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miércoles, 8 de noviembre de 2017

Grafiti, un cuento de Cortázar que me encanta

Este cuento de Cortázar me encanta!
Un cuento de amor de Cortázar: Grafiti
Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar un dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote en seguida.
Tu propio juego había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta contra el estado de cosas en la ciudad, el toque de queda, la prohibición amenazante de pegar carteles o escribir en los muros. Simplemente te divertía hacer dibujos con tizas de colores (no te gustaba el término grafitti, tan de crítico de arte) y de cuando en cuando venir a verlos y hasta con un poco de suerte asistir a la llegada del camión municipal y a los insultos inútiles de los empleados mientras borraban los dibujos. Poco les importaba que no fueran dibujos políticos, la prohibición abarcaba cualquier cosa, y si algún niño se hubiera atrevido a dibujar una casa o un perro, lo mismo lo hubieran borrado entre palabrotas y amenazas. En la ciudad ya no se sabía demasiado de que lado estaba verdaderamente el miedo; quizás por eso te divertía dominar el tuyo y cada tanto elegir el lugar y la hora propicios para hacer un dibujo.
Nunca habías corrido peligro porque sabías elegir bien, y en el tiempo que transcurría hasta que llegaban los camiones de limpieza se abría para vos algo como un espacio más limpio donde casi cabía la esperanza. Mirando desde lejos tu dibujo podías ver a la gente que le echaba una ojeada al pasar, nadie se detenía por supuesto pero nadie dejaba de mirar el dibujo, a veces una rápida composición abstracta en dos colores, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas. Una sola vez escribiste una frase, con tiza negra: A mí también me duele. No duró dos horas, y esta vez la policía en persona la hizo desaparecer. Después solamente seguiste haciendo dibujos.
Cuando el otro apareció al lado del tuyo casi tuviste miedo, de golpe el peligro se volvía doble, alguien se animaba como vos a divertirse al borde de la cárcel o algo peor, y ese alguien como si fuera poco era una mujer. Vos mismo no podías probártelo, había algo diferente y mejor que las pruebas más rotundas: un trazo, una predilección por las tizas cálidas, un aura. A lo mejor como andabas solo te imaginaste por compensación; la admiraste, tuviste miedo por ella, esperaste que fuera la única vez, casi te delataste cuando ella volvió a dibujar al lado de otro dibujo tuyo, unas ganas de reír, de quedarte ahí delante como si los policías fueran ciegos o idiotas.
Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez. Descuidando tu empleo salías en cualquier momento con la esperanza de sorprenderla, elegiste para tus dibujos esas calles que podías recorrer de un solo rápido itinerario; volviste al alba, al anochecer, a las tres de la mañana. Fue un tiempo de contradicción insoportable, la decepción de encontrar un nuevo dibujo de ella junto a alguno de los tuyos y la calle vacía, y la de no encontrar nada y sentir la calle aún más vacía. Una noche viste su primer dibujo solo; lo había hecho con tizas rojas y azules en una puerta de garage, aprovechando la textura de las maderas carcomidas y las cabezas de los clavos. Era más que nunca ella, el trazo, los colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación, una manera de llamarte. Volviste al alba, después que las patrullas relegaron en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un rápido paisaje con velas y tajamares; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas al azar, pero ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja de policías, en tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste, le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco.
Casi en seguida se te ocurrió que ella buscaría una respuesta, que volvería a su dibujo como vos volvías ahora a los tuyos, y aunque el peligro era cada vez mayor después de los atentados en el mercado te atreviste a acercarte al garage, a rondar la manzana, a tomar interminables cervezas en el café de la esquina. Era absurdo porque ella no se detendría después de ver tu dibujo, cualquiera de las muchas mujeres que iban y venían podía ser ella. Al amanecer del segundo día elegiste un paredón gris y dibujaste un triángulo blanco rodeado de manchas como hojas de roble; desde el mismo café de la esquina podías ver el paredón (ya habían limpiado la puerta del garage y una patrulla volvía y volvía rabiosa), al anochecer te alejaste un poco pero eligiendo diferentes puntos de mira, desplazándote de un sitio a otro, comprando mínimas cosas en las tiendas para no llamar demasiado la atención. Ya era noche cerrada cuando oíste la sirena y los proyectores te barrieron los ojos. Había un confuso amontonamiento junto al paredón, corriste contra toda sensatez y sólo te ayudó el azar de un auto dando vuelta a la esquina y frenando al ver el carro celular, su bulto te protegió y viste la lucha, un pelo negro tironeado por manos enguantadas, los puntapiés y los alaridos, la visión entrecortada de unos pantalones azules antes de que la tiraran en el carro y se la llevaran.
Mucho después (era horrible temblar así, era horrible pensar que eso pasaba por culpa de tu dibujo en el paredón gris) te mezclaste con otras gentes y alcanzaste a ver un esbozo en azul, los trazos de ese naranja que era como su nombre o su boca, ella así en ese dibujo truncado que los policías habían borroneado antes de llevársela; quedaba lo bastante como para comprender que había querido responder a tu triángulo con otra figura, un círculo o acaso un espiral, una forma llena y hermosa, algo como un sí o un siempre o un ahora.
Lo sabías muy bien, te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que estaría sucediendo en el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco a poco, la gente estaba al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces volvían a ver a uno que otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que la mayoría se perdieran en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías de sobra, esa noche la ginebra no te ayudaría más a morderte las manos, a pisotear tizas de colores antes de perderte en la borrachera y en el llanto.
Sí, pero los días pasaban y ya no sabías vivir de otra manera. Volviste a abandonar tu trabajo para dar vueltas por las calles, mirar fugitivamente las paredes y las puertas donde ella y vos habían dibujado. Todo limpio, todo claro; nada, ni siquiera una flor dibujada por la inocencia de un colegial que roba una tiza en la clase y no resiste el placer de usarla. Tampoco vos pudiste resistir, y un mes después te levantaste al amanecer y volviste a la calle del garage. No había patrullas, las paredes estaban perfectamente limpias; un gato te miró cauteloso desde un portal cuando sacaste las tizas y en el mismo lugar, allí donde ella había dejado su dibujo, llenaste las maderas con un grito verde, una roja llamarada de reconocimiento y de amor, envolviste tu dibujo con un óvalo que era también tu boca y la suya y la esperanza. Los pasos en la esquina te lanzaron a una carrera afelpada, al refugio de una pila de cajones vacíos; un borracho vacilante se acercó canturreando, quiso patear al gato y cayó boca abajo a los pies del dibujo. Te fuiste lentamente, ya seguro, y con el primer sol dormiste como no habías dormido en mucho tiempo.
Esa misma mañana miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste al mediodía: casi inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios (habías escuchado los noticiosos) alejaban a la patrulla de su rutina; al anochecer volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra. Desde lejos descubriste otro dibujo, sólo vos podrías haberlo distinguido tan pequeño en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed y horror al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violetas de donde parecía saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos. Ya sé, ya sé ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué mensaje hubiera tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós y a la vez pedirte que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi refugio donde ya no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme hasta el fin en la más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces, así como había imaginado tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que salías por la noche para hacer otros dibujos.

domingo, 12 de julio de 2015

Frases tomadas de Rayuela de Cortázar


 
 
 
“Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.”

“Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen  y los cíclopes se miran respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios apoyando apenas la lengua entre los dientes.”

“Cuando los amigos se entienden bien entre ellos, cuando los amantes se entienden bien entre ellos, cuando las familias se entienden bien entre ellas, entonces, nos creemos en armonía. Engaño puro, espejo para alondras. A veces siento que entre dos que se rompen la cara a trompadas hay mucho más de entendimiento, que entre los que están ahí  mirando desde afuera.”

“Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elgir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.”

 


domingo, 7 de junio de 2015

Sobre Cortazar


 

Hay una leyenda que dice que Cortázar fue inventado un día en el que Dios estuvo alegre.

Cortázar dice Tomas Eloy Martínez  estaba destinado a no morir. Tenía una enfermedad llamada Anglomegalia que lo hacía seguir creciendo. ¿Qué altura tendría a los 90 años si no hubiese muerto?

Toda la obra de Cortázar tiene un carácter lúdico. La vida real también era para él un juego.

Impone el juego, el humor, irreverencia y la gracia.

 Invita a la sonrisa y al guiño.

Vive muchos años en Paris, ahí se propone la libertad y la búsqueda.

 En Paris descubre que puede escribir desde su ser, ubicarse en su propia voz.

Oswaldo Soriano dice de C. Julio era dueño de un gran sentido del humor. Le encantaban las herramientas y las tenía en una cantidad impresionante. Una vez le conté 48 desentornilladores. Iba a la ferretería y compraba sin parar, luego se olvidaba que ya había comprado las mismas cosas.

 El mismo impulso que lo hacía comprar desentornilladores era el que tenía el cronopio que se levanta un día, y maravillado por la mañana, por el sol y las nubes de un nuevo día, aprieta la pasta de dientes hasta que ésta sale por la ventana y mancha los sombreros de los famas.

Cada día nos trae sorpresas, dice C. Si estamos dispuestos a encontrar sorpresas. Es una cuestión de actitud. C. No acepta moldes, ve la realidad desde una óptica diferente todos los días, se mantiene siempre alerta para que el universo no lo tome desprevenido, busca, encuentra y siempre mantiene su capacidad de sorpresa.

La originalidad es una de las características que lo resume, dice Eduardo Galeano. Lo que nos acercó a él, era que fuera tan insólito, tan extraño, como un hombre que estaba haciendo el viaje al revés.

AL maravillarse con la vida pierde la noción del tiempo y de las reglas.

EN 1963 viaja a Cuba ( Viaje a un país de Cronopios) viaje que cambió sus ideas políticas, su manera de pensar, su vida.  Antes del viaje era apolítico, dedicado de lleno a la literatura.  A partir de 1963 se vuelve un activista político a favor de las fuerzas progresistas en América latina.

Defensor de la revolución sandinista.

Veía en la revolución comunista la solución a todos los problemas socioeconómicos de América latina.

Los cronopios son como niños traviesos. Y los niños no tienen conciencia política.

Los cronopios y Cortázar tienen las mismas alegrías pero no las mismas tristezas.

 

Los cronopios son el juego de la imaginación de Cortázar.  No esconden mensajes o metáforas. Es un juego en estado puro.  Pretende desviarnos del camino tradicional y andar en zigzag por caminos alternativos.

El precio que paga el cronopio por ser auténtico y no hipócrita, es ser egoísta.

A Cortázar y los cronopios los une el amor.

Coleccionaba juguetes de cuerda, ositos que andaban en bicicleta o cosas por el estilo.

Abría un mapa  y señalaba a ciegas un punto con el índice, usaba el i ching, o dejaba que otro escogiese porque creía en las fuerzas extrañas, llámese magnetismo, tropismo.

Era como un explorador urbano, un montañista del cemento.


Amaba los móviles, hacía esculturas. Uno de los objetos que más amaba era el obispo del rey, que era una raíz, un sarmiento retorcido al que había vestido y le daba de comer, también le daba de comer a animales muertos. Era una especie de juego y de ritual, como una ceremonia.  Armaba móviles con peines.

El escribía como si compusiese jazz, creía en la inspiración. En la visita de los dioses. No estaba sujeto a una disciplina. Corregía poco, todo le salía naturalmente.  Para él escribir era un juego fácil y divertido.

De su juego dice: No creo que sea nostalgia de la infancia, más bien es permanencia en la infancia.

Arte combinatoria.

Julio era hombre exteriormente sencillo, siempre afable, solícito, integralmente digno y divertido.

Era entrañablemente digno, dice Yurkievich, tanto que su trato excluía lo soez, lo confianzudo, lo chabancano.

Estaba ante uno del todo presente, todo dispuesto, pero reservado, púdico, poco afecto a la confidencia.

Murió en Paris en 1984: Lo entierran rodeado de amigos en Montparnasse.

jueves, 10 de enero de 2013

Llevo a Cortázar al penal de Santa Mónica



Hace unos años, en el verano fui al penal de Santa Mónica una vez por semana con el deseo de hacer un curso de comunicación creativa. El recuerdo de esos días lo tengo clarito en la mente, porque fueron días de muchas satisfacciones, de ver con nitidez el poder de la literatura, la alegría que lleva en sí, cómo sirve de partida para que cada quien empiece a contar su propia historia, a relacionarla con lo vivido.
Nos prestaron la biblioteca para poder reunirnos y pronto tuve dos grupos de “Chicas”, las nacionales y las turistas. (Así las llaman a las extranjeras que están presas en la mayoría de caso por haber sido burriers.)
Hablamos de animales y en un instante ya tenían puntos de contacto. Las ovejitas de la francesa que describía como si fuesen pequeñas nubes sobre un hermoso cielo azul eran muy parecidas si no idénticas a las de la chica de Huancavelica. Hablamos de zapatos y cada una tenía una pequeña historia en la que los zapatos eran el centro. Una tenía un hermoso vestido para su fiesta de quince y se antojó de unos zapatos, su madre no tenía dinero para comprarlos, pero ella insistió, era de verdad un antojo, al probárselos, el único par de ese modelo, le quedaba ajustado, pero igual, terca, salió de la tienda con la madre endeudada y los zapatos soñados. Todas nos reímos cuando confesó que no había podido bailar sufriendo por los malditos zapatos. Un cuento de Clarice Lispector, escritora brasilera que hablaba de sus zapatos rojos, había servido para que cada una de las participantes recordase un instante vivido intensamente.
Fue curioso como ante la duda de si el personaje de Clarice había sido violada o no (el texto es ambiguo), ellas, todas, afirmasen que claro que sí, que no existía la menor duda. Quien sabe sus experiencias les hacían ver el hecho desde un ángulo muy distinto a las “Chicas” del taller que tengo en casa, que la mayoría habían dicho que no, que solo había sido un desagradable manoseo.
Cuando vimos un cuento de Rulfo, el escritor mexicano: “Se oyen ladrar los perros”, fueron muy duras al juzgar al padre que había cometido un delito pero que ahora estaba desangrándose, trepado sobre el hijo que lo llevaba sobre los hombros, de noche, hasta el otro pueblo, a buscar al médico. “Para qué lo lleva, —decían, con todo lo mal que se ha portado.” Justo había matado a un hombre bueno del pueblo.
Un día no nos dejaron entrar a la biblioteca, que debo decir, estaba muy desordenada, con libros en el suelo, libros viejos que nadie quisiera leer, las “Turistas” pedían de vez en cuando algún libro en su idioma, pero no vi nada que se pareciese a la promoción de la lectura, a la lectura comunitaria o al aprendizaje de la lectura para las que sabían leer muy poquito o no comprendían muy bien. —“Hay una reunión”—nos dijeron y entonces, yo ya me retiraba con el sello en el hombro, luego de haber pasado por la inspección para ver si no traía un cuchillo o droga, que se le hace a todos los que ingresan, cuando vi que se movían como hormiguitas por el patio y en un dos por tres organizaron una mesa y una banca para que tengamos nuestro taller aunque sea bajo el sol. Yo siempre llevaba algo para rifar y quise comenzar sorteando unos naipes, pero ellas me dijeron que no, que de ninguna manera y de frente nos pusimos a leer un texto de Neruda. Una de las chicas peruanas lo sabía y se puso a recitar: " La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos. El viento de la noche gira en el cielo y canta.” Aplausos y risas, el romanticismo puro en plena cárcel de mujeres.
Cuando decidí hacer una clase de “Historias de Cronopios y de Famas.” de Cortázar tuve miedo de que fuese un tema difícil, pero lo estudié con detenimiento y realmente les encantaron. A la semana siguiente me sorprendieron: una peruana le pedía a una turista casi con desesperación: — ¡Préstamelo!— Ella tenía entre sus manos el pequeño libro de Cortázar que se había convertido en un objeto maravilloso, como que lo es, pero que hasta hace una semana no existía en sus mundos. Yo me emocioné.
El taller era también de escritura, pero para no hacer difícil la comunicación, decidimos contar nuestras historias de manera oral y claro que contaron.
Cuando se terminó el tiempo que yo había destinado para ir donde ellas, organizaron una pequeña fiesta y cada una me regaló algo, un muñeco hecho en su taller de costura, un dibujo, una fruta. Cada cual quiso mostrar que había apreciado esos momentos en los que la literatura había sido el detonante para la posible comunicación de nuestras existencias, que es así los pienso, la más humana de nuestras habilidades.








Una foto de Clarice Lispector:

domingo, 27 de diciembre de 2009

Consejos para ser un buen fotógrafo





Fotografías de la argentina Sara Facio: Cortázar, Neruda, Vargas Llosa, Borges.





¿Qué es necesario para ser un gran fotógrafo? ¿Un gran periodista? ¿Un gran escritor? ¿Un excelente pintor? ¿Hay fórmulas? ¿Hay instrucciones a seguir? Que bueno fuera, pero igual nos encanta escuchar lo que dicen los expertos.






sábado, 15 de agosto de 2009

Fotógrafo de escritores: Daniel Mordzinski





Daniel Mordzinski, fotógrafo argentino que vieve en París comenzó su carrera tomando fotos de vagabundos y luego continuó con los escritores famosos.

Del diario El País: Mordzinski ha retratado a todo dios, literalmente. Ahí está Borges rodeado de su mundo, Bioy ensimismado y viejo, Cabrera Infante en su rincón adormecido de Londres, Camilo José Cela de sí mismo, Julio Llamazares descalzo, Gabriel García Márquez asomándose al mar desde una escollera, Ángel González alzado sobre el suelo, Laura Restrepo abrigadísima, Wendy Guerra desnuda, Ernesto Sábato triste, Jorge Amado descalzo también pero con las pantuflas a punto, en París, Benedetti en medio de un campo de fútbol en el que un niño juega indiferente...

Dice Mordzinski que se hizo fotógrafo por amor a la literatura. En el tiempo que fue corresponsal en Israel aplicó parte del tiempo para obtener un grado en literatura y arte. ¿Por qué? "Porque la literatura es un puente extraordinario para entender lo de aquí y lo de allá". Palabra de fotógrafo. Susana Reinoso

Acá tenemos a Gabriel García Márquez, Angela Mastreta; Mario vargas Llosa, Borges, Cortázar; Octavio Paz y Joaquín Sabina:












viernes, 1 de mayo de 2009

El beso


Por un beso

Por una mirada, un mundo,
por una sonrisa, un cielo,
por un beso... ¡yo no sé
qué te diera por un beso!
                       Gustavo Adolfo Bécquer







Alguna vez le propuse a una amiga organizar en la playa un concurso de besos, a ver quien duraba más. Ya todos estábamos casados y me pareció que sería divertidísimo que nuestros hijos nos vieran besándonos apasionadamente. Mi propuesta no fue aceptada. Ahora con lo del virus y el consejo de no besarse cuelgo en este post imágenes de besos.
























Toco tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar..







El primer beso no se da con la boca, sino con la mirada.(Tristan Bernard)
En un beso, sabrás todo lo que he callado.
(Pablo Neruda)

A dónde irán los besos que guardamos, que no damos.( Víctor Manuel)