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jueves, 28 de septiembre de 2017

Esa Boca, un cuento de Benedetti

Uno de los cuentos del tema "El circo" que hicimos hoy en nuestro taller ABRA.
Mario Benedetti
(Paso de los Toros, Departamento de Tacuarembó,
Uruguay, 14 de septiembre del 1920)
Esa boca
(Montevideanos, 1959)
Su entusiasmo por el circo se venía arrastrando desde tiempo atrás. Dos meses, quizá. Pero cuando siete años son toda la vida y aún se ve el mundo de los mayores como una muchedumbre a través de un vidrio esmerilado, entonces dos meses representan un largo, insondable proceso. Sus hermanos mayores habían ido dos o tres veces e imitaban minuciosamente las graciosas desgracias de los payasos y las contorsiones y equilibrios de los forzudos. También los compañeros de la escuela lo habían visto y se reían con grandes aspavientos al recordar este golpe o aquella pirueta. Sólo que Carlos no sabía que eran exageraciones destinadas a él, a él que no iba al circo porque el padre entendía que era muy impresionable y podía conmoverse demasiado ante el riesgo inútil que corrían los trapecistas. Sin embargo, Carlos sentía algo parecido a un dolor en el pecho siempre que pensaba en los payasos. Cada día se le iba siendo más dificil soportar su curiosidad.
Entonces preparó la frase y en el momento oportuno se la dijo al padre: “¿No habría forma de que yo pudiese ir alguna vez al circo?” A los siete años, toda frase larga resulta simpática y el padre se vio obligado primero a sonreír, luego a explicarse: “No quiero que veas a los trapecistas.” En cuanto oyó esto, Carlos se sintió verdaderamente a salvo, porque él no tenía interés en los trapecistas. “¿Y si me fuera cuando empieza ese número?” “Bueno”, contestó el padre, “así, sí”.
La madre compró dos entradas y lo llevó el sábado de noche. Apareció una mujer de malla roja que hacía equilibrio sobre un caballo blanco. Él esperaba a los payasos. Aplaudieron. Después salieron unos monos que andaban en bicicleta, pero él esperaba a los payasos. Otra vez aplaudieron y apareció un malabarista. Carlos miraba con los ojos muy abiertos, pero de pronto se encontró bostezando. Aplaudieron de nuevo y salieron —ahora sí— los payasos.
Su interés llegó a la máxima tensión. Eran cuatro, dos de ellos enanos. Uno de los grandes hizo una cabriola, de aquellas que imitaba su hermano mayor. Un enano se le metió entre las piernas y el payaso grande le pegó sonoramente en el trasero. Casi todos los espectadores se reían y algunos muchachitos empezaban a festejar el chiste mímico antes aún de que el payaso emprendiera su gesto. Los dos enanos se trenzaron en la milésima versión de una pelea absurda, mientras el menos cómico de los otros dos los alentaba para que se pegasen. Entonces el segundo payaso grande, que era sin lugar a dudas el más cómico, se acercó a la baranda que limitaba la pista, y Carlos lo vio junto a él, tan cerca que pudo distinguir la boca cansada del hombre bajo la risa pintada y fija del payaso. Por un instante el pobre diablo vio aquella carita asombrada y le sonrió, de modo imperceptible, con sus labios verdaderos. Pero los otros tres habían concluido y el payaso más cómico se unió a los demás en los porrazos y saltos finales, y todos aplaudieron, aun la madre de Carlos.
Y como después venían los trapecistas, de acuerdo a lo convenidó la madre lo tomó de un brazo y salieron a la calle. Ahora sí había visto el circo, como sus hermanos y los compañeros del colegio. Sentía el pecho vacío y no le importaba qué iba a decir mañana. Serían las once de la noche, pero la madre sospechaba algo y lo introdujo en la zona de luz de una vidriera. Le pasó despacio, como si no lo creyera, una mano por los ojos, y después le preguntó si estaba llorando. Él no dijo nada. “¿Es por los trapecistas? ¿Tenías ganas de verlos?”
Ya era demasiado. A él no le interesaban los trapecistas. Sólo para destruir el malentendido, explicó que lloraba porque los payasos no le hacían reír.

domingo, 2 de diciembre de 2012

La pequeña muerte




Nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos empieza. Pequeña muerte la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nace.
Eduardo Galeano de El libro de los abrazos

domingo, 11 de noviembre de 2012

Marossa di Giorgio






Marossa di Girgio es una mujer maravillosa, sorprendente, enérgica, en contacto con los misterios de la naturaleza, con poderes ocultos y un mágico lenguaje.





Hice una máscara. Con vello de mariposas y alitas de gladiolo, y un procedimiento muy especial. Y ella cobró leve vida.

La puse en una caja de color rosa.

Y de nombre, Laura, en homenaje al bosque de laureles de donde soy oriunda, y del aire de oro de cada mañana, allá.

Y, aun bajo un nombre así, ella padece.

Algunos días la llevo sobre el rostro. Los días de la divinidad. Entonces, la gente me nombra Laura. Y yo voy con el cabello diestramente arreglado, y desnuda, porque esa cara artificial y verdadera, no admite ningún traje.

La gente clama: Laura está en la confitería. En el liceo. En el río.

…Y, ahora, sólo miro la vacía caja donde un día durmió Laura.


domingo, 7 de noviembre de 2010

Conociendo a una escritora

Traje de Montevideo un libro de cuentos de Carmen Posadas llamado "Nada es lo que parece". Esta inteligente escritora uruguaya, premio planeta nos cuenta un poco de sí misma y de su obra en esta entrevista hecha en Holanda y luego si les ha gustado, he colgado otra.


sábado, 6 de noviembre de 2010

Conociendo una escritora






Traje de Montevideo un libro de cuentos de Carmen Posadas llamado "Nada es lo que parece". Esta inteligente escritora uruguaya, premio planeta nos cuenta un poco de sí misma y de su obra en esta entrevista hecha en Holanda.





miércoles, 21 de mayo de 2008

Si Dios fuera una mujer, una blasfemia





Mario Benedetti está en la clínica, entra y sale, esperemos que se mejore para que siga escribiendo poemas y continue con su vida que siempre ha sido lucha.

Mario Benedetti
Si Dios fuera una mujer


¿Y si Dios fuera mujer?


pregunta Juan sin inmutarse,


vaya, vaya si Dios fuera mujer es posible


que agnósticos y ateos no dijéramos no con la cabeza


y dijéramos sí con las entrañas.


Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez


para besar sus pies no de bronce,


su pubis no de piedra, sus pechos no de mármol,


sus labios no de yeso.


Si Dios fuera mujer la abrazaríamos


para arrancarla de su lontananza


y no habría que jurar


hasta que la muerte nos separe


ya que sería inmortal


por antonomasia


y en vez de transmitirnos


SIDA o pánico


nos contagiaría su inmortalidad.


Si Dios fuera mujer no se instalaría lejana


en el reino de los cielos,


sino que nos aguardaría


en el zaguán del infierno,


con sus brazos no cerrados,


su rosa no de plástico


y su amor no de ángeles.


Ay Dios mío, Dios mío


si hasta siempre y desde siempre


fueras una mujer


qué lindo escándalo sería,


qué venturosa, espléndida,


imposible, prodigiosa blasfemia.