas, danza y más.
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miércoles, 20 de septiembre de 2017
domingo, 26 de junio de 2016
LUZ DEL DESIERTO
Alberto Ruy Sánchez, los textos de Ruy Sanchez, gustaron mucho en nuestro taller de lectura ABRA, nos llevó a lugares, emociones, recuerdos.
Hace ya algunos años que me es imposible pensar en los
caprichos y misterios de la memoria, sin que me venga a la mente una nítida
imagen del desierto.
Estábamos en la entrada del Sahara cuando caímos enfermos.
Llevábamos casi un mes viajando hacia el sur con muy poco dinero, y comiendo
sin precaución en lugares obscuros y con frecuencia poco higiénicos. Tratábamos
obsesivamente de llegar al desierto pero al mismo tiempo nos dejábamos seducir
por todas las escalas del camino. El mundo árabe, que tanto Magui como yo
estábamos descubriendo, nos fascinaba hasta el exceso de sentirnos bajo los
poderes de algún hechizo: íbamos hacia el desierto como los insectos de la
noche vuelan hacia la llama de una vela, ciegamente.
Todavía recuerdo con algo de vértigo la extraña sensación de
ir día a día a la deriva, disponibles por completo a los azares de nuestra
travesía, de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, como si llegáramos a
diferentes puertos de un mar siempre lleno de sorpresas. Nuestra geografía era
la del asombro y nuestro mapa un vocabulario secreto, descifrable sólo paso a
paso. Nuestra meta parecía ser el camino mismo (como en la travesía de Jack
Kerouac On the Road, que tan cercana me había sido en la adolescencia; o como
en el viaje espiritual de ciertos místicos árabes). Y al mismo tiempo, teníamos
una sensación de temor e incertidumbre, como si un ave obscura volara sobre
nosotros, orientara nuestros pasos o los vigilara amenazante. Ibamos más allá
de nosotros mismos, queriendo ver en nuestras sombras sobre la arena una
absorvente noche llena de estrellas que nos llamaba.
Pero el azar nos detuvo en el primer oasis: la fiebre nos
impidió salir de madrugada con la caravana semanal que se adentraba en el
Sahara. Estábamos en un pueblo llamado Zagora (muy cerca de donde Pier Paolo
Pasolini había filmado Edipo Rey ). No sabíamos que ese lugar se convertiría en
uno de los centros de nuestro viaje. No pudimos tomar la siguiente caravana
porque ese mismo día habían roto relaciones los dos países que se disputan
aquella zona fronteriza: Marruecos y Argelia. Había en el aire, según nos
enteramos después, una guerra inminente.
Al amanecer vino a buscarnos un enviado del Caid, es decir,
de la persona que era al mismo tiempo la autoridad política, militar y
religiosa de la zona. Una especie de gobernador que fuera al mismo tiempo
obispo y general. El Caid quería vernos para decirnos que estábamos bajo su
custodia: habría toque de queda y la circulación sería restringida. Cerca de
ahí, el ejército del otro país había matado a varios miembros de una tribu
nómada que se había negado a ceder sus armas, y se pensaba que el mismo
ejército había secuestrado a cinco turistas franceses que habían entrado al
Sahara argelino por Marruecos. Secuestraban a extranjeros para crearle
problemas diplomáticos a sus enemigos. Una maniobra que, por lo visto, era
común en esos horizontes.
Pero lejos de vivir grandes tensiones y riesgos, aquellos
días fueron para nosotros un pequeño paraíso. Cerca de tres semanas, hasta que
pasó el peligro, disfrutamos de la hospitalaria protección del Caid. En su
territorio, nos albergaba un nuevo amigo, Horst: un alemán de origen polaco,
especialista en la evaporación del agua en el desierto. Se había encontrado con
nosotros en la calle y nos vio tan demacrados por las disenterías que decidió
aliviarnos alimentándonos adecuadamente. Fuimos juntos al pequeño mercado de
Zagora y compramos bolsas de verdura y piezas de pollo que en su cocina se
convirtieron en elementales platos curativos. Cinco años antes él era un
especialista en literatura, doctorado en la universidad de Berlín, que iba de
vacaciones a Marruecos por primera vez. Como se enamoró del lugar decidió dar
un giro a su profesión y comenzó a estudiar geología porque quería regresar a
quedarse haciendo algo útil para el país. Se había dado cuenta de que la
distribución del agua para todos los habitantes y agricultores del oasis, a
partir de una diminuta presa, era muy irracional y por lo tanto había mucho
desperdicio.
Pronto descubrió que se el agua se repartía basándose en
sistemas de medición muy poco precisos, implantados por los colonizadores
franceses en los años cincuenta: enterraban en el desierto una especie de
cubeta metálica que medía un metro cúbico. La llenaban de agua y luego iban
midiendo cuánto descendía el nivel al avanzar el sol. Nuestro amigo alemán
buscó y encontró nueva tecnología de medición, la llevó al desierto aportada
por fundaciones europeas, ayudó notablemente a la comunidad del oasis e hizo su
doctorado sobre la evaporación en esa zona del Sahara.
Tal vez esté de más decir que era un tipo extraño y
apasionado, muy afable, enamorado del lugar, de su oficio de geológo
excéntrico, y que con verdadero entusiasmo nos iniciaba en la lectura de las
rocas, de sus vetas y de su imaginación milenaria. La literatura y la geología
eran para él equivalentes: en los granos del desierto, según nos decía, estaban
cientos de historias capaces de llenar otras mil y una noches. Aguardaban ahí,
noche y día, listas para quien quisiera y supiera leerlas. Sin que nuestro
amigo conociera a Roger Caillois, el autor sorprendente de Las piedras vivas y
de muchos otros ensayos sobre la imaginación mineral, coincidían sus puntos de
vista. Para ambos las piedras interesantes eran, como la buena literatura, vida
condensada. Y nosotros estábamos ahí, en medio del desierto, aprendiendo a
descifrar nuestras sorpresas.
Estábamos en una zona donde, muchos siglos atrás, el suelo
se había hundido varios kilómetros a la redonda ofreciéndonos el espectáculo de
una inmensa falla vista desde abajo: era una especie de valle rodeado por un
alto muro que exhibía, con líneas agitadas que corrían horizontalmente, la
historia de esa tierra durante varios milenios.
El hundimiento había producido otra formación extraña: en
medio del valle surgió una montaña rocosa desde la cual se podían ver todos los
oasis a la redonda, el arroyo increíblemente estrecho que los alimentaba y la
pequeña presa que parecía un estanque. Como era un lugar estratégico desde un
punto de vista militar, nuestro amigo alemán tuvo que pedir la autorización del
Caid para que subiéramos. Desde lo alto de la montaña, al día siguiente,
presenciamos la salida del sol.
Hasta ese momento no habíamos percibido el acontecimiento
más importante del lugar en mucho tiempo –y que no era la guerra. No habíamos
dado importancia al hecho de que el día anterior había estado lloviendo,
después de doce años que eso ahí no sucedía. Es cierto que entre la gente del
lugar habíamos notado una gran excitación pero la adjudicábamos erróneamente a
la política. Luego nos daríamos cuenta de que en realidad era motivada por la
lluvia. En aquel rincón del desierto, la guerra era más frecuente y monótona
que la lluvia.
Desde lo alto de la montaña vimos nuevas zonas verdes
alrededor del oasis, que durarían tanto como lo que el sol se demora en
restablecer su dominio. De pronto, vimos que comenzaban a subir desde el suelo
nubes muy pequeñas y compactas. Pasaban frente a nosotros y seguían lentamente
su camino hacia arriba. El agua de la lluvia estaba evaporándose ante nuestros
ojos. Pero lo más extraño y fascinante era que, de alguna manera, con las
pequeñas nubes nos llegaban sonidos que normalmente, a la altura en la que
estábamos, no podríamos escuchar: voces - hogareñas, ladridos de perros, música
de radio, juegos de niños en la calle o en el patio de su casa, una pareja
discutiendo con violencia, conversaciones que tal vez se querían secretas.
Había también una luz peculiar que se hacía más densa al
avanzar la mañana. Era como si, bajo su nueva humedad, las hojas de las palmas
y los granos de arena intensificaran sus reflejos. Pero parecía que éstos
viajaran, entre las vaporizaciones del aire, de manera muy poco directa hasta
nuestros ojos.
Hundido en esa luz y en la visión de ese paisaje
evaporándose, me invadió la sensación de haber estado antes en la extensión de
ese mismo instante. Ahí me pareció ver algo que ya no estaba ante mis ojos: la
misma luz iluminando esta vez un desierto cubierto de flores. Vientos
repentinos las agitaban suavemente. La variedad de sus colores me emocionaba y
mi padre me explicaba que eran plantas de un día; que durante muchos años las
semillas habían permanecido entre la arena esperando la lluvia que las hiciera
germinar.
Volví a sentir tristeza y la breve angustia de ver que en un
par de horas el sol quemaba completamente todas las flores y luego todas las
plantas. Y volví a oír la voz de mi padre tranquilizándome, diciéndome que las
flores habían dejado otras semillas y que, de cualquier manera, en la aparente
nada del desierto había una vida inmensamente variada, visible para quien
supiera descubrirla. Volví a sentir la alegre curiosidad y el reto de averiguar
qué había detrás de la aridez frente a mis ojos. Poco a poco, en los meses
siguientes, mi padre me mostraría la enorme riqueza vital del desierto.
Yo tendría algo más de tres años cuando fuimos a vivir al
desierto, en el noroeste de México, en la parte sur de la Baja California; y
había olvidado aquella escena de nuestra llegada. Casualmente, también cuando
entramos a ese desierto mexicano acababa de llover, después de varios años de
sequedad absoluta.
Otras imágenes me visitaron: como aquella lluvia se había debido
a un ciclón, aún después había vientos poco usuales. Los techos de algunas
casas de madera pasaron cerca de nuestra ventana, lo mismo que grandes ruedas
de espinas y el ala de una avioneta ligera, de las que se usaban para fumigar
los campos. Ante el sonido del viento, que no dejaba de darnos escalofríos, mi
padre exorcisaba nuetros temores preguntándonos si queríamos volar. Como
respuesta a nuestro entusiasmo tomaba firmemente con una mano el brazo de mi
hermano, que ha de haber tenido entonces cerca de un año, y con la otra mano el
mío. Salíamos de la casa y, a los dos niños delgados, el viento nos elevaba
fácilmente llenándonos de una alegría completamente nueva.
En lo alto de una montaña norafricana, sumergido en una luz
casi líquida, los azares de la memoria me devolvían sensaciones e imágenes que
yo ni siquiera podía saber que tenía perdidas. Por primera vez supe que la
fuerza del olvido era brutal y misteriosa, pero que los poderes de la memoria
no lo eran menos. Me preguntaba, ¿cuántas cosas habré olvidado y cuántas me
será dado algún día recuperar?
Ahí mismo recordé que dos años antes del viaje a Noráfrica
había muerto mi abuelo Joaquín, el padre de mi padre. Era un hombre dulce,
terriblemente aferrado a la vida, que tuvo una agonía muy larga: casi tres
meses en los cuales, inconsciente ya, hablaba desde diferentes épocas de su
vida. Conforme se acercaba a la muerte era más lejano el recuerdo en el cual se
situaba: en algún momento comenzó a hablar en latín, lengua que sólo de
adolescente había frecuentado para olvidarla totalmente después. En otros
momentos discutía, como un niño, con un hermano que había muerto cuando él
tenía diez años. Tal vez, en los tres meses que duró su agonía, mi abuelo viajó
mentalmente a lo largo y ancho de sus setenta y tantos años de vida.
Esa inesperada resurrección de la memoria en la proximidad
de la muerte de mi abuelo me había llenado siempre de angustia: me parecía un
acto desesperado de la voluntad de vivir. Pero al recordarlo en aquella montaña
del oasis de Zagora, después de que yo mismo había sido involuntario y feliz
viajero de la memoria, me llenaba de paz pensar que el último itinerario de mi
abuelo fue tal vez un privilegio; y que si, cuando yo muera, me es dada también
la dicha de entrar al tiempo sin tiempo de la memoria, sin duda regresaré al
desierto.
domingo, 19 de junio de 2016
Un jardín en tus ojos
ALBERTO RUY-SÁNCHEZ
UN JARDÍN
EN TUS OJOS
Una tarde de otoño, en el mercado viejo del puerto de
Essaouira, antes Mogador, en la costa Atlántica de Marruecos, encontré a una
mujer que vendía flores de la manera más extraña posible. Mostraba sólo unos
cuantos pétalos de diferentes colores en sus manos impecablemente tatuadas. Por
la frescura y el olor de los pétalos sus clientes juzgaban la mercancía y
regateaban su compra.
Las flores
permanecían por lo pronto en su casa, en una zona bastante inaccesible, muy
adentro del mercado. Cuando ya había cerrado un trato daba cita a sus clientes
en la fuente de la Nueve Lunas, donde se cruzan o terminan nueve callejuelas
curvas y los azulejos frente al agua devuelven nueve reflejos diferentes de la
luna menguante. Ahí entregaba los ramos y recibía el dinero. Desde ahí, desde
ese rincón de agua, emprendía de nuevo su paseo por el mercado con las manos
extendidas tratando de provocar los ojos y el olfato de quienes pasábamos por
ahí.
Cuando me topé con
ella por primera vez yo llevaba un par de horas felizmente perdido en el tejido
irregular de las calles estrechas. Experimentaba esa forma de embriaguez que
ofrecen los laberintos al enfrentarnos a lo indeterminado, al hacer de cada
paso la puerta hacia una posible aventura.
Había osado meterme
hasta en los pasadizos tortuosos que se forman de manera diferente cada día de
la semana dependiendo de quiénes iban o no a poblar con sus puestos y
mercancías las plazas recónditas. Dicen que en esos rincones hasta los mismos
comerciantes se extravían los días de la semana que no es su turno de levantar
un puesto. Una trama distinta enreda y desenvuelve sus pasos cada vez.
Siempre hay plazas
dentro de las plazas, calles dentro de otras y tiendas dentro de tiendas hasta
llegar a la caja de madera taraceada más pequeña que, en sus compartimentos
interiores de marquetería puede albergar, en miniatura, lo esencial de un
mercado : sus olores.
Poco a poco iba yo
aprendiendo a distinguir en cada pequeñísimo detalle de la ciudad de Mogador el
universo que concentra. Porque ahí cada cosa, cada gesto, cada sonido es puerta
y detonador de otros ámbitos. Y muy pronto iba a descubrir que, así como los
inmesos mercados de frutas y flores pueden estar en una diminuta caja de madera
perfumada, uno de los jardines más seductores de Mogador se abriría para mí en
los pétalos de colores resplandecientes sobre las manos tatuadas de aquella
vendedora de flores.
Antes de cruzarme
con ella me había elegido como un posible cliente. En cuanto me vio a lo lejos,
en las calles del mercado, vino directamente hacia mí. Su mirada multiplicaba
su fuerza expresiva en el rostro velado. Como si me gritara desde lejos con los
ojos. Caminó unos quince pasos atrapándome en sus pupilas negras sin un
pestañeo. Pero un par de metros antes de estar a distancia de hablarme bajó la
mirada hacia sus manos extendidas. Vi los pétalos de colores. Sin tocarlos
sentí su textura de piel suave y perfumada. Esos pétalos frágiles contrastaban con la rigurosa geometría
tatuada en sus manos que las hacía parecer una elegante tela teñida de rombos y
caminos.
Rompió un par de
pétalos con dos dedos liberando una fragancia intensa. Cuando levantó la mirada
ya no se fijaba en mí. Parecía perseguir algo a mis espaldas. Y pasó lentamente
a mi lado casi rozándome sin voltear un segundo a verme de nuevo. Lo hizo de
tal manera que el olor de sus flores, seguramente más intenso por el par de
pétalos estrujados, me golpeó con fuerza subrayando su repentina indiferencia y
obligándome, por supuesto, a seguirla.
Suavemente se fue
metiendo de nuevo en su laberinto. No me miraba pero sabía que yo estaba
caminando sobre sus pasos. De pronto creía haberla perdido y reaparecía ante
mis ojos. La tercera vez que eso sucedió había llegado a una calle sin salida,
ni puertas donde ella pudiera haberse metido. Al encontrarme de pronto frente a
un muro me volví para retomar mi camino y ahí estaba ella, venía detrás de mí,
hacia mí.
Su coquetería
pasiva se volvió desafío. Y después de nuevo coquetería. Discutimos el precio
de sus flores y me habló de algunas orquídeas y cactus muy especiales que sólo
existían en Mogador, así como de la planta de la Jena, de donde sacaba los
tintes para el pelo y las manos. Me explicó la geometría de sus tatuajes.
Después de venderme un par de ramos y de una larga conversación que duró hasta
la caída de la tarde, me ofreció
mostrarme al día siguiente su Ryad, palabra mágica que significa Jardín Interno. El reducto natural dentro de
una casa.
Ryad es por supuesto uno de los nombres del paraíso. Los
místicos árabes dicen que el Ryad es donde uno puede unirse a Dios. Los poetas
la usan para hablar tanto del corazón de sus amadas como del sexo atesorado y
misterioso, promesa de placeres y reto para el jardinero que pacientemente los
siembra y los cultiva. La promesa de la vendedora de flores, quien para
entonces ya me había dicho que se llamaba Khadiya, me mantuvo sin dormir casi
toda la noche.
Me había dado cita
en una parte de la muralla que da al mar. Llegué antes y pude ver cómo amanecía
en Mogador. Cuando ella llegó su sombra era larga y fresca. Las gotas del
amanecer se reventaban bajo sus pasos. Desde ahí caminamos un tiempo que me
pareció largo y breve simultáneamente. Fuimos por un camino tan complicado que
nunca podría tomarlo de nuevo. Era como un hueco oculto en ese punto donde el
tiempo y el espacio se vuelven como espejos y nadie sabe ya qué es verdad y qué
es reflejo.
Mientras
avanzábamos yo observaba sus gestos lentos y sensuales adivinando extrañamente
su cuerpo debajo de una montaña de telas onduladas que se volvían habladoras
con sus movimientos. Porque esta vez llegó cubierta con un Haik, que es más que
un velo: una tela blanca muy grande por encima de su Kaftán que, para que no
arraste, requiere ser llevada con mil pliegues. Un arreglo aparentemente burdo
pero ideado con un riguroso plan de recato extremo y también de extrema
coquetería: sin duda logra mostrar con terrible fuerza sugerida lo que esconde:
la sensualidad deseable de una mujer obvia e intensamente deseante, viva.
Nos detuvimos en
varias tiendas. Conversamos con gente que se cruzaba en la calle. Me mostró
rincones de la ciudad de extraña belleza, insignificantes para quien no sea
sensible a las formas curiosas que toman las ciudades, sus piedras, su madera,
cuando son trabajadas por el tiempo. Lugares inaccesibles si ella no me lleva a
verlos. Cuando al fin llegamos a su casa, su sombra prácticamente ya cabía
abajo de sus sandalías y no había en ella gotas de rocío que se rompieran.
Su Ryad resultó ser
un fresco y breve huerto de frutas y flores, inesperado entre pasillos
estrechos de geometría aparentemente caprichosa, dentro de una bellísima casa
cubierta de azulejos, también insospechada entre las callejuelas del puerto.
No volví a salir de
ahí hasta que ella lo decidió. Durante poco más de dos semanas fui, feliz y
asombrado a cada instante, su prisionero. Todavía me escribe de vez en cuando
algún mensaje breve o una tarjeta postal que siempre termina con la frase:
"En mí tu Ryad te espera". Cada vez que la leo se desencadena a lo
largo de mi cuerpo una avalancha de felicidad por recordarla y de angustia por
no tenerla que me quita la respiración. Releo sus notas como se tiene un vicio.
Pero de ella
atesoro, además de las huellas profundas que su cuerpo desnudo puso para
siempre en el mío, y además de los placeres de su inteligencia ágil y voraz y
velocísima, una fotografía. Una mañana, la novena, creo, me despertó con
palabras en vez de hacerlo con las manos o con la boca como todos los días.
--¿Quieres saber
cómo soy sin tatuajes?
Le dije que no, que
me gustaba con ellos. Eran tatuajes de Jena, del tinte hecho de esa planta del
desierto que según el Corán se encontraba en el paraíso al lado de los dátiles
y las palmeras. Formaban una asombrosa geometría, como un jardín perfecto en
todo su cuerpo. Y me gustaba perderme minuciosamente en su veredas. También era
una forma de estar vestida con ropa de piel: desnudez que no es pero parece. Un
manto de líneas tan sólo, pero líneas rituales sin duda que creaban alrededor
de ese cuerpo un espacio prácticamente sagrado; donde ella era mi diosa nueva y
mi experimentada sacerdotisa; un espacio único, trascendente.
Como si no me
hubiera oído continuó buscando lo que había planeado mostrarme. Sacó del fondo
de un arcón de taracea una tela bellísima, doblada varias veces para proteger
una fotografía. Parecía una imagen muy vieja pero estaba impecablemente
conservada en un marco antiguo y además la mostraba a ella desnuda en una toma
que parecía reciente. Sólo su cabeza estaba semi cubierta por una tela muy
blanca con flores bordadas que yo había visto todos los días al lado de su cama
e incluso había tenido en mis manos. Ella me había acariciado con los flecos de
esa tela.
Su piel obscura y
tersa contrastaba con el muro cargado de texturas deslavadas a su espalda. Era
evidente que quien tomó la fotografía le pidió que levantara los brazos para
mostrar mejor las ondulaciones de su cuerpo. Ella los mantiene en alto pero de
lado y con las manos juntas. Su mirada, también de perfil, se mantiene abajo,
escondida. Entrega su cuerpo a nuestros ojos pero su mirada pudorosa en el
fondo la oculta, la preserva. Sólo su sonrisa revela un universo de picardía.
La misma sonrisa que le había visto regalarme con frecuencia esos días. Pero la
fotografía raptaba mi atención dentro de mi feliz rapto. De nuevo quedaba yo
atrapado con fascinación en ese mundo de
paradojas sensuales donde una mujer desnuda está vestida de tatuajes y la más
revestida queda desnuda en cuanto camina; la mujer velada grita abiertamente
por los ojos y la desnuda los esconde hasta el fondo de sí misma. Donde los
jardines son secretos y los secretos del placer extremo son jardines: Ryad del
alma y del cuerpo.
Le pregunté cuándo
se la habían tomado. Me lanzó de nuevo esa sonrisa de tres trasfondos y no
respondió. Pregunté de nuevo tres veces y sólo entonces aceptó decirme:
---No soy yo, es mi
bisabuela. Se llamaba como yo, Khadiya, pero su historia fue mucho más
complicada. Dicen que esta fotografía fue tomada por mi verdadero bisabuelo.
Pero ella nunca volvió a verlo y él nunca supo que tuvo una hija.
Me entró el deseo
de llevarme esa imagen y la convencí de ir juntos a casa del viejo fotógrafo
del puerto para pedirle que hiciera una copia para mí.
---Bueno, así me
vas a tener sin tenerme --me dijo sonriendo. Voy a ser para ti como un sueño
nuevo en una fotografía impresa antes de que los dos naciéramos: como un Ryad
nuestro muy escondido en un tiempo que no vivimos; un jardín en tus ojos. Sólo
tú me podrás ver donde no estoy.
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