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domingo, 4 de octubre de 2015

El ahogado más hermoso del mundo


Gabriel García Márquez
(Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)


El ahogado mas hermoso del mundo




         Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
         Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
         No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
         Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piitrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
         No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
         —Tiene cara de llamarse Esteban.
         Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jovenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
         —¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!
         Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
         Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
         Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

miércoles, 16 de octubre de 2013

El oso atravesó la montaña

Alonso Cueto nos dice:





En “El oso atravesó la montaña”, Alice Munro cuenta la historia de un profesor jubilado, Grant, que vive con su esposa Fiona. La convivencia es feliz excepto por el recuerdo de las aventuras que Grant tuvo con alguna de sus estudiantes. La historia se inicia cuando Fiona descubre los síntomas de la enfermedad de Alzheimer. Ella misma decide que lo mejor será internarse en una clínica. La separación es dura. Una de las reglas de la clínica es que él no puede visitarla hasta que pasen treinta días. Cuando transcurre el plazo y Grant va a verla, descubre que Fiona se ha enamorado de otro enfermo, Aubrey.

En ese paraíso del aislamiento, Fiona vive solo para Aubrey y apenas recuerda a su marido. Pronto la esposa de Aubrey lo retira de la clínica por problemas económicos. Fiona entra en una crisis de nostalgia. Grant que prefiere ver a su esposa feliz, aunque sea con otro hombre, visita a la esposa de Aubrey para procurar que Fiona y su marido puedan reunirse. El resultado es que Grant empieza a intimar con la esposa de Aubrey.

El final del relato, inesperado y dramático, es uno de los más bellos que se han contado. “El oso que atravesó la montaña” (que se convirtió en una película maravillosamente interpretada por Julie Christie) ilustra un tema esencial en la obra de Munro: la vida como un sistema de intercambios y compensaciones secretos.

Nacida en 1931, en Ontario, Canada, la vida y la obra de Munro han girado siempre en torno a los personajes sencillos, que llevan existencias cotidianas y pobladas de sueños (una herencia chejoviana). Su infancia transcurrió en una granja en la época de la depresión, rodeada de personas que intentaban sobrevivir. Conoció a su esposo James Munro en la Universidad de Ontario y se casó a los veinte años. Al año siguiente nacería la primera de sus tres hijas. Su primer volumen de cuentos Baile a las sombras felices (1968) y el siguiente Vidas de niñas y mujeres (1971) establecieron su fama muy pronto entre los lectores de todo el mundo.

Sus relatos de tramas sencillas, en las que sucede muy poco, están poblados de personajes que ocultan mucho más de lo que declaran. La zona en la que vive su narrativa está siempre en aquello que han callado o suprimido sus protagonistas. Esta exploración del silencio está hilvanada al género del cuento. Munro ha declarado que nunca se propuso ser cuentista: siendo madre de tres niñas, no tenía tiempo para escribir novelas. Sin embargo, según sus testimonios siempre ha visto la vida de las personas a fogonazos, y no como desarrollos lineales. Sus cuentos parecen decirnos que la rutina es el centro de nuestras vidas.

“Las lunas de Júpiter” cuenta la dramática enfermedad del padre de la protagonista. Pero el relato termina con una frase que parece comprobar la fuerza de lo cotidiano: “Hacía frío afuera, de modo que entré a tomar un café, y a comer algo antes de volver al hospital”. En otro cuento de la misma colección, uno de sus personajes le pregunta al otro: “¿En qué estás pensando?”. La respuesta es En la vida. La mejor descripción de lo que ha hecho Munro en sus relatos. Una gran Premio Nobel.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Lo último en safaris


El martes pasado en ABRA nuestro taller de lectura leímos "Lo ultimo en safaris"un cuento tremendo de la escritora Nadine Gordimer, primera mujer africana que recibió el premio nobel, que trata desde el punto de vista de una niña del abandono de su aldea de origen en busca de oro lugar en el mundo en donde no hayan guerras ni persecución.El padre y la madre desaparecidos, a cargo de la abuela deben cruzar un parque Kruger lleno de animales y peligros, cuidarse de las púas de la cerca y atravesar matorrales, barro, la amenaza de que la policía los regresase, alejarse de los blancos. Muertos de sed, de hambre, envidiando a los animales que sí comían de las copas de los árboles, sin poder prender fuego por el temor a ser descubiertos, llegan al fin después de días y días de caminata muy cansados habiendo escapado de leones, habiendo perdido al abuelo en el camino y estando el bebe ya dañado a una enorme carpa en donde vivirían por varios años. Toman el agua de a pocos, se alimentan que la siente como una serpiente que da vueltas en su estómago, los vacunaron para iniciar una nueva vida en donde siempre existía el deseo de volver y hallar lo perdido.
Conversamos mucho sobre el impacto de esta lectura y para bajar un poco la tensión leímos este otro cuento de la misma autora en un tono totalmente distinto, tal vez de su primera época.



Acá el segundo cuento:
NADINE GORDIMER - UN HALLAZGO

Que se las lleve el diablo.
Un hombre que había tenido mala suerte con las mujeres decidió vivir solitario por un tiempo. Dos veces se había casado por amor. Despejó la casa de cuanto de alguna manera se le había escapado a su abnegada segunda esposa cuando se largó con las posesiones favoritas que juntos habían coleccionado ‑cuadros, cristal fino, hasta los mejores vinos sacados de la cava‑; botó los libros en cuya guarda la primera mujer había escrito, amorosa, su nuevo nombre de casada. En seguida se fue de vacaciones sin llevar consigo a ninguna mujer. Por primera vez, que pudiera recordar.
Pero aquellas rameras y vagabundas de quienes se creyó enamorado habían resultado tan infieles como las honestas esposas que juraron quererlo eternamente.
Se fue solo a un balneario donde las rocas lanzaban el mar hacia arriba en forma de abanicos ásperos y la marea siseaba y se chupaba las charcas. No había arena. Sobre piedras, semejantes a confites hirvientes, a rayas, punteadas o estriadas, la gente ‑las mujeres‑ se acostaba en colchonetas descoloridas por la sal y se acariciaba con aceites aromáticos. Aquel año llevaban el cabello recogido y sujeto por gorros elásticos de flores artificiales, o chorreaba suelto ‑al salir del agua con cuentas cristalinas como joyas sobre sus brillantes miembros‑ y cogido por hebillas doradas que intercambiaban señales luminosas con las candongas que formaban un aro en sus orejas. Los senos iban desnudos y sobre el pubis vestían triángulos invertidos de tela fosforescente, asegurados por un cordón que subía por la división entre las nalgas, para encontrarse con dos cordones que bajaban del vientre y las caderas. En su línea de visión, mientras se alejaban hacia el mar, parecían totalmente desnudas; cuando subían del mar, acezando de placer, en dirección a su línea de visión, sus pechos danzaban y se colgaban al agacharse; reían mientras recogían toallas, peines y bronceador. Los cuerpos de algunas tenían diseños parecidos a telas estampadas: listones y parches blancos o rojos donde la ropa había tapado algunos trozos de sus cuerpos de la llameante inmersión en el sol. Otras tenían los pezones en carne viva, como fresas, y se podía observar que a duras penas soportaban tocarlos con bálsamo. Había hombres, pero él no los veía. Cuando cerraba los ojos y oía el mar alcanzaba a oler a las mujeres ‑el aceite.
Nadaba mucho; adentrándose en la serena bahía, entre surfistas crucificados contra sus vistosas velas, o más cerca a la orilla, donde la espuma le golpeaba la cabeza bajo aludes de aguas blancas. Un cardumen de madres jóvenes andaba con sus infantes por las aguas poco profundas. Desnudos, apoyados contra su carne blanda, los niños se aferraban a ellas, tan recientemente separados de allí que parecían aún formar parte de aquellos cuerpos femeninos en los que habían sido sembrados por varones como él. Se acostaba sobre las piedras a secarse. Le gustaba su roce duro y se retorcía para ajustar sus huesos a ellas, hundiéndolos con sus movimientos hasta que lograba acomodarlos en las depresiones, de suerte que las curvas de su cuerpo, más que ofrecer resistencia, fuesen recibidas por ellas. Dormía, y despertaba para ver piernas afeitadas pasar junto a su cabeza ‑mujeres‑. Gotas desprendidas de los cabellos mojados de aquellas caían sobre sus hombros cálidos. A veces se encontraba nadando bajo el agua, debajo de ellas, y su cuerpo de piel áspera pasaba rozándolas, como un tiburón.
Como suelen hacer los hombres cuando están solos, echaba piedras al mar, recordando ‑recuperando‑ el arte de lograr hacerlas besar la superficie saltando. Acostado boca abajo fuera del alcance de los últimos arroyuelos, colaba puñados de piedras pulidas por el mar, entresacaba algunas y, de cerca, comenzaba a verlas como los adultos han dejado de ver: como un niño mira y remira una flor, una hoja o una piedra, siguiendo sus vetas aluviales, sus fragmentos de color misteriosos, las placas de mica allí sepultadas, sintiendo (lo hacía) su forma de huevo o de rombo, pulida por la mano aceitosa y acariciadora del mar.
No todas las piedras eran en realidad piedras. Había óvalos ambarinos aplanados que el océano, tallador de gemas, había pulido a partir de botellas de cerveza quebradas. Había cabujones de vidrios azules y verdes (otra botella ahogada) que podrían haber pasado por aguamarinas o esmeraldas. Los niños los recogían en gorras o en baldes. Y una tarde, entre tales tesoros, mezclados con trozos de espuma de estireno ‑desechos de barcos de carga‑, y con otras echazones que se arrojan al mar y flotan de nuevo para ser botadas otra vez en las playas de todo el mundo, encontró en las piedras con las que ocupaba una mano, como un monje que pasa las cuentas de su camándula, un auténtico tesoro. Entre los pedruscos de vidrio de color había un anillo de diamante y zafiro. No estaba sobre la superficie de la playa pedregosa, así que era evidente que ninguna mujer lo había dejado caer aquel día. Alguna querida, algún tesoro del hombre rico (o alguna esposa oculta), al zambullirse desde un yate, allá lejos, con sus joyas puestas mientras se iba despojando con elegancia de otros ropajes, debió sentir que uno de los anillos se le resbalaba del dedo por acción del agua. O no lo sintió, sólo lo percibió al regresar a cubierta, y corrió a buscar la póliza de seguros, mientras el mar arrastraba el anillo cada vez más hondo; y luego, cansándose de él con el correr de los días, de los años, y empujándolo con lentitud, lo echó afuera, y lo tiró a tierra. Era un anillo hermoso. Un zafiro, largo y oblongo, circundado de chispas redondas; y a lado y lado de este brillante montículo, un diamante tallado en forma de baguette que servía de puente a un círculo grabado.
Aunque lo había sacado de una profundidad de más de seis pulgadas mientras excavaba con sus dedos al azar, miró a su alrededor, como si la dueña tuviera que estar allí, de pie, encima de él.
Pero ellas se estaban embadurnando, estaban secando a los infantes con las toallas, se depilaban las cejas observándose en espejos diminutos, estaban sentadas con las piernas cruzadas y los senos apoyados sobre las mesas bajas donde el mesero del restaurante había colocado sus ensaladas y botellas de vino blanco. Subió al restaurante a llevar el anillo: tal vez alguien hubiese informado de una pérdida. La administradora se echó hacia atrás, como si un reducidor le hubiese estado ofreciendo bienes robados. Es valioso. Llévelo a la policía.
La sospecha despierta la atención; tal vez hubiera, en este lugar extranjero, algún motivo para sospechar, aun de la policía. Si nadie reclamaba el anillo, alguno de los lugareños se lo embolsillaría. Así pues, qué importaba ‑y lo echó en su propio bolsillo, o mejor, en la bolsa donde guardaba el dinero, las tarjetas de crédito, las llaves del carro y las gafas de sol‑. Y regresó a la playa, a acostarse otra vez sobre las piedras, entre las mujeres. A pensar.
Puso un aviso en el periódico local: Hallado anillo en la Playa Horizonte Azul, el martes primero, junto con el teléfono y el número de su habitación en el hotel. La administradora tenía razón: hubo muchas llamadas.
Algunas de hombres que aducían que, en efecto, sus esposas, madres o novias habían de veras perdido un anillo en aquella playa. Cuando les pedía que lo describieran corrían el albur: un anillo de diamante. Pero cuando los presionaba, pidiéndoles más detalles, sólo les quedaba la mentira. Si una voz de mujer era lisonjera, congraciadora (incluso llorosa a veces), identificable como la de una estafadora de mediana edad, colgaba en el momento en que ella intentaba describir su anillo perdido. Pero si la voz era atractiva y a veces claramente juvenil, suave, aun vacilante en su mentirosa osadía, le pedía a su dueña que viniera al hotel a reconocer el anillo.
Descríbalo.
Las sentaba cómodamente frente al balcón abierto para que la luz del mar indagara en sus rostros. Sólo una lo convenció de haber de veras perdido un anillo; lo describió en detalle y se marchó, apesadumbrada por haberlo molestado. Otras ‑algunas bastante atractivas o incluso muy, muy bonitas, vestidas para seducir‑ se habrían conformado con un resultado diferente de la visita si no lograban salirse con la suya al inventar su descripción del anillo. Parecían calcular que un anillo es un anillo: si es valioso, debe tener diamantes, y una o dos tuvieron el ingenio suficiente para decir que sí, que llevaba otras piedras preciosas, pero era una herencia (abuela, tía) y no sabían en realidad los nombres de las piedras.
¿Y el color? ¿La forma?
Se marchaban como ofendidas; o si reían con nerviosismo culpable era que sólo habían venido por aventurarse, para divertirse un poco. Y era bien difícil deshacerse de ellas de manera educada.
Pero hubo una cuya voz era diferente a la de cualquiera de las demás llamadas, quizás la voz dominada de una cantante o actriz, que expresaba timidez. Había perdido toda esperanza. De encontrarlo... mi anillo. Había visto el aviso y pensado no, no, es inútil. Pero ¿y si había una posibilidad en un millón...? Le pidió que viniera al hotel.
Con seguridad tenía cuarenta años, una belleza innata de grandes ojos serenos de un gris verdoso, que sólo necesitaba ayuda para conservar el color negro azabache de su cabello, que, comenzando en un penacho de forma de pico que se elevaba sobre la frente curva, se recogía en un bucle sobre la coronilla, brillante como plumas suavizadas. No había huellas de ningún pliegue allí donde se unían sus senos, firmemente separados en el escote de su vestido, tan negro como el cabello. Tenía manos hechas para anillos; extendió unos dedos largos, volteó las palmas hacia afuera: Y entonces se perdió; vi su reflejo por un instante en el agua.
Descríbalo.
Lo miró a los ojos, volvió la cabeza para apartar la mirada, y comenzó a hablar. Muy trabajado, dijo, platino y oro... Usted sabe, es difícil de precisar cuando se trata de un objeto que uno ha usado durante tanto tiempo, que ya ni lo nota. Un diamante grande... varios. Y esmeraldas, y piedras rojas... rubíes, pero creo que se habían caído antes... Fue al cajón del escritorio tocador y de debajo de unas carpetas que describían restaurantes, programas de TV por cable y servicios disponibles en la habitación, extrajo un sobre. Aquí tiene su anillo, dijo. Los ojos de la mujer no cambiaron. Lo extendió hacia ella. Su mano se dirigió lenta hacia él, como si nadara bajo el agua. Tomó el anillo y comenzó a ponérselo en el dedo del corazón de la mano derecha. No le servía, pero ella corrigió su movimiento con veloz acto de prestidigitación y se lo deslizó sobre el dedo anular, donde se acomodó.
La llevó a cenar y no se hizo alusión al tema. Nunca jamás. Ella se convirtió en su tercera esposa. Viven juntos y no hay entre ambos más cosas no dichas que las que se dan en otras parejas.




Publicado por Oscar Ramirez en 16:37
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domingo, 2 de septiembre de 2012

Una martir de nuestro tiempo




Salir del cine con el alma satisfecha tras haber visto una película no es algo que se consigue así no más. Son muchos los ingredientes que deben conjugarse para que esto suceda. Y si bien este último tiempo hemos tenido buenas películas: Amigos, A Roma con "Amor,honor y libertad" ha producido en mí mucho interés, emociones, admiración por los seres humanos, horror ante las dictaduras y especialmente por los dictadores, he gozado con la buena actuación de los personajes que resultaron entrañables, especialmente el de Michael Aris, el esposo ingles de Aung San Suu Kyi, la luchadora de gran coraje por la democracia de Birmania. Dirigida estupendamente por Luc Besson. La recomiendo con la seguridad de que les va a gustar tanto como a mi.





http://www.rtve.es/noticias/20101112/suu/370356.shtml

jueves, 7 de octubre de 2010

Leer a nuestro premio nobel

Recibir la noticia esta mañana ha sido una gran alegría, y en el transcurso del día escuchar en el radio las reacciones de tantos peruanos, todos ellos felices y orgullosos del premio otorgado por la Academia Sueca a nuestro escritor Mario vargas Llosa. Para él mismo fue una sorpresa, segun ha contado, llegó a pensar que se trataba de la broma de un amigo. Leo que la primera tirada de su próximo libro: " El sueño del celta" será de 500,000 ejemplares y en este momento en miles de imprentas del mundo se está reeditando toda su obra porque el mundo entero querrá leer a este peruano que ha dedicado su vida a escribir y a pronunciarse sobre la democracia y la libertad. Nos felicitamos entonces, y habrá que reeleerlo o leer algunas de sus obras que se nos pasaron. Acá copio lo que nos dicen muchos escritores sobre la obra de Mario vargas LLosa y luego un extracto de una entrevista en la que muestra su preocupación por la pérdida de valores en el mundo.
Sábado: Acabo de escuchar una conversación de Mario en radio programas con amigos peruanos. Se lo escucha realmente feliz a Mario, encantador, bromeando sobre la semana que le espera en Estocolmo, te exprimen como un limón, dice riéndose; haciendo referencias de sus amigos Luis Loayza, y rindiendo homenaje a Sebastián Salazar Bondy al cual le agradece la ayuda que le dió hace ya tantos años. Tambien conversó con su editora Carmen Balcells a la que le preguntó: ¿Cómo has hecho para que me den el nobel? Sabía de tus artes pero no que llegasen a tanto. Otra vez risas. Y su alegría se hace nuestra.


Es un momento para resumir. ¿Qué ha sido su escritura, qué será ahora? "Mi escritura", dice Vargas Llosa, "es mi vida, es lo que soy. Soy la literatura que he hecho. Toda, y el periodismo también. Con respecto al futuro, voy a hacer todo lo posible para que la vida no cambie. Esta es una inyección de entusiasmo; pero mi vida no va a cambiar. Seguiré teniendo iniciativas, posiciones; esa libertad que ejercito seguirá siendo mi libertad como escritor, como periodista y como ciudadano. Siempre tendré los mismos compromisos; ahora, además, habrá más obligaciones, que someteré al orden que siempre me ha dado la escritura, mi trabajo". Extracto de una entrevista de Juan Cruz para el diario El País.

"La literatura", terminó Mario Vargas Llosa, "es mi manera de vivir, como decía Flaubert. No tendré otra, con sus sumas y sus restas, esa es la felicidad de mi vida. La literatura me ha dado lo mejor que tengo; los amigos, las experiencias. La entraña de mi vocación no es otra que la literatura, y de ella sale todo lo que soy y todo lo que tengo. Es lo mejor que me ha pasado".

Razones pare leer a Vargas Llosa , de la revista El Cultural.


Siempre vale la pena leer a Vargas Llosa, incluidos sus artículos con los que muchos no estamos de acuerdo y en los que es imposible dejar de reconocer su inteligencia, rigor y claridad. Siempre vale la pena leer a Vargas Llosa, porque su pulso narrativo apenas tiene parangón, porque en su obra la complejidad formal, la reflexión histórica y el sentido del humor se conjugan admirablemente, y por muchos otros motivos que incluyen, por supuesto, el placer de discrepar de él. Andrés Neuman

La razón principal para leer a Mario Vargas Llosa es la delicia que significa leerlo, simplemente. La prosa de Vargas Llosa destila lo que yo llamaría conocimiento placentero o lo que es lo mismo, belleza. Pero esa belleza en Vargas Llosa se acrecienta con su estilo, que es inteligente. La estructura de su lenguaje es firme y precisa. Todo ello hace que transmita el mensaje con “seguridad” y de una manera única creando la sensacion de un tiempo placentero. Me encantaría hablar con él sobre Neuroestética o neuroarte. Francisco Mora

El conjunto de la obra narrativa de Vargas Llosa es, aplicándole lo que dijo él a propósito de Flaubert, una orgía perpetua. Su nómina de novelas magistrales es asombrosa. Algunos dirán que ninguna de sus novelas ha brillado a la altura de Paradiso o Cien años de soledad, pero hay algo en lo que nadie lo supera y es que cada década vuelve a escribir una obra maestra. Lleva medio siglo haciéndolo. Después de cumplir setenta años, nos dará alguna más, estoy seguro. Eduardo Lago

Por placer. Esa es mi razón. Porque más allá de su valentía; de su capacidad para levantar banderas; de su lenguaje maravilloso, preciso y soñador; de sus historias fabulosas; de su capacidad para meter el dedo en la llaga; de su libertad de espíritu; de su pasión incontralada, de su profundidad, de su hermosura... leer a Vargas Llosa me produce placer. Alberto Anaut

Pocos artistas poseen la pasión y la lucidez de Vargas Llosa. Uno puede estar en desacuerdo con sus puntos de vista, pero jamás quedará decepcionado frente a su ardor y su brillante intransigencia. En una época dominada por la fatuidad y el espectáculo, sigue siendo uno de los grandes defensores de la libertad crítica. Jorge Volpi


Porque es un autor innovador en la forma y valiente en los contenidos, y nos permite conocer la realidad peruana desde una perspectiva de privilegio: la de un artista que al hablar de la corrupcion y excesos de poder de su pais defiende la integridad intelectual y rechaza la retorica vacia. Uno puede estar de acuerdo o no con sus opiniones políticas, pero es indudable que son fruto de una ética meditada y consciente. Es un clásico en su tiempo. Enrique Marty

Hay que leer a Vargas Llosa por una razón muy simple: es el mejor escritor vivo que hay ahora mismo en lengua española. El más amplio, el más completo, el más poderoso. Rosa Montero.

Llegué tarde a la obra de Vargas Llosa. Fué en Nueva York a principios de los 80, cuando participé con Intar - un centro teatral off - off Broadway - en la adaptación a la escena de La señorita de Tacna al inglés. La obra fué un éxito y era extraordinario ver cómo el público neoyorquino hacía suya una historia que sucedía en un remoto lugar y en un ambienteque poco tenía que ver con el de Nueva York. Esta puede ser una buena razón para aventurarse en el riquísimo universo de Vargas Llosa. Guillermo de Osma

En la obra de Vargas Llosa están presentes los cuatro elementos, pero creo que el dominante es el agua. Es una escritura que va fecundando la historia a medida que avanza. Esa escritura tiene brillo y profundidad, es vigorosa y sensual, y se mueve con valentía y juicio. Es una literatura sentipensante. Te agita. Te hace sentir libre, en un hogar nómada, donde puedes vivir a contracorriente. Manuel Rivas

Le conocí antes de dirigir su obra Pantaleón y las visitadoras, pero durante los ensayos tuvismo ocasión de profundizar en nuestra amistad. Aparte de ser una persona encantadora y generosa, me parece un novelista impresionante, si no el más grande del momento. Un hombre de una gran cultura que se desparrama en todo lo que escribe y que tiene talento para cualquier género literario. Domina el idioma de un modo magistral y esta muy integrado en las costumbres hispanas y la prueba es su enorme afición al mundo de los toros. Gustavo Pérez Puig

La más importante se llama placer de leer, y cada vez que abro uno de sus libros siempre jóvenes regreso a ese placer desbordante de mi adolescencia, cuando La Ciudad y los perros era el libro que descubríamos llenos de asombro, porque hablaba de nosotros. Vargas Llosa fue un cómplice, un amigo escritor cuyas obras iban de mano en mano, de café en café, y al que mi generación debe las conversaciones literarias más animadas. Tenemos una gran deuda con él, y al placer de leer y volver a leer sus novelas, se agrega el de desearle un Feliz Cumpleaños y larga vida, porque aún nos debe muchísimas novelas. Luis Sepúlveda

Además de una vieja amistad, Mario Vargas Llosa y yo compartimos el calendario: ¡los dos acabamos de cumplir setenta! él mismo ha escrito que las buenas historias “aumentan nuestra vida” y nos “descubren los alcances de la libertad”. Y así son sus libros. Su lectura nos dan ánimo para esas empresas en las que el ser humano tiene que dar lo mejor de sí mismo. Paloma O ' Shea

Leer buenas novelas nos brinda una posibilidad inestimable: la de multiplicar nuestra alma y experimentar sentimientos e ideas que sin ellas nos estarían vedadas. Pocos autores actuales nos garantizan este privilegio de modo tan seguro e inteligente como Mario Vargas Llosa. Su obra es ya una nueva Comedia Humana de nuestra modernidad. Si hubiera que resumir su arte en una palabra, yo elegiría: cautivador. Aunque en este caso lo que nos cautiva es lo mismo que nos hace más libres. Fernando Savater

Vargas Llosa es un maravilloso novelista. De él se puede decir que es capaz de conmovernos con las historias que inventa, de hacernos con ellas más conscientes, de una forma primitiva, inmediata, de nuestra compleja y a menudo dolorosa condición humana. Pero también se debe decir de él que es un intelectual, en el más noble sentido de la palabra, entre los narradores; que leyendo no sólo sus ensayos sino también sus novelas aprendemos a conocer mejor el mundo y su historia, algo que constituye la mejor formación para soportar el presente y afrontar el futuro. Pocos son los narradores que poseen semejante don, el de cabalgar con igual gracia entre lo imaginado y lo real. José Manuel Sánchez-Ron


Afirmaba Henry James que la única obligación que se puede exigir cabalmente a una novela es que cuente cosas interesantes, y Vargas Llosa nunca ha defraudado en este terreno. El regreso a la más pura narratividad es una de las claves de su éxito, pero esto no significa facilidad acomodaticia en lo tocante a la estructuración del discurso novelístico, sino una propuesta que reclama del lector una actitud cooperante. Su técnica narrativa es rica en insólitos recursos para activar la respuesta cómplice de los que lo leemos, y nuestra recompensa nace de su capacidad para fundir realidad y fantasía. Darío Villanueva.


De la entrevista:


Degradados por la codicia -¿Dónde se ha quedado su optimismo respecto al progreso del mundo?
-En el sentido material, sí, pero lo que va a colapsar es lo otro, los valores, los principios, la cultura, la ética, que están en absoluta decadencia. Piensa en la corrupción mostruosa que está detrás de la crisis que vivimos hoy. Esa crisis no es una crisis, digamos, puramente financiera. Detrás de la conducta de los grandes banqueros, de los grandes empresarios, hay una moral degradada, profundamente depravada por la codicia. Y esa es una forma terrible de incultura . De eso hablaban todos los grandes pensadores liberales, desde Adam Smith hasta Hayek o Popper. Decían: la libertad, que es el gran instrumento del progreso, si no viene sólidamente fundada, sostenida, por una espiritualidad y una cultura rica, creativa, crítica, en constante renovación, puede llevarnos al abismo. Es exactamente lo que está ocurriendo con la cultura. El progreso moderno es un progreso tecnológico, material, pero el otro se ha degradado a unos extremos...