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domingo, 10 de enero de 2016

Hablando de casualidades.

Cuando ya estaba casada y tenía hijos, mis padres me invitaron a un viaje que fue muy importante para mí. Al lugar en el que había nacido y vivido mi primer año: Augusta Georgia en Estados Unidos. Querían que conociese el hospital donde había nacido, la parroquia en la que me habían bautizado y las casas en las que había vivido y por supuesto que la ciudad con esas hermosas casas blancas sureñas que me hicieron acordar a la película “Lo que el viento se llevó”.  Con el viaje podría tener en la mente algo más que un simple nombre.

Llegamos a una de las casas en las que habíamos vivido y salió a recibirnos una mujer morena vestida de negro. Tuvo muchas dudas si dejarnos entrar o no, pero ante la insistencia nuestra, explicando que queríamos recordar, llamó a su esposo y ya con su autorización nos hizo pasar.

Mientras recorríamos la casa pude ver lo triste que estaba la señora y le pregunté si había perdido a alguien, —A mi único hijo, —respondió,— hace solo unos días, en Vietnam,— y se le llenaron los ojos de lágrimas. La abracé, le dije las mejores palabras que pude encontrar, traté de consolarla.  Una vez que terminamos de ver la casa, mis padres estaban regocijados,  y nos despedimos pensé que quien sabe la vida es tan extraña, tan indescifrable, tan distinta a nuestra lógica, que había hecho que mi papá consiguiese un trabajo como ingeniero en Georgia para construir una represa, que yo naciera tan lejos de mi país, solo para que esa tarde, pudiese consolar a   Maureen  que estaba tan triste, tan sola, tan necesitada de un abrazo.




domingo, 6 de octubre de 2013

Feliz encuentro


Encontrarse con peruanos cuando uno está en otro país es un gusto. Una los escucha hablar, reconoce nuestra manera tan especial, nuestros diminutivos, no sé, la manera de alargar las palabras o subir y bajar algunas entonaciones para que el corazón se ponga contento y tenga la certeza de haber encontrado un compatriota estando tan lejos de nuestro país. No nos conocemos pero pronto nos hacemos amigos, conocemos a sus hermanos o a los amigos de sus amigos y entonces ya estamos abrazándonos y hablando con toda la confianza del mundo como si nos hubiésemos conocido desde siempre. Intercambiamos datos, ella me recomienda visitar el Museo Nogushi y Foundation Richard Serra mientras nosotros les recomendamos películas encantadoras y la exposición de Julia Margaret Cameron en el Metropolitan Museum . Entre tanta gente de todas partes del mundo, se nos regaló esa mañana un encuentro en el que conciliamos nuestro país y nuestras curiosidades.
Acá fotos de Julia M Cameron, del Museo Nogushi y de Richard Serra.

martes, 16 de febrero de 2010

Pequeño encuentro


¿Quién podría imaginar que encontraría una nueva amiga en la oficina de trámites de brevete? Posible pero cierto, aunque no deja de ser extraño.
A Cecilia también le habían robado la cartera y empezamos nuestra relación intercambiando estrategias para protegernos de futuras agresiones. Cuando nos enteramos que habíamos tenido la misma formación escolar, -distintos colegios pero igual método- costumbres, creencias, nos sentimos muy cómodas y sin perder el tiempo hicimos un rápido recorrido por nuestras vidas. Ella era viuda reciente, tenía una hija en las puertas del matrimonio y,- eso fue lo que más me interesó- estaba totalmente dedicada a la tradición Sufí. Precisamente yo estaba en búsqueda de cuentos sufíes, había ido a librerías, estaba descifrando un hermoso libro llamado: El collar de la paloma del alma, basado en las enseñanzas de dos sabios también sufíes. Nos llamaron para entregarnos nuestros documentos pero aún teníamos que ir a otra oficina a terminar el trámite. Cecilia vino en mi auto y durante la travesía nos abocamos a temas más profundos. ¿Existen almas más finas que otras? ¿Las personas que despreciamos son espejos nuestros? ¿Si uno ruega a Dios por un maestro, aparece pronto en su vida? Cecilia tenía un rostro que inspiraba una gran paz. Sus palabras parecían abrazos. Nadie que nos escuchase podría decir que hacía menos de una hora éramos absolutamente extrañas. Su maestro era de Afganistán. Había viajado a Estambul. Ella medita tres veces al día y ora todo el tiempo, casi con la misma naturalidad con la que respira. Hablamos de amor. Descubrimos otras coincidencias mientras tomábamos un jugo en la cafetería del local, amigos comunes, una manera parecida de mirar las cosas.
Esto lo escribí un miércoles 23 de setiembre de 1998. A Cecilia no la volví a ver pero no la he olvidado. Ahora pienso que hay personas con las que nos topamos en la vida con las que conseguimos una comunicación intensa y profunda y que eso hay que recibirlo como un regalo, ¿de quién? Una gratificación por haber estado dispuesta, abierta a tomar contacto con el que está en esos momentos a nuestro lado. A los pocos días ella me hizo llegar un cuento Sufí que me sirvió para un cuento que estaba escribiendo y ahora si hago un esfuerzo puedo recordar las sensaciones de alegría y gusto que tuve durante nuestro pequeño encuentro.